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Full text of "Obras místicas. Anotadas y precedidas de una introd. bio-bibliográfica por el P. fr. Jaime Sala"

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Obras hísiícas del P. Andeles. — a 




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bajo la dirección del 

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3^* 1l\* 1^* f n 3uan de los Sngelce 

dDinisno pioríncial oe la antigua "piovincia f zanciscano//oescal3a oc San fosé. 

Enotadas ^ preccdícias oe una introducción bío// bibliográfica 

por el 

1^- f^- Jaime Sala 

fzanciscano oe la 'pzovtncia oe falencia. 

izarte *j^rimera 

I. Triunfos oel amor oc "Dios (Parfc). -^ ii. riálogos oc la Conquista 

oel Tocino oc Uios. «s?. m. <]Danual oc íJida "perfecta. «^ iv. luclja cspízitual ^ amoiosa 

entre "Dios ? el alma. «^ v. Tratado oc los sobezanos mistezios oc la díMsa. «^ vi. "De cómo 

el alma Ija oe tzaer siempre á rios pzcscntc ociante oe si. «^ vii. Xíbro pzimcro 

oel Vergel oel ánima religiosa. 



OD adrid 

Casa íSditorial 3B aiU^//3BaiUi ére 

mñe^ oe Balboa, núm. 21. í SE^N BY 

1912 I pRESHRVATiON 

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i LAS OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES 

( I 536 t I 609) 



1. Eu diciembre del año mil novecientos nueve, exhortando yo á los lectores de la 
Revista Franciscana á conmemorar con obsequios fraternales el centenario de la muer- 
te del P. Angeles, decía: «A trabajar, pues, todos, y á ver si levantamos en este año un 
obelisco y mausoleo, siquier sea literario, donde el P. Angeles sea más venerado de las 
futuras generaciones que lo fué de las pasadas y presentes. Por de pronto, la Provi- 
dencia divina ha querido que el sapientísimo maestro Menéndez y Pelayo, el primero 
que dio á conocer en España á este místico ignorado y harto olvidado, se interese para 
que la Nueva Biblioteca de Autores Españoles reproduzca todas sus obras; y, Dios 
mediante, todas saldrán á luz durante el siguiente año» ('). Mis esperanzas y promesas 
se han retardado dos años todavía; pero ya son un hecho y realidad consoladora, que 
confirmará una vez más el refrán de los resignados: «más vale tarde que nunca» ; }'■ 
sólo taita ahora que yo cumpla lo prometido de dar una «Introducción razonada y dig- 
na sobre la vida y escritos de dicho autor» (-), para que no se arrepientan los amigos 
que me abrieron las puertas de esta Biblioteca, tan autorizada por las firmas de sus 
colaboradores y por el esmero y perfección de.sus producciones tipográficas. 

Quiero paladinamente confesar que muchos de mis hermanos, con más talento ó 
ingenio, hubieran podido hacerla más amena ó interesante; yo sólo aseguro á mis lec- 
tores que practiqué las mayores diligencias para que resultase completa, y los porme- 
nores y documentos que diere probarán evidentemente que preparó este trabajo, no sólo 
con gran diligencia y esfuerzos, sino también con especial cariño y complacencin. 

2, Y lo primero que me cumple, á fuer de biógrafo, es distinguir á mi encomen- 
dado de otros homónimos con quienes pudiera confundirse en los siglos que vivió el 
Padre Descalzo, 

Hubo, en efecto, un P. Fr. Juan de los Angeles dominico, del cual habló el Sr. Ko- 
dríguez Marín (3), y era Lector de Prima en Sevilla á últimos del siglo xvi. El libro de 
Fuensalida guarda memoria de otro del mismo nombre y título, que fué Guardián en la 
Provincia de San José, y firmaba como discreto en la segunda decena del siglo xvii (''). 
Y, aunque más adelantada esta centuria, también hubo un tocayo del P. Angeles en la 

(') Revista Franciscana, qiiiuceual ilustrada. Año XXXVI 1. Vich, Tipogral'ía Francis- 
cana, 1909, pág. 586. 

(■•í) Ibidem. 

O Rinconete y Cortadillo. Sevilla, 1905, pág. ¿"d. 

(*) Archivo del convento de Pastiaua, cajón 68, leg. 8.". Habiendo niuerto mi biografiado 
en 1609, no podía ser el firmante de las partidas que se hallan en los años 1615, 1616 y 1617. 



Jl INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

Provincia de San Pablo, ejemplar y dechado de varones apostólicos ('). Cada uno tiene 
méritos propios para llenar decorosamente un puesto en la historia de nuestra patria, 
pero que no podré jo enaltecerlos, porque me faltaría espacio para hablar del autor de 
los Diálogos de la Conquista del Reino de Dios, j cuya biografía es tan poco conocida, 
que el mismo Eouselot, no obstante su erudición y conocimiento de sus libros, preten- 
de que se debe estudiar á mediados del siglo xvi (-), barajando la memoria del místico 
con la de otro Descalzo más obscuro que vivió y floreció en la Provincia de los Ange- 
les, de quien no he logrado noticias. 

3. Sea lo segundo averiguar la patria del sujeto que historiamos, porque ha cun- 
dido ya la opinión de que era extremeño, y aunque harto vaga la noticia, pues se lo 
podrían disputar Cáceres y Badajoz, provincias de Extremadura, creo que tal versión 
es falsa y debe por ende corregirse. El primero que soltó la especie, con duda pruden- 
cial, fué Gallardo, que al acabar la descripción de los Triunfos del amor de Dios pre- 
guntaba: <¿será extremeño? > (3). Tras el padre de los bibliófilos españoles intentó des- 
vanecer la duda el Sr. Barrantes, en su Aparato bibliográfico para la historia de Ex- 
tremudura^ diciendo que Gallardo ^suponía con razón que Fr. Juan era extreme- 
ños» (*): pero no alega él ninguna para probarlo, pues no creo que copie como presun- 
ción de prueba la carta encomiástica y tercetos de Fr. Ángel de Badajoz, ya que á con- 
tinuación de ellos se halla una octava de Fr. Antonio de Santa María, la cual podría 
servir de argumento para juzgarlo castellano viejo. Estas frases del cronista de Extre- 
madura fácilmente pudieron inducir en otros la misma creencia, que siguió sin recelos 
el mismo Sr. Menéndez y Pelayo cuando, entre todos los franciscanos que escribieron 
acerca del amor de Dios, quiere dar «la palma de buen grado al extremeño Fr. Juan 
de los Angeles^ (■'). A pesar del respeto y veneración que tengo hacia tales maestros, 
me permitirán que les diga que hay mnyores probabilidades para afirmar que fué avi- 
les, si por la nueva división territorial de nuestra península no se prefiere llamarlo to- 
ledano, y de un anexo de Oropesa llamado la Corchuela. He dicho magores probabili- 
dades y no certeza, porque por ahora sólo hallo cierto que una hermana del P. Angeles, 
Mariana ]ilartínez, era vecina y tal vez natural de dicha aldea, y todo hace creer que 
allí naciera y fuera bautizado Juan Martínez, en aquello? tiempos que tanto se apre- 
ciaba la patria chica, aunque fuera tan obscura como Nazaret para los judíos. Deduzco 
esta afirmación de una cláusula de la escritura que luego copiaré íntegra, y dice que 
«está tratado y concertado que Ana Martínez, sobrina del padre fray Juan de los Au- 

(') Lleva su vida Fr. Juan de San Antonio en el tomo II de la Crónica de la Provincia 
de San Pablo, Madrid, MDCCXXIX, págs. 446-450, y fué natural de Santa Olalla, obispado 
de Ciqdad-Rodrigo, y nació en 1625 y pasó en la Orden veintinueve años do los cincuenta 
que vivió, falleciendo en Arévalo á 17 de mayo de 1675. El cronista no dice si escrüjió 
algún libro. 

(*) Zís M y etiques Espagnoh. París, 1867, pág. 122, dice: «Anterieur a Sainte Thérese, 
car il florissait dans la premiére moitié du XV1« siécle». No es esta la única inexactitud que ver- 
tió hablando de nuestro hermano, según tendré ocasión de notar más adelante. 

(•■') Ensayo de una Biblioteca española de libros raros y curiosos, 1. 1, col. 211 . Madrid, 1863. 

(') Tomo II de la obra citada, pág. 159. Madrid, establecimiento tipográfico de Pedro 
Núñez, 1875. 

(') Ideas estéticas, t. It, siglos xvi y xvii, pág. 138. Así lo juzga también el Sr. Torres 
Galeote en su discurso «La Mística españolaj», Sevilla, 1907, pág. 6. Lo mismo Fitz-Maurice- 
Kelly, Historia de la literatura española, traducida por Adolfo Bonilla, Madrid (sin año), pá- 
gina 277, donde sólo juzga al P. Angeles por su obra de los Triunfos del amor de Dios. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES III 

»gele8..., hija legítima de Agustín Hernández, difunto, y de Ana Martínez, sm muger, 
»veziuos del lugar de la Corchuela..., se ha de desposar 6 casar... con Juan García» ('). 

Inútil creo advertir que hice cuantas pesquisas pude para ver si hallaba documentos 
sobre la naturaleza y patria de mi biografiado, y pareciéndome insuficientes los datos 
de los párrocos de Oropesa y la Calzada (2), á cuyos archivos pasaron los libros de la 
Corchuela, alcancé permiso de mis superiores para hacer un viaje v registrar en per- 
sona lo que allí se conservaba; pero solamente logré confirmarme en lo que había con- 
jeturado, y algunos datos curiosos sobre los mencionados parientes. Por tanto, si nue- 
vas investigaciones no evidencian otra cosa, doy por sentado que el P. Angeles fué 
gloria del obispado de Avila y que nació y fué cristianado en la iglesia de la Asunción 
de la Corchuela, llamada así sin duda por los muchos alcornoques que festonean la 
montaña del Cristo, cabe la cual están esparramadas las casas de esta aldea, que con 
otras aun subsistentes ó ya desaparecidas formaban el rincón vulgarmente bautizado 
campana de Oropesa (^). Sin tanta seguridad, pero con bastante fundamento, me atrevo 
también á fijar como fecha aproximada de su nacimiento el año mil quinientos treinta y 
seis, veintiuno más tarde que Santa Teresa, á la cual quería Kouselot hacerlo anterior. 

4. Y si la cuna de Juanito Martínez está envuelta entre penumbras de incerti- 
dumbre, no tengo más luz para saber dónde hizo sus primeros estudios antes de entrar 
en la Orden Seráfica. Lo más verosímil es que empezara á estudiar las primeras letras 
en su aldea, y viéndole sus padres tan avispado y amante del estudio, se impusieran el 
sacrificio de enviarlo, ya zagalejo, á la villa, que sólo distaba una legua de su casa, y 
donde á la sazón había un buen colegio, que más tarde tuvo ínfulas de universidad (*). 

Q) Madrid, Archivo de Protocolos. Prot. de Juan Calvo Escudero, año 1608, f. 1707. 
Aunque parezca inverosímil, dos años enteros me costó el adquirir este documento, que conocía 
por la nota lacónica del Sr. D. Cristóbal Pe'rez Pastor en el tomo III de su Bibliografía Ma- 
drileña, Madrid, 1907, pág. 328; y aun entonces por la valiosa intercesión del sabio y desinte- 
resado amigo D. Francisco Rodríguez Marín, que parece había visto esta escritura al decir en 
su estudio sobre Pedro Espinosa que «la anarquía era la única ley» que regulaba el ponerse ape- 
llidos, pues vemos cómo aquí toma la hija el de la madre. 

('■^) Debo dar testimonio público de gratitud á D. Martín Bermejo y D. Patricio Castillo, no 
sólo por la prontitud con que contestaron á mis cartas, sino también por la deferencia con que 
me franquearon sus archivos para buscar lo que me interesaba. 

(^) En el libro Becerro del Archivo parroquial de Oropesa (fs. 243-247), donde se describen 
las fundaciones y legados píos, se consignan las mandas que hizo el Bachiller Gutiérrez Martí- 
nez, cura, que testó ante Francisco González, escribano público, á 20 de mayo de 1536, para que 
las distribuyeran entre las viudas, huérfanos y pobres de la villa y sus anexos, que son: «La 
Fuente del Maestro, la Corchuela, San Julián, Malincada, Guadiervas, Navalcán, Parrillas, 
Bentas, Bentosilla, Bobadilla y Casa del Cano)), f. 243 v. Los nombres de los caseríos subra- 
yados indican que ya han desaparecido, y aun los existentes son pequeños , y la Corchuela no 
cuenta más de doce casas. 

(*) Los datos que tengo sobre este centro son de época más posterior á la en que estudió 
nuestro aldeano, es decir, cuando D. Francisco Alvarez de Toledo, y en virtud del concordato 
del Conde D. Juan, hecho en Oropesa á 12 de marzo de 1590, consiguió que se encargaran del 
Colegio los Padres de la Compañía de .Jesús en 13 de abril del mismo año. Y mientras se les 
edificaba casa é iglesia suntuosas, dirigidas por el arquitecto Juan Herrera, fueron multiplicando 
las cátedras y enseñanza de varias asignaturas, hasta que le consiguieron privilegios de Univer- 
sidad y agregación á la de Toledo. Y como los Condes de Oropesa fueron nobles con los Jesuí- 
tas, éstos también se impusieron sacrificios por los oropesanos, y en 81 de enero de 1595 el 
Padre Provincial de Toledo, Francisco Pí^rez, con poderes del Padre General Claudio Aquaviva, 
se comprometía á mantener allí 35 Religiosos, en su mayor parte consagrados á la enseñanza. 
Allí estuvieron hasta julio de 1773. 



lY INTRODUCCIÓN BIO-BIBLTOGRÁFICA 

Allí estudiaría tres ó cuatro cursos de Latín y Humanidades, bajo la dirección de 
sabios y celosos sacerdotes, ya que los Jesuítas parece que no se encargaron de aquel 
centro hasta fines del siglo xvi; y allí se le despertarían las ansias de adquirir mayor 
cultura para ser más útil al pueblo en el ministerio apostólico á que desde pequeñuelo 
se sintió inclinado: y los adelantos del mozo y las exhortaciones de sus preceptores 
recabaron de sus padres que, ya perfeccionado en latín, pasase á, la Universidad de 
Alcalá para tomar un baño de griego y hebreo. Así, pues, me parece que el «Juan del 
rincón de Oropesa abulensis^ ('), y de diez y siete años de edad, que se matriculó entre 
los de la sección de Relhorici graeci et hebraici á treinta y uno de octubre de mil qui- 
nientos cincuenta y tres, era nuestro biografiado. Si el Sr. Luis de la Serna, secretario, 
no hubiera sido tan avaro de papel al inscribir á los matriculados, cuyos datos biográ- 
ficos no habían de llevar más de una línea en los cuadernos que á guisa de volantes 
compilaba, y hubiera puesto el apellido á ese Juan, como suelen llevarlo la mayor 
parte de los estudiantes, podría apuntar como deducción cierta lo que con ese olvido 
no pasa de fundada conjetura. La fundo en frases que dejan entrever que estudio en 
dicha Universidad (2), y en otras expresiones que sobre su edad se le escapan y con- 
cuerdan con los años que se le dan en tal registro {^). Además, el hecho de no consig- 
narse más que en el año predicho el nombre del aldeano, confirma mi apreciación de 
que sólo fué allá para perfeccionarse en latín y estudiar las lenguas que no se enseña- 
ban en el colegio de Oropesa, y en las cuales, si no consumadísimo, se muestra bas- 
tante instruido (*). 

5. Esperanzas tendrían los padres de nuestro biografiado que, siguiendo la ca- 
rrera eclesiástica, fuera, corriendo los años, el sostén de su casa, lumbre de sus ojos y 
báculo de su vejez; pero Juanito ro era planta para arraigada en el mundo, y proba- 
blemente en las primeras visitas que hizo el Penitente de Alcántara al colegio de Oro- 

(') Libros de Matrículas de la Universidad de Alcalá, en el Archivo Histórico Nacional de 
Madrid, sección cit., F. 1.", curso de 1553-54. 

(■-) En el libro Gonfíiderationum spiritualium super lihrum Cantici Canticorum, Matriti, 
Typo<?raphia regia, 16,07, pág. 140, dice: «Inclínase el colegial de Alcalá cuando oye nombrar 
á su Patrón, porque le da casa en que viva y sustento para sus estudios, ¿y no se doblará y humi- 
llará el cristiano cuando suena en sus oídos Jesús, por el cual tiene vida de gracia y espera vida 
de gloria?)' La espontaneidad y sencillez con que se expresa descubren qne él mismo hizo estas 
reverencias al venerable Cisneros, las cuales pueden servir de testimonio para confirmar el culto 
que allí se le tributaba pocos años después de su muerte. 

(•') Como buen hijo de San Francisco, habla poco de sí mismo, pero todavía nos dice que no 
bastan «para excusarme de culpa (por meterse á exponer el Cantar de los Cantares) representar 
veinte y cuatro años de pulpito con grande exercicio de la Escriptnra, el celo que siempre he teni- 
do, por la misericordia de Dios, del aprovechamiento de las almas, etc.». (Ibidem, páginas 40 

y 47). 

Ahora bien; si en 1595, cuando esto escribía, ya contaba veinticuatro de predicador, aun en el 
caso de liacerle salir por los pueblos á los treinta años, que era lo menos que se exigía en la Des- 
calcez, Be hace necesario fijar su nacimiento en la cuarta decena del siglo xvi, y poniéndolo en 
el de 1536, que corresponde con los diez y siete que le señala la matrícula de Alcalá, se explica 
el calificativo de viejo que tomaba escribiendo á fines del mismo siglo. 

(') En el mismo libro citado, pág. 2ü, dice: «Muclios de los griegos y latinos no conceden 
que sean versos los de los Cantares, por no tener tiempos ni sílabas medidas como los de Virgi- 
lio, Horacio y Homero; y es porque no advierten que el metro hebraico no tiene más que conso- 
nancias y número de silabas». Lo mismo se desprende de otros lugares y de muchas autoridades 
que expone en las diferentes obras que escribió, ajirovechándose de las versiones griega y hebrea 
para explicar mejor los textos de la Santa Escritura. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES V 

pesa (*), y tan pronto como lo vio le cobró afición; y su rostro demacrado, la descalcez 
de sus pies y el continente de austeridad, que á otros de corazón apocado solían asus- 
tarlos, cautivaron de tal modo el ánimo del aldeano de Corchuela, que sólo pensó en 
huir de los peligros del siglo y tomar puerto seguro en la Orden franciscano-descalza, 
que, si no fundada, había sido robustecida y abrillantada con los esfuerzos y fatigas del 
director espiritual de Santa Teresa. 

Tampoco he logrado noticias ciertas para señalar sin recelo la Provincia seráfica 
donde entró y el convento en que vistió el hábito é hizo su noviciado con aquel maes- 
tro cuyas instrucciones evoca con fruición en los Diálogos de la Conquista {^). Lo más 
probable es que vistiese la librea franciscana en la Provincia de San Gabriel (3), la cual 

(•) Nota Fr. Juan de Santa María, Crónica de la Provincia de San JoseJ, P. I, Madrid, 
1615, pág. 130, en la vida de San Pedro de Alcántara, que «Estando una vez en Oropesa, ya 
de camino para irse á su Convento del Rosario, entróse por un colegio que allí hay, donde se lee 
Gramática y acuden muchos estudiantes». Fr. Marcos de Alcalá añade que fué antes allí invitado 
por el Conde, «así para su consuelo como para que echase la bendición á su mujer y sus hijos... 
Era como preciso pasar por el Colegio, y saliendo los estudiantes para que los llenase de bendi- 
ciones, llegó entre otros un joven de buena disposición á besarle la mano, y ponie'ndola el siervo 
de Dios sobre la cabeza le dixo estas palabras: «Este mancebo será Rehgioso antes de mucho 
tiempo». Sirvió á los compañeros y circunstantes de misterio, pero él no hizo caso, por tener 
meditado otro destino, hasta que á muy pocos días se halló tan del todo demudado que, vistiendo 
el santo hábito, acabó la vida con exemplos de virtudes y grandes señales de perfecto ReHgioso». 
(Crónica de la Provincia de San JoseJ, Madrid, sin año, t. I, pág. 229). Era esto por el año 
1546; pero repitió la visita en el de 1554, por lo que dice en la pág. 244, y así Juan Martínez 
pudo tratar con San Pedro antes de ser religioso. 

(^) Ve'ase el diálogo III, párr. XII. Si hubiera citado el nombre propio de este Religioso, 
me hubiera sido más fácil hilvanar su biografía, pero casi por sistema apenas nombra coetáneos j 
de modo que deje orientación para hablar de su vida religiosa. 

(*) Paréceme este lugar oportuno para decir cuatro palabras sobre la fundación y extensión 
de la Descalcez en nuestra península : así mis lectores quedaran orientados para seguirme en las 
jornadas que hemos de andar estudiando la vida del P. Angeles. Todos los cronistas están 
acordes en reconocer á Fr. Juan de Guadalupe como fundador de esta reforma, iniciada en Por- 
tugal, año 1495. A este sacerdote se le unió el lego Fr. Pedro Melgar, y en 1500 empezaron á 
erigir conventos, y en 1509 se formó la Custodia de la Piedad, sujeta á los Observantes. Ele- 
vada más tarde á Provincia, fué madre de la Provincia de la Soledad y de la Arrábida, todas tres 
en Portugal, con algunas casas dependientes de ellas en las islas de Cabo Verde, en Guinea y 
litoral de África é islas adyacentes. En España con los conventos que dejaron los Conventuales 
se formó la Provincia de San Gabriel, en Extremadura, llamada también Provincia del Santo 
Ángel, en 1514, sujeta á los Conventuales. En ella tomó el hábito, en el Convento de Manjarre- 
tes, año 1515, San Pedro de Alcántara, quien, muertos Fr. Juan de Guadalupe, Fr. Pedro Mel- 
gar y Fr. Juan Pascual, fué nombrado Comisario general de los Conventuales reformados por los 
años 1554, título que le confirmó Paulo IV por su bula Cuín a nohis petitur, 8 de mayo de 1559. 
El fué quien fundó la Custodia de San José, en Castilla, año 1551, con los Religiosos que 
tomó de la de San Gabriel, elevándola á Provincia diez años más tarde y nombrando primer 
Provincial á Fr. Cristóbal Bravo; y esta de San José fué sin duda la más fecunda, pues de ella 
nacieron: a) en 1577, la de San Juan Bautista, en Valencia, la cual produjo la de San Pedro 
de Alcántara, en Granada (1661) y la Custodia de San Pascual, en el reino de Murcia (1744) 
y las de ííápoles (1702) y la Provincia Liciense (1742) en Italia, b) La Provincia de San Gre- 
gorio Magno, en Filipinas, en 1586, y en America la de San Diego de México, en 1599. c) La de 
San Pablo, en Castilla la Vieja, en 1594. Y d) La Provincia de la Concepción, distinta de otra 
homónima que pertenecía á la Observancia. Por esta dilatación fabulosa, y por haber defendido 
San Pedro de Alcántara esta reforma, perseguida durante los primeros cuarenta años del 
siglo XVI, en que los Observantes les deshicieron la Custodia de San Simón, en Galicia, y las Pro- 
vmcias de la Luz y del Santo Evangelio, en Extremadura, consideran muchos á este santo como 
fundador de la Descalcez. La Provincia de San Gabriel fué madre de la Custodia de México, 
en 1523, la cual se hizo Observante, y la Provincia de San Diego, en Andalucía, en 1620. Todas 
desaparecieron con la exclaustración del año 1835, menos las de San Gregorio, de Fihpinas, y de 
Obras hísiicás del P. Amqhles.— (> 



VI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

tenía la mayor parte de sus conventos en Extremadura, y, empezando su noviciado en 
San Miguel de Plaseucia, que profesase allí, ó antes de profesar lo trasladasen al novi- 
ciado de la Provincia de San José, donde siguió y acabó su vida religiosa. No se nece- 
sitan menos suposiciones para explicar las siguientes frases cariñosas de hijo agradecido 
á los desvelos solícitos de su madre: «No he hallado á quién con más razón dedicar 
esta obra (La lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma) que á mi Provincia 
de San Josef, entre todas las que tiene nuestra sagrada Religión religiosísima, peniten- 
tísima, recogidísima j ocupada en los ejercicios de la oración y contemplación. ¿Y á 
quién debo yo servir más que á mi madre, la que me ha criado y dado el ser que ten- 
go? Ella me enseñó casi desde mis pincipios, y no he mamado otros pechos sino los 
suyos» ('). Las palabras subrayadas hacen indispensable darle la entrada en otra Pro- 
vincia, y estando la de San Gabriel vecina á su aldea, ¿no es lo más probable que en 
ella se consagrase al Señor? También me inclino á decir que no profesó en la de San 
Gabriel, sino en la de San José, por la afirmación que hace de no haber probado leche 
de otras Provincias-madres, lo cual no puede entenderse sino de cuando, destetado del 
mundo y llevado al claustro, empezó, como recién nacido á la gracia de la vocación, á 
gustar las dulzuras de la vida religiosa en el noviciado. Pudo, pues, tomar el hábito en 
una Provincia y ser luego trasladado á otra, cosa frecuente entre los Descalzos en la 
cuarta y quinta decena del siglo xvi (2), porque en ellas consolidó el Penitente de Al- 
cántara la obra de esta reforma, y fué Provincial de San Gabriel, fundador de la Pro- 
vincia de la Arrábida en Portugal y de la de San José en ambas Castillas, y Comisario 
General de los Descalzos con autoridad para atender todas las necesidades de su ex- 
tendida y numerosa familia. 

6. ¿Cuándo entró religioso Juan Martínez? ¿á qué edad? ¿en qué se ocupó los pri- 
meros años? ¿dónde hizo sus estudios y qué Lectores le explicaron las materias filosó- 

México, y las de Italia, las cuales, sin embargo, perdieron su nomenclatura de Descalzas con la 
bula Felicítate quadam, de León XIII, de 4 de octubre de 1897, entrando á formar un solo 
cuerpo con las demás Provincias seráficas de todo el orbe, salvo las de los Padres Conventuales y 
Capuchinos, que quiso conservaran su independencia y denominación. Quien quiera más noticias 
puede consultar á los Cronistas Descalzos, máxime al P. Fr. Marcos de Alcalá, Chronica de la 
Proiñncia de San Joseph. P. I, págs. 65-83, y el Mapa de la Descalcez Franciscano-española, 
por Fr. Pablo Rojo, Manila, 1887, de los cuales he liquidado esta nota. 

(') Lucha espiritual^ Madrid, 1600, f. 9 preliminar. No hallo en todas sus obras noticias 
más claras sobre su entrada en Religión, pues habla muy poco de sí mismo, y cuando lo hace es 
ocultando los nombres propios con que hubiera podido orientarme en la investigación. Los cro- 
nistas tampoco se preocuparon de dar ciertos pormenores, y atentos principalmente á notar las 
cosas extraordinarias, si no era de algún santo, casi nunca apuntaban el lugar donde tomaron 
el hábito los Religiosos cuya vida historiaban, y menos con el P. Angeles, que, según luego pro- 
baré, tuvo la mala suerte de caer en desgracia de los cronistas contemporáneos. 

(*) Entre otros, baste citar los f-iguientes testimonios: «Habiendo tomado el hábito en este 
convento de Plasencia más número de Novicios que el que pedía habitación tan estrecha, mandó 
el Provincial [San Pedro de Alcántara] que llevasen algunos al convento de Monte Celi, donde 
actualmente [1541] estaba por Maestro de Novicios el venerable Fr. Juan del Águila» (1470 
'f 1580); vivió, pues, 110 años, y bien pudo ser Maestro de nuestro Padre Angeles. (Crónica 
citada del Padre Alcalá, pág. 215). Y en la Crónica anónima de la Provincia de San José, 
Mss. 1173 (alias F 167) de la B. N. de Madrid, fs. 9-12, al contar la fundación de la Provin- 
cia, dice que «rsacó diez y siete religiosos de la provincia de San Gabriel». El único que nombra es 
el P. Fr. Francisco de Fregenal. Y cuando fué erigida en Custodia, año 1551, dice que «Fr. Bar- 
tolomé de Santa Ana pasó de San Gabriel» (f. 12). Y más adelante (f. 12 v): «En este tiempo 
se removieron algunos frailes de la Provincia de San Gabriel y de la Piedad y viniendo algunos 
dellos á la compañia del P. Fr. Juan, los recibió y con ellos fundó otra casa en Vigo». 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES VII 

ficas en que se muestra tan versado? ¿cuántos años estuvo dedicado á las tareas esco- 
lásticas y en qué conventos? 

Todas estas preguntas, que yo contestaría con más gusto que las leerían mis lecto- 
res, están para mí cerradas con la llave del silencio; y aunque pudiera entreabrir di- 
gámoslo así, la puerta para conjeturar lo probable de algunas, me parece preferible 
dejarlas en el misterio. Me atrevo, empero, á dar por seguro que profesó como Descalzo, 
ocultando su apellido bajo el título de los Angeles, antes de mil quinientos sesenta y 
dos, por los recuerdos íntimos que nos da de San Pedro de Alcántara ('), que á los se- 
senta y cuatro años de su vida temporal se fué, el diez y nueve de octubre de este año, 
á gozar de la eterna. Lo mismo puede comprobarse por lo que él afirma del curso de 
su predicación, que, iniciada, según diré, en los primeros de la séptima decena del si- 
glo XVI, pide lo menos esos diez años de vida retirada en el Nazareth de los ejercicios 
monásticos y aprendizaje de virtudes en quien tan fervoroso y valiente salió al campo 
de la lucha apostólica. 

También puedo rastrear de algunas frases que se le escapan que no se contentó 
con oir á los Lectores de su Orden, sino que obtuvo licencia de sus superiores para oir 
lecciones de otros maestros famosos, y uno de ellos fué sin duda el príncipe de nuestros 
líricos, Fr. Luis de León, en su cátedra de Salamanca (2), ya fuese antes de entrar en 
la cárcel de la Inquisición, ya fuese después, como creo más probable {^). De este modo, 
f'on los esfuerzos propios y ayudas ajenas, con lo que estudiaba en su celda y aprendía 
en las clases, y sobre todo meditando de continuo y contemplando las obras de Dios, 
formó el panal de erudición de todos sus libros, que destilan suavidad y dulzura. 

7. Pero antes de enseñar por escrito convenía que diese instrucciones de palabra, 
y como ensayo para adoctrinar en pulpitos célebres, que explicase entre cuatro paredes 
las materias que se estudiaban en la carrera eclesiástica. Muy de paso lo dicQ. uno de 

(') Al finalizar el diálogo I de la Conquista descubre que: «Nuestro padre Fr, Pedro de 
Alcántara se recogía con solas estas palabras: Conv/értete, alma mía, á vuestro descanso (que es 
al centro interior) que os espera allí vuestro bienhechor Diosi> (ve'ase la pág. 50 de este volumen). 
'No he visto este ane'cdota en ninguno de sus biógrafos, aunque algunos, como el P. Alcalá, con- 
sagre á su vida 534 páginas de un tomo en folio. Y el ser pequeño y de esos que sólo se sor- 
prenden en la comunicación familiar y frecuente, y el no ponerlo en boca de otros, me autorizan 
para creer que lo supo como testigo auricular. También puede ilustrar este punto oscuro de la 
vida del P. Angeles recordar que la fundación del Convento del Rosario, tan cercano á Oro- 
pesa, se inauguró el año 1557, y alma tan bien dispuesta como la del joven Martínez no podría 
resistir mucho tiempo las influencias de los religiosos que iban pordioseando por la villa y sus 
anexos. 

(2) Nació este ingenio en Belmonte, de Lope de León é Inés de Valera, en 1527; profesó 
en San Agustín de Salamanca en 29 de enero de 1544. Empezó á explicar en Salamanca el 
año 1571. Fué preso en marzo de 1572 y declarado libre en 1586; fué restituido á la cátedra 
ese mismo año. Murió en Madrigal, 2o de agosto 1591. El texto del P. Angeles en que 
fundo mi opinión dice: «Fr. Luis de León, leyendo en la cátedra de Salamanca, este lugar así 
como está en la Vulgata (Si ignoras te) le romanceaba desta manera: Si no te lo sabes, ¡oh 
hermosísima entre las mujeres! Y en su exposición, aunque no habla palabra en el caso, la inter- 
pretación de toda esta sentencia da á entender que fué la suya ésta» (Cantici canticorum ya, cit., 
cap. I, lect. VI, pág. 323). El distinguir entre sus comentarios escritos é impresos en 1580, 
que cita muchas veces, y sus explicaciones orales, á que sólo alude en este lugar, sin alegar más 
que su memoria ¿no son indicios de que lo oyó el mismo? 

O No sólo porque estuvo antes pocos meses leyendo, sino porque los Descalzos no tuvieron 
convento en Salamanca hasta el año 1587, y era más fácil recabar permiso de los Prelados para 
pasar allí una temporada más ó menos larga después de fijar en la ciudad su domicilio estable. 



VIII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

los cronistas {'), que fué Lector de Teolog:ía; mas huelgan pruebas ajenas cuando el 
autor en sus libros descubre de muchas maneras, no sólo que enseñó, sino también que 
enseñó como las leyes prescribían; esto es, explicando con preferencia las opiniones de 
la escuela franciscana y enamorando á sus discípulos de todo lo que la Orden seguía 
como tradición gloriosa en las cuestiones filosóficas y teológicas (2); y tan marcadas 
huellas dejó en sus libros de haber regentado cátedra en la Orden, que al mismo Rou- 
selot, que solamente leyó dos de ellos, le parece que continúa {^) por la prensa las lec- 
ciones que como profesor diera á sus discípulos. No sé cuándo principiaría á ejercer el 
magisterio; pero si no tuvo al mismo tiempo los cargos de Predicador conventual y de 
Lector, que, sin ser incompatibles, no solían juntarse en un mismo sujeto, yo diría que 
tuvo cátedra desde mil quinientos sesenta y cinco hasta el ochenta, en que no puedo 
dudar que cargaba sobre él todo el peso de la predicación del convento de San Juan 
Bautista, en Zamora. 

8. Con las mismas incertidumbres que hablo de los principios de la vida religiosa 
del P. Angeles be de pasar por sus oficios y ocupaciones en la Orden antes del año mil 
quinientos setenta y dos, cuando hizo probablemente sus primeros ensayos de predica- 
dor en la corte de Madrid y trató íntimamente al Beato fray Nicolás Factor, según él 
revela con las siguientes palabras: «Léase la vida del santo fray Nicolás Factor, que le 
conocí yo y le traté; sus penitencias, azotes y ayunos, ejercicios espirituales, y verse 
ha bien claro cuan ciego es el amor y cómo fundado en razón no la tiene á los ojos de 
los que carecen de él» {*). Ahora bien, como el Beato Factor fué nombrado confesor de 
las Descalzas Reales de Madrid el año mil quinientos setenta y uno (^), y no ejerció el 
oficio más de cinco años, podemos dar por cierta la conjetura y fijar la primera fecha 
segura de la vida del P. Angeles como conventual de San Bernardino de Madrid {^) en- 
tre mil quinientos setenta y dos y setenta y seis, donde tuvo de Guardián al padre 
Fr. Antonio de Segura, confesor de San Pascual Bailón antes de entrar religioso en Nues- 

(^) Fr. Marcos de Alcalá, Crónica de la Provincia de San JoseJ, P. II, lib. IV, pág. 251, 
discutiendo con el P. Velasco, que regatea al P. Angeles algunos años de confesor de las Des- 
calzas, pregunta: «¿No era Lector de Teología, Predicador General, etc.?jj 

(■-) Puede consultar el curioso la pág. 9, donde se declara en pocas palabras discípulo del 
Beato Escoto, así en la superioridad que concede á la voluntad sobre el entendiroiento, como en 
lo esencial de la bienaventuranza. Y más claramente se descubre discípulo del Doctor subtil en 
el diálogo I de la Conquista (véase pág. 47), donde sigue la opinión de la distinción formal 
entre las potencias del alma. 

(') «C'est un professeur qui enseigne, et ses livres ressemblent íi ceux que compossaint les 
scholastiques sur la philosophie» (Obra cit., pág. 122). 

(*) Triunjos del Amor de Dios, P. II, cap. 1, f. 161 v., edición de Medina del Campo, 1590. 
El liltro á cuya lectura convida es, sin duda, el de la Vida y obras viaravillosas del siervo de 
Dios y bienaventurado padre Fr. Pedro Nicolás Factor, por el P. Fr. Cristóbal Moreno, Alcalá 
de Henares, 1587. Nació en Valencia, 29 de junio de 152Ü, y murió en 23 de diciembre de \b%'A. 

{^) Esta fecha exacta no la citan los biógrafos del Santo, pero la consigna el Barón de 
Alcahalí en su libro Los Artistas Valencianos, Valencia, 1893, pág. 234, donde no sólo prueba 
que fué pintor inspirado, pero también cita algunos de los cuadros que quedan de sus pinceles, 
á saber: un San Juan, en el convento de Jesús (Valencia); un Fcce homo, en Chelva, y un 
Diurno, en las Dominicas de Villarreal (Castellón). 

(") Según Fr. Juan de Santa María, hubo tentativas de fundación en 1566; pero no pudie- 
ron realizarse hasta el 20 de mayo de 1570, en que se inauguró «en una tierra que alinda con 
el término que llaman JJehesillas, junto al camino del Pardo, saliendo por las fuentes de Lega- 
nitos, un cuarto poco menos de la misma Villa» (Crónica de la Provincia de San Josef, Madrid, 
Imprenta Real, 161;"), lib. II, c. H). 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES IX 

tra Señora de Lorito (*), J uua de Jas columnas más firmes de la Provincia de San José. 
Los alientos que le infundirían este Superior j el Provincial que entonces regía la Pro- 
vincia, Pr. Pedro de Jerez (2), encaminaron al celoso predicador por tan buenos derro- 
teros, que pronto lo vieron dispuesto para encomendarle oficios honrosos en la Pro- 
vincia. 

9. El primero que se le encomendó, y que no dejaría sino con la vida, fué el de 
predicador conventual, cargo que suponía haber perorado ya muchas veces con general 
aceptación y confianza de que podría desempeñar á sus superiores locales ó provincia- 
les de cualquier compromiso. Las circunstancias en que se le confirió hacen resaltar 
más las prendas del padre escogido. Dice la Crónica anónima de la Provincia de San 
José (3): el P. Fr. Juan Ruiz C*), Ministro Provincial, «recibió en este año — mil 
quinientos setenta y ocho — un convento en la ciudad de Zamora. Está fuera de la ciu- 
dad un tiro de arcabuz; hase hecho de limosnas particulares de aquella ciudad, y el 
señor obispo Simancas ha hecho la mayor parte con extraña devoción: es la advocación 
de San Juan Baptista» . Allá fué, pues, poco más tarde que los fundadores, nuestro 
P. Angeles, para pagar con doctrina espiritual los sacrificios materiales que por sus 
hermanos se habían impuesto los zamoranos. Qué tal fuese su predicación lo dice él 
mismo cuando le indica á su coetáneo Fr. Juan Bautista de Madrigal cuáles deseaba 
los oradores sagrados; pues ordinariamente los buenos maestros enseñan más con el 

(^) El Cronista de la Provincia de San Juan Bautista, agradecido á los trabajos que se tomó 
])or la suya, hace de él mención honorífica y dice que fué natural de la Puebla de Don Fadrique, en 
el reino de Granada, hijo de Agustín Vela y de María Palenciano. Entró religioso en la de San 
José, pero pasó á ilustrar la Custodia de Valencia y allí confesó al Santo del Sacramento y al 
beato Andrés Hibernón, que testifica de él haberlo oído alabar á Santa Teresa un día que la visi- 
taron y que dijo la Serafina del Carmelo: Este padre no es conocido. De A'^alencia regresó á su 
provincia, y, como á uno de los varones más esclarecidos en santidad y letras, lo nombraron pri- 
mer Guardián de San Bernardino, honra que gozó sólo dos años escasos, pues murió en 1572. 
(Véase tomo I de la Crónica del P. Fr. Antonio Panes, Valencia, 1665, pág. 531; Santa 
María, antes citado, P. I, c. 15, y Fr. Martín de San José, lib. II, cap. 7). 

(2) La Crónica manuscrita que antes cité, f . 25, hace memoria del provincialato de este peni- 
tente varón y dice que fué «el primer hijo de la Provincia que la gobernó». Y Fr. Marcos de 
Alcalá, tumo II, págs. 30 y siguientes, dice que fué uno de los que voluntariamente se ofrecie- 
ron á ir á Fihpinas cuando Felipe II pidió que fueran allá misioneros; y citando á Montilla afir- 
ma que fué «abstinentísimo, tanto que la mayor parte del año ayunaba con sólo pan y agua... y 
las virtudes que más resplandecieron en este santo varón fueron la paciencia y humildad y mo- 
destia, tan particular y rara que parecía hombre sin pasiones naturales... Murió en la Mar de 
España llamada del Norte, antes de llegar á México, de una enfermedad de tabardillo». Debió 
ser esto en 1577, pues embarcaron á primeros de febrero, dice el cronista; y aunque le llama 
viejo no particulariza cuántos años tenía. Fué Provincial desde 9 de mayo de 1569 basta el 
de 1573. 

(*) Manuscrito ya citado, folio 39 v. 

('•) Fué natural de Brihuega (Guadalajara), y después de una vida agitada y trabajosa, y 
regresando de una expedición á las Indias, vistió el hábito franciscano, que estimaba con entu- 
siasmo inexplicable, en la Provincia observante de Castilla; de ella pasó á la Descalcez con ansias 
de mayor austeridad y pobreza, y por sus virtudes y talentos mereció ser el octavo Provincial de 
la de San José. Según los cronistas que escriben su vida, gozó apariciones celestiales en vida, 
y después de muerto, en el convento de Auñón, año 1587, apareció él radiante y glorioso, y sois 
años después de sepultado manó de uno de sus dedos sangre líquida como pudiera un cuerpo 
vivo. Fr. Juan de San Antonio (Crónica di- la Provincia de San Pablo, 1. 1, Salamanca, 1722, 
pág. 73) le dedica una memoria, y todos los cronistas de la de San José llevan su biografía. Yo 
sólo he visto al P. Alcalá, t. II, lib. .3, pág. 179, y como no dicen la edad que tenía, dejo en la 
duda á mis lectores. 



X INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

ejemplo que con la palabra. No he topado con piezas oratorias de mi biografiado en 
estos primeros lustros de su predicación; pero por las que quedan de los siguientes se 
puede vislumbrar cuál sería el corte de sus sermones, basados y calcados en la Sagrada 
Escritura, especialmente en el santo Evangelio^, y borbollando celo de la salvación 
de sus prójimos en todos sus párrafos. Además, en este convento de Zamora pudo ad- 
quirir el temple que necesitaba su espíritu para no doblarse á los halagos de la vani- 
dad ni rendirse á los embates de la persecución, enfervorizado con los ejemplos de her- 
manos tan santos como Fr. Bartolomé de Aranda (') y estimulado por los consejos del 
P. Fi'. Autonio de Santa María ('^), que allí tuvo de Guardián y director de su espíritu. 
Aquí sobre todo se le confií-mó la fe y esperanza y deseos de abnegación, viendo cómo 
el ejercicio lieroico de la obediencia abría á uno de sus compañeros de par en par las 
puertas del cielo. El anécdota es harto curioso para que deje de anotarlo con la misma 
sencillez que lo refiere el cronista de la Provincia de San Pablo. Después de pintar la 
docilidad de Fr. Bartolomé de Aranda en regar un tronco de la huerta, cuidando de 
que otros lo hicieran por él cuando su última enfermedad lo postró en cama, dice: «Era 
á la sazón — mil quinientos ochenta y dos — predicador conventual de este convento 
nuestro V. Fr. Juan de los Angeles..., varón bien conocido por sus mismos escritos... 
Observó este religioso grave el mucho desvelo del enfermo con el peso que le hacía la 
solícita continuación del riego, y movido de esta novedad y de su inculpable vida, 
cuando ya estaba cercauo á la muerte le dijo: Sepa, hermano Ir. Bartolomé., que de- 
seo tener alguna señal cierta de su salvacián, si Dios quiere ahora llevarlo para sí. 
A una propuesta tan extraordinaria respondió el enfermo con profundísima humildad: 
Temo el juicio de Dios., pero espero en sii misericordia. Instóle el devoto predicador, y 
llegando ya su súplica á ser importunidad, le dijo el siervo de Dios: Si el palo recer- 
deciere tres días después de mi muerte., no espere más serial de mi goxo sempiterno. 
Dicho esto, sólo pasó el tiempo preciso para que recibiese los últimos Sacramentos, y 
con la santa paz que había vivido entregó su alma al Criador... mas en expirando fué 
visto reverdecer el tronco de repente y arrojar unas bastigas, que crecieron desde fines 
de septiembre hasta el enero siguiente tres cuartas; fué universal la admiración de to- 

(}) Fué natural de Baños, anexo de Aranda, en el obispado de Osma, y después de licen- 
ciado en Alcalá de Henares, regresando á su patria, donde sus padres quisieron desposarlo con 
una doncella honesta, accedió; pero, como otro San Alejo, se la dejó intacta la noche de sus 
bodas y se entró en la Descalcez, y la mayor parte de su vida la pasó en Zamora, donde murió 
en septiembre del año 1582. Su virtud característica fué la obediencia, y además de regar un 
tronco por encargo del Padre Guardián, le obedeció inclinando la cabeza después de muerto, 
cuando le encomendó se acordase del señor Conde de Alba. Los cronistas de la Provincia 
de San José y Fortunato en su Martirologio llevan su biografía, y el P. Fr. Juan de San 
Antonio la incluye en el cap. VIII del lib. III de la Crónica de la Provincia de San Pablo, 
ya citada. 

(■'') Aunque en otras ocasiones toparé con este venerable varón, paréceme ésta la más opor- 
tuna para hacer su reseña biográfica, según me corresponde con todos los amigos de mi 
héroe. 

De lo mucho que dicen los cronistas saco en compendio que nació en Plasencia, 1522, y des- 
pués de brillante carrera literaria, en que se graduó de Doctor in utroque jure en Salamanca, se 
ordenó de sacerdote y fué cura. Renunció á todo y se hizo Descalzo (no dicen en qué convento ni 
la fecha), fué á Roma el año 1568, y en 1578 electo Provincial de San .José; en 1582 era Guar- 
dián de Zamora; murió en 18 de julio de 1602 en Segovia. Escribió varias obras, que puede ver 
el ourio80,en Nicolás Antonio y las Bibliotecas de Fr. Juan de San Antonio; yo sólo he visto 
la que luego citaré de la Vida de San Antonio, Salamanca, 1588. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES XI 

dos, y en especial rebosaba en júbilos el predicador conventual» (*). IliTo fué efímera esta 
alegría, sino durable, porque el leño seco en tiempo oportuno cargó sus pimpollos de al- 
bérchigas, que todos tom iban como fruta del cielo (2), y se alentaban al servicio de Dios- 
10. Alternando con el ministerio apostólico, y como un solaz de sus estudios, más 
profundos por este tiempo, consagró algunos ratos á escribir poesías, cumpliéndose en 
él lo que dice el Sr. Menéudez y Pelayo, con frase sintética, como suya, la afirmación 
categórica que hace, hablando de un amigo sabio: «Como casi todos los escritores 
españoles de verdadero mérito, Rodríguez Marín escribió en verso mucho antes que en 
prosa» (3). Así fué en nuestro P. Angeles; porque antes de escribir, ó por lo menos an- 
tes de estampar su primer libro en prosa, había hecho ensayos de poeta, y no sólo en 
el octosílabo, tan espontáneo y natural á nuestra habla castellana, pero también en el 
endecasílabo, que á la sazón podía llamarse de moda y entrañaba mayor dificultad para 
el versificador, y ciertamente en la forma más arriesgada en que los vates lucían las 
galas de su ingenio. Como su prelado local, Fr. Antonio de Santa María, había dado ya 
la última mano á la Vida y milagrosos hechos de su santo tocayo, en octavas, y pensaba 
imprimirle, no sé si invitado ó de su propio motivo, como un obsequio á quien amaba y 
respetaba como á padre, le dio para los preliminares de su obra el siguiente soneto enco- 
miástico: 

«Divino Antonio, noble lusitano, 

Honra de la Española nación nuestra, 

Luz del gran firmamento que nos muestra 

El camino del cielo claro y llano; 
Depósito precioso paduano, 

Cuya vida de vidas es maestra, 

De hoy más conoscerá la gloria vuestra 

El mundo ingrato, sin memoria y vano: 
Porque con mano diestra y rica vena, 

Ingenio claro, y con verdad de iiistoria, 

Antonio, vuestros hechos ha ilustrado; 
Y con tal piedad y gracia ordena 

Lo que halla que hace á vuestra historia, 

Que su nombre y el vuestro ha eternizado^ ('). 

No fué única esta muestra de sus aficiones al metro; antes bien se hallan diferen- 
tes, así al traducir versos latinos {^) en sus obras, como en los ladillos en que compen- 

(') Fr. Juan de San Antonio, Crónica citada, t. I, págs. 296-297. Aunque no cita compro- 
bantes, ya dice en el prólogo que, si no alega autores, tienen sus afirmaciones el seguro de los 
documentos del Archivo de la provincia ó de los conventos. Fr. Juan de Santa María cuenta el 
hecho casi lo mismo (Parte I, págs. 558 y siguientes), pero el reverdecer el palo echando ,dos 
pimpollos dice que fue' el dia del plazo, esto es, al amanecer del día tercero. 

(^) Ibidem, pág. 297. 

(^) Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del excelen- 
tísimo Sr. D. Francisco Rodríguez Marín el día 27 de octubre de 1907. Madrid, tipografía de la 
Revista de Archivos, pág. 60. 

(*) La vida y milagrosos hechos del glorioso San Antonio de Padua... en verso, nueva- 
mente compuesta por Fr. Antonio de Santa María... En Salamanca, por Guillelmo Foquel, 
MDLXXXVIII, t'. 7 preliminar. Descríbela Gallardo, t. IV de su Biblioteca, núm. 3866, 
col. 488; pero dejó de anotar el epilogo latino que hace de su obra: Carmen eivsdem in laudem 

beati Antonii... Pr. 

O decua hesperüe, Antoni, lumenq%ce Minorum 
Clarificans inultos, sidus in orbe mieans, (fs. 268-270). 

(') Véase la pág. 7 de este tomo. 



XII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

dia ]a materia que en ellas desarrolla. Además, suyos me parecen también los tercetos 
con que parafrasea algunos versículos del Cantai' de los Caiitares^ j él cita con modes- 
tia entreverada de cariño paternal á partos de su ingenio que acaricia como más bellos 
de lo que son. Va explicando aquel conjuro del Esposo que manda no despierten á su 
querida que desfallecida de amores se quedó dormida (Adjuro vos, filiae Hieriiralem), 
j dice que «es propísimo término para declarar el sueño de la contemplación — decir 
me caigo de sueño — que no por faerza ni llamado viene, sino como cuando el ojo se 
cierra para dormir, que lo hace, no con violencia, sino con suavidad: cáese un párpado 
sobre otro j péganse sabrosamente. Lo cual dijo con grande elegancia un poeta caste- 
llano en pocos versos: 

«Digo que puesta el alma en su sosiego, 
espere á Dios cual ojo que cayendo 
se va sabrosamente al sueño ciego: 

Que al que trabaja por quedar durmiendo, 
esa misma inquietud destrama el hilo 
del sueño que se da no le pidiendo: 

Ella verá con desusado estilo 
toda regarse y regalarse junto 
de un salido de Dios, sagrado Nilo. 

Recogida su luz toda en un punto, 
aquélla mirará de quien es ella 
indignamente imagen y trasunto, 

Y cual de amor la matutina estrella 
dentro el abismo del eterno día, 
se cubrirá luciente toda y bella, etc.» ('). 

Y más adelante: «El mismo poeta, continuando la materia de la contemplación, 
dijo muy bien los frutos que se cogen della, en esta forma: 

«Mas ¿quién dirá? mas ¿quién decir agora 
podrá los peregrinos sentimientos 
que el alma en sus potencias atesora; 

Aquellos ricos amontonamientos 
de sobrecelestiales influencias, 
dilatados de amor descubrimientos; 

Aquellas ilustradas influencias 
de las musas de Dios sobreesenciales, 
destierro general de contingencias; 

Aquellos nutrimentos divinales 
de la inmortalidad fomentadores 
que exceden los posibles naturales: 

Aquellos, quf* diré, colmos, favores, 
privanzas nunca oídas, nunca vistas, 
suma especialidad del bien de amores? 

¡ Oh grandes, oh riquísimas conquistas 
de las Indias de Dios, de aquel gran mundo 
tan escondido á las humanas vistas! etc.» (}). 

He querido trasladarlos aquí, aunque se inserten de nuevo al imprimir su exposi- 
ción de los Cantares de Salomón, porque los considero fragmentos de un compendio 
de Mística en verso que escribió el místico oropesano, y se ha perdido esta obrecilla, 
que sería muy semejante á la que años más tarde pergeñó el P. Fr. Antonio Panes, 

(') Cantici canticorum cit., pág. 677. 
(«) Ibidem, pág. 681. 



OBRAS MÍSTICAS DEL F. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES XIII 

como segunda parte de su Escala mística. Cosa por cierto muy acomodada al genio del 
P. Angeles, que no usaba otros entretenimientos que anotar por escrito lo que «más le 
movia á devoción, más edificaba su ánima y más le servia al desengaño» (*). Y si ma- 
nejó con relativa facilidad el verso castellano, ¿no haría también alguna tentativa poé- 
tica en la armoniosa lengua del Lacio, tan amada y apreciada de nuestros escritores 
del siglo de oro literario? Mantengo la afirmativa, y por eso considero suyos, así el dís- 
tico con que ilustró el grabado de la Sagrada Familia que adorna la edición príncipe 
del Manual de vida perfecta (2), como la explicación galana que hace del cuadro sim- 
bólico que puso tras la portada del Tratado sobre los Cantares., donde sintéiicamento 
esfuma lo que pretendió hacer en su obra, con los siguientes versos: 

«iDivus Amor postquam impurum subjecit amorem 

Fregit et in stygiis spicula nata plagis, 
Imbuit innocuas redivivo fonte sagittas, 

Vivijicoque ictu corda ferire parat. 
Pande sinus, pia turba, Deo, sacra vulnera perfer, 

Vivere et oh discas saucia, ut ante moriy> (•*). 

los cuales, aun pasando plaza de temerario, daré vertidos en romance, en gracia de los 
lectores que no saben latín: 



Después que el divino Amor 
Sujetó al amor lascivo, 
Quebrando sus dardos fieros 
En mortales llagas tintos, 
Mojó sus dulces saetas 
En vital pecho divino 
Y herir quiere con tal golpe 
Que de' vida á los heridos. 



Ea, pléyade devota, 
Abre á Dios tu pecho fino, 
Tu corazón sea el blanco 
Donde Él aseste sus tiros: 
Recibe sus llagas santas, 
Sepas vivir de contino, 
Y herida en Dios, como antes 
Morir, viviendo contigo. 



La energía de los dísticos no puede, sin embargo, apreciarse sin ver el cuadro que 
representa el Amor divino; es decir, una joven coronada de reina y con aureola lumi- 
nosa, en torno de la cual se lee: divinus aaIOR; lleva alas extendidas; la mano derecha 
ocupada con un manojo de saetas, una de las cuales toca su punta con el pecho de Je- 
sús crucificado, sobre quien posa el anagrama luminoso IHS y la divina Paloma que 
dice entre los rayos que la cercan y salen de su pico: Ignetn veni mitterc in terram: 
las otras saetas están enderezadas hacia Cupido, cuya figura, derribada y atada de ma- 
nos, le sirve de escabel. La mano izquierda embraza un arco ó aljaba antigua, y junto 
á la reina, á guisa de espectadores, varias figuritas vestidas de hábito, á quienes apos- 
trofa en los últimos versos. Pero no llamaría yo poeta á nuestro hermano si, amén de 
los pocos versos que de él nos quedan, no hallara en muchas partes de sus obras mi- 
neros preciosos de poesía; más aún: hay libros que sólo les falta el metro para llamar- 
los poemas, como su Lucha espiritual ij amorosa entre Dios ij el alma y los Diálogos 
de la, Conquista del Reino de Dios. Pues ¿qué diré de las imágenes con que engalana 
algunos de sus pensamientos? Pregunta en el diálogo lU: .<¿Qué hombre cuerdo hay, 
dime ahora, que oyendo tocar un harpa suavísimamente no entienda que algún muy 
diestro músico la tañe y que ella por sí no hace aquella música y consonancia? Pues si 

C) Prólogo al lector, en la segunda parte de la Conquista. Véase pág. 155. 

(2) Véase en la pág. 154. 

C) En el lib. cit., f. 2 preliminar vto. 



XÍV INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

quisieres atentamente considerar la armonía tan acordada que hacen las criaturas entre 
sí echarás de ver que son cuerdas acordadísimas de la harpa del universo, eto (^). 
¿Cómo poetizar mejor la visita de la Virgen María á su prima Santa Isabel que consi- 
derándola como la primera procesión del Corpus Christi, ante el cual los «árboles y 
las matas se inclinarían pasando la custodia del divino Sacramento» ? {^). No es menos 
feliz y arrobadora la energía con que pinta los efectos del sacrificio de la Misa, diciendo 
que al ver el Padre eterno la misericordia de su Hijo, manda que la espada que blan- 
día el querubín para impedií- la entrada en el vergel de delicias se convierta en llaves 
para abrir el paraíso celestial {^). Fácil me sería multiplicar los ejemplos, pero lo creo 
inútil, porque los lectores los hallarán por sí mismos á manos llenas en estas obras. 

II. En este mismo convento de Zamora escribió Fr, Juan la primera obra que 
había de estampar, ó al menos aquí le dio comienzo, aunque regañe el P. Alcalá (*). 
Me refiero á los Triunfos del Amor de Dios (s), obra que supone muchos años de es- 
tudio y más quietud y paz que la que podía gozar al salir de Zamora para cumplir las 
obligaciones de Definidor provincial, cargo que se le confió en el Capítulo celebrado 
el veintinueve de septiembre de mil quinientos ochenta y cinco en el convento de Ca- 
dahalso y desempeñó hasta el siete de mayo del año ochenta y nueve. Probablemente, 
pues, estuvo en Zamora hasta pasada la fiesta de nuestro padre San Francisco del 
ochenta y cinco, trasladándose al convento de San Bernardino de Madrid, donde ha- 
bitualmente residía el oadre Provincial Fr. Juan de Santa María {% el cual gobernó 

(}) Véase pág. 66 de este tomo. 

(«) Página 241. 

(*) Diálogo I de los Misterios del sacrificio de la Misa, pág. 374. 

(*) Inventa cuantas suposiciones alcanza para quitarle á la Provincia de San Pablo las glo- 
rias que tuvo en los conventos con que se formó. Para entender á estos cronistas debe tenerse 
presente que en agosto de 1594, á petición de Felipe II. y con aprobación del Padre Provincial 
de la de San José y letras apostólicas del Papa Clemente VIII, se desmembraron de la Provin- 
cia todos los conventos que había en Castilla la Vieja, erigiéndose con ellos la Provincia de San 
Pablo. Ahora bien; Fr. Juan de San Antonio se cree, como cronista de esta Provincia, obligado 
á historiar las fundaciones de los conventos y de los varones que los ilustraron antes de la fecha 
de erección, y por no llamarla hija de la de San José se le atraganta al P. Alcalá todo cuanto 
escribe de los sujetos que pasaron por las casas religiosas pertenecientes á su Provincia hasta 
que fué creada la otra. Véase cómo en las págs. 257-259 del tomo II pide explicaciones sobre la 
fecha en que estuvo el P. Angeles en Zamora y no puede estar más claro en Fr. Juan de San 
Antonio, que cuenta lo que antes traslado, acaecido en 1582. 

(5) Aunque supongo que el D. Cristóbal Pérez Pastor la describirá en su Bibli agrafía dt 
Medina del Campo, que no he podido consultar, yo, que gracias á la benevolencia de las Reales 
Descalzas de Madrid he gozado de un ejemplar antiguo, diré que es un tomo en 8.° y sin los 8 
fohos de preliminares y otros 8 folios de «Tabla de las cosas más notables que en este libro se 
contienen» al fin, tiene el hbro 303 folios numerados y en el folio 304 el colofón: «En Medina 
del Campo, por Francisco del Canto. Año de 1589», un año anterior al que fija la portada, lo 
cual pasa en muchos libros de aquel siglo y siguientes, por la obligación de presentar el libro á 
la revisión antes de tirar el último pliego. No conozco más reimpresión de esta obra que la que se 
hizo en Madrid, año 1901, Librería Católica de Gregorio del Amo, en un volumen en 8 menor 
de XVI-584 páginas. 

(") Este fué uno de los ornamentos más preclaros de la Provincia de San José, y tal que 
mereció no sólo honrosas memorias de los cronistas de la Descalcez, pero también de historia- 
dores generales, como La Fuente, que bendice su nombre al narrar los sucesos del reinado de 
Felipe III, á quien dijo la verdad, no sólo de palabra, sino también por escrito en su libro De 
la República y Policía cristiana para Reyes y Príncipes, Madrid, 1615. Nació en Benavente, 
año ] 548, y dejando las delicias de su noble casa se entró en la Descalcez, ya licenciado en 
Artes, vistiendo el hábito en Cadahalso, año 1568, y después de ser Definidor y Custodio tres 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES XV 

la Provincia durante este cuadrienio en que el P. Angeles fué uno de sus Consultores 
y en que se resolvieron negocios de tanta importancia como la creación de la Provin- 
cia de San Gregorio, de Filipinas, hija esclarecida que perpetuaría aquende y allende 
los mares las glorias de su madre (*); y la fundación ie un nuevo convento en Illescas, 
consagrado á la Purísima Concepción, Además de su oficio definitorial, bien pudo 
nuestro protagonista explicar de nuevo Teología ó en San Bernardino ó en Medina del 
Campo, donde imprimió los Triunfos^ ó en San Sebastián de Auñón, pueblo donde 
hallo mayores raíces de amistad y conocimientos, que no se adquieren de repente; si 
ya sus triunfos como orador no le dejaban vagar más que para preparar sus sermones y 
limar el libro de sus Triunfos del Amor de Dios^ cuya impresión le había de costear 
un singularísimo devoto de su Orden y Provincia, padre de todos los Religiosos de 
ella {^), amigo fidelísimo de Andrés de Alba, á quien debía intitularla, aunque perso- 
nalmente no le conocía. Como todavía no había sonado el nombre del P. Angeles entre 
los literatos, no sé si aconsejado por sus hermanos de hábito ó temeroso del éxito de 
su obra, no sólo recogió preludios encomiásticos de sus compañeros y amigos, pero 
logró también una recomendación especial del P. Fr. Ángel de Badajoz (3), en vez de la 
licencia y aprobación que solían llevar de los Superiores jerárquicos, y bien manifiesta 
el Descalzo extremeño la buena amistad que le unía al autor de los Triunfos cuando 
con frase ruidosa y galana compara su libro á una tierra de promisión, donde las almas 
hallarán ríos de leche y miel de divina dulcedumbre, que al gustarla les hará dar por 
bien empleados los trabajos sufridos hasta gozarla. Por otros conceptos lo alaban el 
P. Fr. Antonio de Santa María, que con ternura de padre no duda en parangonar al 
P. Angeles con el Vidente de Patmos, mirando su libro como un Apocalipsis de los se- 
cretos que el amor divino en sí encierra, y Fr. Francisco de San José {*), que mira la 
obra como un espejo donde los cristianos pueden ver á do llegan las fuerzas de su 

veces, y dos Ministro Provincial, murió en San Gil, de Madrid, á 18 de noviembre de 1622. En 
virtudes imitó muy de cerca á su fundador. San Pedro de Alcántara: renunció el obispado de 
Chile, que le ofreció Felipe II, y los de Zamora y León, los cuales quería Felipe III que admi- 
tiese. Sus relaciones con \\ Grandeza de España, tanto más admirables cuanto menos las esti- 
maba. Sus libros muchos, que pueden verse en Nicolás Antonio, en las Bibliotecas del P. Fray 
Juan y en el tomo II de la Crónica de la Provincia de San Josef, Alcalá, fs. 21-25 prelimi- 
nares. Respecto del P. Angeles, fué uno de los que más pronto conocieron sus prendas y, según 
veremos, supo explotarlas para bien de su Provincia. 

(1) Una de las causas principales de darle independencia fué la dificultad de visitar sus con- 
ventos, y visto el parecer de Felipe II, la voluntad de los provincianos de San José y beneplá- 
cito del General Francisco Gonzaga, dio sus letras Sixto V Dum ad uberes jructus, 15 de 
noviembre de 1586, para que así se hiciese. 

(Véase Bullarium... discalceatorum á Patre Francisco Matritensi, t. I, Matriti, 1744, pági- 
nas 297-300). 

(2) Dedicatoria á Andrés de Alba. Puede verse entera en la página 2. 

(3) No he logrado más noticias de este panegirista del P. Angeles que las que se infieren de 
Fr. Marcos de Alcalá (t. II, pág. 101, y lib. ITI, págs. 62-66): que tomó el hábito en la Pro- 
vincia de San José y fué Definidor y acompañó al P. Alonso Lobo á Roma al Capítulo 
General de 1571. Escribió una Crónica de la Provincia de San José: con fundamento puede 
asegurarse que es suya la anónima manuscrita que he citado varias veces. Murió en el Convento 
de San José de Salamanca; pero no me dicen el año, y yo no debo inventarlo, aunque fué bien 
entrado el siglo xvii. 

(') Si no es el natural de Suera, citado por Fr. Juan de San Antonio ( Bibliotheca Discal- 
ceatorum, Salmanticae, 1728, pág. 87) como autor de un opúsculo sobre la Concepción de la Vir- 
gen presentado á Paulo V, no hallo rastro de otro. 



XVI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

amor, si á Dios lo encaminan; y no menos que ellos lo enaltece I), Francisco Lobato, 
haciendo una síntesis de lo que el libro trata y terminando con el elogio de que 

«el libro es tal cual de Angeles se espera». 

12. No obstante los encomios y recomendaciones obtenidas, el libro no fué reci- 
bido con tanta aceptación como el autor esperaba, cosa que le disgustó ('), pero no le 
desconcertó ni quitó los bríos para .trabajar por el bien de las almas. Por otra parte. 
Dios le señaló nueva esfera de acción, si no más ilustre que la que tenía en la corte 
de España, más variada y amena, en una ciudad que se había «engrandecido sobre 
manera, como emporio del comercio de Europa con las ubérrimas Indias Occidenta- 
les» (-). Barruntarán sin duda mis lectores que aludo al viaje y permanencia del Padre 
Angeles en la ciudad del Guadalquivir, á donde lo enviaron como fundador con otros 
compañeros, en el Capítulo provincial que se celebró en Nuestra Señora de los Ange- 
les de Cadahalso á siete de mayo y domingo quinto después de Pascua de mil quinien- 
tos ochenta y nueve, en que salió electo Provincial el P. Fr, Bartolomé de Santa 
Ana (3) y en cuyas primeras sesiones se debió ver y examinar, así la petición hecha do 
parte de la ciudad como las facultades que tenían del Nuncio de Su Santidad Pío V ('*) 
para fundar convento en Sevilla; y no se halló persona más apta á quien encomendar 
tamaña empresa que al Definidor que había brillado entre los otros por su prudencia 
y acierto en el manejo de los negocios. Así, pues, acabadas las tareas capitulares y 
reunidos los compañeros que le habían señalado, partieron á la capital de Andalucía á 
últimos de mayo ó principios de junio de este mismo año. «La celebridad con que 
aquella ciudad y el Arzobispo (^) los recibió fué igual al amor que les tenían y al gusto 

(') Dice en boca del discípulo (diálogo X): «Y no me maravillo... que tema y se recele de 
hablar en cosas tan íntimas... quien ha visto que, por ser tales las de los Triunfos que imprimió, 
han perdido con los indoctos y sin espíritu lo que ganaran si fueran de caballerías, oraciones de 
ciegos ó cartillas para principiantes». (Véase pág. 141 de este vol.). 

(*) Rinconete y Cortadillo, por Francisco Rodríguez Marín, Sevilla, 1905, pág. 11. 

{}) Fué uno de los compañeros de San Pedro de Alcántara y venerable por sus ejemplos de 
virtud. El P. Fr. Marcos de Alcalá quiere probar que estuvo confesando á las Descalzas Reales 
de Madrid durante cuarenta años, lo cual se compadece poco con los otros cargos que desem- 
peñó, gobernando la Provincia, yendo á Roma y ocupándose en otros ministerios que exigían 
suplentes tan formales como el propio confesor. Lo más culminante de su gobierno fué sujetar 
la Descalcez á la Observancia, no obstante el deseo que manifestara San Pedro de continuar 
unido al Maestro General de los Conventuales, por bula de Pío IV In Suprema militantis 
Ecclessiae de 25 de febrero de 1562. La primera vez que gobernó la Provincia fué en 1562, aun- 
que renunció su oficio antes de acabar el trienio. En la segunda ya se ve cuánto aprecio hizo del 
Padre Angeles, á quien señaló como buen sucesor suyo en el confesonario de las Reales Descal- 
zas. Murió el año 1600, no puedo deducir á qué edad, aunque habla mucho el P. Alcalá, 
t. II, lib. IV, y I, págs. 259 y 3 respectivamente. 

(*) En el Bullarium Fratrum Discalceatorum, del P. Francisco Matritense, Matriti, 1744, 
tomo I, pág. 323, se hallan las letras del Illmo. Sr. D. César Speciano, Nuncio de Su Santidad, 
en las cuales no sólo autoriza sino también manda, tanto al Visitador de la Provincia como al 
Provincial de la de San José, que envíe cuanto antes á Sevilla religiosos para fundar allí un 
convento dependiente de aquella Provincia; su data en Madrid, 29 de noviembre de 1588. 

(') En las citadas letras se dice: «.Cum exparte illustr-issimi domini Roderici de Caatro, 
moderni archiepiecopi Jliapalensis ac S. E. E. Cardinalis, necnon ipsius civitatis Ilispnlensis 
a nobis postulatum Juerit ut/rmtres ipsius Frovinciae Sancti Josephi deduci mandaremust) . Mucho 
me holgaría de poner notas biográficas de cada uno de los sujetos que nombro en esta Introduc- 
ción; pero teniendo muchos sus memorias correspondientes y hallándome falto de libros, se con- 
tentarán mis lectores con que lo haga de los menos conocidos y de quienes pueda decir algo, lo 
indispensable para no alargar demasiado esto.s preámbulos. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ÁNGELES XVII 

de ver el empeño logrado. Tomaron desde luego posesión en unas casas de la colación 
de la Catedral, en la calle de San Gregorio, entre la puerta de Xerez y la Contratación^ 
año de ochenta j nueve» ('). Y mucha maña y diligencia pondría nuestro Comisario 
del Provincial de la Provincia de San José, cuando se atrevía á firmar la dedicatoria de 
sus Triunfos á veinte de julio del mismo año en Sant Diego de Sevilla^ titular de la 
futura iglesia, lo cual supone empezadas las obras, así del templo como del convento 
que habían de habitar. Cautiváronse, en efecto, muy pronto las simpatías del barrio en 
que asentaron los reales de la santa pobreza, y cundió por la ciudad el olor del buen 
ejemplo que daban los recién llegados, de modo que muy pronto fueron invitados^ 
especialmente el Superior, á ocupar los pulpitos más concurridos y tan autorizados por 
los Cabreras y Kebolledos, con quienes era diíícil hallar competidores. Los igualó, sin 
embargo, si no los aventajó, el fundador de San Diego, pues despertó emulaciones y 
envidias que terminaron en puntas de persecución (^^), sufrida por nuestro héroe du. 
rante más de dos años con tanta paz y sosiego de espíritu, que pudo escribir los Diá- 
logos de la Conquista del espiritual y secreto Reino de Dios^ fabricando así un pulpito 
que le daría auditorios más numerosos y duraderos que los que acudían á oir sus ser- 
mones de más de hora {^). En ellos manifestó también que la capital andaluza con sus 
prados amenos y paseos deliciosos y bellezas artísticas habían entrado en el alma de 
nuestro escritor; porque la fragancia y suavidad que trasvina su pluma huele á jardi- 
nes embalsamados por el azahar y otras flores que en aquel suelo nunca se marchitan. 
Ellos demuestran asimismo que había visto paseando por las riberas del Guadalquivir 
cómo las barquillas de los pescadores «haciendo contraste con los navios de alto bordo, 
vagaban balanceándose cubiertas de toldos de verdes ramos» (*), y cómo entraban las 
flotas cargadas de plata y oro y pedrería, frutos de la conquista de un nuevo mundo, 
que pagaba con creces las fatigas que por descubrirlo habían sufrido los españoles. 
Riquezas y bienes mayores columbraba su pupila de místico en el corazón de los hom- 
bres, y emprendió, como nuevo Colón de la gracia, á descubrirlas con arte é industria 
que sólo podía enseñarle la astronomía del mundo invisible, menos estudiado pero más 
sublime y grandioso que el sujeto á los sentidos corporales. Por tanto, acertó el doctí- 
simo académico D. Francisco Rodríguez Marín al asegurarnos que el P. Angeles estu- 
vo en Sevilla «á lo menos una buena parte de los años mil quinientos ochenta y nueve, 
noventa y noventa y uno: él, en concepto de Comisario del Ministro Provincial de la 
de San José, vio los sitios en que pudiese edificarse el convento de San Diego, y prefi- 
rió una haza de la ciudad que esM— decía en su petición— « la puerta de Jerez hacia 

(') Crónicas de la Provincia de San Diego de Andalucía de Religiosos Descalzos, escrita 
por el P. Fr. Francisco de Jesús María, de San Juan del Puerto. En Sevilla, ^724, pág. 19. 

C*) En el Cabildo de 19 de marzo de 1891 «dijo el Sr. Asistente que el P. Fr. luán de los 
Angeles, predicador de la casa de Sant Diego de la provincia de San Jusepe y el guardián do la 
dicha casa dixeron á su merced cómo los padres de la observancia de Sant Francisco y su pro- 
vincial avian ganado una provisión de su magestad despachada en el Real Consejo de justicia 
que estaba notificada al provincial de su provincia de Sant Jusepe, para que no consintiese ni 
permitiese que en ninguna casa de las que estañan comenzadas de su provincia en la del Anda- 
lucía pasase con la obra adelante hasta tanto que el Real Consejo proveyese otra cosa. . piden 
favor á la ciudado. (Archivo municipal de Sevilla, libro de acuerdos del dicho año, fecha «< 
supra) . 

(') Véase cómo alude á ellos, pág. 85. 

(*) Rinconete y Cortadillo cit., pág. 5. 



XVIII INTRODUCCIÓN BlO-BIBLIOGRAnCA 

San Telmo (*), de la cual pidió tres ó cuatro alanzadas, que Sevilla donó muy gustosa- 
mente ofreciendo y pagando asimismo tres mil ducados para ayudar á la edificación 
del monasterio (-). Probable, pues, parece que en la ciudad del Guadalquivir, escu- 
chando tal cual vez el concertado son de las campanas de su Basílica, aspirando el 
azahar de los naranjos y limoneros que dentro y fuera de la población embalsaman el 
ambiente, y bajo aquel cielo purísimo que, siendo no más ni menos azul que en todas 
partes, por dichosa excepción sobrepuja en alegre y risueña luz al de cualquiera otra 
comarca, escribiría Fr. Juan de los Angeles con aquella maravillosa dulzura tan an- 
(jélica como su nombre muchas páginas de sus Diálogos de la conquista, etc.» (3). Añado 
yo que no sólo buena parte de dichos años, sino enteros el noventa y noventa y uno, 
con añadiduras del noventa y dos, permaneció en Sevilla nuestro biografiado; por lo 
menos hasta que se inauguró la iglesia y se estrenó el convento que tantos sudores le 
habían costado: es decir, después que «acabada ya la obra se conmovió la ciudad fes- 
tiva en demostraciones alegres y se dispusieron las cosas necesarias para la traslación 
del Santísimo Sacramento... haciendo altares diferentes y muchos primorosos arcos 
que sirvieron de divertida edificación á todos. Concurrieron el día nueve de abril del 
mismo año de noventa y dos los dos ilustrísimos Cabildos en forma capitular, y su 
Eminencia, y con la mayor solemnidad que cupo de saraos y músicas se hizo la trasla- 
ción á \ú nueva iglesia, donde se colocó á su Majestad» (*). No repercutieron estas fies- 
tas con la misma consonancia por todos los ámbitos de Sevilla, y probablemente exa- 
cerbaron los ánimos de sus competidores, y el P. Angeles, que había llevado á gloriosa 
cima su comisión, dejó la capital andaluza á últimos del año mil quinientos noventa y 
dos ó principios del siguiente, retirándose á Portugal, porque su carácter dulce y apa- 
cible no se avenía bien con la lucha empeñada en que le hacían terciar, no sólo los pa- 
dres Observantes, que no acababan de resignarse á que arraigasen allí los Descalzos, 
sino sus propios hermanos de la Provincia de San Gabriel, los cuales alegaban dere- 
chos á aquel convento por estar vecino á sus casas. Sería enojoso detener á mis lecto- 
res contándoles todos los incidentes de esta lucha (^), y puesto caso que se alejó de ella 

(*) Encomendé á varios hermanos de hábito que me buscasen esta petición, que, según dice 
el Sr. Rodríguez Marín, «se conserva original en el Archivo Municipal de Sevilla, legajos de 
autógrafos)) y en enero de 1910 ó había desaparecido ó no se la quisieron dejar al P. Fr. Her- 
menegildo Costa, que la pidió para copiarla y enviármela. 

(2) Cumplieron lo prometido, pues en el Cabildo de 31 de diciembre de 1590, previa petición 
del Guardián de San Diego, «conforme á los acuerdos de la ciudad y facultad de S. M. se le 
libran luego los 1.000 ducados del año 590». El acuerdo de dar los 3.000 ducados, pagaderos 
en tres años, se tomó en Cabildo de 19 de febrero de 1590 (Véase libro antes citado, pág. 33). 
Y con razón se dice que eran para ayudar á la edificación, porque el coste total de la construc- 
ción, así del convento como de la iglesia, llegó á 20.000 escudos, según dijo Clemente VIII en 
su Breve Salvatoris nostri ./. C. rices, de 28 de septiembre de 1593 «summa viginti millinm 
scutorum in circa exposuerunt», ( Bullarimn Discalceatorum ya cit., pág. 841). 

(•*) Rinconete y Cortadillo cit., pág. 33. 

(*) Crónica del P. Francisco de Jesús María, antes cit., pág. 20. 

(") Duró no menos de diez años, y para estudiarla es indispensable acudir al Jiidlarium Dis- 
calceatorum, donde se hallarán los documentos siguientes: 1." Bula de Clemente VIII Dudum a 
Jelicis recordationis Gregorio papa XIII, 25 marzo 1592, confirmando los privilegios concedi- 
dos á los Descalzos y limitando la jurisdicción del General en cosas que los perjudiquen (Bula- 
rio cit.., págs. 332-3;')6). 2," Nueva bula erigiendo en Provincia Descalza de San Diego los con- 
ventos que habla en la de Sevilla, Salvatoris nostri, de 28 de septiembre de 1593, la cual no se 
ejecutó hasta l(i22; porque con las reclamaciones de la ciudad envió el Papa un 3.° Breve apos- 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XIX 

nuestro pacífico escritor, también yo me la dejo y prefiero acompañarle á Lisboa, 
donde buscó un refugio y halló corazones amigos que le desquitaron de las amar- 
o-uras devoradas en Sevilla, y lo pudo hacer sin faltar á la obediencia, mediante un 
Breve apostólico que gustoso le enviaría el Nuncio del Papa. 

13. Desconozco el lapso de semanas ó meses que descansó en la patria del Tau- 
maturgo paduano; pero íué lo suficiente para acreditarse entre los portugueses y cap- 
tarse las simpatías de los Franciscanos que allí residían, y sobre todo las del Cardenal 
Alberto, Archiduque de Austria, que á la sazón gobernaba aquel reino que nunca de- 
bió desprenderse de la Corona de España. Allí dio la última mano al libro de la Con- 
quista del Reino de Dios, y allí pensaría publicarlo, porque la primera censura de la 
Orden que lleva está despachada en San Francisco de Lisboa á diez de febrero de mil 
quinientos noventa y tres por mandato y comisión del P. Fr. Tomás de Iturmendia, Co- 
misario general de los Observantes, firmada por el P. Fr. Belchior Urbano (*), que ala- 
ba á su autor como predicador no menos venerable que docto y dice de sus Diálogos 
que son «ortodoxos y católicos y de grande erudición y doctrina y muy curiosos, de- 
votos y provechosos á toda la Iglesia universal de Dios y para el aumento y defensa 
de nuestra santa fe católica» (2). Pero no se imprimieron en Portugal, porque, á pesar 
del Breve apostólico que autorizaba al P. Angeles para residir en aquellos señoríos, no 
pudo resistirse á las instancias que le hacía el Ministro Provincial nuevamente elegido, 
Fr. José de Santa María {\ que como compañero conocedor de los talentos y prendas 
de su subdito pedía le ayudase á llevar la carga de la prelacia. Así, pues, antes de fe- 
necer el año noventa y tres salió de Lisboa para Madrid, donde lo hallo ya á últimos 
de julio de este año recibiendo aprobación de sus Diálogos, refrendada por Fr. Gabriel 

tólico al Arzobispo de Sevilla, mandándole se devolvieran á la Provincia de San José' los con • 
ventos de Andalucía que el General de los Observantes había cedido á la de San Gabriel, dado 
en Roma á 33 de abril de 1595 ( Bular i o cit., págs. 358-361), donde se halla también la ejecu- 
toria de D. Rodrigo de Castro, fecha á 21 de mayo del mismo año. 4.° La bula que pudiera 
llamarse de la concordia, Eeligiosorim qui sub suavi , 23 de enero de ISO.!, por la cual, despue's 
(le oir al Arzobispo de Sevilla y ver las cartas con que. D. Francisco de Bobadilla, conde de 
Puñonrostro y representante de la ciudad, accedía á la permuta que se había propuesto á los 
Provinciales de las de San José y San Gabriel, adjudicándole á esta última el convento de San 
Diego, y confirmaba la permuta delegando la ejecución de esto al Obispo de Plasencia ( Bulario 
cit., págs. 386-390). Por ella la Provincia de San Gabriel entregaba á la de San José cinco 
conventos, á saber: los de FuensaHda, Santa Olalla, Velada, Cerralbo y Barco de Avila; y siete 
la de San José á la otia, esto es: las casas de San Diego de Sevilla, el Pedroso, la Viciosa, 
Arroyo del Puerto, Villanueva de la Serena, Loriana y Mérida. 

O No be logrado noticias de estos franciscanos, aunque, además de mirar las Crónicas de 
Portugal, escribí á mis hermanos de Lisboa pidiéndoles datos. Tal vez se extraviaron mis car- 
tas, ó ellos, perseguidos, no pudieron satisfacer mis demandas. 

(*) Puede verse el original portugués (pág. 33), donde consta también lo del Breve apostó- 
lico para morar en aquellas tierras. 

(^) Siendo Bachiller en Derechos en la Universidad de Salamanca lo ganó para Dios el 
venerable Alonso Lobo, y después de vestir el hábito en la Observancia, deseoso de mayor estre- 
chez, pasó á los cuatro meses de novicio á la Descalcez, donde vivió con crédito de sabio y santo. 
Fué de los primeros Provinciales de la de San José, y en los años que corre nuestra historia 
sabó Provincial en el convento de la Torre, á 13 de septiembre de 1592, gobernándole hasta el 
de 1596. Visitó, además, la Provincia de San Juan Bautista, con delegación del General, y la 
Provincia de Santiago, por orden del Nuncio de Su Santidad. Lleno de días y méritos, aunque 
sin dejar obras escritas de su mano, murió en San Bernardino de Madrid, 4 de diciembre de 1605. 
Hacen mención de él casi todos los cronistas Descalzos. Lo extractado es de la Crónica de Fray 
Juan de San Antonio, tomo I, lib. I, núm. 175. 



XX INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

Pinelo. ¿Por qué uo se estamparon este año y se retrasó dos más la publicación? 
Creo que por trabajos extraordinarios que se encomendaron al autor. 

14. Había establecido Clemente VIII que las visitas previas á los Capítulos pro- 
vinciales las girasen los Ministros ó Comisarios generales en persona, ó por delegados 
Descalzos si la Provincia era de esta reforma, y «á los últimos meses del trienio de fray 
Juan Ximénez (') envió el P. Fr. Mateo de Burgos (2), Comisario general desta familia 
cismontana, con su comisión para visitar la Provincia— de San Juan Bautista de Va- 
lencia— á Fr. Juan de los Angeles, de la Provincia de San Josef, y hecha la visita con 
gregó á Capítulo á diez y nueve días del mes de noviembre de mil quinientos y noven- 
ta y cuatro en el convento de San Antonio de Ayora (3), por instarlo así la devoción de 
los Excelentísimos Duques del Infantado, que se ofrecieron á hacer el gasto con su 
acostumbada liberalidad. Celebróse el Capítulo con grande paz y presidiendo en él el 
Rmo. Comisario general ...fué electo Provincial Fr. Diego de Castellón, religioso de 
o-rande espíritu» {'*). Ahí tienen mis lectores una explicación luminosa, á mi entender, de 
por qué causas no salió tan pronto al sol de la publicidad el libro de la Conquista. No 
dejaron sosegar á su autor los últimos meses del año noventa y tres y todo el noventa 
y cuatro, en que necesitó hacer largas jornadas, en su mayor parte á pie y con la salud 
quebrantada, cruzando las cinco Provincias en que había casas de Descalzos (»), acom- 
pañado probablemente del P. Fr. Juan Bautista Madrigal como Secretario de visita {% 

(*) Nació en Jerez de la Frontera, 1561, y siendo mozuelo ganólo para su Provincia San 
Pascual Bailón y vistió el hábito en San Juan de la Ribera (Valencia), año 1576. Fué tres 
veces Provincial, y la primera cuando apenas contaba los treinta años de edad, con sorpresa de 
todos, menos del Santo del Sacramento, que lo había predicho en Villarreal antes de celebrarse 
el Capítulo. Escribió la Crónica del Beato Pascual, publicada en Valencia por Juan C. Garriz, 
1601, y una exposición de la Regla, que no he visto. Como varón doctísimo era consultado de 
muchos y lo estimó en gran manera el Beato Juan de Ribera. Murió en Ayora, 23 de febrero 
de 1628. (Véase Crónica de la Provincia de San Juan Bautista, por el P. Fr. Antonio Panes, 
tomo II, Valencia, 1666, págs. 32-45). 

(2) Por haber sido uno de los que distinguieron al P. Angeles, que conoció sin duda 
en Madrid y trató en Salamanca, diré con el P. Fr. Matías Alonso (Chrónica seráphica de la 
S. P. de la Purísima Concepción, tomo I, Valledeolid, 1734, pág. 334) que vio la luz del 
mundo en Valladolid y la de la gracia en la parroquia de San Andrés. Vistió el hábito en San 
Francisco de la misma ciudad, y después de Lector jubilado y Calificador del Santo Oficio, 
siendo Custodio fué al Capítulo general de 1587, en Roma, donde presidió unas conclusiones 
quo le conquistaron generales aplausos. Visitó la Provincia observante de Valencia (no dice el 
uño) y siendo nombrado Provincial de la suya en 1591, al año y medio de gobierno fué elegido 
Comisario general de la Familia cismontana en el Capítulo general de Valladolid, 1593. Más 
tarde Felipe III lo agració con los obispados de Pamplona y Sigüenza, donde murió á 4 de 
enero de 1611. Supongo dejaría alguna obra, pero no las citan las Bibliotecas Franciscanas. 

O Fué fundado en el año 1573. Panes, tomo I, cap. 23. 

(*) Panes, Crónica de la Provincia de San Juan Bautista, tomo I, pág. 212, Valencia, 1665. 

(■') Aunque no puedo fijar el itinerario que llevaría en esta visita, sé que había convento en 
los pueblos siguientes: Elche, Monforte, A'illena, Almansa, Yecla, Jumilla (Santa Ana del 
Monte), Ayora, Valencia (San Juan de la Ribera), Liria, Játiva, Beniganím, Castalia, Villa- 
rreal. Benicarlón, Callosa y Gandía; y todos ellos fundados antes del año 1592; por consiguiente, 
en todos ellos estuvo más ó menos días el P. Angeles. 

(*) Deduzco esto de la intimidad especial que hubo entre los dos, según veremos más ade- 
lante, y parece que mutuamente estaban obligados. De su vida sólo puedo apuntar lo que dice 
el P. Marcos de Alcalá (tomo II, págs. 24 y 107); esto es, que fué famoso predicador, cua- 
tro veces Definidor provincial. Comisario visitador de la Provincia de San .luán y Presidente 
del Capítulo provincial celebrado en Valencia, 2ü de mayo de 1601. Escribió varias obras, de las 
cuales hablaré después: falleció año 160K. Habla de él Fr. Martin de San José y el Martirolo- 
gio Será/icu, día 24 de junio. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXI 

Muchas incomodidades tuvo que sufrir en el viaje; pero ¡cuántas satisfacciones le pro- 
porcionaría Dios al ver el cariño y veneración que los pueblos por do pasaba profesa- 
ban á sus hermanos! ¡Qué sorpresa tan agradable al visitar el convento de Santa Ana 
del Monte, donde, sin contar las bellezas naturales de paisaje bellísimo, halló salpicada 
de sangre la celda que habitara San Pascual Bailón j el peñón donde descansaba 
antes de subir cargado con sus alforjas la cuesta empinada sobre que asienta el san. 
tuario! ¡Qué dulces emociones al venerar la imagen de Nuestra Señora de Lorito, cerca 
de Monforte! ¡Cuan deleitoso esparcimiento en el convento de Elche, rodeado de un 
bosque de palmeras! Pues ¿qué diré del gozo y contentamiento que recibiría su alma 
seráfica conversando en Gandía con el beato Andrés Hibernen (1534 f 1602), que 
hacía allí milagros frecuentes? ¿Cómo pintar la soberana complacencia con que se avis- 
tó con el Patriarca de Antioquía, beato Juan de Ribera, que podía llamarse segundo 
fundador de la Provincia descalza de Valencia? (') ¿Cómo describir el hervoroso entusias- 
mo con que se postró ante el sepulcro de San Pascual Bailón, cuya sombra aún vagaba 
por los claustros de Nuestra Señora del Rosario de Villarreal? Aquí se detuvo más que 
en otras casas, y algo extraordinario le pasaría orando en aquella iglesia, pues no qui. 
so salir de allí sin llevarse alguna reliquia del Santo del Sacramento. No pudo resis- 
tirse á sus devotas demandas el P. Juan Ximénez, y de los dos libritos que para su 
solaz y entretenimiento había compilado el santo pastorcillo de Torrehermosa le entregó 
uno (^), como la mejor paga que podía darle por las fatigas y trabajos que tomara vi- 
sitando la Provincia^ y confirmando con palabras y ejemplos la perfecta regularidad y 
santa observancia en que sus subditos vivían. 

15. Acabada la visita y celebrado el Capítulo provincial, regresó el P. Angeles á 
Madrid, lo cual no sería antes de diciembre de mil quinientos noventa y cuatro; y des- 
pués de descansar algunos días entregó á la viuda de Pedro Madrigal los originales de 
los Diálogos de la Conquista del espiritual y secreto Reino de Dios, que, si no ofrecían 
gran novedad en el título, porque había libros con portadas muy semejautes (3), ence- 
rraban un tesoro de enseñanzas místicas con forma tan amena y atractiva, que el pú- 
blico devoró en pocos años las varias ediciones (*) que de ellos se hicieron. Salieron 

(') Como pobre agradecido cuenta el P. Panes (tomo I, págs. 75 y sigs.) la protección 
que dispensó á los Descalzos el año 1570, cuando un Visitador pretendía que la Custodia de 
Valencia se uniese á la Provincia seráfica de Cartagena y sus casas fuesen de recolección: no lo 
consintió el santo Arzobispo y escribió muy apretadamente sobre el caso al Padre Ministro 
General, para que no se hiciese novedad alguna que motivase turbación y escándalo en los pue- 
blos; y con esto se desistió de aquel proyecto, que hubiera segado en flor la Provincia de San 
Juan. 

(-) Así lo dice el P. Ximénez en su Crónica del Beato Pascual, Valencia, 1601, con 
estas palabras: «Dejó (San Pascual) dos libros de puntos particulares que sacaba para su con- 
suelo espiritual... Uno destos dos libros se le dio á nuestro hermano Fr. Juan de los Angeles, 
Comisario que visitó entonces (1594) la Provincia, y el otro se quedó en mi poder» (págs. 252- 
254). Este, que se creía perdido, se halló el año pasado y se está imprimiendo en Toledo con 
título de Opúsculos de San Pascual Bailón. 

(^) Me refiero al Libro del Reino de Dios y del camino por donde se alcanza..., por el Padre 
Doctor Pedro Sánchez, de la Compañía de Jesús, Madrid, 1594, por la Viuda de Pedro Madri- 
gal. Descríbelo Pérez Pastor en el tomo I de su Bibliograjía Madrileña, ns. 557 y 654. Sobre 
ser de ascética, no pudo inspirarse en él el P. Angeles, que tenía su libro escrito en febrero 
de 1593. 

(*) Sin contar las traducciones, de las cuales sólo sé lo que dice el Sr. D. Juan Catalina 
García en su Ensayo de una Tipografía complutense, Madrid, 1889, pág. 241: «He visto una 
Obras mística" dsi P. Ahokirs. — c 



XXII ^^rrR0DuccIóN bio-bibliografica 

traducción (itaiiaua.'; iiecha por Fr. Julio Zanchini da Castiglionchio, impresa en Brescia por los 
Sabij, 1608, en S.°» se hicieron por lo menos cuatro en vida del autor: 1." En Madrid, por la Viuda 
de Pedro Madrigal, año 1595, la cual no describiré; ya porque lo hizo Pérez Pastor en el libro 
antes citado, págs. 2¿J5 y 236, ya porque, siendo la príncipe, va reproducida en este volumen, 
páginas 33-153. 2/ En Barcelona, la cual, si no fué furtiva, lo parece, á saber: ^Diálogos \ de la 
Conquista \ del espiritual y secreto \ reino de Dios, que según el Santo Evangelio \ está dentro de 
nosotros mismos, \ Compuestos por Fr. loan de los | Angeles, Predicador Descalco de la Provin- 
cia de S. loseph, | de los Menores de Observancia Regular. | Con dos tablas, una de los ¡ luga- 
res de la sagrada Escritura, y otra de las cosas | notables que en el libro se viontienen. | Dirigi- 
dos al muy I Ilustre Señor Fernando de Heredia, 1 Inquisidor del Principado de Cataluña. (Gra- 
bado de dios Júpiter en el centro con esta leyenda que lo rodea: In lovis usque sinum). — Con 
licencia. | Impreso en Barcelona, en casa de Sebastián de Cormellas al Cali, año 1597». Es un 
tomo tamaño 8.", que, sin los 8 folios preliminares sin numerar, tiene 463 páginas numeradas de 
texto, al cual siguen 15 páginas de tabla de Lugares de Escritura y 16 de cosas notables. 
F. 2.° V.: Censura del P. Fr. Francisco Gregorio Forteza, lector de Teología en San Francisco 
de Barcelona, 26 de marzo 1597. F. 2." v.: Licencia del Obispo D. Juan Dimas Loris, en latín. 
Dat. Barcinone in Palatio Episcopali, die 15 aprilis, 1597. F. 3.°: «Al muy Illustre Señor Her- 
nando de Ueredia, Inquisidor del Principado de Cataluña : = Común proverbio fué entre aquellos 
sapientísimos Griegos, muy illustre Señor, cupit naturi celar/, ninguna cosa tanto desea la natu- 
raleza como es encubrir lo más precioso que tiene: cría con grandíssimo cuidado la hermosíssima 
margarita y escóndela debajo del agua en la basta y apretada concha; muere por mostrarnos en 
las ricas esmeraldas, diamantes y rubíes su esplendor, y pónelo en piedras aun no polidas sino 
en gauarro; y en fin, danos el acendrado oro, pero cubierto y encerrado en las entrañas de tierra. 
Y no es mucho de admirar esto si consideramos la condición de la naturaleza, la qual siempre 
procura en quauto puede de assimilarse á su autor Dios Señor nuestro, del cual dize el Sabio que 
su gloria no es otra sino encubrir y guardar lo más rico que en él hay, que es su Verbo. Gloriae 
Dei celare Verbum. Pero si miramos lo que más adelante el Sabio dize, hallaremos, muy Illustre 
Señor, que assí como es gloria de Dios ocultar lo precioso y rico de su archivo, así es gloria del 
hombre descubrirlo. Glorio regum investigare serinonem; y no qualquiera palabra ó escritura, 
como hizieron aquellos ignorantes Philósophos antiguos, cuyas vigilias, solicitudes y cuidados no 
eran más de en descubrir secretos de la tierra, olvidados de la conquista de aquel Verbo eterno 
abscondido en el pecho de su eterno Padre, de los quales podremos dezir: Oleum et operam per- 
diderunt. Perdieron sus assiduos sudores y trabajos [f." 3." v.] á los quales acusa Lactancio Fir- 
mano, y reprehende en estos versos Lucrecio: 

Etfaciunt ánimos humileií formiditie Dinum 
Dfprensonqiie premunt ad terram. 

Y el mismo Lucrecio, en otro lugar, aun no los quiere dejar de la mano diciendo: 

Nec pietan ulla ett velatum saepe videri 
Vertier ad lapidem atque omnes accederé ad ara» 
Xer procvmhere humi poistratum. 

Porque no conviene por cierto á los ánimos sublimes poner la boca en la tierra escaruando 
como gallinas en este muladar, para mal suyo, antes, como aquel solícito mercader Euangélico, 
buscar orden para hallar la perla preciosa de la gloria, porque sea alabado de Christo y compa- 
rado á su Iglesia. Simile est r-egnum coelorum homini negotiatori quaerenti bonas margaritas 
(Matth., 19). Dijo buenas margaritas, porque todas las cosas criadas en sí son buenas, como la 
Escritura lo dize: Vidit Deus cuneta quae fecerat et erant valde hona. Pero no todo es bueno para 
el que lo busca enclauados los ojos en la tierra, y luego dize: hallada una preciosa margarita ven- 
dió y dio todo su caudal por ella. Codicioso mercader me he hecho, muy Illustre Señor, sólo por 
hallar alguna joya con que poder agradar al gusto de V. 8., qual es esta obra de los Diálogos de 
la Conquista del espiritual y secreto reino de Dios, y por mi buena suerte me he encontrado con 
una por la qual he dado toda mi solicitud y auiso, el qual tengo por muy bien empleado, pues va 
enderecada á manos tan illustres como las de V. S., á quien suplico reciba con él una amplíssima 
voluntad, porque assí la obra quedará calificada y yo muy satisfecho, y aun estoy cierto V. S. muy 
gustoso, á quien nuestro Señor guarde muchos años como éste su seruidor desea. = Sebastián Cor- 
mellas». En el Prólogo al lector y texto no discrepa en nada de la edición príncipe, 3.* de Alcalá, 
que también debo describir, porque el Sr. García, en su Ensayo, no pudo hacerlo por no hallarla 
en la Biblioteca Nacional de Madrid, en cuyo índice figuraba. Dice, pues: (nDiálogos \ de la Con j 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXlíí 

dedicados, como auticipadameute dije, ai Cardonal Alberto, Arciiiduque de Austria {'), 
que tan buena acogida le diera los meses que pasó en Portugal. 

18. Mientras se imprimían llegó el tiempo de celebrar en la Provincia de San 
José congregación intermedia, que se reunió en Auñón en cinco de agosto de mil qui- 
nientos noventa y cinco, y en ella nombraron al P. Angeles Guardián de San Antonio 
de Guadalajara y Custodio, es decir, representante de la Provincia para la Congrega- 
ción general {^) que había de reunirse en Vitoria, y como tal acudió á ella y tomó 
parte, no sólo dando su voto como vocal propio, sino probablemente predicando tam- 
bién alguno de los sermones con que se honraban aquellos días los misterios de la San- 
tísima Trinidad, Sagrada Eucaristía y jSíuestro Padre San Francisco ('), Fueron las se- 

quista del espiritual y \ secreto Reyno de Dios, que según el Santo Euan\gelio está dentro de nos- 
otros mismos. En ellos | se trata de la vida interior y diuina, que | bine el alma vnida á su Criador 
por I gracia y amor transformante. | Compuestos por Fr. Ivan | de los Angeles, Predicador Des- 
9aIco de la Provincia | de San loseph de los Menores de Obserjvancia Regular. | Dirigidos al Se- 
reníssimo Príncipe Cardenal | Alberto, Archiduque de Austria, Arzobispo de Toledo, Primado de 
las I Españas, etc. ] Año (graliado en madera que representa ana cruz en campo que tiene á los 
lados dos casitas que parecen iglesias) 1602. | Con privilegio. | En Alcalá. Por lusto Sánchez 
Crespo». Un tomo tamaño en 12.", de 16 folios preliminares sin numerar; sig. 1[ 12.345,1Í1Í 12.345, 
y 444 páginas numeradas, á las cuales siguen 18 folios sin numerar, 9 de lugares de Escritura 
y 9 Tabla alfabética de las cosas notables. Sin colofón. Las particularidades que ofrece son las 
siguientes: F. 1." v.: Tras la portada descrita, en blanco. F. 2." v.: Grabado en madera que 
representa á la Virgen María que va caballera en un jumento guiado del torzal por San José y 
seguida de una doncella que, amen de una vela encendida en la mano izquierda, lleva un cesto 
sobarcado en la mano derecha y sobre la cabeza un tabaque en que asoman las cabecitas tres 
pajaritos. F. 2." v.: En blanco. F. S." v.: Otro grabado en madera que representa la aparición 
de Jesús resucitado á su santísima Madre, arrodillada en su estancia: de la mano derecha suelta 
Jesús una lista en que hay escrita la leyenda: Regina coeli letare. F. 3." v.: En blanco. 
F. 4.°: Suma del Privilegio. Madrid, 22 de agosto de 1593, Juan Gallo de Andrade. F. 4." v.: 
Tassa, por ídem, Madrid, 17 mayo 1595. F. 5.° v.: Erratas, por el Licenciado Francisco Murcia 
de la Llana, en el colegio de la Madre de Dios de los teólogos de la Universidad de Alcalá, sin 
fecha. F. 5." v.: Otro grabado que parece una alegoría de lo que explica el libro, esto es: Figura 
un campo quebrado y lleno de guijarros, y en lontananza se divisan algunas casas, y sobre ellas 
se cierne una nube, de la cual salen pajaritos. Al laclo derecho hay dibujada la fachada de un 
palacio, y en la puerta un sacerdote vestido á usanza israelita; en el centro hay dos santas con 
aureola, una arrodillada ante la otra, que está de pie y sosteniendo á la que se arrodilla con el 
brazo izquierdo extendido; detrás de éstas hay otras dos personas que mutuamente so miran 
como sorprendidas de lo que ven ante sí. F. 6.": Aprobazaom de Fr. Belchior Urbano, San Fran- 
cisco de Lisboa, 10 de febrero 1593. F. 7.": Aprobación de Fr. Gabriel Pinelo, en San Felipe 
de Madríd, 28 julio 1593, F. 7.° v.: Licencia de Fr. Josef de Santa María, Ministro Provincial, 
San Antonio de Guadalajara, 16 diciembre 1595. Fs. 8 y 9: Dedicatoria. Fs. 10-16: Prólogo 
al lector. Luego los diálogos, texto, 444 págs. Al fin: TíAUs deo. 4.*, Madrid, año 1608, des- 
crita por Pérez Pastor. 

(') Era el sexto hijo de Maximiliano II, nacido en 1559. Fué nombrado Cardenal de Toledo, 
donde se concilio las simpatías del clero y nobleza. En 1583 su tío Felipe II lo envió como virrey 
á Portugal, donde aún estaba cuando allí se detuvo el P. Angeles en 1593. Más tarde, por 
su buen gobierno, le dio posesión de los Países Bajos, no sin el contrapeso de la guerra que 
hubo de sostener contra Mauricio, hasta que hizo las paces con Francia en 1598. Este mismo 
año, y según otros en 1599, previa la renuncia del capelo y las dipensas oportunas, casó con 
Doña Isabel Cla-a Eugenia, quedando con ella soberano de aquellos países, donde vivió, con más 
azares y sobresaltos que esperaba, hasta el año 1621, que murió. 

('■^) Así lo cuenta Fr. Marcos de Alcalá, tomo II de la Crónica otras veces citada, pág. 258, 
donde también aduce comprobante alegando al margen «Libro 3, tít. A. Conventos y memorias 
de Religiosos, f. 330 v.». 

(^) Solían publicarse las actas de estas asambleas é imprimirse los sermones que se predica- 
ban; pero yo no he tenido la suerte de dar sino con dos del siglo xvii. 



XXIV INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOQRAFICA 

siones previas antes del día veintitrés de febrero del noventa y seis, y así debió salir 
de Guadalajara á principios de este mes, no regresando hasta bien entrado el mes de 
marzo. No he hallado recuerdos del gobierno de mi biografiado en su guardianía de 
San Antonio, porque los franceses se ensañaron de un modo especial en este convento 
y quemaron todos los papeles de su archivo (*); pero por los consejos que daba á los 
prelados y su carácter amable deduzco que sería tranquilo y suave, porque iría delante 
con el ejemplo y haría amables las mayores asperezas de la vida regular (*). 

La única noticia que se conserva es haber recibido, estando en este convento, la 
visita de su Provincial Fr. José de Santa María, que, enterado de que saldría pronto 
de la prensa el libro de la Conquista.^ quiso darle nueva licencia para asegurar mejor 
el cumplimiento de «las ordenaciones y estatutos de nuestra sagrada Keligión» ('). En 
este convento debió empezar la redacción de la Lucha espiritual y amorosa^ aprove- 
chando los ratos libres que le dejaban las cargas de la prelacia, y preparando de este 
modo una reimpresión de los Triunfos del amor de Dios^ reduciéndolos á menos volu- 
men, con que hizo la obra más estimada y aceptable. 

17. Antes de cumplirse los tres años de Superior local fué convocado con los otros 
vocales al Capítulo provincial que se celebró en Paracuellos del Jarama el día nueve 
de mayo de mil quinientos noventa y ocho. Pero no le descargaron de la cruz del go- 
bierno, antes bien, dispensando con él leyes que regían en casos ordinarios, aunque 
salió Definidor, lo nombraron también Guardián de San Bernardino de Madrid, la casa 
de mayor compromiso de la Provincia (*), con la esperanza de que llenaría cumplida- 
mente las obligaciones de los dos oficios y aumentaría el crédito de sabios y virtuo- 
sos que en la corte de España habían conquistado los Descalzos. Tomó desde luego po- 
sesión de su oficio, pero debió pedir pronto al Provincial un presidente que le sustitu- 
yese en la guardianía de Madrid, porque á las pocas semanas que se hizo cargo del 
gobierno de aquella casa le vino una nueva comisión del Kmo. P. Mateo de Burgos, en 
que le delegaba para visitar la Provincia de San Gabriel y presidir el Capítulo que ha- 
bía de celebrarse en octubre de este mismo año. ¡Secretos de la divina Providencia! 
Los hermanos que peores ratos le habían hecho pasar con sus exigencias cuando es- 
taba atareado con la fundación de San Diego en Sevilla habían de rendirle pleito ho- 
menaje de respeto y obediencia (^), y de grado ó por fuerza le tendrían por juez y ar- 
bitro de todas las cuestiones que entonces había pendientes entre las Provincias limí- 
trofes. No debo entretener á mis lectores fantaseando lo que en esta visita hizo ó no 
hizo el P. Angeles; pero para honra suya y de Dios, que formó su corazón, manifestaré 

(') Así lo justificaba el Padre Guardián en un tomo de cuentas que principia, año 1814, 
diciendo: «Este libro se principió en el año 1814 por haberse perdido por la invasión francesa 
todoí los libros corrientes que tenia la Comunidad». (Archivo Histórico Nacional, Madrid, 
Leg. 165, f. 2). 

(*) Dice en el Diálogo lí del Manual de Vida perfecta: «Yo estoy muy mal con los prela- 
dos que, habiendo de buscar tiempo para negocios exteriores ó para alivio de sus subditos, acu- 
den de ordinario á quitarlo de la oración; no sienten bien della ni saben la necesidad de que este 
ejercicio no se interrumpa ni falte ó se menoscabe». (Véase págs. 178 y sigs.). 

(') Puede verse entera en la pág. 34. 

(*) Alcalá, Crónica cit., tomo II, pág. 256. 

(') Sabido es que el Visitador general es recibido en los conventos con las mismas ceremo- 
nias que el Obispo cuando visita los pueblos, y una de ellas es prestarle obediencia, besando su 
mano, todos los Religiosos que salieron á la iglesia á darle con cantos los plácemes de la bien- 
venida. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXV 

que á sus gestiones y celo prudente se debe atribuir la mutua inteligencia que hubo en- 
tre las Provincias de San Gabriel y de San José, consintiendo en la permuta que habían 
propuesto á la misma ciudad de Sevilla, que había mantenido tiesa sus derechos á al- 
bergar á los Descalzos de la Provincia de San José, para los cuales había levantado la 
casa de San Diego. Así, pues, no dudo que á mediados del año noventa y ocho estuvo 
nuevamente el P. Angeles en la perla del Guadalquivir: no sólo por la obligación de 
su oficio de Visitador general, que personalmente debe hablar con todos los Keligiosos 
de la Provincia visitada, sino porque solamente él podía suavizar las asperezas y roza- 
mientos que había entre los provincianos de la de San Gabriel y las autoridades ecle- 
siástica y civil de Sevilla. De modo que con las entrevistas que celebró con el señor 
Arzobispo y el Conde de Puñonrostro recabó que escribieran al Sumo Pontífice y en 
sus cartas manifestasen que estaban conformes en lo acordado por la Orden respecto á 
los límites de las Provincias y la cesión á la de San Gabriel del convento é iglesia le- 
vantados para los educados é inscritos en la de San José. No me lo dicen esto los cro- 
nistas, que se contentan con referir que hizo la visita y celebró el Capítulo provincial, 
presidiendo en él, día cuatro de octubre de este año ('); pero esto se desprende del 
examen de los documentos que transmite el Bulario de los Descalzos y donde hay 
necesidad de suplir las gestiones que se llevaron al cabo para lograr la paz entre los 
desavenidos (2); y nadie pudo hacerlo mejor que el Visitador enviado, pues como tal 
venía á ser padre de ambas Provincias y no podía serle indiferente dejar tranquilos á 
los que miraba como hijos. Esta fué la noble venganza que tomó el P. Angeles, en 
cuyo corazón generoso no cabían pasiones viles y rastreras. Y ¡oh qué contento y pla- 
centero volvería á Madrid con las nuevas de paz y tranquilidad que pudo darle al Co- 
misario general que le había conferido todos sus poderes y autoridad para que resol- 
viera lo que Dios le inspirase! 

Con los nuevos triunfos obtenidos en su larga excursión por Extremadura y 
Andalucía ya pudo descansar algunos meses en su convento de San Bernardino; 
pero era hijo de San Pedro de Alcántara, que había prometido á su cuerpo no darle 
reposo basta llegar al cielo, y así parece que trataba al suyo el Guardián-definidor. 
Por esto no sólo continuó con las tareas de pulpito y confesionario y gobierno de 
sus subditos en San Bernardino sin desatender los encargos de sus Prelados jerár- 

(*) En la Crónica de la Provincia de San Gabriel de Frailes Descalzos, por Fr. Juan de la 
Trinidad, Sevilla, 1652, lib. III, pág. 727, cuando habla del XIX Ministro Provincial, dice: «Por 
comisión del P. Fr. Mateo de Burgos, Comisario general de la familia cismontana, visitó nues- 
tra Provincia de San Gabriel y presidió en el Capítulo que se celebró en nuestro convento de Bro- 
zas el día de nuestro seráfico padre S. Francisco, cuarto día de octubre del año 1598, Fr, Juan 
de los Angeles, insigne predicador y definidor de la de San Josef, de la cual fué después Minis- 
tro Provincial. Hizo la costa deste Capítulo D. Fernando de Arguello y Carbajal... Fué electo 
en Ministro Provincial vigésimonono en orden nuestro P. Fr. Domingo de Salvallón, del estado 
de Feria». 

(2) Hay tanta diferencia entre el breve Ut ea, de 13 de abril 1595, y la bula Religiosorum, 
de 23 de enero 1599, descrito en el número 12, que sin la intervención de un poderoso medianero 
se hace inexplicable el cambio de Clemente VIII. No podía ser de los Frailes Descalzos de la de 
San Gabriel, mirados como intrusos, ni de los Observantes, cuyo General había entregado el 
convento de San Diego sin el consentimiento de la ciudad; resta, pues, que fuesen los Descalzos 
de San José, y ¿quién mejor que el P. Angeles, nombrado como Visitador arbitro entre las do.«: 
partes? 

Nótese también la fecha, y se verá qué tiempo medió entre la visita del P. Angeles y la bula 
de Roma; sólo el necesario para los correos. 



XXVI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

Quicos ('), pero prosiguió sus Comentarios sobre el Cantar de los Cantares y acabó de 
limar su Lucha espiritual^ de modo que en la primavera de mil quinientos noventa y 
nueve dejó en manos de su Provincial este nuevo parto de su ingenio antes de partir 
para Roma en compañía del Custodio y Provincial que estaban convocados al Capítulo 
general que había de celebrarse la víspera de Pentecostés de este mismo año y luego 
se retrasó por causas ajenas á la voluntad de los vocales. 

18. Tampoco me dicen esto los cronistas de un modo explícito, pero lo puedo ras- 
trear de sus frases (2), y sobre todo me lo ponen ante los ojos dos anécdotas que el 
P. Angeles cuenta en una de sus obras y que hacen indispensable señalarle año en 
que visitase la Italia y la Francia. Debió ser en este de mil quinientos noventa y nue- 
ve hasta el de seiscientos, porque sólo así se explican satisfactoriamente las muchas 
correrías que hizo un Religioso que tenía tantos cargos en su Provincia. En un Capítu- 
lo general ordinario hubiera visitado, como otros, las iglesias de Roma, el Santuario de 
Loreto y los conventos de Asís y Alvernia; pero no hubiera podido recorrer tantas Pro- 
vincias sin el incidente providencial que apunta Fr. Juan de la Trinidad al narrar el 
viaje de los vocales de su Provincia: «Cuando llegaron á Grénova {^) supieron cómo el 
Papa había prorrogado el Capítulo general hasta la fiesta de Pentecostés del año si- 
guiente mil seiscientos, por causa de haber enviado á Francia por Legado suyo al Mi- 
nistro General, habiéndole antes de esa legacía promovido á la dignidad de Patriarca 
de Constantinopla. Desabridos quedaron nuestros vocales y los demás de España que 
ya estaban también en Italia desta prorrogación, porque era forzoso padecer fuera de 
sus Provincias no pocas incomodidades. Pero nuestro Provincial y Custodio en el ín- 
terin visitaron los santuarios de Roma, los de Asís, donde está el cuerpo de Nuestro 
Padre San Francisco y el convento de Nuestra Señora de Loreto» (*). Tuvo, pues, holgu- 
ra nuestro peregrino para recorrer las más célebres ciudades de Italia y Francia, y 
sobre todo para visitar los lugares en que se conservaban reliquias insignes de la Pa- 
sión de Jesús, sobre la cual había prometido hablar largamente en sus libros. Estuvo 
Vñ Turín para venerar la Sábana santa, la miró y examinó cuidadosamente y con tan 

(') Le encomendaban sobre todo la revisión de libros, de lo cnal he hallado el siguiente tes- 
timonio en el «.Homiliario evangélico del P. Fr. Jaan Bautista de Madrigal, Madrid, por Luis 
Sánchez, 1602», f. 4 preliminar: «Aprobación. =Fr. Juan de los Angeles, predicador y defini- 
dor de la Provincia de San loseph, y Guardián de San Bernardino de Madrid, etc. Por comis- 
sión de nuestro amantissinio liermano, Fr. Juan de Santa María, Ministro Provincial de la 
dicha Provincia, vi este libro de Homilias ó sermones sobre el Pater noster. Mandamientos y 
otros temas particulares, compuesto por nuestro hermano Fr. Juan Bautista de Madrigal, Pre- 
dicador y Guardián de San Lorenzo de Cuenca; y fuera de que no hay en él cosa mal sonante 
y que contradiga á la doctrina que enseña y sigue la Iglesia Católica, hallo ^n él cosas muy 
sustanciales y de grande importancia para la reformación de las costumbres tan deprauadas 
como vemos en el mandado: y assi digo que se debe y puede imprimir. Y por la verdad lo firmé 
de mi nombre en cinco días de enero de mil y seiscientos y uno.=jFV. Juan de los Angeles^). 

('■^) Porque además de llamarle Custodio nombrado para la Congregación general, notan que 
iban á Roma más de los precisos, máxime en años de Jubileo, y el P. Angeles tenía mayores 
méritos para ser preferido, especialmente habiendo asistido como vocal en el anterior y pudiendo, 
por ende, ilustrar á sus hermanos sobre los asuntos que se dejaron pendientes, uno de los cuales 
habia sido la permuta de que antes he hablado. 

(*) El P. Panes nota que otros no supieron esto hasta entrar en Roma y personarse unte 
el Superior de Araceli. {Crónica de la Provincia de San Juan Bautista, ya cit., tomo 1, pági- 
na 2G2). 

(*) Crónica de la Provincia de San (/al/riel, antf^s cit., pág. 727. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXVII 

buenos ojos, que vio lo que italianos y extranjeros necesitaron casi cuatro siglos para 
ver á la luz de la fotografía y fototipia^ vendiéndonos como una novedad á últimos del 
siglo XIX lo que él afirmó cerradamente á principios del xvii: esto es, que al crucificar 
á Jesús, los clavos, «que eran grandes y gruesos. . no entraron por lo más flaco y del- 
gado de las manos, sino por lo más sólido y llegado á las muñecas, porque no pudieran 
sustentarse los cuerpos de los crucificados si esto ansí no se hiciera... Ansí se muestra en 
la sagrada Sábana, adonde también se ve claramente que los clavos eran gruesos y re- 
dondos, porque los agujeros tienen esta forma y son tan anchos que cabe un dedo por 
cada uno» ('). Viajó también por Francia hasta llegar á París, donde debió permane- 
cer algunas semanas, pues tuvo tiempo para ver, no solamente las reliquias de la Ca- 
tedral, sino también las que guardaba el rey en su palacio, lo cual supone haber gana- 
do la voluntad de algunos hermanos que le presentasen al monarca. Así lo revelan las 
palabras siguientes: «Y yo soy buen testigo de que la corona que en su tesoro tiene el 
Rey de Francia y el de la Iglesia catedral de París no son de juncos, sino de espinas y 
muy agudas» (^). Y brindándosele la oportunidad ¿quién sabe si de vuelta á Italia pasó 
á visitar á su amigo el Archiduque Alberto, que ya había tomado posesión de sus es- 
tados? De todos modos, aún le sobró tiempo para llegar en vísperas de Pentecostés á 
Roma y asistir á los certámenes literarios y funciones religiosas con que solía ameni- 
zarse la monotonía de las sesiones capitulares. ¡Qué satisfacción hallarse allí rodeado 
de hermanos ya conocidos: los vocales de la de San Gabriel, que él había escogido en 
último Capítulo; los padres Juan Ximénez y Antonio Albero de Valencia, á quienes 
apreciaba sobremanera; en una palabra, la flor y nata de todas las familias franciscanas 
que iban á elegir un sucesor del Serafín de Asís que gobernase la numerosa grey de 
los frailes Menores! La elección del Ministro General recayó en el P. Fr. Francisco de 
Sosa, de la Provincia de Santiago, y esta circunstancia aumentaría el entusiasmo de 

0) Vergel del ánima religiosa, Madrid, IfJlO, cap. XVII, pág. 365. El revuelo que hicieron 
los diarios y revistas de Europa á raíz de la peregrinación á Turín de 1898, y más aún después 
del examen que hizo de las fotografías sacadas Mr. Delage en la conferencia que dio el 22 de abril 
de 1902 eu la Academia de Ciencias de París, manifiestan, á vueltas del espíritu experimental de 
nuestra época, el descuido de estudiar lo que tenemos muy á mano y nos dieron digerido nuestros 
antepasados. Puede verse uLa sábana santa de Turín, estudio científico-histórico-crítico por el 
Dr. D. Modesto Hernández Villaescusa, Barcelona, 1903», donde parece que agota la materia en 
lo que se puede saber sobre el venerando lienzo, y donde falta, sin embargo, el texto alegado del 
P. Angeles, que le hubiera venido de perlas para probar que la copia de la relación anténtica que 
hicieron de la Sábana sagrada las clarisas en 15 de abril de 15r.4 había sido adulterada por el 
pendolista, y en vez de escñh'ir poignet (muñeca), como ellas dirían, puso main (mano) «para no 
chocar tan abiertamente con la tradición y quizá con los textos», según atinadamente observa el 
Sr. Villaescusa (pág. 202 del libro citado). 

(«) Vergel del ánima religiosa cit., pág. 357. No es sólo este el recuerdo que hay de su viaje 
por Francia, pues en las Consideraciones sobre el Cantar de los cantares, Lección V, cap. I. 
exponiendo el Indica rnihi quem diligit anima mea y la costumbre que tenían las mujeres oríen 
tales de andar cubierto el rostro, cita un texto de Tertuliano en su opúsculo de Virginibm 
velandis, en que dice: «Os juzgarán las mujeres árabes y las gentiles, que no sólo acostumbran 
cubrir su cabeza, pero también su rostro, y teniendo sólo un ojo libre más contentas están de gozar 
sólo á medias de la luz que no de envilecer sus caras. Adonde da entender Tertuliano que las 
mujeres, principalmente árabes, tenían de costumbre traer todo el rostro cubierto por honestidad. 
V esto mismo usan las nobles francesas-», donde no alega sino su propia experiencia, que no nece- 
sita comprobantes ni testimonios. Puede también consultarse el cap. XIII del Vergel, pág. 535 
de este libro, donde dice que el título de la cruz «se halló aparte y se muestra hoy en Roma en 
la iglesia título Santae Crncist> como nuevo argumento de haber estado largo tiempo en la ciu- 
dad santa. 



XXVIll INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

los españoles. Lleno, pues, de satisfacción y enriquecido con nuevos mineros de' eru- 
dición, que entra por los ojos en los viajes y deja huellas imborrables en el alma, vol- 
vió á su patria con mayores deseos de servir á Dios y trabajar por la salvación de las 
almas. Aportando en Barcelona es probable que subiese también con sus compañeros 
á Monserrat, si no lo habían iiecho antes de embarcarse para Italia ('); y llegando á 
Madrid se encargó otra vez del gobierno de la casa, cuyos subditos ya ansiarían la 
vuelta del que tenían como padre y pastor. 

19. Durante los últimos meses de su guardianía se acabó de imprimir la Lucha 
espiritiml // amorosa entre Dios y el alma, que fué mejor recibida que Los Triunfos^ 
V en pocos años se hicieron de ella tres ediciones (*) y lo menos una traducción al fran- 
cés {\ cumpliéndose los augurios que hacía su autor, que dice de ella: «Creo cierto 
que, aunque no he añadido capítulos, el libro es otro, así por la mejoría como por la 
brevedad» ; y más abajo: «fía de mí en esta parte, que ningún libro puedes leer más 
provechoso ni para alcanzar la perfección df^ la vida contemplativa más acomodado» (*). 
Lo dirigió, como reza la portada, «á la misma Provincia su madre» , y verdaderamente 
debió conmoverla hasta las fibras más íntimas de su corazón al ver con qué ternura la 
amaba este hijo, que no se contenta con reconocer y agradecer sus beneficios con pala- 
bras regaladas, sino principalmente porque ^deseaba servirla en cosas mayores, si el 

(•) Pudo también hacer esta romería á Monserrat á continuación de visitar el convento de 
Benicarlón, cuando fué de Visitador á la Provincia de San .Tuan Baustista; y debe buscarse 
algún hueco para esto, porque dice en el Cantar de los Cantares ya citado, pág. 832: «A Hor- 
tulano le parece [Bethel] monte de Jadea, rodeado y repartido en montes, ó monte quebrado, 
como la tierra de la Alcarria, ó como Monserrate, que está dividido de manera que parece 
haberle aserrado á mano» . La naturalidad con que usa las dos comparaciones descubre que los 
había visto entrambos por sí mismo. 

(*) La primera en Madrid, en casa dé Pedro Madrigal, año 1600, cuya descripción puede 
verse en la Bibliografía de Pérez Pastor, tomo I. Es la que reproduzco en este tomo. La 
segunda, que describiré, porque todavía no tenemos Tipografía ó Bibliograjia valentina^ aun- 
que no falta dirección para hacerla en el Diccionario de Imprentas é impresores, de D. Enrique 
Serrano, y se ha hecho un ensayo de Bibliograjia valenciana, tiene la portada: ^iLucha \ espiri- 
tual ¡ y amorosa en\tre Dios y el alma. \ En que se descubren la^ grandezas y triunfos del amor y 
.se enseña el camino \ excelentíssimo de los afectos: de todos el más breve, más se\guro y de mayores 
ganancias, \ compuesta por Fr. loan de los Angeles, Pre|dicador y Definidor de la Provincia de 
San I loseph de los Menores Descalzos, | de la Observancia regular y Guardián | deste conuentn 
de San Bernardino de Madrid. | Dirigida á la misma Provincia su madre. | En Valencia. | En 
casa de Pedro Patricio Mey. Año 1602. [ Véndese en casa de Francisco Miguel, mercader de 
libros, á la calle Caualleros». Un tomo tamaño en 12", de 10 fohos preliminares sin numerar y 
442 páginas numeradas. En la 443, colofón: «Impresa en Va|lencia en casa de Pedro | Patricio 
Mey. MDCII». F. 1." v.: En blanco. F. 2°: Privilegio texto en valenciano: «Lo Rey é per sa 
Maj'estat D. Juan Alfonso Piraentel y de Herrera. Compte de Benavent, Llochtinent y Capitá 
general de Valencia, dona Ilicencia á Roch Sonzoni, etc. Dat. en lo real Palacio de Valencia á 2 
d'octubre 1601». Firmas V. Banyatos Regens, V. Guardiola Fisci advocatus, Franciscus Paulus 
Alzeus. In Diversorum XII, fol. XVTII. F. 2." v.: Licencia de D. Juan de Ribera, refrendada 
por Petras loannes Assensius. Valencia, 26 septiembre 1601. F. 3.": Censura de Fr. Andrés 
de Ocaña y licencia del Provincial, como en la primera edición. Creo, pues, que se oquivoca el 
P. Fr. Juan de iSan Antonio, que dice, copiándolo de Nicolás Antonio, que hubo edición de 
Valencia en 1 600, De la tercera, que no he visto, habla el P. Alcalá, Crónica de la Provincia de 
San Josef tomo II, lib. IV, pág. 211: <íE1 mismo libro Lucha espiritual... reimpreso el año 
mil seiscientos y ocho en la Imprenta Real». 

(') No la he visto, pero la cita Rouselot en su Mystiqm-.s Espagnols, pág. 116: «.Lulii spiri- 
rituelle et amoureuse entre Dieu et Váme, traduite de l'Espagnol par le R. P. T. X. Arzelier. 
París, 1621, in 12.%. 

(*) Prólogo a] lector (Véase pég. 279). 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXIX 

Señor se dignase de favorecer sus intentos» ('). Ya estaba, por tanto, propagada en la 
Provincia esta obra cuando llegó la convocatoria del Capítulo provincial en que renun- 
ciaría á su oficio de Superior de San Bernardino, y, lo que pocas veces había sucedido, 
se celebró en esta misma casa, prueba inequívoca de que había cundido por todos los 
conventos la fama del buen gobierno del Guardián, y que no había de repararse en 
gastos estando al frente de ella religioso de tales prendas y tan bien quisto de la no- 
bleza madrileña. ¿Cuál fué el resultado de la elección? Oigamos á los cronistas de la 
Provincia. 

20. «Día treinta de junio del año mil seiscientos y uno se celebró el Capítulo pro- 
vincial en San Bernardino de Madrid, y acabando su oficio Fr. Juan de Santa María, 
habiendo gobernado la Provincia tres años, fué electo en Ministro Provincial nuestro 
hermano Fr. Juan de los Angeles, predicador, hijo de la misma Provincia, Definidor y 
Guardián que al presente era del mismo convento de San Bernardino» (^). Con más 
novedad é interés refiere el hecho el Provincial saliente, diciendo: «Reunidos los voca- 
les día treinta de junio, pusieron los ojos en algunos varones religiosos que había que 
escoger, y al fin se resolvieron en elegir á Fr. Juan de los Angeles, predicador, hijo de 
la misma Provincia, Definidor, y de quien en toda ella se tenía mucha noticia, hombre 
de buenas letras y prudencia» (3). Y luego, dando cuenta de lo que hizo durante su 
gobierno, dice: «Admitió dos conventos en las villas de Torrejoncillo y Tembleque: el 
primero del obispado de Cuenca; el segundo, en una hermita de nuestra Señora de la 
Concepción del arzobispado de Toledo, en cuya fundación, aunque hubo resistencia por 
parte de unas beatas del Carmen que tenían su vivienda junto á aquella hermita, la 
ultima que quedó y que ponía más empeño en no dejar la casa, viendo la voluntad del 
Alcalde y Prior de San Juan, encomendólo á la Virgen, y echándose á dormir se le- 
vantó despertada con una voz que le dijo tres veces: íf/ya, sal luego sin tardar y no 
pidas nada— ni indemnización por la casa.— Vio, además, á nuestro padre San Fran- 
cisco y á Santa Clara con la custodia en la mano, y así desistió de su empeño y entra- 
ron los religiosos» (*). Allende de estos recuerdos, que á vueltas de la inteligencia y 
actividad del nuevo Provincial nos descubren la soberana protección que el cielo le 
dispensaba, yo he hallado otros, no obstante lo mermados y aun saqueados que llegaron 
á manos amigas los archivos de nuestros conventos. De los pocos documentos que se 
salvaron del naufragio puedo deducir: primero, que giró la visita canónica dos veces 
por todos los conventos de la Provincia (»); segunda, que en ellas puso especial esmero 

(') Dedicatoria (Véase pág. 278). 

(2) Marcos de Alcalá (Crónica de la Provincia de San Josef, tomo II, lib. IV, pág. 251>) 
rita al margen el Protocolo I, íol. 71 b, Año 1601. 

C) Crónica de la Provincia de San JoseJ, por Fr. Juan de Santa María, P. II, Madrid, 
en la Imprenta Real, lfil8, Hb. IV, pág. 492. 

(*) Ibidem., cap. XIV. Esta segunda cita, aunque puesta entre comillas, va abreviada de 
como la lleva el original en la página susodicha, 

(') Habiendo puesto la lista de los Conventos de la Provincia de San Juan, que visitó 
en 1594, con más razón debo incluir aquí la memoria de los que tenía la de San José, é irán 
por el orden de fundación y como diseño para marcar el itinerario del P. Angeles en su 
visita: Nuestra Señora del Rosario, cerca de Oropesa; San Andrés, de Arenas; Nuestra Señora 
de los Angeles, de Cadahalso; San Bernardino, de Madrid; San Luis, de Paracuellos; San 
Miguel, de Priego; Dulcísimo Nombre de Jesús, en Cebreros; Santo Ángel Custodio, en Alcalá 
Ae Henares; San Pedro Apóstol, en Consuegra; Santa Ana, de Talavera; San Sebastián, de 
Aufión; San Juan Evangelista, de la Torre; San Francisco, de Yepes; San Lorenzo, de Cuenca; 



XXX INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

en que se ordenasen las bibliotecas, que, según las definía el primer santo que las es- 
tableció en la Orden ('), son la mejor oficina del convento, porque de ella se sacan ar- 
mas para refutar á los herejes (2); tercera, que fué muy agradecido y cortés con los 
bienhechores, pagando con gracias espirituales los favores que dispensaban á sus hijos, 
cautivándose de este modo las voluntades de los que San Francisco llamaba padres de 
su Orden, porque sustentaban con sus limosnas á los herederos de su altísima pobreza. 
Y aunque sólo puedo dar una muestra, que recogió de Auñón Fr, Francisco de San Pe- 
dro de Alcántara ó de Sacedón, es un capullo lindo que denuncia todo un rosal de gra- 
titud (3). Comparando las fechas de su estancia en Auñón y Fuensalida, en los meses de 
junio y septiembre de mil seiscientos dos, se echa también de ver que hizo pausada- 
San José, de Toledo; Purísima Concepción, de Barajas; el de la Asancióu, en Illescas; el de la 
Encarnación, en Malagón; San Antonio de Padua, en Guadalajara; San Juan Bautista, de 
Santa Olalla; Nuestra Señora de las Misericordias, en Fuensalida; San Antonio de Padua, en 
Velada; San Diego, del Corral en Malagner; Nuestra Señora del Rosal, en Buendía; Santa 
Catalina, de Almagro; Santo Ángel, de Torrejoncillo, y Purísima Concepción, de Tembleque. 
Véase Alcalá, t. I, pág. 309. 

(') El Beato Francisco de Fabriano. Véase lección V Breviario Seráfico, día 16 de mayo. 

(■'') Por lo menos quedan datos auténticos que acreditan la revisión de las bibliotecas do 
Fuensalida y de Arenas, los cuales debo á la buena amistad del P. Lorenzo Pérez, archivero 
de Pastrana. En el archivo de este convento, cajón 68, leg. 8.**, libro del convento de Fuensa- 
lida, fol. 20 V., dice: i(En 25 de setiembre de 1602 visitó la librería deste convento de Fuensa- 
lida nuestro hermano Fr. Juan de los Angeles, Ministro Provincial, y la halló cumplida, como 
en el registro se contiene, y por la verdad lo firmó de su nombre, fecha ut supra, etc. Fr. Juan 
de los Angeles Ministro Provincial». Ibidem, libro del convento de San Andrés del Monte, de 
Arenas, cajón, 67, legajo 1.", f. 123: «En 7 de septiembre de 1602 visitó la librería deste con- 
vento de San Andrés de Arenas nuestro hermano Provincial Fr. Juan de los Angeles y hallo 
estar todos los libros deste cumplidos; fecha en el dicho convento 7 de septiembre 1602, fray 
Juan de los Angeles. Ministro Provincial». En ambas firman como secretarios los Guardianes, 
á saber: en Fuensalida, el P. Fr. Alonso de San Juan; en Arenas, Fr. Cristóbal de Santa 
María. 

Q) Me envió copia esmerada el P. Fr. Rafael Alberca, de la Provincia de San Gregorio, el 
cual sustituyó en el cargo de archivero al P. Lorenzo Pérez el trienio que éste fué Guardián de 
Mayorga (1909-1912) y dice así: «Fr. Juan de los Angeles, Ministro Provincial de la Provincia 
de San loseph de los Menores de regular obseruancia, etc. Por quanto me consta de la deuoción 
que los Sres. luán Rodríguez y Catalina González, su muger, vecinos de Anfión, tienen á nues- 
tro glorioso Padre San Francisco y á los religiosos de su professión, especialmente á los de nues- 
tra Prouincia de San loseph, como parece por las limosnas en que siempre nos han faborecido 
y fauorecen; deseando yo con bienes espirituales responder á los temporales, por las presentes y 
por la authoridad que de la silla apostólica en esta parte me es concedida les recibo por nuestros 
espirituales hermanos, concediéndolos todas las gracias que á los hermanos de la Orden son con- 
cedidas y haciéndoles participantes de todas las Missas, Oraciones, Vigilias, Aiunos, Disciplinas 
y todas las demás buenas obras que fuere nuestro Señor seruido obrar por sus sieruos los reli- 
giosos desta prouincia. En fe de lo qual di las presentes firmadas de nuestro nombre y selladas 
con el sello de nuestro officio en nuestro conuento de San Sebastián de Auñón á once días del 
mes de Innio 1602.=Fr. luán de los Angeles, Maestro Provincial». Rubricado. Sello que dice: 
<iSigillum Proucie Sancti Iosephiy>. Añádese á continuación: ^(Esta carta de Hermandad reser- 
vaba en su poder (que ubo de sus Mayores) D. Juan Domínguez, Presbítero, vecino de Buendía, 
e yo el infrasquito se la pedí para protocolarla por algunas razones: La 1.% por la estimación de 
tan venerable Provincial como fué nuestro hermano Fr. luán de los Angeles. La 2.*. por su 
macha antigüedad. La 3." y principal, por estar sellada con el sello primitivo de la Santa Pro- 
vincia de San Joseph, que es el mismo con que la erigió en Provincia San Pedro de Alcántara...» 
Sigue una historia que interesa poco á mis lectores, y acaba el certificado diciendo: «Y para que 
conste en lo futuro lo firmé en este convento de Nuestra Señora del Rosal de la Villa de Buen- 
día en 17 de agosto de 1754 añ08.=Fr. Francisco Antonio de San Pedro Alcántara ó de Sace- 
dón, Vicario Provincial». Rubricado (Archivo de Pastrana, cajón 66, legajo núm. 8, fol. 121). 
Lofi dos documentos son autógrafos originales. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXXI 

' mente la visita de los conventos y que no gastaría menos de cuatro meses en recorrer- 
los; de modo que, empezando en mayo, no terminaría hasta mediados de septiembre, 

É para pasar las fiestas de San Francisco y de Navidad en Madrid, donde parece que es- 
cogió su domicilio fijo. 

21. Graves y muchas eran las ocupaciones que absorbían la atención de un Minis- 
tro Provincial en Provincia tan vasta, mayormente habiendo de intervenir en las misio- 
nes extranjeras, para las cuales le pedían sujetos aptos, y debiendo suavizar las aspe- 
rezas que se originaban entre el clero secular y regular, y aun entre los miembros de 
diferentes familias religiosas ó de diversas Provincias, y como creían al P. Angeles 
hombre de robustos hombros, pensaron sobrecargarle y probar hasta dónde llegaban 
sus fuerzas. Así, pues, á últimos del año mil seiscientos uno ó á principios de mil seis- 
cientos dos, el Rvmo. P. Fr. Francisco de Sosa lo nombró confesor de las Descalzas 
Reales de Madrid, con encomienda especial para que atendiera á la infanta Sor Marga- 
rita de la Cruz, que huyendo de las honras mundanas se veía perseguida de ellas en la 
humilde guarida del claustro y necesitaba quien la alentase y conservase en el espíritu 
de su vocación. A esto unió la emperatriz María de Austria su empeño de que el Padre 
Provincial de la de San José fuese el predicador de su real capilla, y no pudiendo re- 
chazar estos honores, que llevaban envueltos trabajos poco compatibles con los que le 
daba su cargo de prelado, porque el reverendísimo le apretaba con su obediencia, para 
no desairar á la real familia que le hizo las demandas, le pareció más decoroso y llano 
renunciar á su oficio de Provincial que desempeñar con desagrado de todos los varios 
cargos que sobre él acumulaban. ¿Cómo juzgaron esta determinación sus contemperad 
neos? Por lo menos la mayor parte de sus comprovincianos más caracterizados la tu- 
vieron por un mal paso y no supieron disimular el disgusto que les causó; y así, al 
narrar el hecho en el libro de Memorias y en las Crónicas de la Provincia, lo consig- 
naron con la siguiente frase, que, siendo verdadera históricamente hablando, dejaba 
entrever una reprensión tácita contra un hijo que dejaba de atender á la madre por 
otros que reclamaban sus servicios: «El Provincial Fr. Juan de los Angeles, en cuyo 
trienio estamos, no le cumplió, ni aun llegó á tener la Congregación intermedia^ porque 
la serenísima Emperatriz^ hermana del rey Don Felipe segundo, le hizo su predicador 
y el Rmo. General Fr. Francisco de Sosa le instituyó confesor de las Señoras Descalzas 
del real y muy religioso convento de Madrid, y él tenía más gusto de predicar y con- 
fesar que de andar largas jornadas., renunció el oficio al año y medio, y el de mil seis- 
cientos y tres, á los dos de hebrero, se juntaron los vocales en el convento de San Ber- 
nardino de Madrid y fué electo en Provincial Fr. Francisco de Estella» ('). Las mismas 

(}) Crónica de la Provincia de San JoseJ, del P. Santa María, ya cit., P. II, cap. XXVJI; 
y estaban escritas en el Protocolo de la Provincia del año 1601, según la aCránica \ de la Santa 
Provincia \ de San Joseph, de Franciscois Descalzos, | en Castilla la Nueva. | Primera parte, | 
escrita por el M. R. P. Fr. Antonio Vicente, | de Madrid. Lector de Theología, Exdefinidor J 
y Cronista de dicha Santa Provincia. | Año (grabado de N. P.) 1768. | Con las licencias nece- 
sarias. 1 En Madrid. En la Imprenta de la Viuda de Manuel Fernández y del Supremo de la 
Inquisición», tamaño en folio, lib. III, cap. XII, pág. 489. La he descrito porque no la hallo 
en el Indicador de varias Crónicas Religiosas y Militares en España, por D. Juan Pío Catalina 
García y Pérez, Madrid, 18.) 9, donde faltan otras muchas que el autor suplirá en las siguientes 
ediciones. Esta se halla en la Biblioteca de la Vicaría general de Madrid, Cisne, 12. Véase á 
'Fr. Martín de San José, P. I. de su Crónica. El P. Alcalá también alega el Protocolo I de la 
Provincia de San José, años de 1585, 1595, 1598 y 1601. 



XXXII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

palabras copiaron todos los cronistas coetáneos y posteriores. Y pregunto yo: ¿por qué 
no dan otra explicación que no transmitiese á la posteridad al P. Angeles como mal 
hijo respecto de su madre ó como fraile cómodo y regalón? ¿por qué cerrarle de esta , 
manera la entrada en el menologio franciscano, donde hallaron puerta abierta muchos 
de sus compañeros y subditos, como Fr. Bartolomé de Santa Ana, Fr. Antonio, Fr. José 
y Fr. Juan de Santa María y el mismo P. Fr. Juan Bautista Madrigal? ¿No había dado 
repetidas pruebas de sacrificio en las muchas jornadas hechas? ¿No estaba enfermo y 
achacoso desde el año noventa y dos? Hay que acudir á lo que tantas veces se ha dicho: 
que los hombres grandes, así como cautivan y admiran á los de noble corazón, despier- 
tan celos y envidias en las almas apocadas ó en personas que, aun teniendo muchas 
virtudes, se ciegan con nieblas de bajas pasiones en momentos que no velan sobre sí 
mismas y quieren empequeñecer á quienes los hombres ó Dios encumbran y enaltecen (*). 
Aunque no llegaron á meterle en la cárcel, como á Fr. Luis de León, ni á postergarle 
y tenerle arrinconado toda su vida, como al P. Fr. Diego de Estella, no fué insignifi- 
cante la injuria que le hicieron al pintarle como mal religioso siendo virtuosísimo. Que 
los grandes de España buscasen al P. Angeles para director de sus conciencias; que lo 
solicitasen para su confesor las Descalzas Keales, donde á la sazón abundaban las mon- 
jas nobles y linajudas: que lo pidiese por guía de su espíritu la infanta Sor Margarita 
de la Cruz; que lo consiga para predicador de su capilla real la emperatriz María; que 
sólo pregunten en San Bernardino por el Padre Provincial de la de San José el Archi- 
duque Alberto, cuando pasa de Portugal á Madrid, y el Príncipe Maximiliano, cuando 
regresa de su romería de Santiago; que en él deposite su confianza el Evmo. Padre 
Ministro (General, ¿no era esto amontonar demasiadas honras sobre un solo fraile, de- 
jando á otros preteridos y arrinconados en sus conventos? Tronchemos, pues, ese cedro, 
dirían bs envidiosos, quitémosle siquiera el follaje, y dado caso que no podemos arre- 
batarle las honras de la tierra, le regatearemos las del cielo, y que la aureola de su 
virtud vaya anublada con mancillas de imperfección, para que nadie se postre ante su 
imagen ni lo veneren por santo. Y en parte consiguieron su objeto, y no sólo no le die- 
ron lugar en la Crónica, describiendo separadamente su vida y virtudes, y aun milagros, 
en esos libros donde hay tantas figuras de segundo orden, pero con la conspiración del 
silencio ocultaron todo lo que podía enaltecerlo, nombrándolo con tal disfraz que nadie 
lo conociese (*) ni honrase por sus virtudes. 

Otra explicación quiero dar, y es más cristiana: que Dios quería que este su siervo 
ejercitase las virtudes, no sólo en grado ordinario, sino también en grado heroico; y así 
como le brindó ocasión de tmbajar y favorecer á los Descalzos de la Provincia de San 

(*) líablando San Ambrosio del patriarca José, vendido por sns hermanos eny\á\o806 (libro 
S. Jos., cap. I), dice que la envidia es pasión tan sutil, que se mete aun por resquicios imper- 
ceptibles, y despide centellas y chispas que, abrasando á los malos y de ellas no se libran ni aun 
varones santos: Quod si invidia etiam sanctos adussít quanto magis cavendum est ne inflammet 
peccatores. Y esto creo que les pasó á algunos compañeros del P. Angeles, que pusieron esa 
mala nota en su vida, no obstante el aprecio universal que ellos mismos habían hecho de sus vir- 
tudes antes de renunciar á su oficio, 

(2) Tanto Fr. Juan de Santa María (Part. I, págs. 558 y sig.) como Fr. Martín de San 
.José, cuentan la entrevista del P. Angeles con Fr. Bartolomé de Aranda eu Zamora^ (véase 
núm. 9), pero diciendo: «Llegó á visitarle un Religioso grave, etc.i» (tomo II, cap. 21, pá- 
gina 192), con lo cual nos hubiéramos quedado 4 oscuras si no hubiera hecho luz el cronista de 
la Provincia de San Pablo. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXXIIÍ 

Gabriel, que tan malos tragos le propinaron estando en Sevilla, quiso que el martillo 
de la persecución lo labrase con golpes de desdén y desprecio de sus propios hijos y 
hermanos, en esos mismos años que lo asediaban las honras por todos los lados, y así 
conservar mejor sus virtudes con este contrapeso de humillaciones. Cuando más tarde 
quisieron otros cronistas reparar los descuidos y desatenciones de sus contemporáneos, 
recogiendo cariñosos los monumentos de su santidad que corrían aún de boca en boca, 
ya fueron escasas las noticias allegadas y no acertaron á decirnos ni el pueblo do na- 
ció, ni los años que peregrinó en este mundo, y mis lectores ven los sudores que á mí 
me cuesta tejerle una corona marchita y deshojada á quien merecía aureolas de sabio 
y santo. Recogeré, por lo mismo, todas las flores que me salgan en sus libros propios ó 
en los ajenos. 

22. Y una de las que abrillantaron más la guirnalda de sus glorias es, sin duda, 
que lo pidiese para predicador de su capilla la serenísima hermana de Felipe 11. Que 
entre tantos oradores célebres y campanudos que visitaban la Corte fuese él preferido, 
no manifiesta solamente predilección de la Emperatriz hacia el confesor de su hija, sino 
también la habilidad y santa destreza que el padre Descalzo había logrado en los seis 
lustros que llevaba de predicación. Con diferentes epítetos celebran los cronistas sus 
condiciones de orador, llamándole unos insigne predicador, otros fervoroso ministro del 
Evangelio; pero quien mejor lo retrató, diciendo de pasada lo que sentía de sus sermo- 
nes, alabando sus escritos, fué Juan de Molina, al afirmar que «predicaba el Evangelio 
de Dios con palabras vivas y corazón de apóstol» (*). De modo que no era ningún 
arrendajo de palabras ó comediante de pulpito, que habla sin sentir lo que dice y con 
sonidos que no penetran los corazones, sino que dulcemente, pero con suavidad y un- 
ción celestial, enamoraba de la verdad que enseñaba con sus discursos. Y que los en- 
comios del capellán y teólogo de la Emperatriz fuesen ecos de la fama y sentimientos 
de experiencia más bien que recursos retóricos para salir del paso, y que predicando á 
reyes y príncipes no olvidaba el amor á la pobreza, sencillez y humildad tan propias 
de su hábito, y más amables para él que las ovaciones que le tributaban sus oyentes, 
pruébanlo, entre otros, el siguiente ejemplo, que puede servir de huella para rastrear los 
pasos del gigante dentro y fuera de la Iglesia: «Estando un día predicando á un lucido 
y majestuoso auditorio, pendiente de sus labios por la afluencia de sentencias graves y 
discursos, y entrando su padre en el templo con el traje de un pobre labrador, dijo des- 
de el pulpito: Sefiores, ese buen viejo que llega ahí es mi padre; háganle vuestras mer- 
cedes lugar ^ que me viene á oir. Con cuyo acto de humildad, á vista de concurso tan 
noble, le dieron el primer asiento, pasmado de admiración todo el circo» (-). No dice 
el cronista el año que esto aconteció. Si no había ido el señor Martínez á ver á su hijo 
en otros años, creo que no podría resistirse á darle las albricias cuando lo nombraron 
Guardián de San Bernardino en mil quinientos noventa y ocho, y mucho menos, si aun 
vivía, cuando le notificaron que era el Superior Provincial de la de San José. Lo que 
más importa es el hecho; y si se pondera con razón la heroicidad de un Pontífice que, 

O En la epístola que le dedicó después de leer sus Comentarios á los primeros capítulos del 
Cantar de los Cantares: « üt sicut viva voce Evangelium Dei veré apostólico pectore praedicas, 
sic scriptis tuis longe lateque dijfundasy> (folio 11 preliminar de la obra otras veces citada). 

('■^) Fr. Marcos de Alcalá, Crónica de la Provincia de San Josef, totuo II, pág. 26-í del 
libro ÍV, donde pone al margen el lugar de donde sacó la noticia, á siber: «Archivo de la Pro- 
vincia, Memorias de Religiosos, tomo 5, fol. 111». 



XXXIV INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRARCA 

recién electo, visitado por su madre, engalanada y ataviada como una reina, no quiso 
reconocerla, y la admitió y abrazó cuando se la presentaron vestida con su modesto 
trajecito, honras y alabanzas merecerá también el P. Angeles, hijo que en lugar tan 
público honra á su padre, parando el sermón como se hace si entra un Obispo, y agra- 
dándose tácitamente de tener padre pobre y menesteroso. 

23. Por otro camino puede probarse también la competencia de nuestro biogra- 
fiado para la cátedra sagrada: examinando lo que él pedía que hicieran los otros y lo 
que alababa en los compañeros que alcanzaron mayor fama y renombre de oradores. 
Encargado de censurar el Homiliario evangélico del P. Bautista Madrigal, nótese lo 
que admite y rechaza, con la seguridad de que él se ajustó cumplidamente a las nor- 
mas que daba implícitamente en la aprobación del citado libro: «Por dos razones, 
dice, me ha sido forzoso leer este libro de Discursos Evangélicos: La primera, por la 
amistad antigua que he profesado siempre con el autor, el cual tuvo gusto de que los 
viese antes de sacarlos á luz. La segunda, por satisfacerme de algunas cosas en que 
ciertos estudiosos maldicientes pusieron lengua, quizá con fin de desacreditar el libro, 
y sin causa por cierto; porque si le falta, como ellos dicen, colores y afeites retóricos, 
hieroglíficos y palabras hinchadas, sóbranle lugares de la divina Escritura, lección 
varia de los Santos, conceptos graves, consideraciones útilísimas y muy regaladas, y, 
finalmente, mucha devoción y espíritu que les ha pegado su autor. Y así lo que aquí 
escribe es lo mismo que predica, como realmente lo es, aunque con más acuerdo lima- 
do y ordenado. Bien sabemos todos los que le conocemos el fruto inmenso que por 
sus sermones se ha hecho en las almas en los más principales auditorios de España; 
en Salamanca, Sevilla, Madrid, Toledo, Alcalá, Gruadalajara, y en toda Castilla Nueva 
y Vieja, adonde con grande aceptación y concurso de gentes, como un apóstol ha pre- 
dicado. ¿De qué sirve, pregunto yo á los curiosos censores de cosas, el vestir la doctrina 
de ropaje de palabras afeitadas? Diránme que de regalar el oído, de satisfacer el enten- 
dimiento y aun de aficionar la voluntad, y lo que es más, de introducir las verdades 
con más suavidad en el corazón, porque lo sencillo y llano cansa y enfada y aprovecha 
por eso menos. A esta cuenta las divinas Escrituras desmerecerán la estima que tienen 
por la llaneza con que las dictó el Espíritu Santo, á quien ni faltan palabras, ni elo- 
cuencia, ni donaire en el decir. Lo que á mí me parece es que esto de lenguaje en Es- 
paña sale ya de madre. No tratan muchos predicadores y escriptores de otra cosa, con- 
tentos con entretener una hora á sus oyentes sin haber concebido un buen pensamiento 
ni sentido ningún movimiento interior para Dios en todo el sermón, ni deseo de enmien- 
da, aunque tenga muchos pecados. El Apóstol dijo que el Reino de Dios no está en las 
palabras ('); que éstas, como dice San Cipriano, son para los teatros y para los oradores 
profanos; porque en los negocios de nuestra salvación, Vocis pura sincei'itas non elo- 
quentiae viribiis nititur ad fidei argumenta^ sed rebus {^). Y por esto no condeno lo 
bien compuesto, lo bien ordenado y acordadamente dicho y escrito. El manjar bien sa- 
zonado y guisado, aun á los desganados y fatigados con mortales hastíos suele desper- 
tar y poner apetito: lo demasiado y vicioso reprendo, y el poner todo su estudio los 

C) Alude á la carta 1 ad Cor., cap. IV, v. 20: Non enim in sermone est Regnum Dei sed i« 
virtute. 

(') «La encantadora sinceridad del predicador estableciendo las pruebas de la fe no estriba 
en los esfuerzos de la elocuencia, sino en la realidad de las cosas*. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FP. JUAN DE LOS ANGELES XXXV 

piedicadores^en las palabras y no en la substancia de las cosas condeno* (*). T como 
eran consejos de mucha importancia, los repitió al publicar nuevas ediciones de sus 
obras el P. Madrigal, explicando mejor lo que reprobaba en el pulpito como buen dis- 
cípulo del Pobrecillo de Asís, que mandó que sus frailes «anunciasen los vicios y vir- 
tudes, pena y gloria, con brevedad de discursos» , imitando al Maestro de los maestros, 
Cristo Jesús, añade: «Escribiendo el Apóstol á los de Corinto dice: No me di á fa- 
cundias y elocuencias humanas, sino á palabras buenas que me salgan abrasadas con 
fuego de caridad y celo del aprovechamiento de mis hermanos. Vi non pvacuetur crux 
CkrisU. ?ío tengo yo de andar dorando las deshonras de Cristo, afeitando y compo- 
niendo su cruz; ni tengo de cubrir su desnudez con vestiduras de palabras, de manera 
que no parezca que fué desnudo y azotado: quiero que esa desnudez y esa deshonra se 
vea como realmente fué: Semper mortificationern lesu in corporibus nostris circum- 
ferentes ut et vita lesu manifestetur in carne nostra mortali (^). Vanos la vida en 
creer la muerte de Cristo y sus deshonras; si nos las propusieran doradas y arropadas 
con palabras curiosas, quitarnos hían el merecimiento; y eso es evacuar la cruz de 
Cristo. De una cosa aseguro á los que con devoción y deseo de aprovechar leyeren estos 
Discursos: que hallarán regaladísimos pastos para sus almas, con mucha variedad de 
cosas que les recrearán, y que no echarán menos lo que en otros libros se suele hallar, 
sino con la moderación debida á todas las cosas, de manera que entretengan y muevan 
el alma para obrar bien, que es el fin de toda buena doctrina. Y estoy cierto que los 
predicadores que desean hacer fruto en las almas se aprovecharán deste libro, porque 
la doctrina quo está en él va enderezada para este propósito: Vale^ et ora pro me» {^). 

A este blanco enderezaba también sus discursos el P. Angeles, ya que no respira 
en sus obras sino deseo de aprovechar á las almas, avivando en ellas el amor de Dios y 
allanándoles los caminos que á la caridad conducen. Siendo una vez preguntado el pa- 
dre maestro Avila por un virtuoso teólogo qué aviso le daba para hacer fructuosamente 
el oficio de la predicación, brevemente le respondió: «Amar mucho á nuestro Señor.» 
«Hermosa respuesta, dice el Sr. Mir, trasunto de toda la retórica cristiana. Quien tiene 
el amor de Dios bien entrañado en su corazón, posee el instrumento más eficaz de la 
verdadera elocuencia» (^). Y ¿quién pondrá en tela de juicio que el autor de los Triun- 
fos del amor de Dios tenía este instrumento bruñido y acicalado en la fragua de su ar- 
diente corazón? 

24. El P. Angeles acreditó, pues, la elección de la emperatriz, y en cuanto pudo 
también se lo agradeció, dedicándole el Tratado útilísimo de consideraciones espiri- 

(') No teniendo á mano el libro del P. Madrigal, que se imprimió en Madrid, año 1602, y 
cuya descripción puede verse en el tomo II de la Bibliografía Madrileña, núm. 811, tomo esta 
censura de la B. Discalceatorim, de Fr. Juan de San Antonio, Salmanticae, 1728, págs. 116 y 
siguientes, donde falta la fecha, que fué á 5 de enero de 1601, cuando todavía era Guardián de 
San Bernardino. 

(^) II Cor., 4-10: «Llevando siempre en todas partes la mortificación de Jesucristo en nues- 
tros cuerpos, para que se manifieste la vida de Jesús en nuestra carne mortal». El Apóstol pone 
lo subrayado en singular. 

(^) Sacado de los Discursos predicables de las dominicas de Adviento y fiestas de Santos 
hasta la Quaresma, Madrid, Por Miguel Serrano de Vargas, Año 1605, ts. 7 y 8 pre- 
liminares. 

(*) D. Miguel Mir, Discurso preliminar á los Predicadores de los siglos XVI y XVII, 
pág. XIV del tomo 111 de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles. 



XXXVI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLlOGRAFíCA 

tuales sobre el Cantar de los Cantai'es 'de Saloynón ('), «que por ser libro de rey sa- 
pientísimo y dedicado al Key de los reyes y Señor de los señores Cristo y á su Esposa 
querida la Iglesia... se debe dedicar á personas reales, y yo por muchas razones en 
particular debo dedicarlo á V. M.» , «así por darle por este camino el ser y autoridad 
que yo por mi persona no podía, como por la alteza de la materia de que se trata en 
él. Este pensamiento me acompañó más de cinco años que he gastado en componer y 
ordenar mis trabajos, pero lleno siempre de cobardía y miedo» , hasta que «el Señor, 
que escudriña los corazones de todos y tiene en particular (como dice el Sabio) en su 
mano y dirección los de los reyes, tuvo por bien inclinar benignamente el de V. M. á 
mí su fiel siervo, y sin hacer caso de merecimientos ni servicios (que de uno y otro me 
siento falto y pobre) se dignó de poner en mí sus ojos llenos de clemencia para hacer- 
me de su casa en ministerio y oficio tan honroso como de predicador de su real capi- 
lla. Con esta merced tan aventajada y prenda de tanta benevolencia y amor, el temor 
y cobardía desaparecieron y crecieron á una el deseo y la confianza, de manera que 
me determiné de hacer esta dedicación como lo había pensado y deseado» {^). T aun- 
(|ue no se imprimió sino tres años después de muerta la emperatriz, él lo dio á tiempo 
que pudo disfrutar de su lectura y «doctrina toda espiritual, amorosa, dulce, fácil y 
segura por la autoridad de los Santos que la confirma y apoya» (3). El público lo reci- 
bió también con mucha estima, y á los dos años de venderse en España fué vertido y 
connaturalizado en Francia (*), no obstante su abultado volumen y no ser obra com- 

(}) La portada y gran parte del libro está en latín, y aunque lo aprobó eu 10 de diciembre 
de 1601 Fr. Juan del Barco, y Juan de Molina lo alabó en 13 de enero de 1602, y dio licencia 
para imprimirlo el Ministro General en 23 de este año, pasó luego á manos de ocho doctores de 
Alcalá y no obtuvo el privilegio real hasta 20 de febrero de 1603, y ocurriendo en este mes la 
muerte de la emperatriz, no se imprimió hasta el año 160G por Juan Flamenco, según reza el 
colofón; aunque en la portada «Ex Tipographia Regia, 1607». Véase la Bibliografía Madrileña, 
tomo II, núm. 955. No sé que se haya reimpreso todavía, y como confío que saldrá como segunda 
parte de este tomo, no me detengo más en él. 

(') Dedicatoria, f. 8 prelimmar. 

(3) Ibidem, f. 9. 

(*) Aunque es libro más raro que la edición española y no lo tiene ni la Biblioteca Nacional 
de París, yo lo he tenido los días que necesité, gracias á la benevolencia del P. Fr. Celestino de 
Añorbe, Capuchino de Pamplona, encariñado con el P. Angeles. Suyo es el ejemplar que des- 
cribo, á saber: «Considerations \ spiritdelles | svr le Cantique des Ca^iiqvt^s de Salomón, | 
de F. Iean des Anges, Prouincial | des Obseruantins Reformes, et Predicateur I ordinaire 
de l'Imperatrice de (sic) Marie; ] l'leins de profonde et merueilleuse doctrine et de | diuers expo- 
sitidns de la Sainte Escriture, propres á tous Predieateurs. | Traduites d'Espaguol et Latin en 

Franfois | Par /. /. D. P. P. j (Grabado en madera con el anagrama mg radiante á guisa de 
medallón). A París, | Chez Nicolás dv Fosse, rüe Saint Jacques. | Au Vase d'or. | M.DC.IX. 
I Auec priuilége du Roy». Portada á dos tintas, negra y roja, lo rojo va eu versalitas. Un tomo 
tamaño 178 X 108 milímetros. Ue 36 folios preHminares sin numerar. Sig. ñ e I ó ú, todas de 8 
hojas, menos la 1.^, que sólo tiene f hojas. Luego texto, 681 páginas numeradas. «Dieu soit 
louéi). Fin. Pág. 682: «Table de noms des auters cites dedans ou dehors». 6 págs. sin numerar, 
48 más de «Tables de matiers et choses plus memorables contenues en ce livre». Sigs. A-Z; 
Aa-Zz y Aaa, todas de 8 hojas, menos la última, que sólo tiene 4. F. 1." v.: En blanco. F. 2.*: 
Au lecteur, dos páginas. Suprime el Prólogo al lector, ia dedicatoria á la En)perairiz y los enco- 
mios que llevan los preliminares de la edición castellana y pone como preliminares lo que el 
P. Angeles dice Preludium y el traductor francés vierte, I. Avant propos, II. etc., hasta VII. 
En general traduce con bastante fidelidad; pero suprime todo lo genuinaniente castellano y los 
cinco tercetos de la pág. 677 y otros seis t- rectos endecasílabos de la página 681 que lleva el ori- 
ginal. Deja también la tabla de lugares de la Santa Escritura, aunque conserva los del margen 
y los ladillos traducidos. No conozco otras ediciones, y me parece que nos engaña el P. Alcalá 



OBRAS MÍSTICAS DEI. P. FK. JUAN ÜE LOS ANGELES XXXVIl 

pleta {'). Ni «e contentó con estas demostraciones de gratitud, porque añadió las df,r 
asistirla en su enfermedad y consolar á su hija, y administrarle el Sacramento de la Ex- 
tremaunción, sugiriéndole jaculatorias que la confortasen y animasen en aquel amargo 
trance (-). En tin, se lo agradeció aun después de bajar á la tumba, pues aunque había 
muchos pretendientes para predicar sus honras fúnebres, y, en efecto, se dijeron mu- 
chos sermones en varias iglesias, él no cedió á nadie el honor de celebrar sus exequias 
con su discurso, día diez y siete de marzo del año mil seiscientos tres, vigésimo día 
después de su entierro, y como tal de especial solemnidad. 

25. Como parece más propio d,ejar para apéndice de la Introducción esta pie^ca 
oratoria, único monumento que he hallado de la larga carrera de predicación de mi 
hermano, sólo diré ahora que su corte pertenece al género demonstrativo, y de tal modo 
toca lo panegírico, que atiende más á lo doctrinal ribeteado de místico, según convenía 
al autor de la Liieha espiritual^ y enlazando con tal arte la honra de la finada, el con- 
suelo de los amigos y el provecho de los oyentes, fines á que debe mirar el orador sa- 
grado, que no sé distinguir á qué blanco tira con más vehemencia. El texto, que toma 
del capítulo I del libro de Job, bien examinado encierra las semillas de todos los afec- 
tos que quiere excitar en sus oyentes: «Entonces levantóse Job y rasgó sus vestidos, y 
cortado el cabello y derribado en el suelo adoró y dijo: Desnudo sali del vientre de mi 
madre y desnudo tornaré á ella. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: como agra- 
dó al Señor así se hizo: sea bendito el nombre del Señor» . La proposición implícita del 
discurso es: Debemos llorar la muerte de la emperatriz como le conviene á ella y á 
nosotros, y esto lo conseguiremos imitando á un modelo que Dios nos dio para estos 
casos. El le propone explícitamente por interrogación diciendo: «En caso de tanto dolor 
y trabajo como el que tenemos delante ;á cuya memoria podemos arrimarnos mejor 

al decirnos (T. 11, lib. II, pág. 257) <.(que Jué traducido en francés y se imprimió en este idioma 
en Madrid (¡ !) año 1607 y 1609 en B.''». El mismo menciona otra edición castellana que no he 
visto, ó sea la de 1610, en la Imprenta Real (Ibidem). 

(•) Porque en ella solamente expuso los dos capítulos primeros del Cantar de los Cantares. 

(*) No me lo dit-e esto ni el P. Juan Carrillo, en su Fundación del Real Monasterio de las 
Descalzas, Madrid, 1616, (fs. 164-261), dundo trae una biografía de la empeíatriz, ni el Padre 
Juan de la Palma, que describe su enfermedad, muerte y exequias en la Vida de la Serenísima 
Infanta Sor Margarita de la Cruz, Madrid, 1636 (fs. 99-105); pero no se le olvidó al llustrí- 
simo P Fv. Miguel Abellán, que en su Espejo d^ la serenísima infanta, mss. en folio de 400 
hojas, todavía iue'dito, lo dice con estas palabras en el folio 225: '(Acabado el Testamento [que 
iiizo la Emperatriz] diciendo los me'dicus que la ([uedabau á S. M. Cesároa pocas horas de vida, 
pidió la Extremaunción y se la truxo el confessor del convento, que también lo era de S. M. y 
de la Infanta (Sor Margarita de la Cruz). Asistió á este acto su A. y toda la Comunidad de las- 
Religiosas con belas encendidas, diciendo los Psalmos penitenciales, y el confessor las oraciones, 
etcéterai>. Acabaré esta nota apuntando los datos más culminantes de esta esclarecida señora, 
diciendo que nació en Madrid en 21 do junio de 153o, del emperador Carlos V y de su esposa 
Isabel, reina. Habiéndola llevado su padre á Alemania, casó ahí con MaximiHano II, de quien 
tuvo 16 hijos, 8 de los cuales murieron de pocus años: los otros fueron: Rodolfo, Ernesto, Matías, 
Maximiliano, Alberto, Ana, Isabel y Margarita. De los que trataron al P. Angeles, ya he 
liablado cuando salió la oportunidad. Muerto su marido en 12 de octubre de 1576, pensó reti- 
rarse á un convento, pero no lo efectuó hasta que, llamada por su hermano Felipe II, vino á 
España, y después de visitar Monserrat, Gruadalupe, El Escorial y pasar en Portugal una larga 
temporada, se preparó la vivienda arrimada al Monasterio de las Reales Descalzas de Madrid, 
donde su hija tomó el hábito en 25 de enero de 15H4, y allí falleció el 26 de febrero de 1603, 
según parece de pulmonía fuhninante, pues enfermando el día 21, el 26 era cadáver. Fué muy 
piadosa y caritativa, y el aprecio que hizo del P. Angeles manifiesta que tenia buena pupila para 
ver dónde estaba el mérito, como su prudente hermano Felipe II. 

Obias mIsiicas DEt r. Aboeifs.— rí 



K 



XXXVni INTRODUCCIÓN BlO-BíBLIOQRAFICA 

que á la del santo Job, que nos le dio Dios para ejemplo de paciencia?» El exordio es 
legítimo y templado, de los que llaman los Retóricos á visceribas caiisae^ preparando 
al auditorio para que oiga la verdad con esta sentencia: Siempre fué dificultoso acer- 
tar con el medio en ¡as cosas, probando para el caso que eran extremos llorar y des- 
consolarse con excesos, como Jacob, David y Gordiano en la muerte de sus hijos; ó, 
por el contrario, recibir el azote insensiblemente, como Horacio Polvilo y el sacerdote 
Helí en la desgracia de los suyos, establece como medio lamentarse como Job, que de 
tal modo sintió su desgracia, que dando muestras exteriores de dolor en el rapar su 
cabeza y rasgar sus vestiduras, quedóse resignado v bendiciendo la mano de Dios que 
le azotaba. A la primera parte dedica poco tiempo, sin duda porque ya veinte días que 
estaban plañendo y había más necesidad de restañar que de abrir las fuentes de las 
lágrimas; pero los argumentos presentados por comparación á fortiori están hilvanados 
con tal maestría, que debió enternecer de nuevo á todo el auditorio. «Job, dice, perdió 
mucho y padeció mucho y de muchas maneras, como ya dije: en la hacienda, en la 
honra, en los hijos, en la salud, en los amigos y en la propia mujer. Pero, finalmente, 
fué pérdida y trabajo de uno: uno es el que padece y uno el que pelea, y el que sufre 
uno; pero en este caso lamentable hace tiro la muerte en esta gran señora del mundo 
y deja también herido y lastimado todo el mundo. ¡Qué de casas bien proveídas hechas 
hospitales! ¡qué de huérfanos sin madre! ¡qué de viudas sin remedio! ¡qué de pobres 
desconsolados! ¡qué de iglesias solas y religiosos sin abrigo! Todo lo amparaba, todo lo 
llenaba, de todo tenía providencia y cuidado...; ¡Qué soledad tan grande! ¡qué vacío tan 
sin reparo! ¡qué orfandad tan para lágrimas! ¡qué desamparo tan sin consuelo! ¡Llora. 
Iglesia, que se te ha muerto la lámpara que mayor luz y resplandor daba á tus hijos!; 
¡Llora^ reino de Castilla, que faltó el muro y defensa contra la ira de Dios! ¡Lloremos 
todos, que se nos ha caído la corona de nuestra cabeza! ¡Llore lo católico de Alemania, 
pues se llevó Dios para sí la que tantos años sustentó la fe y desde aquí los servía de 
freno para que no se despeñasen en sus herejías y vicios de libertad!... Mas ¡ay! que si 
voy discurriendo desta manera perderé el tino y erraré el medio que debo tomar. Arri- 
marme quiero á nuestro Job: que, como el árbol tierno, para que los recios vientos no 
lo lleven á una y otra parte, y para que suba derecho, le afirma el hortelano á una es- 
taca; ansí, arrimados á este pacientísimo é invictísimo varón sabremos lo que debemos 
hacer y decir, viendo lo que hace y oyendo lo que dice en su trabajo» ('). Lo que hizo 
Job fué levantarse con denuedo, adorar á Dios, y aun la «tribulación y azote que veía 
venir sobre sí»; lo que dijo en aquella postura humilde fueron cuatro sentencias á cual 
más admirables: la primera, de lo que enseña la naturaleza; la segunda, lo que se 
aprende ejercitando la justicia; la tercera nace de amor, y con la cuarta lo practica en- 
grandeciendo á Dios. Las cuatro aplica con copia de erudición á la desgracia que la- 
mentaban, y en la segunda está la parte panegírica. tDominus dedit, Dominus ahstuUt. 
No nos pudo dar otro que Dios tan gran tesoro, ni nos lo pudo quitar sino Dios» . 
Pondera especialmente la caridad, humildad y pureza de conciencia de la Emperatriz. 
y repite la misma sentencia que prepara la tercera: Siciit Domvtwplacuit... Palabra de 
amor; y por eso he dicho que el sermón tenía ribetes de místico, porque persuade la 
gratitud por el tiempo que la concedió á España, privando de ella á Alemania, con tal 

(•) Sermón del P. Angeles^ Madrid, 1604, f. 4. 



OBRAS AtíSTlCAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XXXIX 

ternura que al llegar á la peroración todos estarían dispuestos á decir como el orador: 
«¿Ha sido la voluntad de Dios llevarse á la Emperatriz? ¿Halo querido su Majestad? 
Sit nomen Domini benedictum. Y esta ha de ser nuestra canción ordinaria: Sea el 
Señor bendito v glorificado. ¿Su voluntad se ha hecho? Esa es la nuestra. Y esta con- 
formidad en tai ocasión sea nuestro sacrificio. Ofrezcámosle á Dios muchas veces, que 
muy buena ofrenda es, para bien de la difunta, para provecho nuestro y gloria suya, 
que vive y reina en los siglos de los siglos. Amén» (*), 

26. Al mismo tiempo que Predicador imperial fué el P. Angeles Confesor de las 
Descalzas Keales de Madrid; empleo y cargo que debía ser muy honroso, según lo evi- 
dencian las pretensiones de los cronistas de las dos familias franciscanas en tener más 
ó menos parte en la dirección de aquel monasterio, las cuales llegan á tal punto que, 
si no escandalizan, por lo menos enfadan ("^), pues para concertarse no les ocurre 
siquiera la explicación de que podían los Descalzos ser unas temporadas confesores 
ordinarios y los padres Observantes suplentes ó extraordinarios, y viceversa; y si esto 
no cuadra, porque en el siglo xvi y gran parte del xvii no se seguía el orden que luego 
estableció Benedicto XIV con tanto rigor, aún hay otra inteligencia más cómoda y 
holgada: que, siendo convento grande, hubiese diferentes confesores en la misma casa, 
y parte de la Comunidad se confesase con los de la Observancia y parte con los de la 
Descalcez. Así se explica que en los años que el P. Alcalá pone de confesor al Padre 
Pr. Bartolomé de Santa Ana pruebe el P. Palma (^) que confesaba por lo menos á Sor 
Margarita de la Cruz Fr. Juan de Espinosa, exproviucial Observante de la de Cartage- 
na, como es indubitable que el Beato Nicolás Factor, de la Observancia, las confesó en 
los años que también las oía el Provincial de la Descalcez. Corciértense como se quiera 
estas porfías inútiles, no puede dudarse respecto de nuestro biografiado que las con- 
fesó cerca de siete años {'*), dirigiendo sus conciencias é instruyéndolas en pláticas tan 
sustanciosas y espirituales como revelan sus opúsculos de la Presencia de Dio6\, Sal- 
terio espirikial (S), Afectos diferentes y Rosario de alabanzas (^). El mismo P. Ange- 
les se precia y hace gala de haber dirigido la conciencia de la angelical Sor Margarita 
de la Cruz C), la cual estimaba más el sayal franciscano que las púrpuras reales, y fué 

• 

(^) Ibidem, f. 15. Paréceme que se irupriinió junto con olrcs pronunciados en honra de la 
difunta; pero yo no he visto más que éste, cuya descripción lleva el Sr. Pe'iez Pastor, temo ÍT 
de su BihUograjía Madrileña, núm, 582. 

(^) No menos de 52 páginas dedica el P. Marcos de Alcalá á este asunto (tomo II, lib. IV. 
págs. 237-288) y aunque no he visto al P. Velasco, que le sienta las costuras, deduzco por las- 
citas que se detuvo bastante en esto. 

(') Vida de Sor Margarita, citada, pág. 58 y siguientee. 

(*) Porque D. Juan Molina, en la carta que fiímó á Í6 de enero de 1603, lo supone ya con- 
fesor de las Descalzas Keales y murió con el mismo cargo á últimos de 1609. 

(^) En el Tratado espiritual de cómo el alma ha de traer siempre ú Dios presente, que debió 
imprimirse la primera vez en 1604. 

(^) Al fin del Manual de Vida perfecta, año 1608, en Madrid. 

(') Aunque hay varios libros donde puede verse la vida de esta venerable Descalza, especial- 
mente los dos que he citado del P. Palma y P. Miguel Abellán, bueno será consignar aquí una 
nota biográfica. Nació eu Viena de Austria, de Maximiliano II y de la emperatriz Maria, día 2i'i 
de enero de 1567. Muerto su padre, acompañó á su madre á España, y como sentía vocación 
religiosa y había alcanzado tanto renombre el Monasterio de Descalzas de Madrid, quiso entrar, 
y como un primer ensayo estuvo en él algunos días el afio 1581; luego siguió á su madre en el 
viaje á Portugal, donde se le propuso el casamiento con Felipe II y lo rechazó por la determi- 
nación en que ya estala de consagrarse á Dios. La realizó vistiendo el hábito en las Descalzas 



XL INTRODUCCIÓN BlO-BIBLlOGRAFICA - 

testiuiunio viviente de los fueros de la gracia divina cuando entra en almas bien dis- 
puestas. Y ciertamente fué providencial que esta nueva iieroína de la pobreza y casti- 
dad religiosas, tan perseguida de las honras mundanas, hallase director tan pío y docto 
á. la par, que le diese armas para defenderse de sus enemigos visibles O invisibles con 
una valentía y constancia (|ue admira y suspende. El P. Palma cuenta uno de los ata- 
íiues que se hicieron á su virtud cuando, recién tallecida su madre, Ifelipe 111 se creyó 
obligado á poner casa á su ilustre prima, para que continuase las obras de piedad y, 
misericordia que hacía la finada. Envióle su embajador para que aceptase sus ofreci- 
mientos, y viéndola invencible creyó aportillarla por medio de su confesor, á quien 
expuso todas las razones que el rey tenía para semejante acuerdo, aprobado por el 
Consejo de la nación. Salióle empero mal la cuenta, pues le deshizo todas las razones 
que le propuso; «porque todas, dice el P. Palma, aunque tenían algún color, eran ra- 
zones de nuestra naturaleza y desta humana providencia y saber, las cuales no llega- 
ban á la superioridad de espíritu por donde Dios guiaba á la Infanta. ¿Qué pesan los 
criados — dice á este embajador el P. Angeles, — la familia, los pobres, la autoridad, la 
grandeza, los hermanos, los tíos, al lado de la estimación que una alma hace de Dios? 
Todo lo arrastra el seguirle por donde y cuando nos llama. Puesta la mano al arado, 
los ojos en el Señor que va delante, no vuelve la cara atrás. Llamen los criados, lloren 
los pobres, suspiren los padi-es, contradigan los deudos, murmuren los hombres; piér- 
dase la autoridad, la grandeza, el poder, todo es poco para quien lo busca todo. Poi- 
esta razón, á la Infanta le es molesta esta plática, pues con ella, á su parecer, quieren 
retardarla y detenerla al volar á aquella alta perfección á que aspira. Peio todavía 
será bien platicar con su Alteza en la materia, y ver de qué forma se puede ajusfar de 
suerte que guarde su instituto y siguiendo su espíritu se acuda al reparo de tantas 
personas como desta resolución dependen, cuyo remedio pesa también mucho á los ojos 
de Dios» (*). Esta conferencia, que sólo por i-eferencias y tradición pudo conocer el 
biógrafo de Sor Margarita, la ha conservado más ingenua el limo. P. Abellán, que 
cuidó de recoger la carta donde una sola pluma transmite los sentimientos de dos al- 
mas, esto es, la del confesor que instruye y la de la peniteute aprovechada que se ajns- 

en 25 de enero de 1584, áieudo abadesa la hermana do San Francisco do Borja, Sor Juana de 
la Cruz: y vencidas algunas dificultades logró por fin profesar, 25 de marzo del año siguiente. 
Fué observantísima de las leyes monásticas, sin faUar á las atenciones y servicio de su madre, á 
la cual asistió con ternura filial, especialmente en sn muerte,' y amortajándola luego con 
piedad. 

Como esposa del Crucificado fué probada con tribulaciones, que descubrieron la solidez de sus 
virtudes, y quedó ciega los últimos años de su vida, que acalló abrazada material y es[)iritua!- 
mente con la cruz en 5 de julio de 1633. 

Q) Vida de la serenísima infanta, citada, f. lOít. Además de la primera edición do Madrid, 
1636, se hizo otra en Sevilla, por Nicolás Kodríguoz de Ábrego, en Iti63. Esto nc obstante, al 
salir las obras do Palafóx, en los años 1661-1664, y en el tomo IV, la incluía como atribuida á 
Palafox Fr. Josof de Palafox, monje de San Bernardo, y como el P. Juan de L*aliua había ya 
muerto, pues falleció á los sesenta y odio de su edad eu mayo de 1648, salió á la defensa del atitor 
verdadero el P. Fr. Podro Pizurro con una 'i Satisjacción apologética y vindicación de la verdad- 
i'n orden al autor legitimu del libro intitulado Vida de la serenísima infanta Sor Margarita de 
la Cruz... Sevilla, Por Juan Francisco Blas, Impresor Mayor, Año de 1708». En las 190 pági- 
nas de texto, sin contar las 36 de jireliminaros. prueba con cartas «le entrambos (Palafox y 
Palma) quién es el autor del libro. 

Esta obra es curiosa, especialmente por las cartas del Padre Palma, que fué muchos años 
confesor de la Infanta. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XLÍ 

la en un todo ai parecer de su padre espiritual ( ' ), Pero como era tan prudente y de 
corazón tan noble, de tal modo dejó seguir los vuelos de aquel espíritu angelical que 
no defraudase las esperanzas de los pobres y necesitados que confiaban que la hija se' 
guiría favoreciéndoles como la madre. Admitió, por ende, los pingües donativos que le 
hizo el rey, pero sólo como caño de la fuente de su generosidad, para verterlos segui- 
damente, repartiéndolos por medio de su tesorero ó por mano de otros ó de sí misma, 
facultada por su Prelada y del mismo Pontífice, que confirmó la resolución de su con-- 
fesor para mayor tranquilidad de su alma. 

27. A esta hija de confesión, y como un lenitivo para consolarla por la muerte de 
su buena madre, le dedicó el P. Angeles el Tratado espiritual de cómo el alma ha de 
traer siempre á Dios delante de si (2), el cual juzga Juan de Olmedo que «todo huele 

(') Porque la creo inédita, loiuo toda ];i obra del P. Abelláii, y veo en ella señales de la 
dirección del P. Angeléis, la traslado aquí del manuscrito antes citado que conservan los P.-idres 
•lesuítas en Chamartín de la Rosa (Madrid). Pr. f. 229 v. Ac.f. 230 v. j dice así: «Señor, aquí 
íia venido el Embaxador de Alemania [El Conde Francherbnrg, enviado por Felipe 11 1 desde 
Valladolid] y me ha propuesto de parte de V. M. lo que ha resuelto su Consejo de Estado. Yo 
estimo como debo la merced que V. M. me hace; pero esto de ponerme casa real y tratarme 
como á Infanta me ha causado gran nouedad y desconsuelo, porque yo t)uando hice elección del 
estado de Religiosa y me entré en Religión fué para seruij- á Dios con veras, libre de los embara- 
ces del siglo y de las grandezas de Palacio, No permita Dios ni V. M. que yo vuelva ;'i, ellas tan 
á costa de mis obligaciones y de la paz del espíritu. No se corapadeiP.. Señor, con el estado que 
profeso, pobre y humilde, el tener casa real y aparato de criados, introduciendo en tan santo y 
religioso convento lo proj^hano del siglo y el estilo de Palacio; turbando la paz de las Religio- 
sas, el orden y concierto de la Religión, dando tan mal exemplo á mis hermanas. Si V. M. en 
esta merced que me hace tiene atención á su grande;?a y Majestad, yo la debo tener á ¡a obliga- 
ción de mi estado y de lo que prometí á Dios, El quiere que sea pobre y sola sin ostentación de 
Infanta y que assi le procure imitar y seguir. Que pues Christo mi Esposo, siendo Rey de cielo 
y tierra, se ofreció de ser tan pobre y humilde que no quiso tener en este mundo aparato real ni 
Dstentación de Rey; assi quiere le sigamos sus esposas desembarüZíidan cíe las cosas del siglo. Y 
assí suplico á S. M. se sirua de mandar que este negocio se mire más bien, y la difieultad que 
tiene para ajustarlo yo con las obligaciones de mi estado y con la Regia que prometí, la qual 
desseo guardar siempre como hasta aquí, dándome Dios su gracia, el qual guarde á V. M. lar- 
gos y felices años. Madrid y mayo 15 de 1603.=Humiide sierva de V, M., Sor Margarita de 
la ^T>. 

(') La primera edición debió hacerse en Madrid, año 1604, pues al preparar el libro sobre 
los Misterios de la Misa, el cual salió este año, dice (Diálogo [I): «el pequeño Tratado que 
estos días [cuaresma de 1604] ha salido á luz de la Presencia de Dios, adonde te remito ;>. No 
he logrado esta primera edición, que tampoco vio el Sr. Pérez Pastor; pero sí la de Madrid 1607; 
que reproduzco en este tomo, anotada como primera por Nicolás Antonio y las Bibliotecas Fran- 
ciscanas y conocida por el Sr. Pérez Pastor sólo por referencias, según puede verse en el tomo II, 
núm. 956, pág. 119. Se enmoldó en la Imprenta Real, tamaño .32, con 12 páginas de prelimina- 
res y 3S3 páginas numeradas. La tercera edición se hizo también en Madrid por Juan de la 
Cuesta, año 1609. según indicación que me dio el P. Justo Cuervo, Tampoco ésta la menciona 
ningún bibliófilo, pero nos remiten: á la de Zaragoza (cuarta), en 1615, no dice Fr. .Juan de 
San Antonio en qué imprenta, y á la quinta, en Madrid, año 1624, la cual describiré, porque 
no la tiene el Sr. Pérez Pastor en su Bihlioifrajía Madrileña, á saber: ((Tratado \ espiritual \ de 
romo el al\ma ha de traer siempre á \ Dios delante de si, \ poj' Fr. luán de los Angeles, Pre|diea- 
dor y Confesor de las Monljas Descalcas del Conuento Real de Madrid. (Un grabadito en madera 
en forma de florón.) | Con licencia. ¡En Madrid. Por luán Sánchez. ! M.DCXXIT1I. (Vén- 
dese en la misma Imprenta á las espaldas de la Merced». Ün tondto de tomañ-j 32." con S folio.s 
preliminares sin numerar Sig. 1í 2,34 y 173 folios numerados. Sig. A-Y, todas de 8 hojas, 
menos la última que sólo tiene 6 hojas. Folio 174. Colofón: i^En Madrid, I por luán Sánchez. | 
M.DC.XXlíll". Proüminares y texto como !a edición reproducida, salvo el folio 2: «Suma de 
la tassa, por Martín de Segura, Madrid, 27 de marzo de 1624», y folio 2 v.: Suma de hcencia. 
fecha en Madrid 26 de septiembre de. 1623. sin firma; y Revisión y cotejo con el original por el 



XUI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOQRÁFICA 

á espíritu y devoción y le pega á quien le lee» y cuyas ediciones fueron numerosas, 
como de librejo manual y devocionario acomodado á toda clase de personas que reci- 
bían con frecuencia los Santos Sacramentos, pues á continuación del discurso sobre la 
PreseJicia de Dios lleva un Ejercicio espiritual para antes y después de la sagrada 
Comunión y un Salterio espiritual 6 ejercicio de cada día^ muy acomodado y necesa- 
rio para personas ocupadas... Tal vez á alguno le parezca que el P. Angeles se achica 
demasiado en estos opusculillos tan menudos, pero yo, por ellos, hacia él cobro nueva 
simpatía, como me la inspiran los padres que á trueque de contentar y dar placer á sus 
pequeñuelos no se desdeñan de comprarles juguetes y brinquiños con que los entre' 
tengan y solacen. Dejen, pues, á un padre, todo cariño y espíritu, que busque y halle 
dentro de sí esos santos dijecillos y joyeles con que divinamente recree y consuele á 
sus hijos é hijas, para que no echen de menos, aun sirviendo á un Dios tan grande, los 
esparcimientos y solaces que el mundo suele dar á los suyos. A la misma infanta Sor 
Margarita, y con ella á todas las Descalzas Reales que vivían en el monasterio de la 
Consolación, dedicó también los otros opúsculos que se imprimieron más tarde como 
apéndices del Manual de Vida perfecta, es decir: Afectos diferentes con que el ánima 
se puede mover y levantar á Dios, de los cuales «su Alteza ha hecho rosario para cada 
día de algunos dellos, con que ceba su corazón y le calienta y le levanta á Dios» ('). 
siguiendo sin duda la traza que él le habia dado en el otro Rosario de alabanzas que 
ordenó para sí mismo, el cual regaló al discípulo que instruyera en sus Diálogos al 
despedirse de él. Por esto también puede considerarse original del P. Angeles la colec- 
ción de textos con que ofrecía á Dios todo cuanto hacía, recordando palabras de la sa- 
grada Escritura, de las cuales dice el P. Palma que «las tenía escritas en un Kbro de 
mano con otras devociones» (*) y como recuerdos que no debían echarse al tranzado 
recogió también el P. Abellán (*). Y ¿qué progresos no harían en la vía de la perfección 

Licenciado Murcia de la Llana, Madrid, 24 de marzo de 1624. Sext.i, que tampoco anota nin- 
gún bibliófilo y yo tengo á la vista, regalada por la Madre Abadesa de las Descalzas Reales, 
edición que probablemente se hizo para la Comunidad y no se dio á la venta y cuya portada dice 
así: «.Tratado, etc., y aora nuevamente añadido un Psalterío Espiritual, Por Fr. Juan, etc. Diri- 
gido á la Serenísima señora Infanta Sóror Margarita de la Cruz, Religiosa en el dicho Con- 
vento. Impresso en Madrid, Año 1691)», sin más noticias de imprenta ni impresores. Lleva las 
aprobaciones de la edición de 1607, menos la licencia del ordinario, que es de la edición de Zara- 
goza, dada ibid. á 15 de mayo de 1615. El Doct, Juan SentÍ8=Vic. General V. Sessé Regens. 
Parece que tras el Salterio se pensaba imprimir otro opúsculo, porque en la pág. .384, última del 
libro, se pone la conformidad del L. Murcia de la Llana y al pie sigue Él, como principio de 
otra obrita. No conozco ninguna traducción de estos opúsculos del P. Angeles. 

(') Al fin del Diálogo VI del libro citado. Puede verse la pág. 262 y siguientes de este libro. 

(2) Libro cit., folios 121 y 122. 

(') Mss. cit., folio 196. Por estar inédito todavía lo de éste, y por ser el libro del V. Palma 
algo raro, paréceme conveniente trasladar aquí este museo de jaculatorias, con la seguridad 
de que me lo agradecerán las personas piadosas. Aún abreviando resultará un poco larga 
esta nota, y por eso señalaré con (A.) lo que tomo del manuscrito y con (P.) lo que copio 
del impreso, y cuando no haya letra continuará la primera indicación: 

«Al aco8tai-8e: In pace in idipgum dormiam et re- Al tocar á Maitines ú otras horae: Hoe xignum nutgni 

quieseaní (A.). ^9^^ '^*^ eamus, etc. (P )• 

Al despertarse á Maitines: Media noete mrgeham ai ^^ «^' P^"^ '* mañana: Exurge pmlterium et eitlw.. 

il , ... " ra exurgam diluculo (A.). 

conJiXtnAum Ubi. ^1 ^^^^^ durante el día: Beplexitur oc meum laude ut 

Al leTantarse: Exurge qui dormís et tlluminabtí te cantem gloriaví tuam. 

Chrittu». Al salir de la celda: Vias tuas, Domina, demojitra 

Al lavarse: Laraho ínter innoeentet tnanu-x mea». mihi et semitas tuas edoce me. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XLIII 

almas cuyos entretenimientos y solaces eran platicar de Dios y santificar sus acciones 
evocando alguno de sus consejos? 

28. Pero ¿sólo las monjas del monasterio de la Consolación habían de gozar de las 
influencias de este astro de la mística española? No; el P. Angeles tenía don de gentes, y 
sabía su obligación; y aunque, como buen Descalzo, prefería estar retirado y tratar con 
Dios, salía, siempre que la necesidad, caridad ú obediencia le movían á servir a sus her- 
manos, según divinamente había onseñado en el último de los diez Diálogos de la Con- 
quista. Por esto, además del confesonario, que tenía puertas adentro del convento para 
atender á las religiosas, se sentaba en otro que había en la iglesia, donde indistintamente 
ola y consolaba á cuantos á él acudían, nobles ó plebeyos, linajudos ó pecheros, ricos ó 
pobres. Que fuese director de muchas personas esclarecidas por sangre ó dinero, lo mani- 
fiestan, no sólo las frases que se le escapan á despecho de su modestia y humildad ('), 



Al entrar en la celda: Hatc requies mea... kic habi- 
taba quoniam elegí eam. 
Al hincarse de rodillau: In nomini lem omne genu 

fleetatur. 
Al tocar á silencio; Poiie Boniine custodiam ori meo 

et ostium cireunstantiae labiis vieis. 
Al dar las horas : Ecee viensurabiles posuisti dws 

vieos. 
Al entrar en el coro: Introibo in domvm tiuim, ado- 
raba ad ttmplum sanctum tuum, etc. 
Caando tomaba el Breviario ó libros devotos : Da 

mihi intellectum et diseam mandata tua. Deniara- 

fio sermonum tuorum illuminut, etc. (P.). 
En acabando de leer: Beatus vir quifeeerit ea quae 

scripta sunt in libro legis Dei. 
Al subir las escaleras: Ouis asoendent in inotitem- 

Bamini, aut quis stabit in monte sancto ej-us? 

Innocens manwus et nmndo corde: ascendat ora- 

tío nastra in conspectu tuó, Bamine, et descendat 

super nos misericordia tua. 
Al bajar las escaleras: Zachee, festinans deseendc 

quia in domo tua oportet me manera. 
Al examinar la conciencia: Proba me, Beus, et scito 

cor meum (A.). 
Al confesarse ó pedir perdón : Miserere mei, Beus, 

secundum ma^gnam, miserieordiam luam. 
Para la pureza de conciencia: Cor mundum crea in 

me, Deus. 
Para la presencia de Dios: Frovidebam Dominum in 

conspectu meo semper. 
Para confirmarse en la fe: Credo, Bomine; adjuva 

incredulitatem meam. 
Para alentarse en la esperanza: In te, Bomine, ¿pe- 

ravi non confundar in aeternun. 
Para avivar la caridad: Biligam te, Bomine, virtus 

mea. 
Para pedir humildad: Oh Bomine, ego servus tuus 

et filius ancillae tuae. 
Para alcanzar temor de Dios: Confige timore tuo 

carnes meas 
Para enfervorizarse en la oración: Concaluit cor meum 

intra me et in meditatianc mea exardescet ignis. 



Para pedir el don de lágrimas: Fuerunt mihi laery- 
mae meae panes die ac nocte. 

Cuando recibía algún beneficio: Benedic, anima, Bo- 
mino et 7ioli ablivisci omnes retributiones ejus. 

Para acción de gracias: Quid retribuan Bonmio, et- 
cétera. 

Para pedir el auxilio divino: Beus Í7i adjutorium 
meum intende, etc. 

Para la paciencia en la tribulación: Cum ipso sum in 
tribulatione, etc. 

Para la humillación : Bonum mihi quia humiliasii 
me, etc. 

Pidiendo ayuda en la tenución; Quoniam. in te eri- 
piar a tentatione, etc. 

Fomentando el recuerdo de la muerte: Tllumina ocu- 
ltis meas ne unquam obdormiam in morte. 

Para recordar el juicio: Non intres in judioium cum 
servo tuo. 

Cuando la obediencia le ofrecía algún ejercicio pe- 
noso: In nomine lesu Nazareni, surge et am- 
bula. Quoniam melior est obedientia quam vic- 
tima (P.). 

Cuando le venía alguna tribulación se consoloba di- 
ciéndose : /Sí bona suscepimus de manu Bamini, 
mala quare non sustinemus? 

Si alguna vez llamaba á sus puertas la impaciencia la 
sacudía diciendo: Da pacein et patientiam, Bomi- 
ne, servo tuo, ne perdam caronam gloriae quia tu 
dixisti: In patientia vestra ppssidebitis animas 
vestras. 

Para aquietarse en las adversidades: Esto nobis turru 
fortitudinís afacie inimici. 

Cuando visitaba alguna enferma: Infirmus fui et xiisi- 
tasti me, etc. 

Si alguna vez la turbaban sospechas: Quis es tn qui 
judieas alienum servum? 

En las tentaciones de desconfianza: Tu es, Domine, 
■tpes mta a juventute mea. De ventre matrit meae 
tu es protector meus. 

Contra la pereza espiritual: Vade ad farmicam, pi- 
ger, et considera vía» ejus et disce sapientiam... 
Malcdictus homo quifacit opus Dei negligenterst. 



Los dos biógrafos explotaron de diferente modo el manuscrito de Sor Margarita; pero el 
P. Abellán con más cuidado que el P. Palma. 

(1) Diálogo V de la Conquista: í<Si alguna vez me representa el ángel para consolarme 
algunos conocidos servicios que por mí, indigno ministro suyo, á Dios se le han hecho, etc.» 
(Véase pág. 88). Y en el tratado sobre el Cantar de los Cantares, pág. 776: «Decíame á mi 
un señor deste reino que en muchas ocasiones había echado de ver que el demonio sabía poco y 
que sus tentaciones eran muy claras... Al cual respondí que aquel sentimiento suyo me descu- 
bría más la sagacidad del enemigo, pues de manera disfrazaba las tentaciones que un hombre 
cuerdo las tenia en poco y se reía dellas, que es lo que quiere el traidor». 



XLIV INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRÁFICA 

sino también alguno de los consejos prudenciales que escribe, especialmente eu sus 
Consideraciones sobre d Cmitar de los Cantares {^). Además, el Tratado de los sobe- 
ratios misterios del santo sacrificio de la Misa (2), dedicado á dona Catalina de Zúñiga, 
Condesa de Lemos y camarera de la reina {% reclama en su prólogo que el P. Angeles 
fuese guía de su espíritu, atendiendo sus peticiones coii tanta abnegación que, aun 
«•argado de compromisos, en tiempo de Adviento y Cuaresma, quiso escribir lo que 
deseaba y darle gusto, porque le contentaban sobremanera sus libros. 

Que acogiera asimismo con gran cariño á los pobrecitos que necesitan ordinaria- 
mente mayores consuelos que los ricos, nos lo revela un hecho que sirve á la vez para 
vislumbrar que la fama del P. Angeles, como director inspirado, iba precedida de un 

{}) kA muchas mujeres y hombres que de. adulterio tienen hijos de grandes ingenios, do 
notable hermosura y de habilidades muy raras, tienta este adversario con tanta perplejidad, que 
},>arece que no pueden dolerse del pecado que cometieron con la consideración del buen suceso 
que ;i su parecer tuvieron. Para este caso es necesaria la discreción: que no pide Dios que os 
doláis absolutamente del hijo que tuvistes, sino del pecado que cometiste; de manera que piíedc 
haber dolor y pesar grande de la ofensa y gozo del hijo que ya nació en el mundo con el cual 
repartió el Señor sus dones J) (Ibidem, pág. 306). 

(2) La única edición que conozco, y que todavía no ha sido reproducida, salió de la Imprenta 
Real, año 1604; tomo en IB."* con 14 páginas sin numerar v 379 numeradas. En la pág. 381. 
el Salterio espiritual, hasta la 398, en que fenece el libro. 

(■') Hay memoria de esta señora en el «.Cat'dogo de las colecciones expuestas en las vitrinas 
del Palacio de Liria. Lo publica la Duquesa de Bervick y de Alba, Condesa de Siruela. Madrid. 
Sucesores de Rivadeneira, 1898», pág. 200, donde se me dice que era «hija >egunda de D. Fran- 
cisco de Sandoval y Roxaí^, quinto Marque's de Denia, y de Doña Isabel de Borja, hija de San 
Francisco de Borja, Duque de Gandía. Casó con D. Fernando Ruiz de Castro, noveno Conde 
de Lemos, Virrey de Ñapóles, que murió allí en octubre de 1601. Falleció la Condesa el 8 do 
lebrero de 1628. Fué camarera mayor de la reina Doña Margarita de Austria, y muerto su 
)uarido auxilió eficazmente ú su hijo D. Fr.incisco en el gobierno del Viccrreinato y en el de su 
propio estado». Y de su marido hallo los datos siguientes en la Ntieva biografía de Lope de 
Vega, por Alberto de la Barrera, Madrid. 1890, pág. 80: «D. Fernando Fernández Ruiz de Cas- 
tro y Osorio, Conde de Lemos. Andrada y Villalba, padre del Marqués do Sarria, fué Virrey de 
Ñapóles desde el año 1595 al de 1600; es'tuvo luego de embajador extraordinario en Roma y 
falleció á su vuelta de aquella cort^ en 1601». En la dirección del P. Angeles se puede explicar 
por qué el gran Duque de Lerma, hermano de Doña CataHna. se desvivía por los padres Des- 
calzos, que eran siempre los preferidos, aunque, siendo bonísima esta señora, amparal)a también 
á otras Ordenes religiosas, sobre todo á los Franciscanos Observantes, según deduzco de la 
dedicatoria que le hizo ol P. Fr. Diego de Arce, jirimero Guardián de San Francisco de Murcia 
y luego Provincial de la de Cartagena, predicador famoso de su tiempo, en el «Sermón que... 
predicó en la Iglesia Arcobispal de la Ciudad de Ñapóles, en las reales exequias de la serení- 
sima Sra. Doña Margarita, Reyna de España... En Ñapóles, por Tarquinio Longo, año 1612», 
donde le dice: «Embío :'i V. E.' el testimonio de mis lágrimas, por si puedo quanto es de mi 
parte según mi pequenez consolar las muchas que V. E. tan iuetamente, como tan buen, testigo 
de las singularísimas virtudes de aquella gran Reyna, ha derramado, como quiera que (>s algún 
consuelo para los tristes el ver que muchos por la misma causa que ellos se entriste/.en» (f. 2." 
vuelto). Aunque Fr. Juan de San Antonio dedica en su Biblioteca Franciscana un artículo á 
este famaso orador (t. I, págs. 293 y sig.) y anota muchas de sus obras, no da noticia de este 
discui-so ni del que predicó «en el Convento de San Francisco de Víilladolid á un edicto de la 
Santa Inquisición. Por Diego Fernández de Córdoua y Ouiedo, Impresor del Rey nuestro 
Señor, Año 1595», 20 hojas, tamaño en 8.", y cita sólo como manuscrito ol discurso que hizo al 
Capítulo General de Valladolid, año 1593, que yo he visto impreso en 10 hojas y dedicado «ad 
illustrissimum et reverondissimum Dominum Santium do Ahila, episcopum chartaginionsem>\ 
locha la dedic. « Vallisoleti, Kalen. lunii 1593» y demuestra en él que era tan elocuente hablando 
en latín como en castellano. El impreso no lleva pie de imprenta ni colofón y no puedo saberse 
dónde ni cuándo se estampó, aunque me atrevo á decir que saldría ó en el mismo año que lo 
predicó ó el siguiente, por los tipos con que está ejimoldado. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN OE LOS ANGELES XLV 

üimbo iummoso de gloria que pocos alcanzan; pues veintidós años después de salir dp 
este mando aun no se había apagado la estela que dejó en Tembleque, cuyo convento 
liabía fundado siendo Provincial. Trasladémoslo con la misma sencillez (jue se apuntó 
en el libro de las Memorias de Religiosos (') de la Provincia de San José: «En catorce 
flías del mes de marzo de este año de mil seiscientos j treinta y uno pareció ante mí 
Pr. Agustín de la Concepción, Guardián del convento de Tembleque, para decir del 
venerable padre Fr. Juan de los Angeles, predicador y confesor de la señora Infanta; 
y habiéndole puesto obediencia dijo lo siguiente: Primeramente dijo que oyó decir á 
frailes de esta P)-oviucia que, teniendo noticia una mujer de las letras y espíritu de 
nuestro hermano Fr. Juan de los Angeles, y que había llegado á su noticia que le ha- 
bía dado Dios gracia de conocer espíritus, le vino á buscar á Madrid para comunicarle 
el suyo; y fué al convento real de las Descalzas, adonde era confesor de la Emperatriz, 
y andándole á buscar le topó que estaba confesando en un confesonario, y vio encima 
de su cabeza una lengua de fuego, con que le quiso Dios dar á entender cómo tenía don 
de conocer espíritus. Comunicóle el suyo (2), y fué muy consolada (^)... Y habiéndoselo 
leído se certificó en ello y lo firmó de su nombre en el sobredicho día, mes y año.— 
Fr. Juau Romero, Fr. Agustín de la Concepción, Guardián.— Ante mí, Fr. Juan del 
Castillo, Secretario.» De esta manera, hasta con milagros, quiso Dios acreditar la doc- 
trina de su siervo y excitar en sus penitentes el respeto y veneración, que son el mejor 
estuche para conservar los consejos de modo que se reduzcan á la práctica y no se 
frustren los intentos del consejero. 

29. Y sin lazos tan íntimos como los que nacen de la comunicación de las almas, 
había también muchos personajes autorizados que se honraban con la amistad del pa- 
dre confesor de la Infanta. Por ejemplo: «Don Francisco Laño, gran prelado de la Igle- 
sia, con quien trató y comunicó diverso? lugares de Escritura, gi-aude griego y hebreo 
consumadísimo;^ (*); el ilustrísirao D. César Speciano. Nuncio, que profesaba especial 
estimación á los Descalzos de la Provincia de San José, y amén de abrirles camino 
para entrar en Sevilla, procuró al P. Angeles un breve apostólico con que pudiese via- 
jar y estar en cualesquier provincias de España (^); el no menos venerable D. Domingo 
Gimnasio, que como Nuncio del Papa Clemente VIII expidió varios decretos favorables 
á los Descalzos, y uno particular con que aquietó la Provincia, algo turbada con la re- 
nuncia del provincialato de nuestro biografiado («). En fin, sin otros que sería largo de 

(1) El P. Alcalá, Crónica de la Provincia de San JoseJ, t. II, lib. IV, pág. 263, cita al 
margen: <<Tomo b de Memorias de Religiosos, fol. 111». 

(2) El impreso áke Juego, lo corrijo como errata de iuiprentii. 
(') Él prméram^níé exigía qne se dijeran otras á continuación. 

El cronista puso puntos suspensivos, con qne denotaba quedaban otras cosas; yo, bien á pesa)- 
mió, he de repetirlos, porque no hallo modo de suplir lo que se dejó, después de saqueados los 
archivos religiosos. 

(') No he logrado más noticias de este señor que las que se deducen de ese parrato entre 
cornado, copiado casi literalmente del Tratado sobre el Cantar de los Cantares , ykg. :322, salvo 
si hay errata en el impreso y es el D. Francisco Cano, Obispo de P>urgos en 16;35. 

(^) BuUarium Discalceatorum, ya citado, pág. 323. • 

Lo del breve apostólico lo rastreo de la Aprobación de los Diálogos en Lisboa, mserta en Jm 
página 33 de este tomo. , o-^ 

('■) Puede verse el decreto de 27 de juni(» d*- 1603 (BuUarium Discalceatorum, pags.^ 4JJ y 
siguientes), donde confirma las elecciones hechas después de la renuncia del P. Angeles, á quien 
llama Dilectus nobis ¿n Christo, 



XLVT INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOQRAFICA 

contar, trabó singular correspondencia con D. Maximiliano de Austria (•), que como 
nieto de la emperatriz María menudeaba las visitas á las Descalzas, j cuyas virtudes 
y méritos alabó disimuladamente al dedicarle la Segunda parte de la Cotiquista, ó Ma- 
nual d^ vida perfecta (*), cuando dice «que entre las mercedes que nuestro Señor me 
ha hecho, á que debo ser agradecido, no ha sido la menor haberme dejado conocer á 
vuestra señoría ilustrísima y hallado gracia en sus ojos para que confiadamente pueda 
ofrecerle y consagrarle algunos de mis trabajos» ('). Y alma de buen temple y bien 
pertrechada debía tener el padre Descalzo cuando, debiendo acudir á tantas cosas y 
viviendo en la corte, donde se respiraba aire de vanidad y adulación, él se mantuvo 
firme en la práctica de la humildad y sencillez franciscana, corrigiendo y dando fuertes 
latigazos contra los vicios y malas costumbres de su época, según puede verse en los 
primeros Diálogos del Tratado de los soberanos misterios de la Misa. 

30. ¿En qué ocupó el P. Angeles los últimos años de su vida? En prepararse para 
ir al cielo, acumulando méritos, que Dios recompensaba con aumentos de gracia. Mien- 
tras escribía el Tratado sobre la Misa le sobrevino una penosa y grave enfermedad, 
«y tan peligrosa, que se tiene á milagro haber quedado con vida» (*). Probablemente 
fué un insulto de la inflamación del hígado que le aquejaba de ordinario é hizo los 
primeros amagos estando en Sevilla, como candorosamente nos lo descubrió el discí- 
pulo que allí instruía. Se repuso de ella y continuó trabajando á despecho de sus acha- 

(*) Era hijo del Archiduque Leopoldo y de una señora catalana llamada Doña Marina 
Ferrer. Nació en Jaén el 13 de noviembre de 1555 y se encargó de educarlo Felipe II. Fué 
obispo de Cádiz y de Segovia. Conociólo el P. Angeles, por lo menos siendo obispo de Segovia, 
cuando el año 1602 fué á Madrid, y en 4 de diciembre fué presentado como Arzobispo de San- 
tiago, pues el 22 del mismo mes, cuando fecha la dedicatoria del Manual, le llama ya Arzobispo 
de Santiago. Tomó posesión de la sede compostelana el 22 de julio de 1603, por poderes confe- 
ridos al doctor D. Antonio Rodríguez. Su gobierno fué muy provechoso para aquella archidió- 
cesis y conservó la afición á los Franciscanos durante su permanencia en ella, mandando entre 
otras cosas que <*se guarde la fiesta del glorioso padre San Francisco en esta dicha nuestra ciu- 
dad [de Santiago] y en todos los lugares de nuestro Arzobispado á donde hubiese Convento de 
su Orden tan solamente». Falleció el 1.° de Julio de 1614. (Véase López Ferreiro, Historia de 
la S. A. M. I. de Santiago de Compostela, t. IX, págs. 7-40). 

(^) Examinando la Bibliografía Madrileña del Sr. D. Cristóbal Pérez Pastor, t. 11, pági- 
nas 129 y 130, parece que hubo dos ediciones en el mismo año 1608. La 1.*, con la portada 
«.Segunda parte de la Conqtdsta del Reino del cielo, intitulada Manual de Vida perjecta, Por 
Fr. Juan, etc... Año 1608. En Madrid, en la Imprenta Real» con 300 folios de texto y 20 de 
preliminares. Tasa á tres maravedís pliego, con solos 5 diálogos, ó sea hasta el Laus Deus de 
la página 238. La 2.% con portada más breve: «Manual de Vida perjecta, por Fr. Juan, etc. 
Madrid, 1608», con 20 folios preliminares y 200 de texto, y en la tasa á tres maravedís y hedió 
el pliego, única diferencia que hallo, y con los 6 Diálogos y opúsculos de Afectos Dijerentes y 
Rosario de alabanzas. Esta es la que reproduzco, y creo fué la única que salió completa, y la 
diferente portada que lleva el ejemplar examinado por el bibliógrafo citado puede explicarse por 
una de las gitanadas que solían cometer los libreros, y que imprimiendo al cabo de uno ó más 
años las primeras páginas, añadiesen en la tasa aquel medio maravedí más para aumentar sus 
caudales á costa de los lectores y á espaldas de la autoridad; pues de otra suerte habíamos do 
poner tres ediciones en este mismo año. La otra edición es la de Barcelona, Librería y tipogra- 
fía Católica, calle del Pino, 5, 1905, de págs. VIII-512. 

(^) En la epístola dedicatoria, f. 7 preliminar. Véase pág. 157 de este tomo. 

(*) Así lo dice él mismo en el Prólogo al Libro sobre los misterios de la Misa, y aunque el 
epíteto que le aplica será casual, es curioso que coincida con la diagnosis que hacía de dicha 
enfermedad del hígado el doctor Cristólial Pérez de Herrera en su i^Compendium totius Medici- 
nae ad ti/rones, Matriti, 1614, apud Ludovicum Sanctium, typographum Regium» cuando decía, 
folio 199: «Omuis inflamatio cuiúsvis visceris periculosa est valde, jecoris vero periculosissimn: 
in ea si vehementes dolores et conualeiones accidant malura máximum praenuntiant». 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN» DE LOS ANGELES XLVII 

ques y vejez, redactando el Vergel del ánima Religiosa^ corrigiendo las pruebas del 
Tratado sobre el Cantar de los Cantares y revisando, por encargo del Consejo Real, 
alguna de las obras que se habían de imprimir {*). Además, parece que mantuvo rela- 
ciones con algunos de sus parientes próximos, y agradecido á los sacrificios que habían 
hecho por él en su mocedad, siendo pobres, los favoreció cuanto pudo, y antes que 
obligarse á personas nobles y ricas pidiéndoles mercedes, que de algún modo le cauti- 
varían luego la libertad, prefirió darles lo que podía de lo suyo, vendiendo la propiedad 
de dos ó tres de sus libros y aplicando la cantidad estipulada al dote de una de sus so- 
brinas ya casaderas, que acompañada de su madre y del novio visitó al tío á mediados 
del año mil seiscientos ocho. Esto colijo yo de la escritura que traslado á continuación 
para anotarla con más comodidad: 

«Sepan quantos esta pública {^) scriptura de promesa de docte vieren cómo yo Fran- 
cisco López (3), mercader de libros, vezino desta villa de Madrid, digo que por quanto 
para servicio de Dios nuestro Señor y con su gracia está tratado y concertado que Ana 
Martínez, sobrina del padre fray Juan de los Angeles, confesor de la serenísima infanta 
doña Margarita, hija legítima de Agustín Hernández, difunto, y de Ana Martínez, su 
muger, vezinos del lugar de la Corchuela, jurisdicción de la villa de Orepesa, se haya 
de despossar é cassar y beiar legítimamente, según el orden y uso de Santa Madre 
Iglesia Romana, con Juan García ("*), hijo de Ginés García, difunto, y de María Arroyo, 

(•) Al menos hay la que describe Pérez Pastor, t. II, uúm, 997, cuyo titulo es: «.Medita- 
ciones de la santísima pasión y muerte de Christo nuestro Redentor, compuestas en Latín por 
el P. Francisco Costero, de la Compañía de Jesús, y traducidas por el P. Luis Ferrer, de la 
misma Compañía. En Madrid, por Juan de la Cuesta. Año M.DC.VIII-n. La aprobación del 
P. Angeles se halla en el folio 3." preliminar, y dice así: ^( Aprobación: Por comisión del supremo 
Consejo he visto un Tratado de oración y meditación que el P. Luys Ferrer, de la Santa Com- 
pañía de lesús, ha compuesto, y unas Meditaciones de la sagrada Pasión de Christo Redentor 
nuestro, y no hallo en ellos cosa que contradiga ni haga disonancia á las verdades que nuestra 
santa Fe Católica enseña; antes muchas muy saludables y de grande piedad y devoción, para 
beneficio de las almas que el mismo Señor redimió y compró con su sangre. Y assi me parece se 
le deve agradecer mucho este trabajo y darle licencia para que se imprima para el beneficio de 
todos. Dada en este convento de San Gil el Real de los Descal§os de Madrid, á 29 de noviem- 
bre de 1607. — Fr. luán de los Angeles». Aunque en la portada se dice que fueron traducidas por 
el P. Luis Ferrer, yo debo advertir que había versión castellana de las cincuenta Meditaciones 
del P. Costero bastante anterior, esto es, Zaragoza, 1601, hecha por el P. Diego Miravete, y 
bien puede suponerse que el P. Ferrer se aprovecharía del trabajo de su hermano. 

(*) En el original manuscrito sólo pone jo?*."' y como abundan estas abreviaturas, que harían 
difícil la lectura, las copio interpretadas y quito las letras mayúsculas no necesarias, conservando 
en todo lo demás la ortografía del original. 

("*) Era hijo de otro del mismo nombre y apellido, también librero- editor, y empezó á impri- 
mir libros por su cuenta en Madrid, año 1575, cuando falleció su padre. Tuvo la librería en la 
parroquia de Santiago y costeó varias obras, y como mercader de libros adquirió otras hasta el 
año 1611, en que debió morir, pues sus herederos empezaron á editar en 1612. Estaba muy 
bien relacionado con el P. Angeles, y buena prueba nos da en esta escritura y en otra que hizo 
más tarde nombrándole consejero de sus albaceas testamentarios en 31 de agosto de 1608, 
haciendo constar «que no se excuse la presencia á estos actos [ejecución de mandas pías] del 
P. Fr. Juan de los Angeles» (Madrid, Archivo de Protocolos, Protocolo de Alejo Herrera, 
años 1599-1608, fol. 1127). 

(*) Busqué en el Archivo parroquial de la Calzada la partida de bautismo de este futuro 
afine del P. Angeles y no la hallé; pero me salieron otros hermanos, es decir: 1.° «Domingo 
García, hijo de Ginés García y de su mujer María Arroyo, bautizado por Diego Herrera, cura, 
á 30 de noviembre de 1578» (Lib. I, Bautismos, f. 12 v.). 2.° «María, bautizada por ídem en 3 
de febrero de 1582» (Lib. I, JSautismos, f. 37 v.). 



XLVIII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

SU muger. vezinos del lugar de la Calzada, jurisdicción de la dicha villa de Oropesa... (' ) 
En efecto el dicho matrimonio, y como dotador extraño, otorgo y conozco por esta carta 
que prometo y me obligo de dar y pagar al dicho Juan García, en dote y cassamiento 
<:on la dicha Ana Martínez, y para ayuda del sustento y de las cargas matrimoniales, 
trescientos y cinquenta ducados en reales, los qiiales prometo y me obligo de le dar y 
pagar luego en reales de contado. =E yo el dicho Juan García, que presente estoy, me 
doy y le otorgo por completamente pagado á mi boluntad del dicho Francisco López y 
de los dichos trescientos ducados de la dicha promesa de dote, porque los recibieron y 
passaron de su poder al mío realmente y con efecto en reales de plata aora de presente, 
en presencia del presente escrivano y testigos desta carta, de cuya paga, entrega y re- 
cibo yo el scrivano infrascripto doy fe, y de los dichos trescientos y cinquenta ducados 
y de los demás bienes rayces y muebles que rescibiere en docte con la dicha Ana Mar- 
tínez prometo y me obligo de hazer y otorgar, y haré y otorgaré seriptura de pago y 
recibo en favor en forma á su satisfacción y carta de pago.=T ambas partes promete- 
mos y nos obligamos y ponemos el uno con e! otro y el otro con el otro que el dicho 
matrimonio se verifique en efecto desde hoy hasta fin del mes de julio deste presente 
año de seiscientos y ocho (-). no haviendo impedimento canónico, y que no nos aparta- 
remos ni distraeremos deste contrato por ninguna causa ni razón que sea ó ser pueda, 
so pena de quatrocientos ducados que pague la parte inobediente á la obediente, más 
las costas y daños, intereses y menoscabos que sobre ello se le siguieren y recrecieren, 
sin embargo de las leyes que disponen que el casamiento se ha de azer por amor y no 
por temor de la pena, y con ella se remita é pague, ó esta escriptura se cumpla y eje- 
cute según en ello se contiene. Y ambas partes, cada una por lo que nos toca, para lo 
ansí cumplir, pagar y aver por firme, obligamos nuestras personas y bienes ávidos y 
por aver, y damos todo nuestro poder cumplido á qualesquiera justicias y juezes del 
rey nuestro señor de qualesquier partes que sean, á cuya jurisdicción y fuero nos some- 
temos y renunciamos el nuestro propio y domicilio y la ley d eonvenet'it de jurisdü- 
tione omnium jíidiemn, para que por todo remedio y rigor de derecho é vía executoria 

(') una palabra ilegible. 

(^) Así debieron efectuarlo, pues aunque mj hallé la partida de matrimonio en el Archiv» • 
parroquial de la Calzada, ó porque se casaron en la Corchuela, ó porque tal vez lo realizarían en 
Madrid misino, vi la siguiente de bautismo de un hijo que les nació en agosto do 1609: «Lunes 
»10 días del mes de agosto año 1609, yo el bachiller Diego de Herrera, cura desta yglesia de 
»Santa María de la Calcada, baptici- á Juan García, hijo de Juan García Xinés y de su muger 
"Ana Martínez. Fueron sus padrinos Miguel Hidalgo y su muger María Arroyo; testigos, Chris- 
i'tóbal de García y Alonso sgs (no se' interpretar esta abreviatura). BUr. Diego de Herrera». 
Rubricado. (A, P. C, Lil;. IL Bautismos, f. 4?. v,). No topé con más vastagos de este matri- 
monio. Tal vez no tuvieron más, porque la sobrina del P. Angeles quedó viuda á los cinco años 
de casada, según revela el siguiente asiento de defunción: «Viernes cinco días del mes de niar«;o 
»de 1613 años se enterró (sic) Juan García de Ginés. Recibió los Sacr.imentos ; mandó se le dige- 
•>sen misas de acompañamiento que son las que se siguen =1 del íilma. cantada =Coleturia HO 
f»=Encargnéme d<^ treinta misns de.ste testamento 21 de julio de 1613, é por ser verdad lo firntit- 
))=FrancÍ8co Cepeda. = H(' dicho yo Ginés Rodríguez veinte y cinco misas por este difunto 
"hasta 25 de julio de 1613 y lo firmé=Ginés R"odriguez.=Éstá cumplido este testamento" 
(Lib. T, de Difuntos, A. P. C. f. 37). A esto se reducen las noticias halladas de l:i familia del 
P. Angeles; pues los libros de la Corohuela se han extraviado, y aun dando con ellos no hubié- 
ramos resuelto nada, porque según el Libro I Becerro del Archivo de Oropesa. f. 343, el de los 
<(bautizados dio principio en 25 de enero de I567t); el de los velados y casados, en 9 de enero 
de 1576, y el de Difuntos, en 12 de mayo de 1575, y lo que más interesaba era hallar la natura- 
leza de mi biografiado, que por estos años que ya era fraile Descalzo. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES XLIX 

nos compelan y apremien al cumplimiento y pago de lo que dicho es, cómo si luese 
sentenzia definitiva dada por juez competente é por nos consentida é passada en cosa 
juzgada: y renunciamos las leyes de nuestro favor todas en general y cada una en es- 
pecial, y la ley y derecho que dice que general renunciación de leyes no vala.^=:En tes- 
timonio de lo qual otorgamos la presente scriptura ante el escrivano público y testigos 
infrascriptos, que fué fecha é otorgada en la villa de Madrid á veinte y siete días del 
mes de junio de myll y seiscientos y ocho años, siendo testigos Pedro Marañón y An- 
drés Fernández y Pedro Gómez, estantes en esta corte, y el dicho Francisco López lo 
firmó. Y por el dicho Juan García que dixo no saver firmar, á su ruego la firmó un tes- 
tigo. E yo el escribano doy fee que conozco á los otorgantes. = Pedro Marañón. =Fran- 
fisco López. -=Ante mí Juan Galbo» ('). Las relaciones que se desprenden de esta es- 
critura y lo que dejo anotado en el núm. 22 son los únicos recuerdos que hallo del 
P. Angeles acerca de su familia, y ellos bastan para acreditar que el autor de la 6bn- 
(luista del Reiito de Dios sabía armonizar el amor del Criador y de sus criaturas, es- 
pecialmente de aquellas que con precepto especial quiso fuesen honradas y respetadas 
como sombra de su Majestad. 

31. Después de esta pública prueba de aprecio y estimación de sus pobres parien- 
tes vivió poco tiempo el P. Angeles, y aunque sus hermanos continuaban retraídos de 
él y no le encomendaron oficios ni comisiones honrosas dentro de la Orden, él continuó 
ilándoles nuevas señales de cariño, ya en particular, ya en común, y envejeció tan 
euamorado como había vivido de su hábito, del retiro y recogimiento y de las demás 
\ irtudes que forman la más rica herencia de los verdaderos franciscanos. Por eso, 
aunque sus cargos le dispensaban del rigor de la vida monástica, él hacía todo el tiem- 
po que podía las obediencias del convento, y sólo se miraba feliz rodeado de sus her- 
manos (^). Para ellos trabajó los últimos años de su vida, especialmente pergeñando el 
í/ihro de la Pasión de Jesús, que tiempo ha prometiera á un padre de la Orden (^), libro 
que llamó el benjamín de sus rstudios y que, sólo impreso y conocido en sus prelimi- 
tiai-es ó Parte í de las cuatro que había de llevar, manifiesta claramente que su autor 
había pasado la mayor parte de su vida en el monte de la mirra y en el collado del in- 
cienso (*), donde halló tantas flores de consideraciones sabrosas, que no se contentó 
con atar un manojuelo de ellas para su consuelo, pero plantó además un Vergel esjnri- 
fual para las almas religiosas que desean sentir en sí y en sit cuerpo los dolores y 
pasiones de Jesús y conforniarse con Él en vida y muerte (^). Y Vergel había sido 
para el místico aviles la Pasión de Jesucristo, porque no miraba sólo su cuerpo acribi- 
llado de llagas y su alma llena de tristezas, sino que, como hijo del Serafín de Asís y 
discípulo del Doctor Seráfico, se entró en su corazón infinitamente enamorado de los 
hombres y lo vio matizando con amor todas las escenas y crueles padecimientos que 
había sufrido por salvarnos. Ocupado en esta dulcísima tarea de descubrir á los mor- 

{}) Madrid, Archivo dt' Protocolos, Protocolo de Juan Calvo Escudero, año de 1608. 
Fs. 1707 y 1708.^ 

(*) Tanto las dedicatorias de sus libros como las censaras que daba de los otros, todas están 
escritas ó en San Bernardino ó en han Gil. 

(') Véase Diálogo V, pág. 9:'.. Prol)ableniente este Religioso era el P. Fr. Antonio de 
Santa María. 

(*) Cantic, lV-6. 

\^) De la portada del libro, cambiando sólo el tiempo del verbo. 



L INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAPICA 

tales todos los ápices de lu caridad infinita de Jesús le halló la muerte, que sería como 
había pedido y deseado, es decir, cuando contaba setenta y tres años, según el cálculo 
indicado, «recibidos los Sacramentos, como convenía*, tomando por armas para de- 
fenderse la sangre, llagas y cruz del Salvador, «murió no menos que abrazado con su 
Cristo y metido en sus llagas rosadas y llenas de miserico'-aia, esperando por ellas la 
que sus injusticias podían negarle» (*). Y hallándole Jesús al expirar dentro de sus 
llagas, ¿qué había de hacer sino lavarle con la sangre que por las Misas celebradas 
para el finado de nuevo se derramaba y blanqueado con ella trasladarlo á la gloria ce- 
lestial? Así lo pensamos piadosamente, y que su muerte sería llorada tanto por sus 
liermanos de hábito y amigos y penitentes, que perdían un guía docto y experto, comí) 
por las Descalzas Reales, en cuya casa falleció, probablemente en diciembre del año 
mil seiscientos nueve. Lo del lugar me lo asegura quien podía saberlo (*); lo del año 
es cierto, no sólo porque así lo afirma el cronista Fr. Marcos de Alcalá (3), sino porque 
así se desprende del privilegio real que por segunda vez tuvo que otorgar Felipe III a 
Francisco del V"al; lo del mes lo deduzco yo de las aprobaciones que lleva el Vergel 
del ánima religiosa ('♦), que aunque escrito y preparado para la imprenta, y aun im- 
preso en su primera parte, quedó inédito en las tres restantes (^) por descuido inexpli- 
cable de sus hermanos y compañeros, que recogieron y reclamaron las cantidades y 
precio del tomo impreso i®) y dejaron de enmoldar ó dar á los impresores los manus- 
critos que el difunto dejara en su celda. Conservábanse los originales del libro segundo 
y tercero á mediados del siglo xviii en el archivo de San Gil; pero nadie se preocupó 
de sacarlos á luz, unos porque los creían impresos, otros porque, desterrado el buen 
gusto de la literatura, los juzgaron menos dignos del público que otros muchos que 

(') Véase el Diálogo Y, págs. 87 y sig., donde se halla lo entrecomado. 

(^) El P. Fr. Juan Carrillo, en su libro: n Relación histórica de la Real Jundación del 
Monasterio de las De><calzas de Santa Clara de la villa de Madrid, Año lOlC. En Madrid, por 
Luis SánchezD, cap. XYII, al hablar del P. Angeles, dice (f. 48): «Murió en esta santa casa)*. 

(^) Crónica de la Provincia de San Josef, t. II, lib. I Y, pág. 265, donde dice: «el de mil 
seiscientos y nueve, en que falleció el Yenerable Fr. Juan de los Angeles». La vaguedad de esta 
noticia no he podido remediarla con investigaciones particulares. Pedí los libros de Difuntos, que 
suponía conservarían las Reales Descalzas, y después de esperar mucho sólo me hallaron el que 
principió año 1743, «siendo sacristán mayor D. Manuel de la Cruz Santín y Estrada», tamaño 
en folio 420 X 295 milis. De él sólo puedo conjeturar que de las cuatro bóvedas que tenían para 
dar sepultura, esto es: 1.^, Nave de Nuestra Señora del Pilar; 2.", Nave del Santísimo Cristo 
de la Buena Muerte; 3.% Bóvedas en la iglesia, y 4.% Capilla de la otra casa de la Misericordia, 
el P. Angeles debió ser sepultado en la tercera, porque, según se dice (f. 163): las «Bóvedas 
que están en la iglesia para entierro de señores Capellanes y Cavalleros particulares» donde 
incluían también los Confesores. ¿Dónde estará el libro I de Difuntos de aquella casa? 

(') Porque hablan de él como de persona viva en junio, julio y agosto de 1609, y estando 
impresa la primera parte del libro en 1609, según dice el colofón, acudieron en febrero de 1610 
por otro privilegio, porque «se había perdido el primer privilegio» y con esto hay fundamento 
para suponerla á últimos del año anterior. 

O Dejando para el lector anotar los muchos textos en que alude en la primera parte á la 
segunda y tercera, anticipo el siguiente: «una revelación de Santa Brígida que veremos en la 
>fuarta parte» (Vergel del úmma, pág. 257). 

(^) Pérez Pastor, Bibliograjía Madrileña, i. II, pág. 176, núm. 1082, anota: «Obligación 
de Francisco del Yal, mercader de libros, en favor de los Frailes Descalzos de la Provincia de 
San José, de la Orden de San Francisco por 2.658 mars. que les debe como resto de 88.896 
maravedís que montan 800 libros en papel intitulados Vergel espiritual, que compuso el Padre 
Fr. Juan de los Angeles, predicador, etc.. Madrid, 26 de julio de 1611» (Archivo de Protoco- 
los. .Tnan Manrifjiíe, prot., año 1611, f. 541). 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES LI 

allí había también sin imprimir (*); quedando tal vez enterrados para siempre bajo los 
escombros de la exclaustración los mejores filones de literatura mística de nuestro pre- 
claro escritor. La misma suerte que los manuscritos del Vergel espiritual corrieron los 
Comentarios sobre el libro del Cantar de los Cantares^ de los cuales sólo imprimió la 
cuarta parte, digo, los dos primeros capítulos, aunque por las citas que hace de otros 
se puede asegurar que lo había comentado hasta el cabo. 

32. Y aquí debía terminar esta desmañada Introducción si no estuviera obligado, 
á fuer de editor, á recoger los juicios que se han hecho de mi hermano y de sus obras, 
como flores que embellezcan la corona de su fama postuma. Algo he dicho ya de lo que 
sentían de él sus contemporáneos, y mucho más se hallará en los preliminares de cada 
una de las obras que aquí se reproducen: también creo haber dado la clave para expli- 
car por qué no fué tan honrado y estimado como merecía por sus trabajos, méritos, 
escritos y virtudes, y así me bastará alegar los testimonios más desinteresados de coetá- 
neos, los cuales reservé de intento para este lugar, como ángeles de paz que lloraran 
sobre la tumba de mi hermano. 

Sea el primero Juan Molina, teólogo, doctor y capellán de la emperatriz María de 
Austria, el cual, amén de apellidarle eruditísimo y muy devoto, no teme afirmar ante 
la faz del mundo que «siendo difícil guardar el debido decoro en la exposición del 
Cantar de los Cantares, lo había logrado con tal perfección en las consideraciones por 
él escritas, que claramente podía reconocer como gracia especial del divino Espíritu 
haber puesto en su boca palabras limpias, propias y bien sonantes para lograr exponei' 
el sacrosanto y divino cantar en que se encierran tantos misterios (mejor podría decir 
que tiene más misterios que palabras) con lenguaje propio y honesto, sacando suave- 
mente para los fieles de la Iglesia miel de la piedra y aceite de la durísima roca, esto 
es, de la corteza de su letra desgranar con sus manos las espigas y darles á comer con 
gran contentamiento la medula espiritual que entraña» (^). 

No es menos elocuente, aunque más breve, el elogio del P. Fr. Juan Carrillo, 
cuando en la lista de los confesores de las Reales Descalzas de Madrid dice que «El 
P. Fr. Juan de los Angeles, siendo Provincial de la Provincia de San Josef, dejó ei 
oficio para venir á esta santa casa: fué varán doctísimo y de singular espíritu, como 

(*) No es un grano de anís lo que se perdió al saquear el ax-chivo del Convento de San Gil, 
cuyos protocolos y legajos se malvendieron para envolver especias; pues según el cronista tantas 
veces citado, en 1737, cuando él escribía «en el archivo de esta Santa Provincia hay al pie de 
ochenta tomos manuscritos, de los cuales los cincuenta son en crecido foUo y algunos con más de 
mil y quinientas páginas» (Lib. II, pág. 307). Y que aüí estuviesen los volúmenes que dejó el 
P. Angeles, lo indica en la pág. 257, cuando dice: «Escribió en folio tres libros, intitulados: Ver- 
gel espiritual del Anima Religiosa que desea sentir en si y en su ctierpo los dolores y pasioms de 
Jesús y conformarse con El en vida y muerte: En que se trata de los Varones y Mujeres ilus- 
tres que en esta materia fueron aventajados... Dirigidos á la C. R. M. Rey D. Phelipe tercero 
de este nombre. Se estamparon en Madrid en la oficina de Juan Flamenco el año de 1609, y en 
la Imprenta Real, año de 1610; de los cuales se conservan en dos tomos separados los origina- 
les del segundo y tercer libro en el Archivo de esta Santa Provincia, litera A, libros veinte y 
y cinco y veinte y seis». Y así como se equivocó en apuntar como dos ediciones lo que fué una 
sola con colofón de un año y pie de imprenta de otro, aún se engañó más en juzgar como impre- 
sos el segundo y tercer libro, que no vieron la luz, y él hubiera podido reproducir con más pro- 
vecho de las almas que editando los dos libros apologéticos, que no resolvieron en concreto 
mucho más de lo que nos había enseñado en los de historia y bibliografía que á éstos preceden. 

C*) Cantici Canticorum tractatus, Matriti, 1607, f. 8 preliminar v. Allí está en latín, y por 
ende con más elegancia que aquí va. 



LII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

lo muestran los libros que escribió sobre los Cantares y de la Presencia de Dios. 
Murió en esta santa casa» (•). Con este frisa mucho lo que dice otro cronista de la Pro- 
vincia de Castilla, el P. Salazar, cuando apunta que Últimamente tuvieron por confesoi- 
estas Señoras Monjas al P. Fr. Juan de los Angeles, hombre muy docto y grande ¡rre- 
dicndfív. murió en dicho convento» (*). Y aunque extranjero, es muy apreciable el tes- 
timonio del traductor francés de las Consideraciones sobre el Cantar de los Cantares. 
el cual, explicando en el prólogo el interés con que había buscado por mucho tiempo 
libros que proporcionasen á sus lectores tanto provecho como placer (autant de profií 
que de conté ntement) ^ no perdonando para ello diligencias propias ni las de sus ami- 
gos laboriosos, confiesa que da buena suerte le había puesto en las manos un libro 
tan digno de su curiosidad como del deseo de agradarles, y se consideraría culpable si 
ocultase las excelencias que encierra y no les diese parte de su venturoso hallazgo.> 
con esperanza de que sería tan bien recibido entre sus compatriotas galos como entre 
los españoles, que «han hecho de él un aprecio maravilloso» (Qui en font une mervel- 
lleuse estime) (^). 

33. Todo me sabe á poco para tan ilustre escritor, y así creo les parecerá á mis 
lectores. Es verdad que los cronistas del siglo xviii fueron más justos y equitativos, 
llamándole á boca llena varón muy veneralñe^ manifestando el deseo de introducir su 
causa de beatiücación en Roma: es verdad que los bibliófilos franciscanos, desde Wa- 
dingo hasta Pedro de Alba y desde Fr. Juan de San Antonio hasta Marcos de Alcalá, 
suplieron los descuidos y deficiencias de los contemporáneos de este gran místico, si- 
guiendo su ejemplo otros extraños á la Orden, como Nicolás Antonio, en su Biblioteca 
Nova Hispana; pero la verdadera reparación de los honores debidos al autor de los 
Triunfos del Amor de Dios la dejó Dios para los tiempos modernos, en que, abun- 
dando los desconciertos y trastornos sociales y morales, no ha faltado orientación 
crítico-liteiaria para ver y explotar mineros riquísi?nos de sabiduría en nuestro 

siglo de oro. 

El primero que le hizo justicia, saludándole como psicólogo y moralista entre los 
místicos españoles, fué Pablo Rouselot, á quien de grado le perdono todas las inexac- 
titudes históricas que dijo ('*), más los desmedrados encomios que le tributa (^), porque 
tuvo la desgracia de no conocer más que dos obras del P. Angeles, y éstas no en su 
original castellano, sino en las traducciones francesas que se habían hecho de la Lucha 
espiritual y Consideraciones sobre el Cantar de los Cantares {^'). Pero no se le puede 
excusar de una afirmación cerrada que hace sobre nuestro místico, diciendo que «no 

(•) Relación histórica antes citada, pág. 48. 

(-) Como no tengo á la vista la Crónica de este escritor, que publico la suya en Madrid. 
Imprenta Real, 1612, tumo la cita de Fr. Marcos de Alcalá, t. II, lib. IV, pág. 249. 

(••) Considerations típirituelles arriba descritas, en el f. 2." preliminar. 

(*) Por ejemplo: 1.', que fu»- Vicario de la Provincia de San José en vez de Ministro Pru- 
vincial; 2.", que fué confesor de .Juana de Austria en lugar de la Infanta Margarita de Austria, 
V 3.', la tnás garrafal y que parece inverosímil, poniendo el catálogo de sus obras, decir que flore- 
ció en la primera mitad del siglo xvi. (Véase Mysüques Espagnols. París, 1867, págs. 114-122). 

(') f(Ce qui distingue Jean des Anges ce n'est pas Toriginalité de la doctrine» (Ibidem, 
pág. 122). ¿Hubiera afirmado tal cosa si hubiera tenido la suerte de leer los Diálogos de la 
Contjuista del Reino de Dio>f? Creo que no. 

(?) Son las únicas que alega, y como no poue un solo texto en castellano, como lo Lace en 
«itrof, autores, fundadamente aseguro que sólo vio las versiones francesas. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES Lili 

nombra loia sola vez ni á Santa Teresa ni á San Juan de la Cruz» (*). Y esta acusación 
no la fundó, como el señor Torres Galeote (^), en los Triunfos^ que Rouselot no leyó ni 
en todo ni en parte, sino en la misma Lucha espiritual^ que cita j da pruebas de 
haber leído. En efecto, repite en ella (capítulo II de la parte 11) lo que había escrito en 
los Triunfos sobre la escena del serafín que la llagó, y no alcanzo cómo dijo una fal- 
sedad y mentira histórica tan descarada, si no es fingiendo que le faltaban muchas hojas 
al ejemplar de la Lucha que leyó. Y respecto de San Juan de la Cruz, no está menos 
clara la cita que de él hace en las Consideraciones sobre el libro de Salomón, citado 
también por Rouselot. Sino, dígame el crítico trances ¿quién podía ser «Un religieux 
fort spirituel et contemplatif a fort bien dit que cette operation de Taimé devoit etre 
nommé doux cautére et playe agreable»? (3), ó, como dice en castellano: «Dijo muy bien 
un religioso espiritual y de alta contemplación que este obrar del Amado— la trans- 
formación del alma por amor — se había de llamar cauterio suave y llaga regalada» {*). 
Esto es lo que más deslustra la crítica del profesor de Dijón^ con quien estoy lejos de 
ensañarme, como otros que no tienen que agradecerle tanto como nuestra Orden, pues 
probablemente sin él hubiéramos tardado más tiempo en conocer los libros del padre 
Angeles. 

Las faltas y menguas del filósofo francés las suplió cariñosa y sabiamente el por- 
tento de su siglo y eminente polígrafo santanderino Menéndez y Pelayo, cuyo nombre 
será más inmortal que el del restaurador de Covadonga, porque á mi parecer sacrificó 
más tiempo su vida y salud por España, y palpitando amores hacia ella coronó su exis- 
tencia con un fin tan cristiano como convenía al autor de los Heterodo.ws Espafwles (■^). 

(^) i-(Quaut aux autres, Sainte Thérése, Jean de la Croix, il nc les nomme pas une seule fois, 
etcétera», (Obra cit., pág. 122). 

(*) D¿scurttos leídos ante la Real Academia Sevillana, Sevilla, Lib. é Imp. de Izquierdo 
3' C*, 1907, pág. 55. Para reprenderle por los Triun/oí< aún había más razón para hacerlo por 
el Manual de Vida jierfecia, donde copia largos párrafos del Camino de perjección. 

(*) Gonsiderations spirituelles citadas, pág. 829, donde conservó el traductor el ladillo cas- 
tellano «Cauterio suave y llaga ragalada es el amor divino» vertiéndolo al francés más breve- 
mente: «L'amour divin est un doux cautére». 

(*) Gantici Canticorum, etc., citada, pág. 454. 

C) Arrasados aún los ojos en lágrimas por la muerte del ]>atriota más querido y amigo más 
sacrificado por los suyos, séame lícito dedicarle una nota biográfiea que, aunque fuera larga, 
sería siempre corta para sus méritos é incomparables excelencias. Nació en Santander, año 1856. 
Sus buenos padres, con la piedad le inspiraron amor á las letras, y después de brillante carrera, 
que cerró con la licenciatura en la Universidad de Barcelona, bajo la docta dirección de Milá y 
Fontanals, ganó por oposición la cátedra de Historia Crítica de la Literatura Española en 1877, 
dictándose para esto una Real orden que fijaba en veintiún años los veintitrés que antes se 
necesitaban para regentarla. Después de este triunfo su vida fué una cadena no interrumpida de 
empresas, tanto más gloriosas cuanto menos interesadas y mejor movidas del amor patrio. Esto 
es á mi ver lo más admirable y sublime en la vida de este grande hombre. En todas sus obras, 
desde la Historia de los heterodoxos españoles hasta las Antologías di' poetas líricos castellanos 
ó hispano-americanos; desde el discurso de recepción en la Real Academia Española en 1881 
hasta las Dos palabras sobre el centenario de Balmes, en 1910; desde la creación de los Biblió- 
filos españoles hasta la continuación de la obra Rivadeneira en la Nueva Biblioteca de Aidores 
Españoles, donde deja cuatro tomos de mérito inapreciable; desde Horacio en España hasta el 
Discurso en el certamen literario del Congreso Internacional de la Eucaristía, palpita y bulle tal 
entusiasmo por España, que yo no conozco autor que con más suavidad y fuerza infiltre el amoi- 
á la madre patria. Algo hizo ésta á favor de su insigne hijo, pagándole viajes y excursiones al 
extranjero, encargándole la dirección de la Biblioteca Nacional y la Academia de la Historia y 
levantándole por manos amigas el Homenaje á Menéndez Pelayo; pero fué tan poquito con rela- 
Obbas BiisitcAs DEL P. Angeles. — e 



LIV INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

No puede disimular las preferencias que siente hacia los franriscanos, porque *Los 
libros más clásicos y bellos acerca del amor de Dios durante el siglo xvi son debidos ¡i 
plumas de frailes Menores», y entre todos ellos le atrae y cautiva «Fv. Juau de los An- 
deles, uno de los más suaves y regalados prosistas castellanos, cuya oración es río de 
leche y miel. Confieso que es uno de mis autores predilectos: no es posible leerle sin 
amarle y sin dejarse arrastrar por su maravillosa dulzura, tan angélica como su nom- 
bre» . Por eso, después de los Nombres de Cj-isto de Fv. Luis de León, «no hay libro de 
devoción que yo lea con más gusto que los Triunfos del Ainor de Dios y los JJiálof/oa 
de la Conquista del espiritual y secreto reino de Dios, libros donde la erudición pru- 
íana se casa tácil y amorosamente con la sagrada; libros donde asombra la verdad y la 
profundidad en el análisis de los afectos; libros que deleitan y regalan por igual al 
contemplativo, al moralista y al simple literato. Moralista y psicólogo es, sobre todo. 
Fr. Juan de los Angeles: ya lo reconoció Kouselot. Y' es que pai-a Fr. Juan de los An- 
geles la disciplina amatoria, que decía el discípulo de Sócrates, abarca toda la moral y 
la psicología: «quien tiene ciencia del amor la tiene de todo el bien y mal del hombre, 
de todos los vicios y virtudes, de su felicidad y perdición, y quien esto ignore dése por 
ignorante de todo género de bien ó mal que toque al hombre» ('). Con gusto conti- 
nuaría copiando trozos y más trozos del autor de las Ideas estéticas si no temiera 
cansar á mis lectores, que en su mayor parte conocerán la obra que he citado. Si como 
hizo la crítica de estas dos obras del P. Angeles, únicas que tenía en su poder, las hu- 
biera visto todas, tendríamos ahora un retrato de cuerpo entero del místico aviles; pero 
eran tan raras sus obras, que resultaba empresa de muchos años reunirías, y ha l)ajado 
al sepulcro sin saborearlas en el conjunto que ahora se imprimen por su valiosa reen- 
mendación. 

Habiendo hablado con tanto entusiasmo quien pudiéramos llamar maestro de los 
maestros españoles ¿á quién sorprendei-á que menudeasen en pos de él los panegiristas 
y admiradores del P. Angeles? Sería imposible recoger en los estrechos límites de una 
introducción todos los elogios que se le han tributado; pero picaría en injusticia no 
nombrar á los principales que. adelantándose á sus heimanos de hábito, trabajaron por 

«■ion á sus méritos, que ni con inundaciones de un Amazonas de llantos se podrán borrar sus 
descuidos en no darle todos los hombres y dineros que necesitaba para poder terminar la líistoriu 
crítico- literaria de nuestra nación, de la cual Ideas estéticas. Ciencia Española y las Antologíaií 
sólo son ricas y fecundas muestras. Todos los españoles tenemos con él deudas que no pueden 
pagarse; pero los Franciscanos le debemos gratitud y eterno reconocimiento, porque sin él muchos 
de los hijos que ahora ven entronizados estarían en el sepulcro del (jlvido. Yo me complazco en 
(;onfesarlo paladinamente, y después de encomendarle á I )Í08 y á mi Padre San Francisco y dedi- 
«•arle los sufragios que he podido, depositaré sobre su tumba una flor que no se marchitará jamás, 
porque es capullo de virtud: me refiero al espíritu de sacrificio con que estando en Madrid atendía 
ú cuantos deseaban consultarle, consagrando tres ó cuatro horas de los domingos á oír y satisfacer 
á los que necesitaban sus consejos, en vez de tomar el descauso y solaces que necesitaba su vida 
laboriosa. Por eso yo sin titubear le daría el título de mártir del amor á la patria, y si me pidieran 
un epitafio le pondría el siguiente: <íAquí descansa Menéndez y Pelavo, español que vivió oin- 
••uenta y seis años sólo para sus hermanos, y fortalecido con los Sacramentos de la Iglesia murió 
como buen católico besando la cruz en 19 de mayo de 1912. R. I. P. A. Lv memoria abtkrna 

KRIT .ÍU8TD8)>. 

o Ideas Estética», t. 11, vol. 1.'', siglos xvi y xvu, págs. 18b-143. No sólo en esta obra, 
pero también en la Ciencia Española, alaba al místico Descalzo, y careándolo con San Juan de 
la Cruz, desafía á todas las naciones á que le presenten místicos como esta pareja que España 
crió eu su suelo. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. fR, JUAN DE LOS ANGELES LV 

vulgarizar lüs libros del autor de los Triunfos. ¿Quién no ha leído la hermosa y galana 
introducción con que el doctísimo académico señor Mir convidaba á leer los Diálogos 
(le la Cotiqiiista del reino de Dios? (•) Después de saludar al autor de este libro como 

uno de los teólogos más eminentes de aquella edad, la más gloriosa por la excelencia 
(le sus doctrinas é investigaciones teológicas», dice que en sus diálogos xosténtase toda 
la grandeza y sublimidad propia de los teólogos españoles de aquel tiempo, no menos 
que la doctrina mística de la escuela franciscana, unida á la alteza y profundidad de 
conceptos de uno de los más profundos contempladores de los Misterios divinos que liu 
habido en España» . Y más adelante nos dice que «la sublimidad de su enseñanza, la 
apaeibilidad de su estilo, la viveza de su imaginación, la ternura de sus afectos, la san- 
tidad y pureza que destellan de sus páginas nos atraen y como embelesan de tal manera, 
(|ue sin advertirlo nos identificamos con las ideas y sentimientos que bullían en el 
pecho de su autor, y aun parece que trabamos amistad con él y nos lo figuramos vivo 
y presente y como que adivinamos los rasgos de su fisonomía, y ya que no nos sea posi- 
ble gozar de su conversación y presencia, nos consolamos con el pensamiento de que 
aquella alma suya tan pura, tan amable y hermosa, vive en la inmortalidad de los 
Ifienaventiu-ados, gozando de Dios y ayudándonos con su intercesión en el acatamiento 
de la Divina Majestad para obrar el bien y ejercitar la virtud y vencer las dificultades 
y asperezas que se ofrecen en el camino de la vida cristiana» (^). ;.Qué más pudiera decir 
eJ franciscano más encariñado de las excelencias de su Orden que, aunque pobre de 
bienes temporales, enriqueció la patria con joyas de ciencia y literatura? 

Pues no se enardece menos el cura de Omniuní Sanctornm de Sevilla, que no 
contento con adoptar al P. Angeles como hijo de aquella ciudad por su educación, arte 
y estilo, ni con darnos una razonada monografía de los THunfos, cuya dedicatoria allí 
fechó, rompe lanzas defendiéndole contra Kouselot, y deja sentado que el libro citado es 

áureo y singular por la doctrina y estilo angélico que en él campea, desde el princi- 
pio hasta el fin, sin semejante por su trabazón y claridad, literario y artístico todo él. 
sin que empañen su limpieza amplificaciones inútiles, tan frecuentes en algunos clási- 
cos y escritores modernos, y alardes vanos de ciencia y palabras. Dios, el hombre, la 
filosofía antigua y la escolástica, todo sale de su pluma á las mil maravillas: Dios 
recibiendo la gloria accidental de sus criaturas por el amor, (|ue en todas se halla, y 
uniéndese al hombre por trazas amorosas las demás, logrando el punto de perfección 
extremada que puede dar la razón humana» (^). 

34. En fin, muy de pasada y como de refilón, alabando á su incomparable her- 
mano el autor de los Nombres de Oristo, nos dice el P. Miguélez lo que siente sobre 
nuestro místico, cuando afirma que -Pr. Luis de León describe con delectación moro- 
sa los encantos y atractivos y hermosuras y esplendideces y rozagancias de la natura- 

(') Hizo la reedicióu estando todavía en la Compañía de Jesús, en Madrid. Nueva librería 
e imprenta de San José, calle del Arenal, núm. 20. 1885, tamaño en 8.", de págs, XXVI-412. 
La Introducción ocupa las V-XIII preliminares, líedujo la portada, abreviándola según el gusto 
moderno; pero no tanto como la que hizo en Madrid La España Editorial (sin año), que impii- 
mió en un tomo en 12." dos Diálogos de los diez, con el título de •i.El Reino de Dios, por Fray 
Juan de los Angeles» en 180 páginas, lí'o sé si en tii^nqios modernos se ha hecho otra edición. 
Se anunció una en 1906, pero yo no la he visto. 

('-) Ibideni, Introducción, págs. X y siguientes. 

(^) La Mística española 6 los Triunfos, etc., por D. Francisco de Torres y Galeote. Sevilla, 
1907, págs. b2 y siguiente. 



LVI INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAFICA 

leza, para llevar y prender el alma á Dios con los lazos de Adán, al revés de San Juan 
de la Cruz y Fr. Juan de los Angeles, que alardean de prescindií- de la naturaleza con 
el empeño y las prisas que se dan de meter al alma en Dios y á Dios dentro del alma. 
sin ruidos de imágenes sensibles. Esto será más divino, pero aquéllo es más divina- 
mente humano y acomodado á nuestra manera de ser actual y á las trazas de que Dios 
se sirve para abrirse paso hasta nosotros, según los destellos y enseñanzas de la reve- 
lación» ('). Sin entrar en el examen de las afirmaciones que hace el padre agustino 
sobre la mística de los dos genios é intérpretes más ilustres de nuestros sentimientos 
religiosos, yo, por lo que respecta al P. Angeles, sólo sabré decir que el P. Xiguélez ni 
ha leído todo lo que escribió el autor del Vergel espiritual del ánima religiosa, ni ha 
calado bien lo poco que había leído; porque ni prescinde de la naturaleza el que des- 
cubre los tesoros que en ella encierra y los medios con que cuenta para lograr el ideal 
de sus aspiraciones, como lo hace en sus Triunfos, ni revela prisas ni empeños el que 
tratando de la Conquista de esa ciudad de la unión con Dios exige en sus Diálogos 
sólo para comenzarla, dos condiciones que suponen muchos años de sudores y fatigas, 
á saber: «La primera es desterrar de todo punto los pecados de tu alma por la verda- 
derísima penitencia. La segunda, pelear cotí doce enemigos que defienden la entrada 
deste divino Reino como doce fieros jayanes, los cuales vencidos queda libre para mo- 
rar en él con mucha paz, guardando empero las leyes que después te daré, que serán 
pocas y muy esenciales» (^). Y porque era buen psicólogo y conocía á fondo el corazón 
humano, dijo, previniendo las censuras que pudieran hacerse de su sistema de enseñan- 
za, que por el camino de los afectos y aspiraciones «alcanza el ánima unión y trans- 
formación en Dios y con Dios, que se llama deificación, no mística (que pertenece más 
al entendimiento y se halla en pocos y tiene engaños no pocos ni pequeños), sino real 
y común por vía de voluntad perfectamente conformada y transformada en la voluntad 
divina con amor perfecto, que hace obrar, aun sin pai'ticular luz y conocimiento, todas 
las acciones en Dios y por Dios; de la cual deificación todos son capaces y con facilidad 
de entendimiento la alcanzan todos, pero no sin grande trabajo y cruz de la vo- 
luntad» {% 

Y esto baste por ahora, dejando para cuando se publique la parte segunda de este 
tomo ponderar que no le faltan al P. Angeles descripciones arrobadoras de la divina 
hermosura como atractivo para cautivar las almas en el amor de Dios y de su Hijo Je- 
sucristo. Para entonces quedará también mi juicio y pobre opinión sobre las obras de 
este místico, porque para darle el lugar y asiento que le corresponde entre los místicos 
franciscanos y españoles no queda espacio en estos jirelimiuares, ya exorbitantes y 
harto largos. 

35. Añadiré, esto no obstante, dos palabras más para decir á los lectores que la 
presente edición de las obras del P. Angeles es un desagravio solemne y público de la 
Orden franciscana en reparación de los descuidos y desatenciones que con él tuvo á 
raíz de su muerte y en los siglos pasados sin reproducir sus obras tan útiles como ins- 
tructivas. Por eso miro yo como providencial que, sin pretenderlo, hayan contribuido 
todas las Provincias seráficas de España á que este tomo saliera con la debida confrou- 

(') Los Nombres de Cristo, edición 17, Madrid, 1907. Prólogo biográfico, pág. XLIX. 
(■^) Diálogos de la Conquista, pág. 52 en este libro, diálogo lí, párr. II. 
(.*) Manual de Vida per/ecta, fin del diálogo VI, pág. 262. 



OBRAS MÍSTICAS DEL P. FR. JUAN DE LOS ANGELES LVII 

(ación de textos y ediciones príncipes que tanto avaloran estas reproducciones: la Pro- 
vincia de Santiago me dejó para copiarlo el Tratado de considei'acíofies sobre el Cantar 
de los Cantares^ y me sirvió, por medio del P. Fr. Atanasio López, las noticias biográti- 
cas del Arzobispo de Santiago, amigo del P. Angeles; la de San G-regorio de Filipinas me 
proporcionó, por conducto de sus dos archiveros de Pastrana, los datos auténticos que 
doy á conocer sobre el provincialato del célebre místico; la de Cartagena entregóme las 
tres ediciones que tenía de los Diálogos de In Conquista; la de Sevilla me buscó lo que 
necesitaba del Archivo municipal, y quedóse contrariada por no hallar cuanto esperaba; 
la de Cantabria me dejó los libros que tenía de nuestro escritor; la de Cataluña me 
acudió con otros volúmenes raros de coetáneos del P. Angeles, que convenía consulta]-; 
el Colegio de Chipiona, enviáudome la edición príncipe de los Diálogos que debía repro- 
ducir, y la mía de Valencia interesándose mis Prelados provinciales en pagar las co- 
pias de los libros que sólo se hallaban en bibliotecas públicas, como la Presencia de 
Dios de mil seiscientos siete, en la de la Universidad de Barcelona, y los Misterios de 
la Misa, que me trasladaron del existente en la de San Isidro de Madrid. Agregúese á 
esto la complacencia con que el Rvmo, P, Fr. Juan Pagazaurtundúa, Vicario "General 
de los franciscanos en España, me autorizó para viajar por Oropesa y pueblos limítro- 
fes para pesquisar noticias y papeles del sujeto aquí historiado, más el interés con que 
los padres capuchinos Miguel Ángel y José María de Elizondo y Celestino Añorbe me 
dieron á conocer los libros que podrían orientarme para escribir la Introducción, y no 
se tendrá por exagerada mi apreciación de que Dios ha querido honrar a su fiel siervo 
despertando ahora esa corriente de simpatías, que se trocará en admiración y entusias- 
mo cuando se conozcan todas sus obras. 

El primer propósito fué reproducirlas todas, creyendo que cabrían en un solo volu- 
men; pero pronto me desengañé y vi que era imposible. Consultándolo, pues, con el se- 
ñor Menéndez y Pelayo, desistí de reimprimir los Triunfos porque, bien examinados, 
la Lucha espiritual era una edición abreviada y mejorada de los mismos, donde no 
faltaba ningún pensamiento importante y tenía añadidos preciosos, como los «Senti- 
mientos admirables de un religioso sacerdote» después de celebrar la Misa; y sólo im- 
primo los preliminares, que se dejaron en la impresión moderna, y las Meditaciones, 
que no repitió en la Lucha; así no habrá sobras ni faltas en esta colección. 

También era mi deseo imprimir las obras por orden rigurosamente cronológico: 
pero impresos los Diálogos de la Conquista, pareció prudente hacei- una excepción á 
favor del Manual de Vida perfecta, que el autor llama Segunda parte de la Conquista, 
y la necesidad me obligó á hacer otra por no haber hallado la edición príncipe del tra- 
tadito de la Prese?icia de Dios, el cual fué publicado antes que los Soberanos Misterios 
de la Misa. Además, como el libro sobre el Cantar de los Cantares no podía incluirse 
con los demás, aunque solamente hubiéramos impreso los Diálogos de la Conquista, 
dejé aquella obra para una segunda parte, ya que sin ella no pueden conocerse ni los 
puntos que calza en erudición exegética é histórica el P. Angeles, ni las teorías filosó- 
ficas que más le cuadran y complacen. 

En fin, se ha seguido en la reimpresión de estas obras la regla prudencial que el 
Director de la Biblioteca, de acuerdo con los impresores, había tomado como norma 
ordinaria para la divulgación de obras antiguas: Que de tal manera se respete la mor- 
fología de las palabras que se introduzca la ortografía generalmente adoptada por la 



LVIII INTRODUCCIÓN BIO-BIBLIOGRAnCA A LAS OBRAS MÍSTICAS DEL P. ANGELES 

Real Academia Española, para que no queden contentos los pocos bibliófilos y descon- 
tentos los muchos lectores que quieran comprarlas. Asimismo se han intercalado entre 
el texto las citas de autores que las ediciones antiguas llevaban al margen, y muchas de 
ollas corregidas y aumentadas, según podrá comprobarlo el curioso lector. 

Muchas cosas hallarán de menos los eruditos en la anotación de estas obras ('), como 
índice de autores alegados, glosario de palabras que no se hallan en el Diccionario, et- 
cétera etc. Algunas de estas omisiones son voluntarias, para no hacer el volumen más 
abultado; otras, porque parece más propio guardarlas para apéndices dp la segunda 

parte. 

Hasta mañana, pues; digo, hasta que se impriman las obras que faltan de nuestro 
angélico escritor, haciéndole tres ó cuatro años después del tercer centenario de su muer- 
te el homenaje que sus contemporáneos no quisieron hacerle, como las exequias más 
dignas de quien consagró la mayor parte de su vida al provecho de los demás. 

Fr. Jaime Sala. o. /. m. 
Convento de Santo Espiritv del Monte, por Gil<:t ( Valencia), Mayo de 1912. 



(}) Cuando no se advierte otra cosa, las notas que hay son mías, pues las marginales y Iop 
ladillos del autor se han conservado dentro del texto: con esta advertencia evito el repetir las 
iniciales N. del E. 



APÉNDICE A LA LNTRODLICCÍON 

Sermón (') que en las | honras de i. a Católica ' Cesárea Majestad de la empera- 
triz NUESTRA señora 1 PREDICÓ EL PADRE FRAY JUAN DE LOS ÁNGELES, FRAILE DES- 
CALZO DE LA Provincia de San Josef, Predicador | de su Majestad y confesor 

DEL CONVENTO REAL i DE LAS DESCALZAS DE MADRID. EN 17 1 DE MARZO DE 1603. (Seíío 

cíe los Reyes de España.) | En Madrid, i En casa de Juan de la Cuesta. Año 1604. 



APROBACIÓN 

Por comisión del señor doctor I>. Fraucisco 
de Carvajal, Vicario general desta villa de Ma- 
drid y su tierra, he visto el sermón que predicó 
el P. Fr. Juan de los Angeles, predicador de 
la sacra y cesárea Majestad de la Emperatriz 
que está en el cielo, en sus honras; y no hay 
en él cosfl contra nuestra santa fe ni buenas 
costumbres. Es muy digno de que todos le 
lean, por tener muy sana y provechosa doc- 
trina, tratada con mucho espíritu y erudición, 
d«» que todos se podrán ayudar y aprovecha)- 
mucho para el bien y consuelo de sus almas y 
tomar ocasión de bendecir al Señor de todos, 
porque en tiempo que su santa Iglesia ha pade- 
(íido y padece tantos y tan graves trabajos y 
daños, ha sido servido, por su infinita bondad, 
de consolarla y animarla con un tan vivo y efi- 
caz ejemplo de toda virtud y santidad, como lo 
r'né toda la santa vida y preciosa muerte de su 
Majestad, que ya está en el cielo, favorecién- 
donos y amparándonos á todos con sus santas 
<.>raciones, como siempre lo hizo de todas mane- 



ras estando acá eii la tierra: y así me parece 
que se debe imprimir. 

En este Colegio de la Compañía de Jesús 
de Madrid, 17 de Mayo de 1604, Cristóbal 
de CoUantes. 

LICENCIA 

El Doctor D. Francisco de Carvajal, Vicario 
¡general de la villa de Madrid y su partido 
por el ihistn'simo señor Cardenal D. Ber- 
nardo de Eojas y Sando^al, Arzobispo de 
Toledo, mi señor, etc. 

Por la presente doy licencia á cualquier im- 
presor para que pueda imprimir el sermón qu»- 
hizo el P. Fr. Juan de los Angeles en las hon- 
ras de la Majestad de la Emperatriz, que va 
escrito en veinte hojas, escritas en todo ó en 
parte, atento que por mi orden ha sido visto y 
está aprobado. Fecho en Madrid, á veinte y 
uno de Mayo de 1604. — El doctor D. Fran- 
cisco de Carvajal. — Por su mandado, .hian 
Gutiérrez, Notario. 



|f. 2j Tune surremit loh , at ncidit vcstimeata sua, et tongo 
rápita curruens in terram adoravit, et dixit: Nudtis egresnus 
sum de útero inatris meae, et nudiiit rewrtar illuc: Dontinu," 
dedit, Domimis ahstnlü: .ñcvt Domino placiiit, ita favtnm ent: 
.lit nomen Domini ht'nt'dietiim ílob, I). 



Siempre fué dificultoso acertar con el medio 
en las cosas; y tanto, que no fueran bienaA'en- 
tnrados los que lo son fci no acertaran con él 
y le guardaran: Médium temiere beati. Y el 
i'tro poeta latino dijo: 

Est modus in reins; nnnt certi deniquc Jinv- 
(^uo,<í ultro, citroque, nequit consistiré rfictnm. 

La virtud está en el medio; y por eso dijo 
Aristóteles que versabatvr cirea dif/icile. l)e 



cualquiera suerte que os apartéis del blanco, 
' por alto ó por bajo, por un lado ó por otro, 
i erraréis el tiro ; porque no hay para él más do 
un camino, y ese es el medio. Y aunque esto 
tiene verdad en todas las acciones humanas, 
tiénela particitlarmente cuando el que busca c] 
medio está turbado y alborotado: que todavía 
el quieto y sereno atina mejor con él. El piloto, 
aunque muy diestro y que con buen tiempo 
viene derecho al puerto como por estrada real. 



V') Hállase en la Biblioieca Nacional de Madrid, Secrión dt Varios, Cajón 39, Sig. l-72-2tí. 



LX 



SERMÓN FÚNEBRE A LA EMPERATRIZ MARIA 



en [f. 2." V.] la tormenta, con la turbación y 
alboroto, muchas veces pierde el tino y da con 
el navio á londo. Turbati sunt, et moti sunt 
Hcut ebriiis, etc. (Psalm. 106). Y el tirador 
certero que siempre clava el blanco, si le tiem- 
bla el brazo ó hace recio viento, suele dar muy 
lejos del. Cada día vemos hombres que, siendo 
mny atinados en la bonanza, cuando están tur- 
bados con pasiones, ora de tristeza, ora de ale- 
laría, desatinan y dan, como acá decimos, una 
en el clavo y ciento cu la herradura. Cuál será 
el medio que se deba tener en las muertes de 
los que bien queremos, cuando estamos serenos 
y sesgos muchos lo acertamos á decir; pero 
cuando da el golpe en nuestra cabeza, muñén- 
dose el hijo único, la mujer, ó el marido, ó la 
cosa que más se ama, así nos entontece y turba, 
«jue no atinamos al medio, ni sabemos moderar 
el sentimiento. El Patriarca Jacob, con todo su 
seso, diciéndole que era muerto su hijo Josef, 
dice la divina Escritura (Genes., 37) que se 
vistió de cilicio y lloró muchos días ; y querién- 
dole consolar los otros hijos, noluit consola- 
tionem accipere sed ait: Descendam ad filium 
meum lugens in inferniim, quiere decir: Con 
este dolor moriré y entraré en la sepultura. 
San Agustín dice que fueron estas palabras de 
ánimo turbado, y tan tui'bado, que le duraron 
el luto y las lágrimas veintitrés años continuos. 
David lloró á su hijo Absalón hasta que el 
capitán .Toab le amenazó con el ejército y pér- 
dida de su gente (II Reg., 18, 19). Y al otro 
hijo Anión (otro que tal) lloró con tanto extre- 
mo, que la Escritura lo escribe con una pala- 
bra femenina: Luxit David fdium suum rmdtts 
diehus. Alii cunctis diebm (II Reg., 3) toda 
su vida. En el Hebreo, luxit es femenino; 
quiere decir: lloró ella, llaman[f. 8]do mujer á 
David, siendo hombre de tanto valor, por los 
extremos que hizo. Solón, uno de los siete 
sabios de Grecia, oyendo decir que un hijo 
suyo se había muerto, se dio muchas calabaza- 
das en una pared. Y viendo Tales, otro filó- 
sofo, esta demasía, riéndose le dijo: Veis ahí, 
Solón, por qué yo no me caso. Julio Capitolino 
escribe de Gordiano, el más viejo, que sabiendo 
la muerte de otro su hijo se ahorcó. Otros 
toman el contrario extremo, que se quedan 
hechos estatuas sin sentimiento de dolor; como 
escribe Tito Livio (Tito Livio, Derad. 1, lib. 2) 
de Horacio Polvilo,qne estando consagrando un 
templo, y diciéndole la muerte de un su hijo, 
no se alteró más que si no le tocara; solamente 
dijo: Traigan el cuerpo. Y pasó adelante con 
su solemnidad. Y el sacerdote Helí, oyendo la 
muerte de dos hijos juntos, no se turbó poco 
ni mucho (I Rog., 4). Ambos rstos nxtroinos 
son viciosos de que se ha de huir, y tomar el 
medio, que tomaron las vacas que llevaban el 



arca de Dios, que dice la Escritura (I Reg. 6) : 
Tbant in directum vaccae per viam, quac ducit 
Betlisames, et Hiñere uno ijradiebantur, pergen- 
tes (sic) et mugientes et non ileclinantes ñeque 
ad dexteram, ñeque ad .^inistram: Bramaban 
los hijuelos encerrados, y oían los bramidos las 
madres, y bramaban también ellas (que no les 
quitó Dios el sentimiento de madres), pero 
caminaban y caminaban derecho y por el medio, 
porque llevaban la ley de Dios, que no se 
guarda por extremos. Sentid, en hora buena, 
vuestro trabajo; pero no os apartéis del medio, 
ni perdáis de vista el cielo, para donde vais 
caminando. En la muerte de esta gran señora 
del mundo, y nuestra, que verdaderamente ha 
sido tormenta para cuantos aquí estamos y 
para toda la [f. 3 v.] Iglesia de Dios, andamos 
todos tan mareados, y tráenos el dolor tan al 
retortero las cabezas, que no me maravillaré 
que, no atinando con el medio, demos en extre- 
mos. Al fin, ella ha sido íormenuí general y 
un naufragio lamentable de la mayor riqueza 
que tenía la cristiandad. ¿Qut' remedio para no 
perder el tino en tan grande tempestad? ¿Cómo 
aseguraremos el brazo, con tan recio viento, 
para hacer ciertos los tiros? ¿Cómo gobernare- 
mos el timón para no dar al través con nues- 
tro navio en mar tan alterado y embravecido.' 
Séneca dijo bien que en todas nuestras accio- 
nes nos asiésemos y amarrásemos al ejemplo 
de un varón perfecto que hubiésemos conocido 
y tratado, para imitarle en los casos que se nos 
ofreciesen de fortuna próspera ó adversa: Mag- 
norum virorum (inquit) non minus idilis memo- 
ria quam praesentia. En caso, pues, de tanto 
dolor y trabajo como el que tenemos delante, 
¿á cuya memoria podemos asirnos mejor que á 
la del santo Job, que nos le dio Dics para 
ejemplo de paciencia?, como lo dice la Escri- 
tura hablando de Tobías (Tob., II): Ut poste- 
ris (inquit) daretur exemplum patientiae, sicut 
et sancti Job. Y Santiago dice (lacob, 5j: 
Exemplum accipite,Jratres exitus mali (id est, 
del trabajoso fin) et longanimitatis et laboris 
et patientae, Prophetas qui loquuti sunt in no- 
mine Domini. Ecce beatificamos eos, qui susti- 
nuerunt: sujjerentiam lob audistis. et tintín 
Domini ridistis, qiioniam misen'rors Dominas 
r-st, et miserator. El sufrimiento de Job y el 
fin de Cristo. Nota aquí Santo Tomás que, 
aunque hubo en todos tiempos hombres de 
rara paciencia, especialmente hizo Santiago 
mención de Job y de Cristo; porque [f. 4] la 
paciencia del uno y del otro fué notable y 
nunca vista. Y nota también que no dice: 
Acordaos de la paciencia de Job y de Cristo, 
sino de la píiciencia de Job y del fin de Cristo; 
para enseñarnos cómo, á ejemplo de Jol), debe- 
mo.s sufrir nuestros trabajos y advei-sidades, 



APÉNDICE A LA INTRODUCCIÓN 



LXI 



no por respeto de las cusas temporales, sino 
por las eternas; porque Job tuvo en el fin lo 
temporal doblado, y Cristo murió desnudo en 
la cruz, porque sólo aspiró á lo eterno. Al fin, 
yo he escogido para ejemplo de paciencia, y 
para moderar nuestro sentimiento tan justo, y 
(ornar el medio tan del gusto de Dios, al pacieu- 
tisimo Job; porque para el caso presente nin- 
guno he hallado más á propósito. Job era 
grande entre los orientales y, como quieren los 
Santos, rey muy poderoso, y su trabajo fué el 
mayor que se sabe; porque peixlió en una hora 
toda su hacienda, sus criados, sus hijos y hijas, 
hechos tortilla con la casa á cuestas, y lo de- 
más, hasta quedar en un muladar rayéndose la 
jiodre con una teja. Sólo le quedó su mujer 
viva, para su mayor tormento y desconsuelo, 
j lorque hacía burla déi y le afrontaba é inducía 
:i pecar. Nacianceno la llama Calamitas cu- 
inulum. San Crisóstonio: Daemonis instrumen- 
luiu: que le fuera más alivio llevársela con lo 
demás que dejársela por enemiga, üigo, seño- 
res, que fué grande el trabajo de Job, porque 
por muchos días tuvo reencuentros y escara- 
muzas con el cruelísimo demonio, dándole Dios 
lugar para tentar á su amigo como quisiese. 
Perdió mucho y padeció mucho y de muchas 
maneras, como ya dije, en la hacienda, en la 
honra, en los hijos, en la salud, en los amigos 
y eu la propria mujer; pero final [f. 4 v.Jmente 
fué pérdida y trabajo de uno: uno es el que 
padece, y uno el que pelea, y el que sufre uno; 
pero en este caso tan lamentable hace tiro la 
muerte en esta gran señora del mundo, y deja 
tan[bien] herido y lastimado todo el mundo. 
; Qué de casas bien proveídas hechas hospita- 
les! ¡Qué de huérfanos sin madre! ¡Qué de 
viudas sin remedio! ¡Qué de pobres desconso- 
lados! ¡Qué de iglesias solas y religiosos sin 
abrigo! Todo lo amparaba, todo lo llenaba, de 
todo tenía providencia y cuidado. ¡Qué soledad 
tan grande! ¡Qué vacío tan sin reparo! ¡Qué 
orfandad tan para lágrimas! ¡Qué desamparo 
tan sin consuelo! Llora, Iglesia, que se te ha 
ujuerto la lámpara que mayor luz y resplandor 
daba ú tus hijos; llora. Reino de Castilla, que 
faltó el muro y defensa contra la ira de Dios; 
lloremos todos, que se nos ha caído la corona 
de nuestra cabeza; llore lo Católico de Alexna- 
ña, pues se llevó Dios para sí la que tantos 
años sustentó la fe y desde aquí los servía de 
freno para que no se despeñasen en sus herejías 
y vicios de libertad. Mas ¡ay!, que si voy dis- 
curriendo desta manera perderé el tino y erraré 
el medio que deseo tomar. Arrimarme quiero á 
nuestro Job, que como el árbol tierno, para 
(pie los recios vientos no lo lleven á una y otra 
parte, y para que suba derecho, le afirma el 
hortelano á una estaca, ansí arrimados á este 



pacieutísimo é invictísimo varón sabremos lo 
que debemos hacer y decir, viendo lo que hace 
y oyendo lo que dice en su trabajo. 

Tune sum'.cit loh, et scidit vestimenta ¡sua, 
et tonso capite con-uens in terram adoravtt.Esto 
hizo, y lo que dijo se sigue: Nudus e^ressns 
sum de útero matris meae [f, 5] et nudas revcr- 
tar illuc. Dominus dedit, Dominus abstulit; 
sicut Domino plactdt, itajactum est: sit nomen 
Domini benedíCtum. 

Tune surre.cit. Entonces, luego al punto que 
le vino la nueva de sus trabajos, se levantó con 
denuedo y brío de buen luchador; cuando otro 
cayera desmayado y sin pulsos, se puso el en , 
pie: grandeza y constancia de ánimo, que no 
sentó en silla, ni se arrojó en la cama, como 
acá lo hacemos en nuestras tristezas, sino 
surrexit. Es lo que se escribe del justo: De 
torrente in via bibet, propterea exaltabit eapiit: 
Beberá del rio de los trabajos, mas no desma- 
yará ni perderá su valor, antes levantará la 
cabeza. Los malos en cualquiera ocasión de 
dolor desfallecen y dan de ojos. In miseriis 
non subs/stent. Un lugar hay de Jeremías 
(Hierem., 17), divino verdaderamente á nues- 
tro propósito: Benedietus vir (dice él) qm. con- 
fidit in Domino et erit Dominus fiducia ejus: 
et erit quasi lignum quod transplantatur super 
aquas, quod ad humorem mittit radices suas: et 
no» timebit eum renerit aestus, et erit folium 
ejus viride: et in tempere siccitatis non erit soli- 
citum: ñeque aliquando desinet faceré fructum. 
Palabras son esas de grande ponderación y 
que declaran bien la entereza y gallardía del 
siervo de Dios, que, acosado de trabajos y la 
muerte al ojo, ni se turba ni pierde sus senti- 
dos, porque no se arrima ni traba de cosa de la 
tierra. Llámase el justo árbol, no puesto, sino 
traspuesto, quod transplantatur. Porque si está 
con el cuerpo en el suelo, está con el corazón 
y deseos en el cielo; está, como el traspuesto, 
insensible á todos los males: que ni le turban, 
ni le descomponen, ni aun le tocan; tocan al 
cuerpo, pero no llegan al alma [f. 5 v.]. Pien- 
san los alguaciles de Saúl (I Eeg., 19) que 
echan esposas y grillos á David, y échanlos á 
la estatua que en su lugar había puesto Michol 
en la cama y en los pellejos de que estaba ves- 
tida; porque el verdadero David ya estaba en 
salvo, echado por la ventana. Transplantatuin. 
No está en sí, sino en Dios, y por eso no le 
hallan los trabajos: hallan la estatua y los 
pellejos, que es el cuerpo y cosas temporales, y 
en ese hacen presa; mas el alma está en salvo. 
Et non tanget illos tormentum mortis, visi sunt 
oculis insipientium mori, etc. (Sap. 2). ¡Qué 
espíritu tan elevado el de esta señora, insensi- 
ble á todas las cosas de sentimiento! ¡Qué de 
malas nuevas tuvo, y qué entera la viraos en 



LXII 



SERMÓN FÚNEBRE A LA EMPERATRIZ MARÍA 



todas! ¡Qué reportada y en pie! Nanea la vio 
nadie airada ni turbada, ni de su boca salió 
palabra descompuesta en toda su vida. 

Et in tempoie siccitatis: Y en el tiempo de 
la seca, que es la hora de la muerte; porque 
hIIí se seca y marchita todo lo florido y vistoso 
de este mundo. Lamparles nostrae extingum}- 
tur (Matt., 25). Lo que luce y hace claros á 
los mundanos se apaga en este tiempo, non 
erit soUcitum; como las vírgenes locns: Date 
nobis de oleo vestro... Et ridebit in die novissi- 
mo. Dice la Escritura (Prov., 31) de la mujer 
Inerte y hacendosa: No se entristecerá en el 
día de la cuenta, porque hallará su casa muy 
alhajada y llena de ajuares del cielo: ayunos, 
limosnas, oraciones y sacrificios; que e'sta es la 
mercadería que se compra en el cielo y que se 
ha de llevar delante. Como el otro rey, que 
sabiendo que le habían de desterrar dentro de 
un año á ana isla pobre y sola, envió á ella 
toda la riqueza de su reino: ¡qué sin miedo y 
qué sin alboroto [f. 6] esperó la muerte nues- 
tra defuncta! Tal ajuar tenía enviado delante 
de sí de misas, oraciones, sacrificios, limos- 
nas, etc. La mejor parroquiana que tuvo el 
purgatorio. Nec aliquando desinet faceré fruc- 
fum. No quebrará el hilo de la virtud en nin- 
gún tiempo; continuará los ejercicios santos 
hasta que le ataje la muerte, y en aquella hora 
les suelen crecer á los justos más los deseos de 
liacer bien. Stc, hasta la última boqueada estu- 
vo dando frutos de vida eterna. Fué su vida 
Usa, igual, ordenada y á un peso en todo gé- 
nero de bondad. Señores oyentes, mirad que es 
buena esta doctrina para vuestros trabajos, en 
los cuales conviene que pongáis vuestra con- 
fianza en Dios, y que perseveréis en su amor, 
aunque se levante el mismo infierno á ofende- 
ros y derribaros. Oid lo que dice á este propó- 
sito el Sabio (Eccle., 10): Si spiritvs potesta- 
tem habentis ascenderit stiper te, locíim tuum ne 
dimisseris, quia curatio jaciet cessare peceata 
máxima. Si el espíritu maligno, con poder de 
Dios, te maltratare como al santo Job, tente 
firme, á pie quedo, no te haga perder tierra: 
que el azote sufrido con constancia y paciencia 
te curará de muchos y grandes pecados. Tune 
mrrexit. Buen soldado, que no le acobardan ni 
derriban los trabajos, antes le esfuerzan, le 
animan y le ponen en pie. estando en la bo- 
nanza asentado. Y puesto en pie ¿qué hizo? 

Scidit vestimenta 8ua en señal de tristeza 
y dolor; mostró el sentimiento y congoja de su 
corazón como lo hacéis acá con vuestros lutos 
y capirotes negros. Desta ceremonia está llena 
la Escritura, y fué costumbre de los lacedenio- 
nios y de los [f. 6 v.j griegos y romanos, 
como lo afirma Herodoto y otros muchos auto- 
res, rasgar el vestido en semejantes ocasiones. 



Digo qae se pueden y deben sentir las muer- 
tes de los que bien queremos, y que es bien 
mostrar este sentimiento con lágrimas y lutos 
y otras cosas. Que estar serenos y sin sentido 
en los azotes que Dios envía, vicio es que los 
Santos llaman stupor, ó insensibilidad ó indo- 
lencia; vicio que profesaban los estoicos, con- 
tra quien escriben San Agustín y Lactancio. 
Y San Pablo le cuenta entre los pecados de 
los romanos: Sine afectione (Rom., I), que no 
se enternecían en los trabajos y miserias de 
sus prójimos y amigos. La palabra griega sig- 
nifica afectos de parentesco. Decían que la ne- 
cesidad del pariente se había de remediar, pero 
no sentirse. Por eso usal>an dar á los que ha- 
bían de justiciar y poner á cuestión de tormen- 
to vino conficionado con mirra y otras cosas 
que privan de sentido; como lo hicieron con 
Cristo, que le ofrecieron en la cruz vino mirra- 
do, et cum gtistasset, nollvit bibere (Matt., 27). 
Enseñándonos con esto que se han de sentir 
los trabajos venidos por la mano de Dios, por- 
que los envía para eso. Qucniam tu laborem el 
dolorem consideras ut iradas eos in manus 
ivas. Por esta razón veda el Sabio el vino de 
alegría en tiempo de borrasca: Ne intuearis 
t'inum cum jíavescit quando splendet in vitr» 
color ejus, etc. (Prover., 5). Porque entre otros 
males que nos hace, es uno volvernos insensi- 
bles á los azotes de Dios. Vulneravit me (dice 
un tomado deste vino) et non sensi: percusse- 
runt et non dolui. Claro está que el justo do- 
lor en las adversidades, no sólo no es contra la 
virtud de la fortaleza, antes es parte della: 
como lo [f. 7] dice San Ambrosio, tratando 
de la tristeza de Cristo en el huerto; de quien 
Isaías: Desideravimus eum virum dolorum et 
scientem infirrnitatem (Esai., 88). No es fuerte 
el que se queda atónito é insensible cuando 
Dios le azota, sino estoico impertinente, que 
nuestro Job scidit vestimenta sua, declarando 
su pena y también su valor; porque esta cere- 
monia de rasgar el vestido uno y otro significa. 
Fué como si dijera al demonio: No pienses que 
me has rendido con quitarme la hacienda y po- 
nerme en tan grande aflicción como lo es ésta en 
que agora estoy ; ánimo tengo para más y mayo- 
res trabajos. ¿El vestido me has dejado sano? 
vesle ahí hecho pedazos y roto por mi Dios. 
Contigo las quiero haber desnudo, como buen 
luchador, etc. Que la costumbre de los justos 
es ayudar contra caerpo á quien los persigue. 
No sólo reciben con buen ánimo los azotes de 
la mano de Dios, sino que ellos se toman otros 
de su voluntad. Ego antem cum ini/ii molesti 
essent induehar cilicio. JIumiliabam in ieiunia 
animan^ et oratio mea in sinu meo connertetur. 
Y lo que tiene más de dificultad y de mereci- 
miento, que qua^i proximum, et quasi Jratrem 



APÉNDICE A LA INTRODUCCIÓN 



LXIII 



nostrum sic complacebam. A los que me perse- 
guían servia y procuraba agradar como si fue- 
ran amigos. Quasí lugens et quai^i contristahis, 
«/c humiliabar. Amortajábame, y lloraba sobre 
mí como se llora sobre los muertos. Sic Job 
(lob, 16), afligido de Dios, desnudo y lleno de 
lepra, en lugar de aceites y holandas para un- 
tar y envolver su cuerpo llagado, dice: Saccum 
ronsui super cutem meara, operui ciñere carnem 
ineam. Al fin el desnudarse arguye valor y obe- 
diencia, porque se prepara para más azotes, 
echando [f. 7 v.] ropa fuera y descubriendo 
sus carnes. Quoniam ego in flageUa paratus 
mm. Como el hijo que conociendo sn culpa se 
despoja y dice á su padre que le azote. 

Et tonso capite. También esta es ceremonia 
de tristeza, como consta de muchos lugares de 
la Escritura (Esai., 15; Hier., 7; 1 Esdras, 0; 
Ezechiel, 24; Mich., I). Y aunque tiene otras 
significaciones, s\cilicei\ dealegría (Genes., 41); 
de servidumbre y captiverio (1 Reg., lU; 
r Paralip., 19); de honra y de dignidad 
(Baruch., 6); de fortaleza y ánimo intrépido 
(Ambrosio, lib. fi; Exam. y Pintar., in The- 
seo)\ de voluntaria muerte, como lo afirman 
muchos autores profanos, etc., principalmente 
significa dolor y tristeza, como en este lugar. 
Sino es que digamos que el santo Job tuvo 
delante de sus ojos todas estas significaciones 
cuando se rayó los cabellos de la cabeza, para 
con una ceremonia dar á entender muchas co- 
sas juntas, de que no trataremos agora por la 
brevedad del tiempo. 

Gorruens in tevram adorarit: Raída la cabe- 
za con una navaja, se arrojó en tierra, y adoró; 
reconoció el gran poder de Dios en este su tra- 
bajo, y el fin que tenía en enviársele; y pos- 
tróse para adorarle, como agradecido. Y aun- 
que no dijera que adoró, la postura lo dice: que 
la palabra hebrea Sachach, que significa ado- 
rar, propriamente significa encorvarse _v humi- 
llarse. Pero dejemos esto, y sepamos á quién 
adoró, porque no lo dice el texto. Et corruens 
in terram, adoravit. Lo llano es, y á que todos 
asentiremos fácilmente, que adoró á Dios: lo 
dificultoso y cuesta arriba es lo que yo diré: 
Que adoró la tribulación y el .azote de Dios que 
veía venir sobi'e sí [f. 8]. Como los niños que 
puestos de rodillas besan el azote con que los 
azotan sus maestros. Porque si queremos filo- 
sofar como cristianos, el trabajo con que nos 
visita Dios es una custodia en que El mismo 
viene y se nos entra por nuestras puertas para 
hacernos cornpañía. Cvm ipso sum in tribula- 
tione (Psalm. 60): como se puede ver en la 
prisión del santo mozo Josef, de que haoiendfp 
mención la Escritura dice de Dios: DescendH- 
que cum illo in foveam et in vinculis non dere- 
liquit eum. Estuvo Dios preso con su amigo. 



los pies en los grillos y las manos en las espo- 
sas. ¿Pudiérase adorar aquella cárcel y aquellas 
prisiones, estando Dios allí encarcelado y apri- 
sionado? Muy bien. ¿Y el horno de Babilonia 
(Daniel, o) cuando los niños estaban en medio 
de sus llamas y Dios en su compañía? Tam- 
bién. ¿Y la zarza que vio Moisén en el desierto, 
bañada de fuego, que significaba las aflicciones 
de los hijos de Israel en Egipto? ¿Por qué no. 
si estaba el mismo Dior enzarzado en ella? A 
Moisén que se quiere acercar á la zarza, le 
dicen: Moi/ses, ne apropies liuc. Pídenle que 
reverencie los trabajos, que los respete y hon- 
re, que está Dios en ellos. Contando David 
(Exod., .3) los beneficios de Dios hechos á su 
pueblo, dijo: Quem redimisti tibi ex Aegi/pto, 
gentem ft Dev.m eym (II Reg., 7). A ellos y á ti 
con ellos. Sic Vatablvs. Quasi dicat: Tan afli- 
gido f stabas tú como ellos, y tan cautivo, vien- 
do su aflicción y cautiverio. Al fin, está Dios 
con el atribulado y quiere ser adorado pecho 
por tierra en la tribulación. ;,!No adoramos la 
custodia del santísimo Sacramento, aunque no 
vemos el Sacramento? Pues ansí debemos ado- 
rar la tribulación; porque viene Dios en elbi 
[f. 8 V.], aunque no le vemos, y aunque sea 
procurada por los demonios, como la del santo 
Job. Y no falta quien diga que el postrarse 
Cristo en el huerto (Mat., 26) fué para adorar 
el cáliz amargo de la pasión y muerte que el 
ángel le traía del cielo. A lo menos á San Pe- 
dro reprendió algunas veces, sobre quererle es- 
torbar esta bebida, hasta llamarle Satanás. Co- 
licem cpiem dedit mihi Pater^ non vis ni bibam 
illum? ¿Viéneme Dios á ver y téngole de dar 
con la puerta en los ojos? Digo, señores, que 
sintáis vuestro trabajo, y que lloréis, y que ha- 
gáis demostraciones del con los lutos y túmu- 
los, y con rasgar las vestiduras y raeros la ca- 
beza, si fuere menester; pero no perdáis el áni- 
mo ni mostréis cobardía mujeril, sino con de- 
nuedo y brío sufrid y adorad con humildad á 
Dios, que viene en esa su custodia, y oid lo 
que dice nuestro Job en esta postura tan hu- 
milde: Nudus egresstis sum de útero matris 
meae, et nudus revertar illuc: Dominus dedit. 
Dominus abstulit; sit nomen Domini benedic- 
tum. Este es uno de los frutos de la tribula- 
ción: hacer al hombre filósofo. De Diógenes 
cuenta Plutarco que cuando lo desterraron 
dijo: Agora comenzaré á filosofar. Y de Zenón, 
que hundiéndosele un navio en que llevaba sus 
riquezas, dijo: Yo te lo agradezco, fortuna, 
que me has vuelto á la vida de filósofo. Sucede 
lo que en el peso, que cuanto más se pone de 
carga en una balanza tanto más se levanta y 
sube la otra. Cuanto más se carga con trabajos 
el cuerpo, tanto más el alma se levanta á Dios 
por contemplación. Abre la tribulación camino 



LXIV 



SERMÓN FÚNEBRE A LA EMPERATRIZ MARÍA 



para la sabiduría (Esai., 26). l^exatio dat inte- 
llectum... ef in angustia requisierunt te, in tri- 
hu{lo\. 9]Zaí¿on<? murmuris doctrina tua eis 
(Eccle., 7). MeHui> iré ad domum luctus, etc. 
Verifícase esto aquí aduñrablemente; porque la 
primera sentencia es alta, y más alta la segun- 
da, y mucho más la tercera, y la cuarta se 
pierde de vista. La primera enseña la natura- 
leza; la segunda es de justicia; la tercera pro- 
cede de amor; la cuarta engrandece á Dios. 

Yudus egressus sum, etc.: Desnudo salí del 
vientre de mi madre, y desnudo tengo de vol- 
ver allá. Quiere decir: Estos bienes exteriores 
i(uc nos administran la vida no son nuestros, 
sino prestados y concedidos para el uso en tan- 
to que vivimos aquí; por lo cual no nos es líci- 
to, partiéndonos para otra tierra, llevarlos con 
nosotros. Desnudos entramos, desnudos habe- 
rnos de salir. La razón lo dice y la experiencia 
lo enseña. ¿Qué diríades de un mozo de cocina 
(jue le mandó vestir su señor de gentil hombre 
para un recibimiento, si acabado le mandase 
ijuitar aquel vestido de gala y volver á su coci- 
na, y él se enojase y se diese por agraviado? 
Que era un grande necio y aun injusto, como 
lo dice Séneca (Séneca, in Consolat. ad Poleb., 
cap. o). Si quis (inquit) pecuniam creditam 
soluissf se moleste ferat, eam praesertim, cuius 
usum gratuitum receperat, nonne injustus vir 
habebitur? Cogita iiicundissimum esse, quod ha- 
buisti, kmnanum est quod perdidisti. Quando 
vos vais de camino y entráis á comer ó dormir 
en una venta, ninguna pesadumbre os da dejar 
á la partida la cama y la lumbre que hallastes 
en ella, porque sabéis cierto que como entráis 
habéis de sali]-. Et nudas revertar illv.c. Aque- 
lla partícula Et dicen [f. 90 v.] algunos que 
tiene fuerza de ilación, como aquella del Géne- 
sis (3): Vocem tuam audivi in paradiso (et) 
T. [_id est^ IDEO timvi et 1. propterea abs- 
condi me. Et illud Esai., 43: Ex quo honor a- 
bilis facta est in oculis meis ego dilexi te (cf). 
I PROi'TERBA dabo hotnines jjro te. La misma 
consecuencia hace aquel lugar de San Pablo 
([ Timot., 6). Nihil inttdimus in hunc mun- 
ilum, haud dubitim quia ñeque aujerre qiud pos- 
samus. Et illud Eccíes., 5 : Sicut egressus est nu- 
diis de útero matris suae, sic revertetur. (¿uomodo 
i^enit, sic revertetur: Como entráis en el mundo 
habéis de salir del. Lo cual se verifica ansí del 
pobre como del rico, y del plebeyo como del 
Rey, y del Papa como del que no tiene capa, 
porque á todos nos mide Dios con una misma 
vara: como el mercader el sayal y el brocado. 
Aequo pulsat pede Rcgumque turréis paupe- 
rumque tabernas. Aeqnaf omnes civis (dice Sé- 
neca). No hay distinción en hi mueite, ni en el 
nacimiento; desnudos nacemos todos, y desnu- 
dos morimos. La distinción anda en la vida. 



Et nudus revertar illuc. Esta palabra ilíur 
ha dado qué entender á los comentadores dcsie 
lugar, porque parece que hace relación del vien- 
tre de la madre que parió á Job. Desnudo salí 
del vientre de mi madre, y desnudo volvere 
allá, scilicet, al vientre: y no es assí, ni puede 
ser. Nunquid potest in ventrem matris suae ite- 
rato introire... et... renasci.' (loan., 3). Quiere 
decir: Es cosa imposible, quod^ patet ad oculum, 
que si mi madre es muerta no me puede reci- 
bir en sn vientre. San Juan Crisóstomo piensa 
que en ambas partes se llama madre la tierra; 
lo cual aprueba Santo Tomás por[f. 10]que 
la materia para la formación del hombre admi- 
nistró la tierra (Genes., 2; et Genes., 3) Se 
le dice al hombre: Primo doñee revertarisin te- 
rram de qua sumptus es qiiiapulvis es et in pul- 
verem reverteris. Al fin es cosa muy usada en 
las Santas Escrituras llamar nuestra madre á 
la tierra, y á la sepultura vientre. Y advierte 
Macrobio (Macrob., lib., c. 12) que hasta que 
el niño, cuando nace, toca en la tierra no llorn, 
que la tierra le da la primera voz, ó la almohada 
ó faldas que suplen en aquel punto la vez de la 
tierra. Sino decimos que nuestro llanto primero 
es porque nos arrancan de nuestra madre la 
tierra, la cual en la muerte nos recibe en su 
vientre para volvernos á parir á vida inmortal. 
Y fué costumbre antiquísima poner los niños 
en naciendo sobre la tierra desnuda, para que 
reconozcan á su madre (Auctor est Varro, ápud 
Marcial., lib. 2 de ritis Pairum: et lib. 2 de 
Lingua lati., et August., lib. 4 de Civit., capí- 
tulo 10). Y Séneca, Plinio y Macrobio hacen 
particular mención desta ceremonia. Y el Sa- 
bio, hablando de sí mismo, dice (Sap., 7): Ego 
natus accepi commumnem aerem et in similitei- 
factam decidi teri-am. Y por ventura tomaron 
de aquí los trogloditas enterrar sus muertos en 
la misma forma que estamos en el vientre de 
nuestras madres, que es metida la cabeza entre 
las lodillas. Yo digo que aquellas palabras: 
Nudus egressus sum ex útero matris meac se 
entienden de la madre que en particular parió 
á Job; y las segundas de la tierra que recibió. 
De manera que aquel illuc no haga relación 
del vientre de la madre, sino de la sepultura 
[f. 10 V.] que le es muy semejante. A lo 
menos en lo que él dice: en la desnudez, que 
eomo salimos del un vientre entramos en el 
otro, como ya probamos. Y es muy conforme 
á esta interpretación lo que dice el Sabio 
(Eccl., 40). Iiigum grave super Jilios Adain , c 
die exitus de ventre matris eorum usque in diem 
sepulturae in mairem omnium. El primero vien- 
tre es el de la madre que nos sacó á esta luz. 
El segundo es la sepultnra, que es el vientre 
de la tierra, que como madre de todos nos re- 
cibe y guarda cuando dejamos la luz. Al fin es 



APÉNDICE A LA INTRODUCCIÓN 



LXV 



Uu parecido el vientre eii que andamos los nue- 
ve meses con la sepultura, que de una manera 
y con unas mismas palabras habla la Escritura 
del uno y del otro. Introibunt in inferiora terrae, 
id est in sepulturam (Psalm. 62). Non est ociil- 
tatum os meum a te qiiod fecisti in occulto el 
finbstantia mea in injerioribus terrae, id est in 
ventre matris meae fecisti in Jonte: pin.visti 
(Psalm. 138). Hermoseaste allá sin testigos, á 
solas y en lo secreto del vientre. Sic interpre- 
tantur multi illud: Descendit in inferiores par- 
tes terrae, id est in ventrem Virginis Mariae 
(Ephes., 4). Sicxit fuit lonas in ventre ceti, etc. 
(Matth., 12). 

Algunos quieren que la partícula illux esté 
sin antecedente, y si le tiene, le tenga en la 
mente de Job, y sea la gloria ó el mismo Dios; y 
parece bien considerado esto, porque si postra- 
do adoró, Dios es con quien habla, y á Dios le 
dice esta razón: iViidus ec/ressus sum (S. Clem., 
in Cant.). Quiere decir: ¿Qué se me da á mí 
desta desnudez, si tengo de volver á vos y en- 
trar en vuestro cielo, adonde no hacen falta los 
[f. 11] vestidos y riquezas de acá? ¡Ay, cris- 
tiano! si la vuelta es para Dios, ¿para qué te 
cargas de lo que no quiere ni estima Dios, ni 
es posible llevarlo contigo? ¡Qué cargado va 
el ei'izo de manzanas á entrar por la puerta 

» angosta de su cueva, por donde salió sin carga; 
y qué burlado se halla cuando llega y ve que 
le es forzoso dejar la carga, porque no puede 
entrar con ella (Psalm. 48), y más si le coge 
allí de manos á boca el hortelano con el hurto! 
i^uoniam cum interierit non sumet omnia, nec 
descendet cum illa gloria ejus. ¿A dónde vais, 
erizos cargados? ¿no sabéis que ijntrastes des- 
nudos y que habéis de salir desnudos? Todo 
esto nos enseña la experiencia y razón natural. 
Lo segundo sube algo más, porque se hace 
materia de justicia: Dominus dedit, Dominus 
abstidit. El Señor de todo es Dios; líU lo da 
y Él lo quita quando le parece; porque, dán- 

»dolo, se queda siempre con el señorío. Lo cual 
echaiéis de ver en que uo pide licencia para 
llevaros la hacienda, ó la mujer, ó el hijo, ó 
los demás bienes que tenéis. Todo es al ([uitar, 
y seréis muy necio si os quejáis quando os qui- 
tare lo que os dio prestado (EccL, 11). Ocu- 
his Dei (no la fortuna ciega) respexit illum in 
bono (para hacerle bien y enriquecerle) bona et 
mala^ vita et mors, paupertas et honestas^ a 
Deo sunt. Todo lo da su ojo, id est su providen- 
cia que todo lo ve y contempla. Que ansí dijo 
el otro poeta, ojo de providencia sempiterna 
(Esai., 45): Formans hiceni et creans tenebran, 
faciens pacem et creans malum. Ego Dominus 
faciens omnia, 

Dominus dedit. Esta fué una saeta que atra- 
vesó [f, 11 V.] el corazón de Satanás; porque 



siendo él el que movía esta persecución y le 
tenía en tanta pobreza y miseria, no quiere con- 
fesar que le ha quitado ni un solo cordero. Do- 
minus dedit, Dominus abstulit. En el Hebreo 
está: leliová dedit, lehovú abstulit. La fuente 
del ser, el Océano de las misericordias me lo 
dio, al mismo Océano se lo vuelvo (EccL, 1). 
Ad locum, ande flumina exeunat, ret^ertuntur ut 
iterum fluant. Sacamos de aquí, que lo que 
Dios da Dios se lo lleva; que lo mal ganado 
(que lo da el demonio) nunca se logra, ni lo 
lleva Dios, sino el mismo demonio lo desperdi- 
cia y hunde. Este es mi consuelo y debe ser el 
de todos en esta tan grande pérdida. Dios nos 
dio prestada esta nuestra gran señora; Dios 
nos la llevó sin hacer caso de tantas oraciones 
y lágrimas, con tanto amor por su Majestad 
derramadas. Por regalar á Castilla con su pre- 
sencia castigó á Alemana , quitándosela ; y 
agora castiga á todo el mundo con su muerte; 
que castigo es llevarse los justos, y muy justo 
el llorarlos cuando nos los quitan: y quitánnos- 
los muchas veces porque no los estimamos 
como es razón. Sic Isai: Viri misericordiae 
colliguntur quia non est qui intelligatur a ja- 
cie malitiae collectus est justus. Venial mors 
requiescat in cubili suo qui ambulavit in direc- 
tione sua. El justo se va á descansar cuando 
muere, y nosotros quedamos para padecer y 
llorar nuestro desamparo. Del Papa Grego- 
rio XIIT se dice que, viendo la determinación 
del rey don Felipe II, nuestro señor, en traer 
consigo á su santa liermana, dijo con grande 
[l. 12] sentimiento: Agora echo de ver clara- 
mente que está Dios enojado con este Imperio, 
pues le quita el muro que le defendía de su ira. 
Dominus dedit. No nos pudo dar otro que 
Dios tan gran tesoro, ni nos lo pudo quitar 
sino Dios. Uui aufert spiritam Principum, te- 
rribilis apud Reges terrae. Y quítanosla para 
su Corte y palacio sacro, lo cual se puede creer 
así, porque verdaderamente era su Majestad 
toda de Dios. ¡Qué pureza de alma la suya! 
Tanto temía á Dios, que reparaba más en co- 
meter un pecado venial que otros en hacer mu- 
chos mortales. En su presencia ninguno se 
atrevía á murmurar poco ni mucho, porque era 
iiiimicísima de la murmuración. ¿Qué diré de 
su humildad en tanta grandeza? Pienso cierto 
qne fué más humilde que grande: mirad qué 
tan humilde sería, pues fué la mayor señora del 
mundo. Estuvo la humildad en su Majestad 
como en su centro, porque esta virtud se asien- 
ta en cora/.ones reales. En el principio del 
mundo tuvo lugar en los áugeles que quedaron 
en pie, haciendo contra los soberbios apóstatas 
la causa de Dios; y no tuvo su punto hasta 
que el mismo Dios se hizo hombre y se humi- 
lló á la forma de siervo, hasta la muerte de 



LXVI 



SERMÓN FÚNEBRE A LA EMPERATRIZ MARÍA 



<:ruz: asentóse y tomó lu posesión del corazón 
de Cristo. Quia initis sum et humilis corde 
(Matth., 11). y de aquí quedó divinizada y se 
llamó virtud regia. Así la llama San Pablo: 
(Jt inhabitet in me virtiiK Christi, id est hu- 
inilitas. Digo que pide para su morada corazo- 
nes reales cual el de su Majestad la Empera- 
triz nuestra [f. 12 v.] señora, que parece ha- 
berla criado Dios aposta para morada desta 
virtud, lo cual pudiera probar en muchos ca- 
sos, por todo el discurso de su vida: pero diré 
cuatro de que hay muchos testigos en el audi- 
torio. Consideremos lo primero la humildad 
del entierro y del hábito en que se enterró de 
pobre de Santa Clara, y en un ángulo del 
claustro, junto ú las otras monjas difuntas, y no 
quiso sino una losa llana sobre su sepultura. 
Lo segundo, lo que cuentan las Religiosas des- 
te santo convento, que iba su Majestad mu- 
chas veces á vísperas con ellas, y no quería que 
le pusiesen asiento particular: asentábase en 
una silla del coro, y mandaba que no la llama- 
ran Majestad, sino Sóror María. Lo tercero, la 
petición ordinaria con que importunaba á Dios 
ipxe nadie hiciese caso della, ni se acordasen 
que estaba en el mundo, que es de las cosas 
que no se hallan todas veces, no digo yo en los 
reyes, sino en los que visten jergas y sayales. 
Lo cuarto, que estando ya para expirar, man- 
dó al señor Obispo de Cepra, su confesor, que 
pidiese perdón por su Majestad á sus criados; 
tanto era el amor que les tenía y la llaneza con 
que los trataba. Pues ¿que' diré de su caridad 
para con todos? ¿qué de su piedad para e(jn 
los pobres y necesitados? Fué tanta, que mu- 
cha-5 veces se adeudaba y empeñaba para dar 
limosnas. Y en esta materia más pareció pró- 
diga que liberal, especialmente con las ánimas 
de j nrgatorio, de quien era devotísima. ¡Qué 
blandura de condición! ¡Qué paciencia en los 
trabajos! ¡Qué [E. 13] llaneza con sus inferio- 
res! ¡Qué devoción y respeto á las Religiosas 
y á los Religiosos! Si le parecía que uno era 
santo, le quería meter en las entrañas, y tra- 
taba con él como con su igual. Deseó mucho 
que nuestro Señor le diese una hija monja, y 
dándosela conforme á su deseo, la amó con 
tanta ternura cual nunca se vio en el mundo; 
tanto, que estando con la candela en la mano 
andaba buscando la de su Alteza con los de- 
dos que le quedaban libres, para consolarse 
en aquella hora sintiéndola junto á sí. Las jo- 
yas que trajo de Alemana fueron muchas don- 
cellicas que metió monjas en diversos monas- 
terios. En la oración y lección espiritual nunca 
faltó hasta que perdió la vista; lo cual sintió 
mucho su Majestad, por no poder leer libros 
espirituales. Y solía quejarse á mí y á otros 
Religiosos de que cuandcj consideraba algún 



misterio la fatigaban pensamientos importunos 
y no podía estar tan atenta como deseaba. Del 
sacrificio de la Misa no se puede decir cuan 
devota era y las que mandaba so le dijesen por 
año. ¿Pues de nuestra Señora? En viéndose en 
alguna necesidad, enviaba peregrinos á sus ca- 
sas, y solía decir muchas veces: Muy bien me 
va. con nuestra Señora. Y si queremos levan- 
tar un poco la consideración á la divina Provi- 
dencia, es sin duda que vino esta sacratísima 
Reina del cielo en su imagen de Atocha' por 
su Majestad, para pagarle en la muerte los 
servicios que le había hecho en vida. ¡Qué 
deseos tenía de padecer por Cristo! ¡Qué des- 
pre[f. 1;^. v.]cio de la vida! ¡Qué paz tan 
grande en la hora de la muerte! No parece que 
murió, sino que se echó á dormir. Muy cercana 
á su fin dichosísimo, dijo que quisiera poder 
mucho con I>ios en aquella hora para pedirle 
que nadie la llorase ni sintiese su muerte, etc. 
De Pío V, Pontífice santísimo, sabemos que 
teniendo entera noticia de los servicios que su 
^[ajestad había hecho á Dios en Alemana, 
amparando la fe y defendiéndola con tantos 
riesgos de la vida: y de muchas obras maravi- 
llosas y de piedad en que se ocupaba , dijo que 
para canonizarla no tenía él necesidad de otra 
información, si la alcanzare de día?. Luego Du- 
ininus abstul/t: sicut Domino placuit, ita jac- 
tum est. Esta es la razón de más consuelo par.» 
un alma atribulada que se puede hallar. Eso 
basta para apaciguar el corazón, aunque suban 
las olas de los trabajos hasta el cielo. 

Sicut Domino placuit, etc. Palabra de amor. 
Quiere decir: Aunque fuere señor y dueño de 
todo lo que me ha quitado, bastara para que yo 
me consolara saber que es gusto suyo; porque 
no tengo otra voluntad ni otro querer que la 
voluntad y querer de mi Dios. Gran cosa y de 
gran mérito negar mi voluntad porque se haga 
la de Dios; y vanos todos vuestros ejercicios, 
por santos que parezcan y costosos que sean, 
si se encuentran con ella. ¿Quiere Dios que 
curéis al enfermo y estáis royendo santos toda 
la mañana, dejándole padecer? ¿Quiere le sir- 
váis Religioso, y vos queréisle servir casado.' 
[f. 14] ¿Llámaos á la oración, y vos acudís á 
las obras exteriores que no os tocan de oficio.' 
¿Soib casada, y dejáis hijos y marido por anda- 
ros de sermón en sermón y de confesonario en 
confesonario? Teneos por dicho que no se agra- 
da Dios de eso, ni está obligado á pagaros ta- 
les servicios. Como si mandásedes á un platent 
que os labrase una pieza de esta ó de aquella 
forma, y él la hiciese de todo en todo diferente, 
¿tendríades obligación á pagarle la hecimra.' 
No por cierto; ni Dios á premiaros las obras 
hechas á vuestra voluntad, y no conforme á la 
suya. Esti-abóu cuenta que en la Isla Palmosa 



APÉNDICE A LA INTRODUCCIÓN 



LXVII 



se cria mucho hierro; pero en ella misma con 
niugúti tuego se puede ablandar ni labrar, y 
sacado de allí se hacen de'l cosas tan primas 
como de plata. Esto mismo siento yo de nues- 
tra propria voluntad; que en la tierra donde 
nace, que es nuestra carne, es cruda y dura y 
malvada; pero sacada desta tierra y trasplan- 
tada en Dios, es una cosa blandísima y en que 
obra Dios sus grandes maravillas. Arrancad 
de vos el hierro de vuestra voluntad, y pasadlo 
¡i la de Dios, y veréis las grandezas de su po- 
der. Hnmilia te Deo, decía el Sabio, et expec- 
ta manus ejus. ¡Oh qué gran tesoro un alma 
sin voluntad! Es material muerto, adonde no 
hay resistencia para las manos de Dios. Domi- 
ne, quid me vis faceré.' (Acto., 9). Puso su vo- 
luntad en liis manos del Señor, y dejóse labrar 
como si estuviera muerto. Ecce ancilla Dotnim\ 
jiai mihi secunilum rerbiim tuum (Lucae, 1). 
Dios me libre de materiales vivos, que cuanto 
se labra en ellos se cubren y pierden las li- 
r. 14 v.]guras que les da el artífice en pocos 
tlías; como le sucede al jardinero con el bró- 
tano y murta, que lo que hoy hizo halla des- 
hecho mañana. ¿Qué aprovecha poner Dios las 
manos en vos, para labraros y hermosearos, si 
vos estáis vivo y resistiendo y creciendo en sus 
mismas manos? 

Sicut Domino jjlacuit, ita Jactitm ei<t. A la 
i'uente acude; no le parece que es acaso este 
trabajo, ni por sola malicia y autoridad del de- 
monio, sino ordenándolo y disponiéndolo así 
Dios para gloria suya y para provecho de su 
siervo. Y á fe mía que es esta una considera- 
ción tan importante, que quien la tuviere en 
sus trabajos no pierda la paciencia ni se queje 
de nadie por males que reciba de Él. San Grego- 
rio Nacianceno, en la Epístola 61, daba gra- 
cias á Dios, ansí en las cosas prósperas como 
cu las adversas. ¿Y la razón? Quandoqnidem 
(iiiquit) illnd exploratum habeo, nihil rerum 
nostrarum apud summum ratiornm expers ra- 
il onis es se. 

Sicut Domino placuit. Si ha sido voluntad 
y gusto de Dios, no puede dejar de ser en mi 
provecho, ni contra razón lo que procede de la 
suma razón. Ita Puter, quoniam sic Juit placi- 
tnm ante[te'\. Esto es lo que saca Dios de los tra- 
liajos de los justos: gloria, honra y cantares de 
alabanza. Qui cantare Jacit carmina in nocte. 
iQué se me da á mí que alabéis á Dios cuando 
os regala si cnando os azota y envía algún tra- 
bajo estáis impaciente como un demonio.' [f. 1 5]. 
Oonfitehitur tibí cm/t henejeceris ei (Psalm. ló). 
La firmeza del amigo, en la tribulación se co- 
noce y descubre. Trihidatio patientiaví opera- 



tur^ etc. Magnijicabitur «rgo Dominus, decía 
San Pablo, in corpore meo sive per vitam sivc 
j)er mortem: Será mi Señor engrandecido en 
mi cuerpo, así en la vida como en la muerte; 
))Orque en la vida padezco por su nombre mu- 
chos trabajos y ando errado como esclavo con 
ellos, gloriándome de padecerlos por El. Ego 
(■nim stigmata Üomini in corpore meo porto: azo- 
tes, prisiones y persecuciones; y en la muerte 
porque tengo de dar con ella testimonio del 
aoior con que le sirvo. Honra del que vende el 
diamante finísimo que le prueben y den golpes; 
y del mismo diamante, que por este medio se 
descubre su fineza /y valor. 

Sit nomen Domini benedictnm. Advierte aquí 
nn Sabio, y bien por cierto, que fué sobre apues- 
ta este trabajo de Job entre Dios y el demonio: 
Dios, que no le haría blasfemar; y el demonio 
que sí. Da, pues, golpes el demonio, y sale Job 
con palabras do paciencia y obediencia, y que- 
da la verdad de Dios bendita y alabada. 

Sit nomen Domini benedictwn. Y no enten- 
dáis por lo dicho que sólo se trata de la gloria 
de Dios en vuestros azotes y persecuciones, 
sino también de vuestro provecho, que por aquí 
ganáis má-^ que por otro camino. Theophilacto, 
declarando aquel lugar de San Pablo (ad Phi- 
lip., i, 29): (^xiia vobis donatum est pro Chris- 
fo, non soluin ut in eum credatis, sed ut etiam 
pro illa patianimi, dice que nos hace Dios ma- 
yores mercedes enviándonos tra[f. 15 v.]ba- 
jos y ocasiones de padecer por Ei, que hacién- 
donos regalos hasta arrebatarnos al tercero cie- 
lo. Porque recibiendo favores le quedamos de- 
Inendo, y sufriendo por su amor trabajos le 
hacemos nuestro deudor. Por lo cual no sólo 
no nos habernos de quejar en ellos, sino darle 
gracias y bendecirle, ofrenda que El recibe de 
muy buena gana. Deferetur mumts a populo 
divulso et dilucerato. El alma atribulada y he- 
cha pedazos esa es la que lleva ofrendas de ala- 
banza ante Dios, y la que es siempre bien reci- 
bida. En este tan grande golpe que á todos nos 
lia atribulado, el único consuelo es este: Sieut 
Domino placuit, itajactum est. ¿Ha sido la vo- 
luntad de Dios? ¿Halo querido su Majestad? 
Sit nomen Domini benedictum. Y esta ha de 
ser nuestra canción ordinaria: Sea el Señor 
bendito y glorificado, ¿Su voluntad se ha he- 
cho? Esa es la nuestra. Y esta conformidad en 
tal ocasión sea nuestro sacrificio. Ofrezcámosle 
á Dios muchas veces (que muy buena ofrenda 
es) para bien de la difunta, para provecho nues- 
tro y gloria suya, que vive y reina en lo^ siglos 
de los siglos. Amén. 

S'ib correctione sanctae Matris Ecclesiae. 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 

OBRA PROVECHOSÍSIMA FARA TODA SUERTE DE PERSONAS 
PARTICULARMENTE PARA LAS QQE POR MEDIO DE LA CONTEMPLACIÓN DESEAN UNIRSE Á DIOS 



COMPUESTO POR EL PADRE 



FRAY JUAN DE LOS ANGELES 

PREDICADOR DE LA PROVINCIA DE SAN JOSEF DE LOS DESCALZOS 

DIRIGIDO Á ANDRÉS DE ALBA, SECRETARIO DEL REY NUESTRO SEÑOR Y DEL SU CONSEJO DE GUERRA 

(Grabado en madera que representa á Jesús crucificado, con la Virgen á la derecha 

y San Juan á la izquierda.) 

Con privilegio. En Medina del Campo, por Francisco del Canto. M. D. XC. 



APROBACIÓN 

He visto este libro que se intitula Triunfos 
del Amor de Dios, compuesto por el Padre 
Fray Juan de los Ángeles. Y no sólo es su doc- 
trina católica y conforme á las verdades de 
la fe evangélica; pero está muy rica de espí- 
ritu y será ciertamente provechosísima para 
las personas que desearen servir con gran 
fervor á Nuestro Señor, allende que tiene 
mucha erudición, y en ambas cosas muestra 
ser muy aventajado su auctor. 

Dada en San Felipe de Madrid, último día 
de Febrero de 1589 años. — Fraj' Gabriel Pi- 
nelo. Prior. 

ERRATAS 

Vi este libro intitulado Triunfos del Amor 
de Dios, y con las enmiendas [58] que lleva sa- 
cadas está bien y fielmente impreso y con- 
cuerda con su original. En Valladohd á 10 días 
del mes de Diciembre de 1589 años. — Doctor 
Alonso Vaca de Sanctiago. 

PRIVILEGIO 

Por cuanto por parte de vos. Fray Juan de 
los Ángeles, predicador de los frailes des- 
calzos de la provincia de San Josef, nos fué 

Cbrvs místicas ijkl P. Angeles. — 1 



hecha relación que vos habíais compuesto un 
libro intitulado Triunfos del Amor de Dios, 
con una Epístola espiritual, en lo cual había- 
des puesto mucho trabajo y estudio, y enten- 
díades que sería de mucho provecho para las 
almas, y nos pedístes y suplicastes os mandá- 
semos dar licencia para que vos, y no otra per- 
sona alguna, lo pudiésedes imprimir, y privile- 
gio por veinte años ó como la nuestra merced 
fuese; lo cual visto por los de nuestro Conse- 
jo, y como por su mandado se hizo en el dicho 
libro la diligencia que la pragmática por Nos 
últimamente hecha sobre la impresión de los 
dichos libros dispone, fué acordado debía- 
mos mandar dar esta nuestra cédula en la 
dicha razón, é yo túveio por bien, por la cual 
vos damos licencia y facultad para que, por 
tiempo de diez años cumplidos, que corran 
y se cuenten desde el día de la fecha della, 
podáis imprimir y vender en estos nuestros 
reinos el dicho libro que de suso se hace 
mención por el original que en el nuestro 
Consejo se vio, que van rubricadas las hojas 
y firmado al fin dellas de Cristóbal de León, 
nuestro escribano de Cámara, de los que re- 
siden en nuestro Consejo; y con que antes 
que se venda le traigáis ante ellos juntamen- 
te con el original que ante ellos presentas- 
tes, para que se vea si la dicha impresión 
está conforme á él, ó traigáis fe en pública 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



forma en cómo, por corrector nombrado por 
nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha 
impresión por el dicho original, y queden 
ansimismo impresas las erratas por él apun- 
tadas para cada un libro de los que ansí 
fueren impresos, y se os tase el precio que 
por cada volumen habéis de haber y llevar; 
é mandamos que, durante el dicho tiempo, 
persona alguna no le pueda imprimir sin li- 
cencia vuestra, so pena que el que lo impri- 
miere ó vendiere haya perdido y pierda to- 
dos y cualesquier moldes y aparejos que del 
tuviere, y los libros que vendiere en estos 
nuestros Reinos, é incurra más en pena de 
cincuenta mil maravedís por cada vez que lo 
contrario hiciere, la cual dicha pena sea la 
tercia parte para nuestra Cámara y la otra 
tercia parte para el denunciador, é la otra 
tercia parte para el juez que lo sentenciare; é 
mandamos á los del nuestro Consejo, Presi- 
dente y Oidores de las nuestras Audiencias, 
Alcaldes, Alguaciles de la nuestra casa y corte 
y chancillerías, y á todos los Corregidores, 
Asistente y Gobernadores, Alcaldes mayores 
y ordinarios, y otros jueces ó justicias, ó cua- 
lesquier de todas las ciudades, villas y luga- 
res de los nuestros Reinos y señoríos, así á 
los que agora son como los que serán de 
aquí adelante, que guarden y cumplan esta 
nuestra cédula y merced que así vos hace- 
mos; y contra el tenor y forma della y de lo 
en ella contenido no vayan ni pasen ni con- 
sientan pasar en manera alguna, so pena de 
la nuestra merced y de diez mil maravedís 
para la nuestra Cámara. Fecha en Madrid, 
catorce días del mes de Marzo de mil y qui- 
nientos y ochenta y nueve años. — Yo el 
Rey. — Por 'mando del Rey nuestro Señor, 
Juan Vázquez. 

A Andrés de Alba, secretario del Rey nuestro 
Señor y del su Consejo de guerra, fray Juan 
de los Angeles, su capellán y siervo, le desea 
salud y perpetua felicidad. 

Aunque, según sentencia del gran Padre 
Agustino, podemos amar y querer bien á 
quien nunca vimos, es parecer del Filósofo 
que al amar y bien querer necesariamente 
ha de preceder conocimiento, porque no es 
posible amar lo que no se conoce. El ejem- 
plo que confirma esta doctrina es muy céle- 
bre en la divina Escritura, que cuenta de la 



Reina de Sabbá (3 Reg., 10) cómo divulgán- 
dose la fama de la milagrosa sabiduría del 
rey Salomón, así se encendió en amor suyo, 
y tanto creció en ella el deseo de verle y oír- 
le, que, siendo mujer, y tan grave, salió de su 
tierra, y, puesta en camino, peregrinó muchos 
días hasta llegar á Jerusalén donde él estaba. 
Yo confieso que no he merecido ver á v. m. ni 
gozar de su presencia; pero á esta confesión 
añado que le amo entrañablemente en el Se- 
ñor y que con veras deseo emplearme en su 
servicio, no tanto por lo que en general todo 
el mundo dice de su valor y merecimientos, 
que á esta cuenta general es el amor en to- 
dos los que le conoscen, cuanto por lo que 
muchas veces he oído en particular de la 
boca de un singularísimo devoto de mi Orden 
y Provincia, Padre de todos los religiosos 
della y de v. m. amigo fidelísimo, cuyo nom- 
bre paso debajo de silencio, porque no me ha 
dado licencia para declararme, pero sabe 
V. m. muy bien que en ambas á dos cosas 
digo verdad, lo cual prueba el caso presente: 
que deseando yo dar algún arrimo á esta obra 
que del amor de Dios con harto trabajo 
tengo compuesta, para que por este camino 
tuviese la autoridad y aceptación que su 
autor por su indignidad no pudo comunicarle, 
el dicho se ofreció con mucha liberalidad á 
sacarla á luz, con condición que á v. m. y no 
á otro se dedicase; lo cual yo acepté de bo- 
nísima gana, así por hacer el gusto de tan 
buen amigo, como por comenzar á servir 
á v. m., aunque es el servicio tan pequeño 
que, para que parezca algo, ha de poner más 
de su parte que lo que él de suyo vale, sino 
es que v. m. se contente con la voluntad con 
que esto se le ofrece, que sin ninguna duda 
es muy crecida y rica. Y no paresce fuera de 
propósito que á quien tanto sabe de los se- 
cretos de la milicia temporal y de la tierra 
se le dediquen y descubran los de la milicia 
espiritual y del Cielo, tanto más admirables 
cuanto lo es el Señor con quien se trata sobre 
todos los hijos de los hombres. A lo menos 
podrá ver v. m., si con ojos despabilados y 
limpios del polvo de las mundanas codicias 
quiere leer este tratado, y á solas rumiar lo 
que en él se escribe, cómo alternativamente 
Dios triunfa del alma y el alma triunfa de 
Dios, que es negocio de harta consideración. 
¡Oh cuánto más importaría entrar á ver estos 
secretos del Rey eterno que toda la comuni- 



EPÍSTOLA DEDICATORIA Y ENCOMIOS 



cación y privanza de los reyes de la tierra! No 
dejo de entender por esto que es cosa glorio- 
sa en el mundo ser tan privado como v. m. lo 
es de un monarca tan grande como el Rey 
Felipe nuestro señor, cuya vida y estado y el 
de todos prospere por largos años, porque 
para cargo de tanta confianza se presuponen 
muchos merecimientos, sin los cuales ninguno 
vemos que granjea su amistad ni priva en su 
casa, porque, como otro David (Psal. 110), se 
desvela en buscar los hombres fieles de su 

• 

reino para ayudarse dellos y asentarlos con- 
sigo y darles parte de su consejo; pero tam- 
bién confieso que es cosa más gloriosa, de 
mayor provecho y honra, ser admitida una 
alma á los secretos del Esposo celestial, de 
los cuales á ninguno se da parte, sino es ami- 
cisimo, como consta por testimonio expreso 
del Redentor, que, encareciendo lo mucho que 
amaba á sus discípulos, les dijo un día: Ya 
no os tengo de llamar de hoy más sier- 
vos, aunque serlo míos es honrosísimo, sino 
amigos y privados, porque los secretos que 
oí de mi Padre os los he comunicado. En 
las cuales palabras mostró claramente el 
Hijo de Dios que para que un príncipe des- 
cubra su pecho confiadamente á un criado, le 
ha de quitar el nombre de siervo y se le ha 
de dar de amigo, y pues v. m. ha llegado á 
serlo, y tan particular, del mayor señor que 
tiene el mundo, procure también serlo con 
ventajas del que confiesa y confesamos to- 
dos por Rey de reyes y Señor de señores; 
que si, como nota San Agustín, para dar 
Cristo los oficios principales en su Iglesia 
tuvo respecto al natural de los apóstoles, por 
no sacar de su paso á la naturaleza, que al 
fin, si es buena, se ayuda della mucho la gra- 
cia; quien tan bien acude á negocios de tanto 
peso y de tanto secreto no dejará de ser muy 
aventajado si una vez le entrare en la bodega 
de su vino el Rey eterno y ordenare en su 
alma la caridad en el trato más ganancioso 
de la vida espiritual, que es el de los afec- 
tos amorosos y anagógicos deseos de que 
este mi libro especialmente trata. Recíba- 
le V. m. como se lo suplico y ampárele con 
su acostumbrada clemencia, para que, como 
la yedra tierna y ratera, arrimándose á los ár- 
boles y columnas fuertes, crece y se levanta 
y se hace vistosa y de codicia, así él, favore- 
cido y ayudado de tan gran patrono, arrima- 
do á tan buen árbol y tan firme columna, 



crezca y se levante, y pueda parecer sin te- 
mor en los ojos de los hombres, muchos de 
los cuales no se ceban en lo bueno y de codi- 
cia que hallan en los libros, sino en aquello 
sólo que, á su parecer, es reprensible, aunque 
no lo sea. Yo quisiera que el hábito y profe- 
sión mía me dieran licencia para en esta bre- 
ve epístola escribir como historiador la anti- 
güedad de la casa de Alba, de donde v m. des- 
ciende, con otras muchas particularidades 
que le hacen ilustre en el mundo; pero no la 
tengo sino para tratar los negocios del alma, 
que son los de mayor importancia y en que es 
razón que todos nos empleemos; pues, como 
dijo aquel famoso capitán Judas Macabeo, la 
gloria del hombre que no sirve á Dios, aunque 
sea monarca del mundo, estiércol es y gusa- 
nos. La verdadera le dé á v. m. aquel gran 
Señor en cuya mano derecha la consideró y 
vio el Profeta, con el acrecentamiento de los 
bienes del alma y cuerpo que este su peque- 
ño siervo y capellán le desea. Amén. 
De San Diego de Sevilla, 20 de Julio 1589. 

Fray Antonio de Santa María en recomenda- 
ción del autor y de la obra. 

SONETO 

Si quieres conocer al que retrata 
amor tan admirable y tan glorioso, 
Juan es (cual el de Pathmos tan famoso) 
que supo retratar lo que aquel trata. 

Con Dios, que es puro amor, de amor contrata, 
y como es Dios autor de amor gustoso 
y su tratar tan dulce y amoroso, 
io que su amor le enseña aquí relata. 

El mismo puro amor fué su maestro, 
y amor puede enseñar seguramente 
á todos, pues su cumbre ha ya subido. 

Conócese, el amor falso y siniestro 
con la luz deste sol resplandeciente, 
que en medio las tinieblas ha salido. 

Fray Ángel de Badajoz, predicador de la pro- 
vincia de San Josef, á Fray Juan de los Ange- 
les, autor. 

' OCTAVA 

Fray Juan, á quien el Juan viene nascido, 
¿en cuál Pathmos soñastes tales sueños? 
De los Angeles sois, y se ha cumplido; 
hay cosas que parescen á sus dueños. 
Que lo sois en la vida es muy sabido, 
pues en los vuelos altos y aguilenos, 
el que tuviere duda, lea esta obra, 
y verá que no hay falta, sino sobra. 



4 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



TERCETOS 

Angelical había de ser la pluma 
que á los cielos volase y nos trújese 
las obras del amor puestas en suma. 

Seráfica alma que en amor ardiese 
y del divino pecho enamorado 
al nnmdo los secretos descubriese. 

Cómo es Dios del amor preso y llagado, 
los celos, las zozobras que padece 
y pasiones de fiel enamorado, 

¿quién lo dijo jamás como nieresce, 
hasta que vos al mundo lo dijisteis, 
cuan claro en este libro se paresce? 

Los Angeles, Arcángeles hicistes, 
pues reveláis secretos tan notables 
que en el divino pecho vos bebistes. 

A Angeles menores inefables, 
y muy supremo y grande es el que sabe 
vuestros conceptos altos admirables. 

Un ángel será justo que os alabe, 
que no os dará lo justo ningún hombre; 
Ángel falta, que de lo que en vos cabe, 
podré serviros yo con solo el nombre. 

Fray Francisco de San Josefen recomendación 
de la obra. 

SONETO 

Si en la tierra quisieres ver el cielo, 
y al hombre trasladado á un ser divino, 
este espejo rescibe cristalino, 
que te ofresce su autor con santo celo. 

Verás de amor la fuerza y el consuelo 
que suele al fiel amante ser vecino, 
y un ancho y segurísimo camino 
que lleva el alma á Dios casi de vuelo. 

También verás el triunfo que Dios lleva 
del alma, y el que el alma de Dios cobra, 
y los dulces despojos que se ofrescen. 

Verás que como Fénix se renueva 
con mil actos de amor que por Dios obra, 
y el amor y deseo á una crescen. 

De Francisco Lobato. 

SONETO 

Arco, saetas, lazo, red y fuego, 
que tira, hieren, encadena, abrasa, 
bienes nacidos de un amor sin tasa 
y de un amante á sus ofensas ciego, 

Del propio amante el importuno ruego 
con que procura entrársenos en casa, 
la vida alegre que la esposa pasa 
ajena del común desasosiego. 

Los grandes celos que este amante tiene 
(que no hay amor que no los tenga al lado) 
la fe que quiere se le guarde entera 

liste amoroso libro lo contiene 
por el trabajo de Angeles sacado, 
y el libro es tal cual de ángeles se espera. 



Fray Ángel de Badajoz, predicador de la pro- 
vincia de San Josef de los descalzos, al cris- 
tiano lector. 

Parecióme que haría á nuestro Señor al- 
gún pequeño servicio y á ti muy grande, her- 
mano lector, si, habiéndome sido necesario 
para cierto propósito pasar este libro más de 
una vez antes que se imprimiese, te diese las 
nuevas de lo que en él vi, para animarte 
á que lo veas. Aquellos exploradores que 
Moisén envió á que viesen y paseasen la tie- 
rra de promisión, para que trayendo las bue- 
nas nuevas della á sus hermanos se animasen 
á vencer las dificultades que habla para en- 
trar á gozarla, tuvieron un acuerdo admira- 
ble: que les digamos que la tierra es deleitosa 
y abundante, que corren por ella arroyos de 
leche y miel y que produce muy hermosas y 
sabrosas frutas, pensarán, por ventura, que 
son patrañas y encarecimientos ordenados 
para quererlos engañar; llevémosles dellas, 
qae las frutas con su hermosura dirán más que 
nosotros pudiéramos decir con mucha elo- 
cuencia. Mácenlo así, y llevaron granadas, 
higos y un tan hermoso racimo de uvas, que 
eran menester dos hombres para llevarlo en 
hombros en un varal; y así sucedió que, afi- 
cionados á la tierra por la fruta que della 
habían visto, pusieron pecho al trabajo y ven- 
cieron los inconvenientes que había en la en- 
trada, sin ser parte para impedirles esto lo 
que otros mal intencionados les dijeron, esto 
es, que en aquella tierra había unos giganta- 
zos espantosos y crueles, en cuya compara- 
ción ellos parecían langostas. Yo, pues, como 
fiel explorador, pienso traerte aquí parte de 
las admirables frutas que vi en esta tierra de 
promisión; mal diré tierra, que con más pro- 
piedad se podría llamar cielo, porque tal tra- 
to, como aquí se trata, más es celestial que 
terreno; sea cielo ó sea tierra, por ella ve- 
rás correr arroyos de miel y leche, que son 
unas obras que hace Dios con el alma y otras 
el alma con Dios, cada cual en su tanto admi- 
rable. Hay maravillosas granadas, en que se 
ve el orden y compostura que en una obra 
natural se puede desear, quiero decir, tan or- 
denada manera de distinguir, dividir y difinir 
cosas, poniendo á cada cual en el lugar que 
merece, que juzgarás aquí á la granada por 
digna de la corona real que tiene, dando en 
este particular el premio al autor entre los 



RECOMENDACIÓN DE FR. ÁNGEL DE BADAJOZ 



que en nuestro tiempo han escrito. También 
hay unos higos muy melosos y suaves; unos 
dichos tan tiernos y regalados de Dios al 
alma, del alma á Dios, y del autor ya á Dios, 
ya al alma, que corre de ellos miel suavísima. 
Verás unas uvas en tan hermosos racimos, 
que para llevar uno no son menester menos 
que dos con admirable razón y gusto. Este es 
el amor de que trata, esta es la soberana ca- 
ridad que Dios y el alma la llevan á una, no 
como el amor del mundo, que va uno cargado 
amando con grande pasión y el amado se va 
vacío y riéndose de él con ingratitud. Pues la 
razón y el gusto que allí hay como de agraces, 
que para remate de su sinsabor dejan dentera 
para que tantas comidas buenas hay. La ex- 
plicación de todo esto te dirá la experiencia; 
yo sólo pretendo aquí pedirte de parte de 
Jesucristo que des de mano á estos amores; 
vayan á fuego Diana y los demás libros que á 
ellos provocan, date de veras á este divino 
amor, que aquí se comienza y en el cielo se 
perficciona, mas nunca se acaba, como dice 
el Apóstol; toma este libro por compañero y 
maestro, y verás cuánto aprovechas. Dirás, 
por ventura, que hablo como aficionado, mos- 
trando la miel y encubriendo el aguijón, y que 
otros te han dicho que en esta tierra hay unos 
gigantazos que puestos con ellos los hom- 
bres de acá parecen langostas, esto es, que 
usa el autor en este libro de algunos términos 
tan exquisitos y oscuros que requieren parti- 
cular estudio para vencer su dificultad, y no te 
puedo negar lo que dices, á lo menos en los 
tres primeros capítulos, y donde trata de la 
unión, raptos y tinieblas divinas; mas tampo- 
co me negarás ser las materias que en ellos 
se tratan tan altas, que no dan lugar á más 
claridad ni en nuestro castellano se pudieran 
hallar otros términos más claros, sino inven- 
tándolos de nuevo, con perjuicio de bajar el 
estilo y sacar de sus términos una materia 
tan importante. Y si esta razón no te satisfa- 
ce dime, por caridad, ¿qué ciencia ó qué arte 
hay, ni aun qué oficio, que no tenga sus tér- 
minos particulares? Habla con el marinero de 
su arte, y admirarte has de su diferente len- 
guaje; lo mismo es con el soldado; pues ya en 
la dialéctica hay tanto que entender en sus 
términos, que muchos de los que comenzaron 
con grandes bríos, en medio de ellos mise- 
rablemente se despeñan, desesperando de 
poderlos entender. Pues al amor de Dios, 



ciencia de todas las ciencias y arte divina su- •• 
perior á todas las demás, le quieres quitar el 
privilegio que gozan aún las mecánicas, y á 
quien tan admirablemente escribe de ella no 
darle licencia para que no use de sus propios 
términos? ó ¿piensas, por ventura, que te im- 
porta menos amar al señor que te crió, ó que 
hay menos ganancia en este trato que en los 
demás que con tanto trabajo se adquieren? 
Echa, hermano mío, el miedo del cuerpo y 
pon espuelas á tu pereza, que cuanto mayor 
te parece la dificultad mayor premio se te pro- 
mete; quiebra la dura cascara, sacarás la dul- 
ce y medicinal almendra; huella las espinas, 
cogerás hermosas rosas; quita de lo amargo si 
quieres merecer lo dulce; vence á estos gi- 
gantes, serás señor de la tierra prometida; 
conquista es de amor que suele hacer pode- 
rosos á los que antes eran flacos y Dios se 
halla en esta batalla, venciendo diflcultades, 
porque, sin duda, desea más que tú que esta 
amistad se trabe. Y pues en este libro halla- 
rás el cómo, lee y vuelve á leer sin cansarte, 
que hace muy buena vecindad la voluntad al 
entendimiento, supliéndole sus faltas, y así 
vemos que con ella muchos simples alcanza- 
ron secretos divinos que no fueron revelados 
á los sabios y prudentes del mundo. Déte el 
Señor su gracia para que le ames como Él 
quiere y merece ser amado, y encomiéndame 
á su Majestad para que me haga esta misma 
merced. Amén. 

TABLA DE LOS CAPÍTULOS 

CONTENIDOS EN ESTE LIBRO 

Capitulo primero. -De la esencia del ánima racio- 
nal, y de la necesidad que tuvo de muchas poten- 
cias, y de las significaciones que en la Escriptura 
se hallan de este nombre ánima. 

Cap. //.—De las potencias del ánima y de cómo en 
ellas resplandece la imagen de Dios y se descubre 
nuestra final bienaventuranza. 

Cap. ///.—De las pasiones del ánima en general, y 
en especial de la del amor, que es origen y funda- 
mento de todas. 

Cap. IV.— De muchas diferencias de amor. 

Cap. V.—De la principal virtud y fuerza del amor, 
que es nuidar y convertir el amante en la cosa 
amada. 

Cap. W.— Cómo el amor se extiende á todo lo que 
liega la cosa principalmente amada, y de lo que 
gana el alma de transformarse en Dios. 

Cap. VII.— Cómo sólo el amor triunfa de Dios, y se 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



tiene con él á brazo partido, y del tiempo y lugar 

deste duelo. 
Cap. VIII. — Donde se prosigue esta materia del 

tiempo de la oración y se alaba mucho la noche. 
Cap. IX.— En que se declara cuál hora de la noche 

es más á propósito para la oración y otras cir- 
cunstancias necesarias para ella. 
Cap. X. - De algunas tretas y cautelas de que se ha 

de aprovechar el alma para rendir á Dios en esta 

lucha. 
Cap. XI.— De cómo luchando el alma con Dios le 

hirió, lo cual sabemos por confesión suya. 
Cap. XII.— Del lugar de la herida en Dios, que es 

el corazón. 
Cap. XIII. - Del instrumento con que confiesa Dios 

haber sido herido del alma su esposa. 
Cap. XIV. — En que particularmente se declara qué 

ojo es en el alma el que hiere á Dios. 
Cap. XK.— Donde prosigue la misma materia y se 

, trata de la necia sabiduria que vence á toda huma- 
na sabiduría. 
Cap. XVI.— De las divinas tinieblas donde entra el 

alma, que camina por la vía afectiva. 
Cap. XVII.— De dos maneras de conocimiento, uno 

de viadores y otro de comprensores. 
Cap. XVIII.— Y cuestión única en que se trata si es 

necesario que en esta mística teología preceda ó 

acompañe el entendimiento al afecto. 
Cap. XIX.— De las oraciones jaculatorias de que de 

ordinario se ha de aprovechar el alma para herir 

á Dios. 
Cap. XX. — Del mayor impedimento que tiene la vida 

espiritual, que es el amor propio. 
Cap. XXI.— De cómo el amor de Dios, siendo en 

nosotros el primero, es raíz de todos los bienes, y 
el propio lo es de todos los males. 
Cap. XXII.— De cómo el amor propio tiene por 
oficio dividir y deshermanar los hombres, y el de 
Dios unirlos y hacerlos una cosa. 

TABLA DE LA SEGUNDA PARTE 

Capitulo primero.— De\ mirar de Dios y de la vir- 
tud maravillosa de sus ojos, y del primer triunfo, 
que es herir el alma. 

Cap. II. - De las saetas del amor. 

Cap. III.— De las cadenas del amor, y del segundo 
triunfo. 

Cap. IV. -Y triunfo tercero. De la enfermedad del 
amor. 

Cap. V.— De la insaciabilidad del amor, y de cómo 
no se contenta con lo posible: es notable. 

Cap. VI. - Del regalo que siente el alma con la pre- 
sencia de Dios, y de dos maneras de gustos, uno 
puro y otro mezclado. 

Cap. VII.— De\ segundo gozo mezclado, ó de la 
amargura que siente el alma con la ausencia de 
Dios. 



Cap. VIII.— De un efecto maravilloso que causan en 
el alma las ausencias de Dios, y del desfalleci- 
miento del amor. 

Cap. IX.— De la suspensión de nuestra alma en Dios, 
y de su perfecta mortificación. 

Cap. X. — De la bienaventurada unión que, mediante 
el amor extático, hay entre Dios y el alma. 

Cap XI.— De la oración, que es la casamentera entre 
Dios y el alma, y medio admirable para esta unión 

Cap. XII.— De la unión que pretendió Cristo entre 
El y nosotros, mediante el Santísimo Sacramento 
del Altar. 

Cap. XIII.- De la transformación ó muerte del alma, 
que es el último triunfo del amor. 

Cap. XIV. — De la embriaguez del amor. 

Cap. XV.— En que se trata qué cosa sea rapto, y de 
muchas maneras que hay de raptos, y de la diver- 
sidad de nombres que tienen en la Escriptura. 

Capitulo último. — Que enseña cómo se ha de encen- 
der y perpetuar el fuego del amor de Dios en el 
altar de nuestro corazón. Divídese en siete consi- 
deraciones para los siete días de la semana: 

Consideración primera. — De la muchedumbre de 
cosas que nos incitan y provocan al amor divino. 

Consideración segunda- — De la suavidad grande de 
Dios. 

Consideración tercera.— De las perfecciones divinas, 
y particularmente de la bondad de Dios. 

Consideración cuarta.— De los beneficios divinos. 

Consideración quinta.— Del parentesco que tenemos 
con Dios. 

Consideración sexta. — De algunas otras razones 
que se hallan en Dios para ser amado. 

Consideración séptima. — De las calidades del amor 
de Dios para con el hombre. 

Carta del autor á una señora devota, en la cual le 
da unos documentos muy necesarios para el apro- 
vechamiento de su alma y de cualquiera que los 
guardare. Especialmente es de provecho para per- 
sonas ocupadas, que no pueden vacar libremente 
á la oración y contemplación. 

PRÓLOGO DEL AJTOR 

En que declara el intento que ha tenido en este 
libro y alaba mucho este camino de afectos 
y amor. 

Entre muchas cosas memorables que de 
aquel gran filósofo Teofrasto discipulo de 
Aristóteles se escriben, una es haber acu- 
sado y reprendido á la Naturaleza porque 
á los ciervos, cornejas y otras aves y ani- 
males dio vida tan larga, y á los hombres tan 
corta. La razón de esta su querella fundábala 
este sabio en parecerle que importaba poco 
vivir estas aves y animales tantos años, y 



PRÓLOGO DEL AUTOR AL LECTOR 



mucho que la vida del hombre fuese larga, 
porque siendo tal, pudiera perfectamente ser 
enseñado en todas las artes y ciencias. De 
aquí es que acercándose á la muerte, dijo con 
gran sentimiento: ¡Ay de mí, que se me acaba 
la vida cuando comenzaba á conocerla! Aun- 
que este dicho de Teofrasto, por una parte 
es reprensible, por haber querido poner falta 
en las obras de naturaleza, que lo son de 
Dios que las hizo perfectísimas (Gen., 3) y en 
gran manera bien acabadas, por otra parte 
merece ser celebrado y recibido de todos. 
Porque verdaderamente nuestra vida es tan 
breve, que no digo yo en todas las artes y 
ciencias que hay que saber, pero ni en una 
sola de ellas puede el hombre que más vive 
demediarse. Dijo muy bien Hipócrates, mé- 
dico famoso, en el principio de sus aforismos: 
La vida es breve, el arte prolija y larga, el 
juicio que de las enfermedades se hace difi- 
cultoso y engañosa la experiencia. Y así so- 
lía decir el mismo: Senex quidem ego sum, et 
nondum ad medicince finem perveni; Viejo soy, 
y estudiando siempre la medicina no he lle- 
gado á hallarle el fin. ¿Qué más diré? El que 
más sabe, apenas sabe dos definiciones qui- 
ditativas de cuantas cosas Dios crió. Con ser 
esto verdad, no sé si por eternizarse los hom- 
bres y dejar de sí nombre á los siglos futu- 
ros, como dice Salustio, ó con qué otros fines, 
los cuales en los santos siempre fueron 
loables, pues según sentencia de San Pe- 
dro (2 Petr. I) hablaron y escribieron movi- 
dos de espíritu de Dios, hacen y componen 
tantos y tan prolijos tratados, algunos prove- 
chosos, otros de ningún provecho, que no 
solamente no basta la vida para ser perfec- 
tos en todas las ciencias, mas ni aun para 
leer la milésima parte de lo que de cada una 
se escribe. 

De Ptolomeo, rey de Egipto, se dice que 
tenía en su librería veinte mil cuerpos de 
libros, é intención de llegarlos á ciento cin- 
cuenta mil. Pues ninguno estaba escripto de 
Teología ni de Cánones, en las cuales facul- 
tades no se halla fin ni en el escribir ni en lo 
que está escripto de ellas. Pues ¿quién agota- 
rá tantas librerías? ¿Quién leerá tantos li- 
bros? Y ¿quién no temerá comenzar á saber, 
siendo verdad que la mayor parte de lo que 
sabemos es la menor de lo que ignoramos? 
(Aristot.) Y con todo, entre tan grande nú- 
mero de escriptores y teniendo delante libros 



tan sin número, no por dejar nombre en el 
mundo ni por otro ningún humano respecto, 
que de los que tratan en cosas de tanta im- 
portancia ha de estar muy lejos, sino para 
gloria de aquel Señor que merece ser glorifi- 
cado y honrado en todas sus criaturas, y de 
cada una conforme al talento de su mano 
recibido; yo, el más rudo de todos, el de me- 
nos experiencia, suficiencia y espíritu, me he 
atrevido á escribir este tan pequeño tratado 
del Amor, no por cierto mundano y sensual 
(que de esos muchos hay escritos), sino del 
divino que regala y deifica el alma con su 
virtud y maravilloso poder, y la enseña más 
en una hora que saben en muchos años los 
que frecuentan y siguen las escuelas, por 
mucho que trabajen en sus estudios, cuando 
sólo atienden á la perfección del entendi- 
miento, dejada ayuna la mísera voluntad. Las 
razones que me han movido á escribir más 
de esta materia que de otra han sido muchas; 
y, entre todas, la primera mandármelo el 
amor, á cuyo mandamiento obedece la tierra 
y el cielo, según que galanamente lo dijo Ovi- 
dio en estos dos versos latinos: 

Quidquid amorjussit, non est contemnere tutum. 
Regnat, et in saperos jus habetille Déos. 

Que vueltos en romance hacen esta sen- 
tencia: 

No es seguro tener en poca estima 
Lo que el amor ordena, manda y quiere, 
que el mandato que intima, 
Como quiera que fuere, 
Se ha de cumplir con animoso pecho, 
Que es Rey y sobre dioses ha derecho. 

La segunda razón, y que no me hizo poca 
fuerza, fué ver que todo el bien y tesoro del 
hombre y su riqueza es el amor, si es bueno, 
y su perdición y miseria, si es malo. Porque 
el bueno le hace virtuoso, y el malo vicioso. 
Siendo esto así, bien se sigue que la virtud 
no es más que un amor bueno y el vicio un 
amor malo. De donde saco yo que quien tie- 
ne ciencia del amor, la tiene de todo el bien y 
mal del hombre, de todos los vicios y virtu- 
des, de su felicidad y perdición, y quien esto . 
ignora, dése por ignorante de todo género de 
bien ó mal que toque al hombre. Favoreció 
también á mi intento ver que la común opi- 
nión de todos los sabios es que, naturalmente^ 
sin amor no hay felicidad, y que de necesidad 



8 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



él la tiene de preceder y abrirle camino, por- 
que es como principio della. Y si esto es así, 
como realmente lo es, bien conforme á razón 
parece forzar el amor á que de él y no de 
otra cosa se comience cualquiera buena doc- 
trina. Porque el que quiere proceder ense- 
ñando ordenadamente y por camino derecho, 
ha de comenzar de algún natural principio, y 
el que tiene el verdadero de la cosa que pre- 
tende tratar es visto, sin duda, no ignorar el 
de la doctrina. Y porque de la manera que el 
artífice, en cuanto puede, trabaja de imitar á 
la naturaleza en lo que obra, así el que ense- 
ña ha de principiar su doctrina de aquel prin- 
cipio que por naturaleza está ya constituido. 
Movióme, últimamente, á seguir este camino 
afectivo y del amor un sentimiento grande de 
Henrico de Palma, que en el prólogo de su 
mística Teología hace sobre aquellas palabras 
de Jeremías que, lamentando la captividad de 
su pueblo, decía: Vice Syon lugent eo, quod non 
sit qüi vadat ad solemnitatem: Los caminos de 
Sión lloran, porque no hay quien vaya á la 
solemnidad (Thren., 1). No quiere decir Jere- 
mías que los caminos materiales lloran, pues 
no tienen sentido, sino que provocan á llanto 
á quien los mira llenos de hierba, por no 
haber hombre que los huelle acudiendo á las 
solemnidades del templo, como se solía hacer. 
Así dice Henrico que los caminos de Sión 
(que son los deseos de las almas enamoradas, 
por los cuales suben á Dios, y á la ciudad so- 
berana de Jerusalén, y, morando en cuerpos 
de barro, son levantadas sobre toda razón y 
entendimiento) le hacen á él llorar y provo- 
can á lágrimas á todos los varones espiritua- 
les. Y verdaderamente hay pocos que huellen 
estos caminos, por los cuales se camina á la 
solemnidad que celebra Dios con el alma su 
esposa cuando, mediante el amor, se une con 
ella y la abraza consigo. ¡Oh lástima grande, 
que, dejada y despreciada la verdadera sabi- 
duría, así el clero como la gente popular se 
ocupan y zambullen en las mundanas delicias 
y curiosidades sin provecho! Pero más es de 
sentir y de llorar con lágrimas de corazón 
que muchos religiosos y personas de autori- 
dad, dejada y arrinconada esta verdadera sa- 
biduría, por la cual sólo Dios perfectamente 
es honrado en lo interior del alma, miserable- 
mente llenaron las suyas como de unos idoli- 
llos de diversas ciencias especulativas y de 
infinitos argumentos sofísticos, sin propósito 



inventados y fabricados. En las cuales cosas, 
por instigación del demonio, así andan absor- 
tos, y sus almas poseídas de ellas, que no 
halla lugar Dios donde pueda caber ni repo- 
sar. Maldita ocupación, por cierto, la que no 
deja algún respiradero en el alma para que 
por inflamados deseos y amorosos afectos 
llegue á tocar á su Dios, el cual no la crió 
para que contra su natural generosidad y no- 
bleza se llenase de semejantes vanidades, 
sino para que fuese asiento de la sabiduría, y 
en ella residiese como en su cielo el pacífico 
Salomón. Esta ciencia de amor, que de su 
maestro San Pablo aprendió San Dionisio, 
hace, sin ninguna duda, conocida ventaja á 
todas las ciencias, y se levanta sobre ellas 
con mayor distancia que hay entre el Oriente 
y Poniente y entre la tierra y el cielo. Las de- 
más ciencias enséñanlas los doctores y maes- 
tros del mundo; pero ésta tiene por maestro 
inmediato al mismo Dios, cuyos discípulos, 
por sentencia del Profeta (Psal. 93), son bien- 
aventurados. Esta ciencia, con divinas ilustra- 
ciones é influjos del Espíritu Santo, se escribe 
en el corazón; las demás, con plumas de aves 
y tinta negra se estampan en papel. Esta bas- 
ta, porque por medio della halla el alma á 
Dios su Criador, y en Él, como en fuente per- 
durable de todos los bienes, inmediatamente 
descansa y halla cumplida refección; las de- 
más nunca matan la sed ni satisfacen al de- 
seo. Y es justo juicio de Dios que el que, sin 
hacer caso de la suma Sabiduría, se desvía y 
aparta de la suma Verdad, sea como envuelto 
todo en tinieblas, y su ánima, desvanecida 
con las invenciones humanas, ande vagabun- 
da, descarriada y sin camino por las cosas va- 
nas. Al fin ésta inflama el afecto y alumbra el 
entendimiento; las otras, cuando hallan el co- 
razón alterado, hínchanle y oscurecen con va- 
nas opiniones y errores el entendimiento. Por 
eso pedía á Dios el Santo Profeta que le en- 
señase primero la bondad y disciplina que la 
ciencia (Psal. 118). La caridad y la bondad 
causan luz en el alma, y el gusto de la virtud 
alumbra el entendimiento. Gustad y ved, dice 
el Profeta (Psal. 33). Al gusto de Dios se 
sigue la caridad, y ojos despabilados para ver 
y penetrar secretos divinos. Y sea ejemplo 
ó figura de esto lo que pasó á Jonatás 
(1 Reg., 4), hijo del rey Saúl, que yendo ciego 
de hambre gustó de un panal y cobró la vista. 
En los Cantares promete el Esposo al alma 



PRÓLOGO DEL AUTOR AL LECTOR 



i 

I 



su Esposa un ornato de las orejas, como si 
dijésemos zarcillos ó arracadas hechas de oro, 
con unos esmaltes de plata (Cant., 1). Cosa 
nunca vista, plata sobre oro, y si no fuera 
Dios el artífice pareciera disparate, pero tie- 
ne gran sacramento. El oro significa la cari- 
dad, y la plata la ciencia; y porque la ciencia 
á secas no es buen fundamento para el edifi- 
cio espiritual, pónesele Dios de caridad á ella. 
Si no se fundan las letras sobre el amor de 
Dios, espada son en manos de loco y furioso, 
como lo hemos experimentado, no sin pérdida 
de infinitas almas, en Lutero, Zuinglio, Bu- 
cero yotros herejes,los cuales hicieron caudal 
de las ciencias y no de la caridad. Subió so- 
bre los querubines y voló, dice el Profeta: 
Ascendit super Cherubim, et volavit (Psal. 17). 
¿Adonde voló? A los Serafines. No descansó 
en la ciencia, sino en el amor, que el Queru- 
bín ciencia significa, y el Serafín amor y cari- 
dad. Esta se aventaja á las demás ciencias y 
virtudes como el oro á los demás metales, que 
en hermosura, estimación y valor es sin duda 
que los excede. Y la caridad ¿no excede en la 
excelencia y perfección á las demás virtudes? 
Es tanta verdad esto, que sin ella, ó no son 
virtudes, ó valen muy poco, según que lo afir- 
ma San Pablo en aquella primera carta á los 
Corintios (1 Cor., 13), donde confiesa llanamen- 
te que no tiene de qué gloriarse, ni de sabio, ni 
de limosnero, ni de profeta, ni de mártir, si le 
falta la caridad. San Agustín dice que la cari- 
dad es por sí sola todas las virtudes. Es fe, 
cuando creemos; esperanza, cuando confia- 
mos; fortaleza, cuando vencemos; paciencia, 
cuando sufrimos sin murmuración las adver- 
sidades; misericordia, cuando nos compade- 
cemos de nuestros prójimos; largueza, cuan- 
do hacemos limosna; humildad, cuando nos 
abatimos con el conocimiento propio; justicia, 
cuando, sin agraviar á nadie, damos á cada 
uno lo que es suyo. Al fin, es todas las virtu- 
des, y ella hace proprias suyas las obras de 
todas. ¿Qué no puede la caridad? ¿Qué no 
acomete? ¿Qué no vence? ¿Qué no compren- 
de? De las cosas fuertes, la más fuerte es el 
amor; de las cosas blandas y suaves, la más 
suave y blanda es el amor. Todo sirve á la 
caridad, todo le paga tributo, todo le recono- 
ce vasallaje. Todos los oficios tiene la cari- 
dad, y á su albedrío goza del que le parece. 
Ella no sólo es reina de todas las virtudes, 
sino, de los dones de Dios, el mayor. Pida, 



pues, quien quisiere don de profecía; pida 
quien quisiere fe que trastorne los montes; 
pida quien quisiere sabiduría y lenguas; pida 
quien quisiere castidad y limpieza; pida quien 
quisiere humildad y paciencia, ú otra cual- 
quiera de todas las virtudes; que yo sola la 
caridad quiero y pido, que es mayor que to- 
das, y todas andan en su compañía y servicio. 
Aunque Dios me dé todo lo que tiene, si me 
niega la caridad, á Sí mismo se me niega; por- 
que sólo por amor se posee, y la posesión del 
amor es el mismo Dios. De manera que el 
amor hace que Dios sea mío, y mi posesión y 
heredad. Si tengo todas las cosas y me falta 
la caridad, ni Dios es mío ni puedo gozar de 
Él, porque fruición y amor son una cosa. ¿De 
qué me servirán todas las cosas si no poseo 
á Dios? Así como Dios no puede darme cosa 
de mayor precio que á Sí mismo, así no me 
puede hacer mayor merced en la vida que 
darme su amor, por el cual sólo le poseo y 
gozo. Tanto es verdad esto que digo, que si 
se diese que Dios, por su potencia absoluta, 
apartase la visión y la fruición, digo el verle 
y gozarle en el Cielo, y juntamente se diese 
que vos le viésedes y no le amásedes, y yo le 
amase y no le viese (puesto que le conozca/ 
ni vos ni yo seríamos perfectamente bien- 
aventurados; porque ni yo me quietaría hasta 
ver lo que amo, ni vos podríades tener conten- 
to no amando el sumo Bien que veis, porque 
nuestra felicidad y bienaventuranza, ó está en 
ver y gozar, ó son menester ambas cosas para 
que sea consumada. Supuesto, pues, que los 
dos no somos del todo bienaventurados, yo 
lo soy más que vos, porque absolutamente 
más vale amar sin ver que ver sin amar; por- 
que viendo y no amando no se posee á Dios 
ni hay amistad con Él; pero, aunque yo no le 
vea, si le amo, poséole y soy su amigo y Él 
lo es mío; porque escrito está (Prov., 8): Yo 
amo á los que me aman. Luego bien se sigue 
que el amor es el mayor de los dones de Dios. 
¿Quién, pues, oyendo esto, me reprenderá 
porque haya tratado del amor, especialmente 
que no escribo del amor á secas, sino en 
cuanto es unitivo y fruitivo, y en cuanto sirve 
para enlazarnos y juntarnos con Dios estre- 
chísimamente? Y, movido de este fin, quise 
intitular este libro Vía afectiva, porque en él se 
enseña cómo el alma que estuviere bien pur- 
gada y enjuta de las humedades de los peca- 
dos por la penitencia y mortificación, y bien 



10 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



alumbrada por el ejercicio de la meditación 
de las criaturas, ha de caminar por afectos 
amorosos y deseos encendidos al beso de su 
Esposo y á los abrazos estrechísimos y sua- 
vísimos de su Dios. Mas porque el título ex- 
quisito y poco conocido no desaficionase á 
los lectores, y pareciéndoles que prometía 
poco (siendo la cosa más alta que se les puede 
comunicar y enseñar), se esquivasen^de leerle 
y tenerle, me determiné de darle este titule: 
Triunfos del amor de Dios. Y, en realidad de 
verdad, él es un duelo y una lucha de amor, 
mediante el cual lucha Dios con el alma y el 
alma con Dios. Y alternativamente se hieren 
el uno al otro en esta lucha, y se cautivan, 
enferman y hacen desfallecer y morir. Derrí- 
tese el alma, embriágase, sale de sí, trans- 
fórmase en Dios y hácese con él una cosa, 
que es lo que aquí principalmente se pre- 
tende. Este camino llama San Dionisio á 
cada paso mística teología, que es lo mismo 
que sabiduría secreta, como después vere- 
mos, por la cual afirma Henrico que se alcan- 
za el verdadero conocimiento de todas las 
ciencias. Y la razón, dice Moncino, filósofo, 
intérprete de Platón, es porque el amor es 
principio de todas las cosas, en el cual, si las 
que son están virtualmente, puédese muy 
bien decir que quien trata de amor trata 
de todas, y quien sabe lo que es el amor y 
sus propriedades, de todo cuanto hay en el 
mundo tendrá conocimiento. Y lo que es más, 
según sentencia y parecer de San Buenaven- 
tura, por este camino se certifica la fe, fortifi- 
case la esperanza y la caridad se inflama. La 
certificación de la fe está en esto que nues- 
tra ánima sensiblemente siente, ser llevada 
con una infalible noticia á aquel que sólo es 
quietativo de nuestros deseos, y esto sabe y 
entiende con mayor verdad que el ojo mate- 
rial, aunque muy claro, ve su material objeto. 
Y porque, cuando conoce ser así llevada con 
infalibilidad á aquel al cual con estas consu- 
rrecciones y afectos anagógicos camina, y en 
cierta manera se confirma en que aquel que 
por la fe adora y reverencia es verdadero Dios 
y Señor suyo. Pues cuando el alma, de mu- 
chas cosas que pertenecen á la fe que cree, 
es hecha cierta por esta sabiduría unitiva, 
sepa que si todos los sabios del mundo y to- 
dos los filósofos protestasen, confesasen y 
dijesen: Tu fe no es verdadera, sino falsa, y 
vives engañada; constantemente respondería: 



Vosotros todos sois los engañados, y yo sola 
soy la que tengo la verdadera fe. De manera 
que con mayor felicidad se tiene en el cora- 
zón el infalible fundamento de la fe por la 
unión del amor que por todas las razones, in- 
vestigaciones y discursos que se hallan en los 
libros ni se pueden inventar; tanto, que llega 
un alma á decir con San Pablo: Yo sé á quien 
he dado crédito, y cierto estoy (I Thim., 1). 
Dijimos que se fortalecía la esperanza que de 
la bienaventuranza futura tenemos, y es de 
manera su fortificación, que casi no teme el 
alma ni duda de alcanzar la gloria que espera. 
Vemos, dice San Buenaventura, que cuando 
los criados de un señor por más largo y con- 
tinuado ejercicio familiarmente le sirven, que 
al que primero temían como señor, por la 
mucha familiaridad, el temor que pertenecía á 
la majestad se pierde en ellos, para que, fia- 
dos de su bondad, en ninguna manera crean 
poderse apartar de él de allí adelante. Pues 
de la misma manera el alma, que al principio 
estaba tímida, alcanzada la familiaridad de 
Dios por los deseos y afecciones inflamadas, 
se engendra en ella, por la misericordia suya, 
una pura y tan gran confianza, que todo el 
temor pungitivo que antes la turbaba casi es 
extirpado y destruido, de suerte que viene á 
decir con el Apóstol (Rom., 8): ¿Quién nos 
apartará de la caridad de Cristo? Finalmente, 
por esta unitiva sabiduría se inflama, enciende 
y perficiona la caridad; porque como Dios sea 
fuego que consume, en tanto expele y des- 
tierra del espíritu del viador toda la frialdad, 
en cuanto, por las extensiones del amor, más 
íntimamente se acerca á él y, aspirando ana- 
gógicamente á la íntima unión suya, en cierta 
manera se pone á los abrasadores rayos del 
sol de Justicia, y como la estopa puesta á los 
rayos del sol material, del fuego enviado de 
arriba es encendida y abrasada. Y de aquí es 
lo que dijo el Sabio de este sol divino y espi- 
ritual, que de tres maneras abrasaba los mon- 
tes; porque él por sí aumenta el ardor en el 
espíritu, y mediante este ardor cercena y cor- 
ta lo que impide al amor para que más ar- 
dientemente sea inflamado (Ecles., 43). Él so- 
breañade beneficios espirituales, con los cua- 
les el mismo amor en sí mismo recibe aumen- 
to y perfecciones, hasta abrasarse el alma, 
con fin de que ardentísimamente Dios sea 
sólo amado de ella y para que hierva en 
amor al prójimo como en el suyo proprio, para 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



11 



que ella misma con insaciables deseos no de- 
sista ni cese de aspirar como enferma á la 
perfectísima unión de su Esposo. Concluyen- 
do, pues, mi razonamiento, y dando lugar al 
lector devoto para que entre á escudriñar las 
riquezas que en este pequeño volumen están 
encerradas, digo que, por esta sabiduría, el 
alma es inflamada y perficionada para que, 
á semejanza del círculo, que es figura perfec- 
ta entre todas, saliendo de las cosas sensi- 
bles y volviendo á entrar en ellas (como com- 
pás que revolviéndose sobre si da la vuelta y 
acaba donde comenzó), en todas conozca, 
ame y reverencie á solo el Criador que las 
crió, con fin de que el hombre en ellas le co- 
nociese y amase, y por ellas, que salieron de 
Él y vuelven á Él, caminase hasta ser una 
cosa con Él. Amén. 



* 



Nota --Aquí debían seguir los capítulos 
de la primera y segunda parte de los Triun- 
fos; pero teniendo en cuenta que el autor re- 
fundió y mejoró esta obra al imprimir la Lu- 
gha espiritual y amorosa entre Dios y el alma, 
la cual fué como segunda impresión de los 
Triunfos, se remite al lector á dicha obra, ter- 
cera de esta colección, donde se correspon- 
den capítulo por capítulo los que hay en los 
Triunfos, y solamente se imprime el capítulo 
último, donde van siete consideraciones, y la 
carta espiritual, únicas cosas que no repitió 
en la Lucha. 

CAPÍTULO XVI Y ÚLTIMO 

Que enseña cómo se ha de encender y perpetuar 
el fuego del amor de Dios en el altar de 
nuestro corazón. Divídese en siete considera- 
ciones, para los siete días de la semana. 

Dice Dios (Levit., 6): Siempre arderá fuego 
en mi altar, el cual cebará y sustentará el sa- 
cerdote añadiendo leña todos los días, de ma- 
ñana; y sobre este altar, compuesto el holo- 
causto, enciense luego las enjundias de los 
pacíficos, esto es, de los sacrificios de paz. 
Este fuego será perpetuo; por tanto, quiero 
que haya gran cuidado de que nunca falte en 
mi altar. Hasta aquí son palabras de Dios, y 
por cierto misteriosísimas y de grande enca- 
recimiento. Sobre ellas dicen San Gregorio y 



Ruperto que el altar de que jamás ha de fal- 
tar el fuego del divino amor es nuestro cora- 
zón, el cual, si aconteciere en la noche de la 
negligencia ó tentación entibiarse y amorti- 
guarse, luego de mañana ha de procurar el 
sacerdote avivarle con la leña de las conside- 
raciones sanctas y devotas que provocan y 
encienden el afecto. Porque si nuestra interior 
novedad, que de la cotidiana conversación se 
envejece, no se sustenta y repara con esta 
leña, vendremos muy presto á faltar del todo 
en el amor de Dios, y á morir en nosotros el 
fuego de la devoción; mas si por la mañana 
añadimos á este fuego leña, todo el día nos 
sustentaremos devotos y encendidos, y hecho 
holocausto de nuestra propria voluntad, y abra- 
sado todo lo que contradice y repugna á la de 
Dios, humearemos como encienso oloroso y 
agradable á su Divina Majestad. Este fuego, 
dice(l Cor., 13), será perpetuo; porque en los 
justos no se acaba, antes se perficiona des- 
pués de esta vida. 

El profeta Isaías consideró este fuego en la 
Iglesia militante y en la triunfante, pero hizo 
diferencia de uno á otro diciendo: Cujus ignis 
est in Syon et caminus in Jerusalem (Isai., 31). 
En Sión, que es la Iglesia militante, hay fuego, 
mas no tan apurado que esté sin alguna mez- 
cla de humo; pero en Jerusalén no hay sino 
calera de fuego, esto es, fuego encendidísimo, * 
que no admite impuridad ni consiente humo 
de alguna imperfección. 

Compárase el amor al fuego con grandísima 
propriedad, por cuatro razones: La primera, 
porque, como ninguno puede 
ocultar y tener secreto el fue- 
go, por mucho que esto pre- 
tenda, así el que está tocado de veras del 
amor forzosamente lo ha de manifestar por 
algunas señales exteriores, como ya dijimos. 
La segunda, porque como el fuego, entre 
los demás elementos, es ligerísimo y muy 
fácil en obrar, y convierte y trae á sí y á 
su naturaleza las demás cosas que toca, así el 
amor, además de que obra con grandísima li- 
gereza (que por eso le pintaron los antiguos 
con alas), arrebata á sí los demás afectos á la 
parte que quiere y los viste de su librea. La 
tercera, porque, de la manera que con gran 
dificultad se ataja un gran fuego que todo 
cuanto toca quema, asi, cuando el amor se 
apodera de todo el corazón y de todo el hom- 
bre, no hay industria que baste á apagar sus 



El amor se com 
para al fuego. 



12 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



llamas. La cuarta, y que aventaja el amor al 
fuego, es que el fuego puede al fin con su con- 
trario, que es el agua, ser detenido; pero el 
amor, no sólo no es vencido del agua de las 
tribulaciones, sino que se sustenta y convale- 
ce más en ellas, cebándose con su contrario, 
como vimos en el fuego que bajó del cielo 
para quemar el sacrificio de Elias, el cual con- 
sumía las piedras y lamía el agua (4 Reg., 19). 
Esto es lo que dijo Salomón en los Cantares 
(Cant.,8), el cual, habiendo comparado el amor 
á la muerte para declarar sus crecimientos, 
añadió: Las lámparas del amor, lámparas son 
de fuego y llamas; las muchas aguas no bas- 
taron á apagarle. En el hebreo se lee de otra 
manera. Los carbones de él, carbones son en- 
cendidos y llamas del Señor. Los Setenta tra- 
dujeron: Las centellas del amor, centellas son 
de fuego; brasas de fuego son sus llamas. Los 
griegos dicen: Las alas del amor, alas son de 
fuego; brasas de fuego son sus llamas. Vata- 
blo traslada: Sus carbones son encendidos de 
la llama del Señor. En tanta variedad de tras- 
laciones, lo que pretendió el Espíritu Sancto 
fué dar á entender que la naturaleza del amor 
es la del fuego, como hemos dicho; llámale 
centellas y alas, porque es ligero; llámale lla- 
mas del Señor, porque es irremediable si cre- 
ce, y finalmente, porque excede al fuego ordi- 
nario dice que sus carbones son encendidos 
de la llama de Dios. 

Sabido, pues, que el amor es fuego, y que 
ha de arder en el altar de nuestro corazón, es 
necesario se entienda que ningún cristiano 
está desobligado de añadir leña y cebar este 
fuego cada día, porque nos ya á todos no 
menos que la vida que él viva y sea perpetuo. 
Especialmente que, como dijo San Juan 
(Apoc, 3), á todos nos hizo Cristo reino suyo 
y sacerdotes. Y San Pedro llama á los cristianos 
generación escogida y sacerdocio real. Mas á 
quien particularmente incumbe de oficio cebar 
el fuego de la devoción y amor divino en las 
almas, de suerte que nunca muera, es á los 
sacerdotes y predicadores, que con instancia 
y perseverancia han de estar echando leña 
todos los días. Por lo cual, considerando yo 
lo primero cuan amortiguado ó muerto está 
este fuego celestial en los corazones de los 
hombres y cuan encendido el sensual y de 
mundo, porque tiene Satanás infinitos minis- 
tros que no cesan de echar leña á carretadas 
de malas palabras, de malos consejos, de in- 



fernales deseos, de consideraciones torpes, 
escribiendo para esto libros de amores, sone- 
tos, liras y otras canciones profanas en mucho 
detrimento de las almas. Lo segundo, que por 
razón del oficio me corre particular obliga- 
ción, y al fin por no dejar manca esta obra, en 
la cual he trabajado de encender fuego, no ce- 
bándole, me determiné de añadir este capítu- 
lo, que será como un monte de leña con que 
cada uno podrá sustentar y cebar el amor en 
el altar de su corazón. Y dejadas á una parte 
muchas consideraciones, que sirven como de 
gavillas y haces de leña para sustentar el fue- 
go que Dios enciende y quiere que arda, de 
solas siete trataré al presente, á las cuales 
con facilidad se pueden reducir las demás 
todas. 

CONSIDERACIÓN PRIMERA 

De la muchedumbre de cosas que nos incitan 
y provocan al amor divino. 

Las cosas que nos inducen, mueven y obli- 
gan al amor de Dios, son casi infinitas; mas, 
dejando á una parte lo que en el caso trata la 
Escriptura, que toda ella se funda en caridad y 
se ocupa en exhortarnos á esta virtud (como 
saben los que de ordinario la leen), dando por 
ningunas y de ningún valor nuestras obras si 
no se fundan en ella, y sin hablar del precepto 
del amor, tantas veces y con tan severas y 
rigurosas palabras intimado á todos los hijos 
de los hombres no menos que con pena de 
muerte eterna, dos cosas nos convidan y fuer- 
zan á todos los hombres sin diferencia al 
amor de Dios. La primera, la propria natura- 
leza dotada de razón. La segunda, todas las 
criaturas, sin quedar ninguna de cuantas Dios 
crió. Tanto es esto verdad, que llegó á decir 
San Bernardo estas palabras: Inexcusabilis est 
omnis etiam infidelis, si non diligit Deum ex 
tota corde; Ningún hombre, aunque sea infiel, 
tiene excusa de no amar á Dios de todo cora- 
zón (Bernardus, De diligendo Deum). Porque 
clama la justicia criada y nacida con la misma 
razón, que Aquél debe de ser todo en todo 
amado de todos al cual conoce debérsele todo. 
Mas ¿para qué otro fin fué criado, destinado, 
llamado, convidado, traído y arrebatado el 
hombre, sino para los matrimoniales abrazos 
y ósculos de su Dios? De aquí es que, aunque 
el amor sea tan libre que á nadie por fuerza 
se le pueda sacar, no es tanto que al albedrío 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



13 



de la razón que dicta ó de la voluntad que 
manda le podamos tomar ó dejar. Que quera- 
mos que no, somos inclinados á amar el sumo 
Bien. Bien claro lo dijo esto Boecio: Inserta 
est nobis nataraliter summi Boni ciipiditas, et 
í/í7¿c//o; Naturalmente está ingerido en nos- 
otros un deseo, amor y codicia del sumo 
Bien, al cual como por fuerza nos quieren 
llevar todas las criaturas. El cielo y la tierra 
y cuanto hay en ellos, dice el gran Padre 
Augustino, me dan gritos que te ame, Señor 
mío; y son estas voces tan grandes, que bas- 
tan á dejarnos á todos sin excusa si no te 
amamos. Y ¿qué es este mundo todo sino una 
hornaza de brasas encendidísimas, que nos 
calientan y encienden en el divino amor, en la 
cual el que permaneciere frío perecerá para 
siempre? 

Es Dios como centro de amor al cual el 
peso de ese mismo amor lleva á toda criatura. 
Es tan amable, que en su modo le aman todas 
las criaturas sensibles é insensibles. ¿Qué 
son las inclinaciones naturales de las cosas, 
sino unos amores con que son llevadas á 
Dios? Pero por su imperfección no llegan al 
sumo Bien increado, y así paran y se detienen 
en el bien criado y participado del sumo Bien. 
¿Qué es la gravedad en la piedra, sino amor 
al centro? ¿Qué la ligereza en el fuego, 
sino amor de la esfera? Aquél se llama abso- 
lutamente Bien que todas las cosas apetecen, 
y así, aquel apetito natural que hay en ellas 
en cierta manera se puede llamar amor, aun- 
que, como ya dijimos, la naturaleza insensible, 
por su imperfección, no puede llegar á este 
bien inconmutable, que es Dios, pero el hom- 
bre y el ángel sí. Dijo galanamente San Agus- 
tín que el amor era el peso de su alma y que 
allí era llevado donde él le llevaba. De manera 
que el proprio lugar de la piedra es el centro, 
y el centro de nuestra alma es Dios. ¡Oh, si 
imitásemos, los que tenemos razón, á las 
irracionales é insensibles piedras! Cosa, por 
cierto, es de admiración ver una roca cortada 
de una alta sierra, con qué furia, con qué 
ruido, con qué ligereza baja al lugar acomo- 
dado para su descanso. Todo lo que topa en 
el camino desmenuza y quebranta, y sin dete- 
nimiento alguno pasa á su centro. Roca pode- 
rosísima era aquella que, caminando para 
Dios, ni la angustia, ni el hambre, ni la desnu- 
dez, ni la persecución, ni el cuchillo, ni la 
muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los prin- 



cipados, ni las virtudes, ni las cosas presen- 
tes, ni las por venir, ni la fortaleza, ni la alte- 
za, ni la profundidad, ni alguna otra cria- 
tura pudieron impedir ó retardar su camino 
(Rom., 8). Maravilloso peso, digno de tan santa 
y pura alma como la del Apóstol, el cual con 
tanto ímpetu le lleva, rompiendo dificultades, 
hasta llegar á su centro, que es Dios. Aquí, 
aquí, alma niía, aquí descansarás, como el 
fuego en su esfera y como la piedra en su 
centro; que fuera de aquí no hay descanso, ni 
le busques, que no le hallarás. No es posible 
estar sin dolores y desasosiego el brazo des- ' 
encajado de su lugar y coyuntura, ni el alma 
fuera de Dios. 

Si se tomase sobre este caso el dicho de los 
amadores del mundo y de las cosas que hay 
en él, ¿qué no nos contarían de tragedias y 
amarguras? Y, verdaderamente, todas las cria- 
turas ncfs dan de bofetadas, y con afrenta 
grande nos echan de sí, y en voces altas pa- 
rece que nos están diciendo: Hombrecillos, 
¿para qué os llegáis á nosotras, que no somos 
el bien que buscáis ó debéis buscar? Andad 
vuestro camino, buscad vuestro centro y lu- 
gar de reposo, que en nosotras ni le hay ni le 
puede haber. Con todo esto, somos tan cie- 
gos, tan locos y desatinados, que resistiéndo- 
nos las criaturas las abrazamos, y afrentán- 
donos las regalamos y contra su voluntad las 
detenemos; si huyen, las seguimos; y siendo 
todas diputadas para nuestro servicio, á fuer- 
za de brazos las hacemos señoras nuestras y 
á nosotros sus esclavos. Tanta es nuestra ce- 
guedad y locura. Gran milagro, horrendo mi- 
lagro, y milagro diabólico, dejar los hombres 
de amar á su Dios y no caminar á Él con ím- 
petu y ligereza, como á verdadero centro, de- 
tenidos en pajas y á veces en nada. ¿Quién no 
se espantara de ver una gran peña suspensa 
y colgada en el aire sin impedimento alguno? 
Pues de mayor espanto es ver un alma criada 
para Dios suspensa en el aire de la vanidad 
y detenerse en una liviana paja de un punto 
de honra ó de otro interés mundano, y ser 
por esto privada del sumo Bien. ¡Oh centro 
divino, oh bien infinito, infinitamente atractivo! 
¿Quién me detiene de no ir á Ti? ¿Quién im- 
pide mi camino? ¿Quién retarda mi carrera? 
¡Oh qué gran peso es el del pecado, que así 
apesga las almas para que no suban á buscar 
su esfera, que es Dios! ¡Oh qué carga tan in- 
tolerable la de nuestra carne, y qué velo tan 



14 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



espeso, pues nos impide la vista de Dios! 
¿Quién me detiene, que no te rasgo con mis 
proprias manos, para ver y descansar en Aquel 
que ama mi alma? ¡Oh guarda de los hombres! 
¿Por qué me pusiste contrario á Ti, y soy he- 
cho á mí mismo pesado? (Job, 7). ¿Por qué no 
quitas ya mi pecado y destierras de mí mi ini- 
quidad? ¡Ay de mí, que tan de buena gana 
ando vagueando por las criaturas tras unas 
gotas de agua turbia, que, no solamente no 
matan mi sed, sino antes la encienden y des- 
piertan más, y dejo aquella Hmpísima y per- 
durable fuente de todos los bienes, adonde 
solamente puedo apagar mi sed y satisfacer 
el hambre que mi alma padece de su verda- 
dero y sempiterno bien! 

CONSIDERACIÓN SEGUNDA 
De la suavidad grande de Díos'{'). 

La segunda gavilla y haz de leña para cebar 
el fuego divino, la habemos de cortar y sacar 
del altísimo monte de la suavidad de Dios; 
porque esta consideración grandemente des- 
pierta en nosotros y mueve la parte concupis- 
cible de nuestra alma. Y por principio y fun- 
damento se ha de notar que Dios excede y se 
aventaja infinitamente á todo lo concupiscible 
que hay en el Cielo y en la Tierra, y deleita 
sobre todo lo deleitable. Esto consta y se ve 
claro por muchas razones. 

La primera, porque todas las cosas están 
en Dios en sumo grado; de donde se sigue 
que si el soberbio desea honra; el codicioso y 
avaro, riquezas; el perezoso, quietud y holgan- 
za; el goloso y lujurioso, deleites; si pusiesen 
su amor en Dios y lo buscasen en Él, lo ha- 
llarían mejor y más aventajado que en las 
criaturas todas, sin pecado y sin mezcla de 
imperfección; porque eminentemente est^ en 
Él todo lo que es de gusto y deleite. Y así fué 
que, pidiendo Moisén á este Señor que se de- 
jase ver de él, le respondió (Exod., 33): Yo te 
mostraré todo el bien, conviene á saber: ho- 
nesto, útil y deleitable. Y Salomón confiesa 
(Prov., 6) que con este solo bien le vinieron 
todos los bienes. 

Con esta consideración exclama San Ansel- 
mo diciendo (Ansel., in Prosologio): Despierta 

(') La edición de 1901, por error, puso santidad, 
aunque luego lo corrige en el primer párrafo. 



ahora, ánima mía, levanta tu entendimiento y 
cuanto puedes, piensa con atención cuan de- 
leitable sea aquel Bien que en sí contiene la 
suavidad y deleite de todos los bienes. Sí es 
agradable la vida criada, ¿cuánto más lo será 
la criadora esencia? Si es deleitable la vida 
hecha, ¿cuánto más deleitable será la que hizo 
todas las cosas? Si es amable la ciencia de las 
criaturas, ¿cuánto más lo será la de las cosas 
increadas? ¿Para qué andas vagueando en 
muchas cosas, buscando bienes criados? Ama 
un bien en quien están todos los bienes, y ese 
te basta. ¿Por qué empleáis, dice Isaías (Isay., 
55), vuestro dinero, y no en pan, y vuestro 
trabajo, y no en hartura? Sobre ei caso llama 
Dios á los cielos, y quiere que se pasmen, y 
que todo el mundo conozca nuestra locura y 
desatino. Dos males, dice Él (Hier., 2), ha he- 
cho mí pueblo: el uno fué dejarme á Mí, que 
soy fuente de agua viva; y el otro, que se ha 
puesto á cavar unos aljibes y cisternas rotas, 
que no pueden detener las aguas. 

Discurramos por todos los estados y modos 
de vivir que hay en el mundo, y hallaremos 
que todo lo que de codicia y deleite se halla 
en ellos es como agua en aljibe roto, que, 
cuando pensáis que tenéis algo, se os ha ido 
por cien mil desaguaderos, y al fin os quedáis 
con mayor sed. Pregunta San Bernardo: ¿Qué 
es la causa por qué nuestra alma hambrea 
tanto y nunca pueda verse harta? Y respón- 
dese él mismo diciendo que el ánima tiene su 
propio manjar y bebida, y cuando no come ni 
bebe lo que según su naturaleza le conviene, 
forzosamente ha de mendigar el sustento aje- 
no, sin poder jamás matar su hambre ni apa- 
gar su sed. ¡Oh, sí gustásemos las consolacio- 
nes divinas y los regalos del espíritu, cómo no 
andaríamos á la bellota como puercos! Pero 
como nos olvidamos de nuestro verdadero 
sustento, traemos un hambre canina y anda 
nuestra alma seca como un escarzo y transida 
de sed. 

Decía el Profeta: Aruit cor meam guia obli- 
tus sum comedere panem meum; Secóse mi co- 
razón porque me he olvidado de comer mí pan 
(Ps. 101). Pinta San Bernardo esta rabiosa 
hambre con admirable artificio. Dice que vio 
cinco hombres, á su parecer frenéticos y sin 
ningún juicio, porque todos comían manja- 
res muy íijenos de lo que era ser hombres. El 
primero comía á dos carrillos la arena de la 
mar. El segundo, puesto sobre un lago de 



CAPÍTULO ÚLTIMO. — CONSIDERACIONES 



15 



piedra azufre, con grande ansia atraía á sí 
aquel vapor y exhalación hediondísima, y de 
ello se sustentaba. El tercero estaba muy 
alegre sobre un horno de fuego encendidísi- 
mo, comiendo las chispas y centellas que de 
él salían. El cuarto estaba sobre un chapitel 
muy alto, y, abierta la boca, recibía y tragaba 
el aire fresco y delgado, y, cuando no corría 
de suyo, con un abanillo le hacía correr, porque 
no podía vivir sin aire. El quinto estaba apar- 
tado un poco de éstos, escarneciendo y bur- 
lando de ellos, siendo el más digno de risa y 
escarnio de todos, porque con su propia boca 
se comía á sí mismo y despedazaba sus car- 
nes. Compadeciéndome yo, dice Bernardo (San 
Bern., in suis dedamationibus), de tan misera- 
ble gente, deseando saber la razón por qué 
estos hombres, tan sin ella, comían tales co- 
sas, fuéme respondido que la mucha hambre 
que padecían era causa de esto. ¡Oh Dios eter- 
no, quién tuviera vuestro divino espíritu para 
declarar con gran sentimiento esta parábola, 
de suerte que de sólo leerla quedaran los 
lectores confusos y avergonzados! ¡Qué ma- 
yor miseria para una criatura racional, redimi- 
da con sangre de Dios y criada para el cielo, 
que comer arena, vapores de piedra azufre, 
llamas de fuego, el viento y sus proprias car- 
nes! Pues, ¿piensa el mundano que come otras 
comidas mejores que éstas? ¿Qué come el 
avariento sino arena y tierra? ¿Qué come el 
carnal y sucio sino vapores y hedentina de al- 
crevite ó piedra azufre? ¿Qué come el venga- 
tivo sino centellas de fuego, que le abrasan 
las entrañas? ¿Qué come el soberbio sino aire 
de vanidad, de honra y estimación propria? 
¿Qué come el invidioso, que le pesa del bien 
ajeno, sino sus proprias carnes? Desventura- 
dos de nosotros, que tan estragados traemos 
los gustos y tan olvidados andamos de nues- 
tro propio mantenimiento, que es Dios, en el 
cual sólo halla el alma verdadera hartura con 
deleite; porque es tan de codicia que excede 
infinitamente á todas las cosas del mundo que 
lo son, y es bien tan universal, que ninguno de 
cuantos se pueden desear le falta. 

La segunda razón de este exceso está en 
que Dios es fuente perdurable de todas las 
cosas concupiscibles; y todo lo deleitable y de 
codiciar que hay en las criaturas son no más 
que unos arroyuelos, ó, por decirlo cierto, 
unas góticas que se destilan de esta increada 
fuente Y ¿quién duda que se aventaje la fuen- 



te al arroyo y la causa á su efecto? Discurre 
por todas las cosas que deleitan, y acude lue- 
go al principio, y verás la suavidad y deleite 
que hallas en él. Sí el panal es dulce por la 
dulcedumbre que hay en él, ¿cuánto más dul- 
ce será la dulcedumbre que le hizo dulce? Si 
el pan es sabroso por el sabor que tiene mez- 
clado, ¿cuánto más sabroso será el mismo sa- 
bor? Si el oro deleita por la hermosura artifi- 
cial que le puso el platero, ¿cuánto más delei- 
tará la misma hermosura? Pues sepa el alma 
que todo lo dulce, todo lo sabroso, todo lo 
hermoso, todo lo precioso y todo lo agrada- 
ble que hay en las criaturas es (como ya dije) 
no más que unas gotas de aquel infinito Océa- 
no que esencialmente es hermosura, dulce- 
dumbre, sabor, bondad, sabiduría, consola- 
ción, descanso, gozo, alegría, paz perdurable, 
fuente de vida y gloria verdadera. 

La tercera razón de este exceso es porque 
este sumo Bien es todo substancial y los otros 
no más que accidente; éste es bien simple- 
mente y por esencia, los demás por partici- 
pación y accidentalmente. De donde se sigue 
que, si el deleite es bien, el mayor deleite será 
mayor bien, y el deleite con exceso será exce- 
sivo bien; luego el sumo Bien ventaja hará á 
todos los bienes. En los Proverbios se escribe 
(Prov., 8.): Todas las cosas que se pueden 
codiciar y desear, no se pueden comparar con 
El de ningún modo de comparación; porque, 
en respecto de este infinito Bien, todas las 
bondades de las criaturas son nada. San Jeró- 
nimo dice: Todo nuestro ser no es ser, si se 
compara con el divino y eterno Ser. ¿No mi- 
ras, ánima mía, cuan de codiciar es el que te 
digo que codicies y ames? Bueno es el oro y 
buenas las riquezas, dice San Agustín; pues si 
un peso de plata le codicias porque es bueno, 
tanto más le codiciarás si es de oro, cuanto el 
oro se aventaja á la plata. Pues si se hallase 
cosa que mil millones de veces fuese más 
buena que el oro, ¿no estarías, según razón, 
obligada á codiciarla y amarla otras tantas ve- 
ces más que al oro? Pues si Dios es infinito 
Bien, y con infinitas ventajas excede al oro y 
á todos los bienes, ¿no te parece que te obliga 
á recoger en uno el amor que repartes en to- 
dos los bienes, y dárselo á Él solo, infinitas 
veces más bueno que todos? ¿Qué vagueacio- 
nes son éstas, alma mía? ¿En qué andas bus- 
cando bienes? Busca sólo este Bien en quien 
están todos los bienes, y bástate, como dijo 



16 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



Anselmo; porque si estás enferma y flaca, El te 
será fortaleza; si codiciosa de saber grandes 
secretos, Él te será infinita sabiduría, que al fin 
Él es á todos todas las cosas: á los meneste- 
rosos, liberalidad; misericordia á los míseros; 
sanidad á los enfermos; salvamento á los que 
perecen; benignidad á los fugitivos; alteza á 
los grandes; riqueza á los avarientos; deleite 
á los regalones y delicados, y á los cansados 
descanso. Y, finalmente, es para todos lo que 
cada uno ha menester; porque, como fuente, 
llena los deseos de todos. Mas ¡qué engaño 
tan grande, andarse un alma tras los bienes 
de la tierra, dejado este sumo y sempiterno 
Bien! Aquéllos deleitan particularmente, éste 
en general; aquéllos superficialmente, éste pe- 
netra el corazón y empapase en el alma, por- 
que sólo la puede penetrar; aquéllos á tiem- 
pos y con límites, éste eternalmente y sin fin. 
Este ninguno le pierde, sino el que quiere per- 
derle; los otros, de las manos se os cogen y 
desaparecen aunque no queráis. Séate, pues, 
¡oh ánima mía!, amargo más que el acíbar todo 
lo dulce del mundo, porque sólo Dios te sepa 
bien y te haga buen gusto. No busques con- 
solaciones en las cosas de la tierra, porque 
todo corras al amor de Señor tan amable y 
deleitable. Y si no puedes codiciar y desear 
de todo corazón este tan inmenso Bien, á lo 
menos desea y codicia, con el Profeta, desear- 
le y codiciarle. 

CONSIDERACIÓN TERCERA 

De las perfecciones divinas, y particularmente 
de la bondad de Dios. 

Dijimos de la suavidad de Dios, y cuan de 
codiciar es para el alma; digamos aquí algo 
de sus perfecciones y bondad, porque sin 
duda es la leña en que mejor prende y se ceba 
el fuego del amor. Porque el bien conocido es 
el objeto proprio de la voluntad; que, como ya 
otras veces habemos dicho, aquél es propria- 
mente bien que todas las cosas codician y 
apetecen. Pues si de razón del bien es ser 
amado, siendo Dios esencialmente bueno, y la 
misma bondad, y aun, como dijo Cristo, nin- 
guno merece este nombre de bueno sino sólo 
Él, ¿qué razón hay para que, conociéndole por 
el entendimiento, no se vaya desvalida tras 
de Él nuestra voluntad? Es Dios bondad tan 
infinita y pura, tan amable y deseable, tan gra- 



ciosa y de tanta excelencia, que, en su com- 
paración, toda bondad criada no merece este 
nombre, ni es nada. El mismo juicio se debe 
hacer de los demás atributos y perfecciones 
de Dios, porque es tal, que ninguna cosa ma- 
yor ni mejor ni se puede pensar ni imaginar. El 
es primer Ser eterno, inmenso y absolutamen- 
te perfecto. De manera que cualquiera cosa 
que hace y pertenece á nobleza, eminencia, 
perfección y bienaventuranza de ser, todo le 
conviene y pertenece por infinitas razones 
plenísima y simplicísimamente á Dios. Al fin, 
toda perfección criada en su comparación es 
imperfección, y por eso se llama solo Dios, 
solo Señor, solo Santo, solo Bueno y solo In- 
mortal. ¿Cómo, pues, no te amamos. Dios 
nuestro? ¿Cómo no te amamos. Señor de las 
criaturas, si te consideramos inmenso, infini- 
to, incomprehensible, y sobre todas las cosas 
en todo género de perfección perfectísimo? 
Aunque nada de lo que criaste hubieras cria- 
do, sino que toda esta máquina por sí se sus- 
tentara y de sí tuviera ser lo que es, está- 
bamos obligados á amarte sobre todas las 
cosas. Porque la naturaleza racional, que to- 
das las considera y hace juicio de ellas, según 
que por grados halla que se diferencian unas 
de otras, á las que tienen más de bondad for- 
zosamente ha de dar más de alabanza. Así 
que más se debe alabar el sol que la luna; 
más la luna que el lucero; más el alba que la 
noche; más la rosa y azucena que la violeta, 
y esto sólo con el discurso de la razón, por- 
que de suyo son mejores estas cosas unas 
que otras. Pues sí á las cosas más principa- 
les, aunque de ellas no recibamos provecho, 
honramos con más aventajada honra, á Dios, 
que es sobre todas admirable y precioso, 
principalmente le debemos honrar, amar y 
servir, aunque, como tengo dicho, ningún 
bien de su mano hubiéramos recebído. ¿Quién 
no tuviera por loco y desatinado al que ante- 
pusiera al oro las margaritas, y al bálsamo 
suavísimo los guijarros y pajas vilísimas de 
este suelo? Pues ¿cuánto más loco y ciego y 
de juicio más trastornado y pervertido es 
aquel que pospone el Bien infinito, increado y 
excelentísimo, á las cosas criadas, caducas y 
perecederas, amando éstas, buscándolas y 
suspirando por ellas? 

Pero dejado esto á una parte, aunque para 
amar á Dios hay infinitas razones que hacen 
fuerza á la criatura racional, principalmente 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



17 



I 



se ha de amar por quien Él es. El seráfico 
doctor San Buenaventura, con un galano é 
ingenioso discurso, prueba que, sobre todas 
las cosas. Dios debe ser por Sí mismo amado. 
Su discurso es éste: De todas las cosas ama- 
bles, lo amantísimo es la vida y bienaventu- 
ranza; entre todas, la amabilísima es el amor; 
sobre todas, la dignísima de ser amada es 
Dios. De aquí es que, siendo Dios bienaven- 
turado, subsistente, viviente y amor, debe ser 
[sobre todo] amado. Y, verdaderamente, fue- 
ra de razón es que una cosa sea dignísima de 
ser amada y que no sea en sí amabilísima; 
cosa indigna, que lo que juntamente es digní- 
simo de ser amado y amabilísimo, no se ame 
en grado superlativo. Pues si Dios es vida y 
de donde se deriva la que tienen las cosas 
que viven, y es bienaventurado, y por quien 
lo son los que lo son en el Cielo; y es amor 
infinito y eterno, y de quien se derivan los 
amores de todas las criaturas que saben 
amar, ¿por qué no será amabilísimo y amantí- 
simo; pues es dignísimo de ser amado por 
quien es? No ama el varón perfecto á Dios 
sólo por el premio y retribución, ni por otro 
algún respecto de beneficios y dádivas, sino 
por sí mismo; que el verdadero amor en sí 
mismo y de sí mismo se engendra. Así decía 
San Bernardo: Amo, porque amo; amo, para 
amar. 

Al santo profeta David levantan algunos 
testimonio, diciendo que servía á Dios por el 
premio que esperaba, como el demonio se lo 
levantó á Job cuando dijo (Job, 1): ¿Por ven- 
tura teme y sirve Job á Dios de balde? Y esa 
fué la razón por que le quitó Dios, ó permitió 
que le quitase el demonio todos los bienes y 
la salud; para que se echase de ver que no 
por aquellas cosas le servía, temía y amaba, 
sino por Sí mismo. Alegan los que motejan de 
interesal á David por abonar sus intereses, 
aquel verso del salmo 118, donde dice: In- 
cliné mi corazón á la observancia de vues- 
tros mandamientos por la retribución, Y es 
lo bueno, que no dice que guardó los manda- 
mientos ni que obró justicia ó justificaciones 
por el premio, sino que inclinó el corazón. Sí, 
que diferencia hay entre inclinar yo mi cora- 
zón al servicio de Dios considerando el pre- 
mio que me tiene aparejado, á servirle sólo 
por el premio; que lo uno es interese puro, y 
lo otro, amor puro. Sí, que no es malo, sino muy 
bueno, despertar yo mi alma y mi corazón 

Obbas místicas del P. Anseles. — 2 



que se mueve con la consideración del pre- 
mio, poniéndole delante el que Dios tiene apa- 
rejado para los que le aman y temen. La razón 
por que Dios se ha de amar por sí mismo y 
no por otro respecto, es porque, si esto no 
fuese, no le amaríamos con otro más aventa- 
jado modo de amor que el con que amamos 
el caballo, y el perro, y la hacienda; las cuales 
cosas queremos bien por nosotros. Y si por 
mi provecho amase á Dios y le sirviese, ó por 
la bienaventuranza que me ha de dar, y por 
los beneficios solos que de Él espero, haría 
ilícitamente; porque esto sería ordenar á 
Dios á la criatura, pues en cuanto me es 
útil, y no más, le quiero; lo cual es contra 
toda razón y justicia. San Agustín dice que el 
amor con que alguno ama á Dios por respecto 
temporal es afrentoso, porque antepone á Él 
aquella temporalidad que tiene por fin en su 
amor. Sí, que más amo yo la hacienda que á 
Dios, si por la hacienda amo á Dios. De aquí 
es, como dice este sagrado doctor, que los bue- 
nos usan de este mundo por gozar de Dios, y 
los malos usan de Dios por gozar del mundo. 
A éstos llama Santiago (lacob, 1), sabios de 
sabiduría terrena, animal y diabólica; porque 
aman tierra, aman carne y aman á Dios, pero 
las dos primeras cosas principalmente, y á 
Dios por el interese, que es proprio de demo- 
nios. Verdaderamente, dice Hugo, mayor inju- 
ria haces á la caridad y amor de Dios si reci- 
bes sus dones y no le das amor en agradeci- 
miento por ellos que si no los recibieses. Por 
tanto, ó no los recibas (si puedes pasarte sin 
ellos), ó, si los recibes, procura pagarlos con 
amor. Ama á Dios y ámate á ti, y ama los do- 
nes de Dios por Dios. Amale á Él para gozar- 
le, y ámate á ti para que seas amado de Él. Y 
por que concluyamos con esta consideración, 
oye lo que dice el devotísimo Bernardo: El 
alma que ama las cosas temporales, sucia 
está é indigna es del amor de su Dios, que con 
amor se las da. 

CONSIDERACIÓN CUARTA 

De los beneficios divinos. 

Si los beneficios son incentivos y motivos 
para amar al bienhechor, no se podrá llamar 
éste haz de leña, sino monte espesísimo y es- 
paciosísimo, por ser tantos. Ni había de que- 
dar cosa en el hombre que no arda en amor 



18 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



de aquel gran Señor de quien todo lo ha reci- 
bido, no con otro fin de que en ellos y por 
ellos le amen. Testigo es Séneca, que los pe- 
rros aman á quien les hace bien; y los gatos, 
como nota Santo Tomás, abrazan y hacen ca- 
ricias á su bienhechor; y la oveja, con sola la 
facultad estimativa, huye del lobo y sigue á 
su pastor; y ¿el alma ha de ser ingrata á 
tan liberalisimo bienhechor como es Dios? 
Si por un pequeño beneficio naturalmente 
amamos á cualquiera hombrecillo de quien 
le recibimos, ¿cuánto debemos amar á aquel 
Señor que no una vez, sino muchas, nos ha 
obligado y obliga cada día con beneficios no 
pequeños, sino de gran valor y precio? Ver- 
daderamente deja atónita y como ahogada 
el alma esta consideración. Porque ¿quién 
contará solos los beneficios de naturaleza? 
¿Quién los de gracia? ¿Quién los de gloria, 
que ni ojo los vio, ni oído los oyó, ni en co- 
razón de hombre jamás pudieron caber? ¡Oh, 
Dios mío, y cómo no sólo sois digno de que 
yo os ame por Vos mismo, porque sois quien 
sois, sino porque con mercedes tan sinnú- 
mero me tenéis obligado á vuestro amor! 

Oye, alma mía, lo que el profeta Micheas 
dice de parte de Dios (Mich., 6): ¿Que pien- 
sas que pide tu Señor y tu Dios por lo que 
por ti ha hecho? Por cierto, no más de que le 
ames. Todo cuanto ha obrado y padecido lo 
ha ordenado á despertar en nosotros su amor; 
de manera que todos sus beneficios son como 
despertadores del amor que debemos á Dios. 
Santo Tomás dice (Sanctus Thomas, Tractatus 
de amore): Un contrario contingente pelea con 
otro contingente contrario y le altera, y, si 
prevalece en su acción, le asimila á sí. Esto 
se ve en el fuego, que, peleando con la tierra, 
con su calor expele la frialdad de ella, y de 
fría la hace caliente, y, continuándose en esta 
acción, al fin se calienta en sumo, y de tierra 
se vuelve fuego, y de una, otra. Así Dios, 
amando á quien no le ama, y amándole ardien- 
temente como fuego, porque Dios es fuego 
que consume, estando el hombre frío y sin 
amor como la tierra, allégase Dios más y más 
á él, y tocándole con beneficios, le dispone 
para introducir en él su forma, esto es, su 
amistad. Primero la calienta, mueve y altera, 
según aquello del salmo, que dice: Toca los 
montes y humearán. Finalmente, obrando con 
frecuencia y perseverancia, porque jamás deja 
de beneficiar esta animada tierra con precio- 



sísimos dones, la enciende y vuelve en fuego, 
conforme á lo que Él mismo dice por Sofo- 
nías; In igne zeli mei devorabitur omnis tena; 
En el fuego de mi celo, ó de mi amor, será 
tragada toda la tierra, y la haré semejante á 

Ai (Sofonías, c. 2). De esta materia de bene- 
ficios, en general y en particular, trata copio- 
sa y elegantemente el Padre Fray Luis de 
Granada en su libro del Amor de Dios. Allí 
podrá el lector ver la muchedumbre de bene- 
ficios que Dios ha hecho y hace á los hom- 
bres; que yo sólo quiero sacar de raíz y de 
fundamento la obligación que á mí y á todos 
nos corre por ellos. Para cuya mayor inteli- 
gencia se han de pesar tres cosas: el dante, 
el que recibe y las dádivas. 

Digamos primero del dante, que es Dios, y 
pesemos en Él dos maneras de dones: uno 
visible y manifiesto, que es este mundo con 
todo lo que hay en él, que todo es mío y á 
mi servicio diputado; otro invisible y secre- 
to, que es el amor del dante. Este es el pri- 
mero y principal don y fundamento de los de- 
más que vemos y conocemos, los cuales (como 
en otra parte dijimos) tienen más razón de in- 
dicios y señales de este don secreto que de 
dones, porque en virtud de este primero se 
nos dieron y dan los demás, y de la grandeza 
de aquéllos se saca la del amor. Y porque 
Dios crió todo este mundo, y cuanto hay en 
él, y lo que hizo lo hizo por el hombre, sigúe- 
se que lo primero y principalmente amado en 
el mundo fué el hombre, y que todas las de- 
más cosas amó por el hombre y en ninguna 
ama sino al hombre, por haberlas todas orde- 
nado al hombre. ¡Oh amor purísimo, sincerí- 
simo, verdaderísimo, segurísimo, graciosísimo 
y liberalisimo el que Dios tiene al hombre, y 
al cual ningún merecimiento precedió en el 
hombre ni cosa que obligase ó incitase á Dios 
para que le hiciese tanto bien! Más obligado 
queda el hombre á Dios por este beneficio de 
haberle dado con tanta liberalidad y tan de 
gracia su amor, que por todos los demás be- 
neficios; porque más vale su amor que todas 
las criaturas del mundo. Sí, que tanto tiene 
de excelencia el amor cuanto es excelente el 
que ama. Pues ¿qué cosa más excelente que 
Dios? ¿Qué cosa más poderosa? ¿Qué cosa 
mejor ó más noble? Luego todos los bene- 
ficios vence la grandeza de este beneficio. 

Consideremos en el segundo lugar el que 
recibe, que es el hombre, y veremos clarísi- 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



19 



mámente la grande obligación que de aquí 
nace de amar á tan magnífico Bienhechor. Y 
para que esto se entienda y esta razón aprie- 
te, y haga fuerza al corazón humano, mírese 
la necesidad inevitable que tiene el hombre 
de todo lo que recibe de Dios. Sí, que no 
está en mi mano el no recibir las mercedes 
que Dios me hace, como lo está en la suya el 
no hacérmelas, porque en Dios hay pura y 
libre voluntad, y en mí forzosa necesidad; tan- 
to que si no recibo de Dios, es imposible sus- 
tentarme un punto en el ser que tengo. Decid 
que no queréis aire, ni tierra, ni fuego, ni 
sol, etc., porque sin estas cosas podréis pasar. 
No es posible, porque nuestra necesidad es 
inevitable y continua por todos los instantes 
de la vida, y esa misma continuación tiene la 
voluntad de Dios en hacernos mercedes y 
beneficios. ¡Oh Dios mío, amigo verdadero de 
los hombres, que con tan grande perseveran- 
cia socorréis mi necesidad tan irremediable, 
y no por otro que Vos! ¿Cómo no amo de 
continuo á Aquel que continuamente acude al 
remedio de necesidad tan continua? 

Lo bueno es que con ninguna cosa puede 
el hombre pagar ni satisfacer á tanta deuda 
sino con amor, porque nada tiene que sea 
suyo sino el amor. En la mano está la prueba 
de esta verdad. Todo lo que por fuerza y 
violencia se le puede quitar al hombre, propria 
y verdaderamente no es suyo; y asi, si lo die- 
se todo junto á Dios, no le pagaría la más 
mínima parte de lo que le debe, porque le da 
lo que es ajeno. Siendo esto así, bien se sigue 
que ninguna cosa fuera del hombre es propria 
del hombre, ni el cuerpo ni los miembros de 
é!, ni la vida corporal, porque, no queriendo, 
le pueden quitar todo esto; ni aun toda el 
ánima, porque en parte está atada con los ór- 
ganos del cuerpo, que tampoco están en nues- 
tra potestad. Pues ¿qué se puede llamar pro- 
priamente mío? El amor que procede de la 
voluntad, que es reina y señora y libre en el 
hombre, y que por ninguna vía puede pade- 
cer violencia. Por lo cual el amor es don libre 
y precioso, y el que sólo pretende Dios de 
nosotros por todos los beneficios y mercedes 
que nos ha hecho, y por su tan liberal y gra- 
cioso amor con que nos ama y hace bien. Y 
ten, para guardar respecto de Dios el orden 
que guardó Dios respecto del hombre, lo pri- 
mero que se le ha de dar es el amor; que eso 
fué lo primero que dio Dios al hombre, y don- 



de se fundaron los demás beneficios que le 
hizo. Verdaderamente es preciosísimo el amor, 
porque él de suyo, sin otra dádiva alguna, es 
amable, aceptable, suave y dulce, y todo lo 
demás, sin él, no se acepta, ni se ama, ni es 
de cadicia. Mucho recibiste, dice Hugo, y 
de tu cosecha nada tuviste, ni por todo tienes 
con qué pagar sino con amar, porque todo lo 
que recibiste te lo dieron por amor. Y San 
Bernardo dice: El amor por sí solo basta, por 
sí solo agrada: él es el mérito y premio de sí 
mismo. Concluyo con esta consideración sólo 
con decir que todos los beneficios hechos á 
todas las criaturas en general y en particular 
son beneficios hechos al hombre, por el cual 
fueron ellas todas criadas, y á su cuenta está 
el agradecimiento de todos, y á ninguno de 
tantos satisface sin amor. 

CONSIDERACIÓN QUINTA 

Del parentesco que tenemos con Dios. 

No quiso "nuestro gran Señor que tuviese 
el hombre alguna excusa verdadera ó aparen- 
te para dejar de amarle, y así buscó todas las 
razones que se pueden hallar de amor para 
provocarle al suyo. Y aunque las ya dichas 
son eficacísimas y poderosísimas para aficio- 
nar y encender la voluntad en el divino amor, 
éste decir de uno es mi pariente y mi deudo 
tiene gran fuerza y obliga á mucho en la cria- 
tura racional. Subamos por el árbol de la con- 
sanguinidad y contemplemos el amor con que 
amamos á nuestros padres, porque nos en- 
gendraron cuanto al cuerpo; que el ánima de 
fuera viene, como dijo el Filósofo. Atravesemos 
la línea principal, donde se hallan los herma- 
nos. ¿Qué amor se puede comparar al que se 
tienen unos á otros, si son tales? Descenda- 
mos la línea derecha y pesemos el amor de 
los padres respecto de sus hijos, por los cua- 
les se han puesto muchos muchas veces á 
perder las vidas, y lleguemos después al amor 
de marido y mujer, entre los cuales no hay 
grado de parentesco, porque son una carne. 
Es tan grande, que excede á todos los demás. 
Pues, ¡oh ánima mía!, mira, yo te ruego, la 
leña que por esta consideración se te admi- 
nistra, que cierto es bastante, no sólo para 
encendeite en el amor de tu Dios, sino tam- 
bién para abrasarte y hacerte un fuego con él. 
Si se ama el padre y la madre porque nos en- 



2ü 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



gendraron cuanto al cuerpo, Dios ¿no es más 
que padre y madre, pues te hizo y te posee, y 
te crió? Y ¿qué tiene que ver lo que los padres 
carnales pusieron en mi generación, en com- 
paración de lo que Dios puso? En lo que mis 
padres me dieron, no difiero de las bestias; 
en lo que me dio mi Dios, soy semejante á los 
ángeles y al mismo Dios. Y más: que en lo 
que es de mis padres, mayor parte tiene Dios 
que ellos; porque es causa universal de ma- 
yor influencia que ninguna otra particular. No 
quiero tocar aquí las razones que de paterni- 
dad se hallan en Dios, porque será nunca aca- 
bar; baste saber que nadie merece este nom- 
bre de padre sino Él. Así decía Cristo á sus 
discípulos (Math., 23): ÍIo queráis llamar á 
ningún hombre padre en la tierra; porque 
sólo un Padre tenéis que de verdad haga ofi- 
cio de padre, y ése está en los Cielos. Pues 
si quisiésemos ahondar en esta consideración 
de que es madre, no se hallarían palabras para 
declarar el amor que debajo de este título nos 
muestra. Ese es el encarecimiento que el mis- 
mo Dios hace de su amor, por Isaías, dicien- 
do: ¿Olvidarse ha, por ventura, la madre de 
su infante salido de sus entrañas? ¿Podrále 
faltar misericordia para él? Parece que es im- 
posible. Pues si ella se olvidare, dice Dios, 
yo no me tengo de olvidar, porque soy más 
madre que todas las madres. 

Dejemos ya la paternidad, y pasemos á con- 
templar la fraternidad. ¿Qué consideración 
puede haber más dulce que ésta? Dios es mi 
hermano, y no por cierto como los que lo son 
según la carne y sangre y voluntad de varón, 
que esos disminuyen el amor de los padres y 
las herencias, si son muchos; con nuestro her- 
mano mayor nos ha sucedido muy de otra ma- 
nera, que no sólo no se ha disminuido el amor 
de su Padre para con nosotros, antes por su 
respecto ha crecido y se ha aumentado, al me- 
nos cuanto á los efectos; porque después que 
el Unigénito de Dios se hizo nuestro hermano 
por la humanidad asumpta, los favores que 
nos ha hecho han sido mayores que fueron los 
que hizo á los hombres antes de esta herman- 
dad. Y, lo que es más de estimar, que no nos 
quitó ni disminuyó la herencia; antes, los que 
por nuestras culpas estábamos desheredados, 
fuimos por sus merecimientos admitidos de 
nuevo á la heredad del Cielo y hechos con Él 
juntamente herederos. Bajemos ya la línea 
recta, y veremos bajar con gran ímpetu el 



amor de los padres á los hijos, despeñándose 
y sin poderse disimular. Lo cual se ve cada 
día en los animales que carecen de razón, que 
con el amor de los hijuelos se meten por las 
lanzas de los cazadores, aventurando sus vi- 
das por conservar las de ellos. Queriendo, 
pues, nuestro Dios ser amado con aquella ter- 
nura que de sus padres lo son los hijos, quiso 
ser hijo nuestro, no sólo por la carne de que 
se vistió (que esa filiación á sólo la Virgen 
toca, que es su verdadera Madre y Él su ver- 
dadero Hijo), sino nuestro, de cada uno, digo, 
que quisiere ser su padre. Él mismo lo dijo 
por San Lucas (') (Luc , 12): El que hiciere la 
voluntad de mi Padre, que está en los Cie- 
los, ése es mi padre, mi madre, y mi herma- 
no y mi hermana. Si por hacer una doncella la 
voluntad de un hombre viene á ser madre, 
¿por qué no haré yo la de Dios, por ser padre 
y madre de Dios, especialmente no intervinien- 
do corrupción, como en la doncella, que lo 
deja de ser en siendo madre, sino integridad 
y pureza? Si la madre concibiendo su hijuelo 
sucia y asquerosamente, y trayéndole en su 
vientre nueve meses tan á costa de su salud, 
y pariéndole al cabo de ellos, no sin dolores y 
peligro de muerte, y criándole con solicitud y 
trabajo, y saliéndole muchas veces ingrato y 
desobediente, con tanta ternura le ama, ¿por 
qué no amaré yo y abrazaré como madre á mi 
Jesús, que por obra del Espíritu Sancto limpí- 
simamente le concibo en el vientre de mi alma, 
que es la memoria, y con suavidad y deleite 
le traigo en ella y le vengo á parir con seguro 
de la vida, y con tanta facilidad le sustento y 
crío, y es báculo de mi vejez, ojo de mi ce- 
guedad, y que hasta la hora de la muerte me 
ha de guardar la fe de hijo, ayudándome en 
tan riguroso trance? Abraza, alma mía, este 
pequeñuelo hijo tuyo, nacido para tu bien y 
todo para ti, como dijo Isaías (Isay., 9), y pon 
en sólo Él tu amor como verdadera madre. Y 
si no te parece que basta este título de hijo 
para inflamar tu afecto en el amor suyo, pasa 
á considerar el vínculo más estrecho que se 
halla y el parentesco más cercano, que es ser 
tu marido y desposado, y así no dudarás por 
el amor suyo dejar el padre, y la madre, y todo 
lo que hay en el mundo por juntarte á Él. 



(') La autoridad que cita, tanto en el texto como 
al margen, atribuyéndola á San Lucas, es de San Ma- 
teo, en el cap. XII, v. 50. 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



21 



Gran Sacramento, dijo el Apóstol (Ephes., 5), 
es éste, hablando del matrimonio; mas porque 
esta grandeza no la tiene de suyo, sino por lo 

»que representa, añadió luego: Digo esto en 
Cristo y la Iglesia; esto es, por la significa- 
ción; porque, si bien miramos en ello, repre- 
senta tres matrimonios admirables. El prime- 
ro, entre el Verbo y nuestra humanidad. El 
segundo, entre Dios humanado y la Iglesia. El 
tercero, entre Dios y el alma. Pues si el sacra- 
mento del Matrimonio es grande por la repre- 
sentación de estos tres matrimonios, ¿qué tan 
grandes serán los mismos matrimonios? Deje- 
mos el primero y el segundo, y tratemos el 
tercero, tantas veces celebrado entre Dios y 
las almas. 
P Y por principio digo, que en toda la divina 
Escriptura no hay cosa más repetida ni sabida 
que el amor que Dios tiene al hombre, y la 
gana que muestra de juntarle á Sí, por fe y 
caridad. El cual ayuntamiento y amorosa unión 
llamaron los Santos matrimonio y bodas, y al 
alma que quebranta la fe prometida llaman 
adúltera. En los legítimos matrimonios (como 
, en otra parte dijimos) todas las cosas son co- 
H muñes: hacienda, hijos, oraciones, trabajos, y, 
B al fin, todo anda de comunidad. Lo mismo pasa 
en este matrimonio espiritual, en que la vida, 
sangre, merecimientos, oraciones, trabajos y 
justicia de mi Cristo, y el mismo Cristo es mío 
y para mí, y mis enfermedades, miserias, fla- 
queza y dolores son para Él. De esto tuvo sig- 
nificación aquel trueco de la costilla del hom- 
bre por la carne de la mujer. Quitáronle, dice 
la Escriptura (Gen., 3), á Adán la costilla fuerte 
y diéronsela á Eva, y pusieron en su lugar 
carne. Tomó el desposado lo flaco de su es- 
posa para poder padecer y morir por ella, y 
dióle lo fuerte que él tenía, que es su espíritu, 
para que también pueda ella hacer por él otro 
tanto. De aquí es que el esposo va temblando 
á la muerte, y de sola la aprensión de ella 
suda gotas de sangre, y la desposada va á los 
tormentos como á bodas, haciendo burla y 
donaire de ellos. 

Muchas cargas hay en el matrimonio car- 
nal, y no faltan en este espiritual: en aquél 
ponen á la mujer la estola ó velo por la cabe- 
za, y al varón por los hombros; argumento y 
reseña de que la mujer, con obedecer y estar 
sujeta, cumple, y de que el marido ha de lle- 
var el peso y la carga y ha de poner hombros 
á los trabajos. El profeta Oseas declaró admi- 



rablemente el cuidado del Esposo celestial en 
acudir á las necesidades de su esposa por es- 
tas palabras (Oseas, 2): Yo te desposaré con- 
migo por fe y caridad; y para que sepas quién 
es tu desposado, en viéndote con necesidad 
pide confiadamente, que la Tierra dará voces 
á los Cielos: Cielos, dadme agua, que la pide 
la esposa de mi Criador; los Cielos pedirán 
nubes, las nubes agua, y entonces Yo daré 
nubes al Cielo, y el Cielo agua á la Tierra, y la 
Tierra pan, vino y aceite y los demás frutos 
que mi esposa hubiere menester. ¿No veis 
qué bien hace Dios el oficio de marido y cómo 
provee tan cumplidamente á su esposa? Mas, 
¡ay!, que si el marido está sujeto y obligado á 
las peticiones de su mujer, ella está obligada 
á no alzar los ojos ni volver la cara sino á su 
marido. Delgadamente notó un sabio de nues- 
tros tiempos esta reciprocación de amor en el 
modo de hablar que guarda la Escriptura acer- 
ca de las mujeres casadas, las cuales tienen 
por sobrenombre suyo el nombre del marido: 
María de Salomé, María de Jacob. También 
los Santos se llamaron antiguamente de Dios: 
Hombre de Dios, Varón de Dios. La razón 
de esto es, porque la mujer es hacienda del 
marido, y el alma es hacienda y pegujar de 
Dios. Y no le falta su retorno á este amor; 
porque si los justos se llaman hombres de 
Dios, Dios se llama Dios de Abraham, Dios 
de Isaac, Dios de Jacob, Dios de los antiguos 
Padres y de todos los justos. De manera que 
el sobrenombre de Dios es el nombre de los 
justos, como el de la mujer era el nombre del 
marido. Y es el misterio, que Dios es hacien- 
da de los justos; y como vos hacéis de vues- 
tra hacienda y mujer lo que queréis, así el jus- 
to hace de Dios lo que quiere. Lo cual todo 
se obra por virtud de este espiritual matrimo- 
nio, que hace comunes todas las cosas entre 
Dios y el alma, su esposa. 

No quiero tratar aquí de los celos que suele 
haber entre los casados, los cuales en Dios 
son tan subidos, que ni una palabra ociosa 
habéis de hablar sin su licencia, y, si la habla- 
rais, tiene jurado que le habéis de dar cuenta 
de ella en su juicio. De aquí nace el mal tra- 
tamiento que hace á sus amigos, porque no 
se los codicie nadie, que esa es la razón que 
dala esposa de estar morena y desaliñada. No 
me queráis considerar, dice ella, que estoy 
quemada porque tengo marido "celoso, que 
aun lavarme la cara no me deja, ni poner- 



22 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



me cosa con que agrade á otro fuera de Él 
(Cant., 1). Ni quiero tríitar de los males de au- 
sencia, que quien no sabe de ellos no sabe de 
mal, que aun allá dijo el otro poeta: 

Menos mal muerte que ausencia, 
Menos si hay perfecto amor: 
Sólo es dichoso amador 
El que siempre está en presencia. 

Dicen que es dolor intolerable el que sien- 
ten dos bien casados cuando entra de por 
medio división y ausencia. Y vese claro por 
una ley que tenía Dios hecha en su pueblo, 
por la cual mandaba que el primer año del 
matrimonio no llevasen á la guerra á ningún 
casado. De donde tomó la Escriptura comparar 
el sentimiento que es bien que haga un alma 
por haber pecado y apartádose de su Esposo 
con el que hace y tiene la recién casada que 
ha perdido su marido. Llora, dice (Joel, 1), 
como virgen vestida de saco y de cihcio so- 
bre su nuevo desposado y marido, que no re- 
cibe consuelo si le pierde ó se le ausenta. ¡Oh, 
qué dolor tan grande es verse un alma apar- 
tada de su Dios la primera vez después de 
haberse desposado con Él por fe y caridad! 
El Cielo quiere tomar con las manos, y con 
razón por cierto; porque quien á Dios pier- 
de, todo lo que puede ser de contento y de 
bien pierde. Y porque de materia de celos y 
de ausencias copiosamente hemos dicho en 
los capítulos pasados, dejando otras muchas 
consideraciones en lo que toca al matrimonio 
espiritual, que provocan á amor, á la discre- 
ción del sabio lector, me paso á la sexta con- 
sideración, donde espero el fruto que preten- 
do, que es la inflamación del corazón en el 
amor de aquel Señor que nos es tan semejan- 
te, que jamás hace ausencia y cuya amistad 
es tan provechosa. 

CONSIDERACIÓN SEXTA 

De algunas otras razones que se hallan 
en Dios para ser amado. 

Infinitas otras razones hay, fuera de las ya 
dichas, que obligan y hacen fuerza al hom- 
bre á que ame al infinito Dios infinitamente 
(si fuera posible), ó á lo menos con deseos de 
amor infinito. Pero así como sería grande igno- 
rancia y temeridad tratar de acumularlas y 
juntarlas aquí todas, sería también cortedad 



no poner algunas, especialmente aquellas que, 
á nuestro modo de entender, encenderán más 
el corazón é inflamarán el afecto. Haciendo, 
pues, un manojo como los pasados, para po- 
ner en el altar de Dios, ya que vino á pegar 
fuego á la tierra y quiere que arda, digo que, 
entre otras, hay en Dios tres razones de amor 
poderosísimas para arrebatar á Sí los cora- 
zones de todos los hombres, por pesados que 
sean, si con atención las pesan. La primera 
es la conformidad de naturaleza; la segunda, 
la infalible presencia en todas las cosas y 
á todos tiempos; la tercera, el útil de su 
amistad. 

Cuanto á lo primero, ya sabemos del Ecle- 
siástico, y por experiencia, que todo animal 
ama su semejante, y que tanto es mayor el 
amor cuanto lo es la semejanza. Vese esto 
bien claro aun en las aves del campo, que las 
de una especie siempre andan juntas de com- 
pañía y en bandas. Pues si yo soy amigo de 
un hombre, y me acompaño y ando con él, 
porque es mi semejante en la naturaleza, y 
tanto más amigo cuanto más se parece con- 
migo, ¿cuánta mayor razón hay de serlo de 
mi Dios, que, para que esta semejanza de 
amor no faltase en Él, se hizo hombre seme- 
jante á mí, no fantásticamente, sino con toda 
verdad? Á nuestro padre Adán, después del 
pecado, fuéle dicho por una de las divinas 
personas: Ecce Adán quasi unas ex nobis fac- 
ías est, scíens bonum et malum; Ya estará 
contento Adán, que es, como uno de nosotros, 
sabedor de bien y de mal (Gen., 3). Este 
modo de decir fué irónico y por mofa y escar- 
nio, que nunca tan desemejante quedó Adán 
como después que pecó. Pero nosotros po- 
demos, no con ironía, sino con hacimiento de 
gracias y con un gran peso de amor, decirle 
al Verbo las mismas palabras: Verdadera- 
mente, Señor, como uno de nosotros os ha- 
béis hecho, ya sabéis de bien y de mal. Luego, 
con más razón debo amar á Dios Hombre que 
á ninguno de todos los hombres, por ser más 
mi semejante que todos los hombres. Espe- 
cialmente, que concurren en Él tres circuns- 
tancias que agravan esta obligación; conviene 
á saber: la causa de haberse humanado, el 
estado que tiene y el señorío con que quedó. 
La causa fui yo: por mí se hizo Dios hombre, 
que no era hombre, por redimirme con su 
muerte, por apacentarme con su carne y san- 
gre en el Sacramento, por enseñarme con 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



23 



ejemplos de vida y para beatificarme todo 
con ambas naturalezas, divina y humana, en 
su gloria. Pues si se considera la grandeza y 
nobleza de este Hombre, que es más admira- 
ble que todos los hombres, mayor obligación 
me corre á amarle que á otro cualquiera sim- 
ple hombre. Y si el señorío, ¿por qué no amaré 
á quien nunca se corrompe, ni deja de ser 
hombre, ni muere, ni puede morir como (') 
cualquiera de los demás hombres sujetos á 
corrupción y muerte? 

La segunda razón especial de amor es la 
presencialidad, que mucho puede la presen- 
cia de un hombre para ser amado de otro. Al 
fin, donde hay ausencia no se halla que el 
amor.crezca, antes va en disminución y pro- 
verbialmente se dice: olvido y mudanza son 
males de ausencia. Pues si es bastante causa 
para que un hombre de otro sea amado la 
presencia, ¿qué amor se le debe á Dios, que 
nunca de sus amigos se ausenta? ítem, el 
hombre está junto á mí cuando más presente; 
Dios dentro de mí cuando más ausente. San 
Agustín decía: Dentro de mi corazón te tenía, 
Señor mío, y mi corazón andaba errado en 
busca de Tí. Dirásme, por ventura: ¿Cómo, 
si está dentro de mí, no le siento? Responde 
Santo Tomás (S. Thom., opúsculo de amore), 
que tampoco en el hombre que tienes pre- 
sente ves más que el cuerpo; pues el alma, 
que es la que amas y por quien amas el 
cuerpo (que si ella faltase, aunque de padre 
y de madre le aborrecerías), no sabes si está ó 
no presente sino por las acciones exteriores y 
por las palabras que oyes de su boca. De esta 
manera, aunque por razón del estado de via- 
dor que estorba y impide no veas á Dios en 
Sí, que por esencia está presente á tí, por los 
efectos que obra en tu alma puedes conjetu- 
rar que le tienes presente. ítem: el hombre, 
unas veces está presente y otras no, y está 
en un lugar y no en otro; Dios nunca se au- 
senta de nosotros, porque en Él vivimos y 
nos movemos y somos; y si hay división es 
por nuestra culpa, y la ausencia es de nues- 
tra parte y no de la suya. Dentro de mí esta- 
bas, decía San Agustín, y yo fuera; conmigo 
morabas, mas yo no contigo. Al fin, como dijo 
Jeremías (Hier., 23): Dios es tan grande que 
llena el Cielo y la Tierra, y de ninguna parte 

O Este como es que en el impreso; me parece 
que asi tiene la frase mejor sentido. 



falta; y cuando los hombres te falten (como 
suelen), en la muerte le hallarás presente 
como amigo para ayudarte. Luego más digno 
es de ser amado que todos los hombres. 

Y sí esto no te basta, porque eres de los 
que aprueban las amistades por el útil, consi- 
dera la tercera razón de amor, y verás que 
la de Dios no es provechosa como quiera, 
como lo son las de todos los demás hombres, 
porque es amigo en todo lo que es de utilidad 
para quien lo es suyo. De el verdadero se 
pueden desear y esperar tres maneras de 
provechos, conviene á saber: que me haga 
participante del bien que tiene proprio; que 
sea en aumentar el bien que gozo mío, y que 
aniquile ó disminuya el mal que padezco en 
la persona, honra ó hacienda. Mira, pues, sí 
es Dios amigo en el dar. A su proprio Hijo no 
perdonó, y por todos nosotros le entregó á la 
muerte, y quedó con este hecho obligado á 
no negarnos cosa que tuviese y hubiésemos 
menester; y al fin ha venido á darnos cuanto 
tiene y á Sí mismo (como largamente dijimos 
en el capítulo XII de la primera parte). Mira 
también si es amigo en lo segundo. El bien se 
aumenta y crece con la comunicación y aplau- 
so del amigo (aunque ésta no es infalible 
prueba de amistad): Dios conoce que lo que 
tienes son dones suyos, y, conociéndolo, se 
goza de que tú los goces y poseas, y no tiene 
necesidad de que le des parte en ellos; luego 
más es que amigo de los que se usan en el 
mundo, y merecedor de más amor y honra que 
todos. Mira lo tercero con ojos claros, y co- 
nocerás sobre ti una tan grande carga y una 
obligación tan estrecha de amar y servir á tu 
Criador, que para ninguna otra criatura te 
quedará amor, sí no fuere en Él ó por Él. Di- 
cen que es mí amigo el que lleva parte de fnís 
trabajos, ó me los disminuye ó quita del todo. 
Nadie, pues, tan amigo como Dios, que no 
pudiendo en su divina naturaleza, sumamente 
buena, sufrir y haber parte en mis males, se 
vistió de la mía y, . apiadándose de mí, me 
acompañó en ella para consolarme, y á su 
costa y con pérdida de su vida desterró todas 
mis miserias. Aristóteles redujo á cinco ma- 
les los que se pueden padecer en el mundo, 
conviene á saber: enfermedad, pobreza, infa- 
mia, enemigos y muerte. Discurre, pues, alma 
mía, por todos estos males, y verás cómo en 
todos te hallas acompañada de tu Dios que 
te los ayuda á llevar, y aun te los quita por 



24 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



llevarlos Él. Isaías dice (Esay., 58): Verdade- 
ramente llevó nuestros dolores y sufrió nues- 
tras enfermedades. Y San Pablo: Siendo rico, 
se hizo pobre por enriquecernos. Y los Evan- 
gelistas todos afirman que le deshonraban 
los suyos llamándole embaidor, tragón, ende- 
moniado y revolvedor de pueblos. Pues ¿qué 
diré de los enemigos que cobró por hacerme 
amigo con su Padre? Y la vida, ¿por quién 
sino por mí la perdió? Pues si buscamos fide- 
lidad, ¿quién tan fiel como Dios? En la adver- 
sidad, en la prosperidad y en la novedad y 
mudanza de estado, siempre se mostró amigo 
fiel. Hermanos llamaba á los Apóstoles en la 
vida, hermanos cuando se parte para la muer- 
te y hermanos después de resucitado y lleno 
de gloria. Pues de su hermosura, de su sabi- 
duría, de la suavidad y gracia en sus pala- 
bras, ¿qué diremos? Un larguísimo tratado se 
pudiera hacer de cada cosa; pero baste por 
ahora haber abierto camino al contemplativo, 
para que á sus solas pese estas tan grandes 
obligaciones que tiene de amar y servir á 
sólo Dios. 

CONSIDERACIÓN SÉPTIMA 

De las calidades del amor de Dios para con el 
hombre. 

Aunque de esta materia, esto es, del amor 
de Dios respecto del hombre, largamente 
habernos dicho en la primera y segunda parte 
de este tractado, me pareció añadir aquí al- 
gunas consideraciones dignas de que el alma 
las entienda y rumie, y así se encienda en el 
amor de su Dios. Si quieres ser amado, dice 
Séneca, ama. Cumpliólo de manera el Señor, 
que ninguno dignamente puede pensarlo ni 
estimarlo. Hace fuerza violenta y necesita á 
que le amemos sobre todas las cosas este 
decir que nos amó. No hay con qué se encien- 
da mejor el fuego corporal que con otro fue- 
go, ni un gran fuego como con otro gran fue- 
go, conforme á la regla tópica. Así, el amor, 
que, como dice Hugo, es fuego, con ninguna 
cosa se enciende mejor ni más presto que con 
la atenta y perseverante consideración del 
amor divino y de los beneficios que con él 
nos hizo y hace cada día. Y ¿qué hay en el 
mundo que tanto me provoque á mí á que 
quiera bien á uno como saber por beneficios 
que me ama y quiere? Pues si esto es así, 
¿hay fuego tan grande como el que en el 



pecho de Dios respecto de nosotros arde? 
Mayor es el fuego del amor de Dios, y para 
inflamarnos más poderoso que lo fuera para 
quemar una pequeña estopa un fuego tan 
grande como todo el mundo. Y así, el que 
quisiera arder en el amor de Dios, dése mu- 
cho á pesar esta palabra: Amado soy de 
Dios. Pero ¿cómo? Eso queremos aquí sacar 
á luz, cuanto con la divina nos fuere posible. 
Y decimos lo primero que Dios nuestro 
Señor ama á todos, así precitos como predes- 
tinados, con un general amor, porque lo es el 
que tiene á todas sus criaturas. Pruébase 
esto por la definición del amor, que aquel se 
dice amar que quiere bien para aquel á quien 
ama: Dios quiere bien á todas las criaturas, 
luego su amor es general. Gerson dice que 
Dios, con un invariable amor, produce el 
gusano y el ángel, como se escribe en el Géne- 
sis (Gen., 1), que con una palabra dijo y fueron 
hechas todas las cosas. Y aunque cause esto 
en algunos admiración, es verdaderísimo, y lo 
contrario erróneo, porque es artículo pari- 
siense que la primera causa de tal manera es 
remotísima, que juntamente es presentísima y 
conjuntísima, y así es generalísima, que tam- 
bién es singularísima. En el libro de la Sabi- 
duría se escribe (Sap., 11): Amas todas las 
cosas que son, y nada aborreces de cuanto 
hiciste. Verdaderamente amó Dios todas las 
cosas que crió para que fuesen, y amándolas 
las conserva en el ser que les dio, y las go- 
bierna y aprueba como buenas, de todas las 
cuales ninguna otra causa se halla sino la no 
comprendida medida de su inestimable cari- 
dad. Que el amor (como en la cuarta conside- 
ración probamos) es el primer don en el cual, 
y del cual, y por el cual, y para el cual, se 
dan todas las dádivas que liberalmente se 
dan. Por eso llamó Platón al amor círculo 
infinito, porque todo lo que sale de Dios y 
vuelve á Dios sale y vuelve con amor. 

Decimos lo segundo que ama Dios á cada 
uno y á todos con amor espirado, esto es, con 
el Espíritu Sancto, porque, como nota Sancto 
Tomás, el Espíritu Sancto es el amor con que 
Dios nos ama. Y la glosa dice que un mismo 
amor es el con que el Padre ama á su Hijo, y 
por quien nuestra ánima es amada de Dios. 

Las dificultades que hay en esta proposi- 
ción (') son muchas; yo las dejo para las 

(') El impreso dice sólo posición. 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



25 



escuelas, por que veamos otra manera de 
amarnos Dios, que es con amor voluntario, y 
no por necesidad, ni forzado, que esto repug- 
na á la naturaleza del amor que es don libre. 
Él mismo se declaró por un profeta, diciendo 
Diligam eos spontanee: Amarlos hé libre y 
voluntariamente (Oseas, 14). 

Ámanos, lo cuarto, con amor cognoscitivo, 
y que actualmente entiende á cualquiera de 
los que ama, y qué beneficios hace á cada uno. 
Que Dios es entendimiento puro; y como la 
operación sigue la esencia y ser de la cosa, 
entiende Dios su amor y su acto de amar y 
conoce á todos y á cada uno en particular 
á quien ama y á quien hace mercedes, porque 
su amar es conocer. Así dijo San Agustín: 
Sicut unum totum simal perfecte consideraf, sic 
singula quoelibet ac diversa perfede simal, iota- 
que conspicit visas ejas; De la misma manera 
conoce todas las cosas juntas que cada una 
en particular, y todas juntamente, sin división 
ni conmutación ni disminución las considera. 
Con un simple mirar lo ve todo: lo presente, 
pasado y futuro, y actualmente lo entiende y 
está á todo presente, porque es acto purísi- 
mo. Mira aquí, alma mía, cuánto es y cuan sin 
medida el afecto de la caridad de tu Dios para 
contigo; pues que, conociendo distinta y cla- 
ramente tus maldades, tu ingratitud y poca 
devoción, no quiso detener la corriente de su 
amor ni de sus beneficios para contigo. ¡Oh 
verdadero amor cognoscitivo! Si te conocie- 
sen los hombres y te pesasen con la atenta 
consideración, no dudo sino que derritieses 
sus corazones, aunque de hielo ó de diaman- 
te. ¡Que esté Dios mirando en acto mi malicia 
y las ofensas que le hago, y que en aquel mis- 
mo tiempo que las hago me esté amando y 
beneficiando, como si le estuviera haciendo 
muy grandes servicios! Bendito sea tal amor. 

Quizá pensaréis que es moderno y nuevo 
este amor; no por cierto, sino eterno; porque 
ab eterno dispuso y ordenó de hacer bien á 
cada uno de los hombres. Lo cual queda claro 
de lo que arriba dijimos, que el amor de Dios 
es el Espíritu Sancto, que, por ser eterno, lo 
ha de ser el amor con que nos ama. Y ¿qué 
mejor prueba se puede buscar para esta ver- 
dad que lo que el mismo Dios dice por Jere- 
mías? (Hier., 31): En caridad perpetua te 
amé, y en tiempo me apiadé de ti y te atraje 
á Mí. Antes que yo fuese me amó , y siendo 
se apiadó de mí y me llamó y atrajo con be- 



neficios. A los justos dirá el Juez eterno, 
Cristo, en su Juicio (Mat., 25): Venid, benditos 
de mi Padre; poseed el Reino que os está 
aparejado desde la constitución del mundo. 
¡Oh palabras más dulces que la miel, podero- 
sas para derretir corazones de bronce! Dios 
¿no es ab eterno? Sí. ¿No hizo el mundo en 
tiempo? Sí. Al hombre ¿no le crió después del 
mundo? Sí. Pues ¿cómo es esto que antes 
que fuese yo ni fuese el mundo me tenía 
Dios á mí aparejado Reino?... Glorifíquenle 
los ángeles, alábenle todas las criaturas, ben- 
dígale mi alma y cuantas cosas en mí hay 
(Psal. 102). Que si le preguntara á Dios en su 
eternidad qué pensamientos eran los suyos, 
pudiera muy bien responder: Estoy pensando 
en ordenar un Reino en que reine Fray Juan 
de los Angeles. Plega á Ti, mi Dios, que ello 
sea así por tu bondad infinita. Antiquísimo es 
el Reino de los justos, y más antiguo el cuida- 
do de Dios, que con amor eterno se lo apa- 
rejó. En esta consideración me quisiera de- 
tener más, por ser tan eficaz para mover las 
almas al amor de su Dios; pero no es menos 
eficaz la que se sigue, y es: 

Que no sólo nos amó Dios ab eterno habi- 
tualmente, sino con un amor actualísimo que 
sin ninguna interpolación, ni por un instante, 
dejó de enderezarse y ser llevado sobre nos- 
otros. Y la razón es porque, como dijimos, es 
Dios acto purísimo sin mezcla alguna de po- 
tencialidad, y así nos ha de amar actualmente 
siempre. Que, como dijo Sanctiago (lacob, 1), 
acerca de Dios no hay transmutación, ni su- 
ceder unas cosas á otras, para que Él las ame 
sucesivamente: siempre entiende y ama en 
acto, y no habitualmente y en potencia. De 
aquí es que su amor, ni desfallece con el uso, 
ni se envejece con el tiempo; es antiguo y es 
nuevo, y así son sus dones nuevos y antiguos. 
Porque, acerca de Dios, ni hay pasado ni 
porvenir, sino presente. Y lo que una vez da, 
.siempre lo da. De otra manera hallarse hía 
mudanza en Dios, lo cual aborrecen y abomi- 
nan las orejas piadosas. ¿Qué sacamos de 
este discurso? Que nuestro agradecimiento 
ha de ser tanto por todos los beneficios de 
Dios, como, cuando y en la hora que nos los 
estaba dando y nosotros los recibíamos. Sa- 
camos más. Que todas y cualesquiera obras 
de Dios son nuevas, y cualquiera cosa que 
una vez hizo, siempre la hizo, y esto por su 
inmutabilidad. Eso es lo que dice el Padre á 



26 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



SU Hijo (Psal. 2): Yo te engendro hoy; porque 
no hay ayer ni mañana en Dios, sino hoy. Por 
lo cual debe cada uno (como nota San Bernar- 
do) estimar, pesar y agradecer el beneficio de 
la Encarnación y Redención, como si ahora se 
estuviera obrando. Que por eso dice la Escrip- 
tura de Cristo (Apoc, 13), que es cordero 
muerto desde el principio del mundo. Porque 
en la mente de Dios estaba muerto desde el 
principio del mundo y lo está ahora, porque 
con el afecto que se ofreció una vez por nos- 
otros en la cruz se ofrece cada día al Padre, 
principalmente en el altar. Y el Padre le acep- 
ta y aceptará hasta el fin del mundo, como le 
aceptó en su principio. 

Pero sepamos qué tan grande es este amor 
que Dios me tiene, pues de su antigüedad no 
hay duda. Cierto, infinito. Porque cuando 
Dios nos ama, ámanos la inmensidad, y, por- 
que por el Espíritu Sancto nos ama, sigúese 
que es amor infinito el [amor] con que nos 
ama. Y no sólo infinito, sino total; esto es, con 
todo su conato y virtudes. Y de esto es la 
razón, porque la simplicidad divina no admite 
partición alguna ni la tiene. Por lo cual, todo 
uñido es para todos y para cada uno de por 
sí. Admirablemente dijo esto Hugo de Sancto 
Victore: Yere amor mirabilis, solas et non soli- 
tarius; amor participatus nec divisas, commu- 
nis et non singularis, cunctorum singulus, sin- 
gulorum totas, non participatione plurium 
decrescens nec minutas, cajas fructus unas et 
Ídem totas reperitar; Verdaderamente amor 
[es] maravilloso; solo, mas no solitario, por- 
que es del Padre, Hijo y Espíritu Sancto. Amor 
participado, más no dividido; común y singu- 
lar; de todos singular, y todo de cada uno; no 
disminuido ni falto por la participación de 
tantos, cuyo fruto hallamos ser uno, y esc 
mismo es todo. Luego no hay que temer dis- 
traimiento de ánimo en Dios, amando á todas 
sus criaturas; pues todo es para todas y 
todo para cada uno de ellos. Proprio es, dice 
San Bernardo, de la simplicisima naturaleza 
de Dios mirar á muchos como si mirase á solo 
uno, y mirar á uno como á muchos. Ni á la 
multitud es mucho, ni á los pocos raro, ni á 
la diversidad diverso, ni á la unidad restricto 
y estrecho, ni ansioso á los cuidados, ni per- 
turbado en las congojas y solicitudes. De tal 
manera intento á una cosa, que no se detiene 
y enreda en ella; y de tal manera atento á 
muchas, que no se distrae. Así dijo San 



Agustín (Aug., lib. II Confession): De tal ma- 
nera tiene Dios cuidado de cada uno como si 
no fuese más que uno, y de todos como de 
cada uno. ¡Bendito sea tal Dios, que, amando 
á todos en común, no falta á ninguno en par- 
ticular! A todos ama, y á mí como si fuese yo 
solo: en la mesa de todos entro para ser con 
todos amado, y de la mesa de todos salgo, 
porque singularmente me ama. Así atiende á 
mí solo como si de todas las demás criaturas 
del Cielo y de la Tierra estuviese olvidado y 
de mí solo tuviese memoria. ¿Quién oye esto 
y no se confunde y avergüenza de amar á re- 
tazos y con tantas limitaciones al que con 
todo afecto de Padre, Hijo y Espíritu Sancto le 
está siempre actualmente amando como si 
fuese solo? ¡Bendito sea tal amor, todo de 
todos y todo mío! Yo, si amo á dos, divídome, 
y si amo intensamente á uno, tengo de amar 
remisamente al otro; y esa es la razón por qué 
quiere Dios para Sí todo el corazón; porque, 
si damos lugar en él á otra cosa que Dios, 
habemos de faltar al amor de Dios. Por eso 
dice (Math., 22): Amarás á tu Dios de todo tu 
corazón, de toda tu ánima y de toda tu mente. 
Como si dijera: No bastas á amar muchas 
cosas sin hacer falta á todas; ama una en 
quien está todo lo que es amable y de codi- 
cia, que soy Yo, y tendrás cumplido con 
todas, pues todas las crié por mi gloria. 

¿Dirás, por ventura, que tan grande y tan 
afectuoso amor no es sin algún interese? En- 
gañaste y yeiras, como dicen, todo el Cielo; 
porque el amor con que Dios nos ama es gra- 
cioso; porque ni de nuestra parte han prece- 
dido merecimientos que á amar nos le obli- 
guen, ni de la suya hay necesidad de lo que 
somos ó tenemos para que por eso se mueva; 
sólo tuvo Dios ojo á nuestro útil, y no al 
suyo. Por eso dijo San Juan (I loan., 4): Ame- 
mos á Dios, que nos amó antes que con amor 
le obligásemos ni con dones le provocáse- 
mos. Y en otra parte dice (In codem cap.): 
En esto está la caridad de Dios, no en que 
nosotros le hayamos amado primero á Él, sino 
en ser su amor tan antiguo como Él mismo 
para nosotros. Y el Apóstol dice: ¿Quién 
granjeó el amor de Dios con dádivas/' ¿Quién 
dio para que le diese? Nadie, por cierto. 
Antes que naciesen ni fuesen en el mundo los 
dos hermanos y contendores, aborreció á 
Esaú y amó á Jacob (Malach., 1). ¿Qué puedes 
añadir (dice Franco) de gracia á aquella suma 



CAPÍTULO ÚLTIMO.— CONSIDERACIONES 



27 



é infinita bienaventuranza que no recibe 
aumento ni conoce defecto, si le iiicieres mu- 
clios servicios y dieres grandes alabanzas? 
O ¿qué le quitas, si eso le quitas? A ti, pues, 
te aprovecha, y tu negocio hace, el que te 
manda que le sirvas; porque, por el mérito de 
tu devoción, cuasi por justicia es forzada 
aquella inmensa piedad á remunerar con pre- 
mios eternos tu confiada obediencia y cortos 
servicios. Y aun ésta es otra cualidad del 
divino amor, que no es para otro menor fin 
que beatificarnos con su gloria en Sí mismo. 
San Crisóstomo dice: Por eso nos crió Dios, 
y no siendo hizo que fuésemos: para darnos 
los bienes eternos y el Reino de los Cielos, y 
para que gocemos de Él. Et propter hocomnia 
ab initio temporum egit, et agit. Mirad lo que 
Dios ha hecho desde el principio del mundo y 
hace y hará de aquí á que se acabe, que no es 
otro su fin que nuestra beatitud. Quisiera 
añadir á lo dicho lo que no sin admiración se 
puede leer ni escribir, pero temo que no he 
de acertar á decirlo. Con todo, diré, como su- 
piere, que Dios puede dar más luz que la que 
de estos escritos se podrá sacar á quien con 
humildad y perseverancia llamare, pidiere y 
buscare. 

Digo, pues, que es tan intenso el amor de 
Dios para con los hombres, que le sacó de Sí; 
que proprio es del amor sacar de sí á los 
que aman y hacer que padezcan éxtasi. Ma- 
ravillosa cosa es ésta, pero verdadera y con 
tres testigos abonados confirmada. El pri- 
mero San Dionisio, cuyas palabras son tan 
dificultosas, que tuve por mejor no ponerlas; 
pondré, empero, las de su comentador, y lo 
que Gerson dice sobre los Cantares. El co- 
mentador dice: Qaia Dionisius dicit, Deiim ad 
omnia existentia providentiis per abandantiam 
amativce bonitatis, habitadme extra se ipsum 
fieri; procul dubio propter nos, quorum gratia 
solum hcEc diligit, sive curat, hoc facit; non 
enim est de bobus Deo cura nisi nostri causa; 
Ha dicho Dionisio que sale Dios de Sí aman- 
do á todas sus criaturas y proveyéndolas en 
todas sus necesidades; y dice el comentador 
que no ama sino al hombre; porque por el 
hombre las crió todas, y en cuanto miran el 
útil del hombre tiene cuidado de ellas y las 
ama y quiere, según aquello de San Pablo 
que dice (I. Corin., 9): ¿Por ventura tiene Dios 
cuidado de los bueyes? Como si dijera: No por 
ellos, sino por amor de los hombres. Gerson 



añade algo más á la sentencia de San Dionisio: 
Recipit (inqait) Deus nomem amoris, et perfecte 
quidem, ut juxta Dionisium extasim faciat, et 
active, et passive. Deus si quidem ínfinitus dum 
ex amore producit creaturam finitam, exiit quo- 
danmodo suam infinitatem, diíigendo rem fini- 
tam, quamvis acta infinito; sic et viceversa ra- 
tionalis creatura, finito acta diíigendo Deum 
objectaliter infinitum, ponitur extra términos 
omnis creaturce, cum aulla sit infinita. De estas 
palabras se colige que, amando Dios infinito á 
la criatura finita con amor infinito, sale en al- 
guna manera de su infinidad y se entra en los 
límites finitos de la criatura finita. Y la criatu- 
ra racional finita, amando y teniendo por ob- 
jeto al infinito Dios con acto finito, es puesta 
sobre toda criatura finita, porque no la hay ni 
la puede haber infinita. Y esto es decir que el 
amor de Dios causa éxtasi activa y pasiva- 
mente. De aquí vino á decir Ricardo, en su 
Tratado de los grados de la violenta caridad, 
que nos amó Dios con todo género de amor, 
como quiera que pueda caber en Él y sea dig- 
no de tan alta y soberana majestad. Y, echa- 
do este fundamento, dice que nos amó con 
amor violento, no necesario (que esto está le- 
jos de aquella suprema substancia exenta y li- 
bre de toda necesidad), sino violento, esto es, 
de tanta eficacia y valor, que la llama de su 
ardor, así quema, enajena, traspasa y captiva 
el corazón del amante, que parece no estar 
en sí, sino reducido á la potestad y voluntad 
de la cosa amada. Díganme, los que saben 
algo de amor, si estaba de otra manera Dios 
cuando decía á Abraham y Moisén (Exod., 32), 
sus amigos, que le dejasen enojarse con su 
pueblo. Y en otra parte: No puedo hacer cosa 
de qiie no dé parte á mis siervos. Verdadera- 
mente son éstas centellas que saltan del vio- 
lento amor, el cual, como largamente ya diji- 
mos, obra cuatro efectos en el amante: que le 
hiere, ata, enferma y hace desfallecer y morir. 
¿Quién dirá que no está Dios herido del amor 
de los hombres, pues para mostrar las heridas 
del corazón secretas quiso ser herido en su 
carne? ¿Quién dirá que su ánima no estuvo 
presa de nuestro amor, pues se vistió del lodo 
de nuestra humanidad? ¿No estaba enfermo 
en el amor de su querida el alma quien re- 
nunció todos los contentos, y entre las armas 
de los enemigos se metió para rescatarla y 
redimirla? Pues, ¿quién no dirá que muere de 
amor el que, si no quisiera, no muriera? Ver- 



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TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



daderamente nos amó con amor insuperable, 
inseparable, irremediable y insaciable. ¡Oh 
amor, que hieres, atas, enfermas y matas! 
¿cuándo te apoderarás de mi? Llaga á mi co- 
razón, traspasa (') lo interior de mi alma con 
tanta fuerza que pueda con verdad decir: He- 
rido me tiene la caridad (S. August.). Ata tan 
estrechamente con las ataduras de tus bene- 
ficios todas mis fuerzas que, sin ser señor de 
mi, ninguna cosa fuera de Ti quiera, querido 
de mi alma, y cuando de Ti me olvidare la 
lengua se me pegue al paladar. Enferme toda 
mi ánima siguiéndote á Ti, para que fuera de 
Ti no busque algún consuelo, antes tenga to- 
das las cosas por estiércol por ganarte sólo á 
Ti. Desfallezca mi ánima en tu salud, para 
que no viva en sí, sino en Ti, de manera que 
pueda decir con el Apóstol (Philip. I): Mi vida 
es Cristo, y morir por su amor es mi ganan- 
cia. Amén. 

Carta del Autor á una Señora devota, en la 
cual le da algunos documentos muy necesa- 
rios para el aprovechamiento de su alma y 
de cualquiera que los guardare. Especialmen- 
te es de provecho para personas ocupadas 
que no pueden vacar libremente á la oración 
y contemplación. 

El crecido amor que desde sus tiernos años 
tengo á V. m. en el Señor, hermana carísima, 
y la devoción y celo que he sentido en su 
alma de aprovechar en la virtud y dejar cosas 
que la traen desasosegada y con poco gusto, 
me han forzado á hacer lo que por la suya 
con tantas veras me manda. Y deseoso de 
darle un modo de gobierno espiritual breve y 
sin las dificultades que de ordinario (^) se ha- 
llan en los libros que tratan de oración; de 
todo lo que he leído, he procurado recoger 
algunos documentos importantísimos para el 
fin que pretendemos. De ellos son generales, 
y que se presuponen en cualquiera estado de 

(') Todo lo siguiente, hasta el fin, falta en la edi- 
ción de 1901, sin duda porque el editor no tenía en 
el ejemplar que usó el fol. 297 y trató de suplirlo 
epilogando lo explicado en la consideración, y aun- 
que no es desgraciada la sustitución, es preferible la 
conclusión del autor. 

O Este primer párrafo de la carta también está 
trocado en la edición de Madrid de 1901, por la ra- 
zón que indico en la nota anterior; corresponde en 
ei impreso al íol. 297 v. 



vida virtuosa; de ellos especiales, y que sola- 
mente sirven para quien en particular trata de 
componerse con Dios, y ir siempre ganando 
tierra y aprovechando en el servicio suyo. 
Comenzando, pues, por lo general (que es el 
orden que guarda naturaleza en sus obras), 
sepa V. m. que, según experiencia ha enseñado 
á todos los Santos, ninguno puede perfecta- 
mente servir á Dios si no trabaja primero de 
desasirse de todo en todo y desenredarse del 
mundo. El Apóstol lo dijo bien claro en la se- 
gunda carta que escribió á su discípulo Timo- 
teo (2 Thim., 2): Ninguno, dice, militando á 
Dios y llevando su sueldo y pagas, se implica 
y enreda en negocios seculares, porque á sólo 
Aquel desea agradar al cual se dedicó. Por tan- 
to, conviene que en ninguna manera permita- 
mos que nuestro corazón, que es el bocado 
más sabroso para Dios, ande solícito por algu- 
na criatura del mundo, sino en cuanto nos fue- 
re de provecho para despertar en nuestra 
alma el fuego del divino amor; porque la mu- 
chedumbre y variedad de las cosas caducas y 
perecederas, rumiadas y pasadas por la me- 
moria, no solamente perturban la paz del alma 
quieta y pacífica, sino que del todo la destie- 
rran de nosotros. Es necesario que, sacudida 
de nuestros hombros la pesadísima carga de 
las cosas terrenas, sin tardanza alguna corra- 
mos á Aquel que saludablemente nos convi- 
da, y en quien sólo se halla la refección cum- 
plida de las ánimas y de la paz suma que so- 
brepuja todo sentido. Venid á Mí, dice Él, to- 
dos los que trabajáis y estáis cargados, que 
Yo os recrearé (Math., 11). Bendita sea voz de 
tanta piedad y de tan inefable caridad, que 
convida á los enemigos, exhorta á los culpa- 
dos y atrae á los ingratos. Despierte v. m., 
hermana carísima, al amor de tanta benigni- 
dad, al sabor de tanta dulcedumbre, al olor de 
tanta suavidad; que cierto que quien estas co- 
sas no siente enfermo está, mentecapto y ve- 
cino á la muerte. Quien tiene á Cristo, ¿qué 
tiene más que buscar, esperar ni desear en 
esta vida? Mas ¡ay!, que teniendo en Él todos 
los bienes y llamándonos al descanso segui- 
mos el trabajo, convidándonos al solaz busca- 
mos el dolor, prometiéndonos el gozo apetece- 
mos la tristeza. Miserable enfermedad, por 
cierto, embaimiento perjudicial que nos tiene 
insensibles y peores que los simulacros ó ído- 
los, que teniendo ojos no vemos; orejas, y no 
oímos; razón, y no diferenciamos entre lo dul- 



CARTA ESPIRITUAL Á UNA DEVOTA 



29 



ce y amargo, entre lo bueno y lo malo, y entre 
la luz y las tinieblas. Levantemos ya los ojos 
de nuestro entendimiento á nuestro Dios, y 
veamos el estado mísero en que estamos pos- 
trados y caídos; que, quien éste no conocie- 
re, nunca tratará de levantarse. Acudamos con 
confianza al trono de su gracia, para que al- 
cancemos misericordia en el tiempo que tan- 
ta necesidad tenemos de ella. Ya la vida nos 
llama, la salud nos espera, y los trabajos y 
tribulaciones que de todas partes nos cercan 
(y á V. m. en especial, que desde su niñez no le 
han faltado), en cierta manera nos fuerzan á 
entrar al convite del Rey soberano. Suba su 
corazón á la celestial y pacífica Jerusalén, her- 
mana mía, y suspire por su verdadera patria; 
levante sus deseos y pensamientos á su Ma- 
dre, no á la de acá de la tierra, que aunque 
se le dé toda y lo que tiene no puede llenar el 
más pequeño vacío de su alma, sino á la So- 
berana y Celestial, que ésa llamó San Pablo 
por excelencia Madre nuestra. Mas porque 
estos deseos suelen entibiarse fácilmente, y 
por nuestro descuido y negligencia venimos 
á faltar en lo comenzado, y muchas veces, por 
no saber el orden que se ha de tener en estas 
cosas del espíritu, se están algunas personas 
sin comenzarlas toda la vida, me determiné 
en esta epístola darle algunos documentos 
que, si los guardare y cumpliere con senti- 
miento y devoción, fío de Dios la levantará á 
cosas mucho mayores. Y cuanto á lo primero 
y general, se le asiente en su corazón el fin 
para que fué criada, que fué para conocer á 
Dios, y conociéndole amarle, y amándole po- 
seerle, y poseyéndole gozarle para siempre. Y 
esto presupuesto, lo que particularísimamente 
le aconsejo es la honestidad en todas sus obras, 
la templanza en sus palabras, la prontitud en 
obedecer á su Padre espiritual, la frecuencia 
en la oración y el huir la ociosidad y disolucio- 
nes que nacen de ella, la pureza y continuación 
en confesar sus pecados, la humildad para con 
todos, y, finalmente, el huir de las conversa- 
ciones que le pueden acarrear poco ó ningún 
provecho. Estas son margaritas preciosas y 
resplandecientes, que á su poseedor hacen 
grato á Dios y á los ángeles. Y cuando le plu- 
guiere á aquel Señor que del vientre de su 
madre la apartó y llamó por su gracia, descu- 
brir en su alma la imagen de su hijo Cristo 
Jesús, sacándola de la miserable servidumbre 
de Egipto, en que ahora está, á la libertad de 



que gozan ¡os hijos de Dios, podrá ejercitarse 
en cosas de mayor momento, de las cuales le 
envío con ésta un memorial de diez apunta- 
mientos para que, como en un salterio de diez 
cuerdas, que es instrumento usado en el tem- 
plo de Salomón para las divinas alabanzas, se 
ejercite cada día y se haga diestra en esta 
música del Cielo, que conforma el alma con 
Dios y la hace un espíritu con Él ('). 

DOCUMENTO PRIMERO 

Lo primero, pues, que á v. m. le importa 
mucho es ordenar siempre su alma de tal 
suerte con Dios, que todas las obras que hi- 
ciere, así espirituales como corporales, y to- 
dos los servicios, especialmente los más hu- 
mildes, los haga con tanto fervor de caridad 
como si corporalmente administrase y sirvie- 
se en ellos á Cristo, el cual sólo ha de ser fin 
y blanco de todas sus acciones, según que lo 
tiene mandado á su esposa en los Cantares. 
Donde dice: Ponme por blanco sobre tu cora- 
zón y sobre tu brazo. 

DOCUMENTO SEGUNDO 

Sea el segundo documento que, desatada y 
suelta de todas las criaturas, con tanto conato 
del entendimiento y fervor del deseo atienda 
al servicio de su Criador, que, casi olvidada 
de todas las cosas inferiores, en todo lo que 
hiciere, dijere y pensare, de día y de noche y 
en todo tiempo, tenga siempre á Dios en la 
memoria, pensando y creyendo que verdade- 
rísimamente está en su presencia y que de 
todas partes Su Majestad la mira. Y no es mu- 
cho que todos los cuidados que v. m. tiene 
deje por éste, al ejemplo de aquel que, en 
medio de los de su reino, decía que jamás se 

(') Tanto en la introducción como en los documen- 
tos siguió el P. Angeles muy de cerca á San Buena- 
ventura en un opúsculo que para ordenar á un alma 
escribió; titúlase Epístola continens viginti quinqué 
memoralia, y aunque algunos lo atribuyeron á San 
Francisco, y como suyo lo incluyó el P. Palomes 
(Storia di S. Francesco. Palermo, 1883, tomo II) y el 
editor castellano de las Obras completas de San 
Francisco (Teruel, 1902, págs. 113-133), los Padres 
de Quaracchi probaron que era del doctor Seráfico. 
Véase el tomo VIII, Opera omnia, Quaracchi, 1898, 
págs. 491-98, y el prólogo, págs. LXXX-LXXXV. 



30 



TRIUNFOS DEL AMOR DE DIOS 



apartaba Dios de su memoria (Psal. 15). Esto 
ha de pensar con gran reverencia, con temor 
y amor, y no sin mucha discreción: unas veces, 
postrándose á los pies de la inmensa Majes- 
tad, llorará con corazón amargo sus pecados, 
y pedirá perdón de ellos. Otras veces, tras- 
pasada con el cuchillo de la compasión de la 
pasión sacratísima del Hijo de Dios, y arrodi- 
llada ante su cruz divina y preciosa, con amo- 
rosas lágrimas pensará en el discurso de su 
vida, y comporná la propria si va torcida, á 
imitación de la de Jesucristo, que es la vara 
y regla con que se ajustan y labran las pie- 
dras que se han de asentar en la celestial 
Jerusalén. Otras veces, revolviendo los in- 
mensos beneficios de Dios en su alma, se 
ocupará toda en sus alabanzas. Contémplele 
en sus criaturas, y, reconociendo en ellas su 
potencia, su sabiduría, su bondad y su ele- j 
mencia, devotísimamente le alabe en todas 
sus obras. Otras veces, atraída con el deseo 
de la Patria celestial, con suspiros encendi- 
dos anhele por verse junta con Aquel que es 
gloria de todos sus escogidos. Al fin procure, 
como dijo el Profeta (Mich., 6), hacer juicio 
de sí misma, amar la misericordia con los pró- 
jimos y andar solícita con su Dios, de ma- 
nera que jamás se olvide de Él. 

DOCUMENTO TERCERO 

El tercer documento sea que guarde el co- 
razón tras siete llaves, de suerte que para 
solos los ejercicios espirituales haya entrada 
y puerta abierta para sólo su Esposo celes- 
tial, como se escribe de la Reina soberana 
(aunque por palabras muy oscuras): Esta puer- 
ta cerrada estará, y nunca se abrirá, porque 
sólo el Principe y Rey del Cielo entrará por 
ella (Ezechi., 44). Y yo tengo para mí que, 
como el corazón sea la fragua donde se for- 
jan todos los bienes y los males, aquel sólo 
aprovechará mucho en la virtud que, fuera 
de Dios, á ninguna criatura diere lugar en él. 
Tome el consejo del Sabio, que con espíritu 
de Dios dice (Prov., 4): Con toda guarda 
guarda tu corazón, porque de él procede la 
vida. 

DOCUMENTO CUARTO 

El cuarto documento sea que por amor de 
su altísimo Esposo, Cristo, sufra de muy 
buena gana todas las persecuciones de este 



mundo, y aun, si es posible, las desee y re- 
ciba con hacimiento de gracias, deleitándose 
tan solamente en las pasiones de Cristo; por- 
que las demás nos sirven de purgatorio de 
nuestros pecados, y, recibidas con igualdad 
de corazón, son muy gananciosas para el 
alma. Y quien tan buena ocasión tiene, como 
V. m., para hacerse rica de estas verdaderas 
riquezas, no es justo que la pierda por gozar 
las que el tiempo engañosamente le ofrece y 
promete, las cuales todas vienen al talle que 
dijo el otro poeta, con cabellos en la frente, 
y la cabeza pelada y hecha calavera. Y ad- 
vierta, hermana, que ofreciéndosele trabajos, 
como se le ofrecerán, considerando que ha 
ofendido á su Criador, de nadie se queje, ni 
á nadie, sino á Él. 

DOCUMENTO QUINTO 

El quinto que, perseverando en el temor 
de Dios, huya cuanto pudiere las blanduras 
y regalos halagüeños de este siglo, las hon- 
ras, los favores y el aire delgado de la vana- 
gloria, que son peste del alma, y á ejemplo 
de aquel Señor que, siéndolo de todas las 
cosas, por nuestro amor tomó forma de vi- 
lísimo siervo, sujetándose en ella voluntaria- 
mente al poder de los hombres, se humille 
á sí misma, sintiendo de sí bajamente y juz- 
gando á todos por señores suyos. Y crea 
que de esta manera alcanzará tranquilidad 
y paz perpetua con todos, y jamás padecerá 
escándalo. 

DOCUMENTO SEXTO 

El sexto, que guarde con diligencia los sen- 
tidos del cuerpo, de manera que ni quiera 
ver, ni oír, ni tocar sino aquello que enten- 
diere ser de provecho para su alma. Espe- 
cialmente ha de tener mucha cuenta con la 
lengua, que, según sentencia de Santiago 
(lacob.. I), vana es la religión de aquel que no 
sabe refrenar su lengua. Y aquel es perfecto 
que á nadie ofendió con sus palabras. Salo- 
món dijo (Prov., 18) que la muerte y la vida 
estaban en manos de la lengua: dijo verdad; 
porque á muchos más tienen muertos las ma- 
las palabras que las espadas afiladas. El Pro- 
feta pedía á Dios que pusiese guardas á su 
boca y una puerta de media vuelta que no 
dejase respiradero en ella, y él mismo pide 



CARTA ESPIRITUAL Á UNA DEVOTA 



31 



que se la abra cuando hubiere de hablar 
(Psal. 50). Así que, señora, hable poco y pre- 
guntada, y cosas de provecho, y entonces, 
con temor, brevemente y con voz baja. Y por 
que le quede poco tiempo para tratar con los 
hombres, procure cuanto pudiere la soledad 
y hurte los ratos que pudiere al mundo yá su 
cuerpo para vacar á sólo Dios en la oración, 
ante cuya Majestad ha de estar atenta, de- 
vota y humilde. 

DOCUMENTO SÉPTIMO 

El séptimo, tenga por especialísima devota 
á la Reina del Cielo, y en todas sus necesida- 
des, peligros y aprietos, como á segurísimo 
refugio, se convierta á Ella 'pidiéndole su fa- 
vor y amparo, el cual jamás negó á los mise- 
rables pecadores la que es Madre de mise- 
ricordia. Por lo cual le aconsejo que ningún 
día se le pase sin hacerle algún particular 
servicio, como será rezar el Rosario, la Coro- 
na ó su Oficio menor. Mas, para que este 
servicio le sea acepto y esta devoción agra- 
dable, procure cuanto le fuere posible imitar 
su pureza, limpieza y honestidad con las de- 
más virtudes. 

DOCUMENTO OCTAVO 

El octavo, que si alguna merced Nuestro 
Señor la hiciere, ó descubriéndole sus secre- 
tos, ó si en la oración se le ofrecieren luchas, 
tribulaciones ó tentaciones, procure de guar- 
dar secreto en todo con todos, excepto en 
las cosas dificultosas y de que tuviere duda 
si son ó no de Dios (que al fin el ángel de 
tinieblas se suele transfigurar en ángel de luz); 
que, en tal caso, licencia tiene de comunicar- 
las con su confesor, que ha de ser santo, dis- 
creto, piadoso y docto, más por experiencia 
de bien obrar que por elocuencia de pala- 
bras. 



DOCUMENTO NOVENO 



El nono, que no falte en las confesiones, 
que de ordinario serán de quince en quince 
días, ó más á menudo, según el consejo del 
sabio confesor, á cuya disposición se ha de 
dejar, así en esto como en lo que toca á la sa- 
grada Comunión, que en estas dos cosas se 
ha de mirar el aprovechamiento de cada uno, 
y conforme á él alargar ó acortar la mano. Y 
porque yo ando con cuidado de ponerla en 
este particular, y hacer tratado especial en 
gracia de las ánimas devotas y que frecuen- 
tan estos divinos sacramentos, concluyo con 
decir lo que San Agustín y Santo Tomás: Que 
si la devoción se aumenta y el fervor del espí- 
ritu crece comulgando, comulgue si quiere 
cada día. 

DOCUMENTO DÉCIMO 

El décimo, y que á v. m. mucho importa, es 
que destierre de su alma toda frialdad de pe- 
reza y tristeza, en la cual está escondido el 
camino de la confusión, que lleva á los hom- 
bres á la muerte: ya sabe, hermana, que el 
espíritu triste seca los huesos y consume la 
virtud, y que los servicios de siervo triste 
nunca fueron gratos á su señor, á lo menos 
el nuestro. Y á (') todos nos manda que con 
alegría le sirvamos. Y cuando, con la divina 
gracia, hubiere hecho bien todas las cosas, 
reconociéndose por pecadora y sierva sin 
provecho, se juzgue por indigna de todo bene- 
ficio de Dios. Aunque no ha de obrar con 
desconfianza, sino con una robustísima fe y 
esperanza firme, que llamando á las puertas 
de la divina misericordia la han de abrir, y 
buscando ha de hallar, y pidiendo con perse- 
verancia, con fervor de espíritu y humildad 
profunda le han de dar en esta vida los bie- 
nes de gracia y en la otra los de gloria. 

O El impreso pone de. 



En Medina del Campo, por Francisco del Canto. Año de 1589. 



DIÁLOGOS 



DE LA 




m 



A DEL ESMITMl ! SECilO HEl DE DIOS 



QUE SEGÚN EL SANTO EVANGELIO ESTÁ DENTRO DE NOSOTROS MISMOS 

EN ELLOS SE TRATA DE LA VIDA INTERIOR Y DIVINA 
QUE VIVE EL ALMA UNIDA A SU CRIADOR POR GRACIA Y AMOR TRANSFORMANTE 

COMPUESTOS POR 

FRAY JUAN DE LOS ANGELES 

Predicador Descalzo de la Provincia de San Josef de los Menores de Observancia Regular. 

Dirigidos al serenísimo Príncipe Cardenal Alberto, Archiduque de Austria, 
Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, etc. 

(Grabado en cobre: San Francisco.) 
Con privilegio. En Madrid por la viuda de Pedro Madrigal, 1595. 



APROBAgAOM 

Por mandado e comissaom de nosso R. P. 
F. Thomas de Iturmedia, Comissario Geral 
dos frades Menores da Observancia de nosso 
Seráfico padre saom Francisco nestos Rey- 
nos é Sennhorios de Portugal, vi e lí, é con 
muyta diligencia e cuydado examinei, todos 
istes dez Diálogos da Conquista do Rey no 
de Deus, coinpostos po lo niuyto reverendo é 
nao menos docto Padre Pregador fray Joao 
dos Anjos, frade descaigo da mesma Orden é 
da Provincia de Sao Josef dos Reynos de 
Gástela, o qual agora reside nestos Reynos, 
por ordem do Reverendissimo Padre Geral, 
é por virtude de hun bre Apostólico [quej 
para isso ten: é digo que todos os ditos Diá- 
logos saom Orthodoxos é Catholicos é de 
grande erudigaó é doutrina, é muyto curio- 
sos, devotos, proveitosos á toda á Igreija 
universal da Deus é a o augmento é definsao 
de nossa santa Fe Catholica, e como taes se 

Obras místicas del P. Akgeies. — 3 



poden é deven imprimir. En testimunho da 
qual verdade ho firmo de meu nome, no Con- 
vento eje sa5 Francisco de Lisboa a os dez de 
Febreyro de 1593 anos.— /=. Bclchior Urbano. 

APROBACIÓN 

He visto este libro, que se intitula Con- 
quista del Reino de Dios en Diálogos (por 
mandado del supremo Consejo), compuesto 
por el padre fray Juan de los Angeles, predi- 
cador Descalzo de la Orden de los Menores 
de la Provincia de San Josef, doctrina católica 
y segura, donde tratando el Autor de la vía 
de la perfección cristiana y unión del alma 
con Dios en esta vida por gracia, facilita las 
dificultades que en este camino hallaron los 
Santos, con tanta destreza y puntualidad, que 
se le debe mucho agradecer este trabajo, así 
enseñando este camino como animando y es- 
forzando á los que le buscan, y esto me pare- 
ce, fuera de la propiedad y elegante término 



34 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS 



con que declara unos lugares de la Escritura 
y aplica otros á la doctrina que trac. En San 
Felipe de Madrid, en 28 de Julio de 1593,- 
F. Gabriel Pinelo. 

LICENCIA 

Fray Josef de Santa María, Ministro Provin- 
cial de la provincia de San Josef, etc. Por la 
presente doy licencia á nuestro hermano fray 
Juan de los Angeles, predicador de la dicha 
Provincia, para que pueda imprimir un libro 
espiritual, que ha compuesto en Diálogos, 
que se llama Conquista del Reino de Dios, por 
cuanto está ya examinado y aprobado, y con 
todos los requisitos necesarios, conforme á las 
ordenaciones y estatutos de nuestra sagrada 
Religión. Dada en San Antonio de Guadalaja- 
ra en 16 de Diciembre de 1595.— /•. Josef de 
Santa María, Ministro Provincial. 

SUMA DEL PRIVILEGIO 

Concedió su Majestad privilegio por diez 
años al padre fray Juan de los Angeles, de la 
Orden de San Francisco, Descalzo, para que 
en los reinos de Castilla pueda imprimir y 
vender el libro intitulado Conquista del Reino 
de Dios, en diez diálogos, por él compuestos, 
so pena que la persona ó personas que sin te- 
ner su poder lo imprimiere ó hiciere imprimir, 
pierda la impresión que hiciere con los mol- 
des y aparejos dellos, y más incurra en la 
pena de cincuenta mil maravedís, como todo 
ello más largamente consta del mismo origi- 
nal y privilegio despachado en Madrid á 22 de 
Agosto de 1593 años.— Juan Gallo de An- 
drada. 

TASA 

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de 
cámara de su Majestad, de los que residen 
en el su Consejo, certifico y doy fe que ha- 
biéndose visto por los señores de él un libro 
intitulado Conquista del Reinó de Dios, en diez 
diálogos, compuesto por fray Juan de los 
Angeles, predicador de la Provincia de San 
Josef de los frailes Menores de Observancia, 
tasaron cada pliego del dicho libro á cinco 
blancas, y dieron licencia para que á este pre- 
cio se pueda vender; y mandaron que esta 
tasa se ponga al principio de dicho libro y no 
se pueda vender sin ella. Y para que de ello 



conste, di la presente, que es fecha en Madrid 
á 17 de Mayo de 1595 años.— Juan Gallo de 
Andrada. 

N. B.— A la tasa siguen las Erratas, que no se 
ponen porque no llevan nombre de corrector ni lu- 
gar ni fecha, únicas cosas que merecen consignarse. 

Al muy alto y serenísimo Príncipe el Cardenal 
Alberto, Archiduque de Austria, Legado de 
laterede la Santa Sede Apostólica (')• 

Después que torné á tomar la pluma en la 
mano (muy alto y Serenísimo Principe) para 
proseguir estos Diálogos, que de la Conquis- 
ta del Reino de Dios había comenzado, ya no 
los miré como obra á solas mía, sino como 
tal, que en ella tiene lo principal V. A. por 
haberme hecho merced de su licencia y bene- 
plácito, para que, debajo de la protección de 
su Serenísimo nombre acabados, los sacase 
á luz; y parece que con este favor y honra 
recibieron nuevo ser y valor; y en ellos mis- 
mos se verá, leyéndose atentamente la pos- 
trera parte, porque ya en ella como califica- 
dos con la autoridad de V. A. hacen ventaja 
á los que precedieron. Pudiera muy bien ser 
que si con la merced de V. A. no cobrara 
aliento y me animara para publicarlos, cum- 
pliera el intento de mi cobardía, ó no aca- 
bándolos ó deteniéndolos sin dejarlos salir á 
plaza, en especial representándoseme ser cosa 
notoria que muchos leen los libros más para 
ser juezes dellos y de sus autores que para 
aprovecharse de su doctrina, y cuando la ha- 
llan desautorizada, aun de leerla huyen, como 
de cosa de poco valor y crédito. Mas ahora 
con el que V. A. ha sido servido de dar á la 
deste tratado tan extraordinariamente, dán- 
dole su aceptación, aun antes de yo darle fin, 
ninguno tendrá atrevimiento para reprobarla 
ni para juzgar mal de mí en escribirla, ni yo 
tendré temor de comunicarla, no sólo á los 
que de lo bueno sienten bien, mas ni aun á los 
que acostumbran de todo decir mal. Porque 
de nadie será desestimado lo que fué acepto 
á un tan gran Príncipe de la Iglesia, tan rico 
de lo que la naturaleza le pudo comunicar y 
de lo que con trabajosos estudios de muchos 

(I) Todas las ediciones respetaron esta epístola 
dedicatoria, salvo la de Barcelona de 1597, la cual 
salió intitulada «AI muy Illustre Señor Hernando de 
Heredia, Inquisidor del Principado de Cataluña» 
según puede verse en la Introducción. 



DEDICATORIA Y PRÓLOGO AL LECTOR 



35 



años se suele adquirir, y de lo que la divina 
gracia á sus muy escogidos acostumbra con- 
ceder. Lo que la de V. A. á esta obra ha con- 
cedido, la hizo ser de precio y estima para yo 
poderla de nuevo ofrecer. Y esto mismo casi 
pone obligación á V. A. para recibirla con be- 
nevolencia debajo de su amparo. De modo 
que el acabarse, y lo que valiere, y la acepta- 
ción que alcanzare, y la seguridad que tuviere, 
y cualquier bien espiritual que fructificare, 
todo (') se deba á V. A. como yo todo me 
debo. 

Humilde y perpetuo siervo de V. A.— Fray 
Juan de los Angeles. 

PRÓLOGO AL LECTOR 

De tres cosas estoy obligado á dar razón 
en este prólogo, que han de parecer nuevas á 
los que leyeren esta obra: conviene á saber, 
del nuevo estilo de preguntas y respuestas; 
del nuevo título de Conquista del Reino de 
Dios, y del orden con que procedo, hasta lle- 
gar á la quietud del recogimiento, de que trata 
el último de los diálogos, A lo primero dará 
satisfación considerar el oficio que de predi- 
cador tengo, aunque indigno, el cual me ha he- 
cho deudor, no solamente de sabios, sino tam- 
bién de ignorantes, y me ha obligado á dar le- 
che á los pequeñuelos en la virtud y pan con 
corteza á los perfectos, y á mudar como pes- 
cador codicioso los cebos para pescar alguna 
alma para Dios. San Pablo ¿no confiesa de sí 
(Rom., 1; Cor., 3; I Cor., 9) que se hacia to- 
das las cosas á todos por ganarlos todos á 
Cristo? Pues ¿por qué, teniendo yo la misma 
pretensión que el Apóstol, no haré de la doc- 
trina lo que el hacía de su persona? Si la ca- 
ridad y amor divino que en su pecho ardía le 
obligaba á guisarse de tantas maneras para 
bien de sus prójimos, cuantos ellos y sus gus- 
tos eran, cada uno como le había menester, 
¿por qué no podrá esa misma caridad diferen- 
ciar este manjar espiritual de la doctrina y 
guisarle de manera que sepa bien y alcance 
á todos? Esta ha sido la causa de ordenar en 
diálogos este tratado de oración y contempla- 
ción, habiendo escrito los Triunfos del Amor 
en prosa suelta, para que si alguno se enfa- 
dare y cansare de leer capítulos, se recree le- 
yendo las dudas que propone el discípulo y 

(') La edición de Madrid 1885 añade ello. 



las resoluciones y determinaciones del maes- 
tro: que al fin la variedad alivia y entretiene 
en todo género de cosas, y la cuestión comen- 
zada despierta el apetito de verla determi- 
nada y resuelta. Harto cuesta arriba se me 
ha hecho volver á tratar de estas materias 
de espíritu, visto el poco que hay en el mun- 
do y cuan prostrados y caídos están los gus- 
tos de los hombres para abrazar ejercicios 
de vida perfecta y del hombre interior, eSipe- 
cialmeníe que desechan ya y tienen en poco 
lo precioso y provechoso, si tiene consigo 
algo de dificultad; mas por todo me ha hecho 
romper el deseo que en mi alma vive del apro- 
vechamiento de las de mis hermanos. Por las 
cuales, como dijo San Juan, debemos poner 
las vidas, y deseaba una y muchas veces dar 
la suya San Pablo (II Cor., 11), á imitación de 
Aquel que por todos la dio en la Cruz. Y á la 

, , verdad, la mayor de las ganan- 
La mayor de las . "^ 

ganancias es cias es ganar un alma para el 
ganar unaai- cielo, la cual confímia San Dio- 

ma para Dios. . . , ... , ^ , ,. , 

nisio en el libro de Ccelesfi hye- 
rarchia por estas palabras (Dionis., de Ccelesti 
hyerarch., c. o): Uniuscujusque hyerarchiam sor- 
tientium perfectio hcec esf, secundum propriam 
analogianí in Dei imitationem ascenderé, et 
omnium divinissimum est Dei cooperatorem fie- 
ri, et ostendere in seipso divinam actionem re- 
lücentem, secundum quod est possibile; La per- 
fección de cualquiera que alcanzó á tener al- 
gún grado en la celestial jerarquía es subir 
según su capacidad y virtud á la imitación de 
Dios, conformándose con Él en todo lo que le 
pudiere parecer, porque esta similitud y con- 
formidad vuelve amable la criatura racional y 
querida de su Dios; empero lo divinísimo de 
esta imitación, y el supremo grado en la Igle- 
sia míHtante, es tratar de la salud de las al- 
mas, y ayudar [á] Dios en la granjeria dellas, 
adonde su Majestad pone el caudal de la gra- 
ciíi, y la diligencia y cuidado el hombre je- 
rárquico. El cual cuanto le fuere posible ha 
de mostrar la operación de Dios que en el 
mismo resplandece, la cual como centella de 
fuego bulle allá dentro y procura salir á fue- 
ra para dar luz á todos, unas veces predican- 
do, otras escribiendo, otras aconsejando y 
otras dando forma de lo que deben hacer con 
su buen ejemplo. Que como el fuego nunca 
está ocioso, porque siempre quema, si halla 
materia en que cebarse, tampoco lo puede 
estar el divino amor: el cual, según sentencia 



36 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS 



de San Gregorio, no es verdadero si cesa de 
obrar. Y cuando ninguno se aprovechase de 
nuestros trabajos, ¿quedaríamos por ventura 
perdidosos los que en la viña del Señor em- 
pleamos nuestros talentos? No por cierto, sino 
con la misma ganancia que si hubiéramos con- 
vertido todo el mundo, si á ello se extendie- 
ran nuestras diligencias y deseos. San Juan 
Crisóstonio dice (Chrys., honi. 2 de divite 
et Lazar.) que de la manera 
El predicador qyg los vencros de las aguas 

nunca se ha , . , 

de cansar. "O dejan de correr, aunque nni- 
guno venga á beber de ellas; ni 
las fuentes ni los ríos se detienen en su curso, 
puesto que nadie llegue á coger agua, así el 
predicador por ninguna vía ha de cesar de 
predicar y amonestar, aunque de muchos no 
sea bien oído. Porque esta ley tenemos im- 
puesta por el mismo Dios los que administrá- 
remos al pueblo su palabra, que en ningún 
tiempo dejemos de hacer lo que en nosotros 
fuere. El santo profeta Jeremías (Hierem., 20), 
cuando por enseñar la verdad de parte de Dios 
á los hombres se veía burlado y escarneci- 
do dellos, y amenazado de muerte, quiso con 
algún temor humano desistir de su oficio; y 
confiesa que luego que admitió este pensa- 
miento, sintió dentro de su alma una gran 
fuerza del espíritu, que como un ardiente fue- 
go le abrasaba las entrañas y los huesos, tan- 
to que no podía sufrir su ardor. Pues si con 
tan grandes ocasiones como el profeta tenía 
para no profetizar ni enseñar á aquel terrible 
y duro pueblo, sólo por el pensamiento que 
de no hacerlo pasó por él fué tan gravemen- 
te en lo interior compungido, que sentía arder 
dentro de sí fuego, por faltar á su obligación, 
¡cuánto mayor escrúpulo debemos tener nos- 
otros, que ni somos perseguidos, ni amenaza- 
dos, ni escarnecidos como él lo era! Si porque 
el otro se duerme, ó no oye, ó se ríe, ó mur- 
mura de nuestros sermones, ¿dejaremos de 
predicar y enseñar, habiendo tantos que oyen 
y leen y reciben aprovechamiento? Si con 
echar la red en un sermón no pescáremos to- 
dos los oyentes, contentémonos con diez, 
contentémonos con cinco, contentémonos con 
uno, que esto nos basta para nuestra conso- 
lación; y demos que ninguno salga aprovecha- 
do (aunque parezca imposible que la palabra 
de Dios, sembrada en tantos corazones, deje 
de hacer algún provecho), digo que ni de esta 
manera quedamos frustrados de nuestra espe- 



ranza; porque si después del sermón y amo- 
nestación nuestra se determinan los malos de 
pecar, pecan á lo menos con remordimiento, 
y no con la soltura y libertad que solían an- 
tes que nos oyesen; pecan como confusos 
y avergonzados, sufriendo interiormente re- 
prensiones duras de sus propias conciencias, 
que les zahieren y ponen delante la doctrina 
que oyeron ó leyeron. Y ¿por ventura estos re- 
mordimientos no son principio de salud y de 
mudanza de vida? Cuanto más que, si no gana- 
mos á los que están perdidos, sustentamos y 
esforzamos á los que están ganados, que no 
es menor virtud que ganar de nuevo. Si no re- 
sucitamos los muertos, ni sanamos los enfer- 
mos, apoyamos los que están en pie para que 
no caigan, y añadimos esfuerzo á los vivos 
para que no mueran. Y si hoy no persuadimos, 
mañana persuadiremos, que no son los hom- 
bres ángeles, que délo que una vez aprenden 
no vuelven atrás. ¡Cuántas veces acontece an- 
dar todo el día los pescadores lanzando las 
redes en el mar sin tomar un solo pece, y á 
boca de noche henchir sus barcos y restau- 
rar en aquella hora tanto tiempo perdido! Si 
porque los oyentes no se aprovechan de los 
sermones, y los lectores de los libros, hubié- 
semos de dejar de predicar y escribir, seguir- 
se hía (') que en todas las granjerias de la 
vida se hubiese de hacer lo mismo. Deje el la- 
brador de sembrar el año que viene porque 
no encerró pan en éste, y el mercader de na- 
vegar porque sufrió una y muchas veces tor- 
menta, y ni habrá que comer en la tierra, ni nos 
servirá de nada la riqueza del mar. El labra- 
dor siembra todos los años, y el mercader 
hace sus viajes á sus tiempos, siempre con 
esperanzas de ganar; y ni el uno sembrando 
ni el otro navegando tienen más certeza de 
que este año les ha de suceder mejor que les 
sucedió el pasado. Y si en estas cosas transi- 
torias tanta diligencia y cuidado ponen los 
hombres, aunque los sucesos son tan varios 
y mal seguros, ¿será bien que nosotros, si de 
todos no somos oídos y obedecidos, dejemos 
el trato y granjeria de las almas? ¿Qué excusa 
tendremos delante de Dios? ¿Cómo esperare- 
mos perdón de nuestra cobardía? Y más, que 
en las pérdidas temporales no hay el consue- 
lo que en las espirituales; porque si dio á la 
costa vuestro navio y se fué á fondo vuestra 

(') La edición de 1885, scgüiriase. 



PRÓLOGO Y DIVISIÓN DE LA OBRA 



37 



hacienda, no hay quien allí luego remedie esa 
pérdida y naufragio. Y si las muchas aguas 
ahogan los panes, esle forzoso al labrador 
volverse á su casa las manos vacias. Nos- 
otros empero, si predicando y enseñando ni 
somos oídos ni obedecidos, tanto recebiremos 
acerca de Dios como si lo fuéramos, pues no 
tenemos obligación de persuadir á los oyentes, 
sino de aconsejarles y amonestarles lo que 
les conviene. No dejes de predicar y enseñar, 
dice el mismo Crisóstomo, hasta que se te 
acabe la vida, que bien empleada es la que en 
esto se emplea. Lo que ha de dar fin á nues- 
tra amonestación ha de ser la obediencia y 
rendimiento de aquellos á quien enseñamos. 
El demonio nos cerca y rodea 
Perseverancia ^omo león rabioso, por ¡mpe- 

tlcl demonio ,. , , , /i r-. ^ r-\ 

e« teníamos, dir nuestra salud (I Pet, 5), no 
sacando para sí deste su tra- 
bajo ganancia alguna, antes aumento á sus 
penas y tormentos: y es tan temerario, que 
intenta á veces cosas que es imposible salir 
con ellas, y acomete no solamente á aquellos 
que confía derribar de su justicia, sino tam- 
bién á los que con probabilidad entiende ser 
insuperables. ¿Por ventura no estuvo atento 
á las alabanzas que de su amigo Job Dios pre- 
dicaba? (lob., 1). ¿No oye decir de él que es 
hombre justo, recto, temeroso de Dios, y que 
se aparta de todo mal? Pues con todo porfía y 
espera derribarle, y no deja piedra (como di- 
cen) que no mueve, para que, siquiera oprimi- 
do con el peso de tantos males, pierda la pa- 
ciencia; ¿y no la tendré yo haciendo la causa 
de Dios, esperando tan aventajado premio y 
predicando á hombres que por momentos se 
mudan? El Apóstol San Pablo aconseja á su 
discípulo Timoteo (II Tiniot, 2) que predique 
y enseñe á los que resisten y contradicen la 
verdad. Y da por razón, que por ventura en 
algún tiempo les dará Dios penitencia para 
conocerla y abrazarla, y al fin salvarse. De 
modo que sin certeza de haber de aprovechar, 
dejándolo á lo que Dios quisiese obrar en 
ellos, le exhortaba y mandaba que aun á los 
que le contradecían predicase siempre la ver- 
dad. Estas y otras razones que el divino Cri- 
sóstomo juntó para animar á los que predi- 
can me pudieron esforzar á mí para no can- 
sarme de comunicar de todas las maneras á 
mi posibles la lluvia del cíelo, que es la bue- 
na y sana doctrina; unas veces predicando 
(como de ordinario lo hago), otras escribiendo. 



y escribiendo á veces en estilo menos humil- 
de y más dificultoso, como están los Triunfos, 
para entendimientos más alumbrados; otras en 
más llano y claro para los pequeñuelos, como 
lo he hecho en estos Diálogos, en los cuales el 
discípulo representa los que poco saben y el 
maestro los doctos y aprovechados. Allégase 
á esto que las dudas que el discípulo propo- 
ne son las que á todos los que tratan de ora- 
ción suelen ocurrir, y que para salir dellas se 
requiere maestro sabio y experimentado. Lo 
cual, aunque á mí me falte, no me ha faltado 
diligencia para escudriñar las Escrituras y leer 
todos aquellos autores que con satisfación 
hablaron de semejantes materias, que cierto 
han sido muchos, y con cuidado leídos y en- 
tendidos. El título del libro también es nuevo, 
pero á propósito de lo que en él se trata, que 
es dar documentos para conocer el Reino de 
Dios, que está en nosotros, y enseñar el or- 
den que se ha de tener para gozar del. De lo 
cual largamente trata el primer Diálogo, que 
á mi parecer es el mejor de todos y el que 
encierra en sí lo substancial dellos y cuanto 
bueno hay escrito de vida interior: allí remito 
al lector, porque tratemos ahora del orden 
de esta doctrina. Y presuponiendo de ante- 
mano que para la entrada y habitación en 
este Reino espiritual y divino, á donde se ha- 
lla justicia, paz y gozo del Espíritu Santo, se 
requieren muchas cosas, la primera de todas 
hallo yo que es limpieza del alma, la cual no 
se alcanza sino es por destierro de todo pe- 
cado. Desto y de la penitencia, que los des- 
tierra, trata el segundo Diálogo, que es muy 
notable y que tiene instituciones muy salu- 
dables y de mucha sustancia. Y porque para 
el entrar son necesarias puertas (que no hay 
saltaderos ni portillos para el Reino de Dios) 
trátase dellas en el tercero, cuarto y quinto. El 
sexto continúa la materia del quinto, que es 
de la pasión y muerte del Hijo de Dios, y des- 
cubre muchos engaños que se ven cada día, 
especialmente en mujeres, que fácil y falsa- 
mente suelen transformarse y arrobarse ('), y 
arrebatar verdaderamente con esto la comi- 
da, el regalo y favor de los Príncipes. Habla 
también de aquella milagrosa transformación 
de nuestro padre San Francisco en Cristo 
crucificado, con las condiciones de que ha de 
ir acompañada la meditación de sus dolores, 

(') La edición de Alcalá 1602, arrebatarse. 



38 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



para sentirse como conviene. Y porque hay 
enemigos visibles y invisibles, que defienden 
ó impiden la entrada á esta tierra de promi- 
sión, que de verdad mana leche y miel de 
consolaciones y regalos espirituales, sigúese 
luego tratar dellos y de los daños que ha- 
cen, y del orden que habernos de guardar para 
vencerlos. Lo cual comienza á enseñar este 
sexto Diálogo y lo acaba el séptimo, que sin 
ninguna duda es de grandísima importancia, 
y el todo para salir con tan rica empresa; la 
cual alcanzada queda saber qué ejercicios 
han de ser ios del que ya descubrió y posee 
este Reino, con qué leyes ha de vivir, cómo 
se ha de haber sobre sí, debajo de sí, fuera 
de sí y dentro sí, que estos son los manan- 
tiales y salidas que puede hacer el alma. Lo 
primero y segundo, enseña el octavo Diálogo; 
lo tercero, el nono; lo cuarto, el último, que 
es la llave de todo el bien tras que andamos. 
Otras muchas cosas se ofrecían que poder 
tratar en esta Conquista; mas por no hacer vo- 
lumen que espantase á los lectores, sino libro 
tan pequeño que le pudiesen traer en la mano 
sin pesadumbre, las dejé como poco necesa- 
rias, porque, á la verdad, he trabajado en que 
de las que lo son para ser uno perfecto con- 
templativo ninguna faltase. Recibe á lo me- 
nos mis buenos deseos, cristiano lector, si 
mis trabajos note contentaren; y si te fueren 
de gusto y te aprovechares dellos, desde aho- 
ra doy gracias á mi Señor Dios, que quiso y 
ordenó que fuese yo el instrumento de tu 
aprovechamiento y espiritual consolación. Y 
á ti te pido ruegues por mí á ese mismo Se- 
ñor, con esperanza que, si la vida se nos pres- 
tare por más tiempo, te haré otros servicios 
de tanta ó de mayor utilidad. Vale. 

DIÁLOGO PRIMERO 

De la vida interior y centro del alma ó Reino 
de Dios. De la armonía del hombre y de la 
verdadera inteligencia del mandamiento del 
amor. 

Discípulo y Maestro. 

§1 

Discipulo.—Si el desear ser perfecto fuera 
perfección, pcrfectísimo fuera yo en todo gé- 
nero de virtud: porque toda la vida gasto en 
buenos propósitos y deseos. En el estado se- 



cular fueron éstos de entrar en religión don- 
de Dios mucho se sirviese y mi alma se apro- 
vechase. Oyólos su Majestad, por su miseri- 
cordia infinita, como suele oír los de sus po- 
bres, é hízonie uno dellos en la profesión. Y 
aunque me confieso al presente falto de obras, 
no lo estoy de aquellos antiguos deseos, y 
otros de nuevo: y el mayor de todos es ser 
en lo de dentro lo que en lo de fuera parezco; 
porque me avergüenzo y confundo mucho de 
que me juzgue el mundo por perfecto y santo, 
siendo en los ojos de Dios tal, que hay más 
de que tener de mí mancilla que envidia. Y 
¿cuántos desearon como yo, y lo que yo, que 
prevenidos con la repentina y no pensada 
muerte arden y arderán para siempre en el 
infierno? ¿Y por qué no temerá otro tanto el 
que, las manos cogidas en el seno, se consu- 
me y acaba la vida deseando? Verdaderamen- 
te yo debo ser aquel desdichado de quien 
dijo Salomón (Eccles., 4; Prov., 13): Quiere y 
no quiere el perezoso. Y digo desdichado, por- 
que de querer y no querer se forma y cuaja 
un querría, tan lejos de efectuarse lo que se 
desea, cuanto cerca del castigo de los tibios, 
que es estarlos Dios lanzando de su estóma- 
go y trocándolos por vómito (Apoc, 3). Este 
es el estado que llamaron los 
Peüoroso cúa- Santos de insensibilidad: en 

do el (le la in- 
sensibilidad, que ni la consideración del 

cielo deleita, ni la del infierno 

atemoriza, ni los beneficios despiertan, ni se 

sienten las heridas.,. Pero, Dios de mi alma» 

¿qué veo? ¿es por ventura el que allí viene mi 

Maestro? El es sin ninguna duda, y no me 

pesa dello. Holgaría ('), empero, que no me 

hubiese oído. 

Maestro.— X}\os te salve, fray (*) Deseoso. 

D.— El mismo sea tu salud perdurable. 

TW. — ¿Qué soliloquios han sido éstos que 
contigo y á tus solas has tenido toda la tar- 
de? Huélgome de verte tan deseoso de tu 
aprovechamiento espiritual, y que se entienda 
que no á caso sino por inspiración divina y 
orden del cielo se te puso el nombre que tie- 

(') La edición de Madrid año 1885, además de 
omitir todas las notas marginales y citas de la Sa- 
grada Escritura, aquí añade un pronombre y dice 
Holgcriame. 

(-) La edición antes citada omite el Fray, y aun- 
que no tiene importancia sirve para conocer que en 
su instrucción se dirigía con preferencia á Religio- 
sos y personas consagradas á Dios. 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOK AMANDO Á DIOS 



39 



lies. Porque, bien mirado, gran parte de la sa- 
lud está en el desearla. El Profeta santo de- 
cía (Psal. 1 18): Deseó mi ánima desear tus jus- 
tificaciones en todo tiempo. A Daniel le inti- 
tula el Ángel varón de deseos (Dan., 7). Las 
oraciones jaculatorias, que, como dicen los 
Santos, penetran los cielos, también son de- 
seos. La Iglesia hace fiesta á los que tenía la 
Virgen preñada de Dios por verle ya nacido 
en el mundo y en sus brazos, y éstos cele- 
bramos el día de la O, y todas las que se po- 
nen en aquellas siete Antífonas, antes del 
nacimiento del Señor, significan los que tenían 
los Padres de que Dios enviase al Deseado de 
las gentes. Si esto es así, corno lo es, ¿por qué 
te desconsuelas, siendo tus deseos tantos y 
tan buenos? 
D. — Porque crecen á una en mí esos deseos 
santos é imperfecciones sin 
Buena seiiai es cuento, mil buenos propósitos 

tener buenos , , , , 

deseos, si se Y dobladas culpas. Y apenas ha 
trabaja por brotado CU mi alma un pensa- 

alcanzar lo ■ . . i j " j i 

qm se desea, ""e^to de salud, cuando la con- 
versación y trato de los amigos 
lo destierran della. Y siguiendo la corriente 
de los insensibles (que son muchos) sólo en 
el hábito me conozco religioso, siendo en lo 
demás hombre del siglo. La profesión que ten- 
go hecha es estrechísima, y yo rekijadísimo 
(Rom., 7); ella me pregona muerto al mundo, y 
yo vivo á solo el mundo; ella me niega y pone 
entredicho á todo lo que es carne y sangre, 
y yo soy hombre carnal, venido (') debajo del 
pecado; ella me manda ser pobre, y yo voy 
huyendo de la pobreza; y al fin, todos los bue- 
nos deseos desaparecen en flor, y á cada paso 
me hallo con hurtos de malas obras en las 
manos. 

M.— No pases adelante con esa plática, que 
parece que reina hoy en tí la melancolía. Sal- 
gámonos, sí quieres, un rato á la huerta. 

D.— Salgamos en hora buena. ¿Tienes por 
ventura alguna cosa que tratar conmigo en 
puridad? 

M.— Sí tengo, y deseóte todo entero; por- 
que lo que quiero enseñarte, no admite cora- 
zones repartidos, ni hombres distraídos y fue- 
ra de sí. 

(') La edición princeps y la de Madrid 1885 dicen 
venido; pero la de Alcalá 1602, y la de Madrid 1608, 
ponen vendido; el sentido es casi el mismo, y am- 
bas versiones traducen bien el captivantem me sub 
lege peccati á que alude. 



£).— Siempre me has hablado con veras y 
sin lisonja, pero nunca me prevcnistc como 
agora. 

M. — Nunca habrás oído de mi boca lo que 
hoy te deseo comunicar. 

D.— Parece que vienes enviado de Dios y 
á la medida de mi deseo, que ha sido hallar 
quien me hable al corazón y me enseñe cosas 
substancíales, interiores y de espíritu; que lo 
que comúnmente se trata en estos tiempos, 
aun entre varones insignes y de mucho pun- 
to de santidad, lo más es exterior y de muy 
poca satisfación para el alma. 

M.—Un pensamiento es el de los dos, sino 

Mú. cuidado ^"s yo estoy más enfadado del 

ha>j de pare- lenguaje bárbaro que en mate- 

cer bien á los j-¡¿j ¿q virtud corre en el mun- 

hombres que 

á Utos, y de lo do que no tu que naciste ayer, 
exterior que que, sí bien miras en ello, todo 

de lo interior. j- - i 

es acudir a componer este 
hombre exterior y á cumplir con los que lo 
son, y apenas se halla quien se acuerde del 
hombre interior y divino. Y deberían adver- 
tir los que en esto gastan su tiempo que el 
hombre interior compuesto compone y orde- 
na sin pesadumbre ninguna al hombre exte- 
rior, y no al contrarío. De Platón he leído que 
hacía de ordinario esta oración á Dios: Amice 
Deas, da milii, ut intus piilcher efficiar: et qiioe 
exterius sunt, intimis sint árnica; Amigo Dios, 
dadme que en lo interior os parezca hermoso, 
y que lo exterior se conforme y tenga amis- 
tad con lo interior. 

D.— Devotísima oración es esa verdadera- 
mente, y más de pecho cristiano que de filó- 
sofo. 

M.— También nos viene aquí muy á pelo, y 
es de más autoridad, lo que el Profeta santo 
dice del alma esposa de Cristo en el salmo 44, 
el cual habiendo tratado con galanas metáfo- 
ras de la hermosura y virtudes del celestial 
Esposo, de su admirable disposición y gallar- 
día, vuelto á ella le dice: Toda la gloría del, á 
la hija del Rey es adentro en las fimbrias do- 
radas, y cercada de variedad. Como sí dijera: 
Eso que el esposo tiene por naturaleza, tiene, 
en su tanto, la esposa por gracia, sino que 
en ella está de secreto, allá dentro, donde los 
ojos de Dios lo miran y aprueban; aunque no 
tan secreto que deje de dar algunas muestras 
de fuera, que al fin los extremos son dorados; 
porque si alguna vez se extreman los santos, 
es en obras de caridad, entendidas por las 



40 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



orlas ú fimbrias doradas, que en las demás 
en que se ceban los ojos de los hombres nin- 
gún extremo hacen, porque suelen por la ma- 
yor parte ser viciosos. En los Cantares se es- 
cribe (Cant., 1), que siendo motejada la espo- 
sa de morena y desaliñada, no negando el 
desaliño y moreno, confiesa que con ello anda 
junta la hermosura de esposa de Cristo. Soy, 
dice ella, como las tiendas de Cedar y las 
cortinas de Salomón, en lo de fuera negras y 
de poco lustre (al fin como expuestas al sol y 
á las injurias de los tiempos), mas en lo secre- 
to é interior llenas de grandes riquezas y 
de suavísimo y precioso olor. Este conviene 
que en todo lugar sea bueno, como dice San 
Pablo (II Cor., 2), pero principalmente debe- 
mos oler bien á Dios. Que como hay hombres 
tan lascivos, sensuales y profanos que por 
donde quiera que van dejan el suave olor y 
fragancia del ámbar y almizcle de que andan 
como embalsamados, y si llegas á contem- 
plarlos de cerca son asquerosos en sus per- 
sonas, así hallarás muchos que todo su nego- 
cio es dar buen olor de virtud y santidad á 
los hombres, sin acordarse que principalmen- 
te le deben á Dios. Enséñanse éstos á torcer 
la cabeza, componer las manos, modestar y 
bajar los ojos, encoger los hombros, hablar 
por compás y en tono devoto, medir los pa- 
sos, colgar el rosario con su calavera de la 
cinta, y á otras cosas desta suerte, y no tra- 
tan de componer el hombre interior, ni mortifi- 
car las pasiones, ni andar dentro de sí mismos, 
ni de la vida que esencialmente es (') virtuosa. 
¡Qué poco caso hacía San Pablo (II Cor., 4), 
de que el hombre exterior se corrompiese y 
anduviese desaliñado! sabía él muy bien que 
de su corrupción y descompostura procedía 
la reformación y ornato del hombre interior. 
Los que de veras tratan de ser 

Los D 6 r fe dos 

imitan a la Pcrfectos imitan á la naturale- 
n a tu rale- za, que, no se olvidando de f or- 
za; loi idpú- ^gj. j^g partes exteriores del 

entas al arte. ^ 

animal, lo primero á que acude 
es á la formación del corazón. El arte y los 
santos fingidos, ó de burla, son de una ma- 
nera que no se cnran de lo interior, sino de 
solo lo que se puede ver: del rostro maci- 
lento, de llorar donde sean vistos, de suspi- 
rar en la Iglesia y hacer gestos (cosa que Dios 
mucho aborrece), y de confesar y comulgar á 

(') La edición de Madrid 1885, ha de ser. 



menudo por el pundonor, y aun por el prove- 
cho temporal que se halla ya en estos ejerci- 
cios. 

§n 

Discípulo.— ¿Luego no es bueno ni se debe 
hacer eso que reprendes? 

Maestro.- No reprendo el buen ejemplo ex- 
terior, ni las obras tales en que sólo se busca 
la gloria de Dios y edificación del prójimo: por- 
que el Señor quiso que fuesen de manera que 
las viesen los hombres y glorificasen al Padre 
que está en los cielos (Math., 5). Lo que re- 
prendo es el detenerse en estas cosas y po- 
ner en ellas todo el cuidado; no porque son 
para gloria de Dios, sino porque son insignias 
de santidad, algunas veces tan llenas de inte- 
rese propio, que se serviría más su Majestad 
de que las dejásemos que no se sirve de que 
las hagamos. En Amos (Amos, 

No hace D ios ^^ ,, ., , , 

caso de las ^) cstan escritas estas temero- 
obras exíe- sas palabras: Aborrecidas y 
TÜZ^ÜZ echadas á mal tengo vuestras 
fiestas, y esos perfumes y olo- 
res que me dais en vuestras juntas me ofen- 
den y sirven de humo á [mis] narices. No cu- 
réis de quemar animales ni hacerme otros 
servicios, que no los tengo de mirar ni vol- 
ver á ellos mis ojos; yo os absuelvo de los vo- 
tos que me tenéis hechos para que os tenga 
en mí memoria, porque no me dan gusto. Qui- 
tad allá esa confusión de voces y esos motetes 
de violones, que me atormentáis con ellos. 
Hasta aquí son palabras de Dios Nuestro Se- 
ñor, el cual reprueba todos los servicios que 
se le hacen en su Iglesia si no llevan vida, si 
les falta lo esencial, que es el espíritu y la ver- 
dad con que quiere ser servido y adorado 
(loan., 4). Cesario cuenta que, cantando en una 
iglesia unos músicos con gran destreza y ar- 
monía, un santo que se halló allí en aquella sa- 
zón vio un demonio puesto en lo alto de la ca- 
pilla mayor, que con la mano izquierda tenía 
un costal abierto y con la derecha recogía las 
voces y las metía en él, hasta que le hinchió. 
Acabado el oficio, los músicos (como tienen 
de costumbre) comenzaron entre sí á alabar 
sus motetes y canto de órgano: ¡Qué linda es- 
tuvo la corneta!, decía el uno; otro, qué bien 
cantó fulano; qué pasos tan ricos hizo de gar- 
ganta, etc. El siervo de Dios, que oyó la plá- 
tica, llegóse á ellos y díjoles: Muy bien habéis 
cantado, pues quedó lleno el costal. Admira- 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOR AMANDO Á DIOS 



41 



Cuál es la vida 
de núes t r a s 
obras. 



dos desto, y sabido el por qué lo decía, se 
confundieron mucho y se avergonzaron de lo 
que (') se estaban gloriando. 

D.— ¿Pues no había otra cosa en que reco- 
ger voces tan suaves sino en un costal? 

M. — No, porgue las más bien acordadas del 
mundo, si van sin espíritu, son como paja para 
el gusto de Dios (Isai., 58); y así las manda en- 
cerrar en costal como se encierra la paja para 
las bestias. Y quiero que sepas que lo mismo 
que fué de aquellas voces será de todos los 
ejercicios corporales si les faltare la vida que 
Dios pide en ellos. 
D.—¿Y cuál es esa vida? (^). 
Ai.— Oye, no á mí, sino al divino contempla- 
tivo Rusbrochio, cuyas pala- 
bras fielmente sacadas son és- 
tas: No tanto debemos atender 
á lo que hacemos cuanto á lo 
que de verdad somos; porque si fuésemos in- 
teriormente en lo íntimo de nuestras almas 
buenos, también nuestras obras serían buenas, 
y si en lo íntimo fuésemos justos y rectos, jus- 
tas y rectas serían ellas. Muchos ponen la san- 
tidad en el hacer; mas no aciertan, porque (si así 
se puede decir) no consiste sino en el ser, que 
por muy santas que parezcan nuestras obras, 
no santifican en cuanto obras, sino en cuanto 
nosotros somos santos y ellas salen de inte- 
rior ó centro santo, tanto tienen de santidad, 
y no más. De manera que el centro santo san- 
tifica todo lo que hacemos, ora sea comer, 
beber, dormir, orar, hablar, macerar la carne 
con ayunos y otras cosas semejantes que de 
suyo no son malas, sino buenas ó naturales. 
Y aquel tiene el íntimo y centro más santo que 
tiene mayor amor de Dios en su alma, y sus 
obras son más calificadas cuanto con mayor 
pureza mira en ellas la gloria de Dios. Por lo 
cual debemos trabajar con todo 
Eiammode cuidado por tener bueno y 

donde sale lo ^ ■' 

que hacemos grande este íntimo centro, y 
mira Dios de principiar del nuestras ac- 

más que el 

cuanto dciio. ^lones; porque sm mnguna 
duda en él está constituida la 
esencia y bienaventuranza del hombre, y las 
obras que son virtuosas de allí lo son; por- 
que el ánimo bueno y levan:ado por amor 
en Dios levanta y perfíciona nuestras obras y 

(') La edición de Madrid 1885 añade aquí: de lo 
que poco antes. 
(O Edición cit.: ¿ Y qué vida es esa? 



las hace gratas á su Majestad. Hasta aq.<í son 
palabras de Rusbrochio, que, á mi juicio, lo 
que en todas ellas quiso decir fué que no 
mira Dios á la cantidad de nuestras obras ni 
hace caso de que sean grandes, sino al ánimo 
de donde salen, el cual las califica y acondi- 
ciona á sí mismo y las sube tanto de punto 
cuanto él está subido y elevado por amor en 
Dios, y no más; y así cuanto este íntimo de 
nuestra ánima es mayor y más santo, y lo que 
hacemos sale esencialmente y con actual 
atención del, tanto y no más es agradable y 
acepto á Dios; que eso significó la divina Es- 
critura cuando dijo (Genes., 3): Miró Dios á 
Abel y á sus dones, que primero se agradó de 
la persona que del sacrificio, y tanto tuvo el 
sacrificio de aceptación cuanto era acepto el 
que le ofrecía. Y lo que fué en Abel es en to- 
dos los hombres del mundo, cuyas obras (cuan- 
to es de parte dellos) son aceptadas ó no de 
Dios en cuanto ellos ó lo son ó no al mismo 
Dios. Que no puede ser que yo sea esencial ó 
cordialmente bueno (porque tengo en mi alma 
plantado el amor divino, que es vida della y 
de todo lo que hago), y que no se agrade 
Dios y se pague de mis obras, por muy pe- 
queñas que sean, si, como queda dicho, lle- 
van por fin y blanco la gloria y honra suya 
desnudamente y sin alguna consideración á 
provecho y comodidad mía. Ni tampoco sien- 
do el intimo malo y leproso pueden dejar de 
tener lepra mis obras y ser por esto no gratas 
á Dios, que escrito está (Eccl., 34): Los dones 
de los malos no los aprueba el Altísimo. 

§ III 

Discípulo. — ¿Qué llamas íntimo del alma, 
que según lo que Rusbrochio 

Qué es inínno ^^ ^:^^^^ ^^^^ ggj. Jq principal 

del alma ¡j de ^ "^ 

cuánta im- que hay en nosotros y á que 
portancia su ¿ebemos siempre aspirar? 

conocimiento. ., , , , , 

Maesiro.— Lo que te doy por 
respuesta es que hasta que halles dentro de 
ti ese centro ó íntimo no habrás sabido qué 
cosa es vida interior ó esencial, que es lo que 
yo deseo que sepas y experimentes; porque 
luego no hay necesidad de más preceptos ni 
documentos en la vida espiritual, porque to- 
dos llegan hasta allí; y allí puesta un alma, 
toma Dios la mano y la enseña por sí mismo» 
que es la mayor bienaventuranza que le pue- 
de venir en esta vida, como lo dijo el Profeta 



42 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



(Psal., 93): Bienaventurado el que tú, Señor, 
enseñares y le dieres la inteligencia de tu ley. 
D.— Al fin me dejas con mi ignorancia. 
M.—PoT agora sí; porque mi intento en este 
rato de conversación no es más que aficio- 
narte á andar dentro de ti mismo y á una vida 
esencialmente buena, y no armada sobre pa- 
lillos, ni sujeta á los ojos de los hombres, sino 
regulada según el beneplácito de Dios y aten- 
ta á su habla interior; que San Gregorio dice: 
El que no se esconde y retrae de las cosas 
exteriores, no penetra las interiores. Y dice 
más, que es necesario esconderse para oir, y 
esconderse después de haber oído; porque el 
alma apartada de las cosas visibles percibe y 
contempla las invisibles, y llena de las invisi- 
bles, perfectamente menosprecia las visibles 
y oye á hurtadillas las venas de la habla divi- 
na, porque conoce delicada y secretamente 
los modos ocultos de la inspiración suya. Lo 
cual no puede hacer el que no se habituare á 
vivir dentro de sí mismo en este divino y esen- 
cial centro de su ánima, que propiamente ha- 
blando es el Reino de Dios, donde Él mora 
con todas sus riquezas (Rom., 14). Y si yo no 
me engaño, deste Reino se entiende lo que 
dice Cristo por San Lucas (Luc, 17): Mi reino 
dentro de vosotros está. Y éste comparó por 
San Mateo (Math., 13) al tesoro escondido, 
que el que lo halló lo escondió más, y vendi- 
das todas sus cosas compró el campo en que 
estaba para cavar en él más á sus solas y 
para con mayor libertad gozarle. 

D.— ¿Cómo se puede decir con verdad que 
escondió el tesoro, si estaba escondido? 

M.— Muy poco sabes si eso ignoras; que 
claro está que para el dichoso que halló el 
tesoro, ya que hasta hallarle le estaba escon- 
dido como á todos, después de hallado ma- 
nifiesto quedó y patente para él y secreto 
para los demás. Y dicese (Phil., lud. de nobi- 
lit.) que lo escondió para conservarle, y que 
de todo lo que tenía se desposeyó para go- 
zarle: porque este tan gran bien tiene tanto 
gusto y consolación para el que le halla, que 
fácilmente da de mano á todas las cosas que 
hay de contento en el mundo, y solo ó solita- 
rio entra á cavar y sacar el oro, que sólo pue- 
de enriquecer las almas y li- 

M«v poros (ili- . . , , , . • 

nan con el brarlas de toda miseria y po- 

cent, -0 11111 breza. ¡Mas ay, qué poquitos 

'"" '"' "'"' '• dan con este tesoro tan oculto! 

y no me espanto, que al fin es negocio de 



Intimo 
del alma. 



gracia y ninguno por sus fuerzas naturales 
lo alcanza: ni aun hallarás entre muchos uno 
que se persuada que hay dentro de nosotros 
tanto bien. El divino Biosio, Rusbrochiu, 
Thaulero y otros dicen que este centro del 
alma es más intrínseco y de mayor alteza que 
las tres facultades ó fuerzas superiores della, 
porque es origen y principio de todas. Es de 
todo en todo simple, esencial y uniforme, y 
sin él no hay multiplicidad, sino unidad, y en 
él son una cosa las dichas facultades; convie- 
ne á saber, entendimiento ó inteligencia, me- 
moria y voluntad. 

£).— Parece que andas por declararme lo 
que tanto deseo. 
M.— De razón ya lo habías de haber enten- 
dido por lo dicho; y pues habe- 
mos llegado á tal punto (advir- 
tiéndote primero que es el más 
alto que hay en la vida espiritual y de que has 
de tener memoria para adelante) has de sa- 
ber que el íntimo del alma es la simplicísi- 
ma esencia della, sellada con la imagen de 
Dios, que algunos santos llamaron centro, 
otros íntimo, otros ápice del espíritu, otros 
mente. San Agustín sunimo y los más moder- 
nos la llaman hondón; porque es lo más in- 
terior y secreto, donde no hay imágenes de 
cosas criadas, sino (como queda dicho) la 
de solo el Criador. Aquí hay suma tran- 
quilidad y sumo silencio, porque nunca llega 
á este centro ninguna representación de 
cosa criada, y según él somos deiformes ó 
divinos, ó tan semejantes á Dios, que nos 
llama la sabiduría dioses. Este íntimo des- 
nudo raso, y sin figuras, está elevado sobre 
todas las cosas criadas, y sobre todos los sen- 
tidos y fuerzas del ánima, y excede al tiempo 
y al lugar, y aquí permanece el alma en una 
perpetua unión y allegamiento á Dios, princi- 
pio suyo. Cuando este íntimo (al cual la luz 
eterna y no criada continuamente ilustra y 
esclarece) se manifiesta y descubre al hombre, 
en gran manera la aficiona y enternece, como 
se dice del que halló el tesoro, que por el 
gozo demasiado que recibió vendió todas sus 
cosas y compró el campo. ¡Oh noble y divino 
templo, del cual nunca Dios se aparta, adonde 
la santísima Trinidad mora y se gusta la eter- 
nidad! Una sola conversión perfecta en este 
íntimo á Dios es de mayor importancia que 
muchos otros ejercicios, así interiores como 
exteriores, y que puede restaurar diez y más 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOR AMANDO Á DIOS 



43 



años perdidos. Aquí mana una fuente de agua 
viva que da saltos para la vida eterna (loan., 
4), y es de tanta virtud y eficacia y tiene tan- 
ta suavidad, que destierra fácilmente toda la 
amargura de los vicios y vence y sobrepuja 
toda la rebeldía, contradicción y resabios de la 
naturaleza viciosa y mal inclinada. Porque 
luego que se bebe esta agua de vida, corre 
por toda la región del cuerpo y del ánima, y 
da y comunica al cuerpo y al ánima una ma- 
ravillosa pureza y fecundidad, 

§IV 

Discípulo. — Gran cosa es esa verdadera- 
mente, y no debría el hombre aflojar ni cesar 
de la oración hasta que Dios le concediese 
beber siquiera un solo trago de tal aguíi. 

Maestro. — Una sola gota que bebieses no 
tendrías más sed de las cosas vanas, ni de las 
transitorias criaturas, sino tu sed sería de 
solo Dios y de su amor, en el cual cuanto 
más crecieres tanto más aprovecharás en la 
unión divina; y cuanto más unido y más pro- 
fundamente metido en Dios, tanto más clara- 
mente le conocerás, y así conocido, forzosa- 
mente ha de ser con mayor ardor amado; y 
ese es el blanco de nuestras obras y ejerci- 
cios, ahí se ordenan y van á parar todos, por- 
que si te falta este amor, todos tus trabajos 
(aunque sobrepujen á los que han padecido y 
padecen todos los hombres del mundo y los 
demonios) son vanos y de ningún fruto, como 
largamente lo hallarás escri- 
sin amor nin- ^o en nucstros Tñunfos. Al fin, 

qua trabajo es •' ' 

de provecho. tanto tendrás de santidad cuan- 
to de caridad, y no más. Y si 
te parece que me alargo en esto, oye al gran 
padre Augustino, que dice: Si quieres cumplir 
con perfección todo lo que explícita ó implíci- 
tamente se contiene en las divinas Escrituras, 
guarda en tu alma la verdadera caridad, que 
ella es el fin de la ley y de los profetas. El após- 
tol á su discípulo Timoteo dice (I Tim., 1): El 
fin del precepto es la caridad de corazón puro, 
de buena conciencia y de fe no fingida. En las 
cuales palabras, aunque hay mucho que no- 
tar, sólo quiero que adviertas por agora que 
precepto no significa mandamiento especial ó 
solo, sino todo lo mandado y ordenado en la 
ley: ¡o cual así como está se endereza al au- 
mento y conservación de la caridad, que ella 
es la clave del edificio espiritual, y si peli- 



Qiie quiso decir gra ella, peligra todo lo que es- 

Sanüano: El . ., ,i /~> ± i 

que ofendió t"t)a en ella. Con esto ^nX^n- 
enun.),cscui- derás aquel lugar de Santiago, 

padoenlolo. ^^^ difíCUltOSO (lacob., 2): El 

que en uno ofendió, en todos quedó culpado. 

D.— Nunca yo he hallado cómo sea posible 
eso: ¿Por qué el adúltero ha de ser acusado 
ó castigado como homicida? ¿O el ladrón 
como adúltero? 

M. — La sentencia del apóstol, superficial- 
mente entendida, no parece que tiene verdad; 
pero si recurrimos á lo que de la caridad que- 
da dicho, tiénela muy grande y es muy con- 
forme á razón lo que el Apóstol dice, porque 
si todos los preceptos tienen su dependencia 
desta virtud y ella se extiende á Dios y al 
prójimo, y por ella son preceptos los que lo 
son y ninguno puede obligar contra ella, bien 
se sigue que, faltando en ella, se falta en to- 
das y en cualquiera que se falte ella queda 
agraviada. En un círculo verás esto muy cla- 
ro, que todas las líneas que se forman del 
centro á la circunferencia se comunican en el 
centro, allí se topan y se hacen una cosa. ¿Po- 
dríase por ventura tocar en este centro sin 
tocar en las líneas todas? ('). 

D.— Parece que no. 

M. — Pues así es en el propósito, que el 
centro de la ley y de los profetas es la ca- 
ridad, y los que son preceptos, como ya dije, 
lo son en ella, van á parar en ella y salen 
della. Luego si se toca en ella y se le hace 
ofensa, todos la reciben y á cualquiera que 
de todos se toque queda ofendida ella y 
todos agraviados en ella, por ser todos una 
cosa en ella, como las líneas en el centro: que 
aunque cada una, considerada por sí, parece 
diferente de las otras en la circunferencia, 
como parecen diferentes preceptos no hur- 
tar, no matar, no adulterar, no jurar, etc., ni 
lo son en el centro las Hneas ni en la caridad 

(') Este simii tan apropiado para entender la doc- 
trina no es original del P. Angeles, y probablemente 
lo había leído en libros de autores contemporáneos 
ó anteriores á él. Véase cómo lo usa el P. Estella en 
su Tratado de la Vanidad del Mundo, parte III, ca- 
pítulo VIII: «No te puedes apartar del próximo sin 
apartarte de Dios. Todas las rayas de la esfera to- 
cando en el centro, que es el punto de medio, se to- 
can las unas á las otras. Ninguna destas rayas se 
apartará del centro que no se aparte de las rayas 
sus vecinas, ni tampoco será posible apartarse de 
las rayas sin apartarse del centro». 



44 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



los preceptos; y así queda entendido Santia- 
go, y tú de buena razón aficionado á la ca- 
ridad. 

D.—Y mucho verdaderamente, y con deseo 
grande de saber cómo se ha de amar Dios 
con perfección, de manera que alcance yo lo 
que por este camino con tanta brevedad al- 
canzaron los santos. 

M.—El cómo enseñó aquel piadosísimo Se- 
ñor, que sólo pide, en reconi- 
Como .se ha ,ie pensa de lo mucho que le de- 

amnr con per- 

fección. bemos por nosotros y por to- 

das las criaturas, amor. Ama- 
rás (dice) á tu Dios de todo tu corazón, de 
toda tu ánima y de toda tu mente y de todas 
tus fuerzas y de toda tu virtud (Deut., 6). 

Z).— Esa repetición de palabras con tan di- 
ferentes términos me confunde á mí mucho; 
y para entender de raíz ese mandamiento tan 
encarecido había yo menester que se me die- 
se alguna luz de esos nombres, corazón, alma, 
mente, fuerzas y virtud. 

Ai.— Mucho quisiera excusar el responderte 
á eso, porque es de gran dificultad y pide más 
alto conocimiento que el que yo tengo de las 
cosas del espíritu. Pero ¿contentarte has con 
que te diga lo que supiere, que será lo que los 
Santos dicen y la filosofía nos enseña? 
D.— No se te puede pedir otra cosa. 
M.— Pues por principio desta doctrina nota 
que en el hombre se conside- 
ran tres diferencias de hom- 
bres: animal, racional, deifor- 
me ó divino; cada uno destos hombres tiene 
una fuerza ó potencia con que conoce y en- 
tiende, y otra con se inclina á huir ó desear 
aquello que ya conoció, en cuanto ó le es 
dañoso ó provechoso. El hombre animal obra 
y conoce por los cinco senti- 
dos exteriores: vista, oido, ol- 
fato, gusto y tacto, y todo lo que por estos 
sentidos percibe envía al celebro y por cier- 
tas imágenes y fantasías mira allí las cosas y 
las compone y retiene en la memoria. A esta 
sensitiva potencia corresponde otra natural 
apetitiva, con que apetece estas cosas exte- 
riores, riquezas, amigos, manjares y otros de- 
leites deste metal, y huye las cosas adversas 
y que le son contrarias. Este apetito se llama 
animal ó sensual, que es fuerza afectiva que 
se mueve solamente de la aprensión de los 
sentidos. Cualquiera que según este hombre 
vive, vive según la sensualidad, no de otra 



Armón ¿a 
del hombre. 



Hombre animal. 



Hombre 
racional. 



manera que viven los brutos, y por esta par- 
te somos sin ninguna nobleza y estamos su- 
jetos á corrupción y muerte. El segundo hom- 
bre, que se dice racional, tiene 
una cierta potencia, que se llama 
inteligencia ó razón, cuyo oficio 
es pesar todas las cosas y mirar cuál es lo 
bueno y cuál lo malo, cuál lo verdadero y cuál 
lo falso. Esta saca conclusiones de las premi- 
sas, y de las cosas que siente las insensibles, 
y es potencia que en su operación no usa de 
órgano corporal, como la pasada; pero corres- 
ponde al libre albedrío, que se mueve á abra- 
zar y hacer todo lo que la razón le dicta y en- 
seña. Otros la llaman afecto racional ó apeti- 
to de razón. El que en esta potencia se ejerci- 
ta hácese rico de sabiduría y de virtudes, las 
cuales tanto más crecen en él cuanto él más 
las desea, y cuanto más alcanza dellas, tanto 
el deseo de su cumplida posesión es mayor. 
Esta vida en sí misma es imperfecta, porque 
siempre le falta algo que es sobre la razón 
humana. Es al fin defectuosa, porque fuera de 
Dios no puede cosa alguna hartar la hambre 
del ánima racional. El tercero 
Hombre divino hombre se llama suprema y 

o diBintza lo. ^ ■' 

simple inteligencia ó mente, y 
es fuerza cognitiva del ánima, que recibe in- 
mediatamente cierta lumbre natural de Dios, 
por la cual se conoce la verdad de los prime- 
ros principios, conocidos los términos. A esta 
simple inteligencia corresponde un suave, 
agradable y puro amor del ánima que inme- 
diatamente recibe inclinación al sumo bien, 
así representado por la simple inteligencia, y 
naturalmente se mueve á lo bueno. Los que 
en esta amorosa potencia se ejercitan y tie- 
nen familiaridad con Dios, tan alto se levan- 
tan algunas veces que, callando por poco 
tiempo su entendimiento, de sí y de todas las 
cosas juntamente se olvidan y son todos tra- 
gados de Dios y transformados en Él. Rus- 
brochio llamó vida divina la deste tercer 
hombre; porque en ella se contempla atenta- 
mente Dios y se une á Él el alma por desnudo 
amor, y le goza y gusta cuánta sea su dulce- 
dumbre; derrítese y renuévase de continuo 
en Él, y este es el camino del rapto y eleva- 
ción sobre todas nuestras fuerzas á lui estado 
donde el mismo Dios nos rige, y el alma sufre 
su operación y es ilustrada con claridad di- 
vina (Rom., 8), no de otra manera que es- 
tos aires con los rayos del sol, y el hierro 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOR AMANDO Á DIOS 



45 



con el calor y virtud del fuego. También 
quiero que sepas que el áni- 

Por qué el án¿- , , , , n 

ma se líanuí ma del hombre se llama piin- 
deste norrbre cipalmcntc así porque vivifica 
y de ot7 os. y ,^^ j^^^ g, ^ygj.pQ^ y gn las fuer- 
zas ó virtudes deüa dichas racionales, con- 
viene á saber: razón, voluntad y memoria, 
resplandece la imagen de la santísima Trini- 
dad. Pero según el hombre superior, ó sim- 
ple inteligencia, es el ánima dicha espíritu ó 
intimo, ó mente, ó hondón (como ya has oído), 
la cual es dotada de tanta nobleza que no 
hay palabras con que esto se puede declarar. 
Este íntimo retraimiento de la mente, ninguna 
cosa criada le puede henchir ni dar hartura, 
sino sólo el Criador con toda su inmensidad 
y grandeza; y aquí tiene Él su pacifica morada, 
como en el mismo cielo; ni es necesario que 
le vamos á buscar fuera de nosotros cuando 
quisiéremos hablar con Él: porque en cuanto 
no le desterramos por el pecado, inseparable- 
mente asiste en este su retraimiento, apare- 
jado para oírnos y para hacernos merced, 
aunque algunas veces tan disimulado como 
si no estuviese. Por lo cual debemos convertir 
aquí á Él todas las fuerzas de nuestra ánima 
con singular atención y reverencia. Deste es- 
píritu, ó íntimo, ó centro, ó ápice del ánima 
proceden todas las fuerzas della, no de otra 
manera que los rayos proceden del sol, y á él 
vuelven como á su original principio, y esto, 
mediante la obradora caridad y verdadera in- 
tención á Dios. Bienaventurado 
Canto vale j hombrc que supo convertir- 

una conver- ^ f 

sión á Dios se á cste centro con perfecta 
(^n el tnizmo j-esignación; porque vale más 
una hora deste ejercicio, para 
alcanzar perdón de pecados y montones de 
gracias, que muchos años de otros, por muy 
altos y aprobados que sean. Tales cosas obra 
Dios en el alma así convertida, que ella misma 
no las comprende. Pero con los qua ciegan es- 
tas facultades y fuerzas interiores, ningún tra- 
to ni conuinicación tiene, que es la mayor mi- 
seria que puede padecer la criatura racional. 

§ V 

D/sc/pu/o.— Verdaderamente me tienes sus- 
penso y fuera de mí con lo que me has dicho, 
porque nunca entendí que dentro de nosotros 
hubiese tan grandes riquezas ni ese centro tan 
admirable y de tanta codicia. 



Maestro. — Muy pocos hallarás que sepan 
esto; porque todos los más, como ya dije, son 
dados á exterioridades, sin hacer caso de en- 
trar dentro de sí mismos á investigar este 
tesoro y conversar con aquel Señor que dice: 
Mi reino dentro de vosotros está. 

D.— Parece que con lo dicho fácilmente en- 
tenderé el mandamiento del amor, que tan 
dificultoso se me ha hecho siempre. Y si tu- 
vieses por bien declararme algo acerca del, 
recibiría mucha consolación. 

M.— Amar á Dios de todo corazón es amarle 
de toda tu voluntad y deseo; de 

Qué es amar á 

Dios de lodo manera que nmguna cosa ape- 
corazón, ani- tezcas ni quícras contra Dios, 

ma y mente. ^^^^^ ^^ ^.^^^ ^^j ^^^^^ j^j^g 

Digo que, echadas de tu corazón todas las 
criaturas, se lo has de ofrecer todo al Cria- 
dor, para que solo y á solas le posea. Amar á 
Dios de toda tu alma es amarle con todo el 
hombre animal, teniendo á raya todos los cin- 
co sentidos, y apartándolos de todo deleite y 
de toda otra obra que pueda ofender los divi- 
nos ojos. De manera que has de usar dellas, no 
para pecar ni para deleitarte, sino para honra 
y gloria de tu Señor Dios. Amar á Dios de 
toda la mente es perseverar con entendimien- 
to sano en la verdadera fe, muy confiado de 
Dios y sin vacilar ni sustentar opiniones fal- 
sas ni pensar en ellas. O, hablando conforme á 
la doctrina que te he dado, amar á Dios de 
toda la mente es andar dentro de ti mismo, 
atento siempre á Él, con un puro y sincero 
amor, sin mezcla de otro extraño ó adulterino, 
pues nos consta que otro que Dios no puede 
henchir nuestra alma. Al fin le has de amar 
con todas tus fuerzas; porque todas las que 
hay en ti, interiores y exteriores, se han de 
emplear y consumir según su altísimo bene- 
plácito, sin alguna contemplación de interese 
propio, como cosa principal en el amor: que 
bien se puede y debe esperar la gloria y otros 
bienes y mercedes que suele Dios hacer ásus 
amigos. En una palabra, quiero 
'TS:S:: que sepas que las muchas des- 
el alma para te mandamiento, ninguna otra 
(jtie more Dios ^^g^ ^g ¿^^¡^ ¿ entender sino que 
en el¿a. , r. - ^ 

Dios nuestro Señor te quiere 

todo para sí, sin que para otra cosa criada 
quede lugar en ti que pueda hacer guerra ó 
contradecir á su voluntad. Y es de manera 
necesario el desembarazarte de todas las co- 
sas para que more Dios en ti como en su 



46 



CONQLMSTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



templo, que no es posible quedándote tú en ti 
hacer Él en ti su morada. ¿Nunca has visto 
aposentarse un gran Príncipe, entrando en 
una aldea de camino, en casa de un labrador 
rústico? 

£).— Sí he visto. 

M. — Pues de la manera que para entrar 
el Principe en la pobre casilla del labrador el 
labrador se s¿Ue y la desocupa de todas sus 
alhajas, sin quedar ninguna, grande ni pe- 
queña, porque el Príncipe trae consigo el or- 
nato y aderezo digno de su persona, asi para 
morar Dios en una alma quiere que se des- 
ocupe primero del amor de todas las cria- 
turas y de si misma. El Eclesiástico dice 
(Eccl., 38): Escribe en tu corazón la sabiduría 
en el tiempo de la vacuidad ó vacante, y mira 
bien que el que más se desocupare de nego- 
cios ese será más Heno della. Llano es que la 
sabiduría que sabe y engorda al alma, que es 
el gusto dulce de las cosas celestiales, se re- 
cibe mejor cuanto más vacío y desocupado 
tenemos el corazón, no sólo de amor de las 
criaturas, sino de los actos de los sentidos in- 
teriores y exteriores; porque éstos retirados 
y en silencio, el espíritu puro vuela á su Cria- 
dor y sufre en este tiempo la operación del 
Espíritu Santo, que obra grandes maravillas 
en el alma así desembarazada y vacía. Prime- 
ro que este divino Espíritu en el principio del 
mundo viniese sobre las aguas y las fecun- 
dase y produjese tantas vidas, se dice que la 
tierra estaba vacía ó vacante CGénes., 1), que 
es decirnos (hablando al hombre interior) que 
la tierra de nuestros corazones se ha de va- 
ciar y desembarazar de toda criatura para que 
pueda recibir mejor la venida del que todo lo 
hinche, que es Dios. Qué vacío tenia su cora- 
zón aquel que, tratando de la caridad é imper- 
fecto conocimiento, decía á los de Corinto 
(11 Cor., 13): Cuando viniere lo que es perfec- 
to, evacuarse ha lo que es en parte y poco. 
Cuando yo era pequeño, hablaba y sabía y 
pensaba como pequeño y niño; pero después 
que fui hecho varón, evacué ó desembaráce- 
me de las cosas que eran de pequeño. Todo 
es poco y niñería lo que no es Dios, y el co- 
nocimiento que se tiene por las criaturas es 
como tiniebla respecto del que Dios infunde 
en el alma desembarazada y libre dellas; y en 
verdad que es niño cualquiera que juega con 
estas cosas transitorias en su entendimiento 
y les da lugar en su corazón, y que para ser 



grande les ha de dar de mano y desocupar- 
se para solo el Criador. El Profeta Jeremías, 
y en consonancia del el santo Rey David 
(Psalm. 21), dicen que delante de Dios, con- 
viene á saber puestos en el lugar de la ora- 
ción, habemos de derramar como agua nues- 
tros corazones; como si dijera de suerte que 
nada les quede dentro, ni pensamiento, ni afi- 
ción de las criaturas, sino que á solas lo ha- 
yamos con su Majestad; lo cual no se enten- 
diera si dijera como aceite ó miel, etc. En el 
salmo 138 se escribe: La noche es mi alum- 
bramiento en mis deleites. Y, á mi ver, lo que 
en el sentido espiritual dice esta letra es que 
en la privación del actual conocimiento de las 
criaturas (que esas son tinieblas, como lo diji- 
mos en el capítulo 15 de ellas, en los Triun- 
fos) están los deleites y gustos suavísimos 
del alma del contemplativo, cuya voluntad 
está en este tiempo actuada y obrando ó re- 
cibiendo, por decir mejor, grandes regalos y 
riquezas de su Esposo celestial. Para signifi- 
car Dios este desembargo del corazón man- 
dó en su antigua ley (Exod., 39) que el altar 
donde ardía el fuego perpetuo de los sacrifi- 
cios estuviese hueco y vacíe. Para que esto 
se entienda, sobre todo lo dicho, hace lo que 
pasa en el Santísimo Sacramento del altar, 
que como á la voz del sacerdote la sustancia 
de pan desampara su casa y sucede el cuer- 
po de Cristo, quedando solos los accidentes 
de pan; porque en lo sustancial, después de 
la consagración, es cuerpo de Cristo, y en lo 
accidental es pan, quiero decir que ninguna 
sustancia hay allí de pan, sino todos los acci- 
dentes, que por eso se llama transustancia- 
ción; asi quiere Él que á la voz suya, con que 
nos llama y convierte á sí, las criaturas fo- 
das, y nosotros mismos, salgamos juntamen- 
te de nosotros, dejando para Él Hbre y desem- 
barazada la posada, como lo hizo aquel divi- 
no Apóstol que se atrevió en carne mortal á 
decir (Galat., 2): Vivo yo, ya no yo; vive en 
mí Cristo. Que es como si dijera: En lo es- 
piritual, lo accidental tengo de hombre, mas 
lo sustancial de Dios. Tales nos quiere su 
Majestad para sí, que accidentalmente sea- 
mos hombres y sustancialmente dioses, regi- 
dos por su espíritu y conformes á su bene- 
plácito, para lo cual impide toda criatura que 
con amor desordenado se posee y ama; por- 
que, como dijo un Profeta (Isai.): El lecho de 
nuestro corazón es angosto y no caben dos 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOR AMANDO Á DIOS 



47 



en él, y el palio del amor es breve y no alcan- 
za á cubrir más que á uno. 

D.— Parece que quieres decir que los justos 
dejan de ser hombres y son dioses por esen- 
cia, como por virtud de las palabras de la con- 
sagración deja el pan de ser pan y es cuerpo 
de Cristo. 

P M.— No digo tal cosa, porque yo voy ha- 
blando de transformaciones de amor, las cua- 
les todas son accidentales; que amando yo á 
Dios no dejo de ser lo que soy cuanto á la 
esencia, sino accidentalmente. Digo que el 
alma transformada en Dios por amor más vive 
para Dios que para sí; porque no ya lo que le 
pide el hombre exterior, sino lo que Dios le 
ordena, quiere y sigue. Y como el alma está 
más donde ama que donde anima, sigúese 
que es más de la cosa amada que suya. Y en 
este sentido se puede decir que los justos 
accidentalmente son hombres y sustancial- 
mente dioses, pues por su divino espíritu 
son regidos y viven: como el hierro caldeado 
se queda hierro aunque vestido de las calida- 
des del fuego, pareciendo más fuego que hie- 
rro por esencia, aunque verdaderamente no 
lo es sino por participación, como los justos 
son dioses. 

£).— Admirable doctrina es ésta por cierto 
padre mío, sino que se me asientan mal dos 
cosas. La primera, que pueda yo vivir sin mí, 
como se dice que vivía el Apóstol. La segun- 
da, que, siendo el ánima racional no más que 
una, tenga tantas facultades y haga tan dife- 
rentes oficios como si fueran muchas ánimas. 

M.— Bien dices, que es una en cuanto á su 
esencia y sustancia; y siguiendo la doctrina 
de Escoto y de otros parisienses, no hay dis- 
tinción real entre ella y sus potencias. Santo 
Tomás dice (S. Thom., 1 part., q. 77, art. 1), 
que hay distinción real entre el ánima y sus po- 
tencias, las cuales consideradas con diversos 
respetos, una vez las llama accidentes, otra 
casi propiedades naturales de la misma ánima. 

D.— Dejemos, si te parece, esas diferen- 
cias para las escuelas y digamos con Isidoro 
(Isid., lib. II Eihini, c. 1) que las potencias de 
tal manera están conjuntas al ánima, que son 
una misma cosa con ella, y que por la diver- 
sidad de los oficios en que se ocupa tiene di- 
versos nombres. 

Ai.— Ese es el parecer de Escoto, y siguién- 
dole por ahora, digamos que el ánima es una, 
como tienen todos, pero que hay en ella di- 



versas facultades ó virtudes, las cuales le dio 
el Señor como instrumentos para obrar, sino 
que con el poco uso están en nosotros con- 
fusas y no con aquella disposición que para 
ejercicios tan altos como éstos se requieren; 
y así es necesario purgarse primero, acicalar- 
se y limpiarse. Por lo cual quie- 

Qiié se requiero , .. r^ 

para perfecta, ^o ^"6 scpas, hijo Deseoso, que 
mente conrcr- para perfectamente convertir- 
lirscá líos el ^^ ¿ j^- gi entendimiento y 

(lima. ' ■' 

la razón han de servir como 
de ayos del hombre sensual y bestial, apar- 
tándole de todos los desordenados gustos y 
deleites, así de pensamientos y palabras como 
de obras, para que desta manera alcances la 
perfecta mortificación y negamiento de ti 
mismo, y traigas á tal punto este hombre 
que de ahí adelante no obre por los sentidos 
exteriores ni se derrame más por las criatu- 
ras, sino conforme á lo que la recta razón 
dictare y entendiere ser voluntad de Dios. 
Esta mortificación de la naturaleza te será 
molestísima y penosísima en los principios, 
pero en el acatamiento divino será aceptísi- 
ma y dará de sí olor como un suavísimo pe- 
bete y olorosísimo incienso. Conserva tu en- 
tendimiento libre de dudas perplejas, funda- 
do en la Fe Católica, como ya te dije, y muy 
sujeto y rendido de todo en todo á la santa 
Iglesia. Ofrece tu voluntad á Dios por per- 
fecta abnegación, desembarazada y libre del 
amor, afición ó inclinación á alguna de to- 
das las criaturas del mundo. Y conserva 
cuanto te fuere posible por la divina gracia 
tu memoria vacía y desocupada de imágenes 
y formas de todo lo que no es Dios, y mira 
bien que estas fuerzas así purgadas, todas y 
á una las has de convertir al centro de tu 
ánima, adonde Dios mora y está presente, y 
allí le adorarás y reverenciarás y abrazarás 
con estrechísimos abrazos de entrañable 
amor. Ten atención que de la manera que 
por los rayos solares ves y conoces el sol 
material, así por estas fuerzas sensitivas se- 
rás llevado y adestrado al entendimiento, y 
del entendimiento al secreto del espíritu, y 

de allí finalmente á Dios. Tam- 

Cuánto mal sea , . , , . x > • 

nn andar el t)ien sabras que nuestra anmia 
hombre den- está CU este muudo como me- 
trodesimis- ¿¡^ g^^^g gj tiempo y la éter- 

mo. ^ •' 

nidad; y si elige andar á las de 
fuera y se convierte al tiempo, esto es, si se 
hace temporal amando las cosas que lo son, 



48 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO I 



olvídase sin duda de la eternidad y todo lo 
que es divino se disminuye en ella y se le va 
por alto y aleja, y como las cosas que de lejos 
se miran parecen á la vista más pequeñas 
que son, y tanto menores cuanto más lejos, 
y aun llegan con la distancia á no parecer lo 
que son, así las cosas divinas que están lejos 
de nuestro corazón vienen á ser juzgadas por 
pequeñas de los que no saben contemplar la 
eternidad. Y porque nuestra carne hace gue- 
rra á nuestro espíritu, tanto más penosa y 
molesta cuanto por estar ella^ en su casa y 
natural asiento tiene por amigos conjurados 
en su favor todas estas cosas temporales y 
terrenas, y el espíritu no tiene aquí su reino, 
sino su destierro (que sus fieles amigos en el 
cielo los posee), es menester armarnos con- 
tra la carne y domarla con la dura penitencia 
para que desvergonzadamente no se vuelva 
y levante contra el espíritu. ¿Quieres, pues, 
concebir en tu alma una singular devoción y 
celo contra ti mismo? pues haz cuenta que 
estás ya muerto, pues en breve, quieras ó no, 
has de morir, y considera con esto tu alma 
apartada del cuerpo y junta con la eternidad, 
y verás luego qué poco caso haces en este 
tiempo de los daños y agravios que se le 
podrán hacer á tu cuerpo en la tierra ó de 
lo que pasa en el mundo. Si no, mira el que 
hicieron los mártires de los suyos, sin estar 
aún despedidos dellos sus almas, con sola la 
consideración de que en breve los habían de 
dejar. 

§ VI 

Discípulo. —Mucho me ha contentado lo que 
me has dicho así cuanto á la declaración del 
supremo mandamiento del divino amor como 
cuanto á la purificación de las fuerzas del 
ánima: sólo me queda de saber por agora lo 
que parece que tú has dejado de industria, 
que es lo primero que te pregunté acerca del 
vivir y no vivir de San Pablo, que es cosa que 
siempre me ha hecho dificultad, porque tengo 
por imposible que se verifiquen de un mismo 
hombre, en un mismo tiempo, estas palabras: 
vivo y no vivo. 

Maestro.— Bien me dio en qué entender ese 

lugar del Apóstol cuando en 

Qufí cosa e, vi- jQg nuestros Triunfos traté de 

«ir ij no ii?vir 

vn alma. la transformación o muerte ó 

mortificación del amor, y como 

allí dije tanto, disimulaba con tu petición; 



mas pues no quieres perdonarme nada de lo 
que se te ofrece de duda, yo tampoco quie- 
ro dejarte con ella. San Dionisio (libro de di- 
vinis nominibus) cita este lugar, y por pare- 
cerle dificultoso al discípulo lo que el maes- 
tro decía, como á ti te ha parecido, se puso 
muy de propósito á declararle, y entre otras 
cosas notables y dignas de su extático en- 
tendimiento, dice que el amor divino causa 
éxtasi, esto es, que saca de sí á los que aman 
y no los deja ser suyos, sino de la cosa ama- 
da, y porque el del Apóstol para con Cristo 
era tan crecido que le hacía no ser nada suyo 
ni vivir para sí, sino todo para Cristo, atre- 
vióse á decir que vivía y no vivía, y que su 
vida era Cristo, que fué como si más claro di- 
jera: Soy hecho Dios por amor ó hame trans- 
formado en Cristo el amor, y soy un Cristo del 
amor. Dos cosas presupone este amor extáti- 
co de San Pablo, las cuales se han de consi- 
derar en cualquiera que padece éxtasi como 
él. La primera, el ser de naturaleza, por quien 
se dice: Vivo. La segunda, el ser de gracia, en 
el cual dice: No vivo, porque vive en mí Cris- 
to. El ser de la naturaleza inficionada desfa- 
llece en esta obra, mas el de gracia crece de 
manera que siente el ánima en sí más á Cristo 
que á sí misma. Y así, cuanto á la primera 
vida, vive como si no viviese, porque de sola 
la segunda hace caso y en ella dice que vive. 
¿Y cuánta razón hay de preciarse el hombre 
más de que viva Cristo en él que de vivir él? 
¡Oh, si dejases obrar en tí á Cristo cómo infla- 
maría tu voluntad, cómo adelgazaría tu en- 
tendimiento y cómo avivaría tu memoria para 
que, no ya tú en ti, sino Él en ti viviese y tú 
fueses verdaderamente otro Cristo por amor, 
como San Pablo, poderoso para convertir mu- 
chas almas á su servicio como él! Esta es 
aquella unión tan deseada y tan pedida, y con 
tantas veras, por el mismo Cristo, el cual des- 
pués de cenar, cercano yaá la muerte, hablan- 
do con su Padre, dice (loan., 17): Yo, Padre 
mío, la claridad que me diste, conviene á sa- 
ber, que sea Dios hombre en supuesto divino, 
dísela á mis discípulos por la participación de 
mi unión, para que sean una cosa como yo y 
tú somos: yo en ellos y tú en mí, para que 
sean consumados en uno y conozca el mun- 
do que tú me enviaste y los amaste á ellos 
como á mí. 

D. -Altísimo vuelo es ese por cierto. 

Ai.— No menos que de águila caudal, vuelo 



VIDA DEL HOMBRE INTERIOR AMANDO Á DIOS 



49 



es, que nos hace dioses en Dios y cristos en 
Cristo y hijos en el Hijo, para que se verifique 
lo que dijo el Profeta (Psa. 81): Yo dije: Dio- 
ses sois é hijos de muy Alto todos. De aquí 
vino á llamarse Cristo vid y á nosotros sar- 
mientos (loan., 5), para significar más esta 
unión estrechísima que quiere que haya entre 
Él y nosotros. También se llamó levadura 
(Math., 13); porque la masa después de sazo- 
nada es una cosa con ella y, como dicen, de 
su naturaleza. ¡Oh corazón distraído y vano! 
recógete un poco en ti mismo, ó por mejor de- 
cir en tu Cristo, que no es otro que tú, y aca- 
ba ya de entender que de aquí adelante nin- 
gunaotracosa has de desearque serdios hom- 
bre en Cristo, desfalleciendo de ti mismo, para 
que puedas con el Apóstol gloriarte dicien- 
do: Vivo yo, y no vivo yo; vive en mí Cris- 
to. Y porque con esto habrás entendido qué 
cosa es ser sustancialmente Cristo y acciden- 
talmente hombre, quiero decir qué cosa es 
vivir más Cristo en nosotros que nosotros 
mismos y cómo se cumple con aquel tan es- 
trecho mandamiento de amor que pide el co- 
razón, el ánima, la mente y todas las fuerzas 
„, ... interiores y exteriores. Basta- 

Pérdida gran- ■' 

de perder la rá por hoy lo dícho, avisándote 
libertad de en- pQ^ conclusíón y remate de 

trar el alma " , 

su intimo sin todo, quc en lo que mas el alma 
el medio délas pierde es en no tener libre la 

criaturas. i j - .i- j j j_ ■ 

entrada a su mtimo, donde esta 
Dios, sin el medio del amor de las criaturas. 
Por tanto, cualquiera que por su mucha negli- 
gencia y descuido pierde esta libertad, pierde 
más en una horádelos espirituales é interio- 
res bienes que pudiera ganar si en este tiem- 
po deprendiera todas las Escrituras, porque 
todas ellas se ordenaron y escribieron para 
que con su ayuda nosotros fuésemos entero, 
interior y espiritual holocausto para Dios 
nuestro Señor. Por lo cual te pido cuan en- 
carecidamente puedo que, libre de toda dis- 
tracción, mores dentro de ti y recojas ó reti- 
res todas tus fuerzas y sentidos, en (') cuanto 
por la divina gracia te fuere concedido, de las 
acciones exteriores inútiles al secreto interior, 
y cerrando la puerta del corazón contra las 
imágenes y fantasías vanas que distraen el 
ánima, á solas mores con tu Señor Dios, que 
su santo templo labró dentro de ti; que el que 

(') Todas las ediciones dicen ó, pero hace mejor 
sentido en, y por eso lo corrijo. 

Obras místicas bel P. Asgeiks. — 4 



sin medio de criatura, esto es, con pureza y 
simplicidad, se allega á Dios, una cosa se hace 
con Él y es superior á todas las imágenes y 
formas de las criaturas; y como de allí mana 
la gracia, abundantemente se derrama por el 
hombre y cunde las fuerzas y potencias de su 
ánima, y mediante ella obran todas con felici- 
dad y gusto. Aquí es donde te debes ofrecer 
todo á Dios y desampararte á ti mismo, y dar- 
te todo, y correr como licor derretido en Él, 
adorándole en espíritu y verdad. Y para que 
puedas conservar este trato interior y con- 
versación celestial con tu Dios, mira que no te 
derrames ni con palabras ni con obras por ios 
sentidos exteriores, porque cuantas más fue- 
ren las palabras y obras tantas más serán las 
distracciones y los accidentes. Avisóte que 
aquí, más que en otro ejercicio, está nuestra 
salud y bien espiritual, y créeme que si cons- 
tantemente morares dentro de ti mismo, que 
serás hecho fuera de ti, sin ti. Refrena, pues, 
la naturaleza, para que no ande distraída y 
vagabunda á una y á otras partes, porque 
cierto es que un discurso desordenado pare á 
otro y otro, y muchos impiden la paz del alma. 
Y advierte juntamente con esto que, aunque 
por la gracia de Dios los pecados todos estén 
ya prostrados y muertos en ti, la inclinación 
y el fomes perseveran siempre contigo y con 
ellos has de traer guerra perpetua mientras 
durare la corporal vida. 

D.—¿Y si no siento dentro de mí á Dios? 

M.— Trabaja con todas tus fuerzas hasta 

que le vuelvas á hallar, deste- 
cha nrf o no «e , , ,. , , , 
siente Dios, rrando de ti todo lo que para 

qué habernos tanto bien te fuere impedimen- 

de liacer! j. ■ t j 

to O lo puede ser, y escoge an- 
tes la muerte que hacer cosa contra la vo- 
luntad de Dios ó consentir en un pecado por 
leve que sea, y no te fatigues mucho por 
agradar fuera de Dios á alguna criatura. Con- 
téntate con la buena parte de María, sin dar 
quejas importunas, como Marta, que esto no 
lo suelen hacer sino los que tienen poco de 
espíritu y de bien en sus almas. No salgas de 
ti, te ruego una y muchas veces, que podría 
ser que una hora de ausencia la pagases con 
muchos años de entredicho, y aun con no vol- 
ver á entrar dentro de ti para siempre. Con- 
viértete sin interpolación á la soledad interior, 
y hablando en secreto contigo di de esta ma- 
nera: El que yo busco, con ningún sentido ni 
ingenio es comprensible, pero las almas pu- 



50 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO II 



ras le pueden abrazar y recibir; éste pretendo 
y á caza deste ando, y cualquiera cosa que se 
me ofreciere, próspera ó adversa, tengo de 
sufrirla y acocearla y continuar mi camino. 
Nuestro padre fray Pedro de Alcántara se re- 
cogía con solas estas palabras: Convertios, 
alma mía, á vuestro descanso (que es al cen- 
tro interior) que os espera allí vuestro bien- 
hechor Dios (Psal. 144); y decía que con este 
verso su alma, como corrida y afrentada de 
andar callejera, se cerraba dentro de sí á la 
conversión de su Esposo. No seas fariseo en 
tu corazón, que muy pocas palabras bastan 
para este recogimiento y las muchas suelen 
impedirle. Por tanto, calla, reposa y sufre; 
confía de Dios, y lo que fuere de tu parte haz- 
lo de buena voluntad, y créeme que muy en 
breve serás maravillosamente alumbrado para 
conocer las perfectísimas sendas de la vida 
interior. Y esto basta para que sepas andar 
dentro de ti, que es lo que yo más deseo que 
saques de tratar conmigo. 

D.— Bendito sea Dios que me dio tal maes- 
tro, tan verdadero y tan seguro; yo no pienso 
salir desta doctrina un punto, ni cansarme por 
leer otros libros. Sólo te pido humildemente 
que no me encubras estas sendas y caminos 
que dices que hay en la vida interior. 

M.— Yo, hijo, estoy muy cansado y tú tienes 
bien que rumiar en lo que has oído. La noche 
nos convida á silencio, y es justo que le guar- 
demos. Por la mañana trataremos de la con- 
quista del Reino de Dios, que, como has visto, 
está dentro de 'nosotros, cuya granjeria es 
mejor que cualquiera otra de oro y de plata; 
más precioso es que todas las riquezas del 
mundo, y cuantas cosas se pueden desear en 
él son nada en su comparación. Sus caminos, 
caminos son de hermosura, y las sendas del 
muy pacíficas. Quien le conquistare y ganare 
tendrá dentro de sí el árbol de la vida, que 
resiste á la eterna muerte, y el que seguro lo 
poseyere será bienaventurado. 

D.—Yo no quiero más de lo que tú quisie- 
res, aunque sé cierto que la noche me ha de 
parecer muy larga con el deseo qne he conce- 
bido y llevo de oírte hablar en materia tan 
alta. Dame tu bendición. 

M. -La de Dios te acompañe y nos alcance 
á todos. Amén. 

Y advierto al religioso y pío lector que en 
solo este diálogo está la suma de toda la mís- 



tica teología y que es fuente de vida per- 
durable y camino certísimo para la perfecta 
unión con Dios. 

DIÁLOGO SEGUNDO 

En que se trata de la conquista del Reino de 
Dios, que está dentro de nosotros, y de la 
verdadera penitencia y destierro de los peca- 
dos, que destierran de nuestras almas este 
Reino. 

§1 

Maestro.— ¿Cómo no ha venido mi discípulo, 
habiéndose despedido de mí con tanto deseo 
de oírme tratar del Reino de Dios? Quiera Su 
Majestad no le haya acobardado la dificultad 
de las cosas en que ayer metí tanto la mano, 
que suele ser esta tentación ordinaria en to- 
dos los que comienzan negocios graves; y 
muchos, no advirtiendo que lo precioso tiene 
así anejo lo dificultoso, y que tanto lo es más 
el camino de la virtud cuanto ella excede á 
todas las pretensiones de hacienda, honra, 
letras y dignidades, y á lo demás que tiene 
precio en el mundo, con gran daño y pérdida 
de sus almas vuelven atrás de lo comenzado, 
haciendo con esto su salvación incierta y 
dudosa: porque el que pone mano al arado y 
mira atrás no es conveniente al Reino de 
Dios (Luc, 3). El cual manda que éste se 
busque primero y principalmente y ante to- 
das cosas, con seguro de que las que se 
pueden desear en la vida presente, y que 
los mundanos tienen por principales, se nos 
darán de gracia y de añadidura (Matth., G 
Luc, 12). 

Discípulo.— Dios sea contigo, maestro mío. 

Ai.— Y contigo, hijo mío Deseoso, tan de- 
seado y esperado, que temí no habías de vol- 
ver y estar á lo prometido. 

D.— Buen concepto tienes de mí, por cierto, 
y bien viene lo que has pensado con lo que 
yo traigo determinado en mi alma. 

Ai.— ¿Qué? 

D.— No volver atrás, aunque pierda mil 
veces en esta empresa la vida. Yo confieso 
que no me han faltado tentaciones y que he 
tenido (como dicen) el agua á la garganta 
pero de todas me libró el Señor (loan., 4) y me 
ha dado confianza de que se me ha de des- 
cubrir aquel su Reino ó templo santo, donde 



DE LA VERDADERA PENITENCIA 



51 



Él tiene sus riquezas y mora como en el cielo, 
y aquella fuente cuya agua apaga en el hom- 
bre la sed de todo lo que no es Dios y da 
saltos para la vida eterna. 

711— Yo te hago cierto de eso si con cui- 
dado y perseverancia buscas ese cordial 
Reino y su justicia. 

D.— ¿Qué llamas justicia de este Reino? 

M.— Las leyes y condiciones según y con- 
forme á las cuales se vive en 

¿Cualeslajus- ¿] y (,qj^ gyg gg }jg jjg COmen- 
ticia del Reí- ■' ^ 

no de Dios? zar a combatir, y sin las cuales 
no hay salir con esta empresa. 
No quiero por lo dicho que desmayes ni pier- 
das ese buen ánimo que tienes, pues no lo per- 
diste en lo primero, que es el fín de toda esta 
conquista. Ni quiero tampoco que pienses 
que hay imposibilidad en tu pretensión: dificul- 
tad sí, y muy grande, especialmente en los 
principios; porque se han de destruir todos 
los malos hábitos que en ti hubiere y adquirir 
otros de nuevo, conforme á las leyes de este 
santísimo Reino. Yo te mostraré, como dice 
Salomón (Prov., 4), el camino de la sabiduría, 
y te guiaré por las sendas de la equidad, en 
las cuales, si animosamente entrares, no se 
estrecharán tus pasos, irás anchuroso y hol- 
gado, y sin pesadumbre ni estropiezo corre- 
rás por ellas. Lo estrecho de'este camino está 
en la entrada: lo dificultoso hallarlo has en el 
principio, que en el fin dirás lo que el Profeta 
(Psal. 118): Sobre manera es anchurosa vues- 
tra ley. La vara de Moisén arrojada en el suelo 
y apartada de sí parecía serpiente temerosa; 
mas asida por la cola era vara lisa (Exod., 4). 
No eches mano de lo presente, que es la ca- 
beza de la serpiente, que muerde y lastima; 
sino de lo futuro, que eso es asirla por la 
cola. A San Pablo le parecía momentáneo y 
ligero (II Cor., 4) todo lo que de trabajo había 
en la vida mortal y perecedera; pero tenía fija 
la consideración en las cosas eternas y no 
sujetas á los ojos corporales, que si éstos se 
ponen en las que lo son no es posible salir 
con ninguna pretensión virtuosa. El trono que 
hizo Salomón para ostentación de su autori- 
dad real dice la sagrada Escritura (III Reg., 10) 
que era todo de marfil chapeado y labrado de 
oro fino; tenía por remate un chapitel redon- 
do, como corona, de admirable artificio y costa; 
para subir á este trono había seis gradas, y 
en los remates de cada una dos leoncillos re- 
levados de oro, á los cuales se iban asiendo 



los que subían. Este es, á mi parecer, un di- 
bujo del trono de Dios, adonde su Majestad 
hace ostentación de su gloria. El chapitel re- 
dondo significa la corona que se da á los sol- 
dados que varonilmente han peleado; hay 
gradas para subir, que son las virtudes her- 
mosas y de codicia, pero con leones á los ex- 
tremos, que son los trabajos anejos á ellas. 
Lo que aquí hay de consideración es que los 
leones, que suelen espantar á ¡os bobos y co- 
bardes, no son leones verdaderos, sino pin- 
tados y de oro y que ayudan á la subida; son 
leones en la imaginación del cobarde, de quien 
dijo Salomón (Prov., 22): El perezoso dice: el 
león está fuera á la puerta de casa, en mitad 
de esas plazas tengo de ser muerto. Es muy 
propio del cobarde y perezoso temer donde 
no hay de qué y fingir para sí leones donde 
todos andan seguros y negociando; San Agus- 
tín confiesa de sí (I August., lib. confes.), que 
al principio de su conversión se le hacía muy 
dificultosa la subida por estas gradas y los 
leoncillos pintados le parecían leonazos vivos, 
que le habían de tragar; mas aparecióle una 
matrona muy venerable, de gran autoridad y 
hermosura, y alzando un manto con que venía 
cubierta descubrió un crecido número de ni- 
ños y niñas de tierna edad, y entre ellos al- 
gunos viejos y enfermos, y díjole: ¿Qué esperas, 
hombre cobarde y medroso? ¿no podrás tú, 
hombre barbado y robusto, lo que pudieron 
estos niños y niñas, viejos y enfermos? Y di- 
cho esto desapareció. Y el Sant3 quedó como 
avergonzado y confuso de su cobardía y des- 
engañado de que en la virtud sólo el parecer 
espanta, que, á la verdad, más deleite üc halla 
en ella que en el vicio, como lo confesó el más 
vicioso del mundo, que fué Epicuro. 

§ 11 

Discípulo.— ¿Es todo eso así á la letra de! 
glorioso padre San Agustín? 

Maestro.— La doctrina suya es, pero este 
aparecimiento,aunque algunos se le atribuyen, 
yo no le he leído en sus obras, pero sirve de 
amplificación y declara bien nuestro"" intento; 
y en el libro 6 de sus Confesiones, parece que 
se reprende á sí mismo, viendo lo mucho que 
los niños y niñas hacían y su cobardía en el 
servicio de Dios. 

D.— Ya deseo oír las condiciones con que 
se ha de comenzar esta divina conquista, que 



52 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO II 



bien sé que padece fuerza el Reino de Dios, 
que así lo dijo nuestro Redentor por San Ma- 
teo (Math., 1 1) y que solos los valientes y es- 
forzados se apoderan de él y le gozan. 

Ai.— No digas valientes, sino violentos, que 
así los llama el Evangelio: Et violenti rapiunt 
illud, hombres que se violentan á sí mismos; 
que el Reino que buscamos no se defiende de 
nosotros, ni hay en él tiro de artillería ni arma 
para resistirnos. Toda la resistencia está de 
nuestra parte; yo soy el que me hago guerra 
á mí mismo y el que me pongo entredicho 
para las cosas que son de mi gusto, según la 
carne, para entrar en la posesión del; toda la 
artillería se ha de asestar á mí, y hasta caer 
yo en tierra no ha de cesar; porque en ca- 
yendo yo vencido, se descubre el Reino y 
centro soberano donde se ve y contempla 
Dios, y aquel tálamo del pacífico Salomón que 
tiene sus deleites y regalos con los hijos de 
los hombres (Prov., 8). 

£).— ¿Al fin (') la guerra es contra mí? 

Ai.— Sí, y tú solo has de padecer los golpes 
y las heridas, y en ninguna cosa has de ser 
jamás en tu favor, sino siempre contra ti; y 
pues vienes determinado ('■^) de llevar adelante 
tü buen propósito, con el ayuda y favor de Dios 
(que de otra manera son vanas nuestras pre- 
tensiones todas), quiero que sepas que las 
condiciones con que has de comenzar esta 
conquista son dos. La primera es desterrar de 
todo punto los pecados de tu 
condicionet alma por la verdaderísima pe- 

con que te ha ^ 

de comenzar nítencia. La Segunda, pelear con 
la conquista doce enemigos que defienden 

del Reino de . j.jjíj-. r^. 

y^jo, la entrada deste divmo Remo 

como doce fieros jayanes; los 
cuales vencidos, queda libre para morar en él 
con mucha paz, guardando empero las leyes 
que después de conquistado te daré, que se- 
rán pocas, y esas muy esenciales ('). Y porque 
el orden y concierto en todas las disciplinas 
facilita muchas dificultades y da mucha luz 
para la inteligencia de lo que en ellas se trata, 
antes de enseñarte el cómo debes hacer peni- 
tencia quiero saber si sabes qué cosa es pe- 
nitencia. 



(') La edición de Madrid, 1885, y la de la España 
Editorial, sin año, dicen: Según eso. 

O Las ediciones citadas: Decidido á. 

(') Este periodo, desde La segunda hasta aquí, 
falta en la edición de la España Editorial. 



§ III 

Discípulo.— Creo cierto que, como nunca la 
híze, á lo menos de veras, así 

Ver^Un^T. '^^""^'^ •« ^sencial della. Lo que 
comúnmente he oído decir, y lo 
que tienen los doctores santos, es que la pe- 
nitencia es un dolor voluntariamente tomado 
por haber ofendido á Dios, sumo é inconmu- 
table bien nuestro, con propósito de nunca 
más ofenderle y de satisfacer con la debida 
pena. 

Maestro.— Bien dices, que esa es la ordina- 
ria definición ó descripción de la penitencia; y 
la que es verdadera todas esas partes inclu- 
ye, contra Lutero y otros herejes, que quisie- 
ron que no sea más que resipiscencia y en- 
mienda de vida, excluyendo el dolor de lo pa- 
sado. Mas el Concilio Tridentino dice (Conc. 
Trid., ses. 6, can. 5 et 6) que ninguno puede 
comenzar vida nueva si no es pesándole de la 
pasada. Y por que entiendas de raíz esta ma- 
teria y sepas en qué consiste la penitencia, 
debes notar que el pecado mortal aparta al 
hombre de Dios y le hace enemigo suyo, y la 
penitencia verdadera es el medio para tornar 
á su amistad; y como no puede haber amistad 
con Dios sin conformarse con Él en el querer 
y no querer, y en el amar y aborrecer, de 
aquí procede que el que se vuelve á Dios y se 
quiera reconcifiar con Él y ser su amigo, ha 
de aborrecer necesariamente lo que Dios más 
aborrece, que es el pecado; porque no hay ver- 
dadero amor donde no hubiere aborrecimien- 
to de lo que es contrario á aquello que ama- 
mos; y no habiendo cosa tan contraria á Dios 
como es el pecado, quien le tuviere amor y 
deseare amistad con Él ha de aborrecer el pe- 
cado su contrario; y naciendo este aborreci- 
miento del amor que á Dios se debe, como el 
amor para con Él ha de ser sin tasa y sin me- 
dida, amándolo y estimándolo á Él más que á 
todo lo que debe ser amado y estimado, así el 
aborrecimiento y odio contra el pecado ha de 
ser muy grande y sin limitación, aborreciéndo- 
lo más que á todo lo que debe ser aborrecido. 
La grandeza deste aborrecimiento declaran 
los teólogos con llamarle detestación del pe- 
cado, la cual siempre se halla en la penitencia 
verdadera, y de ella nacen las dos cosas que 
se incluyen en la penitencia, que son dolor y 
tristeza de los pecados pasados, y deseo y 
propósito de guardarse de los que están por 



DE LA VERDADERA PENITENCIA 



53 



venir. Porque el haber en mí, cuando á Dios 
me torno, cosa que aborrezco, por ser contra- 
ria áÉl, cuya amistad quiero, me causa doler- 
me y entristecerme por haber cometido el pe- 
cado. Y también de tener aborrecimiento con- 
tra él nace el guardarme de pecar para lo por- 
venir, como de cosa de mí muy aborrecida. Y 
tanto será mayor el dolor del pecado, y ma- 
yor el deseo de guardarme de pecar, cuanto 
fuere mayor el odio y detestación contra el 
pecado, porque ambas cosas nacen della. 

D.— ¿Luego no hay verdadera penitencia 
cuando alguna destas dos cosas falta? 

M. -Así es de ley ordinaria, porque como es 
señal y prueba de no aborrecer el pecado no 
tener dolor del cometido, así lo es no poner 
cuidado en lo que está por venir para no (') 
cometerlo, y deste cuidado nace y tiene prin- 
cipio la enmienda de la vida que se halla en 
los que tuvieron penitencia. • 

D.— Muy bien me parece esa tu razón, y de 
ahí debe proceder que el que hace penitencia 
se diga convertirse á Dios, porque si el peca- 
do hizo el daño que es apartarnos de Dios á 
quien pecando volvimos las espaldas, el vol- 
vernos, tornarnos 6 convertirnos á Dios será 
aborrecer lo que tanto mal nos hizo, y lasti- 
mados por ello volver á ello las espaldas y po- 
ner el rostro de nuestro intento y de nuestro 
amor en el Señor y enderezar á Él los pasos 
de nuestra vida con la enmienda della. 

M.— Huélgome de que tan bien lo hayas en- 
tendido, y tan propia es esa 
''seV!riVa*de conversión en la penitencia, 
un verbo que que, consultada la lengua he- 
s/gmfica con- ^^j.^^^ j^j palabra con que signi- 
fica y da á entender la peniten- 
cia se deriva del verbo que quiere decir tor- 
nar, volver ó convertir. Y esto se confirma 
con ver que siempre en la Sagrada Escritura, 
cuando se trata de la penitencia y de la en- 
mienda y corrección de los pecadores, se hace 
por estos verbos: convertios ó volveos. En 
Zacarías está escrito (Zach., 1): Convertios á 
mí y yo me convertiré á vosotros. Jeremías 
dice al alma pecadora (Hier., 3): Tú has forni- 
cado con muchos amadores, pero conviértete 
á mí y yo te recibiré como amigo y Padre. En 
el salmo 11^8 dice David: Pensé en mis cami- 

(') Las ediciones modernas suprimen el no, errata 
que me parece de gran monta, pues le hacen decir 
al autor lo contrario de lo que enseña. 



nos y convertí mis pies; di la vuelta y tomé 
buen camino, porque iba errado. Y en los Pro- 
verbios dice Salomón (Prov., 12): Dad una 
vuelta, Señor, á los malos, y no serán. Como 
si dijera: Haced que vuelvan á miraros y de- 
jarán de ser lo que son y serán los que deben. 
Por aquí comenzó Cristo sus sermones, y el 
Precursor no clamaba otra cosa sino que 
hiciesen penitencia, y frutos dignos de peni- 
tencia. 

D.— A esa cuenta, ni las lágrimas, ni los 
ayunos, ni el cilicio, ni otras más rigurosas 
penitencias sirven de nada, si no hay verda- 
dera y amorosa conversión á Dios, con abo- 
rrecimiento del pecado, en la forma que todo 
lo que me has dicho da á entender. 

Ai.— Bien dijiste, porque sin amor no se pue- 
de llamar nuestra penitencia y 
Si no hay con- conversión verdadera aunque 

versión amo- . .^ • r j - j 

rosa á Dios, haya penitencia. Los dañados 
no hay peni- en el infierno la tienen y viven 

teneia ver da- ,. 

^g'^ en angustia y congoja perpe- 

tua; pero es penitencia la suya 
rabiosa y sin fruto, porque no se convierten 
por amor de Dios, sino con furor y rabia con- 
tra Él, blasfemando su nombre santísimo. Saúl 
dijo (I Reg. 15): Pequé, y no le valió su pesar; y 
Judas apesarado volvió los dineros á los Pon- 
tífices y se condenó, porque al uno y al otro 
faltó el volverse á Dios por amor y con deseo 
de su amistad; que la raíz de donde viene á la 
penitencia alcanzar perdón de pecados el 
amor y la caridad es, como se colige de lo que 
Cristo dijo de la Magdalena (Luc, 7): Muchos 
pecados se le perdonan porque amó mucho. 
Y santo Tomás dice (S. Tho., 3 p., q. 85, art. 6) 
que el primer acto de la voluntad es acerca 
de su propio objeto, que es el bien, y luego se 
sigue el odio del mal su contrario; y así, en 
habiendo amor de Dios hay aborrecimiento del 
pecado, que es contrario suyo. Este aborreci- 
miento causa los efectos que se incluyen en la 
penitencia verdadera, como hemos declarado; 
y cuanto á los ayunos y disciplinas y las obras 
que se llaman de penitencia, porque son 
muestras y efectos della, cierto es que, si no 
precede la penitencia interior con aborreci- 
miento del pecado y conversión á Dios, no 
aprovechan para por solas ellas alcanzar per- 
dón y gracia y gloria, aunque para otras co- 
sas sean de provecho. Porque de la manera 
que los ramos de un árbol, estando unidos con 
su tronco y aprovechándose de la raíz, pue- 



54 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO II 



Obrní de ptnt- deii proclucir el fruto que es 

íeucia en cuún- . ^ j ¿^.j^^, ^^^^ cOrtadoS 

ío son aceptas h""F'" ' 

úDiosydepin- del no lo producirán aunque 
vccho para el puedan servir para otras co- 

vínttente. ^ , , , , 

sas, asi las obras de peniten- 
cia juntas con ella, y habiendo ella prece- 
dido en la forma que te he declarado, dan fru- 
to y tienen su merecimiento; mas apartadas 
de la raíz, que es haberse convertido á Dios 
con aquel aborrecimiento y dolor del pecado 
y buenos intentos que te he dicho, no conten- 
tan á Dios de manera que se alcance su per- 
dón y su gracia, aunque sean de provecho 
para otras cosas en que yo ahora no me pue- 
do detener por no gastar tanto tiempo en este 
punto. 

D. — Bien has salido con tu intención, y yo 
con entender lo que es penitencia, y así po- 
drás proseguir esta materia conforme á lo pro- 
metido, porque ya deseo conocer aquellos fie- 
ros gigantes que defienden la entrada del 
Reino de Dios. 

§ VII 

Maestro.— Escúhe, pues, que ya es tiem- 
po de hablar de tu particular. 
'"n^raTenH Ante todas cosas procura ha- 
principio de cer un riguroso examen de tu 
nuestra con- conciencia, sin dejar rincón en 

cerstonet ■* 

muyneecsi- ella que uo se mire y remire 
ria y cómo se ^^^ y muchas veccs con la di- 

ha de hacer. ,. , ., • . ir ,i. 

ligente consideración. Y vuelto 
luego á ti mismo y con mucha indignación, 
como contra enemigo, pesa tu ingratitud y la 
bondad infinita de Dios, y confiere la una con 
la otra, y concibiendo por una parte odio con- 
tra ti mismo y por otra confianza de Dios, 
trata de buscar confesor, si te fuere posible, 
santo y sabio, y con humildad y simplicidad y 
pureza manifiéstale todos tus pecados, y de 
buena voluntad oye sus consejos y admite la 
penitencia que te impusiere. Y hecho esto, no 
quedando sin miedo de lo pasado, aunque 
confiado del perdón, te has de determinar con 
veras de nunca más ofender á Dios mortal ni 
venialmente, á sabiendas y de propósito. Y no 
gastes toda la vida en la memoria de los peca- 
dos pasados, como muchos, que en revolver y 
traspalar este estiércol andan siempre ocupa- 
dísimos, y en él como jumentos se podre- 
cen ('), y dando vueltas como rocines de ano- 

(') Las ediciones moáeinas, pudren. 



ria, los ojos atapados para considerar los be- 
neficios divinos, la bondad de Dios, las rique- 
zas del cielo, la pasión y muerte de Cristo 
nuestro Redentor y otras cosas con que se 
enciende el fuego de la caridad y se aumenta 
la devoción, á cabo de muchos años se hallan 
en el mismo lugar y asiento en que comenza- 
ron, sin aprovechamiento ninguno, antes car- 
gados de escrúpulos y con grandes inquietu- 
des y miedos de conciencia, ocupando confe- 
sionarios y probando confesores sin asegu- 
rarse jamás ni creer cosa que se les dice. ¡Oh 
pésima y trabajosa ocupación! 

Discípulo.— ¿Pues no es bueno tener me- 
moria de los pecados? 

M.— Sí es, pero no de manera que borren 
la de Dios y de sus beneficios 

En cuánto es . . 

buena la me- Y misericordias. Si, que mas 
mona de los excelente camino es el del amor 
peca 03. y agradecimiento, como dice 

San Pablo, que no el de los temores y mie- 
dos causados más de amor propio que de 
sentimiento de las ofensas por el ofendido 
que es Dios. Los pecados, después de con- 
fesados y llorados, se han de mirar como los 
hijos de Israel miraban á los gitanos ahogados 
en el profundo del mar (Exod., 14), que no se 
quedaron allí pasmados ni embelesados como 
estatuas de piedra, sino, llenos de temor de 
Dios y de confianza en Él y en su siervo Moi- 
sén, como gente agradecida á tanto beneficio, 
comenzaron á cantar alabanzas á su Criador y 
bienhechor, diciendo: Cantemos al Señor, 
que gloriosamente y muy á su honra triunfó 
de Faraón y de sus ejércitos; y cantando y 
caminando á la tierra de Promisión, todo fué 
uno. ¿Y qué son los pecados confesados sino 
gitanos muertos en el mar de la pasión del 
Hijo de Dios, que nos obligan al amor y te- 
mor suyo y á fiar de su bondad y misericor- 
dia? Pero no nos quedemos en la playa y ri- 
bera deste mar, al olor de los cuerpos muer- 
tos, considerando en ellos toda la vida, pas- 
mados y embelesados, sino, fiados de que ya 
están muertos, caminemos adelante en la con- 
quista del nuevo Reino con nuevos propósi- 
tos de nunca más ofender á Dios y de huir 
todas las ocasiones grandes y 

I Intención en do- ~ ... 

temos de ha- pequenas que para impedir 
bcr pecado, esto sc Ofrecieren. Pero tam- 
ciiai conviene jj¡¿^ quiero que sepas que no 

te has de doier tanto por los 
daños que incurriste pecando (que son mu- 



DE LA VERDADERA PENITENCIA 



55 



chos) cuanto por la ofensa que hiciste á tu 
amantísinio Padre y Señor Dios, que por ser 
quien es merece que todas las criaturas le 
amen, sirvan y obedezcan. Un pequeño suspi- 
ro y una lágrima derramada con esta consi- 
deración tan desinteresada y libre de amor 
propio vale más y puede más, para perfecta- 
mente alcanzar perdón, que todo el dolor y 
pena del mundo con otro cualquiera respeto. 
Y la penitencia que así procede y mana del 
divino amor pare (') mayor confianza para con 
Dios, y en el sufrimiento de cualesquiera tra- 
bajos y tribulaciones nos hace más alegres 
de alegría espiritual. 

§ VIII 

Y si deseas, como es razón, que en breve 
tiempo te sean perdonados tus pecados to- 
dos, considera con entrañable afecto dos co- 
sas: La una de parte de Dios, conviene á sa- 
ber, su grande majestad, fidelidad y caridad 
y el inmenso tesoro de la pasión y méritos de 
Cristo, que por tu amor dio su sangre, para 
con ella lavar tu alma; y pudiendo con una 
sola gota satisfacer por mil mundos que tu- 
vieran la necesidad de remedio que tú, la qui- 
so dar toda en la cruz. Y luego después des- 
to pesa, lo segundo, tu mucha ingratitud y 
lo poco que de tu parte hay con que poder 
pagar, aunque, como dice el Evangelio (Math., 
18), te vendan á ti y todas tus cosas en pú- 
blica almoneda; y despreciada tu satisfacción, 
por grande que parezca, en cuanto tuya, y á 
solas, con un fortísimo y perseverantisimo 
amor te convierte á Dios como á fidelísimo 
amigo que ni quiere ni puede echar de sí ni 
despedir de su casa á cualquiera que á Él se 
allega y en Él pone su confianza; que, como 
dijo el Profeta (Psal. 4): Sacrificio muy agra- 
dable para Dios es esperar en Él. Y podría 
ser que hicieses esto con tanto fervor, tan 
confiado de Dios y de su pasión sacratísima, 
cuanto de ti desconfiado y satisfecho de que 
ni puedes nada ni eres nada; tan apesarado 
de haber ofendido su bondad y con tan firme 
propósito de nunca más ofenderle, que todos 
tus pecados, aunque en número fuesen más 
que las arenas de la mar y en gravedad exce- 

(') La edición de Alcalá, 1602, y las de Madrid ci- 
tadas dicen para, quedando confuso el pensamien- 
to, que así resulta transparente. 



diesen á los de todas las criaturas juntas, así 
perfectamente y en un punto se te perdona- 
sen como si nunca los hubieras cometido ni 
pensado en ellos; que no mira Dios, como dice 
San Efrén, qué tal ha sido el hombre cuando 
á Él se convierte, sino como le halla así le 
recibe. Y no dilata Dios el oir 

No zahiere Dios , ^ 

á los peniíen- al que de veras se vuelve a el, 
tes, cuando á „¡ ig zahiere el tiempo que ha 

él se. vuelven, , , <■ , • • : 

el tiempo que estado fuera de su servicio, ni 
han servido al inquiere cuántos días y cuán- 
demomo. ^^^ meses y cuántos años ha 

servido á su enemigo; sólo mira la humildad, 
las lágrimas, los gemidos y el dolor que trae 
cuando viene y se arroja á sus pies. Esta li- 
beralidad y clemencia de Dios con que no 
sólo recibe á los pecadores, sino que también 
los consuela, abraza y da beso de paz, hace 
fiesta y manda matar el becerro más gordo y 
que de su casa se destierre toda tristeza, 
como lo vimos en el hijo pródigo (Luc, 15), 
cuando el alma atentamente la considera, así 
se compunge y se le aprieta el corazón con 
dolor y displicencia del pecado y de sí misma, 
que pide, no sólo que Dios la perdone, sino 
que, para honra de su divina justicia, la casti- 
gue y dé las penas debidas á sus culpas, aun- 
que igualasen con las que padecen los daña- 
dos en el infierno, con tal que sea admitida á 
su amistad; y cuanto Dios más la consuela y 
regala tanto más siente sus pecados, juzgán- 
dose en esta consideración por indigna de 
todo consuelo y merecedora de todo castigo. 
Discípulo.— Pocos se convierten á Dios de 
esa manera, y debe ser la más alta que se 
puede hallar en la vida. 
Maestro.— E\ que llegase á tal punto que 
igualmente le fuese acepta la 
Orden admira- ¿iyina justicia quc la míseri- 
t^^Zr cordia, quiero decir que con el 
conocimiento de sus culpas no 
rehusase cualesquiera tormentos por grandes 
y atroces que fuesen, antes en ellos se delei- 
tase como se deleitaría viéndose absuelto á 
culpa y á pena, como otra santa pecadora á los 
pies de Cristo, porque en este castigo resplan- 
dece la divina justicia como en el perdón la 
misericordia ('); sin ninguna duda oso afirmar 

(•) La edición de Madrid, 1885, y la otra suprimen 
aquí seis palabras y le hacen decir al P. Angeles una 
incorrección teológica muy garrafal, esto es, que cas- 
tiga la divina misericordia. Traslado á los censores. 



56 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO H 



que los pecados todos de este hombre así re- 
signado se consumirían y desaparecerían más 
presto que una gota de agua ó una pequeña 
arista en un fuego mayor que el del horno de 
Babilonia, porque llegó al último grado del 
negamiento de sí mismo. 

§ IX 

Discípulo.— ¿Qué sientes tú de las recaídas 
de algunos varones ilustres y aventajados en 
santidad y de muchas canas y años de espiri- 
tuales ejercicios? 
Maestro. — Que no sacaron de raíz y de 
cuajo los pecados de sus al- 
í¿r (fe las re- ^^^ "' murieron perfectamente 
caídas de per- á ellos, y quedándoseles algu- 
sonas csftii- ^^^ raigones escondidos en lo 
secreto del corazón, como ene- 
migos en celada, cuando más seguros salie- 
ron, y dándoles zancadilla, miserablemente 
los derribaron. Por lo cual debes mirar di- 
ligentemente á qué vicio te sientes más in- 
clinado, y sabido el que es, aplicar allí toda 
la artillería de las virtudes; porque, como 
la experiencia nos ha enseñado, por un solo 
portillo se suele perder una ciudad. Y sea la 
resistencia luego en los principios de manera 
que, en sintiendo brotar en tu alma algunos 
malos pensamientos ó engendrarse alguna 
poca de afición carnal, les hurtes con destre- 
za y ligereza el cuerpo y te conviertas á Dios, 
único refugio y defensor tuyo; porque con la 
tardanza y perniciosa disimulación estas pa- 
siones crecen y se apoderan del castillo del 
corazón, y puédense después despedir y echar 
del con grandísima dificultad; y si tienes cui- 
dado de estorbarles la entrada ó el hacer 
asiento en el alma, á muy poca costa y casi 
sin pesadumbre te librarás de ellas. ¡Ay del 
que se descuida en las cosas pequeñas, que 
muy cerca anda de caer en las mayores! (Eccl., 
19). Si, que negocio llano es que cuanto más 
se retienen los pensamientos malos en el co- 
razón, tanto más se apoderan dé!, y cuanto 
más á la larga se procede en ellos, tanto es 
mayor el peligro y la vuelta á Dios más difi- 
cultosa. Cuanto más que nuestro adversario, 
que jamás descansa ni duerme, ni nos deja de 
seguir y acompañar en cuantos pasos damos, 
á la parte que nos siente inclinados, como tan 
sagaz y astuto, se acomoda y aplica y admi- 
nistra fuerzas á la maldad. Todo se hace ojos, 



como otro Argos, y atento á lo que hablamos 
y tratamos y al semblante que hacemos en 
los sucesos de la vida, ninguna ocasión pier- 
de en nuestro daño. Por una ventana muy 
pequeña se entra si inconsideradamente la 
halla abierta, y cuando está todo cerrado 
se suele entrar por un resquicio y saquear 
todo nuestro caudal y sustancia. Aunque cier- 
^ . ., to el dejarnos vencer del de- 

Cobardta gran- 

de dejarnos monío es Cobardía grandísima 
vencer del de- y que nos queda sin excusa 

monto. 1 j' j , . 

para el día de la cuenta, como 
lo sería en un soldado armado de todas armas 
que se rindiese al aguijón de un mosquito; 
porque, como dijo Santiago (lacob., 4), en ha- 
ciéndole rostro y resistiéndole un poco va co- 
rrido y lleno de confusión huye de nosotros. 
Desdichado del que así vencido bajare á 
aquella no conocida región del infierno, por- 
que será mofa, escarnio y risa de toda la vil 
canalla de los demonios, que no es pequeño 
tormento entre los demás que allí se pade- 
cen. Y es la razón, porque en esta Iglesia mi- 
litante, cuya cabeza es Cristo, tanto de gracia 
y de ayudas de costa tenemos si acudimos con 
humildad á Dios, que nos es fácil echar por 
tierra y vencer todos nuestros enemigos vi- 
sibles é invisibles. Si, que escrito está (Math., 
5): Pedid y recibiréis. Y en otra parte: Ensan- 
cha tu boca y llenártela he. Y en otra: Cual- 
quiera cosa que orando pidiéredes, tened fe 
que la recibiréis. Temió el criado de Elíseo, 
dice la Escritura (IV Reg., 6)^ acabar con la 
vida viendo los coches y caballería del Rey 
de Israel, y hace oración el Profeta, y vio 
luego el monte lleno de hombres de caballo 
armados en su defensa, y perdió con esto el 
miedo. Verdaderamente son más y mayores 
los favores que hay de nuestra parte que los 
enemigos que nos hacen guerra, sino que 
para alcanzar victoria es menester huir á los 
montes, como Elíseo, é insistir en la oración 
con perseverancia de día y de noche; que la 
que sale de nuestro corazón encendido y fer- 
viente abrasa y quema á nuestro adversario 
y le destierra lejos de nosotros. En todas tus 
necesidades acude á Dios, y con un saludable 
menosprecio tuyo, como pobrecíllo mendigo 
y siervo sin provecho, prostrado á sus pies le 
muestra y descubre tu conciencia mal morti- 
ficada, y perseverando en su acatamiento, 
aunque te parezca que no te oye, ten por res- 
puesta de que tu oración le es acepta, el su- 



DE LA VERDADERA PENITENCIA 



57 



frimiento y paciencia en tu trabajo y el no de- 
clinar á placeres vanos y fuera de Dios. No 
confies en alguna de las criaturas ni en ti 
mismo, porque si esto haces hallarás al cabo 
de la jornada frustradas todas tus esperan- 
zas y mentirosas todas tus promesas y per- 
dido el tiempo, trabajos y industria, y con 
mofa y escarnio se dirá de ti (Psal. 51): Veis 
aquí un hombre que no puso á Dios por ayu- 
dador y defensor suyo, sino esperó en la mu- 
chedumbre de sus riquezas espirituales ó 
temporales, y prevaleció en su vanidad. 

• §X 

Discípulo.— ¿Qué haré, padre mío, que mu- 
chas veces me aflige y molesta 
Cuando nos re- q\ enemigo cou la representa- 

presentarc el ... , .. , 

demonio lo, cion de los antiguos pecados, 
pecados pasa- y aborreciéndolos yo de todo 
TostJ:'" corazón, parece que los amo 
de todo corazón y que me de- 
leito en ellos? 

Maestro.— Yo no me maravillo de ver esos 
muertos resucitados, porque, como dijo el 
santo Job (lob., 14), el soplo de la antigua 
serpiente es de manera que los carbones una 
vez apagados y fríos hace que ardan y le- 
vanten llamaradas; ni me pesa de que te sean 
molestos, porque no te puede dañar lo que 
contra tu voluntad padeces, antes aumenta 
la corona y el premio. Sería, empero, para 
llorar que te sucediese lo que á uno de los 
Macabeos (I Mac, 6), que le mató un elefante 
que había él muerto. Y al fin vemos cada día 
hombres que, cuando sus pecados vivían y 
reinaban en ellos, con el favor de Dios y por 
virtud de la penitencia los vencieron y alcan- 
zaron victoria y triunfos gloriosos, y después 
murieron á mano de esos mismos pecados, 
vencidos y muertos; que, como el huevo frío 
y helado con el calor de la gallina vive y sale 
á luz, así el pecado, si halla lugar en la con- 
ciencia, con el calor del demonio y su soplo 
resucita y mata á quien primero le mató. 
Como se dice del huevo del áspide, que quien 
le quiebra muere. El remedio que dan los san- 
tos para estas representaciones tan molestas 
y peligrosas es la representación de Cristo 
crucificado; y con mucha razón por cierto, 
porque si la piedra imán tiene virtud de 
atraer el hierro, y muchas hierbas la tienen 
para lanzar las enfermedades, como se dice 



del ditamo, que saca la saeta metida en las 
entrañas, ¿por qué la pasión de Cristo, que 
fué recetada en el cielo contra los pecados 
vivos, no ha de bastar para tener á raya y lan- 
zar de nosotros los pecados muertos? No hay 
clavo que así despida y saque otro clavo 
como la imagen de Cristo puesto en la cruz 
representada y plantada en el corazón despi- 
de y destierra del todo mal pensamiento y 
mal deseo. Mas digo yo: sólo 
"'iLuííiíío mirar devotamente á Cristo en 
crucificado, la cruz con los ojos corporales 

con los ojos compone un hombre y le hace 

corjjorales ^ •' 

y de fé, com- volver sobre SÍ; que, como notó 

pone todo el agudamente un sabio, los sol- 

hombre. ■, ■, , j. i • i 

dados le ataparonlos ojos en el 
pretorio porque estando descubierto les 
ponía empacho y causaba reverencia y no 
osaban llegar á Él. Conserva, pues, esta ima- 
gen preciosa de Cristo viva en tu memoria en 
todo tiempo, lugar y negocio, así en la pros- 
peridad como en la adversidad. Y si comie- 
res, moja todos ios bocados, como en una sal- 
sa soberana y apetitosísima, en la sangre de 
sus preciosas y rosadas llagas. Cuando bebie- 
res, acuérdate que tu Dios gustó por ti hiél y 
vinagre y la muerte, como dijo San Pablo. 
Cuando te lavares, no te olvides del costoso 
lavatorio con que Dios lavó tu alma sucia y 
asquerosa con pecados. Cuando te fueres á 
acostar, mira bien la cama durísima en que tu 
Dios durmió aquel postrero sueño de la 
muerte, y sobre su corona de espinas, como 
sobre una almohada sembrada de rosas y de 
muchas labores, reclina tu cabeza. Y si con el 
hombre exterior ha de haber este cuidado, 
¿cuánto mayor le pedirá el hombre interior y 

divino? No seas de aquellos 

No se ha de q^g hacen sus obras por eos- 
obrar por co*- . , . -J •■ 

lumbre. tumbre y sm consideración, 

salgan como salieren, sino está 
siempre advertido que el entendimiento y la 
razón precedan á todas y vayan delante, por- 
que donde los sentidos son los primeros está, 
sin duda, el manantial de todos los males y 
el vivir según el hombre animal, que en el pri- 
mero destos diálogos queda condenado. 

§ XI 

Ante todas cosas, cuanto á lo exterior, tra- 
baja de refrenar tu lengua y apartarte de ha- 
blillas ociosas y jocosas, que ni para la gloria 



58 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO II 



La icHíiua se de Dios iii para edificación de 
dar'miTcZo. '"^ piójiíiios son de provecho; 
sólo sirven de vaciar el corazón 
de la devoción y calor espiritual, y al fin está 
escrito (Matth., 12): De toda palabra ociosa 
que los hombres hubieren hablado han de dar 
cuenta estrecha en el juicio de Dios. El mu- 
cho hablar de fuera, dice San Bernardo, digno 
es de mucho aborrecimiento; mas la habla in- 
terior con Dios merece toda alabanza. 
Discípulo.— ¿Qué llamas palabra ociosa? 
Maestro.— La que carece de buen fin, y por- 
que yo le quiero dar á esta plática, porque se 
hace hora de recogernos, avisóte que pongas 
muy gran cuidado en la lengua, que, como 
dijo el Sabio (Prov., 18), en ella está la muer- 
te y la vida; y cuando necesariamente hubie- 
res de hablar, sea con pecho cristiano y lim- 
pio, con palabras agradables, pocas y humil- 
des, cercenando toda materia de conversación 
prolija y larga. Nunca porfíes contradiciendo 
á alguno, antes de buena gana da lugar á 
quien contigo porfiare, para que puedas tener 
desta manera paz segura y nunca perturbada 
con Dios. Guarda la vista cuan- 
ojoi, venta- ^q ^g fygfg posible, de suerte 

ñas para la , , 

muerte. QU^ Vanamente no se derrame; 

porque de la poca cautela en el 
mirar de ordinario entran en el alma muchas 
imperfecciones ó imaginaciones dañosas, y se 
levantan muchos movimientos que hacen per- 
der la paz y el sosiego espiritual, y se siguen 
otros infinitos daños casi irreparables. Y dijo y 
confesó Jeremías que su ojo le robó su cora- 
zón. Y en otra parte (Hierem., Tren., 3), que 
le entró á saquear las riquezas interiores por 
las ventanas del cuerpo la muerte. Y el santo 
Job (lob., 3) estaba concertado con sus ojos 
de que no habían de mirar la doncella por 
santa y encerrada que fuese. ¡Oh, cuántos los 
levantaron libres y los bajaron cautivos y el 
corazón con ellos! Quédese á un cabo este 
mundo, pues, fuera de Dios, todo lo que hay 
es vano y el hombre más vano que la vanidad 
misma. Yo me consolarla mucho si trabajases 
tanto por alcanzar y poseer á Dios y su Rei- 
no como trabajan los necios apreciadores de 
las cosas por las perecederas riquezas y hon- 
ras mentirosas y vanas. Tu principal cuidado 
sea conservar pura, desnuda, quieta y sose- 
gada el alma, para que ninguna criatura ni 
deseo vicioso se imprima ó se llegue á ella. 
No te impliques ni enredes en negocios, por 



piadosos que te parezcan, si no te fueren por 
la obediencia encomendados; porque, como 
dijo el Apóstol (II Timot, 2), ninguno que mili- 
ta á Dios y lleva sueldos y pagas en su casa 
y debajo de su bandera se ha de entremeter 
en ocupaciones seculares, sino procurar darse 
todo á Aquel al cual se dedicó y prometió. La 
soledad, el recogimiento, el silencio y la vigi- 
lantísima observancia del corazón y la aten- 
ción á la habla ó inspiración divina es la base 
y el fundamento de la vida espiritual. 

D.— De nuestro padre San Francisco he yo 
leído que traía tanta atención á la visitación 
del Señor, que si yendo de camino sentía den- 
tro de sí algún tacto y sentimiento del cielo, 
se detenía y estaba como inmovible hasta 
haber gozado despacio de aquel relieve que 
le era enviado de su Dios. 

Ai.— Si así lo hiciésemos todos, otro pelo 
traeríamos; pero somos exteriores y sabemos 
poco de la introversión esencial, y así deja- 
mos pasar por alto mil regalos que el Espíri- 
tu Santo nos administra. ¡Y plega á Dios no 
seamos como aquellos ignorantes hebreos, 
que les llovía Dios manjar suavísimo y que 
en sí tenía todo buen sabor, y suspiraban por 
las ollas que dejaron en Egipto! (Exod., 16). 
Para todas estas cosas es muy 
Maestro de vir- neccsario tener un maestro de 

tU'l y ciencia, ..... 

muy necesa- virtud, de ciencia y expenen- 
rin, y cómo se cía, cou el cual se comuniquen 

ha de Ir atar , , ■ , . • . 

con él '^^ secretos. del espíritu y a 

quien en lugar de Dios se obe- 
dezca; porque habernos visto muchos misera- 
blemente caídos en mil lazos y embustes del 
demonio por fiarse demasiado de su parecer, 
hasta ponerlos en una cruz y no consentirlos 
comer en muchos días contra la obediencia de 
sus superiores. Pero advierte que el discípu- 
lo no ha de tratar, fuera de confesión, con 
demasiada familiaridad y aijiistad al maestro, 
gastando el tiempo en pláticas excusadas con 
él, porque por este camino se pierde poco á 
poco la espiritual vergüenza y el respeto que 
como á padre se le debe y se impide el apro- 
vechamiento religioso y santo. 

D.—k lo menos yo no te lo perderé para 
siempre ('), porque conozco haber recibido de 
ti lo que con ningún servicio te podré pagar, 
y paréceme cierto que, como el santo fray Gil 
confesaba haber sido reengendrado tres veces , 

(') Las ediciones modernas, yamás. 



DE LA VERDADERA PENITENCIA 



59 



conviene á saber: en el Bautismo, en la profe- 
sión y en un rapto que gozó en Cortona, así 
yo me conozco otro del que solía ser después 
que oigo tus consejos y sigo la doctrina que 
me enseñas; porque verdaderamente hablas 
al alma y la muestras á vivir vida esencial, 
interior y divina. 

M.— Harto me consuelo de verte tan apro- 
vechado que te reconozcas otro del que an- 
tes eras, y deseo mucho que poco á poco su- 
bas á la perfección y llegues á la vista y po- 
sesión del Reino de Dios, que, como tengo di- 
cho, está dentro de ti, lo cual requiere grande 
pureza de alma, grande Hmpieza de concien- 
cia y un destierro preciso de todo pecado 
mortal; y cuanto te fuere possible, debes des- 
terrar también el venial. 

§ XII 

Discípulo.— Yo he oído que no se puede vi- 
vir sin culpas veniales. 

Maestro.— Por lo menos es de fe que nin- 
guno en el estado de la natura- 
Pecados venia- ¡gza caída, aunque esté en gra- 

les.cuai lo se . , r^. . -i x j 

deben huir. Cía de Dios, puede evitar todos 
los pecados, entrando en esta 
cuenta los veniales, si no fuese por particular 
privilegio, según que de la Virgen Nuestra 
Señora lo tiene la Iglesia (Conc. Trid., ses, 6, 
can. 23). 

D.—¿Y cada uno de por sí? 

M— Muy bien, y los deseos y aficiones al 
pecado se pueden mortificar ayudándonos 
Dios con su gracia, lo cual es no solamente 
provechoso, sino muy necesario, porque este 
es principio único y singular sobre que se 
funda la vida espiritual. Y pues te digo ver- 
dad, y en saberlo obrar está mucha parte de 
nuestro aprovechamiento interior, advierte 
que hay muy grande diferencia entre los pe- 
cados que llaman accidentales, ó de paso, ó 
casi no voluntarios, que San Pablo llamó hu- 
mana tentación, y los que se dicen estables y 
de asiento ó de la voluntad viciosa. Los pri- 
meros proceden de la flaqueza de nuestra na- 
turaleza enferma y caída, cuando sin pensarlo 
nosotros y estando con propósito de no ofen- 
der á Dios, ni apetecer cosa contra su volun- 
tad, ni fuera della, se ofrecen algunas ocasio- 
nes de caídas, como suele acontecer hablan- 
do, comiendo, hospedando los hermanos que 
vienen de fuera, que en tales tiempos se es- 



capa, sin pensarlo, la palabra ociosa ó de 
murmuración, ó se recibe más gusto con la 
comida de lo que convendría, etc., lo cual se 
llora luego y se propone la enmienda. Estos 
pecados no son muy dañosos, porque el buen 
propósito persevera firme y el íntimo del 
alma está sano y sin alguna corrupción, por 
lo cual fácilmente nos perdona Dios y nos 
recibe á su amistad. Pero aquellos que están 
de asiento en nosotros y reinan en nuestro 
cuerpo mortal, como dice el Apóstol, sin 
duda impiden mucho para el aprovechamiento 
interior. Son culpables en estos pecados los 
que, sin esperar ocasión, de su voluntad la 
buscan y se entran en ella. Buscan las con- 
versaciones, los juegos, las comidas y otras 
recreaciones de los sentidos, á que Dios ver- 
daderamente no mueve ni se le pueden refe- 
rir á Él. 

D.— De los que en semejantes culpas vo- 
luntariamente permanecen poca esperanza se 
puede tener que aprovecharán en la vida es- 
piritual. 

M. — En cuanto fueren negligentes en mor- 
tificar los tales afectos, es muy cierto eso que 
dices, porque está en ellos la caridad muy 
resfriada y el fervor de la devoción muy caí- 
do, y aunque, como dicen los teólogos, por 
los pecados veniales no somos vistos des- 
obedecer á la divina ley, ni menos privan de 
la gracia ni destierran de nuestras almas la 
paz interior, debemos empero acusar en nos- 
otros las tales culpas y llorarlas y con todas 
las veras posibles huir dellas. Porque, como 
dijo el Sabio, el que se descuida y no hace 
caso de las cosas pequeñas, poco á poco ven- 
drá á caer en las mayores; que, aunque las 
vides puestas al sol, el sol no las queme, dis- 
pónense á lo menos para que el fuego haga 
esto más fácilmente . San Isidoro dice así 
(San Isid., líb. 2, de summo bono): Hay unos 
pecados livianos que de los principiantes, con 
la satisfacción de cada día, son purgados, los 
cuales evitan los perfectos como pecados 
graves. ¿Y qué debrían hacer, dice él, los 
grandes pecadores, que gravemente cada día 
ofenden, pues los siervos de Dios y que tra- 
tan de la perfección las muy leves, culpas 
como gravísimas lloran? 

D.— Mucho mal he oído decir siempre des- 
tas culpas veniales que llaman voluntarias. 

Ai.— Lee el capítulo 3 de la Teología mística 
de Henrico Harpio, varón de mucha erudi- 



60 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO II 



Gión y de alta contemplación, y allí podrás . 
ver lo que yo temo poner aquí, por no des- ' 
consolar á los flacos y principiantes en la 
virtud. Son tales, que en una 

Confesar ruinas ^ 

veniales »in Summa que compuso el muy 
propoMíto de docto padre fray Bartolomé de 

la enmienda. ,- .. /,, ,. 

Medma (Medina, in summa, ca. 
12, § 2, fo. 62 et 63) osa afirmar que el que 
se confiesa de solos pecados veniales, si no 
lleva propósito de enmendarse dellos, peca 
mortalmente y la confesión es inválida: por- 
que es regla general que cuando la forma del 
Sacramento se aplica donde no hay verda- 
dera materia, es sacrilegio y pecado mortal. 
Y aunque no hay obligación de confesar es- 
tos veniales, ya que se confiesan se han de 
confesar debidamente; esto es, con dolor y 
propósito de la enmienda. Mira tú agora qué 
camino lleva de subir á la perfección el que 
de asiento y de su voluntad se está en ellos 
y busca las ocasiones para pecar. 

§ XIII 

Discípulo.— Temerosa cosa será por cierto, 
y de grande espanto, ver en aquel final juicio 
salir á luz y examen las palabras, los deseos y 
las obras de cada uno, para ser tocadas y exa- 
minadas en el contraste de la divina justicia. 

Maestro.— A\U se descubrirá claramente si en 

lo que de fuera hacíamos nos buscábamos más 

á nosotros y nuestro propio cómodo (') que la 

gloria de Dios y el útil del prójimo. Y si bien 

lo quieres considerar, estas son 

En el juicio de , ^ '-^■ 

Dio* se han '^^ cosas que promete Dios ca- 
de examinar lificar y apurar en juicio, que 

hcZÍ"" '''"' "°'°^ pecados grandes y pú- 
blicos y de todos conocidos. 
Cuando tomare el tiempo, dice Él (Psal. 74), 
yo juzgaré las justicias; conviene á saber: el 
ayuno, la limosna, la oración, el cilicio, el re- 
miendo y el pie descalzo, y lo demás que tiene 
apariencia de santidad y justicia. Este exa- 
men y toque temía el santo Profeta cuando 
hablando con Dios le dice (Psal. 17): Pues 
que vos, Señor, alumbráis mi lámpara, alum- 
brad también mis tinieblas. Que es como si 
más claro dijera: Vos me dais que haga obras 
de luz, yo lo confieso; pero no basta para que 
os agradéis dellas, si llevan mezcladas algu- 

(') Las ediciones modernas, interés, y en lugar 
del útil que luego sigue la utilidad. 



ñas tinieblas, si las escurece algún humo de 
vanidad, de interese propio ó de alguna otra 
siniestra intención. Quoniam tu illuminas lu- 
cernam meam, Domine: Deus meus, illumína 
tenebras meas. 

D.— En verdad que es devota oración esa 
para cuando pones la mano en alguna obra 
virtuosa, y que la tengo de decir de ordina- 
rio; porque á mi parecer mucho desto exte- 
rior que hacemos debe de ir escuro y lleno 
de tinieblas, porque obramos sin recato y al- 
gunas veces no es puro Dios el que nos 
r, , mueve á obrar. A mí me ha 

El obrar vir- 
tud en públi- acontecido sentirme muy flaco 
co tiene peii- pg^a estar de rodillas en el coro 

gro y se sue- , . , . , 

le hacer con Y ^ niis solas un cuarto de 
devoción y hora, y en saliendo en público 
perseverar de esta suerte mas 
de una hora, sin sentir cansancio, y también 
hallarme secos los ojos y sin poder derramar 
una lágrima á solas, y delante de gentes salir- 
me hilo á hilo hasta ser oído y visto de los 
circunstantes, y maravillábame que diesen 
los hombres tales fuerzas y tal devoción y 
espíritu. 

M.— Por eso dijo San Pablo que se proba- 
sen los espíritus, porque no son todos de 
Dios. Y cierto supo muy bien lo que dijo el que 
inventó aquel proverbio de: No es todo oro 
lo que reluce. Créeme, hijo mío, como á expe- 
rimentado, que no es todo humildad lo que 
parece humildad, ni todo caridad lo que tie- 
ne apariencias della, ni todo santidad lo que 
es así intitulado y celebrado por santo, ni an- 
dan de un traje el cuerpo y el espíritu; por- 
que yo he visto al cuerpo vestido de andra- 
jos y el corazón de tela de oro, y ai revés 
también. Si se hubiese de hacer juicio de la 
ligereza de las aves por las alas y plumas 
solamente, más había de volar el avestruz 
que el neblí, porque tiene más pluma y ma- 
yores alas; pero no es así, porque el neblí 
sube hasta las nubes y el avestruz no se le- 
vanta del suelo; es ave pesada y tiene mucha 
carne y sus alas no son más que para osten- 
tación, para que se vea que es ave. ¡Y cuán- 
tos tienen mayores alas y más pluma que el 
avestruz, que nunca vuelan ni se levantan á 
pensar y contemplar cosas de la otra vida ni 
por una hora! Tienen alas para ostentación, 
para ser tenidos por santos, espirituales y 
contemplativos; y al fin, todo carne, todo 
mundo, todo tinieblas y todo noche. ¡Ay de 



PUERTAS DE ESTE REINO: PRIMERA, HUMILDAD 



61 



los tales cuando sus justicias lleguen al con- 
traste de la divina, que sin duda oirán: Ya 
recibiste todo vuestro premio y galardón. 
Apartaos de mí, obreros de maldad, que no 
os conozco ni tengo obligación á vuestros 
ayunos, disciplinas, oraciones, cilicios ni li- 
mosnas, porque nada de esto se hizo pura y 
principalmente por mí! Y tu, hijo, anda con 
Dios, que ya es tiempo, y guárdate de la 
mala levadura de los fariseos, que es la hipo- 
cresía (Math., 7), que por poca que sea atrae 
á si y corrompe toda la masa de nuestras bue- 
nas obras. 

D.— Atemorizado me envías ('), y en verdad 
que pienso vivir con gran recato para no per- 
der el fruto de tantos trabajos como se pa- 
san en la religión y el de las obras exteriores 
que hacemos por la obediencia y también por 
nuestra voluntad. 

Ai.— Enséñete Dios y guíete con su luz y 
verdad, y tú ten mucho cuidado de acudir 
temprano aquí á la huerta, que es lugar solo 
y bien apacible, y, como dice San Cipriano á 
Donato, aparejado para coloquios y pláticas 
espirituales. La nuestra será, con el favor del 
cielo, de las puertas por donde se entra al 
Reino de Dios, y por ventura llegaré á tratar 
de los enemigos que defienden estas entra- 
das, porque deseo que rifes con ellos y en- 
tres á ver las grandes riquezas del reino eter- 
no. Él te acompañe. 

D.— Y quede contigo. Amén ('-). 

DIÁLOGO TERCERO 

De cuatro puertas ó entradas para el Reino de 
Dios, que son: humildad, abnegación de la 
propia voluntad, tribulación sufrida con pa- 
ciencia y muerte de Cristo Nuestro Redentor. 



§1 



Aía^s/ro.— Tardase mi discípulo y pásase el 
tiempo, tan precioso que vino 

El tiempo eí , , . _ „ , 

muy precioso a decir San Bernardo que es 

ydaxenns de- perdido el que no se ocupa en 
do á dedo. pgj^g^j. ¿ ^j.^^^j. ^g pjQg_ Y ^^^ 

razón por cierto se debe estimar y tener en 

(') Las ediciones modernas, despides. 

(s) En todas las ediciones antiguas hay, al fin de 
cada uno de los Diálogos, sendos remates que di- 
cen: Fin del Diálogo segundo, etc. Se omiten como 
inútiles. 



mucho, pues siendo tan corto se pueden gran- 
jear y perder en él tantas riquezas espiri- 
tuales. 

Discípulo.— Con justo título puede hoy ser 
de ti reprendida mi tardanza, aunque el pen- 
sar que me esperabas ha sido harta repren- 
sión para mí y no pequeña penitencia. 

Ai.— Es necesario redimir el tiempo, como 
dice el Apóstol (Ephe., 5 y 16; I Cor., 7), por- 
que es breve, y los días malos, esto es, llenos 
de malicias, cautelas y engaños. Ydigo redimir, 
porque se ha de dar doblado á la virtud que 
dimos al pecado y al mundo. Y aun diez veces 
tanto, dice un Profeta (Baruc, 3). Aunque San 
Pablo, considerada nuestra flaqueza, se conten- 
ta con que demos á la justicia tanto como di- 
mos al pecado (Rom., 6). Pero, pues tratamos 
de tiempo y tiempo tan breve que se nos mide 
palmo á palmo y dedo á dedo, según que lo 
dice el Profeta en el salmo 63, conforme á la 
traslación hebrea, y éste está diputado para 
tratar de las puertas y entradas del Reino ce- 
lestial, que está en nosotros, bueno será que 
no alarguemos pláticas excusadas por agora. 

D.—Yo soy muy contento con hacer tu vo- 
luntad. 

M.—Y también lo has de ser de hablar esta 
tarde poco; porque la materia ha de ir conti- 
nuada y será mal considerado interrumpirla. 
Y por principio, y para fun- 

Cuatro puertas , . . - j u j 

hay para el damento de todo, has de sa- 
Reino del al- ber que hay cuatro entradas ó 
'""■ puertas para el hondón y cen- 

tro del alma, que propiamente es el Reino de 
Dios: una al Oriente, otra al Poniente, otra al 
Mediodía, otra al Septentrión ó Norte. La 
puerta del. Oriente es la humildad, porque es 
el principio y fundamento de todo el edificio 
espiritual. Al Poniente está la pasión y muer- 
te de Cristo, como lo advirtió San Gregorio 
(Greg., super psal. 63), sobre aquel verso del 
salmo: Iterfacite ei, quiacsendit in Occasum(% 
El cual dice que el ponerse el sol fué morir 
Cristo. La puerta del Mediodía es la abnega- 
ción de la propia voluntad, porque nunca que- 
da tan clara y resplandeciente el alma como 
cuando se niega y desampara á sí misma y 
nada le queda de propia voluntad. Al Norte 
está la cuarta puerta, que es tribulación, que 
á veces parece cerrarnos la del cielo y la del 

(') Abridle camino á quien sube hacia el ocaso. La 
Vulgata dice super en vez de in. 



62 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO III 



consuelo todo. Al fin, del Cierzo ó Norte vie- 
nen y se descubren todos los males y penas 
(Ezech.; Hicr., 1). Y aunque de cada cosa destas 
pudiera yo formar un largo tratado para ha- 
cer volumen y cuerpo, como lo hacen muchos 
de los que escriben, algunas veces de cosas 
de poco provecho y satisfación para el alma, 
porque mi primero propósito fué con breve- 
dad enseñarte lo más necesario para la vida 
espiritual, diré solamente lo que no pudiere 
excusar de cada una destas puertas. 

§n 

Discípulo. — Algunos podría yo nombrar 
agora que pluguiera á Dios no hubieran es- 
crito, porque he gastado mi tiempo en ellos 
sin fruto ni aprovechamiento. 

Maestro.— Hartos hay que tienen la misma 
queja que tú; pero dejémoslos nosotros agora, 
que nuestro oficio es leer con devoción lo que 
está escrito, y si no halláremos gusto en ello, 
leer en aquel libro que vio San Juan estampado 
y lleno de escritura de dentro y de fuera (Apo- 
calipsis, 5), en el cual se contienen y están en- 
cerrados todos los tesoros de la ciencia y sa- 
biduría de Dios. Y porque antes 

Puerta oriental , , , , 

del Reino de Que de mi te despidas pienso 
Dios esiaiiu- decirte qué libros has de leer 
miidad. ^^^ ^^ ^^^^ ^^ gusto y prove- 

cho; lleguemos ya á contemplar esta puerta 
oriental de la humildad, por la cual entró 
aquel soberano Pontífice y sumo sacerdote 
Cristo en su Reino, con tan aventajado premio 
y gloria como habrás oído; reconociéndole to- 
das las criaturas del cielo, de la tierra y del 
infierno por Señor, é hincando sus rodillas al 
sonido de aquel divino nombre Jesús, que le 
dio su Padre por haberse humillado hasta la 
muerte de cruz (Phili., 3). El camino real para 
Dios er ninguna parte se puede hallar sino 
en la verdadera mortificación de los vicios y 
en el verdadero ejercicio de las virtudes, en 
el cual has de tener constancia y perseveran- 
cia y en ningún tiempo declinar del cuanto 
un cabello ni á la mano derecha ni á la mano 
izquierda, sino los ojos puestos en Bethsa- 
mes, que quiere decir ciudad del sol, que es 
el cielo, caminar como aquellas vacas que lle- 
vaban el arca camino derecho, andando y bra- 
mando, sin que los becerrillos que quedaban 
encerrados y bramaban fuesen parte para im- 
pedir su jornada ni hacerles torcer á una ú 



sobre tu corazón el nobilísimo 
y firmísimo fundamento de la 



otra mano, y haciendo contra esto errarás sin 
duda, y cuanto más alto volares y pusieres tu 
nido, aunque sea entre las estrellas, por altí- 
simas y profundísimas especulaciones, mayor 
será y más peligrosa tu caída. 

Ll que desea •' ^ ° 

aprovechar Pues, SÍ deseas aprovcchar mu- 
en poco liem- q\^q g^ po^Q tícmpo, asienta 

po, pniifja el 
fu lid amento 
de la humil- 

'''"^' humildad y trabaja conservarla 

tenazmente hasta la muerte; porque de otra 
manera imposible cosa es que permanezca la 
labor del espiritual edificio. Esta tan extrema- 
da virtud escogió Cristo particularmente para 
sí (Math., 11), y en vida y en muerte con pa- 
labras y ejemplos vivos quiso ser el maestro 
y preceptor della. A lo menos el apóstol San 
Pablo, virtud de Cristo la llama (II Cor., 12). 
Yo de buena gana, dice él, me gloriaré en mis 
enfermedades, para que more en mí la virtud 
de Cristo, que es la humildad. ¿Tienes en la 
memoria aquella competencia que hubo entre 
los Apóstoles sobre averiguar cuál era el ma- 
yor dellos? 

D.— Bien me acuerdo. 

Ai.— ¿También te acordarás de lo que Cris- 
to hizo y dijo? 

D.— No estoy muy bien en ello. 

M.— Tomó, dice San Mateo (Math., 18), por 
la mano un niño, y en las palmas, como 
dice San Marcos, y púsolo en medio de sus 
Apóstoles, y diciéndoles que si no se conver- 
tían por humildad y simplicidad en niños 
como aquél, que no sólo no serían grandes en 
su Reino, sino que no pondrían los pies en él, 
asentó esta conclusión: Cualquiera que se 
humillare como este pequeñuelo, éste será el 
mayor en el Reino de los cielos. Que es como 
sí dijera más claro: No es mayor el que más 
ayuna, ni el que más se azota, ni el que más 
limosna da, ni el que tiene más letras, ni el que 
más alta contemplación alcanza, sino el que 
más se humilla. La humildad se ha de traer en 
las palmas como cosa preciosa, que eso signi- 
ficó Cristo poniendo aquel niño humilde sobre 

las suyas. Y aquel darle el lu- 
la humildad es , .. , , 
como centro gar de en mcdio, ¿parécete que 

de las viriu- tiene pcqucño sacramento? 

' "■ Pues no es menos que enseñar- 

te que la humildad es el centro de |las demás 
virtudes, y como punto de la santidad, y así 
le compete estar en el medio. Ninguna virtud 
lo puede ser si le falta el aspecto á la humil- 



PUERTAS DE ESTE REINO: PRIMERA, HUMILDAD 



63 



dad; si no se fija primero el un pie del compás 
en el medio no puede salir el círculo redondo 
y derecho, ni las rayas que se sacan del á la 
circunferencia. Todas las virtudes han de to- 
car en el centro, y ninguno puede ser perfecto, 
como entre todas las figuras lo es la esférica 
ó circular, que no fijare primero el pie en la 
humildad. Ego in medio vestrum siim, tamquam 
qui minisírat: Yo estoy en el medio como sier- 
vo que os administra y sirve (Luc, 22). Estoy, 
dice Cristo, como centro á quien habéis de 
mirar. Lee, hijo mío, las divinas Escrituras y 
los Santos todos, y verás claramente que el 
más alto lugar se da al más humilde, y aun 
hasta la exaltación de Cristo, en cuanto hom- 
bre, fué conforme á su humildad. Y á la Reina 
soberana María, ¿quién le dio asiento en el 
cielo superior á todas las criaturas sino la ma- 
yor humildad en que á todas se aventajó en 
la tierra? 

§ in 

Discípulo. —Según lo que vas diciendo, ma- 
yor es la humildad que la caridad y que las de- 
más virtudes, porque si el premio correspon- 
de al mérito y los santos son ensalzados con- 
forme á la humildad que tienen, bien se si- 
gue que se merece más con sola esta virtud 
que con las demás, y, por consiguiente, que es 
mayor que ellas. 

Maestro.— Cerca estás de saber la verdad, 
pues sabes dificultar. Entiende, 



Por qué se le de- 
be á la humil- 
dad exalta- 
ción, y si es 
mayor que las 
demás virtu- 
des. 



pues, que, absolutamente ha- 
blando, mayor es la caridad, la 
fe, la esperanza y la prudencia 
que la humildad, por razón 
del objeto y último fin á quien 
miran y de sus operaciones nobilísimas; em- 
pero, fuera desías cuatro, como lo afirma el 
Abulense (Abule., sup. Matth.), la humildad 
lleva la gala, y en cuanto dispone el alma para 
la divina gracia, para la sabiduría y para la 
exaltación, se dice y es superior á todas. Y 
aunque es asi que todas las virtudes mere- 
cen exaltación como todas las bienaventuran- 
zas el reino de los cielos (Matth., 5.); mas como 
allí se señala para la probeza de espíritu el 
Reino, para las lágrimas la consolación, para la 
hambre la hartura, así señaladamente á la hu- 
mildad responde la exaltación y mayor gloria. 
Nicolao de Lyra advirtió muy bien que, aun- 
que la humildad no sea la mayor de las virtu- 
des, es á lo menos el fundamento dellas, y 



como á los cimientos firmes se atribuye la fir- 
meza de los altos edificios, así á la mayor hu- 
mildad se le atribuye la mayor gloria y el lu- 
gar más alto en el cielo, aunque le pertenezca 
también esto á la caridad, á la paciencia, á la 
castidad y otras virtudes, todas las cuales es- 
tán eslabonadas y asidas entre sí, sin poder 
jamás deshermanarse; principalmente las in- 
fusas vivas hermanadas y unidas, como digo, 
en la caridad y en la gracia, y en el bautismo, 
aun de los adultos, secluso óbice, ex Concil. 
Trident. et Florent. y es de fe. Y aun dice más 
el Abulense (Abulens., in Mat., c. 18., q. 22.), 
que cuando crece en una alma una virtud, cre- 
cen todas á una proporcionadamente, como 
los dedos en la mano, que creciendo hasta su 
debida cantidad nunca son iguales, y así el 
que más crece en la humildad crece también 
en la caridad y en las demás virtudes, y el que 
es más aventajado y crecido en todas es ma- 
yor, no por la humildad sola, sino por todas 
las virtudes que andan en su compañía. Y no 
más de mayoría; aunque no son éstas las que 
condena el Maestro de humildad, sino las que 
introduce y levanta la soberbia. Pluguiera á 
Dios que la competencia que hay en el mundo 
por subir la hubiera por bajar, y el cuidado 
de ser mayores en las dignidades, fuera de 
serlo en esta virtud, que yo asegurara el mun- 
do de las calamidades que padece. Bien sé 
decir con toda verdad (trate- 
No hay caída á j^Qg agora de las puertas aden- 

quicn no pre- , ,. i x i. j i •^„ 

ceda soberbia, tro, digo en el trato de la vida 
espiritual) que no hay caída á 
quien no preceda soberbia. Salomón lo dice en 
sus Proverbios por estas palabras (Prov., 16.): 
Contritionem proecedit superbia, et ante ruinam 
exaltatur spiritus; Al quebrantamiento prece- 
de la soberbia y antes de caer se engríe el co- 
razón. ¡Oh que gran verdad es ésta, hijo De- 
seoso, y qué testigos tiene que la pueden 
jurar! Nunca vi caída á quien no precediese 
soberbia y presunción en el espíritu. En vien- 
do que el corazón se te engríe y que le nacen 
alas para volar, en llegándote algún pensa- 
miento de que eres algo ó de complacencia 
vana de que lo que haces es digno de alaban- 
za, ten por cierto el despeñarte y da,r de ojos 
en pecados graves. San Isidoro (lib. 2 de siiin- 
mo bono, cap. 38) dice que la soberbia, así 
como es principio de todos los pecados, así es 
caída de todas las virtudes. Ella es en el pe- 
cado la primera, y la postrera en las batallas y 



64 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO lll 



conflictos. Ella es la que en el principio ó de- 
rriba nuestra alma por el pecado ó en el fin 
nos echa y arroja de las virtudes, y por eso 
dice él es el mayor de los pecados, porque 
por ellos ó por las virtudes nos destruye. 

D.— No entiendo bien eso que has dicho de 
San Isidoro, porque parece que iguala los vi- 
cios á las virtudes. 

Ai.— Lo que dice es que la soberbia en to- 
dos los pecados es la primera, porque el que 
peca desprecia como soberbio la ley de Dios. 
Y el Sabio dijo (Eccl., 10): El principio de todo 
pecado es la soberbia. Dice que es la postre- 
ra en las batallas, porque queda como en ase- 
chanzas y retaguarda, esperando las victo- 
rias para hacernos caer después de alcanza- 
das, presumiendo -de nosotros y gloriándonos 
vanamente en ellas, y sucédenos, como dice 
San Gregorio, lo que á Eleázaro, que le mató 
el elefante que él había muerto. Por esta causa 
dice San Isidoro (Isid., lib. 2. de summa bono, 
c. 39) que la soberbia es la mayor de los pe- 
cados: porque ó por ellos nos derriba de la 
amistad de Dios, ó haciéndonos presumir de 
las virtudes nos despoja dellas. Y si esta su 
razón no te satisface, busca otra. San Grego- 
rio se atrevió á decir que el pecado manifies- 
to de la lujuria era hijo de la soberbia se- 
creta. 

§ IV 

Tanta es la gravedad desta mala sabandija. 

Tara curar Dio^ Que para curar Dios al sober- 

á un toberbio, bio permite que caiga en peca- 

suele permitir j^g ^j^ ^^^^^ ^^ ^^^^g flaque- 
que eatqa en j ~i 

pecados lor- zas. Y Santo Tomás (2. 2., q. 62, 
P^'- art. 6, in responsione ad 3.) dice, 

que como algunas veces es uno convencido á 
conceder un imposible por huir de algún ma- 
nifiesto inconveniente, así Dios, para conven- 
cer la soberbia de los hombres, los castiga, 
permitiendo que caigan en pecados carnales, 
los cuales aunque sean menores por la menor 
malicia, tienen á sí aneja mayor torpeza y co- 
nócense mejor. Que, como notó Crisóstomo, 
la soberbia es como la nube en el ojo, que 
cuanto más crece tanto menos deja de luz 
para ser vista. Y San Isidoro en el lugar cita- 
do dice que á un arrogante y presuntuoso le 
es mejor caer en cualquiera vicio y humillarse 
á Dios después de la caída, que no, dejado de 
su mano, ir subiendo por soberbia hasta dar 
consigo en el despeñadero del infierno. Yo 



peso mucho aquellas palabras del Apóstol 
(II Cor., 12.): Porque la grandeza de las reve- 
laciones no me levante, me es dado el estimu- 
lo de mi carne, ángel de Satanás, que me dé 
de pescozones como á un negro. Sobre ellas 
notó delicadamente Santo Tomás (S. Thom. in 
Paul), que muchas veces el médico sabio pro- 
cura inducir en el paciente alguna menor en- 
fermedad por curarlo de la mayor, y se huel- 
ga de verle con tercianas al que tenía cuarta- 
nario. Y esto mismo hace Dios, Médico de las 
almas, que por sanarlas enferma á veces los 
cuerpos, y á veces las deja á ellas caer en en- 
fermedades leves de culpas, porque sanen de 
las graves y peligrosas. De aquí es, que como 
el Apóstol tenía grande y copiosa materia para 
ensoberbecerse, que al fin era vaso de esco- 
gimiento ('), habíale Dios comunicado muchos 
de sus secretos, estaba muy ejercitado en tra- 
bajos, era virgen, tenía muchas buenas obras 
hechas, era doctísimo y muy versado en las 
divinas Escrituras, fué cosa muy conveniente 
que le aplicase Dios Nuestro Señor este re- 
medio de que el espíritu de carne le ator- 
mentase; esto es, la concupiscencia que nace 
y tiene su raíz en la carne. Y llámase ángel 
de Satanás, en cuanto este maligno espíritu se 
aprovecha de la dicha concupiscencia como 
de tercera para derribarnos; aunque la inten- 
ción de Dios es que en este ejercicio salga su 
Apóstol aprovechado y tenga segura la coro- 
na: que, como digo algunas veces, la humildad 
es el fiador de las virtudes todas. 

D. — Según el hilo que llevas, nuestra plá- 
tica toda ha de ser hoy de humildad. 

M.— Pluguiese á Dios que en ella nos ano- 
checiese y nos amaneciese y acabásemos la 
vida. Oí yo decir á un santo re- 
Humiidadypu- ijgioso que la humildad y la 

reza, virtudes ■ , a . j 

voladoras. pureza eran virtudes volado- 
ras, y tan necesarias para su- 
bir por la contemplación á Dios, que tenía por 
¡mposible sin ellas levantarse del suelo un 
solo dedo. En las aves lo habrás visto, que 
para volar se sacuden del polvo y cosen el pe- 
cho con la tierra, y así se levantan, y para 
subir muy alto en la música se ha de poner 
muy baja la clave. 

£).— ¡Oh quién fuera tan humilde que ni un 
pensamiento de soberbia consintiera llegar á 
su corazón! 

(') Las ediciones modernas, vaso escogido. 



PUERTAS DE ÉSTE REINO: PRIMERA, HUMILDAD 



65 



7VÍ.— Pudieras decir con el Profeta (Psal. 
130): Domine, non est exaltarum cor meum, et- 
cétera. 

D.—k mí me enternece y me pone devo- 
ción cuando oigo ó digo ese salmo en las 
Completas de Nuestra Señora, con no tener 
los sentimientos que por la largueza divina 
tendrás tú, y así me consolaría giandemente 
si me dijeses la sincera y literal inteligen- 
cia de él. 

M.— No quisiera divertirme de la materia 
comenzada. 

D. — No va fuera della este salmo, antes 
la confirma toda y echa el sello á lo dicho. 

M.— El espíritu del es éste: Señor, dice 
David, aunque habéis andado 

Declárase el sal- ■ j ,-, , , 
mo: Domine, COnmigO tan hberal y me ha- 
non e.$( ea-a¿ía- béis hecho tantas mercedes, 
tum cormeum. , f. , j. x j i 

que al fin me levantastes del 
polvo de la tierra, y de un pobre pastorcillo me 
hicistes Rey tan poderoso y caudillo de vues- 
tro pueblo, trocando el cayado en cetro, la 
caperuza doblada en corona de oro, el pellico 
en púrpura, la manadilla de ovejas en millo- 
nes de vasallos, no ha sido parte esta mudan- 
za de estado para causar alguna en mi condi- 
ción: la honra no ha variado las buenas cos- 
tumbres; tan humilde me estoy como de an- 
tes, no sólo en lo secreto de mi corazón, sino 
aun en las muestras exteriores: Non est exal- 
tatum cor meum: ñeque elafi sunt oculi mei; 
Ni levanté mis ojos; luego sale á ellos el en- 
greimiento del corazón, porque la primera 
respuesta que da la pólvora de la soberbia 
cuando se enciende en el fogón del corazón 
es en los ojos. Así dijo Salomón (Prov., 30), 
para significar la soberbia de Judea, que era 
una generación que tenía los ojos altaneros 
y los párpados levantados. Esto dice David 
que no le toca, porque nunca dejó de mirarse 
á los pies, que son sus bajos principios: Ñe- 
que ambulavi in magnis, ñeque in mirabilibus 
super me. Parece que va deshaciendo el peca- 
do de fundamentos. Nunca, dice, admití un 
pensamiento soberbio ni di señal exterior, ni 
por palabras, ni en el semblante del rostro, ni 
pretendí cosas que excediesen á mis fuerzas, 
ni intenté subir á las alturas, donde el ángel 
se precipitó en los abismos hecho demonio. 
Y porque nadie piense que hablo de gracia 
y que digo más de lo que hay en mí y rehuse 
por ello de darme crédito, yo lo confirmo con 
tal juramento: Si non humiliter sentiebam sed 

Obras místicas dei 1'. Angisles.~5 



exaltavi aniniam meam, sicut ablactatus est 
super matre sua, ita reíributio in anima mea. 

§ V 

Si yo no he sentido bajamente de mí, como 
es razón, conociendo que los males que tengo 
son de mi cosecha y los bienes todos de la 
mano de Dios, acontézcale á mi alma lo que al 
niño que le destetan de los pechos de su ma- 
dre, que no tiene luego que esperar sino la 
muerte, porque solo este refugio tenía para 
vivir. No hay niño en el mundo más impoten- 
te y flaco que el hombre sin el favor de Dios, 
y deste se quiere privar este rey si miente en 
lo que dice: Destete Dios mi alma de los pe- 
chos de su gracia y no guste sus regalos y 
consuelos espirituales si no me conozco tan 
necesitado de su auxilio como lo está el niño 
de la providencia y regalo de su madre. Bien 
habrás echado de ver cuan fundado estaba 
David en la humildad y cuan necesaria es para 
tratar (') con Dios 

Discípulo.— Uno y otro he visto en este 
salmo, y si á ti te pareciese, holgaría oirte de- 
cir qué cosa es humildad, y darme los precep- 
tos necesarios para ser humilde, porque con 
lo que hasta aquí has dicho me tienes aficio- 
nadísimo á ella, y aunque sea como la culebra 
dejando el pellejo, tengo de entrar por esta 
puerta angosta del Oriente al Reino de Dios, 
porque juzgo que no puede errar el humilde 
la entrada, pues San Bernardo no se la halló 
á él para el infierno. 

Maestro.— Humildad es una sumisión ó su- 
jeción á Dios y á los hombres 

Humildad, pQj. [)¡os y un encogimiento en 
el alma que no la deja pesta- 
ñear en el divino acatamiento ni quitar los 
ojos un punto de su nada. Para alcanzar esta 
joya tan preciosa son nunester oraciones, lá- 
grimas y gemidos, con perseverancia: porque 
si todo don perfecto y dádiva bonísima viene 
de arriba, de aquel Padre de las lumbres 
(lacob, 1) ¿quién, sino Él, podrá darte tan gran 
tesoro, tan preciosa dádiva y don tan perfecto 
como la humildad? Preguntado un santo de 
aquellos del yermo cómo se podría alcanzar 
la perfecta humildad, respondió: Si sua quis- 

(') La edición de Madrid, 1608, omitió está pala- 
bra, pero no falta en las primeras, y en la de Alcalá 
de 1602. 



66 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO III 



que tantummodo, et non alterius facta conside- 
ret; Si mirare sus obras y dejare las ajenas (')• 
Alcánzase también con la cgnsi- 
camino para deración de la majestad y gran- 
humildad. deza de Dios. Por lo cual, reco- 
gidas en uno todas tus fuerzas 
espirituales, diligente y piadosamente mira 
qué Dios tienes, qué tan poderoso, qué tan 
sabio y qué tan bueno. Todo esto podrás ver 
en sus criaturas, en las cuales resplandecen 
estos divinos atributos con mucha claridad, 
digo que lo verás si te adiestra la humildad, 
que por faltar á los sabios del mundo se que- 
daron sin este conocimiento, escurecidos sus 
entendimientos y llenos de tinieblas, de erro- 
res y desatinos. El apóstol San Pablo dice 
(1 Cor., 1) que porque en la sabiduría de Dios 
no conoció por sabiduría á Dios el mundo, 
quiso Dios y tomó gusto de salvar los fíeles 
por la locura de la predicación de Cristo cru- 
cificado. 

§ VI 

Discípulo.— Parece verdaderamente algara- 
bía lo que dice el Apóstol. 

Maestro.— A lo menos teología del cielo, y 
es bien que la entiendas para que sepas cómo 
has de conocer la grandeza de Dios en sus 
criaturas. No seas como aquel varón insipien- 
te que no conoce, y como el necio que no en- 
tiende el lenguaje de Dios en todas ellas 
(Psal. 91). El santo Profeta dice en un salmo 
(Psal. 103), hablando con Dios, que todas las 
cosas hizo en sabiduría, que es como si dijera 
que en todas las obras que hizo Dios resplan- 
deció su divina sabiduría como resplandecen 
las cosas que tocan y bañan los rayos del sol. 
El Eclesiástico dijo (Eccles. 1) que derramó 
su sabiduría por todas sus obras. No dice que 
echó gotas de sabiduría sino que la derramó, 
y que están bañadas de sabiduría. ¿Por ventu- 
ra no era ésta harta prueba del saber infínito 
de Dios, para que los hombres le conocieran 
y le adoraran y amaran sobre todas las cosas? 
Más dijo el Sabio (Sap., 13), que de la gran- 
deza de la hermosura y beldad que hay en las 
criaturas pudo ser conocido por bellísimo y 
grandísimo el Criador dellas. ¿Qué hombre 
cuerdo hay, dime agora, que oyendo tocar un 
harpa suavísimamente no entienda que algún 

O La edición de Madrid, 1885, dejóse la versión 
del texto latino. 



muy diestro músico la tañe y que ella por sí 
no hace aquella música y consonancias tan 
perfectas? Pues si quisieres atentamente con- 
siderar la armonía tan acordada que hacen 
todas las criaturas entre sí, echarás de ver 
que son cuerdas acordadísimas de la harpa del 
universo, y conocerás que hay un supremo 
Gobernador, infinitamente sabio, infinitamente 
poderoso y de bondad infínita. Los cielos can- 
tan y cuentan la gloria de Dios, y el Hrmamen- 
to da á entender quién Él es (Psalm. 3). El 
día es como lengua de las grandezas divinas, 
y la noche convida á la contemplación dellas. 
Pues porque el mundo ciego no conoció por 
su sabiduría la de Dios en todas las cosas, ni 
le dio la honra debida á su majestad y gran- 
deza, plúgole á Dios salvar [á] los hombres 
por la locura de la predicación de Cristo cruci- 
ficado. Es decir, que no quiso fiar Dios su co- 
nocimiento de nuestros entendimientos, sino 
llevarnos á sí por la humildad de Cristo cruci- 
ficado, cuya predicación, por no entender ni 
alcanzar sus altos consejos los hombres sa- 
bios y prudentes del mundo, fué tenida por 
locura y necedad, como se dice tinieblas el 
retrete y aposento de Dios, siendo luz clarí- 
sima y donde jamás llegó noche ni se mezcla- 
ron tinieblas. Y porque destas meditaciones 
de la bondad, sabiduría, poder y beneficios 
copiosamente escribió el doctísimo y piadosí- 
simo padre fray Luis de Granada y nuestro 
padre fray Pedro de Alcántara, y yo en el úl- 
timo capítulo de los Triunfos, no quiero ha- 
blar más palabra en el caso, sino remitirme á 
lo que allí hallarás escrito. Y cuando hubie- 
res humilmente contemplado la excelencia de 
la majestad divina, conviene á saber lo que 
Dios es en sí y las cosas que ha hecho y hace 
por ti, movido de su sola caridad, porque de 
nuestros bienes ni de nosotros ninguna ne- 
cesidad tiene (Psal. 15); vuelve los ojos del 
alma á ti mismo y con atención mira quién 
eres, cuan pobre de tu naturaleza y cuan ver- 
daderamente nada. De nada saliste, y prime- 
ro condenado que visto en el mundo, y siem- 
pre vas caminando en posta para la nada, 
y al fin vendrás á parar en la asquerosa nada. 

D.—Yo me acuerdo haberte oído en el pul- 
pito apocar tanto el hombre, que le viniste á 
hacer más vano y más sin ser que la vanidad 
misma. 

M.—Y aun digo más, que en ninguna de 
cuantas criaturas Dios crió halló la vanidad 



PUERTAS DE ESTE REINO: PRIMERA, HUMILDAD 



67 



El- h o m b r e es 
mas vano que 
la misma viz- 
mdad. 



asiento, sino en el hombre solo, 
y así es él una universidad de 
todas las vanidades que hay 
en el mundo. Son tantos los pe- 
cados y miserias de que estamos rodeados y 
los lazos que nos arma el demonio adonde 
quiera que asentamos el pie, que si la divina 
gracia no nos diese á cada paso la mano y nos 
levantase y nos preservase, no habría malda- 
des en que no cayésemos por momentos, ni 
penas que no mereciésemos. Y cuántas veces 
(porque callemos las omisiones, negligencias 
y descuido en el servicio del Señor) habrás 
hurtado y sacado violentamente tu alma de 
sus divinas manos y entregádola á Satanás, 
habiéndola su Majestad comprado con su san- 
gre, y ojalá no las de muchos con tus malos 
ejemplos, que es una de las cosas que más se 
debe temer y por que con ansia mortal oraba 
el profeta (Psal. 18): Ab ocultis (') meis manda 
me, Domine, et ab alienis parce servo tuo. 

§ VII 

Discípulo.— \Mas qué plegarias hará una 
alma condenada contra aquel que fué causa 
de su condenación! 

Maestro.— Pensar en eso tira el juicio y se 
estremecen las carnes. Decía 

Terrible cosa , i j /o ti \ /'>\ 

ser parte pa- "" santo prelado (F. Thom.) (-) 
ra f¡uB una que quisiera más haber muerto 
alma se con- corporalmente cien hombres 
que haber sido causa de que 
una sola alma fuese al infierno. Por cierto, si 
la sangre de Abel clamaba contra su hermano 
Caín (Genes., 4), que le hizo mártir, grandes 
serán los clamores de un ánima que muere 
para siempre contra su matador. ¡Oh, qué que- 
jas! ¡oh, qué voces! ¡oh, qué maldiciones tan de 
corazón! ¡oh, qué apellidar para siempre la di- 
vina justicia contra quien la tiene en aquel lu- 
gar de tinieblas y sombra de muerte! Con todo 
esto, nos espera nuestro benignísimo Dios y 
Señor, y deseando nuestra amistad nos llama, 
ya por sus predicadores, ya por inspiraciones 

(O Aunque parece raro, es cierto que todas las 
ediciones antiguas y modernas dejaron una / en esta 
palabra, poniendo oculis en vez de ocultis. El latín 
quiere decir: «De mis pecados ocultos limpíame, Se- 
ñor, y perdona á tu siervo los ajenos», esto es, los 
que se hicieron por mi culpa. 

(') Es decir, Fray Tomás de Villanueva, el cual, en- 
tonces, aún no estaba canonizado. 



Pensamientos 
de h u m ildn .1. 



secretas, ya por persecuciones y trabajos y 
por otros mil modos de que tú tendrás expe- 
riencia, y cada uno. Todo lo cual hace Él por 
volvernos á sí y ser nuestro amigo, habiendo 
más dificultad en esto que en la creación del 
universo hubo. Si no dime, hijo: cuando alguna 
vez, dejada la mala vida, te volviste á Dios, 
¿no te recibió con los brazos abiertos? ¿zahi- 
rióte los pecados? ¿ó hizo memorial dellos 
para darte con ellos á cada paso en los ojos? 
D.— Algunas veces me paro á considerar 
cuántos millares de almas sufren ya las penas 
del infierno que cometieron menores pecados 
y menos que yo, que si Dios les hubiera dado 
tanta luz como á mí y les hubiera hecho tan- 
tos beneficios, por ventura, como dijo Cristo 
de Tiro y Sidón (Matth., 10), no cayeran en 
tantas miserias y fueran más aventajados que 
yo en virtudes y buenas obras; y veo que á 
mí me ha perdonado Dios ó disimulado con- 
migo, esperándome á penitencia (loel, 1), y 
ellas, por sentencia suya, por cierto justísi- 
ma, arden y arderán para siempre. 
M.— Pues si pesas como es razón todas 
esas cosas y otras muchas que 
no tienen número, no será po- 
sible que dejes, vuelto en ti, de 
indignarte contra ti sin saber adonde volver 
los ojos de puro corrido y afrentado de tu in- 
gratitud tan grande. Tendráste por indigno de 
entrar en los templos sagrados y de mirar, 
aun de muy lejos, la imagen de Cristo cruci- 
ficado, y por dignísimo y merecedor de que 
la tierra vivo te sorba y trague y de que te 
niegue el sustento y no te acuda ccn lo nece- 
sario. Y ningún estado hallarás así aírjutoso, 
ni vileza tan vil que no creas de ti que es todo 
honra, y que aún no estás en el punto que tus 
pecados tienen merecido. Y así humillado y 
prostrado el corazón altivo y volandero, ni 
una sola gota de agua osarás beber ni hablar 
temerariamente una palabra. Obrarás tu salud 
con temor y temblor, como dice San Pablo 
(Philip., 2), y estarás con recelo y sospecha 
de todas tus obras, como Job (lob, 9), por san- 
tas que parezcan. Y maravillarte has mucho 
y espantarte has de pensar que en este abati- 
miento no permanezcas para siempre, ó de 
que pueda ser que dejes entrar en tu alma un 
mismo O pensamiento de soberbia. Huun'llatc 

{') Así dicen todas las ediciones antiguas y mo- 
dernas; pero yo creo que el autor escribiría mínimo. 



68 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO III 



profundísiniamente y niega verdaderísima- 
niente y sufre con igualdad de corazón cuan- 
tos males se pudiesen ofrecer con sola esta 
consideración de que ya por tus pecados es- 
tabas condenado y adjudicado á las inferna- 
les llamas, según la presente justicia, si la di- 
vina misericordia no te hubiera sido favora- 
ble. Y piensa de ti que eres el mayor pecador 
del mundo, como lo pensaba de si nuestro 
beatísimo padre San Francisco, siendo de los 
más perfectos del mundo. Mas advierte que 
has de desear con veras que todos los hom- 
bres sientan de tí esto mismo, y que te ten- 
gan por tal cual tú juzgas de ti que eres. Y 
con esta misma consideración has de querer 
cuanto en ti fuere que todos te aflijan y te 
persigan y te sean contrarios, y estar cierto 
que nunca podrán llegar en este caso á lo que 
basta. 

§ VIII 

Cuando fueres injuriado y tenido en poco 
alegrarte has, ó á lo menos no te entristece- 
rás; y en tanto que para esto no tuvieres cau- 
dal y virtud, cree ciertamente que no te des- 
agradas á ti mismo de todo punto, ni has lle- 
gado á humillarte perfectamente, y que aún se 
ha quedado en tu corazón alguna raíz de so- 
berbia que impide á esta sagrada mortificación. 
Aun más te digo, que no sólo 

Cuándo te llega , , , 

a la cumbre has de desear ser menosprecia- 
de la humii- do,sino juzgado porno humilde, 
" ' cuando más lo estuvieres: que á 

mi ver este es el punto más alto de la virtud de 
la humildad. De aquí te nacerá una libertad 
santa para llegarte á nuestro Señor, y una 
grande confianza en su Majestad, y, lo que 
más es, un ardiente deseo de alabarle siem- 
pre en todas las cosas con devoción y espí- 
ritu, y de honrarle, reverenciarle y darle gra- 
cias; y será de manera esto, que no hallarás 
cómo poder satisfacer á tu deseo. Y si tú solo 
en todos los instantes y momentos pudieses 
ofrecerle las alabanzas y honra que todas las 
criaturas le ofrecen en el cielo y en la tierra, 
todo te parecería poco ó nada, especialmente 
si se coteja con la magnificencia suya, dignísi- 
ma de toda alabanza, como dijo el Sabio, ó con 
la largueza, con que tan estrechamente nos 
tiene á si obligados. Y estarás sobre aviso que 
todo lo que en tu alma sintieres de virtud y 
de bien, sin que quede nada para ti lo has de 
referir á Dios, de quien lo recebiste; pero lo 



Cómo alcanza 
paz el humilde. 



que hallares vicioso y malo, firmisimamente 
cree que es tuyo y de Dios nada. En esta 
conferencia (<) de la grandeza y 
fidelidad de Dios Nuestro Se- 
ñor, y pequenez y infidelidad i 
nuestra, hay tanto de amores y de gracias es- 
pirituales, que es grandísima maravilla cuando 
pensamos en ello no derretirnos amándole, y 
mayor poder pensar ó hablar de otra cosa. 
Este ejercicio es provechosísimo, y como in- 
troductorio para la perfección de todas las 
virtudes y para alcanzar la paz y tranquilidad 
del corazón, la cual suele ser por este camino 
tanta, que no basta alguna criatura del mun- 
do á perturbarla. Porque así profundamente 
se humilla, menosprecia y aniquila el hombre, 
que no pueden hallarle las criaturas ni tienen 
de qué asir para molestarle. 
En in mayor j^^g .^yi qyg algunas vcces en 

bonanza suele , , .,• . i t. 

levantarte 1^ mayor tranquilidad y bonan- 
lormenta te- za es tan grande el tropel de 
Ve'^v'encV "'° vícios que Combaten el fuerte 
del corazón, y tanta la tormen- 
ta de tentaciones horrendas con que el alma es 
acometida, que si yo lo quisiese aquí descri- 
bir sería juzgado por mentiroso, porque de 
todo en todo parece increíble. Y porque traté 
largamente deste particular en los Triunfos, 
en el capítulo del desamparo y calamidad -que 
causa el ausencia de Dios, no quiero aquí de- 
cir otra cosa sino que no te acobardes en 
este tiempo ni te rindas á tan espantoso es- 
cuadrón de enemigos; antes metido en el hon- 
dón de tu corazón y de la no nada (si así se 
puede decir) de tus virtudes, deja pasar esa 
borrasca sobre ti yesos ejércitos de demonios; 
permite y sufre que el cielo y la tierra y cuan- 
tos en ellos hay se airen y enojen contra ti; por- 
que no solamente no recebirás daño, aunque 
parezca que te han de anegar, pero será gran- 
dísimo el provecho y notables tus ganancias 
espirituales; y esto si puedes contenerte y 
sepultarte en la contemplación de tu nada, 
con una humilde sujeción á Dios y á todas 
las criaturas, por la verdadera abnegación y 
menosprecio de ti mismo; porque peleará 
Dios por ti y inclinará su alteza á la humildad 
y menosprecio tuyo. Y acuérdate que está es- 
crito, y á los Apóstoles dice (Luc, 21): Cuan- 
do el cielo cerrare sus ojos, que son el sol y 

(') Palabra usada en la acepción de cotejo ó pa- 
rangón, muy conforme A la etimología latina. 



PUERTAS DE ESTE REINO: PRIMERA, HUMILDAD 



69 



la luna, y cayeren sus centellas como rayos, 
y la mar se alterare y diere confusos brami- 
dos, y los ríos con sus crecientes parezcan 
anegar la tierra, y anduvieren los hombres 
ahilados, embelesados y sin color, levantad 
las cabezas y mirad que se acerca vuestra re- 
dención. ¡Oh maravillosa redención de culpas 
y de imperfecciones la que se sigue á estos 
torbellinos y batallas espirituales, si el alma 
se humilla y resignada en Dios persevera den- 
tro de sí en el abismo de su nada! Yo daré 
firmado de mi nombre, y téngase por firma 
esta mi escritura, que jamás se vio humilde y 
pequeño en sus ojos vencido ni engañado, ni 
de los hombres, ni de los demonios. Y en 
confirmación desto hallo escrito del Apóstol 
(I Cor., 1): Lo enfermo y flaco de Dios es 
más fuerte que los hombres fuertes, y lo ne- 
cio más sabio que los sabios del mundo. Esa 
nada que tú conoces de ti que 

iVü puede Dios 

contra el ver- crcs, puesta en las manos de 
(ladero hu- Dios, puede más que todo el 

mude. ..... 

mfierno junto; y esa ignorancia 
que de ti confiesas, vence la sabiduría de Ate- 
nas y de todos los hombres que no están así 
rendidos y humildes. Si, que escrito está 
(I Cor., 1): Escogió Dios las cosas que no son 
para destruir las que lo son. No seas y podrás 
más que todo lo que eres. 

§IX ' 

Discípulo.— (Y más que Dios también? 

Maestro.— Oso decir (y sea, Señor, con vues- 
tra licencia) que contra el mismo Dios es 
fuerte el humilde. Isaías dijo (Isai., 40): Los 
que confían en el Señor mudarán la fortale- 
za, tomarán alas, volarán y no desfallecerán. 
¿Quién sino los humildes confían en el Se- 
ñor? Pues ellos mudan la fortaleza, la de los 
hombres digo, en fortaleza de Dios, el cual 
pelea y vence por ellos en ellos, y destruye, 
como otro Sansón, mil filisteos y millares dellos 
con la flaca quijada del jumento (ludic, 15). 
Puede al fin lo que quiere el humilde y puede 
más que Dios, porque de nadie sino del se 
deja vencer. Venga Dios cuanto enojado se 
pueda imaginar contra una alma, humíllese y 
aniquílese ('), que sin duda le vencerá: porque 
no ha de herir Dios ni descargar el golpe de 
su poder sobre la nada. ¿Qué honra ha de sa- 

(') La edición de Madrid, 1885, añade ésta. 



car el Todopoderoso de tomarse con la nada? 
Contra la hojarasca que arrebata el viento, 
dice Job (lob, 13), ¿mostráis vuestro poder y 
fuerzas? Humillóse Acab, y luego revocó Dios 
la sentencia dada contra él. Humillóse David, 
y luego le perdonó; y á los que de verdad 
son humildes promete y asegura su Apóstol 
la gracia (lacob., 1). ¿Para qué te distraes, 
decía un sabio, en muchas cosas, hombre mi- 
serable? Una sola te es necesaria, y que los 
antiguos tuvieron por venida del cielo, que es 
conocerte á ti mismo y tenerte por lo que 
eres. Así oraba el gran padre Agustino: El 
Señor me dé que ninguna otra cosa haga, ni 
sepa, sino conocerme. Quédense á un cabo 
todas las artes, y muy lejos se aparten todos 
los cuidados, y deprende esta sola cosa, y ten 
por cierto que ocupaste en alcanzar (') de toda 
la erudición y buenas letras. Tan excelente es 
esta virtud de la humildad, tan admirable y 
tan digna de alabanza, que no hay palabras 
con que se puedan declarar los bienes que por 
ella nos vienen de la mano liberalísima de Dios. 
San Buenaventura dijo que 
Eihumiideeom. goj^ j^ humildad compete C^) 

pete con el po- i j j r-w \r ii 

derdeiJios. con el poder de Dios. Y es ello 
así verdaderamente; porque el 
humilde cuantos más dones recibe más capaz 
se hace y más se ensancha para recibir otros 
de nuevo. De manera que unos son disposi- 
ción para otros, y otros para otros. Y como 
el humilde va siempre vaciándose de sí mismo 
y empobreciéndose de aire, que San Agustín 
llamó á este pobre de espíritu (Math., 3; Au- 
gust., in Math.), y Dios le va cebando y lle- 
nando de sí: al descrecer mío, si soy ese, cre- 
cen los dones de Dios, y así estoy siempre 
lleno y siempre vacío, desocupado de mí mis- 
mo y ocupado de Dios; y dando siempre Él y 
recibiendo yo, ni á su dar se halla fin, ni á mi 
recebir tampoco. Y como de mi parte no hay 
obstáculo ni estorbo á los dones de Dios, ni 
á sus divinas operaciones, facilísimamente es 
llevada el alma por este camino á la cumbre 
de la perfección. De aquí nace que, siendo el 
alma instrumento vivo de Dios en todas las 
cosas que su Majestad quiere hacer della, ó 
permite que se hagan, ora sean prósperas, 

O La edición citada lee: que te ocupas en alcan- 
zar toda... Yo leería con preferencia: ocupaste el al- 
cázar de toda erudición. 

('O La edición 1885, compite. 



70 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO Ilt 



ora adversas, más parece que se ha pasiva que 
activamente: tan rendida y tan resignada está 
á su divino beneplácito y tan sin querer pro- 
pio. Lo cual pertenece á los hijos de Dios, que, 
como dijo el Apóstol, son llevados de su espí- 
ritu, sin hallarse en ellos otra cosa que obe- 
diencia á su impulso y movimiento divino. Re- 
ciben estos tales de la mano de Dios todas las 
cosas desnudamente y de todas se hallan in- 
dignos. Reciben la enfermedad con hacimiento 
de gracias para su provecho: alégranse con la 
salud por ser de su mano para emplealla en 
su servicio, como lo hacía el santo Profeta 
(Psal. 58), que su fortaleza guardaba para 
Dios. Si son menospreciados, juzgan de sí que 
son dignos de más deshonra; si les hacen hon- 
ra, dicen que no la merecen; y cuanto ella es 
mayor, tanto ellos se humillan y aniquilan más, 
como hombres que saben su poquedad y 
nada. Confiesan que pecando desmerecieron 
los dones de Dios, y cuando los reciben, no 
sólo no se ensoberbecen, pero nunca acaban 
de admirarse de la largueza divina, que, sien- 
do ellos tan ingratos, les haga tantas mer- 
cedes. 

§ X 

Discípulo.— A\ fin habemos de confesar to- 
dos que el principio de la verdad es la dis- 
ciplina y conocimiento de sí mismo. 

Maestro.— Asi es, y añado yo que en toda 

tribulación y angustia la mejor 

En loria tribu- y ^¿g eficaz medicina es ne- 

lacioii, la mas 

eficaz medid- garse el hombre á sí mismo, re- 
na es negarse nunciarse y Contradecirse. Si 

el hombre a si , ^ , . 

mismo. alguno, pues, te tuviere en 

poco, entiende que hace lo que 
tú estabas obligado á hacer; y así no es es- 
torbo ese para tu pretensión, sino muy grande 
ayuda, porque te apareja el camino para la 
perfección y salud eterna. Ten por cierto que 
si te sabes aprovechar de las correcciones 
afrentas y menosprecios, que ninguna cosa te 
puede suceder mejor que ser corregido, des- 
preciado y tenido en poco. Todas las veces 
que te conocieres de corazón y confesares 
con la boca por pecador vilísimo y merecedor 
del infierno, echas, sin duda, el fundamento 
verdaderísimo de la justicia, y concuerdas en 
esto con Dios, el cual te librará luego de toda 
confusión. Mas siempre que te soñares justo 
ó pensares que eres algo, eres ciertamente 
mentiroso, y serás condenado del justísimo 



Vengador de la justicia. En muchas cosas se 
ha de mortificar la naturaleza primero que 
adquieras tal hábito de humildad en tu cora- 
zón, que sin trabajo seas llevado de tu vo- 
luntad á las cosas viles y despreciadas y á 
que la honra te sea tormento y la confusión 
consuelo. Este, hijo Deseoso, es el camino 
para el Reino de Dios, y la puerta oriental: 
estrecha es, yo lo confieso, y estrecha le pa- 
reció al que la abrió, y harto se estrecharon 
los santos para entrar en ella; pero el Reino 
adonde por ella se entra es de tanta codicia, 
que cuando por la divina misericordia hubie- 
res llegado á ver sus riquezas, tus trabajos 
todos no te parecerán de una hora. Nunca 
mucho costó poco, aunque poco es todo lo 
que por el todo se da. Muchas otras cosas te 
pudiera decir de la humildad, pero las dichas 
bastan, que son las mejores, si hay ejercicio 
y perseverancia. Dios nos la dé. Amén. 

D.— Bien podrías, si no estás cansado, pues 
la tarde es á propósito y estamos tan solos y 
hay tiempo harto, abrirme la puerta del Po- 
niente, que siento yo en mí que es muy seme- 
jante á la del Oriente y que es muy agradable 
cosa entrar por ella. 

Ai.— La caridad abrió esa puerta, mas la 
humildad la labró, y podré yo asegurarte que 
es la más segura y cierta entrada para Dios 
de cuantas se han podido intentar; pero hoy 
no hablaré palabra de ella, porque quiero 
primero ver muchas cosas que requieren tiem- 
po y consideración profunda, acompañada de 
humildad y devoción. 

D. -Sea como mandares, maestro, que ya 
yo no tengo voluntad, que toda está resig- 
nada en la tuya. 

M.— Pues tratemos por eso que has dicho 
, , „ . de la resignación ó abnegación 

Puerta del Reí- . ,, 

mdeüiot,ab- della, que es la puerta del Me- 
negación de tí diodía, y es hecha por el mode- 
lo de la pasada y se parecen 
de manera que las juzgarás por una. 
D.— Tanto habrá menos que trabajar. 
Ai.— No es pequeño trabajo negarse el hom- 
bre á sí mismo, sino el mayor de los trabajos 
(Math., 16; Luc, 9). Así lo confiesa San Grego- 
rio, que pareciéndole poco dejar todas las co- 
sas por seguirá Cristo, dijo que el punto cru- 
do era dejarse á sí mismo, y es el primer ca- 
non de la vida perfecta. En la oración del Pa- 
ternóster he yo advertido que, pidiendo el Rei- 
no de Dios, se sigue luego el negamiento de la 



PUERTA SEGUNDA, ABNEGACIÓN DE LA VOLUNTAD 



71 



propia voluntad y resignación en la de Dios: 
Advcniat Rcgiuim tuuni,fiat voluntas tua siciit 
in coelo et in térra (Math., 6). 

D.— Pues ¿qué hay de consideración en eso? 

M.— Bastaba para ser de mucha haberlo 
así ordenado Cristo. Pero la que yo he tenido 
sobre ello es que es imposible hallar lugar 
en nosotros el Reino de Dios, que consta de 
justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, si no 
se renuncia la propia voluntad (Rom., 14). Y 
¿qué piensas tú que sería la 

La tierra seria ,. .... . , 

rielo si no hu- tierra si se hiciese siempre la 
biesc propia divina como en esta oración lo 
voluntad. pedimos? Por cierto, cielo, y el 
alma que la hace lo es de la sabiduría de 
Dios; y aquí pide confiadamente el sustento y 
regalo espiritual, diciendo: Panem nostrum 
supersubstantialem da nobis hodie, que es el 
manjar de que se sustentan las almas tan 
queridas de Dios. Aquí está la remisión cum- 
plida de todos los pecados, como se sigue 
tras del pan de cada día, y la evasión y libe- 
ración de las tentaciones y lazos del demonio, 
los cuales ningún lugar tienen en el alma que 
está hecha cielo y Reino de Dios. Por lo cual 
te ruego con el encarecimiento que pide la 
gravedad de la materia que con todo cuidado 
atiendas al beneplácito divino en todas las 
cosas que hubieres de hacer ó no hacer; de 
manera que con perfección hagas lo que Dios 
te mandare y entendieres que le es agrada- 
ble, y dejes lo que no fuere tal; y allí has de 
acudir adonde sintieres que más frecuente- 
mente eres llamado de su Majestad, dejando 
por Él lo que fuere ó de inclinación ó volun- 
tad tuya. Di siempre con el Apóstol (Act., 9): 
¿Qué mandáis. Señor, que haga? Fija toda tu 
confianza en Cristo, y á ningnno fuera de Él 
desees agradar, ni te desconsueles sino por 
aquello que entendieres que le desagrada 
áÉl. 

§ XI 

Deprende á sacar de todo lo que vieres ó 
oyeres ó supieres gloria y alabanzas para tu 
Señor Dios, y de todas las cosas escoge la 
mejor y de más edificación para tu alma, por- 
que de todas hay mucho que poder sacar. Y 
en esta manera de vida está la 
En qué consiste q^g Haman iluminativa, que ha- 

lavida iliimi- , , , , , ■ j 

nativa. ce a los hombres sabios de sa- 

biduría verdadera; porque en 
la hierbecita y en el pajarito, en la hormiga y 



en el elefante, y, finalmente, en todas las cria- 
turas contemplan á Dios por esencia y poten- 
cia, como Criador y Conservador común de 
todas ellas. Es un bien sobreesencial, más 
íntimo á mí mismo que yo, y más vecino á 
toda criatura que ella á sí misma; y si, como 
te digo, le considerases atentamente en to- 
das, ora te fuesen gratas, ora molestas, nunca 
perderías la paz de tu alma; porque ni el fue- 
go te quemaría, ni el mosquito te haría gue- 
rra, ni el otro enemigo te per=;eguiría si Dios 
un punto dellos se ausentase. Pues ¿por qué 
no respetaré yo y reverenciaré 
Consideración g^i todas las cosas, de gusto ó 

para no sen- ,. , , , . • - j 

lirias moles- disgusto, de molestia O des- 
íiasyconser- contcnto, el poder, la sabidu- 

var paz en el , , • j r-v- 

alma. '"'^ y '^ esencia de Dios, que 

reconozco en ellas? Muy bien 
dijo San Gregorio que la consideración de la 
equidad del que nos hiere mitiga la fuerza 
del dolor que nos causa. El perro, al cual 
falta este conocimiento, deja de seguir al que 
le tiró la piedra, y muerde della con daño de 
sus dientes, y yo me enojo con mi enemigo, 
y me enfado con la adversidad, porque no re- 
curro á la causa super;or que para bien mío 
ordena ó permite lo uno y lo otro y sin cuya 
voluntad ó permisión no se menea la hoja en 
el árbol (Luc, 12; Math., 10), ni de dos parda- 
lejos que siguen una vereda el uno cae en el 
lazo que le estaba armado, quedando el otro 
libre. Esta es una divinísima consideración, 
poderosa para pacificar el alma de manera 
que nada la perturbe ni haga perder su quie- 
tud y paz interior. 

D/sc/p«/o.— Claro está, que si ni en los bie- 
nes, ni en los males reparo en las criaturas 
por medio de las cuales me vienen, sino en 
Dios que con admirable providencia dispone 
y ordena todas las cosas, ni recibiendo mer- 
cedes estaré grato á alguna dellas como á 
causa principal, ni tampoco en los agravios me 
quejaré de ninguna por la misma razón; y así 
puestos los ojos en Dios por lo uno y por 
lo otro le daré gracias, pues que sé cierto que 
nada dispuso para dañarme y que todo lo or- 
dena para mi provecho. 

Maes/AO.— Haz eso y vivirás. 

/;.— ¿De manera que ninguna criatura pue- 
de como principal, ni dañarme ni aprove- 
charme? 

M.— No, porque lo que es en pro del hom- 
bre de parte de Dios principalmente le vie- 



72 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIALOGO III 



ne, y lo que es en su daño de la suya. Y 

asi notó divinamente Crisósto- 

Niidi,: me ¡Hiede jjjq gj^ aoucl Quinto tomo ver- 

úahar niiouo. . , , , 

daderamente dorado que pre- 
dicó en Antioquía, que ninguno recibe daño 
sino de sí mismo; de donde se sigue que las 
ganancias todas están á cuenta de Dios, y las 
pérdidas á la nuestra; y siempre ganaríamos 
si tuviésemos recurso y pusiésemos los ojos 
tan solamente en la causa superior, que es 
Dios, el cual toca los fines de todas las cosas 
fuertemente (Sap., 8); empero dispónelas con 
suavidad. De uno de aquellos padres del yer- 
mo (Blosio) me acuerdo haber oído decir á mi 
maestro que, codicioso de saber á qué grado 
de perfección había llegado en muchos años 
que tenía de soledad, y qué hombre habría 
que le pareciese en el aprovechamiento espi- 
ritual, oyó una voz que le dijo: Sal de tu cel- 
da y mira bien la persona qne primero te ocu- 
rriere, que ese corre parejas contigo en la 
virtud. Salió el solitario al camino, y levan- 
tándose una gran tempestad de aires, agua y 
granizo, arrimóse á un árbol, y estando allí 
pasó un mozuelo desarrapado, cuyo oficio era 
vender melcochas, y venía tan contento y lleno 
de alegría, aunque el día era tan trabajoso, 
que puso en admiración al solitario, y pre- 
guntóle, ¿qué cómo venía así alegre en tiem- 
po tan riguroso? A lo cual respondió el mel- 
cocheruelo que no tenía razón para hacer 
otra cosa, porque nuestro Señor hacía su san- 
ta voluntad, lo cual él tan solamente buscaba 
en todas las cosas. Y añadió que con ningún 
suceso se turbaba ni entristecía. Si llueve, 
dice, huélgome; si hace sol, también; si me 
vienen adversidades, no quepo de gozo, y si 
corre bonanza, doy gracias á mi Señor, por- 
que conozco que se hace en todo su volun- 
tad. Quedó con esto el solita- 
ción enjute "O confuso de verse compara- 
en ajutiarnf.s do á un hombrecillo de tan poca 
ai querer de ^ug^ta, y cayó en ella de que 
la perfección ni está en mucho 
ayunar, ni en abrirse las carnes con azotes, ni 
en altas contemplaciones, sino en ajustarse 
el alma con la voluntad de su Señor Dios, sin 
cuidado de otra cosa criada, y cuando ésta se 
hiciere, estar muy contento; y cierto aprove- 
cha mucho para la perfecta abnegación suje- 
tarse el hombre á Dios y á los hombres por su 
amor con alegre corazón, y esto en todas las 
cosas sin diferencia cuando manifiestamente 



no contradicen á la divina ley y á la profesión 
que tiene hecha; porque con esto la naturale- 
za profundamente se deprime y humilla, y el 
espíritu altísimamente es elevado sobre sí. 

§ XIII 

Al fin habemos de confesar que toda nues- 
tra salud y remedio estuvo en aquella resigna- 
ción que Cristo hizo de su voluntad en la del 
Padre, cuando cercano á la muerte dijo: No mi 
voluntad, sino la vuestra se haga (Math., 26; 
Luc, 22). Y es una oración ésta admirable y 
que dicha con devoción y espíritu penetra los 
cielos y negocia con Dios grandes bienes y 
riquezas para el alma. 

Discípulo.— No sé ya que responder, por- 
que me has tomado de manera los puertos 
para toda réplica, que tengo por cierto que la 
suma de \a. perfección y el camino para ella, y 
el fin y remate de todos los ejercicios, está en 
desterrar el hombre su voluntad y abrazar la 
de Dios en todas las cosas, ora parezca que 
son en mi daño, ora en mi provecho. 

Maestro.—Bien dices, y añade que un hom- 
bre entregado á su voluntad 
^'í/írír. vive ajeno de todo bien y ni tie- 

es señal de nc coniunícacíón con Dios ni 

propia voiun- Santos. Argumento es 

muy claro de propia voluntad 
andar mudando pareceres, y agradarse y des- 
agradarse de las cosas por momentos. 

D.— ¿Puede haber paz en el alma donde 
hay propia voluntad? 

Ai. — No por cierto, ni vaso para la gra- 
cia; porque la propia voluntad es hija legí- 
tima de la soberbia (lacob, 1), á quien Dios 
está derechamente opuesto. El que á sí mismo 
se supo hacer guerra, no tema ser guerreado 
de nadie; y el que se dejó á sí, juntamente 
dejó todas las cosas y gozará de perfecta li- 
bertad de hijo de Dios. Si, que los demonios, 
enemigos nuestros perpetuos, y el mundo 
con ellos, los ejércitos con que nos acometen 
y hacen sangrienta guerra, no son otros que 
nosotros mismos, según que lo dijo con gran- 
de propiedad Santiago en su Canónica (lacob, 
4). ¿De dónde, dice él, nacen las guerras y 
contiendas en vosotros? ¿Por ventura no na- 
cen de las concupiscencias vuestras, que pe- 
lean en vuestros miembros? Y así es que 
cualquiera que asestó contra sí toda su arti- 
llería y se venció, venció sin duda todos sus 



PUERTA SEGUNDA, ABNEGACIÓN DE LA VOLUNTAD 



73 



enemigos. ¿De dónde te parece á ti que nació j 
en los santos el aborrecer tanto sus cuerpos, 
y el tratallos tan mal, y el gozarse en las tri- 
bulaciones y persecuciones? 

D.— De que les reveló ó enseñó Dios que 
por este camino caía por tierra el mayor ene- 
migo que tenían, que es la propiedad nuestra, 
y comenzaban á ser despojados de aquello 
que antes tenían por hacienda suya particular. 
M. — Por cierto que me he consolado de 
üirte responder tan á propósito. Alúmbrete 
el cielo para que en el afecto aproveches, 
como en el entendimiento te conozco apro- 
vechado. Con toda verdad te 
^" r.Xa t sé.decir que nunca gocé de mi 
luntiid hasta propia voluntad hasta que por 
que por Dios Qj^g |^ ncgué, porquc en Él se 

la negamos. o / r- t 

cobra mejorado lo que por El 
se pierde ó renuncia. Y el que dejase un rei- 
no entero, y lo que más es, todo el mundo, si 
se poseyese á sí con desordenado amor, haga 
cuenta que no dejó nada. Pero el que á sí mis- 
mo se dejó, ni las riquezas que posee, ni las 
honras que le ofrecen, ni los amigos y fami- 
liares le pueden ser de algún impedimento, 
porque tiene el ánimo libre y el corazón exen- 
to y desasido de todas las cosas, y está apa- 
rejado para renunciarlas todas cuando enten- 
diese ser esa la voluntad de Dios. 

O. — ¿Cuándo podré yo entender que per- 
fectamente me he negado? 

M. — Sí por alguna confusión personal ó 
pérdida temporal ó por algún 

Cómo se enten- ^, . .. , , 

derá que nos otro suceso que a ti solo toque 
habernos ne- te entristecieses más y tuvie- 
"" °' ses mayor sentimiento que si 

sucediera á otro cualquiera del mundo, ten 
por cierto que vive en ti el amor propio y 
que no está del todo muerta tu voluntad, ni 
has alcanzado la verdadera abnegación de ti 
mismo. Porque quien siente demasiado las 
pérdidas temporales, con el hecho confiesa 
haber injustamente poseído los bienes que 
lo son, usurpando para sí como suyo lo que 
era de solo Dios. Y el que siendo despre- 
ciado y ofendido de otro se altera y encoleri- 
za más de lo justo, declara muy al descubier- 
to: lo primero, ser dignísimo de toda confu- 
sión, pues que la honra debida á solo Dios 
trabaja de adjudicarla á sí mismo; y lo segun- 
do, que el amor de las criaturas no está per- 
fectamente muerto en él. Vela, pues, hijo mío, 
sobre ti, y está advertido que donde quiera 



que te hallares has de huir de ti, por la ver- 
dadera abnegación. Porque sin ninguna duda 
este yo que pretende hallarse conmigo en lo 
que de virtud hago es el que destruye y vicia 
cuanto hago; y así sería gran negocio y impor- 
taría mucho si yo fuese sin mí á la iglesia, á 
la oración, al ayuno, á la limosna y á las de- 
más obras de rehgión; porque entonces le son 
gratísimas á Dios cuando yo falto de mí en 
ellas y Él se halla todo ellas; y entonces en- 
tra Él con sus dones y gracias en mí cuan- 
do yo salgo de mí y saco conmigo todas las 
criaturas, á las cuales y á mí tengo de morir 
para que Dios pueda tener vida y regalo en 
mí; y estando yo lleno de mí 

Cuanto 1)0 estoy /, , , . ^ 

mas lejos de Y del amor de las criaturas, 
mi, está Dios ningún lugar le queda á Dios 

más en mi. j x j 

para morar dentro de mi; y 
está tan lejos de mí cuanto yo lo estoy desta 
muerte y abnegación de mí y de todo lo que 
no es Él; y tanto más de devoción y de favor 
divino hay en el hombre cuanto es mayor la 
mortificación y negamiento propio, y tanto 
más llegado se halla á Dios cuanto más se 
aleja de si y del amor de los vicios. Por tanto, 
no te canses en este ejercicio, ni te espanten 
los trabajos del: rompe por todos, y si deseas 
hallar el todo en todas las cosas, déjalas to- 
das por el todo. Hallarás á lo menos verda- 
dera tranquilidad y paz de corazón, la cual 
nadie fácilmente te perturbará, porque está 
fundada en Dios, en quien ni se halla ni hay 
mudanza. 

§ XIV 

¡Oh si desasidos de nosotros mismos y re- 
signados en Dios, sin temor alguno, esperáse- 
mos los sucesos todos, como quiera que fue- 
sen! Gustaríamos cierto cuan suave es el Se- 
ñor. Mas ay de nosotros, que apenas se halla 
hoy en el mundo quien de veras esté resig- 
nado y mortificado y sujeto á la divina volun- 
tad, porque aquel fervor y deseo de Dios 
que se hallaba en los santos, ya en nosotros 
está resfriado, y el color subido de aquel oro 
finísimo que dice Jeremías (Tren., 4), ya se 
mudó en color de cobre; y los hijos ínclitos 
de Sión, que vestían de finísimas telas, son 
ya vasos de barro, obras de las manos del 
ollero. Ya no hay quien sufra por Dios un 
papirote, ni quien esté tan dejado que no le 
quede más que dejar. Pues entiende y ten 
por certísimo que una Ave María sola, dicha 



74 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIALOGO IV 



con verdadera abnegación de ti mismo para 
gloria de Dios, le es más acepta á su Majes- 
tad que si lleno de ti y fiado de ti, como el 
Fariseo, y con propia voluntad, rezases pros- 
trado en tierra todo el Psalterio de David. 
Advierte empero, hijo Deseoso, que si traba- 
jando en esta abnegación, y habiendo alcan- 
zado mucha parte della, acaso, ó por descui- 
do, ó por no apercibido, se te fué alguna pa- 
labra áspera y de ira, ó faltaste en algo de lo 
que hace á esta divina Filosofía, que no hay 
porqué desmayar ni perder el ánimo; porque 
de ordinario suele nuestro Señor permitir esas 
caídas para que por este camino conozca el 
hombre su flaqueza y lo poco que tiene que 
fiar de si mismo, y así salga de la tentación y 
caída aprovechado. Cuando el demonio te in- 
citare á altivez de corazón, én- 

Cuanilo nos ten- . , , i . • . 

tarede altivez trate luego en el abismo de 
el demonio, tu víleza y en la nada de tus 
,qué remedio' n^grecimientos, para que así 
se abajen los humos de tu arrogancia y pre- 
sunción vana, y quedes humillado dentro de 
ti; y no quieras hacer ostentación de tu pa- 
ciencia delante de los hombres, que allá de 
dentro podría ser que padecieses inquietud 
y levantamiento de corazón. Por experiencia 
he hallado que algunas veces 
Cautela en las ge debe comer aunque nos de- 

obras exterio- ... , , , 

j.gg leite y sea de regalo el ayuno, 

y dormir cuando nos convidan 
á vigilias; porque estas cosas nos abren ca- 
mino para la dicha consideración de nuestra 
vileza, y es un artificioso engaño con que 
nuestro adversario queda burlado y nosotros 
humillados, y aun apocados en los ojos de los 
que han concebido altamente de nuestra san- 
tidad. El hombre verdaderamente resignado 
y que de todo en todo se dejó á sí, y á todas 
las cosas por Dios, de tal manera está fun- 
dado en Él y así le tiene amparado y guarne- 
cido su verdad, que si alguna criatura qui- 
siese tocarle, había de tocar primero y lasti- 
mar el corazón de Dios, donde está encerrado. 
Al fin, concluyamos con una palabra lo mucho 
que desta materia hay que decir, y sea: Que 
este negamiento propio y desamparo de ti 
mismo es el camino real para Dios y la senda 
derecha, aunque dificultosa, para la cumbre de 
la perfección evangélica. Y con esto me des- 
pido por hoy de ti; y si bastase para que tú 
te despidieses de ti y yo de mí, rica suerte 
habría sido la mía. 



D/sdpu/o.— Dios nos la conceda y te pague 
con aventajados premios tan soberana doctri- 
na como me has dado este día. 

Maesí/o.— Mañana, si pudiere librarme de 
cierta ocupación que espero, trataremos de la 
tercera y cuarta puertas: de la del Norte pri- 
mero, y en el fin de la del Poniente. Ruega 
por mí al Señor (porque temo mucho la dificul- 
tad de la materia) que me dé su luz para que 
hable y sienta como su Majestad quiere y tú 
has menester. A Dios. 

D.— Él vaya contigo. Amén. 

DIÁLOGO CUARTO 

De la tercera puerta por donde se entra al 
Reino de Dios, que es la tribulación, 

§1 

Moesíro.— Seas bien venido, fray Deseoso; 
¿qué semblante es ese tan melancólico y 
triste? 

Discípulo. — Nunca faltan ocasiones para 
tristeza á los que son tan flacos é imperfectos 
como yo. 

M.— Si frecuentemente ocupase tu memo- 
ria la pasión de Cristo, ninguna 
La memoria de ^osa sc te ofrecería tan dura 

la pasión de , ,, i 

Cristo sana Que uo la llcvases con mucha 
detodaamar- igualdad de corazón: porque, 
gura y des- ^y ^^^ Jerónimo, sana 

consuelo. ' •' 

todas las amarguras del ánima 
la recordación dulce del que se puso en la 
cruz por ella. Y San Agustín dice qne, aunque 
más nos aprieten las aflicciones de la vida 
presente, nos parecerá que sufrimos y pade- 
cemos poco si traemos á la memoria cuánto 
bebió dellas sobre la cruz el que desde allí 
nos convida y llama para su Reino. 

D.— Lo que más me afligió y quitó el sueño, 
y aun el sosiego y paz del corazón, fué una 
consideración que tuve de los trabajos que 
padecen los justos y amigos de Dios; porque 
no acababa de entender que lo fuesen suyos 
verdaderamente y que los afligiese, unas ve- 
ces por sí, otras por los hombres; y lo que 
más admiración me pone por los mismos de- 
monios, como sabemos de Job y de San 
Pablo. 

Ai.— Bien se me representó, luego que te vi 
triste, que te había cargado el humor melan- 
cólico. Ese error tuvieron los amigos de Job, 



PUERTA TERCERA, TRIBULACIÓN CON PACIENCIA 



75 



y ese es el argumento de todo aquel famoso 
libro de cuarenta y dos capítulos, adonde el 
varón santo trata de persuadir á sus amigos 
que no le castigaba Dios por sus pecados, y 
ellos, por el contrario, que solos esos des- 
piertan el furor divino y ponen á Dios en la 
mano el azote contra nosotros. Y al fin queda 
canonizada la persona de Job por el mismo 
Dios, que le alabó y dio por justo, y su doc- 
trina aprobada como tan católica. Y sería 
Los trabajos de ^^^a temeraria decir que todos 
los justos no los santos padecieron por sus 
son siempre pecados; lo cual prueba la res- 

por pecados 

que en ellos pucsta de Cristo á sus ApÓS- 

iiayan i^rece- toles (loan., 9), cuando le pre- 
guntaron á la puerta del tem- 
plo si estar ciego aquel pobre que allí curó 
fué culpa de sus padres ó suya; que al fin dijo 
que ni ellos ni él habían pecado. Y no quiso 
decir que estaba sin culpa ó que nunca peca- 
ron, que todos somos pecadores, y si dijére- 
mos que no tenemos pecados nos engañamos 
y hacemos á Dios mentiroso, que afirma lo 
contrario (1 loan., 1); lo que dice es que no 
tuvo ojo á los pecados del mancebo y de sus 
padres para cegarlo, sino á la gloria que á 
Cristo se le debía seguir curándole. 

D.— ¿Luego gloria de Dios es que yo sufra 
y padezca trabajos de cualquiera manera que 
vengan? 

M.—Y prueba grande de la amistad que le 
tienes ('). Eso dijo Bernardo: Manifestóte Dios 
á ti su amor y benevolencia padeciendo; ra- 
zón será que experimente la tuya en el sufri- 
miento y tolerancia de los males que te ofre- 
ce. No le vencieron á Él tus pecados: no te 
venzan á ti sus azotes. ¿Sufrióte Él tanto tiem- 
po? Súfrele tú por el poco que dura la tri- 
bulación. Acuérdate que está escrito (Eccles., 
6): Si posees amigo, en la tentación le posee; 
porque en todo tiempo ama el que de ver- 
dad lo es. A Tobías le dijo el Ángel (Tob., 12): 
Porque eras acepto á Dios fué necesario que 
la tentación te probase y conociesen los hom- 
bres esta aceptación por medio de tu pacien- 
cia, que, como advirtió Santiago (lacob., 1), 
tiene obra perfecta. Así tentó la obediencia 
de Abraham (Gen., 22) con el riguroso pre- 
cepto de sacrificarle su hijo. Así la de Job 

(•) La edición de 1885 lee te tiene; pero por la au- 
toridad de San Bernardo se ve que debe conservarse 
la lección de las antiguas. 



(lob, 1), entregándole al demonio para que le 
asentase la mano. Y desta manera de tenta- 
ciones dijo Judit (ludic, 8): Debéis acordaros 
cómo nuestro padre Abraham fué tentado y 
por muchas tribulaciones probado alcanzó la 
amistad de Dios. Eso mismo podéis conside- 
rar de Isaac, Jacob, David y Moisén, y de to- 
dos los que fueron gratos á su Majestad, los 
cuales pasaron por el crisol de las tribulacio- 
nes. Séneca dice que la adversidad no es mal 
que daña al varón bueno, sino ejercicio de 
virtud y la que nos retrae de todo mal. 

§ n 

Solino, entre las grandes maravillas del 
mundo cuenta por muy nota- 
mas lasad- ^le esta: Que apenas se puede 
versidades dar un hombre, que no sean 
Tcridad!r' "^ás í^s adversidades y traba- 
jos que sufre que las prosperi- 
dades que recibe. Y pone ejemplo en Julio Cé- 
sar, de quien se lee que fué tan dichoso que 
nunca deseó cosa en su vida que no la gozase 
á su voluntad, y con todo' se hallan tantas in- 
comodidades y desastres en el discurso della, 
que sin mucha dificultad no se podrá hacer 
juicio cierto si tuvo más de miseria que de fe- 
licidad. Pues ¿qué mucho que por Cristo se 
le mande sufrir mucho al cristiano, siendo el 
premio que se le promete tan aventajado, y 
teniendo á Dios en el trabajo el primero, y 
oyendo de su boca: El que quisiere venir en 
pos de mí, niegúese á sí mismo y tome su cruz 
y sígame? San Basilio dice que no se debe 
tener por muy amigo de Cristo el que sólo 
padeció trabajos alegremente por Cristo, sino 
el que para gloria suya apeteció y deseó su- 
frir muerte cruel y afrentosa con todo su afec- 
to y voluntad. Alejandro de Ales dice que, en 
el estado en que ahora está la humana natu- 
raleza, conviene á saber, de caídas y de cul- 
pas, mucho mas aprovecha por las adversida- 
des que por las prosperidades. Y San Agus- 
tín afirma que es mucho mejor que nos duela 
el azote que no que el pecado nos deleite. Y 
en otra parte: En la hornaza ó crisol la paja 
arde, mas el oro se apura: aquélla se vuelve 
en ceniza, y éste queda sin escoria limpio. El 
mundo es hornaza: los malos, paja; los justos, 
oro; el fuego, la tribulación; el artífice. Dios; 
lo que el artífice quiere, eso hago yo; adonde 
me pone, allí estoy y sufro con paciencia. A 



76 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IV 



mi cuenta está el sufrir, y á la del artífice pu- 
rificarme. Si la paja ardiere para quemarme, 
ella recibe el daño y yo el provecho, porque 
ella se consume y yo quedo apurado y sin 
escoria. Al fin, lo que es el trillo al grano, la 
hornaza al oro y la lima al hierro, eso es la 
tribulación al justo. Esta despierta al perezo- 
so y lerdo en la virtud, humilla al soberbio, 
purga al penitente y corona al inocente. Yo 
digo que azota Dios á sus amigos muchas ve- 
ces, porque su azote maravillosamente au- 
menta en ellos la gracia, las virtudes, los mé- 
ritos y los premios. Es la tribulación ama que 
cría la humildad, maestra de la penitencid, 
granjeadora de la felicidad eterna; es la que 
quita la escoria de los pecados, la que da 
abundancia y plenitud de gracias y el creci- 
miento de todas las virtudes; es la que en- 
gorda el alma y la fertiliza como el rocío de la 
mañana á las rosas y azucenas. Por tanto, hijo 
Deseoso, entiende que es don escogido de 
Dios, vara amorosa, castigo paternal que co- 
munica sabiduría, que nos hace circunspec- 
tos y nos acarrea grandes experiencias. Pero 
advierte, como dice Orígenes, que el sufri- 
miento de todos los males carece de celestial 
premio si le falta la perfecta paciencia. Por 
„, . lo cual se escribe (Luc, 21): En 

A o hay premio , . . ' 

para los tra- vuestra paciencia poseeréis 
bajos SI no hay vucstras almas; porque de allí 

pacjencia en ^^ ^^^^ ^^^^^^ ^j ^^^^^^ ^^^_ 

tra todas las adversidades, de 
donde venciéndose á sí mismo se hace señor 
dellas. Y no sé qué más te diga para conso- 
larte, si no es lo que San Pablo (Hebr., 12): 
Azota el Señor á todo hijo que recibe en su 
casa y servicio. Apercíbete, pues, según esto, 
para ser azotado con Cristo, ó no trates de 
ser recebido en su casa, porque si fueres ex- 
cluido de los azotes, también lo serás del nú- 
mero de sus hijos. Azotó al suyo, único y 
querido, que no merecía azotes, y para que 
los pudiese sufrir le vistió de carne, ¿ha de 
quedarse sin ellos el adoptivo? 

§111 

Muy bien dice Gregorio que no sabe qué 
no deba padecer y sufrir por Dios el hombre, 
habiendo sufrido y padecido Dios tanto por 
él. No despidas de ti el azote, si no quieres 
ser privado de la herencia de tu Padre; ni mi- 
res la pena que es ser azotado, sino el lugar 



que tienes en el testamento de tu Dios. San 
Pedro Crisólogo dice: Cuando el hombre obra 
bienes y sufre males, confíe que sin duda será 
contado entre los hijos del Señor, porque no 
puede ser que participe de sus pasiones y 
que sea excluido de su gloria. 

Discípulo. — Yo me doy por consolado y 
desengañado con lo hasta agora dicho, y así 
podrás estar á lo prometido y tratar como sue- 
les magistralmente desta tercera entrada del 
Reino de Dios, que se labra á puros golpes, 
como nos lo canta la Iglesia en el himno de la 
Dedicación del templo. 

Maestro.— Tres maneras de cruces suele 
Dios poner sobre los hombros 

Tres diferencias ^jg gyg eSCOgídoS. Una en los 
cíe crucen en 

personas cspi- priucípios de SUS conversíones. 
rituales. Cruz Qtra cuando van aprovechan- 
de «/■¿/ieí»¿a/i- j 1/ , .,1- I • íi -j 
fgg' do. Y la ultmia en lo mas florido 

de la vida espiritual. Comenza- 
rás á servir á Dios y ocurrirte ha luego en el 
principio una más que civil batalla contra tus 
malos afectos y acostumbrados deleites y co- 
dicias, á que natural ó viciosamente eres in- 
clinado, los cuales todos has de mortificar y 
desamparar para que te sea de provecho el 
ejercicio de la oración y salgas con lo que 
deseas y pretendes, que es perfección de 
vida. Esto bien se deja entender que ha de 
ser molesto y grave y dificultoso; especial- 
mente que es lance forzoso haberte de ser 
amargas y desabridas todas aquellas cosas 
que te fueron de gusto y deleite antes de tu 
conversión (Deui, 25). Y el aborrecimiento al 
pecado ha de ser medido al contento con que 
se cometió, lo cual trae anejo á sí mucho tra- 
bajo y es cruz pesada y enfadosa, como lar- 
gamente queda probado en el segundo destos 
Diálogos. La segunda cruz en- 
vía Dios de su mano y corre 
con ella todos los citados; porque nadie en el 
muifdo, aunque muy amigo, deja de ser pro- 
bado y tentado con adversidades, dolores y 
angustias de cuerpo ó |de alma. Y si se su- 
fre todo con igualdad de corazón y se recibe 
con aquellas entrañas con que el misericor- 
dioso Señor lo envía, sin ninguna duda es de 
grande excelencia y de provecho increíble. 
¿Duélete la cabeza? ¿Padeces frío, calor, ham- 
bre ó sed? ¿Dícente malas palabras y dante 
ocasión para entristecerte de muchas mane- 
ras? Ten por cierto que todo eso lo tenia Dios 
previsto ab eterno, y así lo pensó y lo qui- 



Seg linda cruz. 



PUERTA TERCERA, TRIBULACIÓN CON PACIENCIA 



77 



so y tuvo consejo sobre ello: midiólo, contólo 

y pesólo, para que desa manera y no de otra 

Muchas sanias sucediesc. Y ahora te suceda 

tribulaciones mereciéndolo ó estando sin 

de los jmtos, c^lpa, justa Ó injustamente, ó 

y con aiLmi- f ' ■> j » 

rabie provi- por ventura por tu negligencia, 
dencia envía- siempre has de pensar que vie- 

das de Dios. j j i^ • 

ne ordenado por Dios; y su- 
friéndolo con paciencia dale gracias, porque 
quiere que su divino y eterno consejo se cum- 
pla en ti en ese punto. 

D.— Algunas veces, vistas las tribulaciones 
que padecen los justos, pienso que armó Dios 
todas las criaturas y las puso en guerra per- 
petua contra los hombres: los elementos, los 
planetas, las bestias, el granizo, la nieve, ca- 
lor, destemplanzas de aire, pestilencias, mor- 
tandades, guerras, carestía de mantenimien- 
tos y otra infinidad de cosas á este tono. 

M. — Razón tienes, y es muy bueno este pen- 
samiento; porque te doy palabra que ningún 
Apeles puso tanta diligencia en perficionar 
con varios matices y colores un dibujo que 
desease sacar con gran primor, cuanta pone 
Dios en pintar al hombre, que es imagen 
suya, con diversas tribulaciones para que, ali- 
gerada y humillada su ánima, se junte á Él y 
sumamente le agrade. 

D.— Algunos tengo vistos que, no conten- 
tos con la cruz que Dios les en- 

C ruz tomada , „ , 

por propia va- Via, cllos por SU cabeza y pro- 
luntad pesada pja voluntad se procuran otras 

é infructuosa. • . , ^i j i. i. j 

intolerables, no de hombres de 
razón, sino de jumentos que carecen della; 
porque se ejercitan en abstinencias inmode- 
radas, meditaciones importunas, y en otros ri- 
gores y asperezas en daño noiable de la salud, 
con las cuales cosas de tal manera se embe- 
lesan y se pasman, que es necesario esperar- 
les Dios algún tiempo que acaben sus tareas. 
Ai.— El mayor mal de todos (') es, que cuan- 
do quiere su Majestad obrar en ellos, la natu- 
raleza está estragada, caída y sin fuerzas para 
seguirle. Y si acaso les sobrevienen tenta- 
ciones graves, no tienen ánimo ni virtud para 
resistirlas. 

§ IV 

Por lo cual sería buen consejo acudir á la 
mortificación de los malos afectos, más que 
á rigores demasiados con propiedad tomados 

(') La edición de 1885 añade, estos. 



Li ejercicio cor- y sin couscjo; porquc, como 

poral,cnci¡an- ... , . ■ í , ,, ^. .. 

to es de prove- ^ijo el ApostoI (I Tim., 4), el 
chn,yeiiinque ejercicio corporal para poco es 

sej^a de tener ^^^^^ ^^^ j^ p¡g^^^ ^^,g ^^^^ ^^_ 

das las cosas. 
D/sapí//o. Muchas veces he oído alegar 
este dicho de San Pablo, y como no lo en- 
tiendo bien, caúsame alguna manera de tur- 
bación, porque parece condenar las obras pe- 
nales, y aun creo que por la misma razón de 
ignorancia tomaron algunos herejes ocasión 
de destruir la penitencia. Recibiré particular 
regalo en que me digas el verdadero y legí- 
timo sentido de esas palabras, para desenga- 
ño mío y de muchos que podrían reparar en 
ellas como yo. 

Maesíro.— Pláceme de hacer lo que pides, 
que bien sé que hay hartos engañados en este 
particular: unos, que todo su negocio ponen 
en los ejercicios espirituales, sin hacer algún 
caso de los corporales; otros, que de todo en 
todo se ocupan en éstos, olvidados de aqué- 
llos. El santo obispo Timoteo, que es con 

quien aquí habla San Pablo, 
Timoteo, hombre g^^ hombre muy riguroso en 

riguroso en su ■' ° 

persona. SU pcrsona; tanto, que para 

que bebiese un poco de vino 
fué necesario mandárselo su maestro, el cual 
deseando hacerle solícito de las cosas que 
tocan á la piedad (que pocas veces lo son los 
demasiadamente rigurosos consigo; que quien 
á sí mismo no perdona, con dificultad perdo- 
na á sus prójimos y subditos), dice estas pa- 
labras: Ejercítate en la piedad, que, como nota 
la Glosa, en este lugar significa culto de Dios 
y obras re misericordia con los prójimos; y 
dándole la razón deste mandamiento, añade: 
Porque el ejercicio corporal para poco es 
útil, mas la piedad lo es para todas las cosas. 
El ayuno, cilicio, desierto, etc., de su natura- 
leza no son más que obras penales, y lo que 
tienen de bueno es por el fin y por razón del 
estado; que si el hombre no pecara, no eran 
para el dicho fin necesarias. Son medios me- 
dicinales, que nos preservan del pecado des- 
pués del pecado, ó nos ayudan á granjear la 
salud que nos quitó el pecado. Son como el 
ruibarbo, que si estáis bueno no es bueno 
para vos, pero en la enfermedad es bueno y 
necesario para relevaros (') de la cólera que os 
quita ¡a salud. Este es el poquito de bien que 

O La edición citada, libraros. 



78 



CONQUISTA ÜEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IV 



tienen los ejercicios corporales, conviene á 
saber: tener á raya nuestras concupiscencias 
y carnales deseos. Oigamos al mismo Apóstol, 
que hablando de sí dice á los de Corinto 
(I. Cor., 0): Castigo mi cuerpo y téngole sujeto 
como á un esclavo; porque, predicando yo pe- 
nitencia á los otros, no quede yo reprobado. 
Santo Tomás advirtió divinamente (S. Thom., 
in Paul.) que estas penitencias exteriores sir- 
ven más de medicina contra los pecados de la 
carne que no contra los del espíritu; porque 
muchas veces vemos que en estos grandes pe- 
nitentes reina la cólera, la ira, el poco sufri- 
miento y los juicios temerarios contra los que 
llevan vida algo más moderada, aunque más 
espiritual y más agradable á Dios que la suya, 
tan sujeta al viento de la vanidad. Al fin, en 
lo corporal se sufren quiebras, y á tiempos se 
puede interrumpir ó dejar, pero la piedad ha 
de ser continuada, como dijo San Pedro (I Pe- 
trus, 4), porque vale para todas las cosas. 

D.— Grandemente me han satisfecho tus 
razones, y de hoy en adelante sabré pesar las 
cosas y estimarlas en lo que son; y podrás si 
quieres volver á la materia de cruz ó tribula- 
ción que por la mano de Dios nos viene, que 
esa es sin duda la más provechosa y la que 
se puede tomar sin sospecha de que en ella 
peligrará el alma. 

Ai.— Por cierto, si los hombres se dejasen 
crucificar por manos ajenas, su- 

Dejarnos crucí- , . , 

linar por ma- friendo con paciencia y manse- 
nos ajenas, de dunibre cualesquier afrenta y 

cuánto mérito. . , , , , , 

dolores, estando contra si, y 
por la parte del Señor, de quien esto les vie- 
ne, más agradarían á su Majestad y mayor 
servicio le harían que si despedazasen sus 
carnes á puros azotes; y más quiero que en- 
tiendas en aquella palabra de Cristo que dice 
(Math., 16): Tome su cruz, que no te da licen- 
cia para que tú te ordenes y labres por tu 
cabeza la cruz, sino para que tomes la tuya; 
esto es, la que de su mano te viniere. Tam- 
poco dice que tomes su cruz, porque esa 
quiere fuerzas más que de hombres: la tuya 
has de tomar, labrada por Dios como para 
hombre, que no ha menester hombros de gi- 
gante, sino pecho enamorado y aficionado á 

su servicio. Acuérdate que está 

Amores pe,a gscrito (Prov., 16) que no pesa 

rir/orcs. Dios camc, sino espíritu, ni se 

le da nada de rigores, sino de 
amores. Donde hay espíritu hay libertad, como 



y de los muy 
amigos. 



i dijo el Apóstol (II Cor , 3), no de ley, sino de 
' carga y pesadumbre; que ni sentirás el ayuno, 
j ni las vigilias, ni los azotes, ni los demás tra- 
bajos que por su amor tomares ó Él te enviare 
por sí ó por sus criaturas, si tienes espíritu. 
Éste pesa y éste estima, y conforme á éste 
dispone su Majestad la cruz que quiere que 
llevemos, y por él mide en nuestro provecho 
la tentación. La cruz más amarga que todas 
suele dar Dios á sus amigos 

Cruz tercera j^^yy gj^ ggj^^ pg^^ COmO dice 

San Bernardo, cuando habían, 
al parecer humano, de gozar de 
los abrazos del Esposo. Levántanse á veces 
tentaciones tan espantosas y de tanto horror, 
aprietos y obscuridades de entendimiento, 
que el miserable hombre, interiormente apre- 
tado y congojado, casi con desesperación, no 
sabe adonde volver la cabeza, ni espera más 
que la muerte ó una cierta locura. Desto no 
diré aquí más, porque en la segunda parte de 
los Triunfos del amor, tratando del desam- 
paro y calamidad interior, dije cosas muy no- 
tables, que podrás ver con aprovechamiento, 
por ser tan ordinario en las personas espiri- 
tuales este trabajo y tan necesario el conoci- 
miento de su remedio. Sólo quiero que en- 
tiendas al presente que toda 
^í¡maíh-ihu. tribulación, ora la recibas de 
Inda y resíQ- tu voluntad, ora te sobrevenga 
nada cuan ^-^^ g„ g¡ hicieres de la nece- 

acepta . ' 

sidad virtud, quiero decir, si te 
dejares á la voluntad y ordenación de Dios, 
y gustando de tu trabajo, porque Él gusta 
que le padezcas, te ofrecieres así atribulado 
á su Majestad, juntando y uniendo tu cruz 
con la suya para su gloria, ten por cierto que 
le eres más grato en esta ofrenda que en otra 
cualquiera que exteriormente le ofrecieses. 
Porque de más fruto es, y para nuestro espí- 
ritu de más regalo y consuelo, padecer algo 
en la resignación de sí mismo que obrar en 
tal caso grandes cosas; porque allí nuestra 
naturaleza viciosa profundamente es humi- 
llada y acoceada, y nuestro espíritu más alta- 
mente ensalzado. Y si vivieses cien años y 
prostrado por tierra con humildad profundí- 
sima adorases á Dios, no le pagarías la mer- 
ced que te hace cuando te envía de su mano 
alguna pequeña tribulación; y sin ninguna 
duda le quedas tú más obligado porque te la 
envió que Él á ti porque con paciencia la su- 
friste. Y no hay que gastar más tiempo en 



PUERTA TERCERA, TRIBULACIÓN CON PACIENCIA 



79 



esto, pues nos consta que todos los Santos 
y amigos de Dios bebieron deste su cáliz con 
alegría y dieron y dan testimonio que ningún 
veneno ni rejalgar hay en él, sino la salud ver- 
dadera yel regalo del alma. ¿Con qué contento 
derramaron su sangre los mártires? ¿Con qué 
gusto sufrieron injurias, deshonras y afren- 
tas? ¿Con qué rigor trataron sus cuerpos? y 
eran hombres cercados de enfermedades y 
carne como nosotros. 



§ V 

Discípulo.— Harto para sentir y llorar es, 
por cierto, ver lo que los Santos hicieron y 
sufrieron y lo poco ó nada que nosotros ha- 
cemos y sufrimos. No hay quien pueda con 
una palabra tantito (') dura y de disgusto, ni 
quien se esfuerce á padecer aun cosas muy 
pequeñas por Cristo. Debe ir mucha parte 
desto en los ruines sujetos que hay ahora, y 
en los tiempos tan otros de los pasados. Que 
antiguamente con cinco higos ó dátiles se 
sustentaban los siervos de Dios, y con raíces 
de hierbas vivían cien años en los desiertos. 
Agora somos flaquísimos y de cortas vidas, y 
los mantenimientos de muy poco sustento y 
virtud, y al fin el mundo se va llegando á la 
vejez, y le ha de faltar el calor de la viva fe. 
Que aun allá dijo Cristo (Luc, 18): ¿Pensáis 
que cuando venga el Hijo del hombre habrá 
fe sobre la tierra? 

Maestro.— A muchos he oído esa razón tuya, 
y aun leídola en un moderno de no pequeña 
autoridad, y ojalá él no tuviera tanta, que no 
se le diera ningún crédito en el particular; 
pero yo creo que mi razón deshará tu opi- 
nión y la suya. Bien habrás leído lo que el 
Apóstol San Pablo escribe á los hebreos 
(Heb., 13): Acordaos, dice, de vuestros prela- 
dos y padres antiguos, los cuales os predica- 
ron y enseñaron el Evangelio, y mirad el fin 
que tuvo su conversación, cómo conversaron 
y vivieron y cómo acabaron. Y esto ¿para 
qué? para que imitéis su fe; conviene á saber, 
la que tuvieron con Cristo, por quien sufrie- 
ron tantos trabajos y padecieron tantas tri- 
bulaciones y perdieron las vidas. Pregunto 
yo ahora: ¿Sería bueno que tales obras como 
esas las atribuyésemos á la calidad de los su- 



(') La edición citada, algo. 



jetos, ó á la diversidad de los tiempos, ó á la 
mucha ó poca virtud de los manjares? No 
por cierto, porque dice el Señor (loan., 15): 
Sin mí ninguna cosa podéis hacer; conviene 
á saber, meritoria y digna de la vida eterna. 
No se olvidó el Apóstol del fundamento de 
toda buena obra, porque luego que nos mandó 
imitar las de los Santos añadió: lesus Chris- 
tus herí el hodíe, ípse et in soecula; Jesucristo, 
ayer y hoy, y el mismo en los siglos. Quiere 
decir, que por la virtud de Jesucristo y con 
el favor de su gracia hicieron los Santos lo 
que hicieron y hacemos nosotros y han de ha- 
cer los que nos siguieren todo lo que fuere 
digno de Dios. De manera que, según esto, 
es engaño muy grande decir 

EnrjaTwesymuii . 

grande decir Que CU las cosas naturales es- 

que el avenía- tUViCSC el aventajarse los San- 
jarse /oí Sara- i.„ J ' 1 1. 

L pasados á tos pasados a los que ahora 
los de agora vivimos, Ó que falte en Dios, 
fué por la di- q^jg entonces les favorecía, el 

¡ere ncia délos ^ ' 

tiempos, ó su- poder ni el querer para nos- 
jeios, ó man- otros que tuvo para ellos. Ver- 

tentmientos. , , , . , . 

dad es que el mundo esta ya 
en lo último y allegado á la decrépita ('), por- 
que aun en materia de virtud se hallan en él 
cien mil novedades y disparates nunca vistos; 
y en materia de pecados no tienen número 
las invenciones que cada día salen, como di- 
remos adelante, ni hay teólogos que agoten 
sus dificultades; y así me persuado que los 
Santos de la fama, los generales y capitanes 
del pueblo cristiano y los de la mesa redonda 
ya pasaron, y que la gente que ahora se hace 
para el cielo es de á pie, gente menuda, gente 
afeminada y de melcocha, que ni un papirote 
saben sufrir por Dios. Todos habernos dado 
en ser galenistas y filósofos y procuradores 
solícitos de la salud corporal, y vivimos con 
cien mil reglas de prudencia acerca del sueño, 
que sea de siete horas; de la comida, que sea 
buena y regalada; de la cama, que no sea dura 
para que descanse el cuerpo; del rato de con- 
versación, por que no nos opilemos; de la vi- 
sita, por que no parezcamos salvajes; de la 
urbanidad y término cortesano, por que no 
seamos enfadosos al mundo. Al fin, la virtud 
en estos desdichados tiempos no tiene sino 
la armadura ó esqueleto, que lo demás casi 
todo es prudencia de carne enemiga de 
Dios. 

(') La edición citada, decrepitud. 



80 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IV 



§ VI 

Discípulo. — ¿Parece que has tomado un 
poco de cólera diciendo eso? 

Maestro.— ¿Pues no quieres que se me en- 
cienda el corazón y que el alma se me aflija (') 
viendo tan en su punto la hipocresía y santi- 
dad falsa y la verdadera tan por el suelo? Yo 
te prometo que si llegara San Pedro á mu- 
chos que parecemos sepulcros de Cristo, que 
hallara las mortajas y ligaduras, pero que no 
le hallara á Él en nosotros, porque nos paga- 
mos ya de solos los hábitos y ceremonias de 
virtuosos, estando muy lejos de nuestros co- 
razones Cristo y su virtud (loan., 20;. Por eso 
te digo tanto de su cruz y de lo mucho que 
importa el llevarla con gusto (Luc, 24), por 
ver si te aficionases (^) á ella; porque no está 
el ser gran Santo en hacer grandes cosas, sino 
en padecerlas con igualdad de corazón por 
Cristo. Es tan excelente don de 
La tribulación [)íqs j^ tribulación, que no sue- 

es don de es- , ,. . ^ j ... 

cogi'iot. '6 su Majestad enviarla smo a 

sus escogidos, porque por ella 
les abre el camino para la felicidad eterna. Y 
cuando el hombre se mira á si y á sus cosas 
más que la honra y gloria del Señor, y co- 
mienza, dejado el Criador, á convertirse á las 
criaturas con deleite y gusto propio, con pe- 
ligro de caer en grandísimas tentaciones y de 
perecer en ellas para siempre, suele su Ma- 
jestad en estas ocasiones ejercitarle en gran- 
des trabajos y tribulaciones para que, ocupa- 
do con la representación dellas, se olvide de 
los tales vicios y deleites, y vuelto á Dios con 
humildad le pida su ayuda y favores, y por 
aquí acabe de conocer su fragilidad y mise- 
ria. Por tanto, no pienses que haces mucho 
cuando sufres una pequeña tentación y tra- 
bajos, sino da gracias de todo corazón á Dios, 
que, aunque indigno, te estima en tanto que 
te hace merced de sus nobilísimos dones, que 
son las tribulaciones, por medio de las cuales 

Eí atribulado "°^ ^^^^ idóncos y nos dispo- 
retirjnadocnei ne para la posesión de los so- 
quererdeDws brcuaturalcs bienes. Pues si 

r$ á iu Majes- . , 

tadmuyacep- sicndo reprendido, escarneci- 
to y alcanza lo do, tcnido CU poco y lastíma- 

nuc quiere. , .... , 

do con injurias o con alguna 
otra adversidad apretado, lo sufres con ente- 



(') Edición citada, afloje. 

(*) Edición citada, aficionabas. 



reza de ánimo, no respondiendo á tus perse- 
guidores, ni excusándote, aunque las injurias 
sean notables, y si ni te quejas, ni te vengas, 
ni deseas consolaciones exteriores, antes 
vuelto en ti huyes luego á Dios ofreciéndole 
esas injurias y aflicciones, y á ti mismo de 
todo en todo en ellas, y desta manera resig- 
nado permaneces contigo mismo, ten por muy 
cierto que eres tanto más grato á Dios que 
en ningún otro ejercicio del mundo, y que te 
concederá sin tardanza, si para tu salud y 
bien espiritual fuese conveniente, todo cuan- 
to con humildad le pidieres. Los ángeles te 
mirarán y respetarán, y Dios por la voluntad 
así mortificada y negada, te levantará á la li- 
bertad de los hijos suyos. Mas, ¡ay, qué po- 
quitos se hallarán destos en el mundo! 

D.— De esos pocos deseo yo ser uno. 

Ai.— Bienaventurado el que mereció llegar 
á tan dichoso estado, que cuantas más y ma- 
yores consolaciones recibe de Dios y de sus 
criaturas, tanto se tiene por más inútil y más 
indigno; porque cuanto él más se envilece y 
es menos en sus ojos, tanto en los de Dios es 
más honrado y más glorioso y de mayor es-' 
timación que todos los reyes y príncipes del 
mundo. Y manda el Señor á sus criaturas 
que todas hagan honra á este su siervo y ami- 
go humilde. ¡Oh cuántos desean llegar á Dios 
y lo procuran, y por falta de arte nunca lle- 
gan! 

D.— Dime, padre, ¿qué arte es esa? porque 
la deseo como el vivir. 

M.— Sufrir con humildad todas las cosas ad- 
versas que Dios quisiere en- 

A7te para yiarte es arte de artes y ciencia 

llenarte a Dios. . . / 

de ciencias. Y aquel tengo yo 
por hombre de vida perfectísima, que, siendo 
desamparado de Dios y del mundo y dejado 
sin alguna consolación, lo sufre con paciencia 
y se comete (') todo á Dios; y si en este estado 
constantemente persevera y canta alabanzas 
á su Criador, aunque las tales alabanzas sean 
pequeñas, salidas de ánimo asi afligido y atri- 
bulado, más gratas le serán que las que con 

ánimo quieto y sin pesadumbre 
Muchos hacen j^ ^.^ntan los ángeles en el cie- 

muchat cotas, ° 

pero pocos su- lo; porque, bien considerado, 
fren lat muy ggjg gg un género de martirio, 

pequeñas. , .... , , 

que aunque el cuchillo del per- 
seguidor no nos toca, el de la atribulación 



(') Edición citada, entrega. 



PUERTA TERCERA, TRIBULACIÓN CUN PACIENCIA 



81 



nos atraviesa el alma. Muchos vemos cada 
día que hacen grandes obras exteriores, que 
velan las noches enteras en oración, que ayu- 
nan rigurosos y espantosos ayunos, que se 
ocupan en servir enfermos y curar leprosos, 
y en otros ejercicios á este tono. Pero, dime, 
¿cuántos habrás visto que con ánimo quieto y 
sin perturbación sufran las injurias y despre- 
cios de sus personas? Creo cierto que entre 
mil destos grandiosos y de pendón se hallará 
uno que esto haga. Y dirásnie, ¿por qué? Por- 
que todos éstos andan hinchados con una 
pomposa arrogancia; son grandes en sus ojos 
y están llenos de sí mismos. Y si me dicen 
que guardan limpieza en sus cuerpos, yo les 
digo que sirve eso de muy poco si los cora- 
zones andan ocupados con arrogancia, envi- 
dia y ponzoñosas murmuraciones contra sus 
hermanos, y inficionados con el estiércol de 
vicios semejantes. 

§V1I 

Preciosa cosa es la castidad del cuerpo, 
„ ^ pero de nada servirá si el tem- 

Hombre pacien- 
te y sufrido, P^o de Dios, que es tu corazón, 

cuan dirjno de está sucío con el amor de las 

alabanza. . , j > • »» • 

criaturas y de si mismo. Mejor 
me parece, decía San Bernardo, el hombre pa- 
ciente que el que de fuera hace ostentación 
de obras magníficas, que consumiendo sus 
carnes con ayunos de pan y agua y azotán- 
dose cada día con cadenas de hierro, aún está 
sujeto al furor y locura de la impaciencia. Me- 
jor es el que con alegría habla á los que con 
aspereza de palabras le injurian que el que, 
arrebatándose cada día en mentales excesos, 
cuando la tribulación llega falta en ella. Y, ai 
fin, tengo por mejor la virtud de la paciencia 
que la de resucitar muertos. Mas, es señal que 
tienes á Dios por enemigo, si cayendo en pe- 
cados no te azotare y corrigiere con el azote 
de las tribulaciones, porque el perdonarte en 
el presente siglo, es para castigarte en el futu- 
ro. Concluyo con lo que dice 

Sentencia de c^ , , . _ ... 

SanJprónimo. San JeronuTio: Gran maravilla 
notable acerca es que las píedras que huellan 
de íostra-^ajos ^^¿^^ ^ ^ ^ condeuar- 

de los ¡ustos. ^ 

se no se conviertan en rosas 
para alivio y solaz de aquellos males que su- 
frirán en el infierno; pero mucho más es de ma- 
ravillar que todas las piedras que pisan los 
escogidos no se vuelvan espinas y de los pies 

Ochas místicas dkl P. A.ngelks. — 6 



á la cabeza los lastimen, por los pecados co- 
metidos y por la gloria que han de gozar por 
trabajo tan momentáneo y ligero. 

Discípulo.— Muy conforme al Evangelio has 
andado en materia de tribulaciones, porque el 
mejor vino guardaste para el fin. Y porque 
parece que basta esto, tratado en común para 
todos, lo que encarecidamente te pido es que 
me digas algo en particular de las tribulacio- 
nes interiores y de las causas por que Dios 
nos quita ó esconde su gracia y consuelos es- 
pirituales. 

Maestro.— Dqsix materia tengo dicho dema- 
siado, y no querría exceder en lo prometido, 
que es brevedad; con ella te diré las razones 
que los Santos han hallado para el desampa- 
ro, escuridad y niebla interior, que algunas 
veces es de manera como si en toda la vida 
no hubiese el alma gustado de Dios ni tenido 
conocimiento de Él. Henrico Harpio, profundí- 
causas por que ^imo teólogo y en el ejercicio de 

Dios esconde la místíca Teología muy alum- 

sus consuelos brado, dice (Lib. 2, c. 47) que 

á las almas . r. ■ ■ 

que le buscan. Quitar nuestro Señor a sus ami- 
i'rimera, ce- gos la espiritual consolación y 
la alegría sensible de que sue- 
len gozar en su presencia procede: lo prime- 
ro, de una amorosa indignación, y como si di- 
jésemos celos, que es cuando su Majestad 
ve que nos convertimos con afición á las cria- 
turas, ó que nos deleitamos por algún espa- 
cio, aunque muy breve, fuera de Él; que luego, 
como tan celoso, nos quita la gracia de la de- 
voción que nos había dado, para que, sintién- 
dose nuestra ánima sin ella, venga en cono- 
cimiento de su culpa y de su infidelidad; y 
prometiendo la enmienda y satisfacción de 
vida obligue á su Esposo á que, desenojado, 
la reciba en su amistad, el cual ninguna otra 
cosa desea más que ser amado. Y es cierto 
que cuanto más profunda y entrañablemente 
junta Dios á sí una alma, tanto más pura la 
quiere en su amor, y cuanto más pura la tiene, 
tanto más fácil es de enojarse contra ella, si 
no corresponde con el debido agradecimien- 
to á tanta merced; que, como Él mismo dice en 
su Evangelio (Luc, 12), á quien más se le da 
más se le ha de pedir, y menos á quien no 
tanto. La segunda razón del 
desamparo es por que sepan 
los que sirven á Dios que no por sus buenas 
obras, ni por sus ejercicios espirituales, me- 
recieron ser visitados, consolados y recrea- 



ba asa 2.^ 



82 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IV 



Causa ó.'^ 



dos con la gracia de la devoción, sino por 
sola la liberalidad de Dios que quiso hacer- 
les ese regalo como tan bueno y misericor- 
dioso, y por este camino deprendan á no com- 
placerse en los dones de Dios como en ha- 
cienda suya, ni con descuido se relajen pen- 
sando que ya no les importa el trabajar y ser 
solícitos en la virtud; como sea verdad que 
está su vida en perseverar en el centro de 
la humildad y nunca cesar en el ejercicio y 
aprovechamiento interior. 

§ VIH 

De una virgen llamada Clara se dice (Hen- 
rico Harpio) que por una pequeña tentación 
de vanagloria que tuvo, le fué quitada por es- 
pacio de quince años continuos la gracia de la 
consolación y regalo interior de que solía 
gozar; aunque, para que se le restituyese, 
ayunó muchas veces en este tiempo y derra- 
mó infinitas lágrimas y perseveraba en oracio- 
nes muy prolijas. Otra causa del 
desamparo es, para que en él 
conozca el alma la tibieza y flojedad suya en 
los ejercicios del amor y obras virtuosas, y de 
aquí se haga más solícita para pedir y buscar 
esta gracia y relieves del cielo, sin lo cual ni 
se puede aprovechar en las virtudes, ni per- 
severar mucho tiempo en el bien adquirido. 
Algunas veces, y sea la cuarta 
razón, tiene Dios respeto á la 
salud y fuerzas corporales; porque como la 
naturaleza suele, con la mucha devoción sen- 
sible, llegar á debilitarse tanto (especialmente 
cuando el influjo del espíritu es muy violento 
y el corazón desea satisfacer mucho á la gra- 
cia, que así abundantemente se le comunica) 
que le faltan las fuerzas, y es lastimada y he- 
rida en el corazón, adonde el ímpetu de los 
deseos hace bullir y hervir más la sangre vi- 
tal, y en los flacos de cabeza en el cerebro; 
entonces el Espíritu Santo acude y modera 
aquel ímpetu y ardor y aquellas crecientes 
de la divina gracia para que, recreado el hom- 
bre, tome aliento y se haga hábil para rece- 
bir nuevas mercedes de su Esposo. Algunos 
hay que cuando se sienten así desamparados 
y que Dios les ha quitado el consuelo, que- 
riendo, como indiscretos, recobrar por fuerza 
esta gracia que se da por voluntad divina, 
cuanto más trabajan en ello tanto más se ale- 
jan de todo sentimiento espiritual, y como con 



Causa 4.* 



impaciencia se esfuerzan y trabajan impetuo- 
samente en esta obra, lastiman y dañan el 
corazón y le dejan casi imposibilitado de re- 
medio; como suele acontecer en la vihuela, 
que si le estiráis mucho las cuerdas vienen á 
quebrarse y á no ser de provecho. De aqui 
nace no les quedar poder sobre las fuerzas 
inferiores del ánima, que tienen sus raíces en 
el corazón, ni á sentirse alguna resistencia en 
la parte irascible y concupiscible; por lo cual 
les parece (aunque no es asi) que consienten 
en todos los males y tentaciones de los ene- 
migos, mundo, demonio y carne. De aqui tam- 
bién les provienen grandes tribulaciones, y 
son tentados de desesperación, ceguedad de 
entendimiento, dureza de corazón, perversi- 
dad en la voluntad y de una infernal envidia, 
lo cual todo pasa al parecer en el hombre in- 
ferior ó parte sensitiva; porque en las fuerzas 
superiores, que no están atadas á los órganos 
del cuerpo, se hafla alguna resistencia, y su- 
cede, que cuanto el conocimiento de Dios y el 
amor á su Majestad fué mayor en el tiempo de 
la afluencia y bonanza, tanto es mayor la aflic- 
ción y aprieto del ánima en la porción supe- 
rior por la perversidad y malicia que reina 
en las dichas fuerzas inferiores, ya enflaque- 
cidas y casi rendidas con la tentación de 
cada día. ¡Y cómo se aflige una alma cuando 
después de haber gustado de la suavidad de 
Dios se ve rodeada de tentaciones mucho 
más feas, sucias y abomínales que las que sin- 
tió ó sufrió en el estado primero de perdi- 
ción! Todo este daño nace en muchos de ha- 
ber dañado, como ya dije, el corazón y de- 
jádole inhábil, con su indiscreto forcejar por 
la gracia, para los antiguos y saludables ejer- 
cicios, y imposibilitado para volver á su or- 
den natural y sosiego en que de antes estaba. 

§ IX 

Discípulo.— Bien sé que será impertinente 
mi pregunta en este tiempo, pero corregirla 
ha tu mucha discreción y sabiduría", y yo 
saldré de una duda que tengo. Dicen algunos 
que hay gula espiritual ó demasía en las cosas 
del espíritu. ¿Es así, padre mío? 

Maestro.— Asi es como lo has oído; y de ahí 
suele venir también la seque- 

Causa 5." . , , j , 

dad y el desamparo y otros 
males sin cuento. Hallarás personas tan afec- 
tuosas y amorosas, y no sé si diga sensuales, 



PUERTA TERCERA, TRIBULACIÓN CON PACIENCIA 



83 



que si se arrojan á querer, es con tanto ím- 
petu y furia, y derráinanse de manera amando, 
que muy presto vienen á desfallecer en las 
demás fuerzas del ánima y á dañar notable- 
mente la naturaleza. Y cuando sucede con- 
vertirse dentro de sí a Dios, como hallan en 
Él tantas y tan fuertes razones para ser ama- 
do, y Él es tan largo remunerador del amor 
que se le ofrece, en los tres ó cuatro primeros 
años de su conversjón, ayudados por una 
parte de su naturaleza que es afectuosa, 
como ya dije, por otra de la gracia sensible 
y de la devoción, que es en tanta abundancia, 
así se embriagan y tan golosos se hacen con 
el sentimiento sensual de que cada día gozan, 
que de ninguna otra cosa hacen caso, ni se 
quieren ocupar en saber, ni en trabajar por 
mortificar sus pasiones, ni en adquirir virtu- 
des, ni en conocer el divino beneplácito para 
seguirle, sino en cómo gozaron más y más de 
aquella su sensible devoción, en la cual sola 
ponen toda su felicidad y quietud; y hácense 
con esto tan odiosos á Dios, que puesto que 
disimula por algún tiempo el quitarles estos 
gustos, por ver si recreados y regalados vuel- 
ven sobre sí al conocimiento y amor de tan 
liberal Bienhechor, viendo que la dilación del 
castigo los engolosina más; porque la natu- 
raleza corrupta siempre se aviva más para lo 
vedado, como se ve en el casado que codicia 
y ama con doblado amor al amiga, aunque de 
muy pocos merecimientos, que á la mujer 
propia, siendo de muchos; quítales esta gra- 
cia sensible ó sensual, y como no echaron raí- 
ces en la virtud, ni pusieron el verdadero y 
firme fundamento de la humildad y mortifica- 
ción y negamiento de sí mismos, facilísima- 
mente pierden la paciencia y procuran violen- 
tamente recobrar aquella devoción de que son 
privados con admirable providencia del cielo; 
y no tratan, como digo, de negarse, ni pien- 
san en si sus culpas fueron causa desta cala- 
midad, para enmendarlas; y así cuanto más 
trabajan por alcanzar lo que justamente per- 
dieron, más secos y sin espíritu quedan, más 
impacientes y más lejos de aprovechar en la 
vida espiritual. Y de aquí les nace amargura 
de corazón, y un tedio ó enfado de la vida, 
que á sí mismos y á los con quien tratan son 
cargosos y molestos, y poco á poco comien- 
zan á caer en cosas mayores; son duros, obs- 
tinados, impacientes, mal sufridos, ciegos en 
cosas muy claras y no sienten de Dios como 



ras de la pura 
nal uval eza 
suelen tenerse 
por de la gra- 
cia. 



I solían; y al fin viven en un estado peligrosí- 
simo y muy llegado á desesperación, de que 
nos libre Dios de (') su misericordia. Amén. 
D.— También dan los Santos por causa del 
Cama 0.a desamparo el conocimiento que 
Dios quiere que tengamos de 
que no en la gracia sensible, devoción y amor 
tierno consiste la santidad verdadera y per- 
fecta caridad. 

M.— Tienes razón, porque semejantes gus- 
(iuston y lernu- ^^^ Y temuras pueden provenir 
de la pura y sola naturaleza, 
sin tener que ver en ellos la di- 
vina gracia. Así lo experimen- 
tamos los años pasados, no 
sin grave ofensa de la virtud y religión cris- 
tiana, en los alumbrados de Extremadura y en 
sus discípulos que se arrobaban y sentían gus- 
tos tan excesivos, que se enflaquecían y de- 
bilitaban y les faltaban las fuerzas corporales 
y quedaban muchas veces yertos, y los miem- 
bros intratables y helados, y ellos sin ningún 
sentido. Aunque yo para mí tengo que no 
eran obras éstas de sola naturaleza, sino que 
obraba juntamente el demonio, el cual les re- 
volvía y meneaba la sangre con tanto gusto, 
que hacía salir de sí, ó que pareciese que sa- 
lían aquellas desventuradas almas, soberbias 
y sensuales y que sólo se buscaban á sí mis- 
mas; por lo cual te digo que no son más san- 
tos ni mejores los que más sentimientos tie- 
nen, según la sensualidad, en la devoción y 
amor, sino aquellos que saben levantar su 
afecto ó fuerza amativa sobre todas las co- 
sas, sobre todo sentido y sensualidad en el 
desnudo y esencial amor de Dios, y estos son 
los que con el Apóstol (Philip., 4.) saben abun- 
dar y padecer mengua. Cuando 
el Espíritu Santo regala su 
cuerpo y su alma con amoro- 
sos sentimientos y gustos sua- 
vísimos, y se derrama y dilata 
sobre ellos como bálsamo y 
licor derretido, con grande plenitud, recíben- 
lo con hacimiento de gracias y disponen dello 
tan prudentemente, para gloria de Dios y 
aprovechamiento suyo, deseando referirlo 
todo al amor del liberalísimo Criador, como 
si con ansiosos é inflamadísimos deseos lo 
hubieran pedido á su Majestad; mas si este 
regalo les falta, así se quedan quietos y re- 

(') Edición citada, por su misericordia. 



Gran perjección 
estar á nivel 
en la u bu n- 
dancia y men- 
gua de los con- 
suelos espiri- 
tuales. 



84 



. CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IV 



Causa última 
del desamparo. 



signados como quien conoce bien que todo 
don bueno y perfecto es de arriba, del Padre 
de las lumbres, dado ó quitado por solo su 
beneplácito y en aprovechamiento de sus 
criaturas. Eso es lo que dice Job (Job., 1): 
Dios me lo dio y Dios me lo quitó; sea su 
nombre bendito. 

§ X 

No reposes, hijo mío, en los dones de Dios, 
porque el sentimiento y el dolor se engendran 
en el alma de quitársele aquéllo en que puso 
su consuelo y felicidad. Y el saber de abun- 
dancia y de mengua, como San Pablo dice 
que sabía, consiste en una indiferencia que ha 
de tóner el alma para recibir de Dios asi lo 
adverso como lo próspero, y en una igualdad 
de corazón, asi en la pobreza como en la ri- 
queza espiritual. La última razón del desam- 
paro es para que por este me- 
dio su alma sea probada y se 
haga della experiencia de si 
está tan aprovechada en los ejercicios espiri- 
tuales que pueda, sin la devoción sensible, 
permanecer entera en el servicio y amor des- 
nudo de su Dios. Digo, para que me entien- 
das, que el intento de Dios es que te llegues 
á Él principalmente por Él y no por sus do- 
nes, porque lo primero es amor puro y lo se- 
gundo amor interesado y de bajo metal. 
Amando á Dios por Dios, ver- 
Amar á Dios daderamente se ama á Dios, v 

por si misino, . , , , . 

es amarle. amándole por el don, es amar 
primera y principalmente al don, 
y segundariamente á Dios, y no más de en 
cuanto le sirve para alcanzar lo que desea y 
pretende, que es el contentamiento y gusto 
sensible. Y porque la verdadera fidelidad en 
ninguna parte ni con ninguna cosa se prueba 
mejor que con la adversidad, quita Dios ó 
suspende en el alma que le ama toda la ayuda 
de costa que le ha dado de la gracia sensible, 
devoción y amor, y permite que se quede ella 
á sí misma desnuda y desamparada, sola y en 
todas las cosas miserable. De manera que 
primero la desteta Dios del amor de toda 
criatura y la adjudica toda para Sí, tan plena- 
riamente, que todo lo que no es Él es cruz 
intolerable para ella, y la memoria suya de Él 
es melodía para su corazón y su regalo único, 
y luego tras esto la arroja de sí desnuda de 
todo consuelo y regalo espiritual. Asiéntase 
ella en este tiempo hambrienta entre dos me- 



sas, conviene á saber, entre las consolaciones 
espirituales y sensuales; éstas menosprecia 
ella, y aquéllas le niega su Esposo, lo cual 
ordena así el clementísimo Señor para que el 
ánima deprenda á estar desamparada de toda 
ayuda y consuelo con igual y voluntario co- 
razón, y dar gracias y bendecir á su Dios y 
guardarle fidelidad en todas las cosas, no 
atendiendo á su contento particular en nin- 
guna, sino sólo al divino beneplácito. Y si 
persevera contenta en este desamparo, por- 
que así lo quiere nuestro Señor, esle sin duda 
grandemente meritorio y sobremanera pro- 
vechoso para el aumento de la vida espiritual, 
especialmente si destierra de sí la pereza y 
tristeza y, finalmente, hace lo que puede. Y 
con esto no hay para qué gastar más tiempo 
en materia de tribulación, pues lo dicho basta 
para tener noticia de lo que más importa para 
vivir desengañado y para que salgas con mu- 
cha ganancia de cualquier conflicto en que 
Dios te quisiere probar, y para que puedas 
ver el Reino de Dios. Que como, creciendo las 
aguas del diluvio, el arca subió 

Cuanto más ere- . ■ ia j i j j. x 

ce,i las tribu- ^n lo mas alto del mundo, tanto 

laciones, más que frisaba con las nubes 

nos levantan ^q 7) ggj jg sucede al alma 

u Dios. ^ ' ' 

que, multiplicándose las tribu- 
laciones y trabajos espirituales y corporales, 
es sublimada y levantada sobre sí y sobre 
todas las cosas criadas, y se le muestra y aun 
se le entrega el Reino de Dios, que es la quie- 
tud y paz espiritual de que comienza á gozar 
dentro de sí en esta vida, acabadas las aguas 
del diluvio y muertos todos los enemigos de 
Dios que ensuciaban la tierra de su corazón. 

Discípulo.— ¿Parece que te vas despidien- 
do? 

Maestro.— 1^0 querría por hoy tratar de 
otra cosa; porque me hallo 

El hablar, aun- , ... 

que sea de cansado y aun sm tiempo para 
Divs, requiera ]o que queda, que es de la pa- 

tor, cosa que pide mucho espacio y más espí- 
ritu y sentimiento que el que puede tener 
quien ha hablado tanto como yo; que, aunque 
sean cosas santas y provechosas las que se 
hablan, si hay exceso cansan y secan la de- 
voción en el que dice y en los que oyen, lo 
cual tengo muy bien visto y experimentado 
en los sermones, que, aunque muy elegantes 
y con espíritu dichos, en siendo más que de 
hora nos dan en rostro los oyentes con que 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



85 



I 



fuimos largos; y siendo por ventura, y aun de 
ordinario, mejores los fines que los principios 
y medios, y el vino milagroso que se sirvió á 
las bodas por remate dellas, viene á dañar lo 
demás y hacer que parezca vinagre. De ma- 
nera que lo menos bueno es bonísimo siendo 
poco, y lo bonísimo, añadido á esto, lo des- 
truye todo. 

D. -Paréceme á mí que no está el daño en 
lo muy bueno que se dice después de la hora, 
sino en lo malísimo que se halla en los oyen- 
tes, cuyos estómagos tienen tan poco calor, 
que un bocado más de lo ordinario los opila 
y estraga, y estragan con esto lo que llamó 
Cristo pan de cada día sobresustancial. 

M.— La razón te sobra, y á mí [laj de callar 
por ho>, y mañana trataremos de la cuarta 
puerta del cíelo, estrechísima por cierto, pero 
certísima y por donde han entrado todos los 
que han entrado en él, que es la muerte del 
Redentor de los hombres. Cristo; por ella en- 
tra el alma y sale, y halla pastos suavísimos y 
de gran sustento para sí. Entra á la divinidad 
y halla lo que puede gustar, mas no declarar; 
porque todo ingenio es corto y toda lengua 
balbuciente y tartamuda para decir lo que se 
suele sentir donde no se habla, y si se habla^ 
la lengua es el corazón y las palabras los de- 
seos. A Dios. 

D. — Él vaya contigo y te consuele. Amén. 

DIALOGO QUINTO 

Y puerta cuarta de la pasión del hijo de Dios 
Redentor y Señor único de los hombres. 



§ I 



Maesfro.—Seas bien hallado, Deseoso. 

Discípulo.— Y tú bien venido, maestro, tan 
deseado de mi alma como lo es de los labra- 
dores el agua temporal, cuando se tarda. 

Ai.— ¿De dónde te ha nacido ahora ese de- 
seo tan crecido? 

D.— Del que Dios ha puesto en mí de oirte 
hablar de su pasión y muerte sacratísima, la 
cual pienso traer como ramillete ó manojuelo 
de mirra en mis pechos de noche y de día, 
como se escribe que la traía la Esposa 
(Cant., 1). 

M.— Buen pensamiento es ese y digno de 
Dios; y si tú cumples lo que te pide, sin duda 
ninguna has tomado el atajo y senda segura 



La memoria de 
la pasión es 
atajo para la 
p e r fe ce ion 
y para muchos 
bienes. 



para toda perfección; porque 
Cristo crucificado es el libro 
de la vida, que contiene en sí 
todas las cosas necesarias á 
nuestra salud y que eficazmen- 
te aprovecha para el menosprecio del mundo 
y de nosotros mismos y para crecer en el 
amor divino. Y asi dicen los Santos que cual- 
quiera que quisiere y deseare abundancia de 
merecimientos y ocupar el alcázar y subij- 
á la cumbre de todas las virtudes, alcanzar 
sabiduría verdadera y no perder pie ni hacer 
desdén entre las cosas prósperas y adver- 
sas, sino con igualdad de corazón pasar por 
todas, ha de procurar traer en su pecho y 
en su ánima este manojuelo de mirra, no sólo 
por compasión, sino también por imitación. 
San Agustín dijo que la sagrada pasión con- 
tiene en sí la perfección toda que le es posi- 
ble alcanzar al hombre en esta vida; y todas 
las obras perfectas que de palabra enseñó 
Cristo en su Evangelio las cumphó perfecti- 
simamente con ejemplos vivos en su muer- 
te. Pues si tu ánima desea quietud y segu- 
ridad, si fecundidad y sucesión maravillosa, 
tome alas como de paloma, y volando á las 
llagas de Jesús, haga y labre en ellas su nido; 
porque en ninguna parte hallará quietud más 
grata, ni seguridad más segura, ni fecundidad 
más abundante que en ellas. Allí hallará qué 
pueda administrar á sus hijuelos, que son las 
obras de luz, como dice San Bernardo. Él 
mismo, hablando con Cristo, dice: Sobre todas 
las cosas, ¡oh buen Jesús! te hace amable á mi 
ánima el cáliz de tu pasión que bebiste, y la 
obra admirable de nuestra redención que en- 
medio de la tierra obraste. Esto es lo que fá- 
cilmente roba y granjea para sí nuestro amor; 
esto es lo que con mayor blandura y regalo 
atrae y despierta nuestra devoción, y con ma- 
yor justicia la pide, más estrechamente aprie- 
ta y con más vehemencia aficiona. Mucho tra- 
bajaste, Señor mío, en esta obra, y en ella 
más que en la fiíbrica del universo te fatigas- 
te; allí dijiste, y todas las cosas fueron he- 
chas; mandaste, y fueron criadas; pero en esta 
obra sufriste en las palabras contraditores, 
en las obras censores, en los tormentos bur- 
ladores y en la muerte escarnecedores. Y 
aunque de nada nos hiciste, no de nada nos 
redimiste; porque treinta y tres años consu- 
miste en obrar nuestra salud, trabajaste su- 
friendo y sufriste padeciendo; luego más me 



86 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS . DIÁLOGO V 



diste redimiendo que criándome: criándome 
me diste á mí; mas redimiéndome te me diste 
á ti. Y si me debo todo á Dios porque me 
hizo, ¿qué puedo añadir de paga porque me 
restituyó á mí y con esta manera de restitu- 
ción, pues no tan fácilmente fui reformado, 
como formado? Para formarme, dijiste; para 
reformarme, dijiste é hiciste; dijiste muchas 
cosas, obraste grandes maravillas, sufriste 
no sólo cosas duras, sino indignas y peregri- 
nas á tu Majestad y grandeza. Pues ¿qué 
gracias te daré? ¿qué servicios te haré para 
salir de tan gran deuda, yo, polvo y ceniza? 
¿Qué debiste hacer por mí que no lo hicieses? 
(Psal. 68). Desde los pies hasta la cabeza te 
zabullíste todo en las aguas de las pasiones 
para sacarme á mí todo dellas, y entraron 
hasta tu ánima, la cual en la muerte perdiste, 
y á mí la mía, perdida, con esta pérdida tuya 
restituíste; y desta manera con tres doblada 
deuda me obligaste; porque por la vida que 
en la creación me diste, y habiéndola yo per- 
dido en la redención me la restituíste á mí 
mismo, no una sino dos veces me debo á ti. 
Pero, Jesús bueno, el perder tu vida por res- 
tituirme la mía, ¿qué satisfacíón pide? Al fin 
daré lo que tengo y lo que soy; daré toda mi 
alma y todo mi amor, porque Tú solo debes 
ser amado de todo corazón, de toda el ánima, 
virtud y fuerzas; pero ¿cómo se hará esto en 
mí sino por Tí? Allegúese mi ánima á Tí, pues 
toda la virtud della pende de Ti; y á las glo- 
riosas insignias de tu pasión, con las cuales 
obraste mí salud, me inclino todo, y en tu 
nombre invoco, con la humildad que puedo, 
el estandarte real de tu vencedora cruz, y 
adoro pecho por tierra tu corona de espinas, 
tus clavos teñidos en sangre, la lanza metida 
en el sagrado pecho, tus rosadas y hermosas 
llagas, tu muerte y sepultura, y tu victoriosa 
resurrección y glorificación; porque todas 
estas cosas me dan olor de vida, y matan en 
mí los pecados y la muerte. Hasta aquí son 
palabras de San Bernardo. 

§ n 

San Gregorio, sobre aquel lugar del Apóstol 
(Colos., 3): Mortificad vuestros miembros que 
son sobre la tierra, dice: Cierto es que donde 
la Cruz y muerte de Cristo anda y se trae de 
contíno, que no puede reinar el pecado; por- 
que es de tanta suavidad, que si se pone de- 



lante los ojos y se fija fielmente en el corazón» 
de manera que atentamente el alma se ocupe 
en contemplarla, no tendrá verdaderamente 
lugar en ella la carnal concupiscencia, ni el 
furor de la ira, ni la envidia del pecado; 
porque en aquella alma que se ocupa en la 
meditación continua de la pasión de Cristo 
muere la codicia de la carne, es ahuyentado 
y desterrado todo pecado, a! cual es visto 
morir el hombre desta manera y vivir á solo 
Dios. Alberto Magno dice: La simple recor- 
dación ó meditación de la pasión de Cristo 
es de mayor provecho y fruto que si algu- 
no ayunase por espacio de un año á pan y 
agua todos los viernes, ó esos mismos días 
hiciese la disciplina hasta derramar sangre ó 
rezase entero el psalterio cada día. Exortan- 
do San Buenaventura á la continua medita- 
ción de Cristo crucificado, dice: Hombre, si 
quieres aprovechar y crecer de virtud en vir- 
tud, de gracia en gracia y de bien en mejor, 
con toda la devoción que pudieres medita 
todos los días la sagrada pasión; porque nin- 
guna cosa así obra en el alma santificación 
universal como la continua memoria della. Yo 
digo, y dícelo Dios, que Cristo es la puerta y 
el camino seguro y cierto por donde se cami- 
na al Padre; y quien á Él sigue no anda en ti- 
nieblas, antes trae consigo lumbre de vida, y 
así, conviene que con sumo estudio y diligen- 
cia mires y contemples y estampes en tu alma 
su vida santísima, su doctrina suavísima, su 
pasión amarguísima y su muerte afrentosísi- 
ma, para que imitando y siguiendo sus pisa- 
das te levantes á la divinidad suya y goces del 
Reino de Dios que deseas. 

Discípulo.— ¿Qué tengo de hacer para ser 
conforme á Cristo? 
Aííiesíro.— Ofrecerte todo á Dios para su- 
frir de buena gana y con vo- 
cómo te confor- ¡untad muy entera, por honra y 

ma el hombre , . , 

con Dios. gloria de su pasión, en verda- 

dera mortificación, todas las 
cosas adversas, todas las tribulaciones y to- 
dos los trabajos que, permitiéndolo Él, te pu- 
dieren venir; y sea tu ordinaria petición ésta, 
no con flojedad y tibieza hecha, sino con fer- 
vor grande y inflamados deseos: Tened por 
bien. Señor, por quien vos sois y por la cari- 
dad infinita con que os entregastes á la muer- 
te por mí, y por la necesidad que yo tengo, es- 
tampar en mi alma y en mi cuerpo la imagen 
de vuestra sacratísima pasión, ora me sea de 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



87 



contento, ora no, para gloria vuestra y prove- 
cho mío. 

D.— Desde luego me ofrezco á decir mu- 
chas veces esas palabras, que bien se me re- 
presenta que son de grande importancia. 

M.—La. meditación continua de la pasión y 
muerte de Cristo es un breví- 

I.n pasión, att- ... ,. 

j,) para la ver- suho atajo y compendioso ca- 
dader a sabida- mino para la verdadera sabi- 
"*' duría, para la salud del alma y 

para todos los bienes; porque en la prosperi- 
dad humilla, en la adversidad levanta y en to- 
dos los acontecimientos de la burladora for- 
tuna tiene á nivel y á plomo el corazón para 
que ni se aparte del bien ni decline al mal. 
¿Qué necesidad hay de gastar en esto tiempo 
ni palabras? Ninguno hasta hoy acabó de en- 
tender los bienes que encierra en sí la consi- 
deración atenta y devota de la pasión de Cris- 
to. Aunque todos los libros del mundo y to- 
dos los preceptores y maestros del junta- 
mente se acabasen y pereciesen, en sola la 
pasión del Redentor hallaríamos erudición y 
doctrina muy bastante. Bienaventurado el 
que puso por blanco suyo la vida y pasión de 
Cristo para no apartar della los ojos del alma 
ni un solo punto. Cuando los demás ejerci- 
cios te fueren pesados y molestos, huye á la 
pasión de Cristo y refresca con ella tu memo- 
ria; y trabaja lo posible por habituarte á ofre- 
cer todas tus obras á Dios, en unión de las de 
su Hijo, de su pasión y vida inocentísima, y no 
habrá cosa que te parezca dura, ni pesada, 
aunque lo sea, y de que no saques crecidos 
aprovechamientos para tu alma; porqne Él te 
ayudará á llevar tu cruz y repartirá contigo 
de los merecimie úos de su pasión, la cual 
obra en nosotros más ó menos, conforme á la 
poca ó mucha disposición que halla en los que 
tratan della y la meditan, 

§m 

Discípulo.— ¿Cómo ofreces tú, padre mío, lo 
que haces en servicio de nuestro Señor? 

Maestro.— Para cuando acabo las horas ca- 
nónicas ó otros ejercicios virtuosos, uso des- 
te ofrecimiento: Dulcísimo Se- 

Cámo habernos ~ , , . , • j- „ 

de ofrecer a 'lor ^10 Jesucnsto, yo, indigno 
Dios nuestras y miserabilísimo siervo vues- 
obrusparaque ^ encomiendo á vuestro di- 

las acepta. ' 

vino y melifluo corazón estos 
ejercicios, para que sean enmendados y perfi- 



cionados; ofrescóoslos en alabanza eterna, en 
unión de aquel amor y caridad con que vos. 
Señor Dios Nuestro, tuvistes por bien de ha- 
ceros hombre y morir por nosotros, y en hon- 
ra de vuestras perfectísimas obras y ejerci- 
cios, para que en la presencia de vuestra di- 
vina Majestad, por mi salud y de todo el mun- 
do, con olor de suavidad suban. Amén. 

D.— Confieso que me has hecho hoy más 
bien con esto poco que me has dicho que en 
todos los días que habemos platicado; porque 
aunque soy muy aficionado á la sagrada pa- 
sión de nuestro Redentor, no sabía aprove- 
charme della como era razón. 

M.— Oso decirte (y no quisiera hablar más 
desta materia) que si tus pecados fuesen sin 
número, y ninguno por pequeño que fuese hu- 
biese de quedar sin castigo, como realmente 
no ha de quedar, y hubieses de estar muchos 
años en purgatorio por ellos, digo, pagando 
las penas debidas á las culpas ya perdonadas, 
de tal manera podrías haberte acerca de la pa- 
sión, que en brevísimo tiempo, y quizá de una 
hora, satisficieses por todos y excusases pe- 
nas tan grandes cuanto ninguno puede encare- 
cer ni imaginar. Tal podría ser tu conversión, 
tal la confianza en los méritos de Cristo cruci- 
ficado, que sin levantarte de la oración se te 
dijese en un punto, lo que á la Magdalena: 
Perdonados te son tus pecados. Anda en paz. 
Y para la hora de la muerte, re- 
^ingiina cosa ^ebídos los Sacramentos como 

da. mayor con- 

fianza, espe- convíene, hallo por muy cierto 
aaimenie en gyg ninguna cosa da mayor 

/o hora de la , . .. 

muerte.queía ammo y conhanza para pasar 
memoria de por el cstrccho della, que es 

Cristo rrucifi- , • j /-■ • i •£• „ 

^^^¿^ ' la memoria de Cristo crucinca- 

do, cuya figura y retrato jamás 
se le había de quitar de los ojos al enfermo. 
Porque esta es aquella señal de Jonás, pro- 
metida y ofrecida á los judíos, que destierra 
toda desconfianza del ánima afligida con la 
representación de sus culpas. Lo cual echo 
de ver en que Nicodemus era discípulo secre- 
to de Cristo vivo y no osaba confesarle por 
temor de sus enemigos, y en muriendo y vién- 
dole en la cruz, tomó osadía y atrevidamente 
entró á Pílalos y le pidió su santísimo cuerpo, 
hecho llagas y bañado en sangre (Math., 27). 
Yo no pienso tomar otras armas que éstas 
para la partida; ni morir menos que abrazado 
con mi Cristo, y metido en sus llagas rosadas 
y llenas de misericordia, esperar por ellas la 



88 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIALOGO V 



que mis injusticias me niegan. Allí se asegu- 
ra la paloma gemidora y se libra del infernal 
halcón que en aquel tiempo la sigue más que 
en otro, sabiendo que le queda poco para 
combatirla (Apoc, 12). Allí seré hallado, no con 
mi justicia por cierto, que no merece tal nom- 
bre, sino con la suya, que me enseña y predi- 
ca la fe, que es causa de mi justicia, si algu- 
na tengo; y si no en breve alcanzaré por Cris- 
to la que por mis pecados tengo perdida, 
pues por hacerme á mí justicia en Él, su Pa- 
dre le hizo pecado; esto es, sacrificio y hostia 
por los míos y del mundo. Y aun, para hablar 
con mayor encarecimiento, hizo que pareciese 
pecado y que como el propio pecado fuese 
tratado, para borrar en mi alma todo pecado. 

§IV 

Discípulo.— !úncho debe de importar la des- 
confianza de los propios merecimientos. 

Maestro.— lancho si hay confianza en los de 
Cristo; que ya yo leí de uno que con la consi- 
deración de que había trabajado 
Confianza en ^ , - . , 

los mérito} de dcsde la mañana en la vma del 

Cristo tj des- Sefior se desvaneció, y dicien- 
con fianza de , , , , . , , 

lo, nuestros, do a la hora de la muerte que 
importa mu- partía muy contento, porque 
'"'"'■ tenía muy bien ganado por sus 

pulgares y sudores (') el cielo, se condenó. Y 
de un ladrón sé que, fiado en los méritos de 
Cristo, sin alegar ninguno suyo, rociado con la 
sangre que de sus llagas salía, mereció oír de 
su divina boca (Luc, 22): Hoy serás conmigo 
en el paraíso. Testigo es mi Señor Dios, que 
ningún otro sentimiento tengo de mí que el 
que pudo tener el ladrón que se salvó, el cual 
no tuvo obra ninguna buena á que volver los 
ojos, sino á sola la misericordia de Aquél que 
tan miserablemente vía padecer en un palo, 
por librar de la miseria eterna á los míseros 
pecadores. 

D.—Y tantas buenas obras como has hecho 
en tanto aprovechamiento de las almas, ¿no 
te dan confianza? 

;VÍ.— Ninguna, porque tengo por saber si le 
han sido gratas á Dios ó no; y tengo por cier- 
to que le he ofendido muchas veces, y ningu- 
na certeza de que estoy perdonado, y sospe- 
choso de que no he hecho lo que conviene para 
que me perdone, y desengañado por la Escri- 

(') La edición \885, por sus propias fuerzas. 



tura y razón que las obras del enemigo no las 
aprueb?. el Altísimo. Así tengo de costumbre 
presentarme á Dios como un ladrón, y sin ale- 
gar obra de justicia mía, pedir misericordia; y 
si alguna vez me representa el Ángel para 
consolarme algunos conocidos servicios que 
por mí, indigno ministro suyo, se le han he- 
cho á Dios, tomólo en las manos como dos 
palominos ó tórtolas y abrazóme con su Hijo 
muerto por mí (Luc, 2), y ofrézcosele todo 
junto, que á solas y de por sí no oso ofrecer 
cosa que haga, aunque parezca muy grande, 
y con todas las circunstancias que puede lle- 
var de buena. Y basta lo dicho en el particu- 
lar mío, y quédesete por doctrina como las 
demás. 

D.—Yo la recibo como venida del cielo, y 
pídote por amor del Señor me digas el orden 
que he de tener en pensar su pasión y muer- 
te con aprovechamiento, 

M.—La pasión, hijo, no se ha de pasar por 

la memoria de corrida y con poca atención, 

sino con todo afecto y con una 

Cómo se ha de ,, 

inediiar la pa- Horosa y amorosa compasión; y 
sinn con apro- sí uo pudícres derramar lágri- 

vechamienlo. ^^^ ^^^^ ^^j^^^ revuélvela («) á 

lo menos con amor y hacimiento de gracias 
por los inmensos beneficios que por ella hizo 
Dios al mundo. Y si aun esto no pudieres, por- 
que en medio de tantos misterios y beneficios, 
que son como brasas encendidas, perseveras 
frío y sin devoción, ofrécete humilmente desta 
manera á Dios, que también le agradarás como 
muy devoto, Y mira que muchas veces te ha- 
llarás como insensible en cosas que sueles 
tener grandes sentimientos, y nuestro Señor 
acostumbra visitarte con abundancia de lá- 
grimas, lo cual no te debe espantar ni retraer 
de tus símtos ejercicios; porque entonces 
quiere Dios que le sirvas, si así se puede de- 
cir, á tu costa. Y porque es razón que guar- 
des orden en esto, como en lo demás que 
queda dicho, para que la sagrada pasión te 
sea de provecho y, aunque te falte la devo- 
ción, ni te canse ni cause enfado, y aun para 
que alcances por este camino mucha sabidu- 
ría y luz en tu alma, oye, no á mí, sino á San 
Buenaventura, que en un tratado que compu- 
so, cuyo título es Parvum bonum {■), hace un 

(') Edición citada, reflexiona á lo menos. 
(■) Ni en el Raiio nova; collectionis operum... 
S. Bonaventurce (Taurini, 1874), donde se examinan 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



89 



discurso admirable, aunque verdaderamente 
muy dificultoso, pero con algún trabajo mío lo 
he hecho fácil. 

D.—Yo le tengo leído algunas veces, mas 
no le he podido comprender. 

7W. — Pues agora lo compréndenos si con 
humildad prestares atención. Ya habrás oído 
„ , . . , decir de aquel libro que vio San 

Por la pasión de ^ ' 

Cristo se abrió Juan en su Apocalipsi (Apoc, 5), 
el libro y los escrito de dentro y de fuera, y 

szbíb sbIIos 

cerrado con siete sellos, el cual 
ninguno se atrevió á abrir, ni se halló digno 
de mirarlo de cuantos había en el cielo, en la 
tierra ni debajo de la tierra, ni ángel, ni hom- 
bre, ni ánima del limbo. 

£).— Ya leí esa visión y pasé de largo por 
no entender palabra della. Verdad es que re- 
paré en las lágrimas de San Juan, que dice 
que lloraba mucho de ver que aquel libro se 
estaba cerrado y que ninguno se hallaba que 
le abriese. 

JVÍ.— Como quien en espíritu conocía de 
cuánta importancia era para ios hombres sa- 
ber lo que aquella escritura contenía. Al fin 
un venerable viejo le consoló diciéndole: No 
llores, que el León de Judá venció para abrir 
el libro y desatar aquellos siete sellos. Y vi 
luego, dice el Profeta santo, un cordero como 
muerto, con siete cuernos y siete ojos, el cual 
tomó el libro de la mano derecha del que es- 
taba asentado en el trono, y abrióle y descu- 
brió sus secretos; lo cual fué de tanto con- 
suelo para todo el cielo, que tomaron los án- 
geles sus harpas y vihuelas, y taiiendo y can- 
tando suavísimamente decían: Digno es el 
Cordero que fué muerto de abrir el libro y 
desatar sus sellos, etc. 

D.— ¿Sabes, padre mío, qué he considerado 
oyéndote referir esa visión? Que el abrir el 
libro se atribuye á la muerte del Cordero; por- 
que dice que le vio como muerto cuando le 
tomó de la mano del que estaba sentado en 
el trono; y la canción se refiere también á la 
muerte: Digno es el Cordero que fué muerto, 
y bien merecido tiene abrir el libro. 

53 de sus obras, ni en los íiniices de las obras cier- 
tas ó dudosas ó falsas del Opera Oinnia Divi. Bo- 
naventurce (Quaracchí, 1882-1902) he hallado este li- 
bro, y solamente en el t. IX, pág. 264, Sermo II in 
Parasceve hay rastros de este opúsculo cuando dice: 
Isíe líber signatus est sigillis sepíem et apertus per 
interveriQionem Agni. Lo que sigue no concuerda 
con lo que más adelante explica el P. Angeles. 



M. — Maravillosamente has observado el 
f rasis de San Juan; por lo cual te digo que no 
será posible entender los secretos del libro 
si no entendieres primero otros secretos que 
hay en la muerte del Cordero. 

§V 

Discípulo.— De buena gana los oiré. 
Maestro.— Pues advierte que en la pasión 
y muerte de Cristo hay siete circunstancias 
que entendidas y pesadas como 



Circun.ilancias 
que se han de 



es razón declaran admirable- 
considerar en mente lo que Dios hizo mu- 
^l^;;"^" '^" riendo, y la obligación en que 

quedamos á su Majestad por 
haber muerto..La primera, la persona que pa- 
dece. La segunda, sus cualidades. La tercera, 
su grandeza. La cuarta, la causa que le mue- 
ve y lleva á la muerte. La quinta, de la mane- 
ra y forma en que muere. La sexta, cuántos 
males padece. La séptima, el fruto que se si- 
guió de morir, que fué la abertura del libro de 
siete sellos. Digo que has de considerar quién 
es el que padece, conviene á saber: Hijo de 
Dios, Verbo del Padre, Salvador de los hom- 
bres y premiador de los buenos y malos, se- 
gún los méritos ó dem.éritos de cada uno. Las 
calidades son muchas: inocentísimo, mansísi- 
mo, hermosísimo, nobilísimo y amorosísimo; 
es grande y es inmenso en la potestad, en la 
hermosura, en la felicidad y en la eternidad. 
En Él verás la inmensidad humillada, la her- 
mosura afeada, la felicidad atormentada y la 
eternidad muerta. Pues mira cómo padece 
como un cordero, respecto del Padre, con 
puntual obediencia; respecto del prójimo, con 
grande liberalidad; respecto de sí mismo, con 
mucha crueldad, y respecto del enemigo, con 
admirable prudencia. Vuelve luego los ojos 

á los males que padece y cuén- 

e.riraTios fue- •^^'o^ ^^ sabes de cueuta, y ana- 

rnn los lor- de números á números y ce- 

■ T"f7''r' ros á ceros, que no hay arit- 

decio Cristo. ' ^ •' 

mética que no sea manca y 
corta para contarlos. Padece cárceles y ca- 
denas, como flaco, siendo todo poderoso; pa- 
dece escarnios y afrentas, como necio, sien- 
do sabiduría del Padre; padece y sufre bofe- 
tadas y salivas, como blasfemo y vil, siendo 
la misma bondad; sufre azotes y muerte de 
cruz, como malhechor, siendo justísiino Dios. 
Llamóle Isaías (Isai., 53) Varón de dolores y 



90 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO V 



que sabía de enfermedad, porque verdadera- 
mente no tuvo dolor que no se registrase en 
Él. Fué su pasión, como dice Santo Tomás, 
general. Lo primero, por la universidad de las 
personas que concurrieron en ella: gentiles, 
judíos, eclesiásticos, seculares, pobres y ricos, 
grandes y pequeños. Lo segundo, porque pa- 
deció en todos los bienes: en los amigos, en 
la honra, en la hacienda (que al fin dividieron 
su ropa entre sí los sayones) y en la vida tan 
amada de todos. Lo tercero, porque padeció 
en todos sus miembros y sentidos sin que 
quedase uno por atormentar: la cabeza apo- 
rreada con cañas y penetrada con espinas, la 
boca ahielada ('), las barbas mesadas, el cuello 
mal herido de la soga, las manos de las es- 
posas ó cadenas, el cuerpo sembrado de azo- 
tes, los píes lastimados de los caminos, los 
hombros quebrantados de la cruz pesada, etc. 
Parece que desafió Cristo á todos los traba- 
jos que se pudieron imaginar para que se pro- 
basen en Él, de manera que quedasen sin 
fuerzas cuando á nosotros viniesen. Pero ¡tal 
despertador tenia! era la causa que le desper- 
taba y movía la caridad, y la final, redemir- 
nos, alumbrarnos, santificarnos y darnos glo- 
ria. Tales y tan horribles fueron sus tormen- 
tos, que si una fiera los hubiera padecido en 
tu presencia, no fuera posible dejar de com- 
padecerte della y tener algún sentimiento, 
aunque fueras fiera como ella. Y lo que es de 
mayor consideración, que en tantos dolores 
ningún género de alivio ó refrigerio tuvo: ni 
sobre que reclinar su cabeza lastimada, ni so- 
bre que descansar aquel sacratísimo cuerpo, 
que de solos tres clavos estaba colgado y 
apesgado (^) hacia la tierra, secándose todo 
cerno teja con los dolores, todo rodeado de los 
lazos de la muerte; en lo de fuera abatido y 
despreciado, y en lo de dentro desconsolado. 
Por ventura, ¿no te parecen estas cosas de 
gran crueldad? 
D.—Sí por cierto. 

§ VI 

Maestro. —De manera era privado de toda 
suavidad y consolación interior, que hasta el 

(') La L'üición de 1885, anhelosa. 

O La edición cit., apegado á la tierra. Por supre- 
sión de la 5 del participio se dice aquí un error teo- 
lógico é histórico que debe corregirse. 



Desamparo de punto últímo de SU amarga 

Cristo en sui , • ,• . ■ ... 

panionet. muerte sintió sobre si la ira 

del Padre, como sobre aquel 
que representaba en su persona todo el gé- 
nero humano cargado de tantas y tan gran- 
des culpas, por las cuales como fiador y Re- 
dentor pagaba; lo cual (digo, la angustia y 
desamparo) se echó maravillosamente de ver 
más en el huerto que en todo el discurso de 
su pasión; porque parece que no hallan los 
evangelistas voces con que declarar esta su 
congoja y pena tan crecida (Math., 26; Luc, 22! 
Marc, 14). Comenzó (dicen) á tener miedo y 
pesar ó tedio, á entristecerse y congojarse; 
tan apretado se vio, que se valió de lo que 
suele aliviar los trabajos, que es dar parte 
dellos á los amigos. Triste está mí ánima has- 
ta la muerte, dice á San Pedro, á San Juan y 
á su hermano Santiago. 

Discípulo. —¿Qué quiso significar diciendo 
hasta la muerte? 

M.— Que sola la muerte daría cabo de su 
tristeza, ó que sola la angustia del morir era 
mayor que la que en aquel punto padecía; y 
por ventura muriera sí de parte de la divini- 
dad no fuera socorrido y guardado para otros 
mayores dolores y agonías. 

D.— ¿De dónde nació en el ánima de Cristo 
esta tan excesiva tristeza? 

M.—De la durísima lucha y más que civil 
batalla que había entre la carne y el espíritu, 
sobre beber ó no beber el cáliz que ya se es- 
taba aparejando. 

D.— ¿Luego no de voluntad padeció y mu- 
rió Cristo? 

Ai.— ¿Y qué nos mereciera si forzado y no 
de voluntad muriera? Oye, pues, lo que te 
dará luz no pequeña para contemplar estos 
misterios, y para que sin engaño puedas pen- 
sar y hablar en ellos. En Cristo hubo muchas 
voluntades. Sí se cuentan se- 
'c!Xr-«.o gún las naturalezas, son dos: 
rehusábala una divina, y otra humana. Sí 
según las potencias, son tres, 
conviene á saber: voluntad di- 
vina, voluntad del ánima racional y voluntad 
apetitiva, sensitiva; aunque impropiamente se 
llama voluntad esta última, porque propia- 
mente voluntad no se halla sino en la parte ra- 
cional; pero extendido (') el vocablo, por cuan- 

(') La edición citada, entendido. Está mejor la ver- 
, sión antigua. 



carrera de su 
pailón. 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



91 



to se mueve después que aprehende alguna 
cosa, se llama voluntad. S¡ echamos cuenta 
según los modos de querer, son cuatro volun- 
tades, las cuales distinguió Hugo en un trata- 
do Devoluntatibus Cristi, desta manera: Hubo, 
dice (Hugo., tract. de volunt. Christi), en Cristo 
voluntad de la divinidad, de la razón, de pie- 
dad y de carne. La voluntad divina hacía jus- 
ticia, la voluntad racional la aprobaba, la vo- 
luntad de piedad ó compasión condolíase del 
mal ajeno, la voluntad de carne ó natural 
sentía y rehusaba el daño propio. 

D.— Conforma agora esas voluntades. 

M.— En el modo ó razón de querer, todas 
estas voluntades estuvieron conformes, aun- 
que de la parte de la cosa querida no había 
identidad, porque cada una dellas quería lo 
que era suyo propio. La voluntad divina pe- 
día justicia, como ya dije. La voluntad de la 
razón se conformaba con ella y aprobaba lo 
que pedía y quería. La volunMd de piedad, 
sin odio, se condolía de la hu.nana miseria- 
La voluntad de carne no acusaba la justicia, 
pero rehusaba la pena. De manera que cada 
una destas voluntades seguía lo que le perte- 
necía, pero en nada discordaban todas de la 
divina. Pruébolo. Lo primero, porque la vo- 
luntad deliberativa de la razón nunca discor- 
daba de la divina, ni en lo que ella quería, ni 
en el modo de quererlo; porque quería todo 
lo que sabía querer esa divina voluntad, y 
queríalo fundada en la caridad, y queríalo 
como Dios quería que lo quisiese. Y desta 
aceptación voluntaria con que Cristo aceptó 
el morir con voluntad deliberativa de la ra- 
zón, mereció para sí y para nosotros todos; 
el cual mérito estuvo formalmente en el acto 
de la voluntad, y materialmente en la pasión, 
en cuanto le fué á la mesma voluntad materia 
de merecer 

§VIl 

Dijo Alejandro de Ales muy bien (Alex. in 

3 sent.) que no fuera virtuoso el dolor de 

Cristo, ni meritorio, ni grato á 

Cuan de tolun- r^. . , ¡, ■ , , 

tadyconcuan- Dios, SI le Sufriera de mala gana 
tofjusio fuelle- y contra su voluntad. Y así es 
verdad, que fué Cristo llevado 
á sus pasiones y dolores con 
todo el esfuerzo de su ánima, como á cosa 
á Él muy agradable y sobre toda estimación 
querida; lo cual prueban muchos lugares de 
la divina Escritura, que por muy sabidos dejo. 



vado Cristo a 
lií muerte. 



Digo lo segundo, que la voluntad natural en 
Cristo no discrepó de la voluntad divina en 
cosa alguna; porque la razón formal, porque 
la voluntad natural en Cristo, rehusaba la 
muerte, y aquella por la cual la voluntad deli- 
berativa la deseaba y apetecía no eran dife- 
rentes, porque la voluntad natural rehusaba 
la muerte en cuanto era algún mal para la 
naturaleza en cuanto naturaleza; pero la vo- 
luntad deliberativa la apetecía y quería en 
cuanto la aprehendía como cosa útil para la 
redención del género humano, según la orde- 
nación divina. Demás desto, si cuando alguno 
quiere lo que otro quiere que quiera no es 
visto discordar de su querer, queriendo la 
voluntad natural en Cristo lo que la voluntad 
quería que quisiese, la cual quería que se mo- 
viese según su natural movimiento, llano que- 
da que eran conformes. Ítem, porque la con- 
formidad de una voluntad con otra no se con- 
sidera solamente según la semejanza, sino 
también según la sujeción; ni Dios pedía á la 
voluntad natural en Cristo que fuese seme- 
jante con la deliberativa y racional, sino que se 
le sujetase y que quisiese lo que ella ordena- 
se que quisiese; bastó para ser conformes lo 
que agonizando en el huerto dijo (Math., 26; 
Luc, 22): No lo que yo quiero, sino lo que tú 
mandas se haga. Tampoco el apetito sensiti- 
vo discordaba de la voluntad deliberativa, 
aunque no deseaba aquello que ella quería, 
antes rehusaba la pena y muerte corporal que 
se le apresuraba; pero el rehusar esto era por 
el imperio de la voluntad deliberativa, que or- 
denaba que siguiese su movimiento natural 
para que desta lucha resultasen en Cristo 
mayores dolores, congojas y desconsuelos. 
Aunque has de advertir, que por el dicho mo- 
vimiento en que se encontraban la voluntad 
natural racional y el apetito sensitivo, en nin- 
guna cosa era impedido ni retardado el de la 
voluntad deliberativa. De aquí 

Toda el ánima ■ c> r, j. 

de Cristo pa- ^s, segun San Buenaventura 
decid imita- (S. Buenav., 3 sent.), que el do- 
lor y la tristeza en Cristo, no 
sólo se extendieron á la parte 
inferior de la razón, sino también á la porción 
superior, de manera que toda su ánima bendi- 
tísima padecía juntamente con el cuerpo, para 
que así toda el ánima pecadora quedase cu- 
rada y remediada. Aunque se ha de confesar, 
según todos, que la porción superior de la 
razón gozaba de la esencia divina y tenía allí 



mente con el 
cuerpo. 



92 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO V 



SU bienaventuranza. Y aunque parecía difi- 
cultoso, y lo es de entender, que en el ánima 
de Cristo, según una misma potencia y estado, 
hubiese dolor inmenso é inmenso gozo, y que 
el dolor que sobrevenía no interrumpiese el 
tal gozo, ni el gozo estorbase los crecimien- 
tos del dolor, es sin duda que fué así, y se ha 
de tener y creer como verdadero y recebido 
de los santos Doctores de la Iglesia. 

/).— Paréceme que, aunque dificultoso, lo 
entiendo, y quiera el Señor que lo sepa sen- 
tir como es razón, que á lo menos por falta 
de bien enseñado no dejaré de aprovechar en 
este santo ejercicio. 

Ai.— Pues no te he dicho aún la razón que. 
á mi ver, hacía que la congoja en Cristo fue- 
se tan crecida. 

D.— ¿Luego otra hay más poderosa que las 
ya dichas? 

vW.— Fué, sin duda, que orando al Padre no 

Qué fué lo que ^.^''° ^" É' acogida; y habiendo 

aumentó á sído antes deste tiempo su ora- 

cristo su con- ción tan bien recibida v desoa- 
Qoja? , . j f 

chada, agora en tanta necesidad 

orando prolijamente no le oía. Sintió á su Pa- 
dre airado contra sí por los pecados del mun- 
do, los cuales había tomado sobre sus hom- 
bros y á su cuenta, y que sus pensamientos 
para con Él eran duros y de aflicción, como 
contra hombre enemigo de su honra; ¡oh cuan 
dura es (') para el Hijo esta ira del Padre! Es- 
pantado, pues, y atemorizado con el ímpetu de 
la indignación divina, cayó en tierra sobre su 
rostro y comenzó á agonizar, y con ansias de 
muerte sudaba gotas de sangre en tanta 
abundancia, que regaba con ellas la tierra. 
En esta miserable figura está el Hijo delante 
de su Padre, prostrado y ensangrentado y su- 
friendo sin morir la dura muerte. Muy bien 
dijo el Apóstol (Heb., 10): Horrenda cosa es 
caer en las manos de Dios vivo. 

D.— ¿Es posible que de sola la imaginación 
de la muerte sude Cristo sangre? 

Ai.— Algún día te diré la razón legitima de 
ese sudor; por ahora te digo dos: La primera, 
que esperaba pelear con la muerte viva. La 
segunda, porque este nuestro Mártir está 
desamparado y dejado á sí mismo. Los demás 
lucharon con la muerte muerta y ayudados y 
favorecidos de Dios con tantos regalos y 
ayudas de costa que apenas sentían los tor- 

(') La edición citada, debió ser. 



mantos. Tratando la Glosa de aquel cabrón 
que enviaban al campo por ley de Dios, dice 
(Levit, 16) que en el tiempo de la pasión de 
Cristo es visto haberse ido la divinidad al 
cíelo, no mudando lugar ni desamparando 
aquella humanidad sacratísima que tenía á si 
unida personalmente, sino retrayendo su vir- 
tud y escondiéndola, para que los pérfidos 
judíos y sayones pudiesen salir con sus inten- 
tos y dar cabo del inocente Cordero; el cual 
desamparo comenzó en el huerto y duró hasta 
que expiró en la Cruz. 

§ VIII 

Estando en ella, desamparado de amigos y 
enemigos y atormentado con la vista de su 
Madre, para hallar algún refrigerio se acogió 
á su eterno Padre, y no lo sintió, como si no 
hubiera Dios. Oía á los judíos, que burlando de 
Él decían: Confió en Dios, líbrele si quiere de 
nuestras manos. Viéndose así desconsolado y 
entre los dolores del infierno, de los cuales el 
mayor que sienten los dañados es la ausencia 
de Dios consolador, con voz grande y espan- 
tosa, lo uno por el dolor vehemente, lo otro 
porque hablaba con Dios ausente y apartado, 
dijo (Luc, 23; loann., 19; Math., 27): Señor, 
Señor, ¿por qué me habéis desamparado? No 
dice Padre, porque no hacía aquí oficio de 
Padre, sino de rigurosísimo juez. Ut quid 
dereliquisti me? Nunca yo me aparté de vos; 
por vuestro servicio y gusto me he dejado á mí 
y á todas las cosas; ¿por qué, pues, os apar- 
tastes vos de mí? Puse en vos mi esperanza, 
¿cómo me faltáis? ¿Para los demás tan amigo 
y para mí solo tan enemigo? Escondióse, dice 
San Ambrosio, en Cristo la vida, para que lle- 
gase la muerte, la cual vino de fuera; porque 
en El no había causas para morir, ni mató mu- 
riendo su muerte, sino la nuestra, como lo 
canta la Iglesia ('). Y basta lo dicho por hoy de 
la pasión de Cristo, porque ya es tiempo que 
veamos el fruto della, que es haber abierto el 
libro cerrado y sellado con siete sellos, que 
fué la última circunstancia; y hecho esto, nos 
recogeremos, porque estoy cansado y no bien 
dispuesto. 
Discípulo.—Sea como mandares, padre de 

(') Probablemente alude al liinino Vexilla Regís 
prodeunt, etc., que se canta el Viernes Santo y en 
todas las fiestas de la Cruz. 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



93 



mi alma, que yo espero en nuestro Señor que 
desta materia has de hablar algún día más 
copiosamente. 

Maestro.— Dada tengo palabra á un gran 
siervo de Dios, religioso de nuestra orden, 
de hacer un tratado de la pasión de Cristo, 
en que declare el texto según los cuatro 
Evangelistas y los principales misterios, para 
poderlos meditar con el sentimiento que es 
razón, y así me remito á lo que allí diré, si el 
Señor me ayudare con su gracia. 

D.— Ayúdete Dios, por su pasión, para que 
trates della en gracia de tantas almas que 
desean lo que ese padre te ha pedido; que 
aunque hay meditaciones y tratados desa 
materia, vienen envueltos en otras cosas di- 
ferentes; y si hay quien trate del texto, es 
con tanta sequedad y mezcla de letras huma- 
nas, que cuando se ha leído mucho tiempo, 
se queda el alma tan estéril como si leyera 
una historia secular. Pero dejando esto para 
su lugar, dime, yo te ruego, ¿qué libro es el 
que abrió el Cordero muerto? 
M. — San Buenaventura, en el lugar alegado, 
dice que es la noticia universal 
^"L'tT/sfm de todas las cosas, en el cual 
Juan cerrado libro estaban siete principalísi- 
y sellado con j^^g escondidas y como sella- 

siele sellot. ■' 

das con siete sellos, las cuales 
se le descubrieron y manifestaron al hombre, 
mediante la pasión y muerte del Señor. Quiero 
referirte aquí las palabras deste Seráfico 
Doctor: Hcec (inqiiit) sunt septem quce sigilla- 
ta sunt sigillis septem. Estas son las siete co- 
sas que están selladas con siete sellos. Pri- 
mera, Deus admirabilis. Segunda, Spiritus in- 
telligibilis. Tercera, Mundus sensibilis. Cuarta, 
Paradysus desiderabilis. Quinta, Infernus ho- 
rribilis. Sexta, Virtus laiidabilis. Séptima, Rea- 
tas culpabilis. Dénos Dios entendimiento para 
penetrar misterios tan grandes y tan secretos, 
que grandes deben ser y de grande estima- 
ción, pues cuando los abre el Cordero hace 
todo el cielo fiesta. Antes que Dios muriese 
por los hombres, ignorábamos siete cosas 
que muerto. Él se nos manifestaron Ignorá- 
bamos que tan admirable fuese Dios. Las 
condiciones de los espíritus inteligibles ó in- 
telectuales. Lo que era este mundo visible, 
adonde tan avecindados están los pecadores. 
Cuan para codiciar fuese el Paraíso y Reino 
de los cielos. Cuan horrible y espantoso el 
infierno. Cuan digna de alabanza y estimación 



Primer sello. 



la virtud y cuan detestable el pecado. Muere 
Dios y ábrense estos sellos to- 
dos, y conocimos en el prime- 
ro cuan admirable es Dios en la sabiduría in- 
escrutable con que engañó al demonio, ofre- 
ciéndole la carne en que se cebase, y guar- 
dando la divinidad que como anzuelo le pes- 
case, para que así quedase, por donde pensó 
vencer, vencido. Lo segundo, en su justicia 
invariable con que buscó el precio riguroso 
de nuestra redención, pagándose Él á sí 
mismo hecho hombre lo que no pudiera (') 
ningún puro hombre. Lo tercero, en la infinita 
misericordia con que se ofreció á morir por 
sus enemigos, y entre ellos por los mismos 
que derramaban como agua su sangre. Este 
es el primer sello que tenía encubierta la sa- 
biduría inescrutable, la justicia invariable y 
nunca torcida, y la misericordia infinita y no 
agotada de nuestro Dios. Pesa cada cosa des- 
tas por sí, y verás qué de materia te adminis- 
tran para la contemplación. 

D.— Ya yo voy entendiendo la alteza desa 
doctrina y la razón que tuviste de encarecer 
su dificultad al principio. 
M.— En el segundo sello que abrió el Cor- 
dero se nos manifestó el espí- 
ritu inteligible, conviene á sa- 
ber, la blandura y benignidad de los ángeles, 
el valor de las almas, la crueldad y tiranía de 
los demonios, que son tres diferencias de 
espíritus comprendidas en aquella palabra 
espíritu inteligible. 

§ IX 

¿No te parece que fueron afectos á los hom- 
bres los ángeles santos, pues permitieron que 
su Dios muriese por ellos, y enviaron uno que 
le animase y confortase cuando agonizaba 
con la muerte? Pues mira tú si pudo haber 
crueldad como la de los demonios, que solici- 
taron á Judas para que le vendiese y á los ju- 
díos para tan gran maleficio. Y ¿qué más se 
puede decir de la dignidad del hombre, que 
decir que Dios muere en una cruz por él? 
Abrióse el tercero sello, y conocimos la ce- 
guedad del mundo, su esterili- 
dad y malignidad; pues que 
como tenebroso y ciego no conoció la luz 
verdadera que descendió del cielo para alum- 

(') La edición citada añade hacer. 



Segundo sello. 



Tercero sello. 



94 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOQO V 



brarle; como estéril, menospreció á Cristo 
como hombre infructuoso; como maligno, con- 
denó y quitó la vida á su Dios y Señor, bien- 
hechor y amigo. 

Discípulo.— Bien dijo San Juan, según eso 
(1 loann., 5), que todo el mundo estaba puesto 
en maligno. 

Maestro.— ¿Sabes tú qué quiere decir ma- 
ligno? 

D.— La Glosa llama maligno á las cosas de- 
leitosas deste mundo. Y Nicolao de Lyra dice 
que lo mismo es maligniis que malus ignis. 

M.— No hagas mucho caso de estas etimo- 
logías, que aunque el fuego de los deleites y 
codicias deste mundo, en que se abrasan los 
moradores del, sea malo, no se declara por 
ahí lo que San Juan quiso decir en esa breve 
sentencia (I loan., 2): Todo el mundo está 
puesto en maligno. Aquella terminación neu- 
tra no significa cualquiera malignidad, sino 
la suma y colmo della; como aquella palabra 
del Ángel á la Virgen (Luc, 1): Quod enim ex 
te nascetiir sanctum; Lo que de ti nacerá san- 
to, esto es, la misma santidad en abstracto, 
será todo santidad, sin mezcla de cosa que la 
contradiga. Y así, maligno dice que todo lo 
que hay en el mundo es malignidad ó malicia. 
Pero ya que, abriéndose el tercero sello, co- 
nocimos el desdichado lugar en que vivimos, 
en la abertura del cuarto se nos manifestó el 
agradable Paraíso que desea- 
mos, en el cual está la alteza de 
toda la gloria, el espectáculo ó vista de todo 
el contentamiento y alegría, y una como boti- 
llería ó despensa de todas las riquezas de 
Dios. De aquí vino que el Altísimo se humilló 
hasta la forma de siervo, por 
¡'obieza exire- levantarnos á esta tanta gloria; 

macla de Cris- , . ., . , t.i- ■ • 

to y por qué. el justísimo Juez se obligo a 
tan rigurosas penas por librar- 
nos de tantas culpas, y el riquísimo Señor se 
hizo en extremo pobre, para que con Él gozá- 
semos de tan grandes riquezas (II Cor., 8). 

D.— Crisóstomo dice (Crisos., homil. de na- 
tivit. Domini in Luc.) que de su toca hizo la 
Virgen pañal, y de un pedazo de la saya man- 
tilla para cubrir y envolver aquellos miembre- 
citos tiernos del Hijo de Dios, recién nacido 
en el pesebre. 

Ai.— Pues si por enriquecerme á mí está 
Dios tan pobre, ¿adonde están en mí tantas ri- 
quezas como promete tan extremada pobre- 
za? Si conforme á vuestra mengua. Dios mío. 



Cuarto sello. 



ha de ser mi abundancia, siendo vos tan rico y 
estando tan necesitado hasta de un rayo de 
leche (Lbere de cáelo pleno, Ecclesia.) que si no 
se le proveyera del cielo á vuestra Madre, no 
le tenía para dárosle, ¿cómo estoy yo tan 
amenguado y necesitado? ¡Oh varones ecle- 
siásticos que, renunciando las riquezas espi- 
rituales que la temporal pobreza de Cristo 
os ofrece, abrazáis las transitorias que Él 
condena y desprecia, y peláis los pobres y los 
desolláis cerrados, para pompa y fausto de 
vuestras casas! ¡tas paredes entapizadas, las 
mesas de reyes, el ornato de grandes y los 
pobres que están á vuestra cuenta muriendo 
de hambre! ¡Que desnudáis á Cristo en sus 
miembros y le hacéis andar dando (') de diente 
con los fríos del invierno, y pacer hierba en 
los campos, y dormir al sereno, como dice e* 
santo Job! (lob., 24). Pues despedios de las 
riquezas del cíelo, que no las vino á ganar la 
pobreza de Cristo sino para los que despre- 
cian en el hecho, ó en el deseo, las del suelo,, 
gozando de las que sufre el estado de viado- 
res, que son de virtudes y bienes espirituales, 
lo cual todo nos mereció el pobrísimo Jesús 
que, como dijo el Apóstol (II Cor., 8), se hizo 
pobre y menesteroso, siendo rico, para que 
con su necesidad y me>igua fuésemos nos- 
otros ricos. 

D.— Parece que has tomado un poco de 
cólera contra los eclesiásticos que, olvidados 
de enriquecer sus almas, atesoran en las 
arcas. 

Ai.— Este es el lenguaje del mundo, que 
llama cólera al celo y espíritu con que se re- 
prenden los abusos del mundo. Mas dejemos 
esto para el pulpito y abramos 
el quinto sello, ó lleguemos á 
ver lo que descubrió abriéndole el Cordero 
muerto, que verdaderamente pone miedo y 
espanto terrible. ¿Habíase por ventura enten- 
dido lo que es el infierno hasta que Dios mu- 
rió por librar del á sus escogidos y hijos de 
su Reino? Mira tú aquí qué tales serán los 
tormentos que sufrirán los dañados por sus 
culpas de que para siempre no se enmenda- 
ran, si ellos vivieran para siempre, si el Hijo 
de Dios los padece tan grandes por las de 
aquéllos que pecaron y se arrepintieron y se 
quisieron aprovechar de su sangre, la cual 
por todos derramó en la cruz. ¡Qué pobreza, 

(') La edición citada, dando diente con diente. 



Quinto sello. 



PUERTA CUARTA, PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO 



95 



qué vileza, qué miseria y qué mengua de to- 
das las cosas! ¡qué desprecio habrá en aquel 
horrible y asombrado lugar, pues que Dios 
por salvarnos fué tan pobre, tan abatido, tan 
despreciado, tan amenguado y tan lleno de 
miserias! 

§ X 

Henrico Harpio, famoso teólogo de su tiem- 
po, afirma que, considerando Cristo el mérito 
de su pasión y el fruto de su cruz 
A cuanto se ex- santísima, estuvo aparejado (si 

tendió el deseo ... , 

que tuvo Cris- convmiera) para ser atormen- 
to 'i« padecer, tado eternamente y afligido con 

y lo que nos me- •<■••. j i ■ , 

redó con esto, 'nfmitos dolores, asi por el 
amor de su Padre como por el 
amor y provecho de sus hermanos; y por esto 
mereció tanto acerca del Padre como si su 
tormento fuera eterno, porque por la volun- 
tad y deseo dilató y extendió toda su vida á 
una cosa infinita, y á la tolerancia de una in- 
finita materia de muerte; y esto, para que más 
perfectamente satisficiese á su Padre y á nos- 
otros nos juntase con Dios con más estrecho 
vínculo y atadura. De donde colijo yo que, 
aunque los tormentos y dolores de Cristo no 
fueron en el hecho infinitos ni eternos, lo fue- 
ron á lo menos en el deseo y voluntad y en la 
satisfacción; asi por esto, como por ser el su- 
puesto que padecía divino. Al fin satisfizo de 
manera por nuestras culpas, que la eternidad 
de las penas que por ellas merecíamos la con- 
mutó en las temporales suyas, las cuales fue- 
ron verdaderamente excesivas por el tiempo 
que duraron, como penas que satisfacían por 
culpas dignas de ese infierno. Y si en el ma- 
dero verde desta manera se emprendió el fue- 
go de la divina justicia, ¿cómo arderá en la 
leña seca (Luc, 21), digo, en los que tan secos 
y sin Dios partieron desta vida para la sem- 
piterna muerte, ayudando con su soplo el 
todo poderoso Dios, como dice Isaías, para 
que nunca se apaguen aquellas vengadoras 
llamas? 

Discípulo.Según lo que has dicho, ya pa- 
deció Cristo por todos de rigor de justicia, y 
quedamos desobligados de padecer por nues- 
tros pecados. 

Maestro.— Como Redentor (porque no hay 
más de uno) tienes razón, mas en otro senti- 
do es proposición luterana; y para que sal- 
gas de ese error (aunque yo sé que fué ré- 
plica por oírme disputar contra Lutero) has 



Cómo satisfizo de saber que se hubo Dios en 
Cristo por tn- g] gobíemo de su Iglesia como 

dos de riqorde , , ^ , i • t- 

justiciaiy qué 6" el de todo el universo. En 
obligación nos el universo puso causas uni- 
Tiwí^. ** ""*' versales y supremas de todas 
las cosas, cuales son el sol, la 
luna, los cielos y otros planetas. También puso 
causas inferiores y particulares, que sirven 
de poner en ejecución lo que las superiores 
ordenan. Y es tan grande el concierto y ar- 
monía que entre las unas y las otras se halla, 
que ninguna se entremete en el oficio de la 
otra ni usurpa su jurisdicción. No puede el sol 
producir una planta si no es ayudado de la 
tierra y el agua y de las semillas, que son cau- 
sas particulares para las tales producciones; ni 
el hombre engendrar perfectamente otro hom- 
bre sin el concurso del sol, que es causa uni- 
versal. Al fin este mundo es una repúbhca 
concertadísima, donde se hallan personas emi- 
nentes y de autoridad, emperadores, reyes, 
duques, marqueses, condes, que ordenan y 
mandan lo que se ha de hacer, y otras infe- 
riores y más bajas que sirven de manos para 
ejecutar lo ordenado y mandado. En la Iglesia 
que es república del cielo, puso Dios una so- 
berana y universal causa para todos los efec- 
tos de gracia que se producen en ella. Esta, 
dice San Pablo (Heb., 5) que es Cristo. Fué 
hecho, dice, para todos los que le obedecie- 
ron, causa de salud eterna. Y con esta consi- 
deración llamó el profeta Ma- 

Causas univer- , . / un \ a \ ■ /-> • ^ < 

sales de lodos 'aquias (Mal., 4) a Cristo sol 
los efectos de de justícía: Saldrá para vos- 
¡jracia y gio- otros, los quc reverenciáis y 

na, es Cristo. ' ^ •' 

teméis mi nombre, un Sol de 
justicia. Que es como si más claro dijera: Apa- 
recerá en el mundo una causa universal de 
todos los efectos de justicia y de gracia que 
se producen, así en los hombres como en los 
ángeles. 

§ XI 

Digo en los ángeles, por lo que dice San 
Pablo (Ephes., 1) que hizo Dios á su Hijo ca- 
beza sobre toda la Iglesia militante y triun- 
fante. Y á los Colosenses dice (Colos., 2) que 
Cristo es cabeza sobre todo principado y po- 
testad; esto es, de los ángeles, como nota 
Santo Tomás (S. Thom., in Pau.), así por la 
preeminencia, que al fin preside como cabeza 
en el cielo, como por la influencia; porque en 
cuanto hombre alumbra á los ángeles y influ- 



96 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VI 



ye en ellos, según qne alUunente lo prueba 
San Dionisio sobre aquellas palabras de Isaías: 
Quis cst iste qui venit de Edom? Esto así pre- 
supuesto, conviene á saber, que Cristo es 
causa universal de la salud de los hombres, es 
negocio llano que cumplió bastantemente con 
su obligación de causa universal dando reme- 
dios generales á los hombres, su sangre, su 
ley, su doctrina y sacramentos que son depó- 
sitos de la gracia, y que el aplicar estos reme- 
dios en particular es de las causas particula- 
res. Particular era San Pablo, y como tal de- 
cía (Colos., 1): Cumplo en mi carne las cosas 
que faltan de las pasiones de Cristo, por su 
cuerpo de Él, que es la Iglesia. Ayudaba á las 

, . almas el Apóstol para que esta 

Que se requie- ^ ' ^ 

re de nuestra causa Universal se particulan- 
parte para ^ase en ellas y juntamente en 
de Cristo not '^ suya. A los dos hermanos 
seadeprove- que pidieron asientos en el 
^'"'- Reino, les dijo Cristo (Mat., 20): 

¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber? 
Como si más claro les dijera: Asentaros heis 
en mi Reino si bebiéredes mi cáliz. Los efec- 
tos particulares no son de las causas univer- 
sales, que no engendrará el sol un caballo, si 
otro caballo no determina aquel su concurso 
general; ni en ti tendrá efecto particular la pa- 
sión de Cristo, si tú no la haces particular 
tuya por imitación y conformidad. Tus trabajos 
y tu cruz se han de ayudar de los trabajos y 
cruz de Cristo como de causa universal, y 
desta manera se producirán en tu alma efec- 
tos maravillosos de gracia y bienes espiritua- 
les. Herederos de Dios, dijo el Apóstol, y cohe- 
rederos de Cristo (Rom., 2), no á secas y ab- 
solutamente, sino concurriendo como causas 
particulares con la universal: Sí tamen com- 
patimur, ut et conglorificemiir. Si empero nos 
compadeciéremos, esto es, si padeciéremos 
juntamente, para que juntamente seamos glo- 
rificados. Y no más desta materia. 

Discípulo. —Luego ¿no quieres que veamos 
hoy lo que estaba encerrado en el sexto 
sello? 
Maestro.— La virtud nunca dignamente ala- 
bada es tan preciosa, que qui- 
so más perder Cristo la vida 
que ir en nada contra ella (Heb., 10). Tan her- 
mosa, que en las mismas injurias que iba pa- 
deciendo iba resplandeciendo. Tan fructuosa, 
que con un solo acto de virtud heroica y per- 
fecta despojó el infiierno, abrió el cielo y res- 



Sexío sello. 



L'Himo nello. 



tauró lo perdido. En el último sello se nos 
descubrió la gravedad del pe- 
cado, para cuyo remedio fué 
necesario tan gran precio, tan costoso sacri- 
ficio y tan dificultosa medicina. Esto es, por 
abreviar, lo que te puedo decir de los siete 
sellos. Y abrevio más mi plática asegurándote 
que jamás leí ni experimenté ejercicio más 
copioso, ni de mayor fruto, que éste que has 
oído. ¡Oh si supiesen los hombres el secreto 
ó los secretos que encierra en sí la cruz sa- 
cratísima y pasión amarguísima de Cristo! 
¡Qué de buena gana la abrazarían y la busca- 
rían y se pondrían en ella, cuando faltasen 
sayones que los crucificasen! Llora el Apóstol 
sus enemigos con lágrimas salidas del cora- 
zón (Philip., 3), y yo doy mil bendiciones á sus 
amadores; y el cielo los canta y celebra por 
santos, porque comprendieron, con los que 
lo son, la longitud, latitud, alteza y profundi- 
dad della, y gustaron de la caridad de Cristo, 
superior á toda ciencia, que en aquellos sus 
brazos resplandece. Si no fuera tan tarde y la 
indisposición que tengo no me impidiera, te 
dijera aquí cinco causas que pone Hubertino, 
que agravaron los tormentos y pasión de Cris- 
to, y algo de aquella transformación maravi- 
llosa de nuestro padre San Francisco en el 
Crucificado; mas ya que hoy no puede ser, el 
primer día que nos veamos gastaremos en 
esta plática, y en la victoria de los jayanes 
que defienden el Reino de Dios. Él sea contigo. 
D.—Y te acompañe, maestro mío, y pague 
con bienes eternos tanto bien como me haces, 
y á todos los que después se han de aprove- 
char de doctrina tan del cielo. Amén. 

DIÁLOGO SEXTO 

En que se prosigue la materia de la pasión de 
Cristo nuestro Redentor, y de lo que obró 
su atenta consideración en nuestro padre 
San francisco y otros Santos, y del primero 
jayán y enemigo que defiende la entrada al 
Reino de Dios. 

§ I 

Discípulo.— No está bueno liii maestro, pues 
no sale esta tarde por la huerta; téngale nues- 
tro Señor de su mano y no permita que su 
poca salud sea parte para que tan santo ejer- 
cicio como él tiene comenzado en tanto apro- 
vechamiento de las almas deje de tener el fin 



PASIÓN DE CRISTO Y LLAGAS DE SAN FRANCISCO 



97 



í 



que desea; poique sin duda ninguna si llega 
á ordenar lo que toca á las introversiones ó 
hablas interiores del alma con Dios, que al- 
gunos han llamado oración de recogimiento, 
que sea una de las cosas de mayor artificio y 
más provechosa para todo género de perso- 
nas que quisieren aprovechar en la milicia 
cristiana de cuantas él ha escrito. Yo quiero 
llegarme á su celda, que si el mal de hígado 
que de ordinario le aflige no es mucho, no de- 
jará de continuar lo que ayer quedó comen- 
zado. Pero ya viene, y en los pasos lentos y 
color encendido del rostro se echa de ver 
que no viene bueno. 

Maestro. —Estés en hora buena. Deseoso. 

D.— Buena es para mi, pues merecí verte y 
oír esa tu voz tan agradable á mis oídos. ¿Qué 
ha sido la tardanza de hoy? 

Ai.— Mi indisposición de hígado me ha de- 
tenido, y no saliera de la celda si no fuera por 
tu respecto. 

D.—Yo había sospechado (') que el haber 
hablado ayer tanto de pasión, y esta noche 
contemplado en ella para proseguir hoy la 
misma materia, te había hecho daño á la salud. 

M.— Pluguiese á Dios que en ese ejercicio 
muriese, que este seria el verdadero vivir. 
Cuanto más que no soy tan espiritual, que la 
meditación de Cristo crucificado me haga en- 
fermar en el cuerpo, ni en el alma tampoco. 

D.— ¿Luego esos efectos causa en los que 
atentamente y como conviene la consideran? 

M.— En nuestro padre San Francisco lo pue- 
des ver, que fué uno de los que más contem- 
plaron en ella y en quien mejor se conoció su 
virtud y eficacia maravillosa; porque, como 
sabes, se transformó todo en el Crucificado- 

D.— De esa transformación deseo mucho 
que me digas algo, porque es la cosa que ma- 
yor admiración me pone de cuantas en mi 
vida he oído. 

M— Dos transformaciones visibles y al ojo 
ha hecho el amor con que declaró bien su 
virtud, conviene á saber: de Dios en el hom- 
bre y de Francisco en Dios. Tenía Dios den- 
tro en su corazón al hombre y sacóle á fuera 
el amor haciéndole parecer y ser hombre. Te- 

(') Edición 1885: -Ya sospeché yo que tanto ha- 
blar ayer de Pasión y el meditar esta noche en ella 
para continuar hoy la lección comenzada el día an- 
terior habría perjudicado vuestra salud». No sé por 
qué tanto cambio de palabras, sin ganar en claridad 
ni sencillez. 

Obras m'^titas ni 1*. An rniF.- 7 



Dosíramform^.. ,^ja San Francisco dentro de sí 

ñones miracn- . r> ■ i <, j « 

losas hizo el. ^ Cnsto llagado y en la cruz, 
a ñor en Cristo por coutinua meditación y imi- 

y S. Francisco, ^^^j^^^^ ^ ^^^^j^ ¿ ^^^^^ ^j ^^q^. 

y apareciendo Cristo desapareció Francisco, 
porque no ya Francisco, sino Cristo regia y 
gobernaba aquel cuerpo y alma bienaventu- 
rada de Francisco. 

D.—Lo que yo pretendo saber no es el he- 
cho, sino el cómo se hizo; porque muchos 
años ha que medito en la pasión y muerte de 
Cristo, y ni me siento llagado ni transforma- 
do en ella, antes muchas veces tan indevoto 
como si fuera pasión y muerte de un puro 
hombre que no me tocara. 

M— En nuestros tiempos se han visto har- 
tas transformaciones que han puesto en gran- 
de admiración á todo el mundo, y le tuvieran 
asi por largos años si la falsedad dellas no se 
hubiera manifestado tan presto. Mas Dios, 
que nunca falta á su Iglesia en las cosas ne- 
cesarias, acudió muy á tiempo con el desen- 
gaño, que no habían podido alcanzar tantas y 
tan buenas letras como en el caso estuvieron 
engañadas. 

D.— Ya yo entiendo (') por quién dices eso; 
pero, pues tú pasas debajo de silencio su 
nombre, no debes de querer que al descu- 
bierto se hable en ese caso. 

M.— Por agora no, á lo menos P), porque ni 
hago oficio de historiador, ni ¡es de mi condi- 
ción ofender á quien estará sin culpa, ni á quien 
la tuvo, si está ya arrepentida y enmendada. 
Bien pudiera aquí tratar de algunas mujeres 
que han fingido llagas, azotes, coronas de es- 
pinas y Cristos en los pechos, porque en nues- 
tros tiempos habernos visto todo esto; y aun 
en él se conoce la causa de una doncella que 
soñaba ciertos sueños que á la primera vista 
parecían profecías; y de un sacamanchas, que 
si se sacara las de su alma no manchara á 
tantos con sus falsedades; y de un profeta 
mentiroso de que yo me escandalicé mucho y 
dije su caída mucho antes que cayese, por al- 
gunas señales que vi en él de presunción y 
soberbia; mas porque son cosas modernas, 

(') Edición cit.: Ya imagino yo por quién dices 
esas cosas, etc. 

{') La misma: "Cuando menos por ahora no, por- 
que ni hago oficio de historiador, ni es mi propó- 
sito ofender á persona alguna culpable ó no culpa- 
ble y que acaso estará ya arrepentida y enmenda- 
da'\ Parece lo mismo, pero hay diferencia. 



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CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VI 



quédense para los historiadores. Lo que con- 
viene es que no te fies de todo espiritu, por- 
que no lo es verdadero todo lo que lo pare- 
ce, especialmente no des crédito á mujeres 
en materia de visiones y revelaciones y expo- 
siciones de la sagrada Escritura, que Dios es 
sapientísimo y sabe estimar sus riquezas en 
lo que son, y no las suele depositar en vasos 
tan quebradizos. Alvaro Pelagio, famoso ju- 
rista, en tiempo del Papa Juan XXII, Obispo 
de Silves, que agora ¡se dice de los Algarbes 
en Portugal, entre muchos vicios que halla en 
las mujeres, pone por muy particular éste: que 
de ordinario se fingen espirituales y dicen que 
padecen éxtasis y raptos mentales y que tie- 
nen espíritu de profecía; y es lo bueno que á 
costa de la virtud que no tienen se hacen ri- 
cas, recibiendo de los señores y personas de- 
votas grandes regalos y dádivas de mucho 
precio. ¡Oh cuántas tengo yo conocidas que 
las traen de palacio en palacio, pensando los 
caballeros y señoras que con su presencia 
quedan santificadas las casas y redemidas sus 
culpas! Conocí yo una (dice el buen Obispo) 
que se arrebataba cuantas veces quería, es- 
tando actualmente amancebada, y después de 
muerta, visitando un convento de religiosas, 
hallé en él una hija suya, que había habido de 
adulterio, la cual me descubrió la maldad de 
su madre, á quien por mucho tiempo yo había 
honrado y reverenciado como á santa y le 
había dado, estando en el siglo, muchas pose- 
siones y casas en que viviese con la devoción 
que le tenía. Y confieso que fui engañado 
como muchos de aquella provincia lo fueron, 
no gente ordinaria, sino varones insignes en 
santidad y letras, clérigos y frailes y muchos 
cardenales de la Iglesia de Roma. 

§ H 

Yo supe de otra mujer, que parecía espiri- 
tual, que quiso persuadir á su confesor (que 
agora es vivo) que en la Sede vacante de Six- 
to V, de felice recordación ('), había de ser elec- 
to en Papa; y para confirmarlo decía haber 
oído tres veces vozes del cielo que se lo certi- 
ficaban; pero él ningún caso hizo dello. Pudiera 
hacer aquí un catálogo lamentable de muchos 

(') La edición citada omite estas palabras y añade 
en cambio otras en la frase siguiente, diciendo: ha- 
bía de ser él colocado por elección como Papa. 



hombres letrados y santos, ó á lo menos te- 
nidos por tales, engañados de mujercillas, es- 
pecialmente beatas, arrinconados y puestos 
del lodo, y aun algunos encarcelados y peni- 
tenciados por el Santo. Oficio. Lo cual nos avi- 
sa que no fiemos de arrebatamientos ni reve- 
laciones de semejantes personas; pues, como 
dijo Séneca: Las caídas de los que nos prece- 
den son avisos para que los que venimos de 
nuevo no caigamos. 

§ III 

Discípulo.— Quenia saber de ti, ya que has 
tocado en esta materia, si se pueden conocer 
cuáles son visiones ó revelaciones de Dios y 
cuáles del demonio. 

Maestro .— Respóndate San Buenaventura 
por mí. El dice que sólo el Espíritu Santo, por 
el don del consejo, puede sin engaño enseñar 
al hombre lo que en estas cosas se ha de 
aceptar ó desechar. A otros les ha parecido, y 
á él con ellos, que lo más seguro sería huir de 
buscar visiones y revelaciones; y cuando se 
ofrecieren, siendo buenas, no darles luego cré- 
dito ni condenarlas; porque el creer de ligero 
arguye liviandad de ánimo, y no creer con per- 
tinacia arguye propia voluntad y aun infideli- 
dad. Si las cosas son de poco provecho, des- 
preciarlas, y si traen apariencia de algún bien, 
consultarlas, habiéndose indiferentemente has- 
ta saber la verdad. Y no sean muchos los con- 
sejeros, sino pocos y sabios y temerosos de 
Dios. Una cosa quiero que sepas, que no por- 
que una persona sea visitada muchas veces 
con aparecimientos ó revelaciones de cosas 
futuras se ha de tener por más santa ni de 
más mérito que otras que simplemente sirven 
á Dios; antes se ha de temer y rogar á Dios 
por ella, porque lleva camino peligroso y sos- 
pechoso en el bien. 

§ IV 

Algunas veces, dice San Buenaventura, sue- 
len ser las visiones principio de locura y des- 
vanecimiento de cabeza, como las que Salo- 
món cuenta en sus Proverbios (Prov., 22) del 
que bebe mucho vino. Tus ojos (dice él) ve- 
rán cosas extrañas, y tu corazón hablará ó 
administrará á la lengua cosas perversas. Los 
hombres sabios y cursados en la vida espiri- 
tual ningún caso hacen destas musarañas y 



PASIÓN DE CRISTO Y LLAGAS DE SAN FRANCISCO 



m 



quimeras; pero la gente popular y simple 
piensa que aquí está el punto de la santidad. 
En fingiendo una mujercilla cuatro desmayos, 
la celebran por santa y tiene segura la comi- 
da y cuanto ha de menester. Y aun otra cosa 
he observado en beatillas: que antes de serlo 
son humildes y se contentan con un rinconci- 
11o en que pasar la vida coa pobreza, y en 
siéndolo miran en si la señora cuando van á 
visita les manda dar cojin para asentarse, y 
si las llama merced y otros puntos del mundo. 
De manera que la mudanza del estado (á su 
parecer á más perfección) les quita la poca, 
que no sé si la naturaleza ó la gracia les ha- 
bía comunicado. Al fin yo hallo,'por mi cuenta, 
que como en materia de pecados no se halla 
fin ni término á las invenciones que cada día 
hay de pecar, ni confesores que respondan á 
los casos que de nuevo se ofrecen, así en ma- 
teria de virtud nunca anduvo el mundo más 
desvariado que agora, ni más ocasionados y 
dispuestos los hombres para ser engañados. 
Vale ya tan caro un santo, que se nos van los 
ojos á cualquiera insignia que vemos de san- 
tidad, y aunque no lo sea, nos arrojamos á 
venerarla en cualquiera que la veamos; y así 
los hipócritas á muy poca costa suya parecen 
muy Santos, porque los que lo son de verdad 
van á un paso muy ordinario y sin los extre- 
mos que los antiguos y de aquellos siglos do- 
rados llevaron. 

Discípulo.— Otra, cosa te quería preguntar 
acerca de lo que vas tratando, y temo ocupar 
el tiempo diputado (') para cosas mayores. 

Maestro.— Mayores en sí bien pueden ser; 
pero más necesarias que éstas para el des- 
engaño de gente espiritual ó que trata de ser- 
lo, no es posible. Bien confieso yo que me 
fuera de mayor gusto y consolación tratar de 
la transformación verdadera que causa el 
amor, de que comencé á la entrada desta plá- 
tica, mas yo quiero perder mi gusto por tu 
provecho. Di lo que quisieres. 

£>.— ¿Puede el demonio con su grande sa- 
biduría y engañosas mañas causar devoción y 
gnsto espiritual en las personas que tratan de 
oración y recogimiento? 

Ai.— Aunque muy de paso lo toqué ya en 
otra parte (-), los Santos dicen que, permitién- 
dolo nuestro Señor por justos juicios suyos y 

(') Edición cit., destinado á la explicación de, etc. 
(-) En el párrafo IX del diálogo IV. 



deméritos nuestros, para hacer caer á la mí- 
sera ánima, suele el demonio darle una fan- 
tástica y aparente devoción, causando quie- 
tud y reposo en las pasiones y sentimientos 
suyos, removiendo ó quitando los desordena- 
dos movimientos y sugestiones de los peca- 
dos, y ofreciendo juntamente una cierta dul- 
zura engañosa en los sentidos, la cual en per- 
sonas simples y de poca experiencia ha mu- 
cho lugar, y por eso la abrazan con seguridad 
de que es de Dios. De donde vienen á dar en 
muchos errores y despeñaderos, como nos lo 
ha enseñado la experiencia en algunas perso- 
nas que por este camino han sido engañadas. 
Gerson dice que hablando él con una mujer 
vieja le confesó que, habiendo ella pedido á 
la Virgen María nuestra Señora que la hiciese 
muy devota de su Hijo, de manera que ni pen- 
sase, ni hablase, ni amase cosa fuera de Él, la 
benditísima Virgen (á su parecer) la había apa- 
recido y le había dado tan gran devoción sen- 
sible de Cristo nuestro Señor, que verdade- 
ramente se consumía amándole. Y añadió lue- 
do que estaba quejosa de la Virgen porque la 
había engañado. 

D.—¿Y no dijo el engaño? (*). 

Ai.— Fué que todo aquel amor y devoción 
sensible le faltó, y en lugar de acudir á Dios, 
se apasionó por un hijo suyo que tenía consi- 
go y cometió incesto con él. 

D.— ¡Oh falso y engañoso demonio! ¡Oh bes- 
tia maldita de Dios, que con un sobrado atre- 
vimiento osas tomar figura de aquella limpísi- 
ma criatura que en pureza sobrepuja todas 
las angéUcas jerarquías! 

M. — Y del mismo Cristo, como se cuenta en 
nuestras crónicas (^) de un novicio, que por 
otra visión y habla semejante se crucificó en 
Ict cocina y desesperado se condenó. 

§ V 

Dice el Canciller que había quedado como 
loca y furiosa aquella mujer con la fuerza del 
amor, y poco á poco fué inducida del demonio 
á una tan gran maldad como has oído. Yo 
creo que estos gustos son de muy bajo metal, 



(') En la edición citada se omite esta pregunta y 
la respuesta va unida al texto precedente. 

O Puede verse á Fr. Marcos de Lisboa, P. II, li- 
bro II, cap. 38: «De un novicio que se crucificó en- 
gañado por el demonio». 



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CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VI 



y que tienen poco ó nada de espiritualidad y 
que no salen de la sensualidad; lo cual prue- 
ban los de aquellas mujeres alumbradas, que 
pensando ó contemplando en Cristo venían 
en mil torpezas que aquí no se pueden poner. 
De muchas otras tenemos noticia (dice el 
mismo Doctor), las cuales se persuaden que 
hablan con la gloriosa Virgen y que en sus 
oraciones reciben respuestas de Dios por sus 
ángeles, y que los ven de noche en sus apo- 
sentos estando á oscuras llenos de resplan- 
dores; que oyen voces que les hablan y dan 
noticia de cosas por venir. Poderoso es Dios 
para todo eso, pero yo las juzgo por enga- 
ñadas. De un religioso sabio y predicador y 
de un clérigo, escribe el Canciller (Gerson), 
que habían tenido una revelación (porque 
eran ó parecían muy espirituales) en que les 
mandaba Dios que fuesen á Roma y hablasen 
con los Cardenales, porque por ellos se ha- 
bía de hacer otra orden nueva y una gran re- 
formación en su Iglesia. El fraile se salió de 
la religión y fueron el clérigo y él esta jorna- 
da, y todo fué nada; halláronse al fin burlados 
y escarnecidos del demonio. Humíllate á Dios, 
hijo Deseoso, si no quieres ser miserable- 
mente engañado; porque parecer es de todos 
los Santos que solos los soberbios viven en 
este peligro. Mucho le desagrada á Dios el 
pecado de la soberbia, y siempre precede á 
las caídas. Y con esto, no más de transforma- 
ciones fingidas y sentimientos falsos, porque 
me llama mi espíritu y la devoción que tengo 
á mi padre San Francisco para que te en- 
señe el cómo de aquella transformación ver- 
dadera en Cristo crucificado, el cual verdade- 
ramente le apareció en el monte Alverne, 
después de muchos días de oración y ayuno. 
Dice San Dionisio que el amor tiene virtud 
unitiva y transformativa; y quiere decir que 
transforma al que ama en la cosa amada, 
como se transforma el sello y estampa en la 
cera blanda, mediante el calor del sol ó del 
fuego. En la cual transformación, el sello se 
ha activamente, la cera pasivamente y el fuego 
dispositivamente. Así es que el que ama pa- 
dece, el amado obra y el amor dispone. Yo, si 
te amo á ti, me transformo en ti, y si tú me 
amas á mí te transformas en mí; lo cual no se 
puede hacer si no entra de por medio el amor; 
ni es transformación de un cuerpo en otro 
cuerpo, porque eso no se podía hacer sin daño 
de tercero, con pérdida por lo menos del uno 



de los dos, para lo cual no es poderoso el 
amor. Es transformación de voluntades, de 
ánimos y de corazones por conformidad de 
costumbres y comunicación de fortunas Esa 
fué la de San Pablo en Cristo (Philip., 3): Vivo 
yo y no vivo yo, vive en mí Cristo. Esta obró 
el amor en nuestro padre San Francisco, con 
tanta excelencia, que todo él fué un vivo re- 
trato de Cristo, en la pobreza, menosprecio, 
humildad, caridad y paciencia, y en las demás 
virtudes. Y púdose con gran verdad decir 
que San Francisco vivo, y todas sus obras, 
fué comento ciertísimo del Evangelio, del cual 
ni una jota ni una pequeñita tilde quebrantó 
ni dejó por cumplir. Mas como el amor que en 
su pecho ardía no era vulgar, ni ordinario, 
sino extático, seráfico y fruitivo, á esta trans- 
formación de costumbres añadió otra nunca 
vista ni sabida en el mundo, que fué sacar en 
el cuerpo del glorioso padre la figura que de 
Cristo crucificado traía en el alma, para que 
de todo en todo pareciese á Cristo el que tan 
de veras ardía todo en el amor de Cristo. Y 
aquí estancó el amor y acabó con sus triun- 
fos; y San Francisco acabó también de cono- 
cer lo que costó á Cristo, sintiendo sus sacra- 
tísimas llagas, llagados pies y manos y cora- 
zón con ellas. Y ese es, á mi parecer, el sen- 
timiento del Apóstol, que decía á los filipen- 
ses (Philip., 3): De aquí adelante, ó en lo de- 
más, nadie me sea molesto, conviene á saber, 
con pecados y ofensas de Dios; porque traigo 
en mi cuerpo las llagas del Señor Jesús, y sé 
lo que le costastes, por lo que yo siento en 
ellas. 

Discípulo.— ¿Luego San Pablo llagas tuvo 
en el cuerpo como nuestro padre San Fran- 
cisco? 

Aía^sfro.— Ninguno lo ha dicho hasta agora, 
ni la Iglesia Católica ha determinado cosa al- 
guna en ese particular, ni era prerrogativa esa 
para estar secreta tanto tiempo. Lo que co- 
múnmente dicen todos los Doctores, que 
llama el Apóstol llagas de Jesús, los azotes, 
las pasiones, las penas y trabajos que en su 
cuerpo sufría por Cristo y su Evangelio; que 
al fin se gloría de más Apóstol que todos 
(Galat, 2), no por más santo, sino por más 
trabajado. Y en este sentido dijo en otra 
parte: Juntamente con Cristo estoy crucifica- 
do; no porque estuviese puesto en la cruz de 
Cristo, ni en otra como Cristo, sino por la se- 
mejanza que con Él tenía en las pasiones, y 



PASIÓN DE CRISTO Y LLAGAS DE SAN FRANCISCO 



101 



porque con el deseo estaba abrazado y encla- 
vado en la cruz juntamente con Cristo. 

§ VI 

Discípulo.— ¿Luego no hay otras llagas ca- 
nonizadas sino las de Cristo y San Fran- 
cisco? 

Maestro.— Ningunas, como consta de algu- 
nas Extravagantes del Papa Sixto IV. 

D.— Argumento fué del grande amor que 
nuestro Padre tuvo á Cristo y á su cruz y 
del que Cristo tuvo á San Francisco estam- 
par en su cuerpo las señales de nuestra re- 
dención. 

Ai.— Entre las uniones naturales, la más 
perfecta es la del cuerpo con el alma; son tan 
unos, que el contento y descontento comen á 
una mesa y se comunican entre ellos; luego 
sale á la cara el alegría ó la tristeza del alma. 
Aun en el cielo de la gloria del alma le ha de 
caber al cuerpo muy buena parte; al fin tiene 
della sus gajes y relieves. Pues tan estrecha 
fué la unión de Cristo y San Francisco y mu- 
cho mas. Juntólos tan de veras el amor y hi- 
zolos tan unos, que no sólo los afectos de 
alegría de Cristo, con que muchas veces era 
regalado Francisco y salía de sí, sino sus lla- 
gas y dolores le comunicó. Fué Cristo alma 
de San Francisco, y Francisco cuerpo de Cris- 
to, que le sale á la cara el contento y el dolor 
que su alma tiene. De David y Jonatás dice 
la Escritura (1 Reg., 18) que se amaban tanto, 
que parecía no haber entre ellos más de una 
sola alma que regía dos cuerpos. Y en lo que 
mostró Jonatás á David su crecido amor fué 
en que, viniendo un día desmelenado y perse- 
guido, le vistió de sus ropas y vestidos de 
hijo de Rey. Mucho fué esto por cierto, pero 
¿qué tiene que ver este favor con el que hace 
Cristo á su amigo San Francisco? Estando en 
aquel monte Alverne, despreciado, humilde y 
vestido de un saco, le apareció lleno de res- 
plandor y gloria de Hijo de Dios y le vistió 
de su librea y enjoyó con aquellos cinco ru- 
bís de sus preciosísimas llagas. 

D.—Yo oí decir á un predicador que San 
Francisco vivo fué retrato de Cristo muerto. 

Ai. -Muy bien dicho está; pero yo le llamo 
cruz de Cristo glorioso, porque estando á la 
diestra de su eterno Padre, glorioso y triun- 
fador, bajó otra vez á la tierra y se crucificó 
en San Francisco. Y más considero yo aquí; 



que la cruz en que murió permitió que mucho 
tiempo estuviese debajo de tierra muy secre- 
ta y de su Iglesia ignorada, y consintió que, 
hallada, se repartiese en muchas piezas por 
diversas partes del mundo; mas de la cruz 
viva en que se crucificó glorioso, ni un cabello 
ha querido que se pierda, y entera está en 
Asís, como cuando vivía ('). Es cruz ésta hecha 
por su mano para su honra; la en que murió 
fué hecha por las de los sayones para su des- 
honra. 

D. -Nunca yo jamás he oído que la gloria 
atormente ni que sea efecto de Dios glorioso 
llagas y dolores. Que el alma de la Virgen 
quedase atravesada con el cuchillo de la 
compasión, viendo á su Hijo llagado en la 
cruz, no es maravilla, porque no es cosa 
nueva hacer llagas en el corazón el cuerpo 
del amigo llagado, por estar más el alma del 
que ama en el amado que en sí mismo; mas 
eslo grandísima que un cuerpo lleno de glo- 
ria deje llena de amargura y dolor el alma y 
cuerpo de San Francisco. 

M. - Amargura dulce, dice San Buenaven- 
tura. A lo menos, descúbrese bien en ese 
hecho que el padecer por Cristo es gran 
cosa, pues Él mismo baja del cielo y lleno de 
gloria, como ves, produce efectos de pena; 
y á falta de tirano lo es Él, y verdugo, si así 
se sufre decir, de su amigo. Por lo cual digo 
que, dejando á una parte la Virgen sacratí- 
sima, que fué mártir por más alto modo que 
todos los que lo fueron, por serlo en el alma, 
sin rotura ni mal tratamiento del cuerpo, solo 
de recudida, quiero decir, de sola la compa- 
sión de ver muerto á su querido Hijo y col- 
o-ado del santo madero de la cruz, tiene exce- 
lencia el martirio de San Francisco, por ha- 
berle martirizado Cristo glorioso, sin haber 
en este martirio martillo, ni clavos, ni lanza, 
y hallarse en su carne rotura de costado, por 
donde le salía sangre en abundancia, espe- 
cialmente los viernes, y en sus manos y pies 
clavos formados de color de hierro, siendo de 

( ) Esto se creía comúnmente cuando escribía el 
P. Angeles, pero la verdad histórica y la misma fies- 
ta de la Invención del Cuerpo de San Francisco, que 
se festeja el 12 de diciembre, desde que se halló, evi- 
dencian que también se resolvió en polvo. Queda, 
pues, en pie la segunda afirmación; porque el Papa 
ha impuesto gravísimas penas para que nadie tome 
reliquias de la caja donde se conservan los restos 
mortales del Serafín de Asís. 



102 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VI 



carne. Lo cual tiene mucho de consideración, 
porque en el cuerpo del Señor no duraron 
los clavos más de lo que estuvo en el madero 
de la cruz, y en San Francisco permanecieron 
más de dos años que vivió después de im- 
presas las llagas, y permanecen ahora después 
de muerto. Y es el misterio, á mi pobre juicio, 
que los clavos de Cristo eran de hierro, y los 
de San Francisco de carne; los unos labró el 
odio, los otros el amor. ¿Qué clavos se pu- 
dieron forjar en aquellos corazones duros de 
los judíos sino de hierro? ¿Qué lanza, sino 
cruel? Y de las manos de Dios ¿habían de sa- 
lir sino de carne? Así se quedó nuestro padre 
con los que le hizo Dios, y Cristo se hizo 
quitar los que le labraron los hombres; por- 
que á Cristo le provocaban sus clavos á eno- 
jo, y á Francisco los suyos á más amor. Y esa 
diferencia hallo yo de martirizar Dios ó el ti- 
rano: que el martirio de Dios es amoroso y 
llevadero; más tiene de dulce, que de agrio; 
el del tirano, es de odio y de desamor. 

§ VII 

Concluyo esta materia sólo con decirte que 
la honra de Cristo es San Francisco. Dirás- 
me: ¿cómo es eso? 

Discípulo.— -QXdLV o está que yo no alcanzo 
esas honduras. 

Maestro.— Como los grandes señores, para 
ostentación y muestra de su grandeza y para 
que se sepa de qué casa descienden y la 
nobleza de su linaje, ponen sus armas en 
un dosel muy rico y de gran precio, así, pre- 
ciándose Cristo tanto de Redentor de los 
hombres, y habiendo tomado por armas sus 
llagas, entre todos los hombres del mundo es- 
cogió para dosel, en que estuviesen estampa- 
das y honradas, á nuestro padre San Francis- 
co, no por algún artífice ó artificio, sino por 
su propia persona y mano hechas. 

D.— Al fin quedo con que San Francisco es 
estampa de Cristo crucificado, la cual labró el 
amor. 

M. — Si no la labrara el amor no se llamara 
estampa de Cristo, el cual murió en la cruz 
de amor. San Agustín dice: No tienen los 
clavos al Todopoderoso, sino la caridad en- 
clavó al Inocente. Digo que murió de amor, 
porque los tormentos no parece que le pu- 
dieran acabar tan presto, pues ninguna lla- 
ga tenía mortal. Así se maravilló Pilatos 



de que tana priesa hubiese expirado un hom- 
bre de tan linda complexión y en tan florida y 
robusta edad (Marc, 15). Y como los ciru- 
janos suelen hacer notomía del que muere, 
cuando de su muerte no hallan causa, así la 
hicieron de Cristo; que uno de los soldados 
le abrió su pecho con una lanza y descubrió 
el corazón, y echóse de ver que el amor 
que del se había apoderado era causa de su 
muerte, porque salió del agua y sangre, como 
si estuviera vivo. Allí se tomó experiencia de 
que el amor es fuerte como la muerte (Cant.,8). 
Y más, que aquí trocaron la muerte y el 
amor los arcos y las aljabas, y desde aquel 
punto el amor mata y la muerte enamora. ¿A 
cuántos ha muerto el amor enamorados de 
la muerte? Así dijo San Pablo (Philip., 2): El 
morir es ganancia. Antes deste tiempo era 
cosa muy espantosa el morir, era pérdida 
grande; pero aquí quedó la muerte tan ama- 
ble y de codicia como la ganancia; y la ama- 
rillez suya, que la hacía fea y horrible, ya es 
color de oro, que alegra el corazón. Ya dice 
la Esposa (Cant, 4): Herida estoy de muerte; 
pero no la muerte, sino el amor me hirió. ¡Oh 
padre beatísimo, dejemos las enfermedades y 
dolores en que tan parecido fuistes á Cristo, 
y vengamos á contemplar esas cinco llagas 
que hizo en vos el amor! ¿Qué os falta para 
estampa de Cristo? Él dijo, hablando con San 
Felipe (loann., 14): El que á mí me ve, ve á 
mi Padre. ¿Por ventura no podrá decir eso 
mismo de vos? ¿Quién mirará á San Francis- 
co llagado que no se acuerde luego de Cristo 
crucificado? Sino que hay en ello de conside- 
ración que Cristo sin llaga mortal muere, y 
vos con herida penetrante en el pecho vivís- 
tes dos años y más; y ambos son efectos de 
amor: á Cristo mata, y á vos os conserva 
vivo. En Cristo pareció milagro, y lo fué, mo- 
rir tan á priesa: murió con voz grande y es- 
forzada, y envió el espíritu (Luc, 33), que no 
es de los que mueren de ordinario, que de 
flacos no pueden respirar ni detener el alma, 
aunque quieren,comodijo el Sabio (Eccles., 8). 
Y en vos fué también milagro, pues con llaga 
penetrante nadie puede naturalmente vivir 
mucho tiempo. Y es el secreto, que de la 
muerte de Cristo resultaba el desenojo de 
Dios, enojado con el mundo, el remedio de 
los hombres, el despojo del infierno y todo el 
bien de las almas; y así se dio priesa el amor 
á matarle, porque es recio caso tener á Dios 



PASIÓN DE CRISTO Y LLAGAS DE SAN FRANCISCO 



103 



enojado ni por unlnstante. Mas en vos, santí- 
simo padre, el morir de espacio era acrecen- 
tamiento de merecimientos y reformación del 
mundo y renovación del misterio de nuestra 
redención, que ya estaba borrado de la me- 
moria de los hombres. Así dijo un Pontífi- 
ce romano viendo el cuerpo deste llagado 
(Chronica) ('): Si la fe se perdiese, bastaría sa- 
car esta estampa de Cristo crucificado por el 
mundo para cobrarse y volver á su punto. 

§V11I 

Discípulo.— \0h quien llegara á mirar de cer- 
ca aquel corazón de nuestro padre San Fran- 
cisco, por aquella ventana que le hizo el amor! 

Ma<?s/ro.— Luciano cuenta en un Diálogo 
suyo de un Momo que puso falta en la fábri- 
ca y compostura del hombre, porque, á su 
parecer, había de tener una puerta ó ventana 
en el pecho por donde le pudiesen ver el co- 
razón, para que no hubiese doblez ni engaño 
en él; y engañóse el necio, porque en el cora- 
zón del hombre se fraguan tantas torpezas, 
vanidades y locuras, que si se manifestaran 
no se pudiera vivir entre gentes. Un portillo 
mandó Dios á Ecequiel (Ezechiel, 8) que 
abriese en el templo, que es el alma, y vio 
dentro tantas abominaciones y suciedades, 
que fué necesario volverlo luego á cerrar. Al 
fin, corazón donde manan aquellos ríos de Ba- 
bilonia, malos pensamientos, hurtos, homici- 
dios, adulterios, etc. (Math., 9) {^), ¿qué hay 
sino tapallo á piedra lodo? Bien supo Dios lo 
que hizo en guardalle tan guardado y escon- 
delle donde nadie le pudiese ver, y de manera 
que el parecerse y el morir fuese todo uno. El 
corazón de Cristo, que en los pensamientos 
no tuvo semejante, corazón puro, casto, leal y 
amoroso, ese fué bien que se abriese, que por 
eso le hizo puerta el amor, para que vean to- 
dos sus pensamientos. Abrió, dice el Evange- 
lio, la lanza su lado {^). No dice rompió, sino 

(') Chronica seráfica. Puede consultarse á Lis- 
boa, Parte I, lib. X, cap. 1: «De como está sepultado 
el cuerpo del B. P. S. Francisco en la ciudad de 
Asís». Pero como la frase se funda en la leyenda que 
antes he rechazado, este testimonio queda sin efi- 
cacia. 

C^) Aunque todas las ediciones antiguas citan aquí 
el salmo 39, hay equivocación, que corrijo poniendo 
el lugar del Evangelista á que alude. 

(*) Edición 1885: su costado. 



abrió. Puerta es, y licencia tenemos para le- 
gar á mirar por allí los pensamientos de Dios. 

D.— Desa manera también podremos lle- 
gar á ver el de nuestro padre, pues que el 
amor le tiene hecha puerta como al de Cristo. 

M.— Muy bien puedes, hijo mío, llegar con 
la atenta consideración, que el que abrió 
puerta, da licencia para que le vean todos los 
que quisieren. Casto es, limpio, amoroso, 
leal, ajeno de toda inmundicia, lleno de toda 
pureza celestial y paraíso de deleites de Dios. 
Allí se pasea el divino Esposo y hace ramille- 
tes de olorosos y santos pensamientos. Im- 
perfección fuera estar este corazón escondi- 
do; y con ventana, no hay más que desear. 
Esta fué la última mano que puso Dios en 
este retrato suyo, y con que quedaron segu- 
ras y selladas las mercedes hasta aquel pun- 
to recibidas. Y creo cierto que, como le hizo 
tan parecido á sí en la vida y en la muerte, lo 
es agora en la gloria. 

D.— El Señor te la dé y te consuele, que así 
has regalado mi espíritu con ese tan dulce, 
sabroso y sabio discurso. 

M. Dios nos deje sentir en nosotros lo 
que en Cristo Jesús, como lo pide el Apóstol 
(Philip., 2), que por sentirlo nuestro padre 
San Francisco llegó al punto que has visto: 
llegó á ser otro Cristo del amor. Para esto te 
aprovechará grandemente saber las causas 
que da libertino de Casal del crecimiento de 
las angustias y congojas del Redentor; las cua- 
les te quiero referir aquí sucintamente y con 
la brevedad posible, porque se nos va ha- 
ciendo tarde. Tuvo, dice Libertino, lo prime- 
ro una representación viva de la cruelísima 
muerte que había de padecer, tan viva, que 
de la manera que en el hecho padeció se le 
representó y iba pesando los dolores, las 
afrentas, los malos tratamientos y el despe- 
dirse el alma del cuerpo, con todo lo demás 
desta lamentable tragedia, como ello era. Lo 
segundo, el desamparo (de que ya dijimos 
arriba), aquel dejar Dios la humanidad sola y 
expuesta á tantos y tan crecidos tormentos. 
Represéntanse lo tercero la obstinación y du- 
reza endemoniada de los judíos y la ingrati- 
tud de muchos á tanto beneficio; y que la ma- 
yor parte de los hombres, por quien tan amar- 
ga muerte sufría, se habían de condenar, y 
que sus trabajos, cuanto á aquellos, eran en 
vano. Al fin la pasión de su alma fué tan gran- 
de cuanto era grande el amor que teníaá Dios 



104 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO Vi 



y al prójimo. Tanto se dolió de las injurias 
hechas contra Dios y de la perdición del 
hombre injuriador, cuanto amaba á Dios y 
á los hombres. De manera que el dolor en 
Cristo se ha de medir y regular con el amor, 
que, como bien saben todos, nadie se due- 
le si no ama, y tanto se duele como ama. 
Pues si, por razón de la unión divina, Cristo 
amaba al Padre lo que no puede estimarse, 
sumamente, y al prójimo, por el cual moria, 
bien se puede colegir que, en cuanto pasible, 
fué inestimable el dolor, pues que el amor no 
tuvo medida. Esta es una razón admirable y 
que engrandece lo que es posible los dolo- 
res en Cristo, y más si le juntas que recogió 
en sí todos los pecados cometidos y que se 
hablan de cometer hasta la fin del mundo, 
para satisfacer por ellos cuanto á la suficien- 
cia; porque desta suerte se llama y es Reden- 
tor de todos. Y porque era viador y compren- 
sor, conocía todos los pecados juntos con 
más claridad y distinción que tú puedes co- 
nocer uno solo, y cualquiera pecado mortal, 
respecto del ánima del dulcísimo Jesús, fué 
como una cruz con cinco clavos agudísimos, 
que cada vez que se le representaba, ó come- 
tido, ó que sé había de cometer, le hacía de 
un golpe cinco mortales llagas; en cuyo argu- 
mento quedó en su cuerpo con ellas, mos- 
trando por aquí que quien mortalmente peca 
de nuevo le crucifica su alma, resucitando en 
ella las causas de su muerte. Fuera desto (y 
sea la cuarta razón de su pena), sintió en sí 
mismo, no sólo los tormentos de los mártires, 
sino también los trabajos, penalidades, dolo- 
res, angustias, confusiones, escarnios y aprie- 
tos interiores y exteriores de todos los jus- 
tos, cuya cabeza era, compadeciéndose de- 
Uos en ellos, como amigo verdadero, porque 
los amó como á su misma vida, como quien 
finalmente la ponía por ellos: y asi padeció 
juntamente con ellos, para que sus pasiones 
fuesen llevaderas y de provecho. Y así es 
que el desconsuelo de Cristo en sus pasiones 
es el consuelo del mártir en las suyas. La úl- 
tima causa es para muy á solas y para cuan- 
do de propósito escribamos de pasión, si el 
que padeció por nos así lo dispusiere. Fué la 
vista de la afligidísima Madre, que al pie de la 
cruz estaba mirando cómo el Autor de la vida 
se despedía della. ¡Oh representación extra- 
ña! Piensa tú esto despacio, que yo no lo ten- 
go para decirte más por agora. 



D.— Hasme dicho tanto y tan bueno, que 
me parece que has descubierto en mi alma 
el Reino de Dios. Y creo firmemente que Cris- 
to crucificado es la infalible puerta y entrada 
para él. 

Ai. — Bien dices, pero advierte que esta en- 
trada en el Reino de gracia y de gloria, digo, 
en el que Dios tiene en nosotros y en el que 
tiene para nosotros si somos de sus escogi- 
dos, la defienden doce fuertes jayanes que al 
principio te dije, como los que defendían la 
entrada de la tierra de Promisión á los hijos 
de Israel; y si no se vencen y derriban por 
tierra, despídete del un Reino y del otro; y 
éstos vencidos, luego quedas rey en el Reino 
de gracia, y verás á Dios reinar en ti; el cual 
te asegura con su presencia, cuanto lo sufre 
el estado ('), el Reino de su gloria. 

§ IX 

Discípulo.- ¿Qué enemigos son esos? por- 
que quiero comenzar luego á pelear con 
ellos. 

Maestro.— Yo te los diré y enseñaré cómo 
los puedas derribar y vencer. El primero im- 
pedimento del aprovechamiento espiritual es 
desordenado amor á sí mismo ó á alguna de 
las criaturas del mundo. 

D.— ¿Cuál tienes por desordenado amor á 
las criaturas? 

Ai.— El que inficiona nuestra alma con va- 
rias imágenes y representaciones de ellas y 
la perturba y distrae del actual amor de su 
Dios, aficionándola á ver, oir, gustar y saber 
cosas en que pura y principalmente no se 
busca la gloria de! Criador. Y yo no sé cómo 
se puede decir que es espiritual el que tiene 
su corazón aficionado y apasionado á las ri- ■ 
quezas y á los vestidos y aderezos persona- 
les, á los libros, alhajas exquisitas, curiosas 
y costosas, y otras cosas acomodadas á la 
vida humana, ora sean necesarias, ora super- 
finas, si la afición llega á sentir sensual de- 
leite en la posesión de lo dicho y desconsue- 
lo si fuese privado de ello. El que de esta ma- 
nera vive aficionado, sin ninguna duda es pro- 
pietario en los ojos de Dios; porque la pobre- 
za de espíritu que predica y enseña el Evan- 

{') La edición 188.T omite este inciso que tiene re- 
lativa importancia para probar la ortodoxia del Pa- 
dre Angeles. 



PRIMER JAYÁN QUE LA IMPIDE, EL AMOR DESORDENADO 



105 



gelio principalmente consiste en que de tal 
manera posea el hombre las cosas tempora- 
les como si no las poseyesse, como lo dijo el 
Apóstol (I Cor., 7), aparejado siempre á ca- 
recer dellas cuando la voluntad de Dios ó de 
sus prelados lo ordenase, ó en otra manera 
fuese desposeído dellas. 

D.— ¿Cómo puede la carne dejar de sentir 
el perder lo que con amor posee? 

Ai.— Ese amor andamos por destruir en ella; 
cuanto más que no se ha de tomar el voto y 
parecer della, sino del ánimo desapasionado 
y de la razón, que enseña que todo cuanto 
tenemos es hacienda de Dios al quitar, el 
cual se queda con el señorío de todo y nos 
da la posesión por el tiempo que le parece y 
es su voluntad. Y presunción es de Santos no 
creer que de otra mano que la suya puede 
venirnos ni mal de pena ni bien alguno. 

D.— Santo Tomás dice que la perfección no 
consiste esencialmente en la pobreza y men- 
gua de las cosas, sino en la secuela de Cristo 
según las interiores virtudes. 

M. — Dice muy bien, y así te digo yo que 
cualquiera que tiene libertad de ánimo y pue- 
de resignar todas sus cosas en el divino be- 
neplácito perfectamente, ora se las quite, ora 
se las aumente, y no quiere dellas más de 
cuanto sirven á la necesidad suya y honra de 
Dios, segi'in todo su entendimiento, conside- 
rado el estado, condición, naturaleza y otras 
particularidades á que se ha de tener aten- 
ción, si supiese que agradaba más á Dios 
vendiéndolas y repartiéndolas á los pobres 
y para hacer esto estuviese aparejado, éste 
tal tiene perfecta pobreza de espíritu. Y aun- 
que la carne por su fragilidad tirase coces y 
murmurase algún tanto en la pérdida y des- 
tierro dellas (que al fin somos hombres), no 
nos juzgaría ni condenaría Dios por este sen- 
timiento de humanidad y naturaleza, sino por 
la voluntad determinada y aparejada para 
cualquiera suceso y que con Job dice (lob, 1): 
Dios me lo dio y Dios me lo quitó, sea su 
nombre bendito. Esta es esencial pobreza, la 
cual deben procurar todos los escogidos y 
perfectos, para que puedan siempre ofrecer 
al Señor, desnudo, quieto y sin perturbacio- 
nes, su corazón. Y con estas condiciones pue- 
de uno, con la posesión de un reino y de todo 
el mundo, ser verdaderamente pobre. Tam- 
bién quiero que sepas que no por haber pro- 
fesado la Regla de nuestro padre San Fran- 



cisco, en la cual prometiste la muy estrecha 
I pobreza del Evangelio, eres perfecto, sino 
obligado con todas tus fuerzas á procurar la 
perfección, que consiste en el desasimiento 
de todas las cosas del mundo, de manera que 
á ninguna de todas el corazón esté inclinado 
ó aficionado, antes reciba concedió y enfado 
las necesarias al uso y sustentación de la 
vida humana, como se lee de San Bernardo, 
que iba al refectorio á comer como al tormen- 
to; y esto para poder mejor volar á los abra- 
zos de Jesucristo crucificado y amado, libre y 
desnudo el afecto. 

D.— Bien es menester pelear para vencer 
este gigante. 

M— Pocos hay que del todo le venzan, y 
por eso pocos que con libertad entren en el 
Reino de Dios, donde sólo se halla su imagen 
sin otra de cosa criada. Esta pobreza es la 
primera en orden de aquellas ocho paradojas 
ó bienaventuranzas que predicó Cristo en el 
monte, y es como madre de todas las virtu- 
des; porque, como dijo muy bien San Ambro- 
sio, el que menospreciare las cosas tempo- 
rales merecerá sin duda las eternas. Ni pue- 
de alguno alcanzar el mérito del celestial Rei- 
no, que poseído de la codicia del mundo no 
tiene libertad de sacar la cabeza y salir de 
sus tempestuosas aguas. Piensa, pues, en 
esto y rumíalo; porque si en esta primrra 
aventura sales victorioso, tus enemigos todos 
sin mucha dificultad se prostrarán á tus pies. 
Y con esto me despido de ti por hoy. Y á 
la hora de esta tarde nos veremos maña- 
na, siendo el Señor servido, y te descubriré 
los otros once enemigos que puestos en cela- 
da salen á los que con descuido hacen estas 
jornadas, y los roban y saquean todas las ri- 
quezas del espíritu y cierran las puertas y 
entradas al Reino de Dios. El quede contigo. 
Amén. 

DIALOGO SÉPTIMO 

Di' los once enemigos que defienden la entrada 
al reino de Dios. 



§1 



Maestro. — Todo lo que quieres puedes con- 
migo, hijo Deseoso, aunque sea á mi costa. 

Discípulo.— Bien sé que te cuesta mucho el 
enseñarme; pero de Dios habrás el premio, 



106 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VII 



que pues le tiene un cabello tirado de la ca- 
beza de un justo y un jarro de agua fría dada 
por,su amor (Luc, 21; Math., 10), tantos traba- 
jos y vigilias por su servicio y en aprovecha- 
miento de su Iglesia no podrán dejar de ser 
premiadas aventajadamente. 

M.— El premio que yo querría es que se 
agradase Dios de mí ^' de lo que en su nom- 
bre hago y escribo. 

D.— Esa es una de las condiciones de buen 
soldado en la milicia espiritual, según el pa- 
recer del Apóstol San Pablo en la segunda 
carta que envió á su discípulo Timoteo. 

M.— Mucha razón tienes, y no me huelgo 
poco de oirte alegar esa escritura; mas no se te 
pase por alto lo que allí dijo ese gran maestro 
y Doctor de las gentes, conviene á saber: que 
el siervo de Dios no se ha de entremeter ni 
enredar en negocios del mundo, ni se ha de 
sujetar al gusto del hombre animal; 'porque 
toda su ansia y deseo ha de ser de agradar á 
Dios, á cuyo servicio ya una vez se dedicó y 
ofreció todo. 

D.— Dificultosísima debe ser la mortifica- 
ción de los sentidos y de ese hombre animal 
ó sensual que dices. 

M.— Ese es el segundo jayán y enemigo que 
„ , ,, .. impide y defiende la entrada al 

M ortí ficacinn . 

de sentidos Reino de Dios; es el que nos 
cuan difieui- quita la facilidad de aspirar á 

tosa. i^, • j 1 j 

El y nos priva de la devoción 
interior y de aquel gusto suave y sabroso que 
en los ejercicios espirituales suele hallar y go- 
zar el alma. Y sentencia es del mismo Após- 
tol (I Cor,, 2) y parecer de los Santos, y ver- 
dad conocida y experimentada de todos los 
contemplativos, que el hombre animal no per- 
cibe, ni entiende, ni le arman las cosas que son 
del espíritu de Dios, ni la sabiduría suya, como 
dice Job (lob, 28), se halla en la tierra á don- 
de sensualmente y con deleite se vive, ni se 
da la consolación divina á los que admiten la 
ajena, conviene á saber, de la carne. Por lo 
cual debes velar cuidadosamente en que tu co- 
razón no se apasione por alguna cosa fuera de 
Dios, porque el afecto esté y persevere ¡siem- 
pre libre para solo Él, por cuyo amor y vo- 
luntad has de comer cuando comieres, y ayu- 
nar cuando ayunares, y velar cuando velares, 
y hacer ó dejar de hacer todas las cosas. Que 
no niega el misericordioso Señor el moderado 
cuidado de nuestros cuerpos, como el princi- 
pal sea de agradarle. Al fin, y por conclusión, 



[ te digo que es necesario morir lo sensual en 
el hombre para que se salve todo el hombre. 

§11 

D/sc/pu/o.— Algunas personas tengo vistas 
en los pocos años que ha que soy religioso 
(que en los de mi mocedad no atendía más que 
á perderme) amigas de comer y beber con re- 
galo, de un rato de buena conversación cada 
día, de un dicho gracioso y de risa, de oír 
nuevas de camino, de familiaridades ó amista- 
des estrechas y otras cosas que aquí dejas 
condenadas; y junto con esto las veía muy 
aficionadas de Dios, muy devotas y al pare- 
cer muy espirituales. 

Maestro.— EsdL devoción y esa santidad es 
fingida y engañosa: es un afecto natural y sen- 
^, ^ sual que se parece mucho con 

El aféelo natu' , , ^ 

ral ve párete 1^ verdadera devoción y amor 
mucUo con la divino,estando á la verdad muy 

devoción. t • j • j. n n 

lejos de ser uno ni otro. Halla- 
rás hombres y mujeres de su naturaleza ale- 
gres y amorosos, los cuales facilísimamente 
se mueven y encienden en el amor y deseo de 
cualquiera cosa á que se convierten y aplican. 
Y aunque algunas veces el Espíritu Santo con- 
solador, por su bondad, comunica á los tales 
la gracia de la devoción sensible, lágrimas y 
afectos espirituales, como no saben usar or- 
denadamente y como conviene destos sus 
dones, ni quieren morir á sí mismos ni á sus 
bestiales ó sensuales apetitos, cada día son 
peores. ¿Y no es llano del Evangelio (Math., 
16), que el principio del aprovechar en la vida 
espiritual y el primer escalón della, es la mor- 
tificación de los sentidos y de la propia vo- 
luntad? Si la sensualidad no perece, todo 
cuanto bueno hay en el hombre perece: la pe- 
nitencia, los ayunos, las vigilias, la oración 
y las demás obras virtuosas. 

D.~- Bien me dijistes al principio que mi 
pretensión era grande y grandes las dificul- 
tades que había de vencer para salir con ella; 
mas nunca me acabé de persuadir que fuesen 
tantas, hasta este punto que te oigo decir 
que tengo de dejar todo lo que deleita la car- 
ne y todo aquello por que los sentidos del 
hombre animal se apasionan. 

Af.— Lo dificultoso de la vida espiritual no 
consiste tanto en obrar cosas admirables cuan- 
to en dejar las muy pequeñas. Pequeñas eran 
las que dejó San Pedro y los demás aposto- 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



107 



Lo más dificui- 'cs, cuando llamados por Cristo 
loso de la vida \q siguieron; y con todo dice el 

espiritual con- ... , , .« j. 

nste en dejar, discipulo al Maestro, en nom- 
bre de los demás, que advierta 
y mire que dejaron por Él todas las cosas; 
significando en esto que cuesta mucho el de- 
jar, aunque lo que se deja sea poco: unas 
redes remendadas y un barco viejo. ¿Pues 
cuánto más lo será dejarse el hombre á sí 
mismo, sus gustos, sus deleites y codicias? 

§ III 

Al fin el punto crudo de la perfección, digo, 
lo que lastima y duele en este viaje del cielo, 
está en dejar, y dejar por Dios. 

Discípulo.— ¿Y por ventura en ese redoble 
(por Dios) consiste todo el mérito de los que 
dejan? 

Maestro.— QXdiXO está, porque dejar sin Él, 
Grates (') lo hizo,yotros filósofos que, con fines 
vanos dejaban las riquezas, la conversación 
y trato de los hombres, despreciaban el apa- 
rato y pompa del mundo, huían á la soledad 
y hacían rigurosas abstinencias. Y los que to- 
cados de vanidad y prendados del amor propio 
hacen y dejan muchas cosas, ¿por ventura no 
son menospreciados de Dios? Él mismo dice 
dellos (Math., 5): Recibieron su galardón. 

D.— ¿Cómo podré yo conocer sin engaño 
que me busco á mí más que á Dios en lo que 
hago ó dejo de hacer? 

M.— No sin mucha dificultad verdaderamen- 
te, porque el amor filial y el amor servil, de 
donde nuestro obrar todo procede, son entre 
sí tan semejantes y parecidos como lo es un 
cabello con otro; y si no es por la intención, no 
hay entender cuándo obramos como hijos, 
cuándo como siervos. Y porque desta mate- 
ria trataremos presto en su propio lugar, aper- 
cíbete varonilmente contra este gigante y 
presta atención á lo que te quiero decir del 
tercero, que no es menos poderoso ni difi- 
cultoso de vencer que él; y bástale para que 
esto se entienda el nombre. 

D.— ¿Cómo se llama? 

M.— Bienmequiero. 

O Todas las ediciones dicen Sócrates; pero el 
hecho histórico alegado por S. Jerónimo (Lib. 3 in 
Mat., cap. 19), al cual sin duda alude el autor, se re- 
fiere á Grates: « Hoc enim et Grates fecit philoso- 
phus et multi alli divitias contempserunt>. 



D.— ¿Luego impide la entrada del reino de 
Dios el quererse bien el hombre á sí mismo? 

M. — El Evangelio ¿no está clamando que 

ninguno puede ser discípulo del 

Amor de s¿ mis- Crucificado si no es aborre- 

OTO O Bienme- 
quiero, amigo cíéndose á sí y á todo lo que el 
fingido y ene- hombre animal ó bestial (que 

migo disímil- , , , , . , , , 

laclo. sn solo lo que esta sujeto a los 

sentidos se ceba) ama y quie- 
re? Entiende que Bienmequiero es un amigo 
fingido y enemigo disimulado de nuestro bien; 
porque, so especie de amistad y de bien que- 
rer, nos acarrea todo mal y nuestra final con- 
denación. Es aquel «yo» á que se hallaba muer- 
to el Apóstol por vivir en sí Cristo (Philip., 2). 
Es aquella ley de miembros que contradice á 
la ley del espíritu y nos lleva cautivos á la ley 
del pecado. Es aquel afecto de carne que San 
Pablo llamó sabiduría (Rom., 6; Rom., 8), que ni 
está sujeto á la ley de Dios ni puede estarlo. 
Es un monstruo de dos caras, que parece que 
obra por Dios y obra por sí mismo (Math., 5). 
No te impedirá el hacer penitencia, el evitar los 
pecados, el huir y menospreciar los deleites, 
las vigilias largas y prolijas de la noche, los 
ayunos rigurosos, la estrecha guarda de tu 
profesión y regla. Mas si examinas estas obras 
con diligencia, hallarás en ellas á Bienmequie- 
ro, el cual obra siempre por sí mismo por evi- 
tar alguna confusión, algún daño, alguna des- 
honra ó pérdida temporal, algún remordimien- 
to de conciencia, los tormentos del infierno ó 
purgatorio, ó por adquirir hacienda, favores ó 
amistades de hombres, honras y aire popular 
ó por alguna espiritual devoción y dulzura 
sensible, y, lo que es más de consideración, por 
alcanzar de Dios el premio del Reino celestial. 
De manera que á la sombra y olor de la vir- 
tud tratan de sus particulares intereses los que 
sujetaron su cuello á este tan disforme gi- 
gante, haciendo principalmente por su intere- 
se lo que principalmente hubieran de hacer 
^, . , , por Dios. En los cuales puede 

El favor de los 

príncipes hu- mas un favor de un príncipe ó 
milla, aunque el crédíto del mundo para com- 

finqídamente. , ... , 

' ^ ponerse y humillarse que las 

meditaciones de la gloria ni el discurso de la 
pasión y muerte de Cristo. Y vese claro ser 
esto asi, porque si supiesen éstos que ningún 
premio habían de tener de Dios, ni temporal ni 
eterno, por lo que hacen, yo salgo por fiador 
que no se moviesen á hacerlo con tanta perfec- 
ción, al parecer, de los que los miran. De aquí 



108 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VII 



viene engrandecer sus obras y agradarse á sí 
mismos en ellas, descansar en sí y estar de sí 
muy satisfechos, gloriándose más en sus me- 
recimientos que en la libertad de hijos de 
Dios, fuera del cual ninguno debe gloriarse 
ni tomar contentamiento (I Cor., 1; Hier., 9). 
¡Oh cuan sucia y de mal olor es esta intención 
en el acatamiento de Dios, pues que obras 
tan maravillosas así las vicia y disminuye, que 
son habidas por de ningún valor! 

§ IV 

Discípulo.— ¿Dt dónde ó por qué reciben 
tanto daño? 

Maestro.— Porqne buscándose á sí más que 
á Dios, más su gusto y interese propio que 
la gloria del Criador, recibieron aquí (como ya 
oíste) su galardón. Mas porque, como dice 
Cuánto puede la Crisóstomo, la intención pone 
intención y de nombre á nuestras obras y es 
cuántas mane- laque diferencia los hijos de 
Uios de los que lo parecen y 
no lo son; y el quicio de toda nuestra salud se 
vuelve y revuelve sobre ella, cuando es casta 
y pura (que pocas veces hoy se halla), lo que 
principalmente conviene y es necesario para 
la vida espiritual es que en todas las cosas 
que se hubieren de hacer ó dejar de hacer, ó 
aborrecer, ó apetecer, sufrir ó desear, la inten- 
ción y los ojos del alma tengan por blanco 
principal á solo Dios, y ninguna otra cosa de- 
seen y busquen en todo sino su honra y altísi- 
mo beneplácito, sin respeto principal á nues- 
tro bien particular. Tres maneras de intención 
han hallado los santos: una perfecta, otra más 
perfecta, otra perfectísima. La primera llaman 
recta ó derecha. La segunda, simple ó sencilla. 
La tercera, deiforme. La intención recta es 

Inienñón recta. ^"^"^° y° °'"'0 ^'g"" ^'^n ó 

dejo algún mal, principalmente 
por Dios. Esta, aunque es buena, no es sufi- 
ciente para la perfección, porque le falta ser 
simple. Es de la vida activa, que consiste en 
multiplicidad, que se distrae y se turba, aun- 
que el fin de todas sus obras sea Dios. La in- 
tención simple hermosea mu- 
Inlención u i i ... 

leneiUa. ^"° ^' ^'"^2, porque Sin medio 
alguno se llega á Dios por ella; 
y es propia de la vida contemplativa, porque 
no solamente tiene por fin de sus obras agra- 
dar, honrar y confesar á Dios, sino que las 
ordena á El de manera que le goce siempre 



Intención 
perfectíiima. 



presencialmente con todas sus fuerzas en un 
amoroso y actual amor. Dícese simple, por- 
que á la rectitud con que obra añade simplici- 
dad y evita toda multiplicidad. Ella es una 
cierta incHnación amorosa de nuestro interior 
espíritu en Dios, alumbrada con su divino co- 
nocimiento, adornada de fe, esperanza y cari- 
dad, y es el intrínseco fundamento de la vida 
espiritual; y digo fundamento, porque por ella 
se sube á la tercera intención, 
que dijimos ser perfectísima, la 
cual busca solamente la honra 
y gloria de Dios y su divino beneplácito, así 
en las cosas adversas como en las prósperas. 
Y ¡bienaventurado el que tanto bien alcanzó! 
porque, como dice Bernardo, el que así está 
aficionado á Dios y que desta manera dispo- 
ne sus obras, una cosa se hace con Dios y 
con Dios goza de Dios. 

D. — No he comprendido la diferencia que 
pones entre la intención simple y la deifor- 
me; si puedes dar algún ejemplo, haríame mu- 
cho al caso, porque éstos vuelven fáciles las 
eosas tan dificultosas como esa. 

§ V 

Maestro.— Aunque el fin de la simple inten- 
ción en todas las cosas sea Dios, y además de 
esto vaya cuanto es posible encaminada in- 
mediatamente á solo El y por El, no es el to- 
tal fin de ella el mismo Dios; porque también 
se mira el hombre aquí á sí mismo, deseando 
y procurando su consuelo espiritual de muchas 
maneras, aunque sea Dios, como digo, lo 
principal á que atiende. Y sin duda son muy 
pocos los que están tan prontos y volunta- 
rios para el desamparo, esto es, para carecer 
de la suavidad y gusto interior, como para la 
afluencia y abundancia de los regalos del es- 
píritu. Y es la razón porque aún no están del 
todo muertos á sí mismos para sufrir adver- 
sidades y calamidades interiores ó exteriores, 
hasta subir á otro más alto grado de inten- 
ción. Esta es la deífica ó deiforme que enseña 
á obrar por amor del fin eterno, adonde nada 
se halla de voluntad propia, ni mezcla de in- 
terese ó gusto particular. Esta manera de in- 
tención comiénzase en la vida presente, mas 
en el cielo se perficiona, porque allí los bien- 
aventurados así son absorbidos y tragados 
de Dios ó traasformados en su querer, que 
aunque en ellos quedará la sustancia, será 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



109 



empero otra forma, otra gloria y otra poten- 
cia. Cumplirse ha lo que dijo el Apóstol 
(I Cor., 15): Allí será Dios todas las cosas en 
todos. 

Discípulo.— No entiendo ese lugar de San 
Pablo. 

Ai.— Bien dificultoso es y no da lugar la ma- 
teria que vamos tratando para 
Diot e» todas lai detenernos de propósito en él. 

cotas en iodo». _, . ., , a í. j r>- -i 

II cómo. San Agustm (August, de Civita- 

te Dei) dice que será Dios á 
sus escogidos, cuando hayan resucitado en 
cuerpos y almas, todas las cosas; porque será 
premio de' la virtud el que dio caudal para 
obrar virtud, y será de donde tendrán toda 
satisfacción y hartura los que por El padecie- 
ron hambre; será, finalmente, vida, salud, for- 
taleza, abundancia, honra, gloria, paz y fin de 
todos los justos deseos; y será todos los bie- 
nes en todos. De manera que no habrá nece- 
sidad de mendigar ningún bien de otra parte 
para ser perfectamente bienaventurados los 
Santos que reinan con Cristo, ni cuanto á los 
cuerpos ni cuanto á las almas. San Juan Cri- 
sóstomo interpreta este lugar de otra mane- 
ra y San Jerónimo de otra, y los más de los 
doctores varían; mas yo me atengo al primer 
sentido, que es sin ninguna duda admirable 
para nuestro propósito, y es del autor de la 
Teología mística (Henr. Harp.); y si tú no le 
entiendes, yo me detendré más en su declara- 
ción. 

§ VI 

Discípulo.— D\me siquiera una palabra. 

Maestro.— Digo que en el cielo no ha de 
haber más de un querer en todos, y ese que- 
rer es el de Dios, y ese pedimos en la oración 
del Pater noster, cuando decimos que se 
haga la voluntad suya en la tierra como se 
hace en el cielo (Math., 6). Será tan perfecta 
la transformación que se hará de los bien- 
aventurados en Dios, que más parecerán dio- 
ses que hombres; serán como el hierro cal- 
deado en la fragua, que, como en otra parte 
dijimos, se viste todo de calidades de fue- 
go, siendo de verdad en la substancia hierro. 
Desfallece allí todo el hombre, y no se siente 
en él otra cosa sino Dios. ¿Pudiérase por ven- 
tura verificar lo que dice el Apóstol: Será 
Dios en todas las cosas, si hubiese alguna en 
los Santos que contradijese al querer y vo- 
luntad de Dios? 



D.— No por cierto. 

Ai. — Pues eso vamos buscando cuando 
tratamos de alcanzar en la tierra la tercera 
manera de intención, que se llama deiforme, 
que estando en la composición de la palabra 
latina, quiere decir intención regulada y for- 
mada al querer de Dios, que quiere lo que 
Dios quiere y cómo y cuándo lo quiere. Y 
esto es lo que enseña el muy docto y pío pa- 
dre fray Alonso de Madrid, de nuestra Orden, 
que escribió el Arte de servir á Dios, en el se- 
gundo y sexto notables, que es lo mejor que 
contiene toda su obra. ¿Pero qué hacemos? 
El cuarto gigante, tan parecido al pasado que 
parece uno, se nos entra por las puertas del 
corazón, y es necesario tocar al arma y ar- 
marnos de fe y caridad para defenderle la 
entrada, que impide la nuestra para el Reino 
de Dios. 

D.— ¿Cómo ha nombre (') ese gigante? 

Ai.— Amor propio. Es una complacencia que 
tiene el hombre de sí mismo, 

Amor ]}r opio ^ , •- , , , 

y amor de ti Una sccreta elevaciou del alma, 
mismo difie- una tesura (^) del corazón, que 
ren en alijo. principalmente nace de las bue- 
nas obras y ejercicios espirituales, como la po- 
lilla del paño y la carcoma del madero. Hallarás 
hombres tan vanos, tocados desta peste, que 
encumbrando y levantando sus cosas hasta el 
cielo, de allí son malos de donde otros toman 
ocasión para ser santos, haciendo ponzoña y 
veneno de los remedios y medicinas contra 
veneno (^). Es esta una fingida justicia, que 
huele tan mal en el acatamiento de Dios, que 
no hay cloaca ni estercolero tan sucio y de tan 
mal olor como ella; porque, bien considerado, 
procede de ánimo sin mortificación y de pe- 
cho hinchado y soberbio, como lo era aquel 
del vanísimo Fariseo (Luc, 18), que, antepo- 
niéndose á todos, á sí solo se justificaba y al 
Publicano, con el restante del mundo, conde- 
naba en su oración. 

D.— Al fin ¿no hay cosa que tanto nos dañe 
como la arrogancia y vana presunción? 

M.— Ninguna; por lo cual te digo que todos 
aquellos que no permanecieren en el humilde 
conocimiento de su vileza y en el menospre- 

(') Edición 1885: ¿Qué nombre tiene? 

(2) Edición citada: un engreimiento. 

(*) La misma: y medicinas más contrarios suyos; 
queda la frase más confusa que en las ediciones an- 
tiguas. 



lio 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO Vil 



cío de sí mismos, sin duda serán desampara- 
dos de Dios y sin algún remedio dejados en 
su obstinada voluntad. Y con esto me despi- 
do de tratar más del amor propio, suplicando 
á Dios le despida de mi alma, pues no se com- 
padece con el suyo, como no se compadeció 
con el Arca del testamento el ídolo Dagón 
(1 Reg.,5). 

§ Vil 

Y si quieres tener perfecta noticia de los 

daños que hace en el alma esta 

''r;;'';S bestia «era y de cómo es raíz 

venció todos de todos los malcs y pecados, 

los enemigos j^g g, capítulo Veinte y veinti- 
del alma. '^ ■' 

uno y veintidós de los nuestros 

Triunfos, que allí traté magistralmente y de 

propósito de ella. Y estoy por decir aquí que 

los enemigos que quedan por examinar en 

esta conquista son hijos legítimos de éste y 

que todos caerían á nuestros pies, si á éste 

se le quebrase la cabeza con el odio santo. 

Discípulo.— Yo me consolaría mucho si an- 
tes que en particular tratases de cada uno 
de los enemigos que nos quedan me dijeses 
cuáles son, por ver junta la familia y suce- 
sión de tan maldito padre. 

Maestro.— El primero es Amor de alabanza; 
el segundo, Pertinacia de propia voluntad; el 
tercero. Negligencia; el cuarto, Escrupulosi- 
dad; el quinto. Solicitud temporal; el sexto, 
Accidia ó tedio en la virtud; el séptimo. Gula 
espiritual; el último. Especulación. 

D. — Verdaderamente dijo bien el santo 
Job (lob, 7), que la vida del hombre sobre la 
tierra era una perpetua milicia y contienda, sin 
interpolación ni treguas. 

M. — Común es á todos los hombres vivir 
en esa guerra, pero particular á los cristia- 
nos, y mucho más á los varones espiritua- 
les, que con su vida virtuosa y santa y cos- 
tumbres del cielo despiertan contra sí todo 
el infierno. ¿Y de dónde piensas ¡tú que tuvo 
principio aquella oración, no 
Por qué despido menos piadosa que llena de 

til Iqlesin á sus . , , , • , • j 

difuntos con íe, con que la Iglesia despide 
estas palabras: ¿q la presente vída sus hijos, 

lietiuiescant in , . , , 

p^pgv en cuyos enterramientos y cabo 

de años cierra sus oficios, di- 
ciendo; Rcquiescant in pace? De haber consi- 
derado, con Job, que en este mundo no hay 
sino guerra y que todas las cosas del están 
llenas de peligros, de dolores y congojosas 



fatigas. Y es muy conforme á razón que al 
que muere le digamos que repose en paz, como 
dijo Isaías (Isai., 57) del justo que muere. Y 
á la verdad, la paz, que, como dijo el Apóstol, 
es todo el bien, no se halla ni se goza sino en 
el Reino de Dios, adonde van á parar los que 
mueren en Cristo; que á solos esos dice el 
Espíritu Santo (Apoc, 14) que descansen de 
sus trabajos. En otra parte Isaías dijo (Isai., 35): 
No estará allí león ni mala bestia. Enten- 
diendo por el león, según San Jerónimo, al 
demonio, y por bestia mala toda la canalla 
infernal que siempre nos persiguen y moles- 
tan con importunas tentaciones. Y si estos y 
los demás enemigos conjurados en nuestro 
daño, y que de día y de noche y á todas horas 
nos combaten, están excluidos y desterrados 
de aquella pacífica morada de Sión (Heb., 4), 
bien se sigue que habrá allí eterno descanso, 
solemnidad perpetua, perpetuo y bienaven- 
turado sábado. No se oirán allí las importu- 
nas voces de los rigurosos sobrestantes de 
Faraón (Exod., 5), ni nos desconsolará la con- 
sideración de las tareas ordinarias y de cada 
día, porque siempre será ñesta y día de des- 
canso. Asentarnos hemos, como dijo un pro- 
feta (Isai., 32), en los tabernáculos ó moradas 
de confianza, y en un descanso opulento y 
rico (Heb., 4). ¡Oh! ¿por qué no nos damos prie- 
sa á entrar en este descanso? ¿Qué hacemos 
aquí? ¿Qué cosa hay en el mundo que no esté 
más llena de acíbar que de azúcar? ¿de hiél 
que de miel? ¿de fastidio y de enfado que 
de gusto? En nuestra patria, dice Isaías 
(Esai., 66), será mes de mes y sábado de sá- 
bado. Quiere decir: Habrá descanso y pascua 
perpetua, constante y firme. Pues no desma- 
yes, hijo Deseoso, aunque los enemigos sean 
aquí tantos y tan disformes, los trabajos tan 
continuos, la guerra tan ordinaria, pues que 
la fe te enseña que algún día se te ha de de- 
cir que descanses en paz. 

§ VIH 0) 

Si, que no vino el Hijo de Dios á pregonar 
paz en la tierra, sino á meter en ella cuchillo 
y á publicar guerra contra los familiares y do- 
mésticos" de casa (Math., 10). Y aun cercano 

O La edición de Madrid, 1608, no lleva esta divi- 
sión del párrafo VIII por olvido de los cajistas, pues 
la princeps y la de Alcalá, 1602, no la omiten. 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



111 



á su muerte dijo á sus discípulos (Luc, 22) 
que el que no tuviese espada vendiese la tú- 
nica y la comprase. 

£>.— Ese es lugar dificultoso. 

Ai.— No lo sabes bien. 

D.— Pues no vayas adelante sin que yo lo 
entienda, porque á mi juicio pa- 

Qiié sinnipca El j. • , • - i 

que m tiene es. f^ce contrario: lo primero, a la 
pada venda la doctrina del Evangelio, que 

preía? " "^"" '"^"'^^ (Math., 5) que no resis- 
tamos al mal, y que si nos hi- 
rieren en un carrillo volvamos el otro para 
que nos lo hieran. Y aun los profetas (Esai., 2) 
tratando del estado de paz de que habia de 
gozar el mundo con la venida del Mesias, 
no hallaron cómo significar esto mejor que 
con decir que las espadas se habían de con- 
vertir en arados y las lanzas en guadañas ó 
hoces (Mich., 4), que son instrumentos de la- 
bradores que pacíficamente labran y culti- 
van sus heredades. Parece también contra- 
rio á la razón, porque no es fortaleza aco- 
meter cuando la ventaja del enemigo es cono- 
cida. Y si sabe Cristo, como de verdad lo 
sabe, que ha de venir un ejército de hombres 
armado á prenderle en el huerto, ¿de qué sir- 
ve mandar á sus discípulos que estén aperci- 
bidos y que compren espadas, aunque sea 
vendiendo para ello las camisas ó túnicas in- 
teriores? ¿Cómo han de poder tan pocos, de- 
jados á sí mismos, contra tantos? 

M.— La sincerísima inteligencia deste lu- 
gar, según el parecer de hombres muy doctos 
y versados en la Escritura, es dar á entender 
Cristo á sus discípulos la diferencia del tiem- 
po en que agora estaban de los pasados; que 
aquéllos eran de bonanza, éste de tribulación 
y angustia, que como dijo el Sabio (Eccles., 3), 
tiempo hay de paz y tiempo de guerra. En un 
tiempo les mandó que cuando fuesen á pre- 
dicar ni llevasen alforja, ni bolsa, ni un bácu- 
lo con que herir un perro (Luc, 10; Math, 10; 
Marc, 6); ahora les dice que se provean de 
uno y otro, y que para defensa de sus perso- 
nas vendan, si fuere menester, la túnica y com- 
pren espada. Antes de la pasión y muerte de 
Cristo honraban y regalaban á los discípulos 
por el Maestro, y podían descuidar de su inten- 
to, que nunca les faltó nada, como ellos lo con- 
fiesan en este mismo capítulo (*); pero muerto 



(') Esto es en el capítulo 22 del evangelio de S. Lu- 
cas, cuya es la autoridad que va explicando. 



Cristo y puesto en un palo hasta que vino el 
Espíritu Santo, que los acreditó y animó, fue- 
les necesario vivir por su pico y valerse de 
sus industrias. ^ 

D.— Pues ¿cómo diciendo ellos que allí ha- 
bía dos puñales ó espadas respondió Cristo 
que bastaban? 

M.— Porque no quiso que materialmente 
entendiesen lo que les decía, sino apercibidos 
con aquel modo de hablar para la guerra que 
se les iba ordenando de perfecciones y traba- 
jos con su muerte y ausencia. De manera que, 
así como diciendo Isaías que las lanzas se 
habían de convertir en arados, significó el 
tiempo de paz, así diciendo Cristo que las tú- 
nicas se vendiesen para comprar armas, sig- 
nificó tiempo de guerra; pero ni de las lanzas 
se hicieron arados ni de las túnicas espadas. 

D.— Ese sentido más es üteral que espiri- 
tual. 

M.—Y ese es el que yo pretendo en la Es- 
critura, pero tiene su espíritu, que es mostrar 
Cristo que, faltando El de los suyos, forzosa- 
mente ha de haber guerra, y que para no pe- 
recer en ella es menester vender la túnica ó 
camisa y comprar espada; esto es, dejar el 
regalo, significado por la túnica que se allega 
á la carne y abriga, por la espada que es arma 
trabajosa y de poco reposo. Dígote que eres 
^ , , , soldado y que estás en tierra 

Soldados somos ■' ^ 

y en tierra de de enemigos, que no te descui- 
enemigos vim- des ni te entregues á los rega- 
los y blanduras de la carne, sino 
que, despreciado todo lo que esa apetece, te 
armes de fe y de las santas Escrituras, que son 
las armas de nuestra milicia; y de esta manera 
armado salgas á pelear con estos enemigos 
invisibles de que vamos tratando, de los cua- 
les el primero, y en orden el 
Amordeaiahan- quinto, es amor de alabanza y 

za despeñadero í , . , , , 

de muchos. de gloria humana, despeñadero 
cierto de donde muchos se han 
precipitado y perdido, porque aficionados de- 
masiado al favor de los hombres, por no per- 
derle y ser por esto despreciados y tenidos 
en poco, dejaron de hacer muchas cosas bue- 
nas y hicieron muchas malas. 

§ IX 

Discípulo.— Pocos hallarás que no deseen y 
procuren agradar á los hombres y ser dellos 
alabados y engrandecidos. 



112 



vCONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO Vil 



Maestro.— Menos hay que ofreciéndoseles 
esos favores y alabanzas humanas, huyan de- 
llas á los montes, como huyó Cristo cuando 
le querían honrar con título de Rey (loan, 5). 

D.—Y San Juan se deshizo todo cuando los 
judíos le quisieron hacer su Mesías (loan, 1). 

M— Así te querría yo ver deshecho, y que 
con el sacudimiento que ese angélico Precur- 
sor sacudió de sí aquella honra, huyeses tú 
las vanas que los hombres te ofreciesen; que 
algunos las despiden, pero como quien derra- 
ma aceite ó miel, que siempre queda alguna 
cosa pegada en el vaso. 

D.— San Jerónimo dijo que ninguna humil- 
dad había tan grande que no fuese tocada de 
vanagloria. 

M.— Siempre se nos pega algo, y por eso 
huye Cristo; y yo querría despedirme todo lo 
posible della, y ahora de hablar más en esta 
materia, porque viene Pertinacia, jayán dis- 
forme, á encontrar con nosotros, y es bien sa- 
lirle al encuentro, porque sus daños son casi 
irreparables. 

D.— ¿Por qué se llama Pertinacia y qué es 
lo que obra ese enemigo en el alma? 

§X 

Aíaes/ro.— Pertinacia se llama así porque á 
nadie se rinde ni se sujeta ja- 

I'ertinac ia , 

enemíyo rjran- "las a parecer ajeno, porque 
de del aprove- está casado Ó amigado con solo 
chamientr. es- g¡ ^ Hombres hallarás tan 

ptrtlual. •' 

capitosos (') y tan de su opinión 
y parecer, que si fuese en su mano ni al de 
Dios se rendirían, y á lo menos procuran que 
todos los demás se conformen con el suyo. 
En estos tales reina Pertinacia, que otros lla- 
maron propiedad de voluntad. ¿De dónde na- 
cen tantas maneras de disensiones y scismas, 
aun entre gente que trata de virtud, y el que- 
brarse las cabezas porfiando, sino deste prin- 
cipio? Y aun creo que las más de las herejías 
son hijas legítimas suyas. Entre las mercedes 
que Dios hizo al hombre en su creación, una 
es, y por ventura la mayor (no saliendo de 
los límites de naturaleza), haberle dotado de 
libre albedrío. Fué una joya esta tan preciosa 
y rica, que como un diamante de inestimable 
valor resplandece y se aventaja á las demás; 

(') Edición 1885: tan encalabrinados y tan fuerte- 
mente adheridos á su opinión y parecer. 



Libre albedrío, Y como dice Tertuliano, con 
joya preciosa solo él le diferenció y aventajó 
mosmat. "'"' ^ todos los anímales, y le hizo 
semejante á Sí. Deste tan per- 
fecto don, por el cual la racional criatura es 
ayo de sí misma y tiene libertad para el mal 
y para el bien, para la muerte y para la vida, 
para el pecado y para la justicia, usan algunos 
tan en su daño, que vienen á perderse por el 
medio que Dios les dio para ganarse. Porque 
estar el hombre pertinaz en hacer su volun- 
tad y seguir su opinión contra sus mayores 
es su despeñadero y un abismo sin suelo 
de todos los vicios y principio de todas las 
pérdidas espirituales; y destruido este jayán, 
luego caen por tierra los muros de Jericó; 
esto es, todo el edificio de los pecados, y se 
entra en el camino seguro y real que lleva á 
Dios; porque hecho el hombre señor de sí 
mismo, rige sus apetitos con la rienda de la 
razón, y sin pesadumbre camina tras el impul- 
so y dirección de Dios y de sus mayores, se- 
gún que de los hijos suyos lo certificó San Pa- 
blo (Rom., 8). 

£).— Según lo que has dicho, sola la obe- 
diencia cortará la cabeza á ese perverso gi- 
gante. 
Ai.— Ninguna duda tengas deso. Mas para 
que sea su cuchillo y no le deje 

La obeitencta ... . , 

perfecta corla "ora de Vida, es necesario el 
la cabeza á desapropiamiento de todapro- 

Perlinacia. • j j j x-j 

piedad de sentido; porque nui- 
guno jamás pudo ser perfectamente obedien- 
te estando propietario de su voluntad. Y no 
más en el caso, porque queda dicho lo que 
basta en el tercero diálogo, cuando traté de 
las puertas que sirven para entrar en el Reino 
de Dios. 

D.— Sigúese, pues, el séptimo enemigo, lla- 
mado Negligencia. 
Al.— No me quiero cansar en decirte quién 
es, que conocido es en todas 
partes y familiar á todo linaje 
de gentes. Es el contino de las 
casas de los príncipes, y el que jamás se apar- 
ta de los solitarios, ni menos falta en los con- 
ventos de los religiosos. Este nos hace tener 
en poco los pecados y carearnos otra vez con 
ellos, habiéndolos dejado, y teniendo algunos 
propios y como naturales en el alma, no hacer 
caso dellos ni tratar de arrancarlos de raíz 
della. Por lo cual he yo visto muchas perso- 
nas, al juicio humano virtuosas, muy coléri- 



Kefilir/cneia 
y .tus daños. 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



113 



cas, mal sufridas y sin sujeción ni obediencia 
á sus superiores, especialmente cuando les 
niegan el hacer su voluntad. El negligente es 
envidioso del bien ajeno, porque Negligencia 
no le deja tratar del propio, y cuando se con- 
sidera desaprovechado, no quiere persuadir- 
se que los demás aprovechan; y de aquí nace 
interpretar en mal todo lo que ve; de todos 
murmura, á todos calumnia y de ninguno dice 
bien. Es Negligencia la peste conocida de las 
congregaciones, porque despreciando el obrar 
da luego en murmurar: consúmese con en- 
vidia del bien y prosperidad ajena, y el ver 
medrar cá los prójimos y tener cabida, ora con 
Dios, ora con los hombres, es su tormento; y 
no deja piedra que no mueva por usurpar 
para sí lo que nunca mereció, ó condenarlo 
en quien justamente lo posee. El negligente 
con amargura de corazón murmura de los 
prelados, pecando en esto contra el Espíritu 
Santo que dicta lo contrario. 

D.- Nunca creí que fuese Negligencia tan 
grande enemigo del alma. 

M.— Del hombre que se sujetó á él, ninguna 
esperanza se puede tener de que aprovechará 
en la vida espiritual; porque, como muy bien 
sabes, la envidia, pertinacia y murmuración, 
en que se ejercita de ordinario, son hijas del 
demonio, pronosticadoras de la condenación 
eterna, sustento y leña del infernal fuego, y 
que de una vez se tragan todo el bien, si al- 
guno hay en el alma, y la hacen también in- 
ferna! y diabólica como ellas. 

£>•— Paréceme que me tengo de hacer es- 
crupuloso con la doctrina desta tarde, que es 
sin duda rigurosa. 

M.— Habrás caído en manos del octavo ja- 
yán, que tiene hechos hartos 
deelcrl'puio^: «stragos en las religiones y 
fuera dellas. ¿Sabes cómo llamó 
un sabio á los escrupulosos? 

D.— Holgaré de saberlo. 

Ai.— Carnicería de la conciencia, que siem- 
pre padece sin ser parte para quietarla nin- 
gunos consejos, reglas, avisos ni amonesta- 
„ . , clones. Esta pasión de los es- 

F.scrupulos , ^ 

sjkaiíanen crupulos es penosísima y pe- 
huenosycn Hgrosísima, y hállase en bue- 

matos. , ,, 

nos y en malos. Yo conocí un 
hombre de vida harto estragada, que me daba 
más en qué entender con los escrúpulos que 
tenía de la poca atención con que rezaba las 
horas de nuestra Señora, que á él los muchos ! 

Obras místicas del P. Anoeles.— 3 



y grandes pecados de sensualidad que traía; 
por aquéllos pasaba ligerísimaniente, y en lo 
que apenas había pecado venial se atormenta- 
ba á sí y á mí. Y alabé muchas veces la justi- 
cia divina que castigaba el deleite de la car- 
ne con afligir aquel no mortificado espíritu, 
haciéndole casi fuerza á enmendar lo que te- 
nía de obligación, atormentándole en aquello 
que era de supererogación. 

D.— También la Samaritana, estando ac- 
tualmente en pecado con el hombre ajeno, se 
mostró escrupulosa con Cristo cuando le dijo 
que, siendo judío, ¿cómo le pedía á ella agua 
que era Samaritana? (loan, 4). 

M.—Y los fariseos transgresores de la ley 
divina que manda honrar y acudir al remedio 
de los padres, ¿no acusaron á los discípulos 
de Cristo, como formando escrúpulo, de que 
no se lavaban, cuando comían, las manos? De 
ellos dijo la eterna verdad (Math., 15): Cuelan 
el mosquito y tráganse sin sentir el camello. 

§ XI 

Pero dejemos esta gente, que no es escru- 
pulosa y lo finge, por que los tengan por san- 
tos y celadores de la perfección (Math., 23) y 
vengamos á los verdaderamente atormentados 
con escrúpulos. Y digamos primero algo de 
esta guerra que interiormente padecen. Lo se- 
gundo, el origen desta tentación. Lo tercero, 
el daño que hace en el alma. Lo último, los 
remedios que dan los Santos, si de verdad hay 
algún remedio que lo sea. 

Discípulo.— Paréceme que quieres tratar de 
propósito esta materia. 

Maestro.-— Deseólo á lo menos, por ser de 
la que hallo más poco escrito, y aun porque 
para hacerlo he sido diversas veces importu- 
nado de personas escrupulosas. Esta pasión 
han dicho algunos sabios que 
Pasión de rscni- parece maldición de Dios con- 

piuos es mal- 
dición ele Dios, tra desobedientes, cuales son 

ó lo parece, por la mavor parte los escru- 

contra desobc- ' . ' . , , 

dientes. pulosos, que ni obedecen a las 

inspiraciones divinas, ni á los 
consejos de los médicos espirituales. Huiréis, 
dice la sagrada Escritura (Levit., 26), sin que 
os persiga nadie. Y el Profeta (Psalm. 13): 
No invocaron al Señor, y tremieron donde no 
había de qué. En el Deuteronomio (Deut., 28), 
entre otras maldiciones que allí pone Dios 
contra los que no le obedecieren, es una des- 



114 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIALOGO VII 



te tenor: Por un camino salgas tras tus ene- 
migos y por siete vuelvas huyendo, y nunca 
falte reprensión en cuanto pusieres mano. 
Cuando le parece al escrupuloso que halló un 
camino ó una razón buena contra sus escrú- 
pulos, comienzan contra él esos mismos más 
terrible batería, y cercado dellos como de 
crueles enemigos, ni sabe qué camino tomar 
ni qué hacer, porque jamás le falta repren- 
sión en cuanto hace. Hallarás en este particu- 
lar mil diferencias de tentacio- 
Biferenciadecs- ^^q^. míos nuuca piensan sino 

crúpulos y es- , , j 

cntpulosos. en sus pecados, echando cuen- 
ta de día y de noche si los han 
confesado bien, si dejaron tal pecado, si ca- 
llaron tal ó tal circunstancia, si se aparejaron 
como estaban obligados; y cuando han traba- 
jado mucho en esta guerra y les parece que 
no se ha podido hacer más, y el confesor les 
asegura, vuelven á cavar de nuevo en esta 
mina, y persuádense al fin que no quedan con- 
fesados, porque no dijeron tal intención, ó 
porque preguntados no dijeron enteramente 
la verdad, que les faltó tal palabra por decir; 
y juzgando de sí que cometieron sacrilegio, 
convierten la confesión en confusión, niebla y 
escuridad del alma, y ¡alto! (') otra vez al con- 
fesionario, y tanto peor cuantas más veces lo 
hacen. Yo me acuerdo de una señora muy es- 
crupulosa que, teniendo en verdad mucha 
cuenta con su conciencia y siendo la confe- 
sión cada semana dos veces, nunca se llega- 
ba á comulgar que no se reconciliase más de 
diez, y el Sacramento en las manos del sacer- 
dote, y ella pidiendo que la oyese que no se 
atrevía á recebirlo. 

D.— ¡Tiranía cruel del demonio! 

M. — Lo peor es que, confesando mil veces 
un mismo pecado con otras tantas circunstan- 
cias que Satanás les enseña y trae á la me- 
moria, tan entricadas y ciegas que preguntan 
á cada paso á los confesores si las han en- 
tendido, quedan menos satisfechas en el fin 
de^ü que estuvieron en el principio. Y aun- 
que desean llegarse á estos divinísimos Sa- 
cramentos, y el privarles dellos les es á par 
de muerte, el día de la Comunión es día de jui- 
cio, porque les toman como espíritus malos 
en aquel tiempo y vienen á trasudar con ansias 
y agonías que no se pueden aquí encarecer. 
Mira tú agora cómo gozarán del fruto de la Co- 

(') Edición citada: y vuelven otra vez. 



munión y la paz que les quedará después de 
haber conmlgado. Pues ya en el cumplir de la 
penitencia ¿padecen poco? ('); aunque no sea 
más que una Avemaria, nunca saben acabarla 
ni quedar satisfechos de que la rezaron. 

§ XII 

Supe yo de un religioso escrupuloso que, 
dándole en penitencia que dijese jesús cien 
veces ó más, se fué al claustro y cortan- 
do otras tantas hojas de jazmines, se subió 
á un terrado del convento y desde allí echa- 
ba por el aire aquellas hojas y decía con 
cada una: Jesús fuera, Jesús fuera; porque 
menos que con esta dihgencia no quedaba 
quieto. 

Discípulo. ~ Pudiérase muy bien reír ese 
hecho si no hubiera de por medio la miseria 
del hermano. 

Maestro.— k veces no se puede disimular la 
risa oyendo tales disparates. 
debiulfemia ^ algunos acomete el demonio 
con tentaciones de blasfemia 
contra Dios y sus santos; y son tantas y de 
tantas maneras y tan á punto y con tanta ma- 
licia, con tanta novedad y ahinco, y en cual- 
quiera cosa que hacen, que ellos mismos se 
admiran y espantan y les parece que en sí 
tienen el propio infierno; de donde, y no de 
otra parte, pueden salir y brotar tales imagi- 
naciones. Todo su oficio de día y de noche es 
blasfemar; y viéneles con esto una ira tan 
grande, que parecen endemoniados, y con ella 
se confirman en que las blasfemias les salen 
del corazón y con deliberada voluntad; y á 
veces, estando solos, llegan á pronunciarlas 
por la boca. Nácele de aquí al ánima un des- 
placer tan grande y una tan profunda tristeza, 
que la consume toda; y como ve que al iin 
hace aquello de que recibe pena, dando más 
crédito á la obra que á su pesar, persuádese 
que es voluntario k» que verdaderamente no 
llega á la voluntad. Acuden con esto como 
enemigos en celada tentaciones deshonestas, 
tan espantosas y torpes, que ni aun mirar á 
los Santos osan, ni levantar los ojos á Cristo 
puesto en la cruz; y cuando entran en la igle- 
sia les acometen tan de tropel estos sucios 
pensamientos, como si aquel lugar fuera don- 

(') La misma: / Y válganos Dios, que ya al cum- 
plir la penitencia han padecido i)oco! 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



115 



de se hubieran de cometer. Pues que, si cono- . 
cen ó tienen amistad con alguna persona es- 
piritual, á veces se abrasan en solo acordarse 
della; y teniendo firme propósito de morir mil 
muertes antes que ofender la castidad, juzgan 
de sí que consienten y que ofenden y que ya 
del todo van perdidos. Vengamos, pues, al 
oficio divino, adonde se han 
Escrúpuio.senei ^jg^^ ^j^^j^g ^^,^ atormentadas 

ojicto (Itoino. 

de escrúpulos, que se puede 
pensar y creer que les da Dios allí su Purga- 
torio. No te podré decir lo que aquí pasa, por- 
que en la pronunciación nunca se satisfacen, 
pareciéndoles que pronuncian m por n, y 
t por í/ y la tercera persona por primera. 
Cuando dicen el segundo salmo, les persuade 
el pensamiento que se les quedó el primero; 
y algunos hay tan Hvianos, que luego lo creen 
y le vuelven á repetir una y muchas veces, 
pregonando en esto que son lo que dijo el 
Sabio (Eccl., 19), de corazón fácil y de seso 
poco. En la Misa es más peligrosa esta bata- 
lla, y aun más en el tiempo de la consagración, 
porque arremeten algunos con las primeras 
palabras della con un furioso ímpetu, y corrien- 
do por las medias quedan silbando con las 
postreras. Otros las dicen con tanto ahinco 
y espacio, que por hoc dicen hoque, y por 
est dicen este, y por corpas corpiise, y por 
meum meimm; y no advierten estos repeti- 
dores de Gramática que tanto menos satis- 
facción les queda cuanto más se desecan y 
consumen repitiendo, y que dijo el saber de 
Salomón (Eccles., 7): No reiteres la palabra en 
tu oración. 

D.— A mí me suele afligir algunas ve- 
ces el demonio con representarme y fijar 
en la memoria cosas que me puedan dar 
pena y enfado, sin que me sea posible des- 
echarlas en todo el día, y cuanto más tra- 
bajo en esto, tanto más parece que se arrai- 
gan y confirman. 

§ XIII 

Maestro.— ^so hace él para quitarte el reco- 
gimiento y los pensamientos que te pueden 
ser de provecho; y es ordinario olvidarse esto, 
cuando el hombre, ningún caso hace dello. Del 
águila se dice que para apoderarse del ligero 
ciervo y hacer en él presa á su voluntad se 
va á un arenal y revolcándose en el arena, 
cargada della alas y cuerpo, se sube sobre la 



cabeza del ciervo, y aferrando (') fuertemente 
con sus uñas, sacúdese de aquel polvo en- 
cima de los ojos, y ciégale y entontécele de 
manera, que él mismo se precipita y despeña 
y es hecho pasto desta tan sagaz y astuta ave. 
Yo digo cierto que en leyendo 
Escrúpulos, gsta propiedad del águila se 

arena menuda , , . , , , 

que nos ciega, "ic represento esta lucha de 
pensamientos y escrúpulos, que, 
á mi ver, son como arena menuda de que el 
demonio viene cargado, especialmente en el 
tiempo de la oración y recogimiento, y sen- 
tándose en las cabezas de los escrupulosos, 
sacude sus alas y ciégales con ellos el enten- 
dimiento; y de manera los desatina, que mu- 
chas veces dan en desesperación, ó á lo me- 
nos viven siempre con un tedio y enfado 
grandísimo de la vida, rendidos ya á la tenta- 
ción del enemigo é incapaces de ningún con- 
sejo; perseverando, como dijo el Profeta 
(Psal. 87), á la manera de los heridos en los 
sepulcros, siempre tremiendo (^) y nunca se- 
guros. Un padre Guardián me contaba de un 
cierto religioso, ciego desta pasión de escrú- 
pulos, que se fué á confesar con él un día y 
le dijo que andando por el claustro había 
adorado un Cristo que estaba en un ángulo 
del (3), y que tenía escrúpulo si también había 
adorado un sayón que allí vio juntamente 
pintado. 
Discípulo.— No se puede encarecer más la 
miseria de los escrupulosos; 
pero sería bien que dijeses ya 
la raíz de donde proceden. 
M.— Ya te dije poco ha que me parecía 
castigo y maldición de Dios; y sí te dijese el 
por qué, por ventura confesaras que no ando 
fuera de camino. 

D.— No es posible pensar yo eso de ti, por- 
que sé que has remediado muchas personas 
escrupulosas y que has hallado la vena á esa 
enfermedad. 

M. — Los escrúpulos nacen de dos princi- 
pios: El primero es desordenado amor de sí 
mismo. El segundo, poco amor de Dios. Claro 
está, si se mira bien en ello, que del dema- 
siado amor que el hombre se tiene á sí se en- 
gendra temor y miedo de aquello que por al- 

(') Edición citada: asiéndose fuertemente con las 
uñas, etc. 
O Edición citada: temblando. 
\ (^) La misma: ángulo de la pared. 



Raíz de 
los escrúpulos. 



116 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO Vil 



guna vía puede dañarle y ser contrario á su 
naturaleza. De donde saco yo que, aunque 
parezca que el escrupuloso guarda la ley de 
Dios y los preceptos de su Iglesia, es muy 
probable que no guarda el de la caridad, por- 
que todo lo que hace lo hace, no por amor 
de Dios, sino de sí mismo, huyendo su conde- 
nación. Y es cierto que este tal no puede po- 
ner en Dios su confianza, porque no le guarda 
fidelidad, y así toda su vida interior es miedo, 
pavor, trabajo y miseria; y por echar de sí 
estos temores hace rigurosas penitencias, 
trabaja, ocúpase en obras de misericordia y 
toma disciplinas á menudo, y nada le basta 
para librarse de semejante calamidad; al fin, 
cuanto más se ama, tanto más se teme la 
muerte, el juicio y las penas del infierno. 

D.— ¿De manera que el desordenado temor 
nace del amor de sí mismo, el cual me com- 
pele á desear ser bienaventurado, aunque sea 
infiel á Aquel que me puede hacer esta 
gracia? 

Ai.— Así es como lo dices. El otro principio 

de escrúpulos se funda en el poco amor de 

Dios. Y la razón es, porque de 

De amor peque- '^ ^ 

ño no puede amor pequeño no puede en- 

nacer confian- gendrarse confianza grande; 
za grande. , , , ,. 

porque la verdadera confianza 

de la misericordia divina y de su liberalidad y 
gracia es hija del amor, la cual no nos pueden 
dar ni las penitencias, ni los ayunos, ni las 
disciplinas, ni otras ningunas obras desnudas 
y desacompañadas del. Y es cierto que no 
hay cosa tan necesaria al que pretende llegar 
á la perfección de que tratamos como la gran- 
de confianza y esperanza firme en Dios, cuan- 
do el hombre hace de buena voluntad lo que 
es de su parte por no ofenderle; que, como 
dijo un sabio, cuanto uno más espera, tanto 
es más agradecido y tanto más enmienda sus 
faltas por no desagradar á aquel en quien 
puso su confianza. Y el Profeta dice (Psal. 31): 
Muchos son los azotes del pecador descon- 
fiado; pero al que espera y confía en el Señor, 
su misericordia le rodeará. 

§ XIV 

D/sc/pu/o.— Predicando un día á una Misa 
nueva en Sevilla, dijiste sobre aquellas pala- 
bras de Cristo (loan., 14): Si alguno me ama, 
guardará mis mandamientos; algunas cosas 
notables acerca desta materia de que trata- I 



mos, que dieron mucho gusto á los oyentes y 
algunos escrupulosos sintieron alivio y reme- 
dio; holgaría de oírlas agora, si tú no sintie- 
ses pesadumbre en referirlas. 
Maestro.— D\\e, si bien me acuerdo, que el 
amor hacía fácil y muy lleva- 

El amor lodo lo , j i i i i . 

hace fácil y el ^era y agradable la ley de 

desamórenlo- DíoS. 

S/ítl' " '^''" D.-Eso probado se está, que 
según el parecer de San Jeró- 
nimo ninguna cosa hay dura ni dificultosa á 
los que aman. Y San Agustín dice que los 
trabajos de los que aman son como de caza- 
dores y pescadores, que ó no se sienten ó 
hay en ellos deleite. 

Ai.— De ahí saqué yo luego que el desamor 
engendra dificultades, aun en las cosas muy 
fáciles. Y advierten los Doctores que, tratan- 
do Cristo del amor, habló de su ley en singu- 
lar; conviene á saber, guardará mi palabra 
quien me amare. Y hablando del desamor 
habló en plural, diciendo: Quien no me ama, 
no guarda mis leyes. Desta raíz, digo del des- 
amor, nació que, dando Dios á nuestros pri- 
meros padres un solo mandamiento, de que 
no comiesen del árbol de la ciencia del bien y 
del mal (Genes., 3), siendo uno y tan fácil (¡y 
qué más que abstenerse de comer de una fru- 
ta, habiendo tantas y tan buenas desacotadas 
en el Paraíso!) ('), se persuadió Eva que eran 
dos preceptos no fáciles, sino dificultosísimos, 
y la observancia dellos imposible. Y eso está 
diciendo la respuesta que dio nuestra madre 
á la serpiente, que le pregunta el por qué del 
divino mandamiento. Mandónos, dice, que ni 
comiésemos ni tocásemos. 
D.— Eso último es mentira. 
M.—Y el sonsonete está dando á entender 
que hay imposibilidad en lo primero. Y es el 
mal que come Eva y toca,^ quebranta dos 
mandamientos: uno que le puso Dios de no 
comer, y otro que se puso ella de no tocar, 
porque pecó contra su conciencia, que le dic- 
taba que estaba vedado el tocar como el co- 
mer. Y esta es la miseria del escrupuloso, que 
en daño de su alma forma y añade nuevos 
preceptos y obligaciones en la ley de Dios, 
no siendo della, los cuales todos inventa y 
halla el desamor. Y si dejasen de hacer el mal 
que imaginan, tolerable sería; pero nunca hay 
en eso enmienda, siempre escrupulean y siem- 

(') La edición citada omite todo este paréntesis. 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



117 



pre pecan; aun cuando piensan que hacen 
bien, si aprenden lo que de suyo es malo 
como bueno, que entonces el hacerlo y el no 
hacerlo es pecado (S. Thom., 2 senten., 
disí. 39). 
D.— Según lo dicho, yerro grande es afirmar 
que el amor hace escrupulosos. 
No nacen de M.—Es blasfemia en el caso; 

a m 07 los es- , . , 

crúpuins. lo primero, porque el amor es 
el que facilita la ley y muchos 
preceptos hace que parezcan uno; lo segundo, 
porque los que aman son muy discretos y sa- 
bios, que el amor es maestro de todas las 
ciencias y no puede haber ignorancia en el 
que de verdad ama, á lo menos que ofenda al 
amado. Quien hiciere la voluntad de mi Padre, 
dice el Señor (loan., 7) (entiéndese con amor 
y caridad), tendrá conocimiento de mi doctri- 
na y no ignorará lo necesario para su salva- 
ción. Es gran maestro el amor; sábese mucho 
más amando que revolviendo libros y fre- 
cuentando las escuelas; por lo cual concluyo 
con asegurarte que los escrúpulos nacen de 
amor propio y de desamor á Dios; porque en 
el alma que falta el divino amor hay confu- 
sión y tinieblas en el entendimiento, y hay 
pesadumbre y carga intolerable en la volun- 
tad aficionada á sí misma. 

§ XV 

Discípulo.— Algunos han dicho que los es- 
crúpulos nacen de melancolía, otros que de 
soberbia, otros que de necedad ó igno- 
rancia. 

Maestro.— Todo puede ser, y el no hallarles 
con certidumbre tantos sabios el padre que 
los engendra es argumento de que son muy 
ruin gente y muy vil canalla. Yo he visto mu- 
chos hombres cuerdos y teólogos llenos de 
escrúpulos; y á mí vino un maestro en santa 
Teología, harto fatigado de vm escrúpulo 
acerca del Sacramento santísimo del altar, á 
quien consolé y curé, por la misericordia de 
Dios, con bien pocas razones. A los que di- 
cen que los escrúpulos nacen 
Melancolía has- jg melancolía, digo que, aun- 

pedera Je los , , 

escrúpulos. Que parezca que no pueden te- 
ner padre corporal hijos espi- 
rituales, es sin duda que se ayudan ellos de 
ese humor terrestre y pestilencial y arráigan- 
se con él más en el alma; y cuando de ahí 
cojea el escrupuloso suelen serle de prove- 



las comunida- 
des. 



cho las medicinas corporales: el comer bien, 
las conversaciones indiferentes, entreteni- 
mientos de caza y pesca, porque es enferme- 
dad esa que suelen curar los físicos sin los 
padres espirituales. No puedo yo dejar de 
. , confesar que los demasiada- 

Los escrúpulo- ^ 

sos vecan de mente escrupulosos pecan de 
¡len^isydeio necedad ó de locura, porque 

eos, y son pe- , , . . . . 

nosisimosá son penosismios y casi msutn- 
bles donde quiera que moran. 
Perturban las comunidades, es- 
tán en los coros como monas haciendo ges- 
tos y meneos desacostumbrados, con que 
provocan á risa á los demás, y á veces á ira; 
ellos darán cuenta á Dios desta su inquietud, 
tan en daño de sus hermanos. Hartas veces 
he pensado, y otros conmigo, que hay en esto 
malicia y fingimiento, y que por parecer san- 
tos escrupulean, repiten y pronuncian afec- 
tuosamente; y no fiando el verso del otro 
coro, le dicen entre sí ellos. Yo les quitara á 
éstos el decir Misa y el confesar y recebir el 
Sacramento; porque ó son locos de verdad ó 
de voluntad, y de cualquiera manera destas 
son incapaces destos beneficios. 

D. — Muchas veces me he yo reprendido 
por haber juzgado de un escrupuloso que era 
loco, porque, como á los que lo son, le ator- 
mentaba aquella pasión con las lunas; y ma- 
ravílleme que todo su cuidado ponía en que 
la ración fuese doblada. 

Ai.— En eso paran los demasiadamente es- 
crupulosos, porque para remediar la vanidad 
de la cabeza estudian de comer espléndida 
y regaladamente, duermen mejor y no se ma- 
tan mucho en los trabajos de la Orden, ni de 
su casa si son seculares. Son estos casi sin 
remedio, y para mí ningún rastro de devoción 
hay en ellos cuando hablan con Dios, más que 
si hablasen con Laurencio Vala, ó con otro gra- 
mático que luego les hubiese de acusar el mal 
latín, porque rezan como si diesen lición de 
memoria á sus maestros. El remedio dellos 
se quede en hora buena para 

Remedio singu- , , , , ■ , 

lar para con- SUS prelados, cl cual deben pc- 
ciencias escru- ¡jer con tíenipo autcs que se 
puiosai. j^^g^j^ incurables. A los demás 

digo que en tanto que en las tentaciones y 
pensamientos importunos de blasfemia ó de 
sensualidad, ó contra la fe y honestidad que 
se debe á los Santos y cosas sagradas, hubie- 
re guerra y lucha, en ninguna manera hay pe- 
cado; porque falta ahí el consentimiento de la 



118 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VII 



voluntad, que está encontrada con los tales 
pensamientos, la cual si se hiciese de su ban- 
do cesaría el combate y habría luego paz, 
aunque falsa y mala, como dijo el profeta 
(Isai., 48). Algunos dicen que es bueno no ha- 
cer caso destas cosas que son como asom- 
bros del demonio, y que sólo tienen de malo 
el atormentar; mas el alma no padece detri- 
mento, y confúndese el enemigo cuando con- 
sidera que nos reimos y tenemos en poco sus 
tentaciones. Cayetano, en su Suma (Cajetan., 
in summa), y otros graves doctores, tratando 
de curar esta enfermedad de escrúpulos, dan 
algunos remedios. El mayor y mejor de todos 
es humillarse el hombre á Dios, 
Los eicrúpuins qj-^j. ^jg n\xxo corazóu y suje- 

son hijos de , . 

soberbia. tarse al parecer ajeno; porque 

el mío es y ha sido siempre que 
estas etifadosas y malditas sabandijas de los 
escrúpulos nacen de soberbia. ¿Y no es sober- 
bia pensar el hombre andar tan al justo con 
Dios, y que puede hacer sus obras con tanta 
perfección que no les falte hebilleta? (') ¿Y no 
es desconfianza creer de Dios que no atiende á 
nuestra fragilidad y á que somos polvo, y que 
de fuerza nos habemos de distraer y faltar en 
muchas cosas de su servicio, como dijo Santia- 
go? (lacob., 3). ¿Y no es sentir mal de aquella 
soberana bondad, cuyos pensamientos todos 
son de paz y en nuestro provecho, entender 
que está mirando los acentos, las palabras y las 
muy pequeñas vagueaciones de entendimiento 
y en otras niñerías semejantes de que los muy 
justos no se vieron libres? Sí, que escrito está 
(Psaim. 129): Si observáredes, Señor, nuestras 
maldades, ¿quién podrá sufriros? Deje el es- 
crupuloso su parecer y siga el de su confe- 
sor y padre espiritual, y no estudie (como lo 
hacen muchos) en cómo replicará y resistirá 
á sus razones para nunca salir de infierno; 
que infierno es para él, pues padece siempre 
y nunca merece nada, si siendo capaz de re- 
medio no se humilla y le recibe. Lo demás 
que acerca desta pasión te pudiera decir 
quédese para los padres confesores, aunque 
muchos por dejar hacer su voluntad á sus pe- 
nitentes, alargándoles la cura con una piedad 
cruel y tirana, los han hecho incurables, de lo 
cual darán á Dios estrecha cuenta en el día 
temeroso de su juicio. El mío está cansado de 
hacer notomía deste jayán y enemigo de nues- 

(•) Edición de 1885: no les falte ni una tilde? 



Solicitud 
le Hipar al . 



tro sosiego ('), y así me determino dejarle y 
brevemente tratar de los que quedan, porque 
es ya tarde y casi hora de silencio. 

D. — Algunos dicen que se pegan los escrú- 
pulos como enfermedad contagiosa. 

M.— Hombres se han visto muy libres desta 

pasión venir á ser muy escru- 

Los escrúpulos pyiogog po¡. haber tratado con 

se peuan. ' ' ^ 

gente que lo era. 
D.— Líbreme Dios dellos. 
M.— Y á mí O de Solicitud temporal, que 
es el nono jayán que hasta los 
claustros y oficinas interiores 
de algunas religiones ha queri- 
do entrarse y convertido el cuidado del espí- 
ritu con que comenzaron y prosiguieron mu- 
chos años en el temporal con que ahora viven, 
no sin pérdida grande dellos. Y aunque en esto 
no considero yo pecado (^) (que no se puede 
condenar tanta santidad y letras) hallo á lo 
menos mucho de imperfección, que bien en- 
tienden los varones espirituales que la solici- 
tud de las cosas de la tierra impide á la que 
se debe á las del cielo. Porque, como dijo la 
eterna Verdad (Math., 6): Ninguno puede ser- 
vir á dos señores sin que haga falta al uno 
dellos. 

D.— Nunca me fatigó mucho ese enemigo, 
porque luego que Dios me abrió los ojos del 
alma para que gozase algún tanto de su divi- 
na luz, se me asentó lo que el Salvador dijo 
en su Evangelio (Math., 6; Luc, 12), que bus- 
cando por principal el Reino de Dios y su jus- 
ticia, las demás cosas se me habían de dar de 
añadidura. 

M.— No niega el Señor el trabajo provecho- 
so y el adquirir y granjear hacienda, espe- 
cialmente en el siglo; antes lo alaba, y dice el 

O Esta frase cambíala la edición citada diciendo: 
Por mi parte estoy cansado >'fl de hablar de este ja- 
yán y enemigo de nuestro sosiego, resolviéndome á 
dejarle. 

(-') Edición cit.: "Pasemos á la solicitud...» con lo 
cual se le quita gracia y novedad á la conversación. 

(3) Todo este parrafito queda muy alterado en las 
ediciones modernas. Véase la de 1885, pág. 288: «Y 
aunque en esto no considero yo que se llegue á pe- 
cado, hallo cuando menos mucho de imperfecto; 
pues harto saben los varones espirituales á quienes 
me lefiero, que la solicitud de las cosas de la tierra 
estorba á la que se debe á las del Cielo. Ya dijo la 
eterna Verdad que ninguno podia servir á dos seño- 
res sin hacer falta al uno de ellos». 



DE ONCE JAYANES QUE LA DIFICULTAN É IMPIDEN 



119 



Apóstol (lí Thes., 5) que quien no trabajare, 
que no coma; condena, empero, la demasía 
que hay en eso y el derramamiento del cora- 
zón en cosas de tan poco momento, olvidadas 
las que pesan tanto como las eternas. Es So- 
licitud temporal un enemigo que muchas ve- 
ces nos despoja de la caridad y nos roba la 
devoción y nos expone á infinitas tentaciones 
y asechanzas del demonio, siendo inútil y de- 
masiada. Es el que nos hace cautivos de los 
afectos de los sentidos y de la misma natura- 
leza para que no pueda reinar en nosotros ia 
divina gracia. Este es el que persuade á los 
hombres cyje sirviendo á Dios les ha de faltar 
el sustento, y el que, ofendiéndole, les promete 
en sus necesidades el remedio y copiosa mi- 
sericordia ('), negando lo temporal á la vir- 
tud y justicia, y prometiendo á los pecados lo 
eterno. 

D.— No he comprendido esa última razón. 

Ai.— Digo que hay muchos que fían de Dios 

el perdón de sus culpas, pre- 

^trJ5;2 sonándole misericordioso cuan- 

mas y descon- do las cometen, y no fían del 

fian en ¡o que j^isnio el darles el sustento y 

6S YtXBTíOS 

comida de cada día, si le sir- 
ven. Y es uno de los mayores desatinos á que 
puede llegar un hombre el esperar de Dios, 
siendo enemigo suyo, lo que es más, y no lo 
que es menos teniéndole por amigo y obliga- 
do con servicios y obras virtuosas. Si no, dirne» 
¿qué razón hay para que, siendo un hombre 
pecador y malo, presuma de Dios que no le 
faltará para el perdón de sus culpas, y para 
que, siendo bueno y justo, desconfíe de que le 
ha de dar lo que concede á los moros, turcos 
y herejes; y lo que es más, á las aves de! cie- 
lo y á las bestias de los campos? 

D.— No se puede añadir á ese discurso cosa 
alguna. 

M.— Ni á la materia de Solicitud; que cono- 
cidos son sus daños y muy poca entrada tie- 
ne con los que se contentan con solo Dios, 
como lo estaba aquella ánima santa que de- 
cía (Cant., 2): Yo para mi amado y El para mí, 
y no más mundo. Yo á lo menos más me re- 
celo del tedio ó accidia en su servicio, del 

O Edición citada: «mientras que ofendiéndole les 
promete el remedio en sus necesidades, mediante su 
copiosa misericordia, es decir, el que niega lo tem- 
poral á la virtud y á la justicia para conceder á los 
pecados lo eterno». 



El tedio cu la cual proccdc el descuido en 

vida eapirUual , j j i 

e.mu¡ipcüoro- ^^ g^^rda del corazón y una 
sú,!iqné rcmc' infinidad de pensamientos va- 
d'o tiene. ^^^ y ociosos, que le ensu- 

cian y vuelven incapaz de toda devoción y 
sentimiento espiritual. Despiértate, pues, fre- 
cuentemente contra él á las cesas divinas, y á 
menudo te pregunta: ¿á qué veniste á la Re- 
ligión? como lo hacía San Bernardo, y nunca 
gastes el tiempo en niñerías y cosas sin pro- 
vecho, que de ahí se engendra tedio, y ahí 
convalece (') y toma fuerzas. Algunas ve- 
ces te sentirás tan enfadado y cansado, tan 
triste y sin consuelo (haciendo al parecer lo 
que debes), que á ninguna cosa volverás los 
ojos que no te enoje y cause tedio. Parecerte 
ha que traes á cuestas todo el mundo y que 
nadie te mira con buenos ojos, y que no falta 
sino tragarte la tierra. Pero no desmayes ni 
pierdas ¿la confianza de tu remedio en este 
tiempo, humíllate á Dios y sufre sus manos, 
como dijo el Sabio (Ecles., 13.), que en el áni- 
mo humilde labran perfectísimas labores de 
virtudes y merecimientos. No hay artífice que 
en material, vivo labre obra perfecta, porque 
resiste á las manos que le han de dar su per- 
fección, como se ve en el brótano ó murta, 
que aunque con gran curiosidad dibuje el hor- 
telano algunas figuras, en breve tiempo no 
queda rastro de lo que fueron, porque es ma- 
terial vivo que con mucha priesa crece. Otra 
cosa es en el material muerto, como es el 
yeso, la piedra y el madero, que sufren las 
manos de los artífices y reciben las figuras 
que en ellos labran y las conservan para 
siempre. Tales nos quiere Dios para hacer en 
nosotros ricas labores y obras de sus manos, 
y entonces andan sobre ti cuando te parece 
que te tiene más olvidado. Desaparecerá esa 
nube que te atribula y aparecerá el Soí de 
justicia, y con su vista graciosa te volverá el 
alegría de tu corazón. Sufre (te digo otra vez) 
sus manos, y resignado en ellas pide de cora- 
zón que se haga su voluntad en tiempo y en 

la eternidad. Y guárdate des- 
Gula espiritual. - . . j ," /^ . 

pues desto de la Gula espui- 

tual, que es enemigo que apenas se conoce 
ni nos recelamos del, y son sus daños muy 
conocidos. Deste no diré nada por haber di- 
cho mucho en otras partes, aunque será bien 
que lleves una doctrina general y sea ésta: 

(') Edición cit.: afii crece y ahí adquiere fuerzas. 



120 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VIII 



Que todos los dones, así naturales como so- 
brenaturales, no con otro fin se han de pedir 
á Dios, ni se ha de usar dellos cuando se nos 
dieren, que para por ellos, como por medios 
del cielo, venir á mayor mortificación en todas 
las cosas y para con mayor fervor convertir- 
nos y juntarnos á Dios. Las consolaciones que 
los principiantes en la virtud gozan de ordi- 
nario, sírvenles como de leche (que al fin son 
niños en el camino del Señor) para que con el 
gusto y suavidad dellas olviden los deleites y 
regalos que les ofrecía el mundo y vivan con 
estos minios y relieves de la mesa de Dios 
hasta que puedan comer pan con corteza y 
tomar armas y sufrir golpes de tentaciones y 
encuentros recios de los demonios, enemigos 
declarados de nuestro bien. En el Testamento 
Viejo mandaba Dios á los señores (Deut., 15) 
que diesen alimentos á sus siervos, cuando 
los libertasen, hasta que pusiesen casa y pu- 
diesen bandearse {') por sí mismos; lo cual el 
piadosísimo Señor usa también con los que 
de nuevo liberta de los vicios y los saca del 
cautiverio del enemigo, hasta que tengan al- 
gún caudal y puedan vivir por su pico. Y el 
Redentor de los hombres no quiso enviar sin 
comer á los que le siguieron por el desierto, 
por que no desfalleciesen en el camino](Marc., 
8) y faltasen por falta de sustento en el bien 
comenzado. 

D.— Al fin todas las cosas que de Dios rece- 
binios ó podemos recebir ¿han de ir fundadas 
en la propia mortificación y negamiento, así 
de espíritu como de la naturaleza, y debajo 
del altísimo beneplácito de Dios? 

Ai.— Eso es lo que te digo y enseño, porque 
sin esas condiciones ninguna otra cosa se 
puede presumir en las mayores riquezas del 
espíritu que amor propio y particular interés, 
que es el veneno y corrupción de todas ellas. 

D.—Ya. no falta sino el último jayán. 

M.— Ese llamamos Especulación; contra él 
hallarás un divino documento 

Especulación g^ g, fj^ jg, ¿jálogo OCtaVO; 
demasiada iiH- ' 

pide. allí te remito, porque estoy 

cansadísimo y deseosísimo de 
callar por hoy. Y si más quisieres saber, lee 
el capítulo catorce de los Triunfos, que es el 
que enseña cómo se ha de cautivar el enten- 
dimiento y tener á raya la especulación para 

(') Edición citada: «hasta que ellos pusiesen casa 
y pudieran mantenerse por sí mismos». 



que la voluntad goce y se emplee toda en 
Dios. Que no es razón que la señora esté á 
fuera y la esclava tenga el mejor lugar y se 
lleve lo más y mejor del tiempo. Los que no 
especulan y tratan las Escrituras con inten- 
ción de aprovechar en el conocimiento pro- 
pio, ni (') para deprender á negarse y unirse á 
Dios con ardientes deseos y afectos inflama- 
dos, salen sin duda de tal ejercicio soberbios, 
vanos, hinchados, amigos de sí mismos y lle- 
nos de su propio parecer. Consumen las fuer- 
zas y el ingenio en cosas de aire, y ellos mis- 
inos se son impedimento para que Dios no 
les comunique de sus verdaderos, sólidos y 
sabrosos bienes. Y no más, por que no pierda 
yo por hablar lo que ellos por especular. A 
Dios, Deseoso. 
D.—El sea contigo y te guarde. Amén. 

DIÁLOGO OCTAVO 

De los ejercicios en que se ha de ocupar el 
contemplativo, que ya descubrió el Reino de 
Dios en su alma y le conquistó. 

§1 

Discípulo.— Dios te salve, maestro mío. 

Maestro.— E\ mismo te sea salud sempiter- 
na, hijo Deseoso. 

D.—Y qué deseoso vengo yo de oírte hoy 
hablar en aquel santo ejercicio que el día pa- 
sado me comunicabas, significándome que 
Dios te lo había revelado. 

Ai.— La revelación no fué á mí, que no soy 
tan bueno como piensas, sino al 
profeta Miqueas, el cual, codi- 
cioso de saber qué sacrificio 
ofrecería al Señor que le fuese más acepto y 
para su alma de mayor provecho, mereció que 
El mismo le hablase en espíritu y le dijese: 
Yo quiero ser tu Maestro y enseñarte lo que 
es bueno y lo que tu Señor Dios quiere de ti. 
Y dichas estas palabras, hizo una cifra y suma 
de todo lo que hay que saber para que el 
hombre ande compuesto y bien ordenado con- 
sigo, con el prójimo y con Dios. Ciertamente, 
dice El (Mich., 6), lo que quiero es que hagas 

(') Aquí el ni equivale á y, de lo cual se hallan 
muchos ejemplos en los clásicos del siglo xvi. A 
editor de 1885 le pareció negativa y corregió la frase, 
diciendo: "aunque no para aprender á negarse, etc.» 



Ejercicio 
revelado. 



EJERCICIOS DEL HOMBRE C0NTEA1PLATIV0 



121 



Toda la arino- 
n';a de los espi- 
rituales ejercí- 
c ios está en 
cuatro punios. 



juicio, que ames la misericordia y que andes 
solícito con tu Dios. 

D.— ¿Es posible que en tan breves palabras 
se encierren tantos misterios, que para ser 
uno más perfecto en todo género de virtud 
no tenga necesidad de leer más libros ni de 
buscar otros nuevos ejercicios? 

M.— No me parece á mí que hay lugar de 
duda, habiendo interpuesto (') el mismo Dios 
su autoridad y dicho por su boca que esto es 
lo bueno y con lo que le tendrá su siervo, y 
cualquiera que lo hiciere, contento. Y porque 
entiendas que no son encareci- 
mientos míos, ni hablo de gra- 
cia ni por entretener el tiempo, 
nota que toda la armonía de 
los espirituales ejercicios y to- 
das las riquezas del hombre interior están en 
cuatro puntos, conviene á saber: En subir 
con libertad por 'nacimiento de gracias á la Ma- 
jestad de Dios. En descender por humildad y 
abnegación de la voluntad propia C), debajo de 
su propia mano. En salir virtuosamente á todos 
los hombres con amor general y caridad bien 
ordenada. En entrar uniformemente á si mis- 
mo por olvido de todas las cosas (^) ü los bra- 
zos y unión del Esposo. No sé si me has en- 
tendido. 

D.— Paréceme que sí. 

;\í.— Pues vuelve á referir estos cuatro pun- 
tos, que es menester que los sepas como el 
Ave María. 

D.—El primero, libres subidas del alma por 
haci miento de gracias á la Majestad de Dios. 
El segundo, humildes descendidas O por ab- 
negación de sí mismo, debajo de la poderosa 
mano del Señor. El tercero, virtuosas salidas 
á todos los hombres por un general amor de 
la largueza divina. El cuarto, uniformes en- 
tradas ó introversiones, por olvido de todas 
las cosas, á los abrazos y unión del Esposo. 

Ai. -Admirablemente has comprendido este 
santo ejercicio; mas porque deseo que te afi- 

(') Edición citada: < «<^a vez interpuesta la autori- 
dad dol mismo Dios acerca de ello y después de 
haber manifestado por su boca que esto es ¡o bueno 
y con ¡o que lo tendrá contento su siervo y cualquie- 
ra que lo practicara >. 

(') Edición citada, añade: «hasta colocarse bajo 
su poderosa mano >. 

O La misma: hasta llegar á ios brazos y unión 
con el Esposo^ 

(.^) La misma: descensos. 



clones á él y no á otro, así por ser revelado, 
como por la experiencia que yo tengo de lo 
mucho que en él se aprovecha el alma con 
poco trabajo y sin ningún hastío, has de sa- 
ber que todo cuanto está escrito en materia 
de oración y contemplación se reduce á él. 
En él se fundan aquellas cuatro vías, purgati- 
va, iluminativa, amati va y unitiva, de que tantos 
Santos han compuesto copiosos y prolijos tra- 
tados, especialmente San Dionisio, San Bue- 
naventura, Henrico de Palma, el canciller Juan 
Gersón, Ricardo, Hugo y otros muchos. En el 
primero de estos cuatro puntos se levanta el 
ánima. En el segundo se derriba. En el terce- 
ro se comunica. En e! cuarto se recoge y en- 
cierra en sí misma dentro del Reino de su 
Dios. Son estos aquellos cuatro ríos que re- 
gaban aquel vergel y jardín divino en que puso 
Dios nuestros primeros padres (Genes., 1), 
que le hacían agradable y de gran recreación. 
¿Y cuánto más agradable y de mayor deleite 
es para Dios el corazón del hombre que con 
tales ríos se riega y refresca cada día? Híi- 
blando el celestial Esposo con el ánima su 
esposa en los Cantares, le dice (Cant, 4): 
Huerto cerrado sois, hermana y esposa mía, 
huerto cerrado y fuente sellada. Emisiones 
tuce paradysus: vuestras salidas son paraíso, 
en que yo me deleito y recreo. 

D. -No parece que trasladaste bien y con 
propiedad aquella palabra latina Emisiones, 
porque, como sabes, se deriva del verbo emit- 
ió, is, que significa enviar, y, á mi parecer, 
habías de decir: Tus enviadas son paraíso. 

M.— Tienes razón y muy grande, que sali- 
das no dan á entender tanto el imperio de la 
voluntad como enviadas. Pero porque este 
término no está en uso usé yo del más co- 
mún, y porque es negocio llano y sabido de 
todos que los pensamientos y las salidas na- 
turales del alma á cualquiera de las cuatro 
partes ya dichas nos (') hacen paraíso para 
Dios, el cual sólo se agrada del sacrificio vo- 
luntario, y todas nuestras operaciones quie- 
re que sean imperadas de la voluntad; y con 
esta advertencia, lo mismo es enviar que 
salir. 



(') Aunque todas las ediciones, incluso la prin- 
ceps, ponen aquí un no, corrijo esta errata porque 
con ella quedaría sin sentido este párrafo, y menti- 
rosa la aplicación que luego liace de! texto del can- 
tar de los cantares. 



122 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIALOGO VIII 



§ 11 



Y pues que sabes dificultar en cosas tan 

importantes, preguntóte yo: 

'::Z::a;::^ ¿por qué se ¡lama el alma huer- 

to dos veces ce- to, y huerto dos veces ¡cerrado 

rrado y rúente j^jg^^g sellada? 

tellada. ■' . , t^ . . . 

Discípulo. — Pareceme a nu 
que le da ese título el Esposo para significar 
lo mucho que se regala en ella, cuando, á la 
manera de un jardín que está plantado de 
diversos árboles y de varias hierbas y odorí 
feras flores, con mucha abundancia de fuen- 
tes de aguas cristalinas, bien cercado y guar- 
dado para que ni las bestias le huellen, ni los 
hombres entren á robarle la fruta, la mira y 
contempla guarnecida con el temor de Dios, 
rodeada de su ley y de la custodia de los án- 
geles, plantada de muchas y diversas virtu- 
des, de pensamientos del cielo y de deseos 
divinos. 

Ai.— No se te puede negar que la respues- 
ta ha sido á propósito; sólo quiero añadir 
que no será paraíso el corazón que no estu- 
viere dos veces, y más, cerrado á todo lo que 
no fuere Dios ó ordenado para Dios, y junto 
con esto, fuente sellada y marcada por suya 
y para sí. Con toda custodia guarda tu cora- 
zón, dice e! Sabio (Prov., 4), porque del pro- 
cede la vida, no cualquiera vida, sino la vida 
interior y esencialmente buena. 

D.— También la natural. 

M. — Verdad es, pero no habla Salomón 
de esa vida; que no tuvo naturaleza necesi- 
dad de aviso para guardar el corazón, de 
donde ella procede, sino la del alma, la cual 
mana del corazón bien guardado; y así es 
que luego se sigue: Emisiones tuce Paradisiis; 
tus salidas ó manantiales, paraíso. Sí, que 
aquel salir á Dios por hacimiento de gracias, 
aquel bajar á sí por conocimiento propio, 
aquel comunicarse á los prójimos con celo de 
su salud espiritual, aquel entrar dentro de sí 
con uniformidad de deseos, aspirando incan- 
sablemente á la unión del Esposo, paraíso es 
y lugar de deleites para Dios. Verdad es que 
algunos leen esta letra diferentemente, por- 
que en lugar de emisiones trasladan propagi- 
nes, que significa todo género de árboles y 
plantas de que se ordenan los huertos y jar- 
dines; y asi lo juntan y continúan con lo que 
se sigue de esta manera: Tus pimpollos y re- 
nuevos, que son las operaciones interiores y 



exteriores del alma, son paraíso de granados, 
manzanos, camuesos, cipros, nardos, azafra- 
nes, canela, cinamomo, con todos los más ár- 
boles del monte Líbano: mirra, acíbar, con 
otros más ungüentos primos ó principales. 

D.— De razón (') todos esos árboles tendrán 
sus significaciones místicas. 

M— Claro está, que no se deleita Dios ni 
tiene por paraíso ningún huerto del mundo 
por cerrado que esté y bien plantado destos 
árboles. Y pues habla con nuestra alma y 
espíritu nuestro, espiritual ha de ser esta ar- 
boleda y plantas que aquí se nombran, y es- 
piritualmente han de ser entendidas. En el 
granado, los deseos de los mártires; en el ci- 
pro (que algunos llaman árbol del paraíso, 
otros junquillo, otros cierto género de pal- 
ma que lleva racimos de dátiles como de 
uvas), la caridad olorosísima; en el nardo, la 
humildad y la devoción; en el azafrán, la so- 
briedad y templanza, y el alegría espiritual; 
en la cañafístola, que, como nota Plinio (Lib. 
12, c. 11), es cierto género de árbol llamado 
cálamo, cuya corteza es de lindo olor y de 
que se hace un preciosísimo ungüento, la ho- 
nestidad y vergüenza, porque despide del 
alma los malos deseos y pensamientos no cas- 
tos; en la canela, la virtud de la fortaleza, 
porque es caliente y confirma el estómago 
flaco; en la mirra y áloe ó acíbar, la peniten- 
cia, y en los demás árboles y ungüentos, toda 
la universidad de las virtudes, de que sería 
imposible, sin exceder mucho de nuestro in- 
tento, hacer tratado. 

§111 

D.— ¿Al fin le cuadra muy bien al alma que 
se ejercita en estas cuatro calidades y puntos 
el nombre de Paraíso? 

,V/._Verdad dices, y plega á Dios, por su 
bondad, te dé á entender lo mucho que te im- 
porta, dejados otros cualesquiera ejercicios, 
ocuparte en este con todo tu corazón y fuerzas; 
que, á mi ver, no era otra la petición del Após- 
tol San Pablo cuando, escribiendo á los de 
Efeso, decía (Ephes., 3): Por esto, las rodillas 
en el suelo, al Padre de nuestro Señor Jesu- 
cristo pido y suplico os conceda que, corro- 
borados y fortificados en su espíritu en el 
hombre interior, podáis comprender con to- 

(') La edición citada: Necesariamente. 



EJERCICIOS DEL HOMBRE CONTEMPLATIVO 



123 



dos los Santos, qué sea la longitud, latitud, al- 
teza y profundidad y la candad de Cristo, que 
excede todo científico conocimiento. Hasta 
aquí son palabras del Apóstol, las cuales bien 
consideradas, hallarás en ellas todo lo que 
habernos dicho de nuestro ejercicio; porque 
aquí sube el alma, por hacimiento de gracias, 
hasta la alteza de Dios, y baja, por conoci- 
miento propio, hasta el abismo de su nada, y 
ensánchase caritativamente hasta abrazar por 
e! Señor amigos y enemigos, y es sublimada 
en la esencial introversión, abrazándose ínti- 
mamente con su Dios. Y esta es la anchura, 
alteza, profundidad y longura que compren- 
dieron todos los Santos, ayudados y fortale- 
cidos del espíritu de Dios. El te le conceda 
para que lo entiendas y lo obres. 

D.— Amén. Confieso que no he oído ni leído 
en mi vida tal exposición como la que has 
dado á ese lugar del Apóstol, tan dificultoso 
y de tan pocos entendido. 

jW.— ¿Por ventura no te contenta? 

P.—Es admirable, ¿por qué no me ha de 
contentar? Sólo deseo saber de 

ninguno puede .. • , , , , 

pertcv0i-ar " agora SI ha de haber tiempo 

mucho eií la al- señalado para cada cosa des- 

Si'^ ":;• tas, ó consecutivamente se ha 

no tiene recur- de ir ejercitando el alma en 

soáiahunúiia- gHag de suerte que al subir se 

Clan. ^ 

siga inmediatamente el bajar, y 
al salir el encerramiento y clausura con Dios. 
M.— Muy buena dificultad es esa y de quien 
ha comprendido esta doctrina del cielo. Por 
lo cual nota que el subir de suyo desvanece, 
el bajar desmaya, el salir afuera distrae y 
el encerramiento causa olvido; y para que 
haya armonía y consonancia agradable al Se- 
ñor, estas cuatro relaciones se han de estar 
siempre mirando y respetando, de manera 
que la elevación tenga respeto á la humilla- 
ción, y el salir y comunicarse á las criaturas 
al entrar al Criador. Que como no es posible 
sustentarse uno mucho tiempo en lo alto de 
la contemplación sin desvanecerse, si no acu- 
de á lo bajo del menosprecio de sí mismo, así 
tampoco puede acudir á los prójimos, sin daño 
notable suyo, si le falta el recurso ordinario 
á la oración y introversión esencial en el hon- 
dón de su alma. Créanme los activos todos 
que si no les ayuda María, que se han de can- 
sar y faltar en lo comenzado por muy fervo- 
rosos que comiencen, y aun caer en hartas 
miserias. Y yo, hijo, no reprendo á los que se 



ocupan en visitar eiifermus, en hospedar po- 
bres, en convertir mujeres perdidas y en tra- 
tar de la salud espiritual de los prójimos; 
pero seles decir que, si les falta María, que 
han de dar con todo en el suelo. Instando en 
la oración, dice San Pablo (Rom., 12), acudid 
á las necesidades de los Santos. Pues si ha- 
biendo de tratar con gente santa, es necesa- 
rio instar én la oración, para tratar con pe- 
cadores, ¿no será menester doblada^^oración? 
¿No será necesaria instancia y perseverancia 
á los pies de Cristo? 

D.— Mucha razón tienes, que aun yo, con 
ser mozo y sin experiencia, he advertido y 
mirado el peligro de algunos que todo su 
cuidado ponen en el aprovechamiento ajeno 
sin tenerle de! propio, y temo cierto su caída. 

Ai.— Aun no tan malo si el aprovechamien- 
to de su.<5 prójimos les trajese distraídos; 
mas yo sospecho, y quédese por sospecha, 
que buscan el suyo temporal y el ajeno les 
sirve de cabeza de lobo. Al fin ellos comen y 
beben á costa de la virtud, con título y nom- 
bre de santos, como habemos visto en mu- 
chos alumbrados de nuestros tiempos, cuya 
memoria ofende cualesquiera orejas piadosas. 
Créeme, hijo Deseoso, que para tratar una 
hora con los prójimos con aprovechamiento 
suyo y no daño nuestro, que son menester 
ocho de trato con Dios. Del santo fray Gil, 
compañero de nuestro padre San Francisco, 
se lee (con ser un hombre que de solo oir de 
los niños por la calle. Paraíso, fray Gil, se que- 
daba arrobado por largo espacio de tiem- 
po) ('), que si por la obediencia salía una vez 
de casa, decía que tenía necesidad de ocho 
días de encerramiento para volverse á poner 
en el punto en que estaba cuando salió. Pues, 
¿qué se puede presumir de algunos mozos 
que, corriendo sangre, se entremeten á tratar 
de conversión ó confusión de almas, los cua- 
les en todo el día f noj saben entrar en su casa, 
sino de una en otra por las ajenas, sin tener 
media hora de trato con Dios por (^) la ora- 
ción? 

§ IV 

D.—Y de las beatas espirituales, si no co- 
gen el manto cuando entran de fuera por no 

O La edición de 1885 omite este paréntesis, que 
merecía conservarse por el dato biográfico que en- 
cierra. 

(-) Edición cit.: «con Dios á favor de la oración?». 



124 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VIII 



tardarse en descogerle cuando vuelven á sa- 
lir, ¿qué sientes? (')• 
M.— Mal, porque no cumplen con su voca- 
ción, que pide mayor encerra- 

Las beatas tie- . , , , 

nenobihjación miento y guarda de sentidos 
(/« Citar reco- que en las demás del siglo que 
"' ''*■ andan en hábito secular. Pare- 

ce que habló de ellas San Pablo cuando dijo 
(Tim., 5): Deprenden á andar por casas aje- 
nas, no solamente curiosas, mirando lo que 
hay en cada una, sino ociosas, porque no ha- 
cen nada, y verbosas, porque nunca cierran la 
boca, derramándose muchas veces en pláticas 
excusadas; todo lo cual les nace de poco es- 
píritu y menos conocimiento del estado que 
tomaron, que al fin profesan alguna manera de 
religión y el hábito que traen es de mortifica- 
ción y penitencia. Muchas otras cosas f.e pu- 
diera decir á este propósito, que la experien- 
cia de algunos años me tiene enseñadas, si 
pensara que pudieran serles de algún prove- 
cho; pero no quiero interrumpir por agora 
nuestro ejercicio. Digo, pues, que unas veces 
se ha de subir, otras bajar; unas sahr afuera, 
y otras entrar dentro de sí; lo cual te enseña- 
rá el Espíritu Santo si con humildad acudes á 
El. Y está atento, que quiero confirmar esta 
doctrina con un lugar famoso de Escritura, 
por que la estimes en lo que es razón. ¿Por 
ventura tienes memoria de aquellos animales 
que vio Ecequiel (Ezech., 1) junto el río de 
Chobar? 

D.— Sí tengo, pero no entiendo el sacra- 
mento de aquella visión. 

Ai.— Pues advierte que, aunque el profeta 
santo dice en el capítulo primero que eran 
cuatro, en el décimo dice que era uno (Ezech., 
10). Este tenía rostro de león, de águila, de 
becerro y de hombre. Por este misterioso ani- 
mal es significado el varón justo, ocupado 
todo en este espiritual ejercicio que voy pla- 
ticando. El cual como león se 
Animal müie- retira á la soledad; como hom- 

rtosoel qu; vto 

Ecequiel. bre, se humana (^) y trata con 

los hombres; como águila, se 
remonta y sube por contemplación al cielo; 
como buey, labra en la tierra del propio cono- 
cimiento. Et animalia ibant, ef revertebantur, 
in similitudineinfulguriscoruscantis{Ezech., 1). 

(') La misma: ¿qué te parece? Ni xestro.— Muy I 
mal, etc. 
(') Edición citada: es humanitario. 



Y estos animales iban y volvían á la semejan- 
za del rayo que con velocidad camínala una 
y á otra parte, despidiendo de sí centellas de 
fuego; tan presto en lo alto de las divinas 
alabanzas como en lo profundo de la humil- 
dad; tan presto ayudando al prójimo conío 
retirado dentro de sí. Divino animal, que es 
uno y muchos: muchos, por los diversos res- 
petos y ocupaciones; uno, porque en cada 
cosa se halla entero; todo en la elevación, 
todo en el conocimiento propio, todo en el 
bien de los prójimos y todo en la introver- 
sión. San Gregorio, sobre este lugar, advirtió 
una cosa de mucha consideración. Dice allí 
Ecequiel que estos animales iban y no vol- 
vían atrás un paso, y luego parece que se 
desdice. Et animalia ibant, et revertebantur, in 
simiíitüdinem fulguris coruscantis: Y los ani- 
males iban y volvían á la semejanza del rayo 
inflamado y echando chispas. 

D.— Parece cierto que no se compadece lo 
uno con lo otro. 

M. — Sí, [se] compadece desta manera: que 
en lo primero (como dice San Gregorio) se de- 
clara la perseverancia que los Santos tienen 
en la virtud y el tesón con que caminan en ella, 
y lo segundo, el ordinario recurso á Dios. Ha 
de haber una ida y otra venida; han de acudir 
á los prójimos, pero luego se han de volver 
á Dios y engolfarse en El; y esto á la seme- 
janza del rayo, que como él han de despedir 
de sí palabras de fuego con que enciendan y 
abrasen los corazones de los ho.mbres y los 
conviertan á Dios. El cual los llama deste 
nombre hablando con el santo Job. ¿Por ven- 
tura, dice (lob., 38), serás poderoso para en- 
viar rayos del cielo á la tierra y que con ir 
tan impetuosos te sean tan obedientes que, 
habiendo hecho sus efectos, vueltos á ti te 
digan: Aquí estamos? Claro está, según la 
exposición de San Gregorio, que no habla 
Dios aquí tanto de los rayos materiales que 
se despiden de las nubes que andan por los 
aires cuanto de los espirituales de que va- 
mos hablando, los cuales salen de la mano 
poderosa de Dios inflamados en fuego de 
caridad, y haciendo efectos maravillosos en 
las almas vuelven á El, como gavilanes á la 
mano del cazador, para no per- 

No ha de serlo- , , i- -j . j , i • , 

do contemplar der la actividad del herir; vuel- 
as íoiíoome/-- ven al fin á la esfera del fuego 
,i6r..ieaima,. ^^^^^^^ ,^ recibieron. Es decir- 
nos, que ni todo ha de ser contemplar, ni todo 



EJERCICIOS DEL HOMBRE CONTEMPLATIVO 



125 



convertir almas; dello con dello ('). Divina- 
mente nos declaró esto el Apóstol escri- 
biendo á los de Corinto: Sive mente excedi- 
mus Deo, sive sobrii sumus vobis, chantas 
Christi urget nos (lí Cor., 5). Algunas veces 
nos arrebatamos en espíritu en el secreto 
de la contemplación á tratar con solo Dios; 
otras veces nos humanamos con vosotros para 
comunicaros lo que os conviene para vuestro 
remedio, y á lo uno y á lo otro nos incita la 
caridad de Cristo. Como si dijera: El fuego de 
la caridad nos enciende y voltea como rayos, y 
unas veceg nos arroja á lo alto del cielo, donde 
está la esfera del amor, y allí nos anegamos y 
allí es toda nuestra conversación, absortos en 
Dios y olvidados de las bajezas de la tierra, 
y esa misma caridad nos vuelve á la tierra á 
procurar vuestra salud; y así somos águilas 
en la contemplación, hombres en el trato fa- 
miliar del prójimo, leones en la introversión y 
soledad y bueyes en la labor del propio co- 
nocimiento. 

Z).— Verdad ('^) confieso que jamás entendí 
ese paso ni he oído explicar tan altamente 
como tú agora me le has declarado. Bendito 
sea nuestro Señor que da su espíritu para en- 
tender y interpretar la sagrada Escritura con 
tanta sinceridad y en tanto aprovechamiento 
de las almas. 

§ V 

Maestro. -Muchos otros lugares hay que 
confirman este santo ejercicio, especialmente 
uno de Jeremías, que de las dos partes dé! 
trató soberanamente; pero ni yo te quiero 
cansar, ni hay tampoco necesidad de más 
pruebas. 

D/5c/p«/o.— Cansancio ninguno siento, aun- 
que me anocheciese y amaneciese oyéndote 
hablar; ¿y no sabes tú que la conversación de 
la divina Sabiduría es sin amargura y sin te- 
dio? (Sap., 8). El trato de los hombres del 
mundo sí que cansa y enfada; pero el de Dios 
enciende el corazón y es pasto y sustento ver- 

(') También omite la edición de 1885 este modis- 
mo que es todo un argumento popular, porque sig- 
nifica, según explica el Diccionario de la R. A. E , 
«que no pudiendo ser todo felicidad, se debe hacer 
igual semblante á lo próspero que á lo adverso». 
Aquí lo próspero es contemplar y lo adverso ocu- 
parse en la conversión de las almas. 

(=*) Esta palabra falta en la edición citada, y por 
altamente dice profundamente. 






Conii'iciones de 
la per fecta 
oración y con- 
templactón. 



dadero del alma. No quiero por lo dicho serte 
molesto y importuno, obligándote á más de lo 
que pide tu poca salud; sólo te suplico me 
digas ese lugar de Jeremías, y, declarado, nos 
podremos luego retirar á la oración. 

M.— Asentarse ha el solitario y callará, y le- 
vantarse ha sobre sí. Esto dice el Profeta 
(Tren., 3), y es tanta su preñez (') y tan gran- 
des los secretos que en tan breve sentencia se 
encierran, que temo mucho ponerme á des- 
envolverlos. 

D.—Ya. yo he leído ese lugar en los Triun- 
fos que compusiste. 

M.— Es así como lo dices; pero con el miedo 
que agora tengo pasé por él muy á la ligera, 
dije poco y con mucha escuridad, y ésta deseo 
quitar agora, si el Señor tuviere por bien 
darme su favor y ayuda. Nota, pues, que todas 
las condiciones necesarias para 
la perfecta oración y unión con 
Dios se encierran en esta breve 
sentencia: Asentarse ha el soli- 
tario y callará, y levantarse ha sobre sí. Lo 
primero es asentarse; lo segundo, soledad; lo 
tercero, silencio; lo cuarto, elevación ó rapto. 
De lo primero dijo el Filósofo: El ánima asen- 
tada y con quietud se hace sabia. En todas 
las cosas buscó la divina Sabiduría descanso 
(Eccles., 24), y en solos los quietos y humil- 
des le halló (Isai., 66). ¿Cómo puede descansar 
Dios en el alma inquieta que oye el sermón y 
está en el oratorio esperando que se acabe 
la hora, como si fuese tarea, con un tropel de 
pensamientos que ahogan cualquiera buena 
inspiración y habla divina? De los inquietos, 
y de mal asiento dijo el Sabio 
(Eccles., 33): El corazón del ne- 
cio es como la rueda del carro, 
que en nada tiene sosiego ni 
firmeza; cada día muda propósitos: ya se da 
todo á la oración, ya la deja del todo; unas 
veces muy activo, otras muy contemplativo; 
lo que hoy le agrada, mañana le da en rostro; 
y usurpando el oficio de Penélope, tejendo y 
destejendo se le pasa la vida, sin ningún fruto 
ni aprovechamiento espiritual. Sus pensa- 
mientos, dice el Sabio, son como el rodezno 
del molino, ya de la hacienda, ya de los hijos, 
ya de la mujer, ya del negocio, ya del pleito, y 
plega á Dios no sean sucios y torpes, consen- 
tidos ó mal resistidos. Estos más se ponen 

(') Edición citada: profundidad. 



El necio es in- 
quieto y en ni ti- 
g n II eji'rcicio 
persevera. 



126 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VIII 



en la oración á pensar que no á meditar ni 
contemplar. 

£).— ¿Pues hay alguna diferencia entre esos 
tres términos, pensar, meditar y contem- 
plar? 

M.— Grandísima, y no me persuadiera yo 
que ignorabas eso si no me 

Difieren entre 

ti pencar, me- preguntaras, porque es cosa 
diiarycont'm- que se debe saber ante todas 
''"'■ las demás que hacen esta ma- 

teria. Nota, pues, que aunque las operaciones 
de nuestra ánima sean muchas, de tres hacen 
principalmente mención los Doctores, que 
son; cogitación, meditación y contemplación. 
De las cuales hablando Ricardo, Hugo de 
Santo Victore y el Canciller Gersón, dicen 
que la cogitación es pensamiento vago, vano 
y sin fruto de las cosas de la tierra, en el cual 
ni hay trabajo ni fatiga, sino un libre discurso 
por lo que se ofrece. La meditación es pensa- 
miento próvido y deseo sabio del ánima que 
busca alguna verdad en que no poco se fa- 
tiga y congoja, aunque el aprovechamiento es 
nmcho, porque se enciende con ella el fuego 
de la caridad, que es el fin de toda buena me- 
ditación. La contemplación, por agora, es lo 
mismo que la meditación, porque la una y la 
otra es un útil considerar de las cosas celes- 
tiales, provechosas para el alma; pero difieren 
en que la meditación se hace con fatiga y la 
contemplación con gusto y sin pesadumbre. 
Y aun la meditación, si es atenta, devota, con 
particular fin y de cosas particulares, se con- 
vierte muchas veces en contemplación. 

D.— Mucho me consolara de que me decla- 
raras esto por algún ejemplo manual, porque 
es mi dureza de manera que apenas te he en- 
tendido. 

Ai.— Considera un hombre que, no habiendo 
aprendido el arte de pintar y ni teniendo vo- 
luntad de aprenderla, toma un pincel en la 
mano y se pone á pintar desordenadamente 
lo que se le ofrece á la fantasía; es cierto que 
hace esto sin fatiga ni pesadumbre alguna, 
pero sin provecho, porque sólo sirve de bo- 
rrar el papel ó la tabla sobre que pinta. Demos 
que este mismo se determina á aprender esta 
arte y comienza á tomar liciones: es cosa 
para ver la dificultad con que obra en los 
principios; porque como le obliga el maestro 
á pintar cosas en particular y concertadamen- 
te, y de manera que puedan salir á luz, hasta 
hacer hábito, osle muy cuesta arriba; mas al 



fin, con el ejercicio y uso y con la codicia de 
la ganancia, poco á poco viene á ser perito 
en la pintura y á obrar con deleite y facilidad 
grande. 

D.— Ya yo estoy al cabo (') de lo que me 
quieres decir. 

Ai.— Digo, pues, que el pensar es como el 
pintar desconcertadamente y sin arte; es hacer 
borrones y gastar tiempo en balde. El medi- 
tar es pintar con orden y concierto y con fin 
de salir con la pintura; mas el contemplar es 
eso mismo, pero con destreza, con facilidad y 
con gusto. Los que se retiran á pensar viven 
Dc,]arse lio- ^" glande peHgro, porque pier- 
var del pen- den el tiempo y están expues- 
sarmentoópo- ^Qg ¿ |q(Jq género de pcnsa- 

ncise á pensar . 

en la oración mientos que les ofrece el de- 
cs cosa de mu- nionio, como mesones ó ventas 
rw pe igra. ^^^ ^^^^ todos hay ('■^) puerta 

abierta. Y es doctrina de alumbrados que en- 
señan á estarse baldíos en la oración, espe- 
rando el primer pensamiento que ocurre. Los 
que se ocupan en la meditación reciben gran 
provecho della: hácense sabios, enciéndense 
en el amor de Dios, crecen en la devoción, 
en la humildad y menosprecio del mundo, y 
finalmente en todo género de virtudes; y, lo 
que es más, llegan á lo sabroso y gustoso de 
la contemplación, mediante la cual la racional 
criatura ardientemente es unida con su Cria- 
dor y sabrosamente (cuanto le es posible) le 
gusta; y tanto es su entendimiento elevado, 
que, dejadas las operaciones de los sentidos 
exteriores, se torna casi divino. 

§ VI 

Pero dejemos también esto por agora, por 
que es tratar de los fines sin pasar por los 
medios, y volvamos á lo que del sosiego y 
quietud del ánima íbamos diciendo, sobre 
aquella palabra Sedebit. ¿Quieres saber quién 
se quieta? 

Discípulo.— Mucho lo deseo, porque soy 
muy atormentado de inquietudes en la ora- 
ción. 

Maestro.— Sólo el humilde, porque la hu- 
mildad es el fundamento de la quietud y paz 

(') Edición citada: «Ya estoy completamente ente- 
rado^. 
(-) La misma: «para todo el mundo está abierta 
' la puerta». 



EJERCICIOS DEL HOMBRE CONTEMPLATIVO 



127 



mocí humu.de del alma. ¿Sobre quién descan- 
uciifí (¡uieiud g-^,..j fj,¡ espíritu, dice Dios, 

en (a oración. ' ' ' 

Sino sobre el humilde y quieto 
que, como el navio con el lastre, va cami- 
nando con sosiego y sin vaivenes entre las 
furiosas ondas del mar? Así el humilde con 
el peso del propio conocimiento persevera 
sosegado entre las tentaciones y tribulacio- 
nes de la vida presente. De manera que la 
humildad es el fundamento para la quietud, 
para la soledad, para el silencio y para arre- 
batarse el alma en Dios. Eso es lo que dijo 

nuestro Jeremías: Asentarse ha 

Qué cosa es soli- , ,-. • ,, . 

laño, que asen: ^1 solitario y callara, y levan- 
tado en ¡a ora- tarse ha sobre sí. No quiere de- 
S"A' ''"""'" cir: Asentarse ha el que vive en 
soledad, sino el solitario, el 
desnudo de pensamientos y cuidados del 
mundo, de las imágenes y fantasías de las co- 
sas criadas; el olvidado de sí mismo y de todo 
¡o que no es Dios. Cualquiera cosa que te 
acompañe en la oración te ha de distraer y 
inquietar y te ha de impedir ia subida y la ha- 
bla interior de Dios. Por eso dice El por 
Oseas (Oseas, 2): Yo la llevaré á la soledad. 
No dice al desierto, sino á la soledad; convie- 
ne a saber, de que vamos hablando, y allí le 
hablaré al corazón; esto es, con regalo y ter- 
nura de desposado, que eso dicen los Santos 
que es hablar al corazón. Y esto basta para 
que entiendas qué cosa es ser solitario. Y si 
más quisieres, lee el cap. 15 de los Triunfos 
del amor, que allí hallarás las manos llenas; y 
pasemos al silencio, de que dice nuestro Jere- 
mías: Asentarse ha el solitario y callará. 

D.— Parece que está demasiada esta partí- 
cula «callará», porque bien basta estar quieto 
y solo para subir á Dios en la oración. 

Ai.— Hablas como ignorante. Hágote saber 
^, ., ,, que muchos están solos y no 

Qiuc.n está calla- , ■' , 

iioenin oración se levantan, porque no guardan 
nioquetmiíor- süencíü. Es importantísimo el 

la el callar. ,, j. j. c -i- j. 

callar para tratar familiarmente 
con Dios. Preguntó un día Sania Catalina de 
Sena á nuestro Señor, por qué no revelaba 
en estos tiempos tantos secretos y misterios 
á sus siervos como en los pasados. Y res- 
pondióle: Porque no se llegan agora los hom- 
bres á mí para oírme como á Maestro, sino 
para que los oiga como Discípulo. Y el mayor 
daño de todos es que, respondiéndose cada 
uno á sí mismo conforme á su gusto, dice que 
sintió la habla divina y que le habló Dios. Y 



es falsedad y mentira, que no abrió su boca 
Dios, como El lo afirma por Jeremías. La pri- 
mera cosa que pide Dios al alma su esposa, 
si quiere agradarle y que la codicie, es que le 
oiga. Oye, hija, mira y inclina tu oreja, y codi- 
ciará el Rey tu hermosura (Psal. 44). Este tan 
importante consejo tomó para sí el santo 
Profeta y puesto en el lugar de la oración, 
dice (Psal. 84): Aiidiam quid íoquatiir in me 
Dominus meas; quoniam loqaetur pacem in 
plebem suam, et siiper sánelos suos, et in eos 
qui converlunhir ad cor: Oiré la habla de Dios 
y miraré atentamente qué es lo que me man- 
da, porque sé yo muy bien que ha de ser paz 
para su pueblo y sobre sus Santos, y para 
aquéllos que se convierten al corazón. 

D.^¿Hay alguna diferencia entre pueblo de 
Dios y sus Santos y los que se convierten al 
corazón? 

M.— Ninguna, todo es uno; los que pertene- 
cen al pueblo escogido de Dios son santos y 
cordiales, y para esos es la paz del alma. 

Z).— ¿Al fin es de mucha importancia el ca- 
llar en la oración y dar lugar á que Dios 
hable? 

Ai.— Es el todo; pero quédanos lo mejor 
por decir deste silencio, que no es la última 
disposición para arrebatarse el alma en Dios 
este callar suyo, que muchos callan y oyen y 
no se levantan. 

D.— ¿Pues qué silencio es ese? 

Al— Cuando todas las cosas callan en el 
hombre, y duermen y sólo el espíritu puro 
vela y está atento á Dios; cuando no hay 
ruido alguno en el alma, porque todos los 
sentidos y potencias guardan estrecho silen- 
cio. Aquel de quien dijo San Juan en su Apo- 
calipsi (Apoc, 8): Fué hecho silencio casi me- 
dia hora, no hora entera, ni media hora, sino 
casi media hora, porque la gente menuda de 
casa es muy gritadora y pedigüeña, y así de- 
jan poco lugar al sosiego. A este silencio se 
sigue el rapto ('), que por otro 
Al silencio se SI- nombre llamaron los Santos 

()ue el rapio, 

que por otro muerte de beso, porque se ha- 
nombreseiia- ce medíante el contacto suaví- 

ma muerte de . t r-.- , , . 

5^j(,, Simo de Dios con nuestra ani- 

ma en la parte superior della. 
¡Oh sueíío dulce y deseado, en que se le hace 
la salva á la bienaventuranza y se gusta cuan 
suave es el Señor! 

(') La edición citada: éxtasis. 



128 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO VIII 
§ Vil 



En este sueñu estaba aquella ánima santa 
que, habiendo enfermado en el amor de su 
Esposo, confiesa que le puso la mano izquier- 
da por almohada á la cabeza, y que con la de- 
recha le abrazó, y luego con este favor y re- 
galo tan crecido se quedó dormida. Y por- 
que este sueiio es muy saludable y cuesta mu- 
cho primero que le toma el aliu;;, dice el Es- 
poso (Cant, 8): Conjuróos, hijas de jerusalén, 
por las cabras monteses y ciervos de los cam- 
pos, que no despertéis á mi querida ni la des- 
veléis hasta que ella quiera. Si, que para que 
un enfermo duerma, cuando el sueño le ha de 
dar la vida, todas las puertas y ventanas se 
cierran y no se consiente algún ruido en casa; 
así conjura Dios á todos los sentidos y po- 
tencias que guarden silencio estrecho. A ¡os 
ojos que no vean, á los oídos que no oigan, al 
entendimiento que no discurra, á la razón que 
no raciocine, á la imaginación que cese; y al 
fin cierra puertas y ventanas para que sola 
la afectiva, que es la señora, goce del Esposo 
como otro Moisén, que sólo tuvo licencia para 
subir al monte, y la canalla y pueblo se quedó 
en la halda y ladera de él, conjurados, so pena 
de muerte, que no le inquieten ni despierten 
con sus clamores y voces importunas. El au- 
tor del libro que se intitula Subida del monte 
Sión, que fué religioso de nuestra orden y de 
la provincia de los Angeles, solía decir mu- 
chas veces esta sentencia, y la dejó escrita: 

¡Quién me diese navegar, 
Y engolfado no remar! ('). 

Discípulo.— Parece petición fuera de pro- 
pósito, porque el hombre engolfado á remo y 
vela procura salir del golfo por no perderse. 

Maestro. — No habló tan superficialmente 

como suenan sus palabras. Gol- 

v.nrjoiradaeíai. f,, ^\^^^ .^ ggte sueñü dulce y 

ma en Dios, no •' 

iiHi d» los re- pausa que hace el alma en Dios, 
7nos ueí enten- adoudc los remos del entendi- 

di miento 1/ va- . , . , , _ 

;¿„, miento y razón antes dañan que 

aprovechan; porque luego que 

ellos comienzan á remar, se acaba aquel gusto 

{') El autor que no nombra es Fr. Bernardino La- 
redo, que aunque muy sabio y noble no quiso can- 
tar Misa y quedó lego. La primera edición del libro 
que cita se hizo en Sevilla, año 153G. La sentencia 
transcrita es uno de los sesenta y dos aforismos con 



sabrosísimo y de gran deleite que siente el 
alma engolfada en Dios. 

D.— ¿De manera que el discurrir es lo mis- 
mo en el propósito que el remar en la nave- 
gación? 

M.— Así es como lo dices, salvo que hay 
diferencia entre el que discurre y el que re- 
ma: porque el que rema, trabaja por tomar 
puerto; mas el que contempla, por engolfarse 
más en Dios, y hasta este punto son necesa- 
rios los remos y velas del entendimiento y 
razón, y en llegando aquí han de cesar, para 
que el afecto puro goce de Dios á sus solas, 
como largamente queda probado en los nues- 
tros Triunfos del amor. 

D.— Harto he leído aquel capítulo 14 de 
la primera parte, que trata de cómo se ha de 
contemplar con entendimiento y afectos puri- 
ficadisimos en grado superlativo, y nunca aca- 
bo de entender aquella manera de la abstrac- 
ción y destierro de las fantasías y represen- 
taciones de las criaturas que se nos ofrecen 
en la oración. Y holgaría oir de tu boca un 
ejemplo que declarase toda aquella doctrina 
y quedarse hia por hoy esta plática. 
M.— Considera un mancebo capaz de razón 
que nunca haya visto á su pa- 
cómo se ha de ¿j.^ q^g ^^ hombre de fe v 

contemplar en 

Dios sin figu- credito le dice: Hijo, mira bien 
ras y con en- q^q tieucs un padre muv lejos 
lo desnudo. de aqui, sapientismio, podeco- 
sísimo, riquísimo y el más aca- 
bado en todo de cuantos hombres hay en el 
mundo. Este te ama entrañablemente y te pro- 
vee en todas tus necesidades: el pan que co- 
mes, el agua que bebes, el vestido y lo demás 
que tienes, él te lo envía; por tanto, ámale 
mucho, obedécele y procura no salir un. pun- 
to de su voluntad, pues le estás en tanta obli- 
gación. Pregunto yo: este mozo que tales nue- 
vas oye de su padre, ¿no se moverá natural- 
mente á quererle y amarle con gran ternura 
y afición entrañable, y á desear verle y gozar 
de su presencia? ¿O será necesario que se 
ponga á pensar muy de espacio si su padre es 
blanco ó negro, alto ó bajo, grande ó peque- 
ño, ó semejantes condiciones materiales? No 

que termina el cap. XL de la tercera parle de su li- 
bro, y que dice en la edición de Valencia, 1590, pá- 
gina 201: 

«.Quién supiese navegar, 

Y engolfado no remar !• 



SALIDAS CARITATIVAS DEL CONTEMPLATIVO 



129 



por cierto, porque le podrían remover fácil- 
mente y divertir de lo principal, que es amar 
y codiciar á aquél de quien por relación cono- 
ce que recibió el ser y todo cuanto tiene, y de 
los gustos que de la consideración viva de 
sus virtudes puede alcanzar; ni tampoco se 
ocuparía en considerar cómo fué hecho este 
su padre, ni en otras impertinencias semejan- 
tes, sino sólo en que es su padre, su hacedor, 
su proveedor, el que le sustenta y regala y á 
quien debe todo lo que es, como ya dijimos; 
las cuales consideraciones forzosamente han 
de despertar en él amor y benevolencia á su 
padre, deseo y ansia de verle y gusto de ha- 
cer su voluntad y ocuparse en su servicio. 
Esto mismo te digo yo á ti que has de hacer 
cuando te llegares á Dios en la oración, que 
pues sabes de fe que es tu padre, que te hizo 
y te crió y te sustenta y con admirable provi- 
dencia acude por instantes á remediar tus 
necesidades, que derramó su sangre y murió 
por ti, etc. 

§ VIII 

No gastes el tiempo en definir, ni distinguir, 
ni hacer silogismos y discursos largos, ave- 
riguando cómo es, qué figura tiene, cómo es- 
tá asentado ó levantado, de qué color, á dón- 
de moraba antes que criase el mundo, si fué 
hecho, y otras impertinencias á este talle, que 
distraen el alma y la embarazan y privan de 
los gustos interiores que tendría si solamen- 
te se ocupase en la consideración de la bon- 
dad deste su Padre, de su sabiduría, justicia, 
providencia, hermosura, misericordia y lar- 
gueza. ¿Por qué has tú de querer comprender 
al que es incomprensible y medir con la vara 
corta de tu juicio al que es inmenso, y estan- 
do en el destierro saber como los que le go- 
zan en la patria? Bástate conocer á Dios de- 
bajo de razón de bonísimo, piadosísimo, cle- 
mentísimo, sapientísimo, liberalísimo. Bien- 
hechor y Padre tuyo. Este camino es llano, 
fácil y común, sin peligro, sin ofensa y sin di- 
ficultad, y del que por aquí camina se puede 
decir lo que proverbialmente dijo Salomón 
(Prov., 10): El que anda con simplicidad, anda 
confiadamente. Hartos hombres sabios habe- 
rnos visto que por su demasiada curiosidad 
y sutilezas en la contemplación se quedaron á 
escuras, vanos y vacíos, y á veces oprimidos 
de la gloria de Dios; y muchos simples, muy 
adelante en la mística teología y ciencia del 

Obr\S místicas IiKL P. Angklf.s.— 9 



amor. A lo menos, quien guardare esta manera 
de meditar librarse ha de muchas ilusiones 
del demonio, y no darán en los frenesís y lo- 
curas que algunos melancólicos dan, que todo 
se les va en hacer quimeras y despertar difi- 
cultades. 

Discípulo.— \0h soberana doctrina, más de 
ángeles que de hombres! Verdaderamente 
has quitado de los ojos de mi alma unas como 
escamas que no me dejaban ver ni penetrar 
las riquezas del espíritu. Yo creo que para 
quedar perfectamente enseñado no me falta 
más que saber el orden que he de tener en 
salir á las criaturas y volver á esconderme 
dentro de mí, para á solas gozar de Dios con 
olvido de todas ellas, aspirando á la unión de 
El, con uniformidad de deseos. 

Maestro.— Yo, hijo, estoy muy cansado y tú 
tienes bien que rumiar en lo que has oído; la 
noche nos convida á silencio, y es justo que le 
guardemos; por la mañana te diré lo que de- 
seas y otras cosas que no habrán llegado á tu 
noticia. 

D.— Sea como mandares, maestro mío. Da- 
me tu bendición. 

Ai.— La de Dios te acompañe y nos alcance 
á todos. Amén. 

DIALOGO NONO (») 

De cómo el alma ha de salir á las criaturas, y 
encerrarse dentro de sí misma. 

§1 

Maestro. — Bien has madrugado, hijo De- 
seoso. 

Discípulo.— Tal me va en ello; apenas he 
podido dormir sueño esta noche con el exce- 
sivo gozo que mi alma ha sentido en el ejer- 
cicio de aspirar á Dios y bajar al conocimien- 
to propio. 

Ai.— ¿De manera que esos altos y esos ba- 
jos te han hecho agradable música en el co- 
razón? 

D.— No sabré declararte cómo ha sido eso 
con ningunas palabras; pero atrévome á de- 
cir que á la medida del conocimiento propio 
es el que se alcanza y tiene de Dios. 

M.— No dudes dello, que aun el venerable 
Beda afirma de la humildad que es la llave de 

(') La edición citada, noveno. 



130 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



Ala medidla da Ja sabiduría. Y en las vidas de 
7r:^^T:i los padres se escribe de un 
qttesctienede moiije que ayunó setenta se- 
'""'*■ manas por entender un secre- 

to de la divina Escritura, y no pudiendo, se 
fué á tomar consejo con otro monje, y apa- 
recióle un ángel en el camino y dijole: Se- 
tenta semanas ayunaste y no te llegaron á 
Dios, mas por la humildad y conocimiento de 
tu insuficiencia has merecido que yo de su 
parte venga á enseñarte lo que desear saber. 
San Bernardo comparó esta virtud á los ar- 
caduces por donde se trae el agua encanada 
á los pueblos, que en quebrándose deja de 
correr y se siente la falta. Y de ahí le nace al 
demonio el procurar con tan ansioso cuidado 
destruir en nosotros esa virtud como le tuvo 
aquel malvado Holofernes de romper la ca- 
ñería por donde entraba el agua á la ciudad 
de Betulia (ludit., 7). Al fin es admirable có- 
pula la que se hace de lo alto de Dios y de la 
nada del hombre. Y agradase mucho aquella 
soberana grandeza cuando viéndonos favore- 
cidos y llegados á Sí, bajamos como rayos al 
conocimiento propio y á la nada que de ver- 
dad somos. Divino Bautista, que le pone el 
Hijo de Dios la cabeza en sus manos, y luego 
se deja caer á sus pies; y más se abajara si 
más pudiera; pero al fin confiesa que no es 
merecedor de desatar la correa de su zapato. 
Y en el caso responde (Math., 3): Yo debo de 
ser bautizado de Ti, ¿y Tú vienes á que yo 
Te bautice? Halló réplica la mayor humildad: 
Deja hacer, Juan (dice Cristo), que así nos 
conviene á los dos cumplir toda justicia. A lo 
menos podré certificarte que es este el ma- 
yor encarecimiento de humildad de cuantos 
yo he oído ni leído; porque si bien se pesan 
las palabras del humildísimo Jesús, toda la 
justicia consiste en humillarse el hombre; y 
El mismo pareció y fué visto justísimo por 
ser humildísimo. Así conviene (dice San Ber- 
nardo), así conviene que venza en humildad el 
que vence en alteza y que se humille más que 
todos el que es más alto que todos. 

£).— Paréceme que llevas hilo para que otra 
vez nos anochezca tratando de los dos cami- 
nos de subir y bajar. 

Ai.— No te maravilles que cargue aquí tanto 
la mano, porque el alto edificio no le asegura 
sino el bajo y hondo cimiento. Dijo muy bien 
San Agustín, que el que quisiere alcanzar la 
alteza de Dios había primero de abrazar la 



Que cosa es 
contemplación 



humildad de Dios. Y yo te digo á ti que, si en 
esto no guardas proporción, que sin duda te 
despeñarás del alto del monte déla contempla- 
ción; que el contemplativo quiere ser muy hu- 
milde, porque el fiador de la contemplación 
es la humildad. Mas porque de propósito y 
magistralmente traté ya della y quedó asen- 
tado que es puerta, y la primera, para el Reino 
de Dios, no digo más, sino que adviertas una 
palabra, que pesa mucho en este camino, que 
dice: Libres subidas. 

D.—En verdad que me saliste al encuentro, 
porque bien he yo echado de ver que no está 
ociosa ni por demás. 
Ai.— El Canciller parisiense (lerson., 3 p. de 
meditatione cordis), definiendo 
ó describiendo la contempla- 
ción, cuanto á aquella parte 
que es obra del entendimiento, dice así: Con- 
templación es un mirar agudo y una vista 
despabilada y libre del alma, que se derrama 
por todas las cosas dignas de consideración, 
y en ellas investigando y rastreando, como 
perro generoso de muestra, hállalo que la vo- 
luntad gusta; al cual gusto se sigue un cono- 
cimiento mayor y más alto que el que se al- 
canza por el solo entendimiento ó de leer las 
divinas Escrituras. Hasta aquí son palabras 
del Canciller. Y lo que principalmente quiero 
que notes en ellas es aquella libertad que 
pide en el alma para contemplar á Dios. Y 
mira bien que, si el entendimiento ha de estar 
libre y desembarazado, que no embaraces ni 
cautives la voluntad que, como sabes, es la 
señora; y para que sea con fruto la contem- 
plación, ella ha de ser la que principalmente 
obre, porque es la que pide y la que recibe el 
suavísimo ósculo de Dios. En una palabra te 
diré lo que requiere un largo 

En Qué consiste . , -, , ■•t. x j j i 

la liberta I de tratado: que como la hbertad del 
la voluntad entendimiento consiste en des- 
para la con- j^udarse de fantasías y imáge- 

templacion. •' ° 

nes de cosas criadas, y al fin de 
todo aquello que percibe por los sentidos ex- 
teriores y de todos los discursos y devaneos 
que él puede por sí y por sus vecinas las de- 
más potencias inferiores urdir, así consiste la 
libertad de la voluntad en que esté desasida 
y desarraigada de todo pecado, de toda oca- 
sión de pecar y de todo afecto ó afición al pe- 
cado, y de todas las criaturas que con amor 
desordenado se suelen amar. Y con esto me 
despido desta materia, aunque no quisiera. 



SALIDAS CARITATIVAS DEL CONTEMPLATIVO 



131 



que es sin duda muy agríidable y de grande 
imporuincia, y al fin iiabremos de platicar della 
algún día, aunque queda dicho mucho en la 
primera parte de los nuestros Triunfos, en el 
capítulo catorce; allí podrás tener recurso en- 
tretanto que se me ofrece ocasión para tratar 
destos impedimentos. 

§ n 

Y salgamos á abrir al divino Esposo que 
., helado de frío, la cabeza escar- 

A' (¡linas verex 

■se ha de dejar chada y llenos los cabellos del 
la contempla^- rocío de la noche, llama á la 
puerta (Cant., 5); porque si se 
ama más el retraimiento secreto y el ocio de 
la contemplación que acudir á las necesida- 
des del Esposo que muchas veces padece 
en sus criaturas hambre, sed, frío, cansancio 
y otras miserias, piérdese sin ninguna duda 
el merecimiento de la caridad y el sabor y 
gustos de la santa ociosidad. 

Discípulo.— ¿Y débese enojar el Esposo 
cuando no se acude luego al remedio de los 
prójimos, que son sus miembros; porque en 
los Cantares se dice que emperezando el alma 
su esposa y ronceando (si así se sufre decir), 
por no levantarse de la cama ni ensuciarse 
los pies. El se fué y la dejó llena de descon- 
suelo? 
Maestro.—Y aun le fué forzoso ir en busca 
^ , de El por las calles, callejas y 

(.i>mo se ha de ^ > i j 

■icudira las plazas de la ciudad, y pasar 
necesidades de hartos tragos amargos en este 

los ¡írójimys . „ , , , ..... 

cammo. Por lo cual te pido, hijo 
mío, que, dejando á tiempos el ocio santo y la 
introversión (de que oirás adelante), salgas 
por un general amor á todos los hombres del 
mundo, y cuando de ti tuvieren necesidad for- 
zosa, á cada uno en particular; porque la ca- 
ridad que te llama á los suavísimos abrazos 
de Dios, esa misma manda que no faltes á tu 
prójimo, habiéndote menester. Y mira bien 
que dice San Juan (I loan, 4) que tenemos 
expreso mandamiento del Señor para que 
quien amare á Dios ame á su hermano por 
Dios. 

D.— Mucho deseo saber de dónde nace esa 
obligación que has dicho de amar á todos los 
hombres en general. 

M. — Pláceme de decírtelo, pero presupon- 
go de antemano que estás bien en una impor- 
tantísima verdad; conviene á saber: que el 



D» dónde nace honibrc dcbc tüdo SU auior, 
!a obiir/ación cuaiito tíenc y á SÍ mismo á 

de amar á lo- y^. , ... 

dosflnfjenerai. I^'^s y que esta cs la principal 
obligación y primera deuda con 
que entra en el mundo; y que si este amor pri- 
mera y principalmente se diese á alguna cria- 
tura, se le haría grandísima injuria al Criador. 
¿Estás en esto? 
D.— Muy bien. 

Ai.— Sigúese, pues, que el hombre no debe 
por obligación forzosa amor á ninguna cria- 
tura, por muchos y costosos servicios que 
tenga recebidos ó reciba della, sino á solo 
Dios, que por tal le provee y remedia tan 
abundantemente; porque todo el bien que re- 
cebimos de las criaturas es cierto que le re- 
cebimos principalmente de Dios, por quien 
todas ellas viven y tienen ser; y así ninguna 
debe pedirnos retribución ó paga de amor ó 
agradecimiento ó de honra por los servicios 
que nos hace, sino recurrir á Dios, de quien 
recibió lo que tiene y nos comunica; que de 
otra manera seguirse hía, que todo el mundo 
no estaría obligado á Dios de obligación y deu- 
da natural {Theologice naturalis, tít. 122, 123 
y 124). Mas porque el hombre debe primera y 
principalmente su amor á Dios, como deuda 
de que ninguno puede huir, está también 
obligado á amar aquellas cosas que son y per- 
tenecen á Dios, en cuanto suyas, y no de otra 
manera; y porque todas las criaturas son su- 
yas, en cuanto tales les debe amor, fundado 
en la primera obligación y deuda que tiene de 
amar á Dios. La cual segunda obligación, por 
fundarse en aquella primera, no se puede lla- 
mar propiamente segunda, ni otra que la pri- 
mera, en la cual se contiene. Y porque no to- 
das las criaturas son iguales, y entre ellas 
aquella es mayor que representa más al vivo 
su imagen y semejanza, luego después de 
Dios se ha de amar el hombre como imagen 
viva suya, pues inmediataijiente se sigue á 
Dios su viva imagen. 

§111 

Discípulo.— De']ado aparte lo que la sagra- 
da Escritura dice (Genes., 3), conviene á sa- 
ber: Hagamos el hombre á nuestra imagen y 
semejanza, ¿cómo se conoce que el hombre 
es imagen de Dios? 

Maestro.— Por razón natural, porque voz es 
de todas las criaturas, sin discrepar ni faltar 



132 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



Por razón na- ung^ que juiítas confiesan esa 

iHral se cono- • • , • • j j _ i 

cequeeíhom. excelencia y dignidad en el 
bre es imagen hombre. En todas ellas hay or- 
deDtos. jgj^^ como sabes, y, unas más 

y otras menos, cada cual representa á Dios 
y le ¡mita: más las que viven, que las que 
no tienen vida; más las que sienten , que 
las insensibles; más las que entienden, que 
las que carecen de entendimiento, que á es- 
tos tres grados se reducen todas; y en esta 
escalera que de ellas se hace de imitación, en 
el hombre se halla el último grado de imitar, 
y por consiguiente es cumplida imagen de 
Dios, en el cual, como el sello imprime todas 
sus figuras y rayas en la cera, imprimió Dios 
su viva imagen. Esto entiende cuanto al áni- 
ma, porque siendo Dios todo espiritual y in- 
telectual, de ninguna manera podía ser su 
imagen corporal. Y colige de aquí, como buen 
lógico, que si después de Dios 

Nuestro amor , ■, 

ha de serespi- luego se ha de amar su imagen, 
ritual y gene- que tu aiiior principalmente ha 
de ser espiritual, pues lo es la 
imagen de Dios, y general, pues que todos 
los hombres, en cuanto hombres, representan 
á Dios y son retratos y imágenes suyas vi- 
vas, ora sean amigos, ora enemigos, ora te 
dañen, ora te aprovechen; porque en tanto que 
no dejaren de ser hombres, no pueden dejar 
de ser imagen de Dios, ni tú de amarlos, si 
amas á Dios. 

D.—Y ese amor así general, ¿qué tan gran- 
de ha de ser? 

Ai.— Como el que te tienes á ti, porque en 
todos hay un mismo respeto y consideración, 
que es ser imágenes de Dios, y amándolos en 
cuanto tales, no hay más razón de amarte á ti 
más ni con otro amor que á ellos, ni entre ellos 
á uno más que á otro, aunque no condeno 
por esto el amar más á una criatura que á 
otra, cuando en ella hubiere más razones para 
ser amada con aventajado amor; porque el 
alma que ama á Dios, tiene y guarda orden 
en la caridad. El bien, pues, que te deseas á 
ti, en cuanto hombre y en cuanto imagen de 
Dios, eso mismo les compete á todos los hom- ¡ 
bres, por ser todos en la naturaleza unos y i 
representar un Dios. Y de aquí entenderás la ¡ 
grande amistad que debe haber entre todos 
los hombres, la mucha paz, unidad y concor- 
dia, por ser una la causa que á amarse les 
obliga, que es ser viva imagen de Dios, cuyo 
amor, así como es justísimo y muy debido de 



derecho natural, así lo es el que nos debemos 

de tener unos á otros. Los cuales ambos, bien 

mirado, caen debajo de una misma obligación, 

como arriba probamos. Sacarás también de 

aquí que hay dos ligas mara- 
cos ligas de ... , 
amor, de nos- villosas de amor: una entre 

otro» á Dios y Díos y los hombres, los cuales 
loTroT" " están Obligados primera y prin- 
cipalmente á amarle de derecho 
natural; otra entre sí mismos, por las razones 
dichas. Y porque este segundo vínculo y ata- 
dura tiene su fundamento en el primero, sigúe- 
se que es imposible que se ame Dios sin que 
se ame el prójimo; porque luego que hay amor 
de Dios le ha de haber de su imagen, y nece- 
sariamente falta este segundo amor si falta el 
primero. Y porque deseo que quedes bien 
. , enseñado en que este amor ha 

Las criaturas 

sirven igual- de ser general y sin aceptación 
ment£ á todos, de personas, que es lo que dice 

los hombres. , . . . , 

el tercero camino: virtuosas sa- 
lidas á todos los hombres por una general 
fidelidad y amor de la largueza de Dios, pon 
los ojos en todas las criaturas que Dios crió 
para servicio del hombre, y verás que sin nin- 
guna diferencia sirven á todos los hombres, y 
cuanto es de su parte á ninguno más que á 
otro, ni tienen más cuenta con el rey que con 
el plebeyo, con el pobre que con el rico, con 
el grande que con el pequeño; igualmente 
trabajan por todos. Sino mira la tierra, el agua, 
el aire, el fuego, los árboles, las plantas y de- 
más criaturas, cómo de su parte se dejan go- 
zar igualmente de todos y de ninguno huyen. 
Especialmente se echa de ver esto en el sol, 
que entre todos los planetas es nobilísimo, 
que en su alumbrar no es aceptador de per- 
sonas, porque cuando por la mañana sale, sale 
igualmente para todos. 

D.—¿Y de dónde nace esta generalidad y 
igualdad de servicios en todas las criaturas? 

M.— De la ordenación del Criador, que quiso 
que, como todos somos un hombre cuanto á la 
naturaleza y en cuanto imagen suya, fuesen 
los servicios iguales y generales. De manera 
que no hay que pensar nadie que las criatu- 
ras tan nobles le sirven con otro ningún res- 
peto que éste; conviene á saber, que es ima- 
gen de Dios, que quitado éste de por medio, 
no merecen los hombres ser de ninguna ser- 
vidos. Pues si las criaturas todas movidas por 
Dios, así generalmente sirven al hombre por- 
que representa á su Criador, ¿cuánta más ra- 



SALIDAS CARITATIVAS DEL CONTEMPLATIVO 



133 



zón es que hagan esto los mismos hombres, 
pues cada cual reconoce en el otro la imagen 
de Dios, que obliga á todos á amarse, especial- 
mente los cristianos, entre sí, que además 
de esto reconocen un Padre, un Dios, una fe, 
un bautismo y viven en la esperanza de una 
vocación? 
Más te quiero decir: que leyendo las obras 
del divino Rusbrochio y Blosio, 

El que deseare , . , 

juntarse á "6 advertido y notado estos 
Dios, qué ha días que uniformemente dicen 

de hacer. , , 

ambos que cualquiera que me- 
diante la caridad deseare juntarse á Dios, 
que es el ftiás justo deseo que puede te- 
ner la criatura racional, conviene que con 
un amor general y encendido ame general- 
mente á todos los hombres, con fin de traer- 
los á la felicidad eterna y bienes del cielo. 
Sea, dicen, manso de corazón, piadoso y que 
fácilmente se mueva á compasión y se haga 
participante de la pobreza, trabajos y miseria 
de todos los hombres, derramando ó comu- 
nicándose á todos y á cada uno de ellos sin 
aceptación de personas, aunque no sin aten- 
ción á los merecimientos y al orden de la ca- 
ridad, para remediarlos en las tales necesida- 
des. Y si has de ser compasivo, por que ha- 
blemos en particular, en las miserias de tu 
hermano, razón es que en sus prosperidades 
y buenos sucesos te alegres y des gracias al 
Señor, como lo dejó puesto en plática el Após- 
tol San Pablo, el cual con los alegres se ale- 
graba y con los tristes se entristecía y por 
ganarlos á todos se hacía todas las cosas 
á todos. Y el Redentor del mundo beatificó 
los misericordiosos y les aseguró en el cielo 
la misericordia. Y en su Evangelio dejó escri- 
to este riguroso canon (Math., 5): Por la me- 
dida que midiéredes habéis de ser medidos. 
Que fué decirnos, en una palabra, que á la me- 
dida de nuestra misericordia con el prójimo 
ha de ser la suya con nosotros. 

§ IV 

Al fin, cual deseas hallar á Dios y á los 
hombres para contigo, tal has de procurar ser 
para con Dios y para con ellos. Míralos con 
ojos piadosos, y en cualquiera tribulación in- 
terior ó exterior que los halles procura favo- 
recerlos, ora con tu hacienda, ora con tus 
consejos, ora con tus oraciones y ruegos. Si 
puedes poco, no lo niegues á tu prójimo; si no 



tienes más que palabras, dáselas, y si éstas te 
faltan, no te falte el corazón piadoso. En cual- 
quiera de los hombres se ha de reverenciar 
la imagen de Dios trino y uno; y las amargu- 
ras que contra alguno se ofrecieren al alma, 
con el azúcar de la caridad se han de poner 
dulces y desterrarlas luego de ella. No des- 
precies á nadie, ni del mayor pecador del mun- 
do desconfíes, ni le juzgues ó condenes te- 
merariamente. A ti mismo te escudriña, y con 
ojos de lince de pies á cabeza te considera, y 
si hallares en ti alguna cosa de resplandor y 
de lustre, cuanto pudieres has de deshacerlo, 
ponderando tan solamente tus defectos y ne- 
gligencias. 

La vista de paloma guárdese para el próji- 

cómo se ha de "}^' ^uyas virtudes, si alguna 

haber el tier- tiene, has de levantar hasta los 

vo de Dios en cielos, haciendo, si puedes, de 

juzgarse a si ' f } 

y á sus próji- Una mosca un elefante, engran- 
'"<'*• deciéndolas lo posible, aunque 

sin mentira ni lisonja. Excusa sus pecados y 
echa, como suelen decir, sobre ellos la capa 
de la caridad, que San Pedro la llamó cubre- 
faltas, y todas sus cosas interpreta á la me- 
jor parte. Y advierte que lo que en presencia 
suya no te atrevieras á decir, no lo digas en 
su ausencia. Si la obra fuere tal que no admi- 
ta intención sana, por ser contra un precepto 
divino, excúsala como pudieres, ó con la fla- 
queza de la naturaleza humana, que al fin so- 
mos frágiles y quebradizos todos, ó diciendo 
que es permisión de Dios para provecho del 
caído, ó que ya estará reconciliado como otra 
Magdalena, que siendo juzgada del Fariseo 
por pecadora (Luc, 7), fué aprobada de Cristo 
por santa. O como el Publicano, que le con- 
dena el otro vanaglorioso en su oración 
(Luc, 18), y está Dios aceptando la suya y su 
confusión, y sale su contrario reprobado y él 
justificado. Y si para nada de esto hay lugar, 
piensa que si las tentaciones con que él fué 
combatido vinieran sobre ti, sin duda cayeras 
más miserablemente. 
De esta manera, como abeja codiciosa y ar- 
tificiosa, sacarás de todo lo que 

A titulo de espi- . i . , 

rituales mur- ^leres provecho para tu alma; 
muran airju- que es cosa de admiración ver 
ühe'Zr""' algunos hombres, con título de 
espirituales, tan llenos de ojos 
para ver las faltas ajenas y tan sin ellos para 
las propias, como si los hubiera Dios consti- 
tuido jueces del mundo ó se hubiera dicho 



134 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



por ellos (I Cor., 2): El espiritual juzga todas 
las cosas. Son grandes censores de los otros, 
estando de sí muy pagados y satisfechos, y 
queriendo reformar muy por el cabo las faltas 
de sus prójimos á sí mismos se dañan y á ellos 
no les aprovechan, porque esto no les nace 
de caridad, sino de una vana complacencia 
que de sí tienen y de un desprecio intolera- 
ble de los otros. Estos digo yo que son de 
aquellos fariseos que para sacar la paja que 
ven en el ojo de su vecino (Luc, 6; Math., 7), 
se quiebran ambos los suyos con la viga de 
lagar que traen ellos. ¡Oh perniciosos hom- 
bres! ¿juzgáis á los otros y no hay para vos- 
otros juicio? ¿ Tan aguda tenéis y tan de lin- 
ce la vista, que os atrevéis á mirar y escudri- 
ñar lo que está en los corazones que Dios solo 
penetra y alcanza (Psal. 7)? ¿Qué demonio os 
enseñó el camino que Dios ha de tomar para 
salvar los caídos y traerlos á sí? ¿Por qué 
queréis sacar á luz, y hacer de ello juicio con- 
forme al vuestro, lo que Dios reservó para el 
suyo? ¡Oh temeridad grosera y grosería te- 
meraria! Si tuviésedes tantito de entendimien- 
to sano, sin ninguna duda os habíades con 
esto de confundir y avergonzar delante de 
Dios y de los hombres santos. ¿No sabéis 
que todo el juicio está reservado á Dios 
(Rom., 8) y nada del (') á ninguna arrogante y 
soberbia criatura? 

§ V 

No creo yo que hay Demóstenes en el mun- 
do ni Cicerón que puedan con 
'^fl C«ír ninguna oración retórica abra- 

ta es la mur- » 

muraeióny zar y declarar los daños gran- 
lot jutnot le- ^jgg qyg gg^g peste infernal de 

merartoi. 

la murmuración y esta tiranía 
de juicios han traído al mundo, las guerras y 
disensiones que han despertado en los hom- 
bres, las ciudades fuertes que han derribado 
y las amistades estrechas que han deshecho. 
Si alguna cosa tienes contra tu hermano; si 
se enojó contra ti sin culpa tuya; si te afrentó 
ó agravió en la persona, en la hacienda ó en 
la honra, procura luego con la medicina de la 
mansedumbre carearte con él y con corazón 
agradable, quieto y lleno de misericordia le 
habla (si es coyuntura y buena sazón), y re- 
prendiéndole con modestia trabaja de ganarle 

(') Edición de 1885, y nada de esto. 



para Dios, como dice el Evangelio (Math., 18). 
Y no seas como algunos impertinentes, que 
queriendo curar una llaga hacen con sus ra- 
zones mordaces otras de nuevo (lacob., 5). 
Si, pecando tú contra Dios, El con mucha pa- 
ciencia te esperó y sufrió para que, volviendo 
en algún tiempo á su amistad, goces de su 
eterna bienaventuranza, ¿qué mucho harás 
cuando hicieres lo mismo por tu prójimo? 
No te espantes de hoy más ni desprecies á 

tu hermano si cayere, antes de- 
De ¿os prójimos , , . ., I 
caídos nos de- "ama lagrimas por el, como las 

bemos compa- derramó Cristo por tus peca- 
'^"'■- dos en la cruz (Heb., 5). De 

otra manera, habrás de tener sobre ti tantos 
jueces que te condenen cuantos son los con- 
denados por tu juicio. Por lo cual te pido, 
cuan encarecidamente puedo, que antes elijas 
cortarte la lengua con tus propios dientes 
que juzgar temerariamente á ninguno ó irri- 
tarle con palabras duras ó entristecerle ó in- 
juriarle. Y con esto me despido de los hom- 
bres, porque ya es tiempo de huir dellos y de 
encerrarnos dentro de nosotros mismos como 
se encierran las abejas dentro de su corcho y 
colmena para labrar los panales y la dulcísi- 
ma miel. 
Discípulo.— No entiendo eso. 
Maestro.— Digo que huyas de los hombres, 
en cuanto te fuere concedido 

Huir de los hom- . , , . , . , r- • 

bres es impar- pof razon del estado y del oncio 
tantísimo para que ticncs; porquc las muchas 
hallar a Dios. Qcupacíones, convcrsacíones y 
amistades, aunque buenas, inquietan y tur- 
ban el ánima y inficionan su pureza y disminu- 
yen en ella la caridad y resfríanla y remiten (') 
el fervor de la devoción y ciegan los ojos in- 
' teriores para que no eche de ver lo que le 
conviene. Es cosa muy fácil escapársenos la 
palabra ociosa, jocosa y aun de murmuración 
y perder el preciosísimo tiempo en cosas de 
poco fruto, que, como dijo el otro sabio (Aris- 
tóteles), los amigos son ladrones del tiempo. 
Y si no te parece que te cuadra lo que digo, 
mira lo que le pasó al santo Arsenio con el 
Ángel, que le mandó que huyese, que callase 
y que se quietase. Porque la raíz de toda 
nuestra bienaventuranza está en que nos con- 
servemos quietos en soledad. Téngase, pues, 
por dicho, el que quisiere conversar con el 
mundo, que ha de padecer en su alma muchas 

(') Edición citada, debilitan. 



INTROVERSIONES UNIFORMES DEL CONTEMPLATIVO 



135 



llagas y heridas; porque todas aquellas cosas 
con que el hombre se distrae y se divierte, 
viendo, oyendo, comiendo, bebiendo, hablan- 
do y obrando y aplicándose á negocios no 
necesarios, ladrones y salteadores son de la 
pureza del corazón y de todas las riquezas 
del espíritu; por lo cual nos conviene más 
que otra cosa huir, para alcanzar y poseer 
esta pureza. 

§ VI 

El santo Moisén, en sacando la mano del 
seno la hallaba llena de lepra (Exod., 4), y en 
volviéndola á retraer sanaba de la lepra. 
Créeme, hijo, que si con descuido te derrama- 
res por las criaturas, que no ha 
Gran mal de- ¿e faltar lepra en tus obras; 

.-ramarse por 

hs criaturas, pco SI huyeres dellas al secre- 
to interior, todo cuanto hicieres 
será agradable á los ojos del Señor. ¡Qué 
cuidado tuvo Faraón de que los hijos de Is- 
rael no sacrificasen á Dios en el desierto! y 
mira el ardid de que usó para salir con su in- 
tento. Mándales salir á buscar leña y paja 
para calentar los hornos (Exod., 5), y oblíga- 
les á las mismas tareas que tenían cuando les 
daba esta ayuda de costa; y así ocupados 
todo el día en este trabajoso ejercicio, no les 
quedaba tiempo para sus sacrificios y trato 
con Dios. Pues ten por muy cierto que es 
mucho mayor el hipo y ansia del demonio 
porque nos derramemos y salgamos de nos- 
otros, muchas veces atraídos con celos indis- 
cretos de remediar á los otros; y suélenos 
acontecer lo que á los nadadores, que que- 
riendo ayudar á los que se ahogan perecen 
juntamente con ellos. Nunca podrás ofrecer 
sacrificio puro á Dios con quietud de espíritu 
si eres amigo de andar fuera de ti. ¿Qué pien- 
sas que movió á los Santos á huir á los yer- 
mos? 

Discípulo —Y o no sé qué les pudiese mo- 
ver, sino el deseo de estar solos. 

Maestro.— Tienes razón; porque en la sole- 
dad se purifica el hombre, y en 
Cuánfos bienes gg^^ pureza persevera de con- 

nos acarrea la . , , , . 

soledad. tmuo; conocese a si mismo y 

anda aprovechado en el amor 
de Dios. En la soledad se deprende á morti- 
ficar la carne y se confirma el alma en el bien. 
El que gusta de la soledad sabe á qué sabe 
Dios y toma gusto en El. En la soledad se re- 
montan y alejan del hombre las cosas que 



más suelen hacer guerra á los avecindados 
en el mundo, y con el sabor de las celestiales, 
las cargas más pesadas se hacen ligeras. ¡Oh, 
si se conociese cuánto bien trae consigo la 
soledad y cuan grande sea el tesoro que en 
ella se adquiere, cómo la desearíamos! Por lo 
cual te ruego (y á todos los 

Cómo se ha de ■, 

haber el siervo ^^^ desearen conservarse en 
de Dios tratan- el amor y temor de Dios) que 
doconioshom- j^^ ¿^ j^g hombres y líber- 

tes tu corazón y le desocupes 
del amor dellos, de manera que con ninguno 
tengas familiar amistad, trato y conversación, 
si no fuere muy conforme á tu espíritu, y que 
de su amistad recibas aprovechamiento espi- 
ritual. Responde á todos brevemente sí ó no, 
como más convenga; y si esto te fuere odioso y 
molesto, súfrelo benignamente por Cristo; ha- 
bla á todos con rostro alegre y sin ceño ni eno- 
jado, aunque como queda dicho, debes huir el 
trato familiar de los hombres por el de tu Cria- 
dor; porque mucho mejor te será teñera tu Dios 
propicio y amigo que la amistad de todos los 
hombres del mundo, que cuando ellos te miren 
con malos ojos, ningún daño te pueden hacer, 
como le recibirías si tuvieses por enemigo á 
Dios y de tu parte á todos ellos. Una cosa te sé 
decir con mucha verdad, por conclusión y epí- 
logo de toda esta materia: que para ser útil á 
todos te conviene huir de todos y abstenerte 
de todas las cosas. Y advierte más, que, como 
dice una persona religiosa (') y muy ejercitada 
en la oración y en el trato familiar de Dios, 
para la perfecta contemplación son necesa- 
rísimas tres cosas; conviene á saber, amor 
recíproco entre nosotros, desasimiento de 
todo lo criado y verdadera humildad. 

D.— Todo eso tienes tú ya dicho y probado; 
pero bien me holgaría que dijeses aquí agora 
lo que esa bendita religiosa escribe y siente 
de las amistades que suele haber y hay entre 
personas religiosas, que algunas veces las he 
oído condenar y otras alabarlas mucho. 

M.— No quiero decir yo, sino que diga ella, 
porque habla como más experimentada y 
bien. No hay cosa enojosa, dice, que no se 
pase con facilidad en los que se aman, y re- 



(') Santa Teresa de Jesús. Tanto este texto como 
el siguiente más largo los toma el P. Angeles del 
Camino de perfección, cap. IV, donde puede con- 
sultar el lector lo que deja y toma de la inspirada 
av ilesa. 



136 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



miento etpiri- 
ttial,cuán per- 
judiciales. 



Amidadet muy CÍE ha de ser cuando dé enojo. 
trabadas, cuyo Si el mandamiento del amor del 
aprVve'cha- prójimo sc guardase en el mun- 
do como es razón, aprovecha- 
ría mucho para que se guarda- 
sen los demás. La lástima es 
que, por más ó por menos, nunca acabamos 
de guardarle con perfección. Y trae tanto mal 
y tantas imperfecciones consigo lo demasia- 
do, que no lo creerá sino quien haya sido 
testigo de vista como yo. Hace aquí el demo- 
nio grandes enredos, y siéntenlos poco los 
que se contentan de contentar á Dios grose- 
ramente, antes les parece que sea virtud; lo 
cual no dirán los que aspiran de veras á la 
perfección, porque poco á poco quitan las 
fuerzas á la voluntad para que del todo no se 
emplee en amar á Dios. Y en mujeres debe 
ser esto más dañoso que en hombres, y á las 
comunidades acarrea mucho perjuicio. Estas 
amistades grandes y muy trabadas pocas ve- 
ces van ordenadas á ayudarse á amar más á 
Dios; antes creo que las hace comenzar el de- 
monio, para comenzar bandos en las religio- 
nes. Si la voluntad (que es cosa muy natural) 
se aficionare más á una que á otra, vamonos 
á la mano y no nos dejemos enseñorear de 
aquella afición. Amemos las virtudes y lo bue- 
no interior y siempre traigamos cuidado de 
acertar en no hacer caso desto exterior. No 
consintamos, hermanas, que nuestra voluntad 
sea esclava de ninguno, sino de solo el que la 
compró con su sangre. Miren que sin enten- 
derlo se hallarán asidas de suerte que no se 
puedan valer. No tienen cuento las niñerías 
que de aquí nacen, y nadie las sabe sino los 
que viven en comunidad, y cuando esta peste 
toca en los prelados, acabóse la paz y todo el 
bien. Gran cuidado es menester para que este 
daño no pase adelante, y remediarse ha si 
luego al principio se corta el hilo á las tales 
amistades que no son para más servir y amar 
á solo Dios. Hasta aquí son palabras desta 
religiosa. Y para que de una vez quedes maes- 
tro y sepas cómo te has de ha- 
'Z:: cTJe^ ber en el amor de las criaturas, 
amor espiri- escribe este canon que, aunque 
tuai^ycuáino j-igurogo, cs verdadero y nece- 
sarísimo en la vida espiritual: 
Todo amor, ora sea natural ó otro cualquiera 
que en el corazón te causare inquietud y ima- 
ginaciones, principalmente en el tiempo de la 
oración, ó te hiciere anhelar por la vista, con- 



versación, trato y presencia de aquella per- 
sona que amas y está ausente, si no fuese por 
la salud de su alma y por instruirla en las co- 
sas del espíritu, es desordenado y defectuoso 
en el acatamiento de Dios, y, por consiguien- 
te, impide mucho el aprovechamiento inte- 
rior. 

D. —Ya no falta sino declararme el cómo y 
adonde tengo de huir de las criaturas. 

M.— ¿Tienes en la memoria lo que dijimos 
desta cuarta parte que hace á la introver- 
sión? 

D.— Paréceme que sí. 

M.— No has de decir paréceme, que es de 
hombres que se les da poco por las cosas; y 
de todas las dichas es ésta la más sustancial, 
y en que te has de ejercitar sienjpre que te 
fuere posible. 

D.— ¿Quieres que refiera aquí lo que me has 
enseñado en el particular? 

M.— Refiere en hora buena fielmente ('), por- 
que no tiene palabra superfina, que todas son 
muy necesarias. 

D.— Uniformes entradas ó introversiones 
por olvido de todas las cosas á la unión de 
Dios. ¿Es esto, padre mío? 

M.— Eso es, y certificóte que tiemblo de 
hablar en esta materia; que como trata de co- 
sas interiores, y yo tengo tan poco de inte- 
rioridad, y aun porque les ha de parecer á 
muchos algarabía ó lenguaje nuevo lo que di- 
jere, por ocuparse la mayor parte de los que 
se llaman espirituales en exterioridades ó en 
lo muy superficial de la contemplación, como 
ya dije en el primero destos diálogos, no sé si 
tengo de acertar conforme á mi deseo. 

D.— ¿Qué llamas superficial? 

Ai.— Digo superficial, cuando no se llega al 
gusto fino de la contemplación. 

Qué es lo su- ,, , .„j„^ 

perficiai en la Y porque deseo que no quedes 
contemplación con duda en esto, has de saber 

lia/deilT''"' ^"^' ^^'"o ^'^^^ Ricardo de San- 
to Victore y Hugo, la contem- 
plación anda acompañada, ó por decir mejor, 
lleva delante de sí de ordinario tres como 
doncellas que la van abriendo camino; con- 
viene á saber: lección, meditación y oración. 
La lección busca, la meditación halla, la ora- 



(') Edición de 1885: «Repítelo enhorabuena p«/í- 
tualmente porque no hay en ello palabra que huel- 
gue, siendo por el contrario muy necesarias todas 
ellaS". 



INTROMISIONES UNIFORMES DEL CONTEMPLATIVO 



137 



ción pide y la contemplación goza. La lección 
pone el manjar sólido en la boca, la medita- 
ción lo rumia y quebranta, la oración adquie- 
re favor y la contemplación es la misma dul- 
zura que recfea y regala el corazón. La lección 
se ocupa en la corteza, la meditación en la 
medula, la oración en el deseo y peticiones ó 
en el pedir con ansia, y la contemplación en la 
dulcedumbre de la delectación alcanzada. San 
Isidoro dice que la vida contemplativa es 
vida libre de todo negocio y que sólo el amor 
se fija, y los Santos dijeron que era vida ocio- 
sa, y el Filósofo (Aristot., 4 Mthic.) la llama 
vacación. Al fin ella es vida de espíritu, vida 
interior, vida esencial, vida deliciosa y de gus- 
to grande, y por eso te dije que poquitos hay 
verdaderos contemplativos, porque los más 
se ocupan en la lección, y algunos en la me- 
ditación poco atenta y menos devota y nunca 
perseverante; y muchos menos en la oración 
que pide con gemidos y ansiosos deseos, y 
casi ningunos en la contemplación donde se 
gusta cuan suave el Señor. 

§ VII 

Tres cosas hacen al hombre interior y es- 
piritual (Rusbroc, lib. de per- 
Tres cosas ha- fectioue fMorum Dei, c. 2): La 

cen al hombre •' 

interior. primera, el corazón vacío de 

imágenes; la segunda, sabidu- 
ría espiritual en el afecto; la tercera, sentir la 
unión intrínseca con Dios. Por aquí puede ver 
cada uno que piensa que es ó se sueña es- 
piritual (que en muchos debe ser sueño), si de 
verdad lo es: el que desea tener el corazón 
vacío de imágenes ó representaciones vanas, 
sepa que no le es licito poseer cosa deste 
mundo con desordenado amor, ni allegarse á 
alguna criatura de todo él, con voluntaria 
propensión y afecto, ni á tener su conversa- 
ción familiar; porque todo trato y amor cuya 
verdaderísima causa no es Dios, inficiona el 
corazón del hombre con imágenes y represen- 
taciones, porque no de Dios, sino de carne 
trae su origen y principio. Por lo cual te avi- 
so (si pretendes ser hombre espiritual) que 
des libelo de repudio á todo amor carnal, para 
que desta manera á solo Dios te allegues y á 
solas le poseas y goces. Y ten por cierto que 
por el mismo caso que hagas esto con since- 
ridad y verdad, todas las imágenes vanas y 
todo amor desordenado acerca de las criatu- 



ras será lanzado y desterrado de tu corazón; 
y la misma posesión de Dios por amor te li- 
brará y hará exento de todas estas cosas, 
porque Dios es espíritu del cual ninguna ver- 
dadera y propia imagen se puede labrar ó re- 
presentar al hombre que con El solo se abra- 
za, dejadas á un cabo las criaturas todas. Pero 
advierte que en este ejercicio no se te quita 
que representes á tu alma la pasión del Hijo 
de Dios, y todo aquello que más te incitare y 
provocare á la devoción y piedad. Porque 
cuando llegares á la posesión de Dios, es sin 
duda que te verás junto á una desnudez des- 
nuda de toda imagen, que no es otro que el 
mismo Dios; y esto es lo primero y el funda- 
mento de la vida espiritual. El segundo, es 
libertad interior, como antes de agora te dije. 

Discípulo. — No me acuerdo desa libertad 
interior, ¿qué es? 

Maestro.— Que sin algún estorbo ó impedi- 
mento te levantes á Dios en to- 

inle^rior. ^'^^ '°^ ejercicios interiores, 
conviene á saber: al hacimien- 
to de gracias, á las alabanzas divinas, á la 
veneración y reverencia debida al Criador, á 
las devotas oraciones, ai entrañable y cordial 
amor, y, finalmente, á todo aquello que puede 
despertar el afecto y apetito de tu alma; y 
esto, por la ayuda de la divina gracia y con la 
diligencia y destreza que has de procurar te- 
ner acerca de todos los ejercicios espirituales, 
por los cuales se viene á lo tercero, que es 
sentir la espiritual unión con Dios. Porque 
cualquiera que en sus ejercicios se llega á 
Dios, libre y desembarazado de imágenes y 
sin buscar otra cosa que la honra y gloria de 
Dios, no puede dejar de sentir la bondad suya 
y sentirse interiormente unido con El; en la 
cual unión tiene la vida interior su espiritual 
perfección y consumación; porque desta unión, 
el afecto ó deseo continuamente es movido y 
despertado á nuevas acciones interiores, y 
obrando siempre nuestro espíritu sube á 
nueva unión; y desta manera, unión y acción 
siempre se renuevan, y la renovación de una 
y otra se llama y es la vida espiritual. De ma- 
nera que, así como el hombre se hace bueno 
por las virtudes morales, juntas con la recta 
intención, se hace espiritual por las virtudes 
internas y unión con Dios; y sin estas dos, ni 
bueno ni espiritual. Hasta aquí es doctrina de 
Rusbrochio, y bien dificultosa y que no me ha 
costado poco trabajo el reducirla á términos 



138 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



algo más claros que los suyos. El mismo, en 
el capítulo trece del dicho tratado, pone seis 
cosas que se requieren para gozar de Dios; y 
verdaderamente son altísimas y de suavidad 
increíble, pero están ya casi todas tocadas en 
diversas partes destos nuestros Diálogos, es- 
pecialmente en lo que del Solitario dijimos y 
en esto que acabamos de decir. 

§ VIII 

Discípulo. — Mucho consuelo recebiría mi 
alma, que sucintamente me dijeras eso que 
tanto contento te ha dado, porque todo lo que 
escribe ese divino contemplador es dificulto- 
sísimo, pero muy importante. 

Maestro.— Y más que advierte en el fin des- 
te capítulo, que quien entendiere bien estas 
seis cosas entenderá todo cuanto en sus li- 
bros se halla escrito. 

D.— Por amor del Señor, que no me prives 
de tanto bien como ese. 

M.— Haz por mí oración en tanto que acudo 

á un oficio que la obediencia 

Al aban zas jjjg tiene encomendado, que 

grandes de la , , ^ . 

obediencia. aunque el uno y el otro estu- 
viéramos en la última disposi- 
ción para arrebatarnos en Dios, no fuera se- 
guro dejar de acudir á lo que nuestros supe- 
riores nos tienen mandado y ordenado. 

D.— ¿Tan gran cosa es la obediencia? 

M.— Tan grande, que por no faltar el Hijo 
de Dios á ella faltó á su vida. Humillóse, dice 
San Pablo (Philip., 2), á Sí mismo, hecho obe- 
diente hasta la muerte, y muerte de cruz. 

D.— Ese es un encarecimiento que nunca 
jamás he yo podido acabar de entender. ¿No 
bastara decir: Hasta la muerte, sin añadir 
aquel redoble: y muerte de cruz, pues el ha- 
ber muerto en ella era cosa notoria á todos 
los hombres? 

Ai.— A Dios, que no puedo esperar más ra- 
zones. 

D.— El vaya contigo... Verdaderamente es 
doctrina del cielo cuanta mi maestro me en- 
seña, y así de pocos sabida y de menos expe- 
rimentada. ¿Cuántos hallaremos en el mundo 
que entiendan este lenguaje del centro del 
ánima y vida esencial y interior? Pues pensar 
que no sienten estas cosas las almas puras y 
bien mortificadas, es no sentir de Dios en 
bondad, como dice la Escritura (Sap., 1). De 
solo oir platicar á mi maestro en estas cosas 



recibe luz mi entendimiento, inflámase mi vo- 
luntad y queda mi memoria desocupada y li- 
bre de confusión. Yo no pienso salir un punto 
de lo que me enseñare, porque tengo por ne- 
gocio llano que me ha sido dado por el mis- 
mo Dios para remedio de mi perdición, que 
era grande antes que tratase con él... Ya me 
parece que viene. Seas bien venido, padre de 
mi alma; ya se me hacía que tardabas mucho. 
M.— Bien entiendo que gustas destas pláti- 
cas y conversaciones espirituales (cosa que á 
mí me tiene harto consolado); pero como por 
la obediencia se han de dejar todos los parti- 
culares gustos, aunque sean del espíritu, ni 
pude dejar de acudir á ella ni venir con la 
priesa que tú has deseado. La obediencia es 
la primera hija de la humildad. 

Obediencia, hi- • ^ i i l 

ja primorjéni. Y es la que sujeta el hombre a 
tadeíahumii- Díos y las facultades sensiti- 
vas á la razón. El verdadero 
obediente no tiene quiero ni no quiero, ni 
pone excusas ni dilaciones en ejecutar lo que 
se le manda. ¡Oh cuan pocos hallarás hoy en 
el mundo verdaderamente obedientes, y que 
desterrada toda propia voluntad no deseen 
ni quieran que Dios ó las criaturas les obe- 
dezcan, sino hacer ellos en todo la voluntad 
ajena! Por la obediencia, las obras que de 
suyo son casi nada son mayores que sin ella 
las que parecen muy grandes. Cuanto más 
nos negamos, tanto más nos hacemos seme- 
jantes á aquel Señor que por nosotros, no sólo 
obedeció á su Padre, sino que se entregó en 
las manos sacrilegas de los pecadores para 
que libremente hiciesen de El á su voluntad. 
No es gran cosa obedecer á los superiores, ni 
demasiado de grande (') sujetarse á los igua- 
les; pero eslo grandísima rendirse á los infe- 
riores por amor de Dios. Ninguno se hallará 
tan seco y tan estéril que, si sujeta su cuello 
al suave yugo de la obediencia, no reverdezca, 
florezca y lleve frutos abundantísimos de me- 
recimientos; porque la obediencia es camino 
segurísimo y muy cierto para alcanzar cuales- 
quier gracias y dones del cielo. Atrevióse á 
decir San Bernardo que no hay camino por 
donde el verdadero obediente pueda ser lle- 
vado al infierno, á donde tan solamente arde 
la propia voluntad. Cuántos religiosos son 
mártires infructuosos porque llenos de sí mis- 
mos se tienen por guías y maestros en todo 

(•) Edición citada: «ni demasiado sacrificio^. 



INTROVERSIONES UNIFORMES DEL CONTEMPLATIVO 



139 



Bi detobedienie lo que hacen, con tan poco 
es mártir tn- aprovechamiento cuanto no 

frucluoso. 

se puede aquí significar; que 
si sus obras las iiiciesen con el mérito de 
la obediencia, en poco tiempo saldrian insig- 
nes varones en la virtud. Al fin, ningún sa- 
crificio se le puede ofrecer más grato á Dios 
en esta vida que un corazón humilde y obe- 
diente. Y podría uno en un momento obe- 
decer por amor de Dios, con tanta humil- 
dad y pureza, y salir de sí y de su querer con 
tantas veras, que fuese llevado á Dios, más 
y con mayor aprovechamiento que si diez 
años viviese' con gran devoción en altos ejer- 
cicios tomados á su voluntad. Taulero dice, 
que si un hombre llegase á tanta familiaridad 
con Dios que siempre le estuviese mirando y 
contemplando presente y conversase con El 
como un amigo con otro, y fuese llamado por 
la obediencia, debría humilniente decir al Se- 
ñor: Ea, suavísimo Dios, pe.mita su Majes- 
tad que por tu amor cumpla este; mandamien- 
to de la obediencia. Créanme (dice este doc- 
tor) que la tal resignación de la propia volun- 
tad le sería más agradable y acepta á Dios 
en este hombre que si en aquel mismo tiem- 
po penetrara los cielos con todos los bien- 
aventurados. El mismo cuenta 
Las obras muy ^jg ^^y^^ religiosa virgen que, de- 

peque/iüs lie ° & -i > 

suiío crecen ij scosisima de hallar á su Espo- 
se liaren gran- so Celestial, hizo esta breve 

des por ía obí.- .. ^, . . ,,.. , r^. 

diencia. oracion: ¡Oh unico Hijo de Dios, 

amable Redentor de mi ánima, 
quién me diese que siquiera por un momento 
te pudiese yo ver en esta vida! Dichas estas 
palabras se le apareció el Señor en forma de 
niño; y sucedió que estando esta devota re- 
ligiosa toda derretida y abrazada con el In- 
fante divino, con el gusto que yo no sabré 
significar, una su compañera de aquella con- 
gregación llamó á su puerta diciendo que 
acudiese á la obediencia, que era llamada por 
su prelada. Oída esta voz, la santa virgen ha- 
blando con el niño Jesús le dijo: Veis aquí. 
Señor mío, por cumplir la obediencia os dejo; 
suplicóos, si soy servida, me esperéis aquí 
hasta que, desocupada, pueda volver á veros. 
Sale de la celda, cumple con su obediencia, da 
la vuelta, entra en su aposento: resplandece 
en sus ojos una tan grande luz, que apenas la 
pudo sufrir... halla finalmente á su Amado en 
edad de veinticuatro años, hermosísimo y con 
rostro muy alegre y gracioso, y admirada y 



regalada con esta visión, preguntó al Señor 
que cómo en tan poco tiempo había crecido 
tanto; y fuéle respondido que su obediencia 
perfecta lo había hecho. Dando con este ejem- 
plo á entender cuánto crecen las obras he- 
chas por la obediencia, aunque al parecer 
sean pequeñas. Y al fin la Escritura dice 
(I Reg., 11): Mejores la obediencia que el sa- 
crificio. 

§ IX 

Discípulo.— S\ la doctrina que me has dado 
no fuera de tanta importancia, dijera que 
huías de declararme lo que antes de agora te 
pregunté acerca de la obediencia de Crísto, 
que la encarece San Pablo diciendo que obe- 
deció hasta la muerte y muerte de cruz. 

Maestro.— 1:^0 voy hurtando el cuerpo á esa 
dificultad, sino suspendiéndote un poco de 
aquel ejercicio de la introversión, para el cual 
se requiere perfectísima abnegación de la pro- 
pia voluntad y prontísima obediencia. Mas pues 
está ya en pocas palabras dichoso que basta, 
yo gusto de declararte aquel redoble del Após- 
tol, que tiene más misterio del que nadie que 
no sea muy espiritual y muy leído puede pen- 
sar. Nota, pues, que, miradas las obras de Cris- 
to, con que pagó nuestra reden- 

Hu mil dad de . , ,'. , , 

Cristo cuan '^'O"» como salidas de supuesto 
(/raiideyadón- divíno, no se hallará razón más 

de^se humillé ^^ ^^^ ^^^ ^^ ^^^^ ^^^^ „^^^^_ 

la mayor, porque todas ellas 
eran infinitas, obras al fin de Dios hombre. 
Pero sacadas de esta consideración y divi- 
didas por partes, en alguna de ellas hallare- 
mos razón ó razones por donde parezca ma- 
yor; ó porque para hacerla, tomada de por sí, 
eran menester más cosas y mayores diligen- 
cias, ó por la mayor dificultad en que se po- 
nía la humanidad de Jesucristo, de donde la 
tal obra salía. Como se puede ver al ojo en 
un círculo O» Q"^ hecho pedazos de esta ma- 
nera ) "^ í^ se puede fácilmente juzgar cuál 
es el mayor de ellos; pero cerrado y continua- 
do Q ni se halla principio ni fin ni se puede 
echar de ver, no sólo cuál sea mayor ó menor, 
mas ni aun parte alguna dél, porque todo es 
continuo y redondo. Así se pueden imaginar 
las obras de Cristo, cuando El las hace, que 
son como círculo donde no hay sino infinidad; 
pero aparte de esa consideración, y tomadas 
ellas de por sí, como salían de la humanidad 
y salieran de mí, si las hiciera, en tal caso se 



140 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO IX 



puede juzgar cuál es el mayor ó menor, cuál 

para hacerse hubo menester más trabajo, cuál 

menos. Esto presupuesto, nota lo segundo 

, . (que te servirá de aquí en ade- 

Lo que más fatt- , , , , , . 

gó á Cristo en lante para pesar los trabajos 
la pasión fué que en su pasión sufrió Cristo) 

la deshonra. „ „ u j í í 

que no has de parar tanto en 
lo que padeció el Hijo de Dios cuanto en la 
deshonra y afrenta aneja á aquello que pade- 
ció; la cual, cotejada con los trabajos, dolo- 
res y muerte, sin comparación ninguna le las- 
timó más que todos ellos. Pues si los dolo- 
res de Cristo sacan de juicio á quien con aten- 
ción los considera, ¿qué sentimiento hará en 
tu alma la afrenta que recibió en todos, sien- 
do, como queda dicho, mayor que ellos? De 
aquí sacarás, si te acuerdas del primer nota- 
ble, que aquel será de sus tormentos el mayor 
que hubiere sido á su costa y en que puso 
más ;de trabajo para sufrirle, si la deshonra 
hubiese sido también mayor. Y porque lo que 
duró la crucifixión fué de dolor increíble, ma- 
yor que el que sufrieron todos los mártires, y 
junto con eso tuvo más de deshonra, por ser 
castigo de infames y gente facinerosa, sin 
duda fué este el paso más riguroso y terrible, 
más digno de consideración y sentimiento. Lo 
cual da muy bien á entender el Apóstol en las 
palabras arriba alegadas (Philip., 2): Humillóse 
hecho obediente hasta la muerte, y muerte 
de cruz. 

D.— ¿No bastara decir hasta la muerte, pues, 
como dijo el Filósofo, ninguna cosa hay más 
terrible que la muerte? 

Ai.— No, porque de ahí pasó el tormento de 
Cristo, el cual muriendo, no sólo se efectuó 
su trabajo con muerte, sino con muerte la 
más ignominiosa que entonces había, ni se 
podía imaginar. Y no pudiera Dios en tal 
tiempo escoger otra muerte, para que los 
hombres entendiesen lo mucho que sentía y 
ponía en nuestra redención, si no fuera esco- 
giendo la muerte de cruz. De donde entende- 
rás que fué más en los ojos de Dios la afren- 
ta que no el morir. Lo cual se ve muy claro 
en aquel sudor de sangre que tuvo en el huer- 
to, apercibiéndose para la muerte. Porque no 
Quéruéiarazón la imaginación de los tormentos 
por que sudó y dura muerte, como muchos 
Cristo sangre djcen, le hizo sudar sangre, sino 

en el huerto. ^ ' 

la que tuvo tortísima de la 
afrenta y deshonra aneja al tal género de 
muerte. 



D.— ¿Cómo se probará que la consideración 
de la afrenta y no de los dolores y angustias 
de la muerte le causaron aquel dolor? 

Ai.— Porque, como sabes, la sangre en el 
cuerpo hace oficio de corredor, acude siem- 
pre á favorecer la parte más necesitada; y así 
es que cuando un hombre está medroso le 
queda el rostro blanco como un papel, ó ama- 
rillo, porque la sangre acude en aquel tiempo 
á socorrer el corazón, adonde se siente el 
miedo, y desamparado el rostro, necesaria- 
mente le ha de dejar descolorido. Al contra- 
rio es en la pasión de vergüenza, que si yo 
hago una cosa de que me pueda resultar des- 
honra y tengo de ser afrentado, como el ros- 
tro es donde se ha de parecer, que, como dijo 
un poeta, la vergüenza sale á la cara, luego 
me pongo como un carmesí encendido y co- 
lorado. ¿Qué lo causó aquello? 

D.— Paréceme, según lo que has dicho, que 
la sangre, que en retorno de que el rostro 
acudió con su sangre al corazón estando me- 
droso, el corazón le acudió con la suya, sin- 
tiéndole necesitado de ella. 

Ai.— Pues así has de entender que pasó en 
Cristo nuestro Redentor, el cual orando en 
el huerto sudó sangre en abundancia, no del 
miedo que hubo á los azotes, corona de espi- 
nas, bofetadas, clavos y muerte, que si eso 
fuera quedara descolorido, por haber de acu- 
dir necesariamente la sangre á favorecer al 
corazón, donde se siente y padece el miedo, 
sino de la vehementísima aprensión de las afren- 
tas anejas á esos mismos tormento y infame 
muerte. Y porque no sólo en el rostro sino en 
todo su cuerpo santísimo había de padecer 
afrenta, porque le habían de desnudar en me- 
dio del día y de tan gran concurso de gente, 
y gente tan perversa y mala, acudió el sudor 
á todo el cuerpo. Y porque esta afrenta y 
vergüenza había de ser en extremo mayor 
que la que han padecido y pueden padecer 
los hombres, la imaginación della fué tan 
poderosa, que no se contentó con sacar la 
sangre á la tez del rostro y cuerpo, que es 
hasta donde suele llegar el color sanguíneo 
en los que padecen afrentas, sino que desafo- 
rada como un caballo desbocado y sin freno, 
no sólo (') mojó el cuerpo y las vestiduras, 

(') Esta frase y la siguiente están desfiguradas en 
la edición de 1885, pág. 366, donde dice: «no sólo 
corrió á inyectar otros muchos puntos de todo el 



INTROVERSIONES DEL ALMA Y DEL RECOGIMIENTO 



141 



sino que corriendo en tierra la dejó hecha una 
zarpa. ¿Y qué mucho que pasase esto en 
Cristo, que era Dios verdadero, pues aun en 
los hombres es fácil probar lo mismo? Verás 
un mancebo que le comienza á amanecer el 
sol de la vanidad y del pundonor, que si se 
le rasga la calza, para disimular lo roto della 
se pone un pañizuelo á la pierna como si es- 
tuviese herido, porque estima en más la des- 
honra que de traer rota la calza se le puede 
seguir, que dar ocasión á que piensen que 
tiene la pierna herida. De manera que publica 
dolor en la pierna, aunque no lo hay, por que 
no se eche de ver la falta, ó de no haber com- 
prado calza ó remediado el daño que tiene. 
De aquí podrás fácilmente entender cuánta 
fué la afrenta en Cristo, y cuánto más le las- 
timó que los dolores y la misma muerte. Lo 
cual significó el Apóstol diciendo que fué cru- 
cificado en angustia: porque no solamente 
sentía los barrenos de los pies y de las manos 
y aquel golpear fuertemente por fijallo en la 
cruz, sino mucho más las afrentosas palabras 
y denuestos que le decían, y la deshonra ane- 
ja á esa misma muerte de cruz, que es el re- 
doble del Apóstol, y donde tú también has 
de redoblar la consideración, pesando, no sólo 
lo que padeció, sino cuan amenguado y afren- 
tado lo padeció. 

D.— Consoladísimo me dejas con io que me 
has dicho, y muy engolosinado para no dejar 
pasar cosa en que se me ofrezca duda. Y bien 
podrías ya, si te pareciese, decirme lo que de 
Rusbrochio me prometiste, antes que la no- 
che nos despidiese ('). 

M.— Mejor será que despidamos nosotros 
al día, para que tengas tiempo de pensar en 
lo dicho y yo en lo que queda por decir acer- 
ca de la uniformidad de las introversiones ó 
entradas del ánima á su íntimo ó centro, lo 
cual todo requiere estudio y oración. 

cuerpo, sino que traspasó la piel por sus poros, 
manchó las vestiduras y regó el suelo ¿Y qué mu- 
cho que parase ésto con Cristo, que era Dios verda- 
dero, cuando en algunos hombres, y aunque en me- 
nor escala, se ha observado lo mismo?» Suprime el 
ejemplo que sigue y modifica la otra frase con la si- 
guiente: «De donde podrás fácilmente colegir cuan 
grande le pareció la afrenta á Jesucristo, etc.». 

(') En la edición citada hay otra modificación, á 
saber: 'mas entre tanto, y si bien os pareciese, po- 
drías decirme antes de despedirnos lo que me pro- 
metisteis referente á Rusbrochio». 



D. —Alúmbrete el Señor para que de la luz 
que tú recibieres reciba mi alma, y las de- 
más que quisieren aprovecharse de tan alta 
doctrina. Amén. 

DIÁLOGO DÉCIMO 

De la uniformidad de las introversiones ó en- 
tradas del alma á su íntimo ó centro, que 
propiamente es el Reino de Dios, y del recogi- 
miento. 

§ I 

Discípulo.— O se tarda mi maestro ó yo me 
he dado mucha priesa; y por ventura es uno 
y otro, y una misma la razón de su tardanza y 
de mi apresuramiento. A mí me ha traído an- 
tes de tiempo el deseo de oírle tratar de lo 
más dificultoso y trabajoso de la conquista 
del Reino de Dios, que son las entradas del 
alma á su centro; y á él le habrá detenido la 
dificultad de la materia, porque siempre te- 
mió llegar á este punto. Y no me maravillo, 
cierto ('), que tema y se recele de hablar en 
cosas tan íntimas y de á solas, quien ha visto 
que, por ser tales las de los Triunfos que im- 
primió, han perdido con los indoctos y sin es- 
píritu lo que ganaran si fueran de caballerías 
ó oraciones (^) de ciegos ó cartilla para prin- 
cipiantes. No está ya el mundo para tratar con 
él con tantas veras (^), ni los sabios del en- 
tienden agora lo que en la primitiva Iglesia 
(cuando San Pablo escribía sus Epístolas) en- 
tendía la gente rústica y del campo. ¡Oh gran 
mudanza de tiempos! 

Maestro. — ¿Qué pláticas son esas. Deseoso? 
Por cierto que entendí que (^) estabas en com- 
pañía de algunos padres, cuando tan en forma 
te oí estar razonando. 

Do— ¿Nunca has visto hablar algún hombre 
consigo y disputar como si tuviese allí quien 
le respondiese y hiciese réplicas? 

M.— San Agustín compuso soliloquios, y 

(') Edición citada: «Y ciertamente no me extraña 
que se recele». 

(') La misma: relaciones. 

('0 La misma: «No está ya el mundo en disposi- 
ción de que se pueda tratar con él tan de ve- 
ras». 

(*) La misma: *Crei que estabas en compañía de 
algunos Padres, cuando tan formalmente razona- 
bas». DiscK^uLO.— ¿No has oido hablar nunca á al- 
gún hombre á solas consigo mismo? etc. 



142 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



San Buenaventura y otros Santos, que son 
conversaciones de á solas, con sus preguntas 
y respuestas. Y aun te afirmo que las he ha- 
llado provechosísimas, porque recogen mucho 
el alma y le dan grandes motivos de devo- 
ción y amor. Desotra manera de platicar no 
hago caso, porque es de hombres melancóli- 
cos ó de coléricos, que con el furor hablan 
entre sí y tratan de sus venganzas como si 
tuviesen presente al enemigo. Pero dime 
agora, ¿qué sentimiento has tenido hoy de mi 
tardanza? 

D.— Que vienes tan de mala gana como yo 
de buena. 

M.—De la tuya buena me huelgo y de la 
mala mía no debes espantarte, que me sobra 
la razón para no hablar más palabra en mate- 
ria de contemplación. Sino dime, ¿qué gusto 
quieres que tenga yo de tratar del hombre 
interior y divino entre hombres exteriores y 
í's carne? Estoy por decir que me pesa de lo 
que hasta agora te tengo dicho, porque lo has 
de comunicar con personas que parecerán re- 
ligiosas y espirituales y se han de reir dello 
como de cosa que, ó no entienden, ó que la 
entienden mejor que yo; y puede ser lo uno y 
o otro, y ni los unos ni los otros se aprove- 
charán de mis trabajos ni de tu cuidado (')• Y 
así digo que, si tú recibes consolación oyén- 
dome, yo desconsuelo grande hablando; por- 
que veo que San Dionisio avisa á su Timoteo 
íDionis , Theolog.) que se guarde de comuni- 
car á los bachilleres del mundo las cosas 
ocultas de la Teología mística, temeroso de 
que habían de hacer burla del y dellas. 

§ n 

Discípulo.~0\ decir á un hombre discreto 
y muy letrado que bastaba para quedar bien 
^.agado uno que escribía hallar un solo lector 
benévolo que con gusto leyese y aprobase su 
escritura. 

Aíafs/ro.— También yo me contentara con 
que sólo tú fueras el lector y juez de la 
mía. 

D.— Ya no conviene volver atrás (-) en lo 
comenzado, ni hay razón para que desmayes 

O También este párrafo está modificado en la 
edición citada, según puede notarse cotejándolos. 

(-) La misma edición citada: 'No obstante, con- 
viene no volver atrás en lo comenzado». 



Q ué cosa es 
introversión. 



Ó desconfíes del provecho que se puede se- 
guir á muchas almas destos Diálogos, siendo, 
como son, de tanto gusto y entretenimiento y 
tan sustanciales. 

M.— Ya no puede conmigo el temor de no 
ser acepto, que ese vencí por Dios antes que 
los comenzase; pero atemorízame mucho la 
dificultad de la materia, porque hallo pocos 
que traten della, y yo no la tengo tan experi- 
mentada que pueda hablar como de otras de 
que hasta agora habemos tratado; diré em- 
pero lo que supiere, acudiendo á Dios prime- 
ramente y ayudándome de lo que en el parti- 
cular sus siervos nos han enseñado, ora de 
palabra, ora por sus escritos; que hasta juz- 
gar y determinar que es verdadero y prove- 
choso para el alma lo que tengo de decir, bien 
me parece que acertaré. Pero sepamos: ¿tienes 
en la memoria el cuarto punto, sobre que se 
ha de fundar hoy nuestra plática? 
D.— Paréceme que si. 
iW.— Refiérelo aquí fielmente (')• 
D.— Uniformes entradas ó introversiones 
por olvido de todas las cosas á 
los abrazos y unión del Es- 
poso ('). 

M.— ¿Entiendes lo que esas palabras sue- 
nan? 

D.— Declárame primero algunos destos tér- 
minos, que no estoy muy bien en lo que signi- 
fican 

M.— Introversiones (que es el más dificul- 
toso) es palabra latina, de un verbo que sig- 
nifica volver y de un adverbio que significa 
á dentro, y juntos quieren decir vueltas á 
dentro. 
D.— Agora lo entiendo menos. 
Ai.— ¿No te acuerdas que el Diálogo pasado 
fué de las salidas que habemos de hacer á 
los prójimos cuando de nosotros tuvieren ne- 
cesidad? 
D.— Sí acuerdo. 

Ai.— También habrás advertido que en ese 
ejercicio hay distracción y división; digo que 
nos distraemos y dividimos, y nuestras áni- 
mas son llenas de imágenes y representacio- 
nes de cosas muy diferentes; y allí es donde 
se turba Marta con la muchedumbre de los 
cuidados (Luc, 10). 

O Edición citada: "Repítelo exactamente como 
lo has oidO". 
(O Edición citada: «unión con el Espíritu Santo». 



INTROVERSIONES DEL ALMA Y DEL RECOGIMIENTO 



14: 



§ ni 

Dice, pues, nuestra letra que á estas sali- 
das que hacemos, movidos por la caridad del 
Esposo que nos llama á fuera, se han de se- 
guir las introversiones uniformes, que son es- 
tas entradas ó encerramientos á lo íntimo y 
secreto del alma, para tratar á solas con Dios 
y reparar por este camino el distraimiento, si 
siguió alguno en el trato y conversación de 
los hombres. Y han de ser uniformes estas 
introversiones, porque todos nuestros deseos 
y pensamientos á una se han de encaminar á 
aquel uno necesario á que atiende María, y á 
que es convidada y provocada su hermana 
Marta por Cristo. Y mira bien que si todos 
los afectos y pensamientos no entran unidos 
al íntimo nuestro que digo, no cumplimos 
con este ejercicio que pide uniformidad en 
ellos. 

Discípulo.— Paréceme que viene bien aquí 
aquella exposición que diste al lugar de los 
Cantares, en que el Esposo se confiesa heri- 
do del mirar atento y uniforme de su Esposa 
(Cant., 4). Allí dijiste que no en un ojo, ni en 
un cabello, sino en el uno de los ojos y en el 
uno de los cabellos estuvo la fuerza del he- 
rir ('). Y si por los ojos son entendidos los 
afectos y por los cabellos los pensamientos, y 
éstos todos hermanados, unidos y á una se 
convierten á Dios en lo interior del alma, 
adonde como en su Reino mora, sin duda se- 
rán poderosos para herirle ó hechizarle, como 
tiene la palabra griega. 

Maestro.— Dichoso el que, huyendo de toda 

multiplicidad, como dijo Platón, 

Cuánto importa ^ugcó soledad, y, como dijo el 

entrar el hom- „ ^ , / r-. i s 

hredentrodeú. Profeta (Psalm. 1), puso su 
voluntad entera en la ley de 
Dios, y sus pensamientos uniformemente de 
día y de noche fueron della; porque este tal 
se llamará y será verdaderamente hombre 
interior, y orará con recogimiento, sin las va- 
gueaciones con que de ordinario son despe- 
dazados los que por costumbre siguen este 
ejercicio de la oración, los cuales van á ella 
como quien va á una penosa y forzosa tarea. 
Y es argumento eficaz de que su orar es va- 

(') Alude al cap. XIII de la parte I de los Triun- 
fos del amor de Dios. Puede consultarse lo mismo 
en el cap. VIII del Tratado I de la Lucha espiritual 
y amorosa, que se reproduce en este tomo. 



guear y mezclar muchas veces á la$ cosas di- 
vinas las profanas, ver su poco ó ningún 
aprovechamiento; porque en saliendo de 
aquella obligación se vacían en palabras va- 
nas, salen en risas y en otras impertinencias 
tan ajenas de hombres de recogimiento, cuan- 
to propias de distraídos y sin espíritu. Em- 
pero dejemos este mal, que no 
Insensibles los {[qjiq cura; porque los enfermos 

que obran por 

cosiumbre. "^1 huyen della, por haber lle- 
gado al miserable estado que 
llamamos de insensibilidad, en que se obra 
por costumbre y como por vía de ley, sin te- 
ner en cosa actual y fresca intención, la cual 
suele aumentar el merecimiento y hacer más 
atenta el alma y que obre con mayor recato y 
como conviene; y prosigamos declarando 
nuestra letra. 

D.— Bien sé yo quién se ha de confundir le- 
yendo estas razones. 

Ai.— Quiera Dios que no se rían, mofen y 
escarnezcan; que todo esto se halla en los in- 
sensibles, que se contentan con los verbos 
solos sin hacer caso de los adverbios. 

D.—No entiendo eso. 

Ai.— Digo, que se contentan con orar y no 
tratan de bien orar; con decir Misa, y no con 
que vaya bien y perfectamente dicha; con re- 
zar en el coro, y no con estar allí atenta y de- 
votamente; y así en las demás cosas que ha- 
cen, en las cuales faltan siempre los adverbios, 
que significan y añaden perfección á las 
obras. 

§ IV 

La vida y ejercicio de los varones recogi- 
dos (dice Rusbrochio) es acogerse á Dios den- 
tro de sí mismos, y salir á fuera de sí mis- 
mos. La introversión se hace con libre y ele- 
vado espíritu á Dios y en Dios, y esto con 
moderación y amorosa reverencia. La extro- 
versión ó salida á fuera es una displicencia 
que de sí mismos tienen, y desestimación y 
aniquilación propia, por la cual desestiman y 
aniquilan todo cuanto de bien hacen, y dan 
por nada todo cuanto por Dios pueden pade- 
cer, así interior como exteriormente. Lo muy 
bueno que hay aquí es que son señores de sí 
mismos en estas entradas y salidas, porque 
libremente entran cuando quieren, y con esa 
libertad salen á fuera cuando les parece que 
conviene. Los unos y los otros andan en la 
presencia de Dios, digo entrando y saliendo. 



144 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



Las salidas andan acompañadas de la razón, 
y fúndanse en caridad, en piadosos ejercicios, 
buenas costumbres, en obras santas y de vir- 
tud; y siempre el que sale está atento al mi- 
rar de Dios, contemplándole y hallándole pre- 
sente en cuanto hace, por lo cual se conserva 
siempre en pureza de alma y crece en gracia 
delante de Dios y de los hombres. El que se 
retira y entra á dentro á buscar á Dios, algu- 
nas veces se sirve de la razón y de la imagi- 
nación ó representación de las cosas, y da 
modo y orden en sus entradas; otras veces es 
hecho superior á la razón, y no guarda modo 
ni reconoce imágenes de cosas corporales, 
porque no usa de los sentidos por donde ellas 
entran. En lo primero se halla y se adquiere 
grande sabiduría, porque asiste el alma en el 
acatamiento de la divina bondad y liberalidad, 
á donde se deprende la verdadera ciencia. En 
lo segundo hay lo que Dios quiere y lo que sólo 
El sabe, y solo lo gusta el que lo recibe; y se 
asegura que es Dios el que se lo da, porque 
en el alma actuada en Dios y unida á El por 
afectuosa caridad no se puede hallar el ene- 
migo, ni sus tentaciones pueden tocarla; como 
no puede entrar el frío en el hierro que está 
metido y caldeado en la fragua. Está como 
aquella milagrosa mujer del Apocalipsi (Apoc, 
12), guarnecida del sol, y debajo de sus pies 
la luna; está llena de claridad, y también por- 
que las puertas falsas están cerradas al de- 
monio, que, como afirma Gerson, son esos 
sentidos (que ya dije) suspensos ds sus oficios 
propios. 

Discípulo.— Esa debe ser la oración que lla- 
man los santos de recogimiento. 

Maestro.— Bien dices. Y cierto que en tanto 
que no llegamos á tenerla, no podemos decir 
que habernos puesto los pies en el camino de 
la vida espiritual. 

D.— Pocos deben ser los que llegan al es- 
tado que decías agora. 

§ V 

Maestro.— Hay grados en el recogimiento. 
En el primero se mortifica el 

(¡ración de reco- . , . , . 

gimientoygra- pensamiento Simplemente, y es 
dosdiferentet cuando el alma queda como 

en ella. j • j -i • 

dormida y en silencio, y que 
nada le desasosiega ni perturba; y si acaso 
estando así viene algún pensamiento para 
entrársele en el corazón, maravillosamente le 



es impedida la entrada mucho antes que ella 
conozca lo que es (Osun., 3 p. Alpha.): como 
si viendo alguna persona venir á nosotros 
desde lejos, antes de conocerla la diésemos de 
mano para que no se nos acercase. Pasa esto 
con tanta certeza en el alma, que ella mis- 
ma se maravilla dello; y si quiere averiguar 
lo que fué, no puede, salvo que conoce evi- 
dentemente que alguna cosa venía á desaso- 
segarla, y que fué detenida. Este recogimien- 
to es más que de principiantes, y no le tiene 
el alma sin la gracia del Señor; porque aun- 
que no hay aquí grandes gustos y sentimien- 
tos extraordinarios, hay á lo menos una cier- 
ta complacencia como de cosa dada por Dios. 
En el segundo grado de recogimiento se ad-. 
mite la inteligencia con que el hombre cuida- 
dosamente vela sobre sí, atendiendo á lo que 
hace y poniendo alguna fuerza en ello; de ma- 
nera que parece que se está remirando en es- 
tar recogido. Y aquí es donde los aprovecha- 
dos suelen sentir y recebir muchas cosas del 
Señor. También hallarás algunos que se reco- 
gen de manera que se olvidan de sí mismos sin 
saber á dónde están; y cuando desde á rato (') 
vuelven sobre sí, preguntan á su cuidado que 
de dónde viene y que es lo que ha hecho, 
mas no pueden caer en ello. Este recogimien- 
to es muy bueno y suele convertirse en há- 
bito, por lo cual les es muy fácil á los que en 
él se hallan el recogerse y morar consigo. 
Pero guárdense de implicarse ó entremeterse 
en negocio alguno de la tierra, que se ponen 
á mucho peligro de perder esta gracia. 

§VI 

Hay otra manera de recogimiento, en que el 
ánima está dentro de su cuerpo como en una 
caja muy cerrada, y allí se goza consigo mis- 
ma con algún calor espiritual que siente, des- 
asida de los cinco sentidos, como si no los tu- 
viese; y no entiende cosa que decirse pueda, 
sino como niño pequeño se goza dentro del 
pecho, y querría no distraerse de allí, ni 
tener ojos, ni oídos, ni puerta por do sa- 
liese. 

Discípulo.— En estos recogimientos, ¿está 
del todo privado el hombre del entendi- 
miento? 

O Edición citada: -cuando después vuelva so 
bre sí». 



INTROVERSIONES DEL ÁNIMA, Y 



DEL RECOGIMIENTO 



145 



Maestro.— Ui\o, no, porque siempre queda 
una centella pequeña que bas- 

En la oración , , , 

derecocjimivn- ^a para que conozca el alma 
lorsiáeienteii- que tiene algo, y que es de 
dim^entocaiia- ^- gg^¿ callado v sosegado 

do y en silencio. •' ° 

en el entendimiento, acechan- 
do (como acá decimos) lo que pasa, como 
quien no hace nada; y aún parece que el 
alma no querría que hubiese ni aun aquello, 
sino morirse en el Señor toda y perderse allí 
por Él. Algunas veces acontece que totalmen- 
te cesa el entendimiento, como si el alma no 
fuese intelectual; mas luego se torna á descu- 
brir la centella viva de la simple inteligencia ó 
conocimiento sensible, y en aquel dejar de en- 
tender es donde el alma recibe mayor gracia; 
y cuando revive y se halla con ella se admira 
y no sabe por dónde ni cómo la hubo; y codi- 
ciosa de más, querría volver á mortificarse, 
ninguna cosa entendiendo; y como quien se 
zabulle en el agua y sale de nuevo con lo que 
deseaba en las manos, así ella se encierra den- 
tro de sí y se zabulle en Dios, de donde suele 
salir llena de espirituales riquezas. Aquí se ol- 
vidan las horas como si fueran momentos, sin 
sentir pesadumbre ni cansancio alguno. Mas 
mira por ti, hermano Deseoso, si á este esta- 
do Dios te llegare, que muchas veces sin saber 
cómo se te resbalará y huirá del corazón lo 
que está bullendo en él, y será necesario que 
de nuevo comiences á recogerte íntimamen- 
te. Gran cosa es gozar en secreto y como á 
escuras de Dios, que, como sabemos, es ama- 
dor de soledad y hace su morada en tinieblas. 
D/sdpu/o.— Cuando el alma así recogida co- 
mienza á sentir la comunicación del Señor, 
¿puede hablar algunas palabras amorosas y de 
regalo para encenderse más en la devoción y 
amor divino? 



§ VII 



Maestro.- 



Síes bienhablar 
algunas pala- 
bras cuando el 
alma está reco- 
rjida. 



Paréceme que no, antes debe po- 
ner toda su atención en reco- 
gerse y hacerse más entera; 
porque el apretar el corazón 
es un estrecho abrazar á Dios, 
que con sola la afición se tiene 
y aprieta mejor; y muchas veces quiere que 
lo dejemos obrar solo y que del todo guar- 
demos silencio. Otras veces te hallarás tan 
tibio, que será menester buscar todos los fa- 
vores de fuera y de dentro para encender la 
devoción, y no podrás; mas cuando con solo 

Obras místicas del P. Angeles.— 10 



cesar la sintieres, es bien no usar de otros 
medios, porque entonces obra Dios, y el hu- 
milde deseo recibiendo, hace más de lo que 
parece, porque se junta más de cerca con 
Dios su salud. El doctísimo y extático varón 
Hugo {yingo, de Ana animce. Nota.) introduce 
su ánima, como hablando en soliloquio, desta 
manera: ¿Qué es aquello que algunas veces 
me suele tocar y con tanta vehemencia y sua- 
vidad me agrada, que ya toda en alguna ma- 
nera me comienzo á enajenar de mí misma y 
no sé adonde soy llevada? alégrase mi con- 
ciencia, olvidóme de mis males, recibe luz mi 
corazón, hártanse mis deseos y véome en otra 
parte, y no se adonde; aprieto como con unos 
brazos de amor acá dentro, y no sé qué es 
aquello que aprieto, y trabajo con todas mis 
fuerzas por retenerlo y nunca perderlo; lucha 
y pelea mi ánimo por que no se vaya lo que 
siempre querría tener conmigo. ¿Por ventura 
es aquel mi Amado? ruégote que me lo digas, 
para que lo sepa; porque cuando de nuevo 
viníenere le suplique no se me vaya para 
siempre. De verdad, ánima mía, que es ese tu 
Amado, el cual te visita y viene á ti de secre- 
to y invisible, para invisible y secretamente 
tocarte. Hasta aquí Hugo. Y por cierto da muy 
bien á entender en pocas razones lo que en su 
recogimiento pasa el alma con su Esposo, aun- 
que tan á la sorda y casi sin sentirse visitada 
de Él. San Bernardo en el sermón 74 de las vi- 
sitaciones del Verbo, sobre aquella palabra de 
los Cantares, reverteré, dilecte mi, dice cosas 
tan admirables (Bern., serm. 74 super Cant), 
poniéndose á sí mismo (aunque con mucha 
humildad y encogimiento) por ejemplo, que si 
no fuera por no exceder en esta plática, las 
tradujera y trasladara aquí á la letra. Pero 
ruégote cuan encarecidamente puedo que 
leas todo aquel sermón, para que sepas cómo 
sin ser sentido entra Dios en el alma recogi- 
da, y sin saberlo ella se ausenta. 

Discípulo. —Pues si ni se siente entrar ni 
salir el divino Esposo, ¿cómo conoce el alma 
que está en ella y que se ausenta della? 

M.— Del movimiento del corazón dice San 

Bernardo que se toma ese co- 
co mo se puede 
ronjeturar que nocimícnto: huyen los vicios 

esiá Dios en el con SU presencia, renuévase el 

alma. , , ... ., 

hombre mterior y florece en 
virtudes, crecen los deseos de servir y agra- 
dar á Dios, destiérrase la ignorancia y bulle en 
el alma como una cosa viva que lo vivifica 



146 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



todo; y todo se vuelve á marchitar y caer 
luego que el Esposo se ausenta della. Si po- 
nes fuego á un puchero de agua fría ¿no hier- 
ve y bulle con el calor? Y si se lo quitas ¿no 
se vuelve á su antigua y natural frialdad? Así 
Rs que, entrando Dios en el alma, hay calor y 
vida; y en faltando, frío, amargura y muerte. 

D.— Maravillosa es la comparación, y muy 
bien se declara por elja mi dificultad. 

M.— Hartas tiene este ejercicio del reco- 
gimiento, y por eso es tan alabado de los 
Santos y encomendada la perseverancia en él. 

§ VIH 

Gersón dice que aquí se han de emplear to- 
das las fuerzas del ánima, y que 
Jmportantmmo j-,q gg ^^ de volver atrás, aun- 

el rjerciciodrl 

recogimiento. Que nos parezca que no saca- 
mos fruto. Asiéntate, dice, soli- 
tario y levántate sobre ti si puedes; y si por 
largo tiempo, esforzándote mucho, no lo pu- 
dieres hacer, no quieras por eso huir al alivio 
y solaz de la lección ó á la conversación de 
los amigos, aunque buena; y si en el silencio 
recibieres enojo y pesadumbre y fueres hecho 
grave á ti mismo, y piensas por esto que sin 
provecho reposas, espera y venza ese enojo 
la tardanza porfiosa, porque en ninguna ma- 
nera burlará Dios de ti, ni tendrá en poco tu 
trabajo, ni se olvidará de hacer contigo mise- 
ricordia, si en Él pusieres tu confianza y per- 
severando buscares, llamares y pidieres. Has- 
ta aquí Gersón. San Gregorio Nacianceno 
confiesa de sí que la razón por que rehusaba 
ser Obispo era porque los cuidados de la 
prelacia le habían de sacar de su recogimien- 
to y trato de á solas con Dios. San Dionisio, 
en su Teología mística, enseña á Timoteo y 
le persuade que con gran fuerza luche por 
dejar los sentidos y las intelectuales opera- 
ciones y todas las cosas sensibles y inteligi- 
bles, y las que permanecen y no permanecen; 
y como le fuere posible, desconocidamente, se 
levante á la unión de Aquel que es sobre toda 
sustancia y conocimiento. Que no es otra co- 
sa, según San Buenaventura, sino ser movido 
inmediatamente por ardor de amor, sin algún 
espejo de criatura, sin pensamiento que vaya 
delante, ni inteligencia que acompañe. San 
Bernardo dice que la perfecta oración está en 
el recogimiento; y llámale él muerte preciosa, 
y de que desea morir por que mueran á él to- 



das las criaturas y sus formas y imágenes; de 
manera que con pureza y simplicidad pueda 
contemplar dentro de sí al Criador. 

§ IX 

El Profeta parece que hizo mención de este 
recogimiento en un salmo (Psal. 54): Ecce (in- 
quit) elongavi fu¿,icns, et mansi iii solitudine: 
Aléjeme huyendo y quedé en soledad. Nadie 
puede quietarse si no huye lejos, lejos digo, 
de los deleites de la carne y de todas las cosas 
corporales y sus fantasías y representaciones, 
que éstas impiden la holganza y la quietud y el 
secreto del recogimiento, según que en otras 
muchas partes dejamos probado; y echaré el 
sello con referir aquí lo que en el caso dice 
San Gregorio Papa: En ninguna manera pue- 
de recogerse el ánima en sí misma si primero 
no deprende á desterrar de los ojos interio- 
res las fantasías de las terrenas imaginacio- 
nes, y cualquiera cosa que le ocurriere al 
pensamiento que pertenezca á alguno de los 
sentidos corporales. 

Discípulo.— Bien bastan los testimonios de 
tantosy tan graves autores para queyo me per- 
suada que en ese ejercicio está mi salud y para 
que sobre todos los demás le codicie y procure. 

Aíaí?s/ro.— Gran cosa es para un alma que 
fácilmente se derrama enten- 

Para reeoqerse 

el alma dis- der qüe Dios tiene su Reino en 
traída impor- q\\^^ gus dclícias y SU gloria, y 

ta mucho sa- , , , i^, u 

ber que tiene Que para hablar con El no ha 
Dios en ella su menester ir al cielo, ni ausen- 
liemo. ^^|.gg ^g gj misma, ni darle vo- 

ces; porque por paso (') que le hable, está tan 
cerca que le oirá; ni le son necesarias alas 
para volando buscarle, sino ponerse en sole- 
dad y contemplarle dentro de sí. Ni se debe 
extrañar de tan buen Huésped, sino con hu- 
mildad profunda hablarle como á su padre, 
contarle sus trabajos y pedirle remedio para 
ellos, pues El es todopoderoso y misericor- 
dioso. Algunas personas piensan que es hu- 
mildad encogerse y no pedir, y si les dan re- 
cebir con mano escasa; y ciertamente no es 
sino simplicidad y bobería. No cures, hijo, 
destas humildades, sino cuando sintieresá Dios 
dentro de ti y que te da sus ojos de miseri- 
cordia, trata con Él como con tu padre, como 
con tu señor, hermano y esposo, á veces de 

(') Edición citada: «por quedo que le hable». 



INTROVERSIONES DEL ANIMA, Y DEL RECOGIMIENTO 



147 



una manera, á veces de otra. Y créeme que 
El te enseñará lo que has de hacer para con- 
tentarle. 

§ X 

San Agustín confiesa que vivió mucho tiem- 
po engañado, buscando por las criaturas al 
que tenía dentro de sí. Mucho importa enten- 
der y creer esta verdad, que está Dios dentro 
de nosotros, y tanto más y más nos importa 
el estarnos allí con El. Y aun para rezar vo- 
calmente es provechosísima esta considera- 
ción, porque se recoge luego el alma dentro 
de sí misma; y allí recogida, discurre por to- 
das aquellas cosas que suelen encender en 
ella la devoción, sin cansarse, caminando al 
Calvario, ó al sepulcro ó al cielo. Por esto se 
llama esta oración de recogi- 

Por citiá se lia- . , , 

ma aula ora- Hiiento, porque se recoge asi 
cinn de reco- más fácilmente el alma y es más 
girmen o. ^^^ breve enseñada de Dios y 

goza muy presto de quietud. El que desta 
manera se puede encerrar en el cielo pequeño 
de su corazón, adonde mora el que crió cielos 
y tierra, y se acostumbra á no mirar ni estar 
donde los sentidos exteriores puedan dis- 
traerse, crea que lleva buen camino y que con 
mucha brevedad llegará á beber de aquella 
fuente de vida que apaga en nosotros la sed 
de cuantas cosas fuera de Dios hay; porque 
es un caminar este muy aventajado: es como 
navegación por la mar y con viento en popa. 
El recogimiento es para el alma como un cas- 
tillo fuerte, adonde se encierra 
E/ recogimiento pQ¡- ^^ temer á SUS coutraríos, 

es caslMo fuer- , , ,. , 

teparaeíaima. Y adonde recoge sus sentidos 
todos y los aparta de las cosas 
exteriores, á las cuales así da de mano, que 
sin advertir en ello se le cierran los ojos cor- 
porales para no verlas, por que los del alma 
reciban mayor claridad para ver á Dios. 

Discípulo.— ¿Es de esencia del recogimien- 
to cerrar en la oración los ojos del cuerpo? 

Maestro.— A los principios es muy bueno 
para muchas cosas; después ellos mismos se 
cierran para no ver, y si se abren es con pe- 
sadumbre. Parece que con esta clausura se 
fortalece el alma y se esfuerza, como dicen, á 
costa del cuerpo, y que le deja solo y desfla- 
quecido (') y se apercibe de bastimento contra 

(') Edición citada: <' enflaquecido y se prepara 
contra él». 



él. Y si esto te pareciere que es cosa de poca 
sustancia, ruégote que á mi cuenta te ejerci- 
tes en ello, que en breve cogerás frutos abun- 
dantísimos y te hallarás rico de devoción y 
gustos del cielo. De muchas ocasiones te ase- 
guras cuando te escondes en ti, cerrados los 
ojos, y aun se te pegará más presto el fuego 
del amor divino; porque como no haya en el 
alma embarazo de cosa exterior, estáse sola 
con su Dios y tiene grande aparejo para en- 
cenderse y arder en El. Bien entendía yo, dice 
una persona espiritual y religiosa ('), antes 
que cayese en la cuenta del recogimiento, que 
tenía alma, mas lo que merecía esta alma y 
quien estaba en ella no lo entendía; porque 
para verlo yo misma me tapaba los ojos con 
las vanidades de la vida presente. Y á mi pa- 
recer, si como ahora entiendo que en este pe- 
queñuelo reino de mi alma cabe tan gran Rey 
lo entendiera entonces, no le dejara tantas 
veces solo, alguna me estuviera con El y pro- 
curara también que no estuviera sucia la po- 
sada. Mas ¡qué cosa de tanta admiración que 

se encierre en una caja tan pe- 
Gran cosa es - i i_- i_- -i 
encerrarse Quenacl que hinchiera mil mun- 

Dios, siendo dos, si los hubiera, con su gran- 

tan f/rande, ¿g^a! Lo que yo aquí hallo de 

en nuesira al- -i j i 

ma,ycómoes- mayor consideración es que se 
lá y obra en estrecha Dios y como que se 

ella. , , 

encoge en el alma por no es- 
pantarla y atemorizarla á los principios con 
su majestad, hasta que poco á poco ella con 
su presencia se va ensanchando y dilatando. 
Es como el ánima racional en el cuerpo hu- 
mano, que siendo la misma en el recién naci- 
do que en el de crecida edad, en el uno pare- 
ce que está como encogida y que no es po- 
derosa para obrar, y en el otro está como 
dilatada y señora de todos sus miembros y 
potencias. 

§ XI 

Y la razón de esta diferencia es porque el 
ánima obra según la disposición de los órga- 
nos del cuerpo, y como en los niños están in- 
hábiles y son pequeños y no enjutos ni dis- 
puestos para poder obrar (^), está allí como 
encogida y como si no estuviese; de manera 
que no parece ánima racional, sino como de 

(■) También alude en ésto á Sta. Teresa de Jesús. 
(-) La edición citada, añade: «estos órganos se 
encuentra allí como encogida, etc.». 



148 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



otro animal cualquiera, que sólo sirve para 

crecer y vivir. Yo digo que los principiantes en 

la virtud y en su recogimiento 

Cómo contiues- gQ^i como niños para Dios, que 

ira pequenez se , ,, 

mide Dios. como alma suya mora y esta 
en las de ellos, encogido y fa- 
jados los brazos y como envuelto en pañales 
y mantillas; empero como el alma va crecien- 
do y se va entregando toda al Esposo divino, 
desocupada ya de las cosas de la tierra y de 
sí misma. Él también se extiende y crece y 
toma en ella el gobierno; y es el alma del alma 
y espíritu del espíritu y vida de la vida; y 
viene á verificarse 1© de San Pablo (Galat., 2): 
que vivía más Cristo en él que él en sí mismo. 
Dios no fuerza nuestra voluntad, mas toma 
lo que le damos; pero no se da á sí todo, ni 
obra como señor de la posada, hasta que nos 
damos todos á Él y entramos en su pleno do- 
minio y señorío. Y no sé yo cierto cómo ha 
de estar Dios en un alma llena de embarazos 
y de baratijas, de pensamientos y cuidados, 
amores y deseos de la tierra; ni cómo ha de 
caber allí con su corte celestial; harto hace 
en estar un poco quieto entre tantos enre- 
dos. Desocupa, hijo, tu corazón, como ya te he 
dicho muchas veces, sí quieres que venga 
Dios á él con todas sus riquezas; y mira que 
dice El mismo (loan., 14) que si El es en el 
alma la cosa principalmente amada, que ven- 
drán á ella todas tres divinas personas y ha- 
rán ahí su morada. 
Discípulo.— Este recogimiento ¿es cosa so- 
brenatural ó posible á cualquie- 
Si el recogí' j-g que quiera darse á él? 

miento es cosa ,' , ,. , . . 

sobrenatural . Maestro.—Muyhien podemos, 
ayudados de la gracia de Dios, 
recogernos de la manera que has oído, por- 
que esta es obra partida, donde se halla la 
mano de Dios y las nuestras. Sin el divino 
favor ya se sabe que no podemos tener ni 
aun un santo pensamiento; pero con él todo 
nos es posible; digo que es necesario ayudar- 
se el hombre, y hacer de su parte lo que pu- 
diere, con seguro de que no faltará Dios á su 
obra. San Pablo á los Hebreos dice (Heb., 12): 
Seguid la paz con todos y la santidad, sin la 
cual ninguno verá á Dios, considerando aten- 
tamente que nadie falte á la gracia. La paz 
del recogimiento y la santidad de este ejer- 
cicio habémosla de seguir en cuanto hiciére- 
mos, según nuestra posibilidad; que si mira- 
mos en ello no es cosa imposible, porque la 



gracia del Espíritu Santo nunca nos falta si 
nosotros no faltamos á ella. Si alguno madru- 
gare, dice el Sabio (Sap., 6), no será menester 
trabajarse mucho en buscar la sabiduría, por- 
que ella madruga más y está asentada á nues- 
tras puertas, esperando á que siquiera la de- 
mos el deseo del corazón. Lo que yo por ago- 
ra te pido es que, cuando oras 
Cuánto impor- yocal Ó mentalmente, tengas 

la rmrar con 

quién habla- atcncion a mirar con quien ha- 
«losen la ora- blas; porque hablar con Dios y 

Clon mental ó . , , , . 

vocal. pensar en vanidades e imperti- 

nencias es tenerle vueltas las 
espaldas. Y cierto nuestro daño todo nos vie- 
ne de pensar que está lejos de nosotros aquel 
con quien hablamos, ¡y cuan lejos si no enten- 
demos que está más cerca de cada uno que él 
á sí mismo! El Señor lo enseñe por su miseri- 
cordia á los que no lo saben. Decía aquella 
persona religiosa que nunca supo qué cosa 
era rezar con satisfación hasta que el Señor 
le enseñó este modo, y que siempre había 
hallado tantos provechos desta costumbre de 
recogerse dentro de sí y pensar que hablaba 
con quien le oía y prestaba atención á sus pa- 
labras, cuanto no se puede decir. En nuestra 
mano está adquirirlo con el ayuda de la gra- 
cia, que nunca falta, como ya dije, sino que es 
menester ejercicio y habituarse á ello, para 
que poco á poco se vaya el hombre enseño- 
reando de sí mismo, no perdiendo en balde el 
tiempo, sino ganándose á sí para sí, que es 
aprovecharse de sus sentidos para lo inte- 
rior. 

§ XII 

Si fueres tentado por hablar, una y muchas 
veces te ruego que te acuerdes que hay con 
quien hables dentro de ti mismo y que es su 
conversación sin amargura ni tedio (Sap., 8). 
Y si de oir, que oigas á quien más de cerca te 
habla, que es Dios; y si te fuere posible nun- 
ca te apartes de tan buena compañía. Y si por 
algún tiempo hubieres dejado á tu Señor Dios 
solo, duélete mucho dello y reprende tu des- 
cuido. Si entrares dentro de ti á Dios muchas 
veces en el día, siempre saldrás con ganancia 
y en breve alcanzarás recogimiento. Y cuando 
te haya Dios hecho esta merced, no la troca- 
rás por todos los tesoros y riquezas del mun- 
do. Muchos en un año, y otros en medio y al- 
gunos en menos tiempo, han salido con esta 
empresa. El Señor nos la conceda á todos, por 



INTROVERSIONES DEL ÁNIMA, Y DEL RECOGIMIENfb 



149 



quien Él es. Amén. De un recogimiento sobre- 
natural, de que algunos Santos 
Recogimiento j^^^ hablado, no quiero hablar 

sobrenatural. 

palabra, aunque muchas cosas 
que le pertenecen quedan ya dichas en diver- 
sas partes; hable del con resolución quien su- 
piere más que yo, y gócele el alma que le me- 
reciere; que si no vale para él la industria 
humana, por ser todo de la divina gracia, mal 
se podrán aquí dar leyes y documentos que 
aprovechen; lo que sé decir en el caso es que 
el que hasta agora te he enseñado es el pre- 
cursor para el que digo, y ejercitándote bien 
y como conviene en éste, saldrás con aquél 
que tanto deseas, especialmente si oyeres la 
voz del Esposo celestial que á todas horas nos 
está llamando y convidando á más perfec- 
ción. 

Discípulo. — Parece que te vas ya despi- 
diendo. 

Maestro.— Ya es tiempo, especialmente ha- 
biendo dicho tantas y tan sustanciales cosas 
desta materia en el Diálogo primero, que si 
sólo se leyese, como es razón, bastaría para 
salir un hombre consumado en este ejercicio 
del recogimiento y vida interior. 

D.— Pues á mí se me ofrecen algunas dudas 
de que deseo salir antes que nos aparte la 
noche. 

M.—En hora buena; di lo que quisieres. 

D.— Deseo saber, lo primero, si es necesa- 
rio no pensar nada en el recogimiento. Lo 
segundo, cómo se ha de acallar el entendi- 
miento. Lo tercero, si es lo mismo andar un 
alma recogida que andar en la presencia de 
Dios; porque esto segundo encárganlo mucho 
los Santos. Ludovico Blosio, Rusbrochio y San 
Buenaventura y otros ponen en ello el caudal 
de la vida espiritual. 

Ai.— A lo postrero quiero responder prime- 
ro, y digo que no hallo diferen- 

Andar el alma . . . , 

atentad Dios, c^^ nmguna entre el recogi- 
es lo mismo mieuto que te he enseñado y 
Z\T!lZT andar el alma atenta á Dios, 

recoíjimienlo. ' 

oyendo su divina habla y se- 
creta inspiración; y si alguna diferencia se 
halla, es en los hombres, pero no en la sustan- 
cia del ejercicio. Y para que veas que es todo 
uno, y lo que importa este trato interior, diré 
algunas razones de las que nuestro Rusbro- 
chio dice en el capítulo 7 de Abstractione. ¡Oh 
ánima santa! (dice él) despierta y de buena 
voluntad está y persevera sola, porque para 



Quién está solo. 



sólo Aquél te guardes sola, al cual entre to- 
das las criaturas y sobre todas sólo escogiste; 
huye los afectos ó aficiones fingidas de los 
hombres y sus amistades; huye las compañías 
sin provecho y toda multiplicidad perniciosa; 
olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre 
y codiciará el Rey tu hermosura (Psal. 44). Y 
no sea esta huida de sólo el cuerpo, sino con 
el corazón, con la devoción, con la intención, 
con la habitación del hombre interior y con 
todo tu espíritu; porque, como Dios sea espí- 
ritu, no se contenta con menos que soledad de 
ánima y espíritu (Marc, 6; Luc, 6). 

§ XIII 

Algunas veces es de provecho la soledad 
corporal, que por eso huyó Cristo á ella, 
cuando libre y desocupado quiso orar; que 
aun la compañía de los buenos suele ser im- 
pedimento para el recogimiento del alma, es- 
pecialmente á los principiantes é imperfectos. 
Aquel está solo que ninguna 
cosa del mundo piensa en su 
corazón, ni livianamente se ensoberbece con 
las honras, ni se congoja y desmaya con las 
adversidades y deshonras; mas el que con -las 
alteraciones y vaivenes de la vida se inquieta 
y desasosiega, no está solo, aunque esté en 
soledad. El que de verdad ama á Dios, no 
tiene necesidad de buscar á Dios fuera de sí, 
porque dentro de sí le hallará siempre que le 
busque; porque, fuera del común modo de es- 
tar en todas las criaturas por esencia, presen- 
cia- y potencia, le tiene en sí como en su cielo; 
que cielo es y gloria del Esposo la ánima del 
varón justo. Pues si tienes verdaderamente á 
solo Dios y á solo Él miras y amas y á ti y á 
todas las cosas por Él, nadie en el mundo te 
podrá ser de impedimento, ni la multiplicación 
de los lugares, ni el concurso de los hombres; 
porque todo se te convertirá en una cosa di- 
vina. Que es lo que San Pablo dijo (Rom., 8) 
de los que aman á Dios, que todas las cosas 
les ayudan ó se les convierten en bien. Y San 
Agustín añade: Y los pecados ('), porque de 
los ajenos se conduelen y de los propios sacan 
humildad y conocimiento propio. Y no basta 
pensar en Dios en este ejercicio, porque luego 
que ese pensamiento se acabare te hallarás 
solo y apartado de Dios, sino que es necesa- 

(') Edición citada; *Hasta los pecados. 



150 



CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



rio tener á Dios (s¡ así se puede decir) esen- 
ciado, fijo y entrañado en el corazón; quiero 
decir, hecho ánima del ánima y esencia de 
nuestta esencia. El que desta manera vive, 
siempre halla en sí mismo una 
El que >'«-mpre jj^pjg amorosa y continua pro- 

Dins. ninguna pensión, inclinación Ó respeto 
cosa le inquie- ¿ pj^g^ j^ ^.y^j ninguna criatura 

le puede impedir, porque exce- 
dió las acciones de todas las criaturas y to- 
das las cosas prósperas y adversas y, al fin, 
toda mutabilidad. Por lo cual sucede que el 
ojo sencillo, desnudo y atento á la divina 
contemplación, ningún impedimento ni estor- 
bo recibe, ni de las imágenes y fantasías de 
las cosas, ni de alguna distinción ó distrai- 
miento, porque está hecho superior á lo uno 
y á lo otro, atento á solo Dios. Y asi como 
este ojo intelectual (que llamamos simple in- 
teligencia) considera á Dios debajo de ra- 
zón de bondad, de sabiduría y misericordia 
infinita (como ya dijimos en otra parte más 
largamente), así la vista y aspecto de nues- 
tra alma le contempla y mira sin algunas imá- 
genes ni distinciones. 

§ XIV 

Desta continua presencia de Dios dijo el 
Profeta (Psal. 15): Providcbam Dominum in 
conspectu meo semper: Proveía yo al Señor 
siempre en mi presencia. Como si dijera más 
claro: De tal manera ordenábalas cosas de mi 
reino que, aunque tantas y de tanto cuidado 
y obligación, no me robasen la atención y in- 
tención á Dios, el cual anda siempre en mi 
alma. ¡Gran providencia de rey, gran simpli- 
cidad de ánima, grande recogimiento en tanta 
muchedumbre de cuidados y grande unidad 
en tanta multiplicidad! Y dirá después el reli- 
gioso distraído que no puede 
No tiene excusa recogerse ni andar de ordina- 

ei relif/ioto . , • , T-^• 

para no an- Ho CU la presencia de Dios; y 
dar siempre nunca le pierde de vista un 
«a';.ror' rey de Israel, con todo el go- 
bierno de su reino y tan per- 
seguido de su enemigo Saúl y de otros. 

Dísc/pi//o. — Verdaderamente que es confu- 
sión lo que David hacía para los que estamos 
tan obligados á no pensar ni tratar más que 
de solo Dios. Pero dime: ¿cómo se puede 
permanecer atentos á Dios, si hay obligación 
de acudir á otras cosas fuera de Él? 



Maestro.— Como el que padece gran sed, 
por grandes ocupaciones que 

Cómo entre mu- , ^ j- j u 

cho» cuidados se le ofrezcan, en medio dellas 
se puede an- y de varíos pensamientos y 
dar atento u cuidados en ninguna manera 

Dios. * 

se le aparta del corazón aque- 
lla imagen y representación de la bebida, an- 
tes crece más el deseo y apetito de beber 
cuanto más ocupado anda; así David (y cual- 
quier contemplativo) como su sed era de Dios, 
al cual sólo amaba y deseaba como única- 
mente querido y amado, nunca de su memo- 
ria se apartaba la imagen suya, en todas las 
cosas le traía delante de sí, y siempre pensaba 
en El. Por mí lo veo, que si me aficiono á al- 
guna criatura, tanto más ocupado ando con su 
memoria cuanto es mayor la afición; y si es más 
que la que tengo á las demás, ella sola per- 
severa conmigo, sin que las ocupaciones y ne- 
gocios me puedan robar el corazón para otra 
parte. Mira aquel amor de Marco Antonio 
para Cleópatra, reina de Egip- 
Marco Antonio ^o (Illes, in vitis Ces.l quc es- 
soácieópatra. tando sobre la mar en una san- 
grienta batalla con Octaviano 
César (con intención de quedar cada uno 
dellos con el Imperio), viendo el dicho Marco 
Antonio que los suyos iban de vencida y sa- 
biendo que su amiga en una galera huía para 
Alejandría, desamparó la guerra y no hizo 
caso del ejército que en tierra tenía, y caminó 
en seguimiento de Cleópatra; porque, como 
dice Plutarco, de tal manera se había trans- 
formado en esta mujer, que jugaba la espada 
en la batalla y tenía el corazón en ella; y al fin, 
oyendo decir que de temor del César se había 
muerto (estando retirada en un templo) aquel 
tan valeroso capitán se mató á puñaladas, 
diciendo que no era posible vivir ni quería 
vida sin su Cleópatra; y con heridas mortales 
se mandó llevar adonde ella estaba y murió 
en su regazo. ¿No ves lo que puede el amor, 
pues ni las batallas, ni las heridas, ni la muer- 
te, quitan la memoria de lo que de verdad se 
ama? 

D.— No se puede añadir más á lo dicho, ni 
declarar mejor esa doctrina. 

M.— El mismo rey santo, comparando sus 
deseos de ver á Dios y gozarle á los del cier- 
vo herido y que acosado de los cazadores 
busca alguna fuente de agua, dice que le fue- 
ron sus lágrimas pan de día y de noche, d¡- 
ciéndole todos: ¿Adonde está tu Dios? Que á 



INTROVERSIONES DEL ÁNIMA, Y DEL RECOGIMIENTO 



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Los deseos y sed mi ver lo que quiso significar 
de Dios crecen coii csto fué quc en la auseti- 

con la ausencia ■ ■, r\- • ■ 11 

de Dios. "^'^ "^ Dios ningún consuelo le 

queda al alma, antes lo que pa- 
rece que le podría mitigar la sed que tiene de 
El, eso se la aumenta y hace crecer más. Por 
lo cual no dice que le sirvieron de agua sus 
lágrimas, por que no se entienda que por ser 
bebida se le quietó la sed, sino de pan, que 
donde no la hay la suele poner, y donde la 
hay, acrecentarla. 

§ XV 

Aquel en quien está arraigado el amor de 
Dios, dice San Agustín (August., in manual, 
cap. 28, 29 y 30), siempre anda pensando 
cuándo aportará á su Dios, cuándo dejará 
este mundo, cuándo se verá libre de la co- 
rrupción de la carne. Y para gozar de verda- 
dera paz, siempre tiene su corazón suspenso 
y elevado en Dios, del cual nunca le apar- 
ta, ni asentado, ni levantado, ni ocupado, ni 
sin ocupación. A todos exhorta al amor de 
Dios, á todos encomienda el amor de Dios, 
y de las maneras que puede, por obras y pa- 
labras, muestra cuan malo y amargo es el 
amor del mundo, y cuan bueno y suave el 
amor de su Dios. Escarnece y burla de la glo- 
ria deste siglo y arguye su solicitud; declara 
á todos cuánta locura y necedad sea poner la 
confianza y afición en cosas que van tan de 
paso; y maravíllase de la ceguedad de los 
hombres que éstas aman; y mucho más de 
que no huyen dellas con la consideración de 
las eternas. A todos piensa que les es de buen 
gusto lo que al suyo es tan sabroso; que á 
todos agrada lo que él ama, y que es mani- 
fiesto á todas lo que él conoce. Frecuente- 
mente contempla en Dios, y en esta contem- 
plación suavemente es recreado, y tanto más 
felizmente cuanto con mayor frecuencia. La 
entera y verdadera paz del corazón es tener- 
le siempre fijo y firme en el amor de Dios por 
un continuo y nunca interrumpido deseo, de 
manera que ninguna otra cosa apetezca; por- 
que en aquello que posee y tiene, con una 
feliz dulcedumbre se deleita; y deleitándose, 
suavemente es recreado. Y si con algún pen- 
samiento vano ó por ocupaciones forzosas 
fuere algún tanto apartado de Dios, con grande 
diligencia procura volverse á El, teniendo por 
molesto destierro estar ó detenerse en otra 



parte fuera de El. Porque como no hay momen- 
to en la vida en el cual el hombre no goce de 
la piedad divina, así no debe haber alguno en 
que no le tenga presente en su memoria. Por 
lo cual no se debe tener por 
Hurlarse de la pequeño Crimen estar uno en 
de Dios en in 1^ oracióu hablando con Dios, 
oración, es y súbitamente hurtarse de su 

culpa no pe- . .... 

quena. presencia, como si ni tuviese 

ojos ni oídos para oir y ver lo 
que pasa. Esto hace el hombre cuando sigue 
sus pensamientos malos é importunos y pre- 
fiere ó antepone al mismo Dios alguna vil 
criatura, á la cual fácilmente se divierte el ojo 
interior, revolviéndola más frecuentemente en 
su pensamiento que á su Señor Dios, á quien 
debe contemplar como á Criador, adorar como 
á Redentor, esperar como á Salvador y temer 
como á Juez. San Bernardo, en un sermón de 
Sancfis, dice que la memoria le servía Ide ojos 
y que el pensar en los Santos era estarlos mi- 
rando. De donde colijo yo que, si el pensar es 
ver, como este santo dice, y la memoria el ojo 
con que se ve lo que se ama, que el que tiene 
siempre fijo el pensamiento en Dios está 
siempre viendo á Dios, que es prerrogativa 
de los ángeles de nuestra guarda, que ha- 
ciendo este oficio siempre ven la cara de Dios 
que está en los cielos (Math., 18). De manera 
que la memoria continua de 

La memoria ^ 

continua de Dios te hacc, sicndo hombre. 
Dios nos hace ¿ngej gn la tierra. Un sabio 

fi'ftftf'lpo P/l ph 

sueio,quesicm. dijo que la memoria es el pulso 
prevensuros- ¿q\ amor, porque tanto más 
^'"'' veloz, agudo y continuo anda 

el pensamiento revolviendo lo que ama, cuan- 
to es más crecido su amor. Y así es ello ver- 
dad, que á poco amor hay poca memoria; y 
á mucho, mucha; y á ninguno, ninguna. Y con 
esto no digo más cuanto á lo postrero que 
me preguntaste. 

Discípulo.— Ni yo esperaba tanto, ni tan 
bueno, ni tan necesario. 

§XVI 

Maestro.— A lo primero digo que es dispa- 
rate grande decir que el reco- 
cí recor/imien- . . , , , 

to no 'consiste gimicnto consiste en no pensar 
en no pensar nada; porque si eso fuera su 
nada. perfección, fueran perfectisi- 

mos los que duermen y no sueñan, y los pas- 
mados, y los niños, á quien falta por la edad 



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CONQUISTA DEL REINO DE DIOS. DIÁLOGO X 



tierna el discurso. Verdad es que á los prin- 
cipiantes en este ejercicio seles aconseja que 
quieten el pensamiento y que se presenten 
á Dios libres de imaginaciones, para que su 
Majestad les hable al corazón, como á gen- 
te que se convierte á El de las vanas dis- 
traciones y representaciones de las criaturas; 
y este desterrar de pensamientos que dis- 
traen es perfección y necesario para el reco- 
gimiento. Del no pensar de los varones per- 
fectos no digo nada, porque queda ya dicho 
mucho. Acontéceles á éstos tener tan quieta 
y sosegada la memoria y tan acallado el en- 
tendimiento, que, estando con Dios gozando 
de su gracia, no piensan en lo que están, ni en 
otra cosa alguna, sino que están como absor- 
tos y embebidos en aquello que sienten en su 
alma; lo cual puede venir de la mucha aten- 
ción, como cuando con reverencia grande es- 
tamos hablando con alguna persona grave, sin 
pensar con quien hablamos. Y esto es lo que 
pide nuestra letra: Uniformes introversiones, 
por olvido de todas las cosas, á los abrazos y 
unión del Esposo. Este olvido de todas las co- 
sas es condición necesaria para el alma abra- 
zarse con Dios y unirse á El. Concluyo, con San 
Gregorio, que, como nuestra ánima no puede 
estar mucho sin deleitarse en alguna cosa, en 
cerrándole las puertas de los sentidos por 
donde se baja á las de la tierra, necesaria- 
mente se ha de levantar sobre sí á buscar en 
Dios sus verdaderos deleites. Y favorecida de 
la fe, como los magos de la estrella (Math., 2)> 
dejará atrás todas las criaturas y se juntará 
espiritualísimamente con su Criador. Cierra 
(dice Ricardo) los caños á la fuente de tu áni- 
ma, cuyo amor no puede dejar de manar siem- 
pre, que entonces ella subirá casi necesitada. 
Y aunque no suba, si se sosiega en sí misma 
y se reposa, como en agua clara verá en sí la 
imagen de Dios, que mejor en ella que en otra 
cosa resplandece; cesando, como queda dicho, 
el tumulto y alboroto de los pensamientos 
que la enturbian. En lo que toca á tu segunda 
duda, que es cómo se ha de acallar el enten-